Alejando e Inés, 30 años después

¿CÓMO SE INFORMÓ SOBRE LOS HECHOS Y SUS PROTAGONISTAS?

La noticia en Ecuador[1]

Resultaría muy útil revisar ahora, con más detenimiento del que es posible en esta ocasión, los periódicos de entonces y observar cómo, en los diversos medios ecuatorianos, se capta, se comprueba, se investiga (por lo general, no), y finalmente se ofrece la noticia de la muerte de los misioneros.

Al principio fue el estupor, como es natural, y en seguida los tópicos más consolidados. “AUCAS MATAN OBISPO. Drama de los pueblos indígenas acosados por elementos extraños que amenazan su existencia” (según se leía en el Hoy, 23/7/87) podría resumir la oferta de urgencia. Qué pueblo indio, o qué elementos extraños (que pudiera ser alienígenas) habían intervenido, no quedaba nada claro en un primer momento.

Agarrados en su habitual limbo de conocimientos sobre problemas específicos amazónicos, los informadores acudieron a las fuentes habituales para el caso: autoridades petroleras, CEE[2], líderes indígenas, antropólogos, además de los representantes de la Misión Capuchina/Vicariato de Aguarico. Por lo general todos los periódicos repiten los mismos testimonios, no se dan reportajes de investigación, no existen periodistas sobre el terreno. Como era costumbre, sin moverse de Quito o Guayaquil, o sus ciudades respectivas. Todos han oído alguna campana y no saben, más bien, dónde.

La noticia ofrecida escueta podríamos resumirla así: Mons. Alejandro Labaka y la Hna. Inés Arango, de la Misión Capuchina de Coca, han sido muertos por indígenas Huaorani (algunos dicen Aucas, pocos precisan: Tagaeri) mientras realizaban un intento de contacto en un pequeño grupo selvático. Además todos los Diarios insistían en los detalles más impactantes del suceso: lanzas (flechas, dicen muchos), rescate de cadáveres, consternación general, condolencias, reacciones, entierro multitudinario…

Quedaba mucho menos claro casi todo lo demás: ¿qué hacían allí y por qué entraron en un helicóptero petrolero?, ¿cumplían alguna misión oficial?, si fuera así, ¿en qué consistía?, ¿por qué y entre quiénes estaba acordada?, ¿cómo así la ejecutaba nada menos que el obispo y no cualquiera de los misioneros?, ¿se sabe por qué los mataron?, ¿quiénes son los Tagaeri?, ¿qué relación hay entre estas muertes y hechos como la explotación petrolera, la pelea por las tierras orientales?, etc.

Como suele ser habitual en el medio nacional, si haber aclarado apenas los hechos, sin apenas información contrastada, asomaron de inmediato los expertos en opinión, los comentaristas de toda laya. En muy pocos días el demonio retórico se apoderó de los hechos y éstos pasaron de inmediato a un segundo plano, ganado el escenario por una ingente marea de palabras. En resumen: muy escasa información e inagotables discursos.

Vamos a rescatar, con brevedad, alguno de los comentarios y sus protagonistas, tratando de averiguar su significación.

 

LOS ACTORES

El pueblo Huao. Los Tagaeri

Gracias a la muerte de Alejandro, supimos que los aucas eran personas, viene a decir en este libro El Pájaro Febres Cordero, evocando aquellos días.

Realmente se nota que nadie sabía muy bien entonces de quiénes hablaban. Los periodistas echaron mano del botiquín de primeros auxilios: ¿quiénes son esos indios?, ¿dónde no más viven? Buscaron libros[3] sobre ellos, ¡qué pocos!, asomaron las cosas de siempre: viejos reportajes, con muchas fotos y pocos datos, de Gartelman, Patzelt, el libro de Jorge Trujillo sobre el ILV[4], ni siquiera llegaron a Stoll, a Yost… Por supuesto, recurrieron a la inevitable muerte (y a las imágenes) de los cinco evangélicos, por las playas del Oglán, en 1956. Pero, ¿qué sabían en verdad?, ¿quiénes eran, en suma, los huaorani?

Acudieron a los líderes de CONFENIAE[5], tan combativos esos días. Por la prensa del momento desfilan a cada rato, tras las muertes, los hermanos Viteri (Carlos, Edison, Leonardo), Ampam Karakras, o la andina Blanca Chancoso… ¡Pero ellos tenían un verbo fluido para las grandes denuncias etnopolíticas y casi ninguna precisión sobre los tales huaorani! Es un pueblo guerrero que lucha por su supervivencia, afirma la antropóloga Lucy Ruiz (Hoy, 25/7), sin entrar en mayores detalles.  Como es natural, los perplejos escribidores, acabaron recurriendo al inevitable Sam Padilla, llamado también –cuando asume su representación huao- Caento[6].

Total. Al terminarse el zafarrancho el país sabía muy poco más de quiénes eran, cuántos, dónde vivían, cómo había podido sobrevivir, por qué se comportaban así, los redichos Huaorani, o Tagaeri, o como fuera que al fin se llamasen. Pero, en realidad, ¿importaba tanto precisar todas esas insignificancias?

En todo caso, parece evidente que muchos periodistas o comentaristas se sintieron sacudidos por el caso, que abrió nuevas perspectivas en la consideración hacia los relegados temas orientales. A raíz del caso se despertaron muchas preguntas que podrían resumirse acaso en una que hacía Raúl Borja (El Comercio 2/8): ¿somos colonialistas en nuestro subconsciente, contra la mayoría de los pueblos indios? Este y otros interrogantes de esos días harían su eficaz labor pedagógica en la conciencia de los ecuatorianos en los años siguientes.

Las autoridades petroleras

Se nota que fue un trago duro, eso de dar la cara ante la prensa en semejante circunstancia, para el Ministro de Energía, Javier Espinosa; el Gerente de Cepe, Carlos Romo Leroux; o algún personero de importancia, como Wilson Pástor. El país entraba con todo a una nueva era de exploración, necesitaba aumentar reservas consolidadas y explotación efectiva después del sismo, y se topan con esta vaina de las muertes. Pero ellos, de todas maneras, sí tenían serenidad y maneras para aventarse la polvareda.

Buscan armonizar relación con los indígenas, declaraban impávidos al Hoy (28/7), aunque los líderes indígenas en la página contigua protestaran a voz en grito acusándolos de etnocidas. Además, con los cadáveres aún calientes, ya alertaban los altos funcionarios: el Ministro reiteró que las políticas petroleras son a largo plazo y por ello no sería conveniente detener los trabajos de exploración…O sea que seguían armonizando, pero sin perder un paso.

Uno de los burladeros favoritos de esa época (argumento para la confusión y el despiste) era éste que exponen de plano en la misma entrevista: el problema no es con las compañías petroleras, el problema es con los colonos, quienes entran y van desplazando a las comunidades. Los Huaorani tienen un gran temor al colono. Y lo que ven es que la compañía petrolera abre paso para que entren los colonos. Vamos a mantener un control de ingreso cuando se hagan carreteras…

Nadie pudo objetarle, pues los periodistas no disponían de datos, que las muertes se produjeron en un lugar sin colonización, donde sólo ingresaban los petroleros. Que tampoco fueron cosa de Huaorani, sino del clan de Tagae. Como no hubo nadie capaz de impugnar una falsedad de este calibre: Javier Espinosa aseguró que tal hostigamiento (contra las comunidades indígenas) no existe y que la zona donde fueron muertos los dos religiosos está fuera de las estructuras donde las empresas petroleras están efectuando estudios sísmicos.

A algunos en la Misión nos dolieron especialmente palabras como esas. Tan mal informadas, o tan falsas. Con fecha 28/12/84 los petroleros había repelido en el río Tiputini un ataque huao. Tagae en persona lanceó al motorista runa, Dahua, y éste lo mató de un disparo casi a quemarropa. Seguramente el Ministro no hilaba ambos acontecimientos separados en tres años, mas unidos por sangre indeleble, Tagae&Alejandro. También se puede conceder  que desconocería el que las petroleras llevaban muchos años hollando el amplio territorio del grupo Tagaeri, que éstos recorrían con pautas invariables. Así que las cosas de ninguna manera ocurrieron fuera de las estructuras, sino justo en el corazón de las mismas. Desde luego se puede pensar en la ignorancia del Ministro en esos hechos, así como en su absoluta despreocupación por conocerlos. Por eso nos dolieron mucho sus desconsideradas palabras. Quizá no sabía de qué hablaba, pero lo decía con rotundidad y alevosía. Nadie le llevaba la contraria.

Wilson Pástor (El Universo 24/7), por su parte, aclaró que los religiosos se hallaban en la zona cumpliendo labores pacíficas de acercamiento a las comunidades indígenas de la región, dentro del convenio suscrito entre Cepe y el Vicariato de Aguarico cuyo objetivo es atender a esas comunidades indígenas localizadas en los sectores de exploración y explotación de hidrocarburos. Lo que no precisó el economista, casualmente, es que el pedido inicial e insistente del Vicariato, de Alejandro, no era ese convenio, sino lo que llamaba, de una manera que concitó la burla de muchos, “un acuerdo de Paz entre el Estado y el pueblo Huao”: pedidos tan concretos como la legalización de territorios indígenas antes de la entrada de las compañías, la exclusión de trabajos en el terreno de los Tagaeri hasta la aceptación por parte de éstos, etc. No se decía que el convenio era impuesto por la fuerza de las circunstancias, para evitar en lo posible el peligro de las cuadrillas de pacificación, la famosa Casa Verde del llamado Dr. Vela[7]. Eso no se decía y nadie lo preguntaba.

La verdad es que esa industria petrolera, aunque, como veremos más abajo, el responsable último fueran los políticos del Estado, andaba por la selva como en terreno conquistado, como un elefante en vidriería, con casi absoluta impunidad en sus métodos y, esto sí, indiscutible desinterés por los resultados humanos. Efectos secundarios, daños de baja intensidad,  que se citan ahora en otras guerras. La verdad es que en sus viejas hostilidades con los Huaorani habían sembrado vientos y ahora Alejando e Inés cosecharon la tempestad. La verdad, más bien, es que dejaron un terreno minado y esa metralla les estalló a los misioneros en sus pies.

Pero nada de esto se dijo entonces.

Las autoridades religiosas

Simón Espinosa (Hoy, 24/7) afirmaba: hermosa y moralmente sensata la declaración del obispo Ruiz, la actitud no retaliatoria de la Conferencia Episcopal.

En efecto, la CEE, por medio de sus voceros habituales, insistió en su comprensión hacia los victimarios. No se debía hacer contra ellos ningún escarmiento. Además, con propiedad, señalaban unas pautas para la comprensión del suceso: no hay que sacar este hecho del contexto en el que viven los indígenas del Oriente. Los indígenas se ven atacados y hay que comprender su reacción ante los extraños…Es una reacción de autodefensa (Hoy, 23/7).

Seguramente no era el momento de concretar más entre quiénes eran los que atacaban, en intentar separar con exactitud ovejas de cabritos entre los extraños. ¿Los misioneros estaban entre quienes atacaban, entre los extraños? La táctica al parecer, era sugerir más que señalar. De hecho, insistía a continuación: yo no hago ningún juicio de valor sobre las actividades que se realizan en el Oriente (id.). Había que andarse con pies de plomo en esos peligrosos días.

No convenía, se decía entonces en algunos escenarios eclesiales, zarandear al Ing. León.

 

Los dirigentes indígenas

Se trata de uno de los momentos estelares de los dirigentes indígenas amazónicos, sin duda les aupó al escenario nacional e internacional, les supuso un aventón apreciable hacia puestos más trascendentes dentro de la evolución del movimiento indígena nacional.

Ya dijimos algunos nombres propios, interesa ahora resumir su discurso de entonces: la muerte de los misioneros refleja el nivel de conflicto al que se ha llegado en el Oriente, por la ausencia de una política de apoyo y respaldo del Estado hacia los pueblos indígenas, (Carlos Viteri en Hoy, 24/7)[8]. Como políticos avezados, les interesaba disparar por elevación, dejar  a un lado el hecho concreto, con todas sus fastidiosas entretelas internas, y aprovecharlo para insistir en su pulso al Presidente y al Estado de entonces sobre temas resumidos en palabras que quemaban como brasas entre las manos oficiales (¡y militares!) en aquellos días: territorialidad indígena, nacionalidades, derechos al subsuelo, puriculturalidad, etc.

Ahora bien, cuando les pedían más precisiones sobre el hecho mismo, se veían en un aprieto: la Misión Capuchina ha sido utilizada por los intereses de las trasnacionales petroleras y por el gobierno ecuatoriano a través de Cepe, y nosotros defendemos nuestro territorio que nos pertenece por herencia y por derecho, además no permitiremos que nos quieran evangelizar porque los Huaorani tienen su propia religión que no es menos que ninguna otra (Edison Viteri, Vicepresidente de Confeniae,  en el artículo “LOS SALVAJES” HUAORANI de José Guerra Castillo). Ellos, de manera más o menos velada, echaron al aire eso de misioneros utilizados; alguno de ellos llegó a decir incluso: por los criminales intereses de las empresas trasnacionales. Más incontinencia verbal que conocimiento real. ¡Docenas de huaorani trabajaban en esos mismos días (Alejandro se había impresionado al comprobarlo) en las vanguardias de los exploradores petroleros! ¡Muchos de ellos se prestaban con gran alegría a intervenir, si les armaban bien, en la tierra de sus enemigos Tagaeri! El escenario real, en la selva, era mucho más complejo, como suele ocurrir con frecuencia, que los incorpóreos discursos radicales de dirigentes o especialistas.

En el artículo de Guerra, se llegaba a sugerir, se supone que por parte de Edison: los pueblos Záparos, que eran seiscientos mil, y los Tetetes, treinta mil, han sido extinguidos totalmente. Sometidos por la salvaje colonización…(id.). Este absurdo y disparatado baile de cifras, propio de quien se adentra en un terreno del que nada sabe, entraba dentro de lo que entonces denunciaban en términos genéricos: desde el inicio de la colonización, miles de hermanos indios han muerto y muchas nacionalidades han desaparecido (Lamentan muerte de obispo Labaka, dirigentes de Confeniae, El Comercio 28/7). Se puede suponer que esa colonización se refiere a la  española del siglo XVI, ¿o tendrá que ver con la conquista huao de los territorios záparos a finales del XIX, o la posterior de los runas del Curaray y Napo, hasta nuestros días, en las tierras de los huaorani? Naturalmente nada de eso se aclara en la guerra de los discursos.

En la revista oficial de Confeniae, Paratu, se escribió: manifestamos nuestro profundo pesar y solidaridad a las misiones capuchinas. Y, dentro de la misma: la muerte de los misioneros capuchinos tiene que llamarnos a la reflexión, si bien es cierto que ellos han asumido una actitud de solidaridad con los pueblos indígenas, la presencia de un convenio entre Cepe y la Misión Capuchina, nos representa una realidad contradictoria…Cosa esta última muy cierta  que convenía y conviene también hoy examinar con detención.

En definitiva, todo eso sirvió a los dirigentes de aprendizaje; pulieron su discurso, aumentaron los conocimientos sobre su propia historia regional, aprendieron a integrarse respetando las minorías selváticas. Salieron del caso fortalecidos.

Los misioneros

Las misiones han sido, históricamente, y en muy diversos proyectos de dominación y colonización a través de mundo, la punta de lanza. Esta suerte, hablando en términos duros, de “carnada” frente a pueblos de distintas culturas y religiones, ha ubicado al misionero en la ambigua y conflictiva condición de portavoz y símbolo visible de la dominación. Pero hoy, buena parte de las misiones busca otra cosa: identificarse con los grupos dominados y en proceso de extinción, defender su vida y su territorio. Y en esa transformación, la situación de las misiones se torna conflictiva.

¿Cómo borrar de la memoria de los pueblos amazónicos lo que históricamente han sido las misiones? ¿Cómo convencerles que su prédica y su acción de hoy, es, muchas veces, contraria a las intenciones “de los blancos”, a quienes abrieron la ruta en el pasado? La muerte de Alejandro Labaka[9] e Inés Arango es la expresión más radical de esta ambigüedad (Javier Ponce, La Liebre Ilustrada, 2/8)

Este tema lo sustanciaremos con apenas dos largas citas, más otras dos brevísimas, de epílogo. Podrían al menos demostrar que el oficio de misionar es trabajo de riesgo. No tan frecuente el de perder la vida, aunque lo fuera en esta ocasión, pero sí, fatalmente, ese de prestarse a infinitas disquisiciones y controversias en las cuales no es ahora momento de entrar.

La cita que sigue añade a la habitual polémica unos tintes exóticos, casi pasmosos. El subrayado es nuestro. Y por fin estamos teniendo que enfrentar la largamente postergada respuesta a la problemática de nuestro Oriente. Sobre todo cuando los conflictos de intereses arrecian. Los capuchinos fueron enviados por la Iglesia Católica para atender las crecientes necesidades espirituales del área. Curiosamente,  muchos capuchinos como el martirizado Obispo Labaka son vascos, y como vascos tienen algo de anarquistas. Estos misioneros han contribuido a que las tribus orientales demuestren un espíritu de rebeldía frente al Estado (llámese éste IERAC, Dirección Forestal, INCRAE o lo que quiera) no muy diferente al que aflora con demasiada frecuencia entre los vascos en contra de Madrid (Fernando Ortíz, Hoy, 1/8).

Hay que decir que, en Ecuador, periodistas, comentaristas, líderes y políticos, en su práctica totalidad, hicieron gala en esos momentos, más allá de los entendibles antagonismos, de exquisita cortesía e incluso solidaridad con los misioneros. Seguramente porque el mayor conocimiento da siempre algún peso a las opiniones, de manera que pueden contrastarse con las contemporáneas de un escritor español, Francisco Umbral, especialmente mezquinas por su ignorancia del caso y la inoportunidad en decirlas: ¿A quien hay que proponer para el premio Nobel de la paz? A los salvajes que flechan a los misioneros, porque el misionero va a robarles la fe, su fe, siendo así que toda fe vale, todas las fes son las mismas y resumen la noble perplejidad del hombre ante el universo (El País, 2/8). Es necesario ser especialmente lerdo para tratar esa acción de salvamento del obispo como un robo de su fe[10]. No sabe de qué habla, el pinturero columnista. Alejandro, estaba movido por una fe, de eso no hay duda, pero no era empresa de fe lo que buscaba en ese aventurado intento, sino sembrar paz en medio de una batalla real –muy lejos de los conceptos-, tender una mano extendida en vez de un fusil, proteger unas vidas y no bautizar. ¡Qué transparencia encontramos, en cambio, en las pocas palabras que Inés, sin que nadie entonces lo supiera, dejó escritas en un billetito en su habitación de Coca, antes de emprender el último viaje: Si muero, me voy feliz y ojalá nadie sepa nada de mí; no busco nombre … ni fama. Dios lo sabe. Siempre con todos. Inés

¿Las lanzas eran contra las petroleras?

Cuando los periodistas preguntaban a los misioneros sobre los sucesos, casi todos éstos se limitaban a ensalzar las figuras de los caídos. Sin embargo, uno de ellos entraba en otras cuestiones más sociales y vidriosas. José Miguel Goldáraz acuñó una frase que tuvo éxito, quizá por su espontaneidad y contundencia: las lanzas no eran contra los misioneros, sino contra las petroleras.

¿Lo eran en verdad? Como es obvio, se responde esa pregunta según el punto de vista que se adopte: sea el de los Tagaeri que lancearon, o el de cualquier otro observador, interesado o ajeno, que opine del caso.

Ante todo hay que constatar que se trata de una pregunta sin sentido, ininteligible, para un tagaeri. Él no puede saber qué es un petrolero, como tampoco sabe nada de obispos, antropólogos, líderes indígenas, o simples ecuatorianos. Ellos son otros, radicalmente otros. Por tanto, esta pregunta, al menos en esos términos que nosotros la manejamos, no les concierne. Se trata más bien de una cuestión a debatir dentro de la sociedad ecuatoriana que ellos todavía no han tenido oportunidad de conocer.

En los días siguientes a las muertes, la pesquisa se tendía a resumirse en otra mucho más ceñida: ¿quiénes son los culpables de esta atrocidad? La respuesta, según quién la diera, era alguna de éstas, o varias de ellas al mismo tiempo: las petroleras, el Gobierno ecuatoriano, la colonización del Oriente, la imprudencia del obispo[11] y los misioneros, el azar… Naturalmente no se pedía a las autoridades ninguna responsabilidad de tipo penal, ni siquiera política, con el régimen de capa caída; sino más bien se trataba de indicar qué habría de cambiarse y quién debería comenzar por hacerlo para que hechos así no volvieran a suceder.

Hubo ocasión de observar peregrinos argumentos, razonamientos dignos de un centón de despropósitos. Otras aseveraciones parecían atenerse mucho más a la cordura y la lógica.

Wilson Pástor, se curó en salud: es una incógnita la causa que motivó las muertes. Nadie vio lo qué pasó. Los únicos que saben la verdad son los propios indígenas (Ultimas Noticias, 23/7). Después dijo cosas inverosímiles y anunció otras que nunca se cumplirían. En resumen esto: llegará a Quito, en una semana, el antropólogo Enrique Vela, que ha logrado integrar a muchos aucas en la civilización (¿?), habla la misma lengua que los aucas (¡!) y ha establecido una buena relación con este grupo étnico[12]. Es posible que entre en contacto directo con los aucas en estos días para conocer el detalle de las causas que motivaron el asesinato (id.). Como era de prever después de semejante predicción (es posible, ¿qué quiere decir eso?, ¡vaya noticia!) nada se averiguó más tarde:  o no entró en contacto, o no se enteró de las causas, o no quiso hacerlas públicas. Nunca más se supo en Ecuador de esas previstas revelaciones del especialista.

Por lo general, lo más habitual fue un saludo a la bandera, es decir, una frontal denuncia, tan general, que al cabo nada decía: las lanzas fueron arrojadas contra la dominación y la explotación (Juan Cueva, Hoy, 28/7). ¿Qué es eso? No faltó la denuncia, mucho más demagógica que certera, sobre la agresión de las trasnacionales del petróleo (Lenín Ortíz, Hoy, 27/7); ¡como si éstas actuaran por libre albedrío, sin sujetarse a las leyes o contratos oficiales! Unos pocos no dudaban en señalar en dirección más nacional: la responsabilidad de los hechos corresponde con exclusividad al Estado porque este, y nadie más, tiene la obligación de diseñar una política cultural que sustente, como paso previo, cualquier acción en el campo de la economía (Francisco Proaño, Hoy, 25/7).

Pero el mismo Estado, si no se le pone rostros, nombres de responsables directos o cercanos, es una quimera. Ya dijimos que nadie insinuó siquiera para el caso la necesidad de exigir responsabilidades políticas o institucionales. Algunos comentaristas hicieron un esfuerzo mayor por tratar de concretar algún cambio: Que el sacrificio de los dos misioneros no sea en vano. Será fecundo si llega a conmover a la opinión pública y lleva a los partidos políticos a proponer la debilidad de los indios ante el poder del Estado, esto es a que el Congreso pase unas Leyes de Indios que consagren regiones autónomas, oficialicen la lengua quichua[13], den valor legal a las costumbres de los indios, instalen propias autoridades indios elegidas por las propias comunidades, y defiendan la tierra de los indios. Así el sacrificio de los dos misioneros habrá sido fecundo y purificador de cualquier imposición religiosa. Bastó la solidaridad con los débiles. Pero solidaridad que se juega la vida. Ahora el pueblo tiene la palabra, no los penalistas (Simón Espinosa, Hoy, 24/7).

Al fin, fuera de los cuerpos de ambos misioneros, las lanzas tagaeri no parecieron hacer mucho daño.

[1]. La noticia fue portada en toda la prensa mundial/occidental. Como resulta natural, En España tuvo especial acogida. TVE hizo un gran reportaje sobre el caso, demostrando una capacidad notable para investigar las múltiples causalidades del caso.

[2] . Conferencia Episcopal Ecuatoriana

[3]. Cicame realizó un estudio sobre el pueblo Huao (Los Huaorani en la historia de los pueblos del Oriente) donde se trató se resumir el estado de la cuestión hasta la fecha de la edición 1994. Contiene una amplia bibliografía y señalamiento de fuentes escritas y orales. Viene a ser como el vademécum de la Misión Capuchina/Vicariato de Aguarico en torno al tema.

[4]. Instituto Lingüístico de Verano, el gran dominador de los contactos con grupos huaorani desde el final de los 50 hasta la fecha de su expulsión del país en 1981.

[5] Confederación de Nacionalidades Indígenas Amazónicas del Ecuador

[6]. Sobre el personaje, que ha llenado más una década de ignorancias periodísticas sobre el tema, véase el capítulo: Sam Padilla, de intérprete petrolero a Caento, dentro del libro citado arriba:  Los Huaorani en ….

[7]. Un antropólogo llamado Enrique Vela, en el libro ya citado, aclara muchas de las circunstancias de esos días. Entre ellas la de este curioso doctor por Moscú, por aquellos días a las órdenes de CEPE como su máximo experto para labores previas de exploración de terrenos que iban a ser recorridos por las cuadrillas petroleras. Los métodos de “pacificación” de Vela fueron, en último término, la razón final de la apresurada entrada de Alejandro al bohío tagaeri. Ha de saberse, para aquellos que aluden a la aspiración del obispo en ser el primero, que Alejandro, en Coca, ante varios testigos misioneros y petroleros, invitó al doctor a entrar con él. Vela renunció y, para pasmo de los misioneros, se pudo de rodillas ante el obispo pidiendo su bendición, ya que él, de hecho, haría una entrada por tierra de inmediato, en medio de hombres armados. Alejandro, sonriendo, se la dio. Después de la muerte del obispo, el experto de CEPE presentó oficialmente ante la CEE y los misioneros capuchinos, ya con el nuevo gobierno del Dr. Borja, una propuesta (trazada en círculos concéntricos, coloreados, a partir del lugar de las muertes) de áreas más o menos peligrosas que sólo pudimos calificar como delirante. ¿Cómo definir un círculo perfecto en la selva?, fue lo primero que preguntamos, y  a continuación otra cuestión no baladí, ¿cómo tener la seguridad de que al resto tagaeri le llegará la noticia, se atendrá a ella y obedecerá acuciosamente estos colorcitos? Otro de los colmos de sus despropósitos lo puso de manifiesto casi un año después, cuando El Comercio (Guerra silenciosa de la etnias, 8/7/88) publicó un supuesto y absurdo reportaje donde este experto dictaminaba: no fueron los Tagaeris (sic) los que dieron muerte a los misioneros, sino los Huaorani. Por lo demás, el artículo estaba lleno de inexactitudes que el periódico no quiso rectificar.

[8].  El resumen de la misma rueda de prensa es apreciablemente diferente según la información de El Comercio, el mismo día: La Confederación de Nacionalidades Indígenas del Ecuador justificó la actitud de los aucas que dieron muerte a dos religiosos el martes pasado a orillas del Cononaco. La entidad de los indígenas ecuatorianos asegura que el ataque de los aucas constituye un acto legítimo de defensa, porque se sienten agredidos por la presencia de extraños en su territorio. Los dirigentes hicieron notar que los indígenas de la Amazonía, y más los aucas, soportan la incursión de las compañías petroleras y de las misiones que afectan su territorio con la introducción de maquinarias y la devastación del medio ambiente. Esta redacción de la noticia parece más dura; los indígenas justifican la actitud, y parecerían poner a compañías petroleras y misiones en el mismo nivel de incursionar en la selva. Por fin, en el propio Boletín de Prensa de Confeniae (24/7) se escribía: Nos solidarizamos con los misioneros capuchinos de Coca, que forman parte de las pocas misiones solidarias con los difíciles momentos que vive el pueblo indio, y declaramos como únicos culpables a las compañías petroleras, al gobierno y al IERAC. Como puede verse los comentarios tienen matices muy diversos según quién los resuma.

[9]. Alejandro escribió, casi hasta el final de su vida, su apellido así: Labaka. Sin embargo, muy atento siempre a las cuestiones de lenguaje y cultura, de la misma manera que apoyaba los esfuerzo por la unificación de las escrituras de los pueblos indígenas ecuatorianos (los de habla kichwa, los signas/secoyas, etc.) aceptó al instante las nuevas normas gráficas de su pueblo vasco y escribió desde entonces su apellido Labaka. Nosotros hemos unificado la escritura.

[10]. Alfonso Calderón, que será en el régimen de Borja Asesor presidencial para asuntos indígenas y, por tanto, persona destacada en la legalización del territorio huao, habla con Alejandro sobre el grupo Tagaeri a fines de 1985, y en la revista Nueva (nº 139, sept.) resume así lo que el obispo le dijo: se trata de un caso práctico: salvar a las personas y legitimar el territorio. Las organizaciones indígenas conocen el problema, pero no tienen la capacidad de parar el petróleo a tiempo para salvar a los tagaeri. Me van a hacer polvo unos y otros, pero ni los políticos ni los antropólogos van a venir a salvarlos. Quiero rescatar a ese grupo y me ofrezco voluntario con todos los riesgos, porque no hay gente que pueda hacerlo.

[11]. Una curiosa agravante sumada a la imprudencia, que sería la torpeza e ignorancia, parece imputar a los dos “sacerdotes” (sic) extranjeros el diario El Universo (26/7), en su editorial: Los compatriotas amazónicos. Al formar parte de nuestro país, los indígenas que viven en la región amazónica, el resto de los ecuatorianos tenemos que contar con ideas bien claras sobre las circunstancias que rodean sus formas de vida, sus culturas, y hasta principios que rigen los elementales derechos que tienen para defender su patrimonio. En este sentido es que deseamos llamar la atención de nuestros lectores para considerar lamentable la trágica muerte que han tenido dos sacerdotes extranjeros al querer penetrar al territorio de nuestros indios Aucas.[] En las poblaciones amazónicas, muy fácil de ser llamadas primitivas y salvajes, ha habido exploradores que por ser imprudentes y por desconocer en su profunda verdad la realidad, han terminado sacrificados y hasta pareciendo que son víctimas de salvajes y bárbaros que rechazan la cultura y la civilización. Pero también han habido investigadores que no han conocido este fracaso. En sus contactos han hecho uso de sus profundos conocimientos de la mentalidad de los indígenas y luego de varios años de cuidadosas formas de aproximación con desinterés, lograron el fin  que aspiraba: un mejor conocimiento mutuo y la obtención de verdades que servirán para conocer mejor esos pueblos que por una mal entendida colonización cada vez son más desconfiados, más débiles y naturalmente más celosos de su integridad territorial.

[12]. ¡Sólo un año antes El Comercio (13/7/86) había publicado: Continúan atropellos contra Aucas, Delfín Andi, vocero de la tribu, precisó que el antropólogo E. Vela viene engañando a la comunidad…para explotar la mano de obra de la tribu. Termina pidiendo su expulsión. ¿No recordaba nada de esto la empresa del sr. Pastor que lo mantenía bajo contrato, ni tampoco los periodistas que daban por sentada en su reportaje de ahora tamaña desvergüenza?

[13] Actualmente, a partir de la reforma del idioma quichua unificado, conducida por la Dirección de Educación Interculrual Bilingüe del Ecuador, se emplea la palabra kichwa para definir las diversas culturas con el mismo origen lingüístico

Miguel Angel Cabodevilla Iribarren

 

Historia de una sonrisa

Supongo que nadie puede elegir el rictus final con el que uno va a morir. Será cosa del azar o qué sabe uno de qué intrincados mecanismos humanos. He recordado muchas veces la sonrisa final de Alejandro, cosido a lanzazos en el suelo de la selva, con los pulmones encharcados en sangre, ahogándose lentamente. Y sonriendo. En las fotos que corren por ahí de su cadáver se puede observar todavía esa tenue sonrisa; muy de él, cuando estaba vivo. Un cuerpo final, horriblemente lanceado, iluminado por una insólita sonrisa.

Tal vez puedan decirnos: eso no es tanto una expresión, como un espasmo final. Ciertamente Inés Arango, lanceada junto a él, quedó con una expresión terminal dramática. Y recuerdo el rostro de un maderero de la (mal llamada) Vía Auca, también cosido a lanzazos entre sus trozas recién aserradas, y una expresión de indefinible paz en su semblante final. ¿Simples y fortuitas contracciones últimas? Bien pudiera ser. ¿Se conseguiría reflejar en el rostro postrero la aceptación serena de una muerte violenta o, incluso, la consumación de una vida entregada? Lo ignoro. Pero lo que sí conozco es que tras esa sonrisa plácida del cuerpo martirizado de Alejandro hay una larga y preciosa historia.

Es proverbial la abundancia, dentro de la piedad cristiana popular, sobre todo en países latinoamericanos, de la representación de Cristo en la cruz o de su cuerpo inánime. De ordinario las expresiones faciales de esas imágenes suelen ser abrumadoramente dramáticas. Más de una vez rayando incluso en una desagradable morbosidad. Entre las excepciones a esa regla trágica existe una efigie que conocía bien Alejandro. Se puede admirar en la capilla del Castillo de Xabier, una fortaleza del siglo X, en Navarra-España.

En su tiempo, el castillo fue cuna de un santo bien conocido, Francisco de Xabier, patrono universal de los misioneros. Pues bien, en una de las torres del fortín existe todavía una capilla muy peculiar, única en España, porque está decorada en sus paredes por la llamada “danza de la muerte”, representación medieval de un tono que nos parece ahora macabro. Por contraste, en el centro del pequeño ábside hay un gran Cristo crucificado, del gótico tardío, cuyo rostro final queda sorprendentemente esclarecido por una extraordinaria sonrisa. Toda la opresión de la danza sombría de esqueletos que le rodea, además del dramatismo de la propia muerte en cruz, queda subyugada y vencida por esa expresión imbatible de Cristo. Quizá no exista una representación más pasmosa del dominio propio sobre la suerte final. Alejandro había visitado más de una vez esa capilla. De seguro habría admirado esa actitud postrera del Jesucristo misionero, es decir, del gran enviado por Dios a la humanidad. El crucificado había aceptado la suerte final entre los humanos, incluso en una modalidad tan cruenta como ese patíbulo, con la gallardía que proponía tal escultura en su rostro invicto. Dominando la muerte con una sonrisa.

Alejandro, que desde muy joven sintió ese llamado misionero, había partido en 1947, a sus 27 años, para un viaje a la entonces remotísima China. Por aquellas fechas los frailes capuchinos encaraban su destino en cualquier parte del mundo sin intención de regresar a su patria. Un trayecto sin retorno. Solo un accidente histórico, por llamar así a la toma del poder por parte de los comunistas de Mao y la consiguiente expulsión de todos los religiosos extranjeros, quebró, en su caso, ese destino. En tal situación, echado bruscamente de entre unas gentes a las que ya admiraba y quería, el misionero pidió de inmediato ser enviado a otra región incierta: la amazonia ecuatoriana.

Pero ese joven vasco no solo había admirado, en la capilla del castillo de Xabier, al risueño ejecutado. También se había contagiado de esa entrega. Entonces adoptó una resolución capital. Así, después de visitar la basílica de la Virgen del Pilar, en Zaragoza, a poco de embarcar hacia China, había escrito a su hermana: Le pediré (a la Virgen) que me conceda la gracia de ser mártir dando toda mi sangre por Jesús, por María y por las almas. De modo que no solo quería ser misionero, un entusiasta enviado, sino también mártir, un testigo hasta las últimas consecuencias. El testigo cristiano arriesga todo, concibe la apuesta más alta. Es decir, Alejandro iba en serio. Se jugaba la vida a esa única carta de la entrega total. En su concepción religiosa, lo mismo que Cristo había hecho la donación total de su vida en favor de la humanidad, él, en cuanto le fuera posible y si eso fuera necesario, haría lo propio. Con el peso indudable que mostraban sus palabras: dando toda mi sangre… Él no lo sabía entonces, pero, en ese momento, le quedaban 40 años más de vida y, al final, la iba a derramar así: regando una tierra remota.

Por tanto, cuando se quiere entender bien su vida, en cualquiera de sus tramos, pero, sobre todo, en aquéllos lances comprometidos, donde había que estar, como decía un antiguo misionero amazónico, con el alma entre las manos, no hay que olvidar esa apuesta, encubierta pero absoluta, del testigo íntegro. Algunos de entre quienes le conocimos sabíamos, por tanto, que, en el fondo de aquellas decisiones arriesgadas y, en ocasiones, hasta quizá temerarias, en favor de los indígenas ocultos que él entendía en peligro de exterminio, ardía esa magnífica promesa de su juventud: si es necesario, voy con todo.

La noche anterior a su último viaje, a su entrada al bohío de los hasta entonces ocultos (ése sí un trayecto que iba a ser sin retorno), se dio un debate en la casa de los misioneros en Coca. Un compañero suyo le conminaba a no adentrarse donde los aislados en esas condiciones y le argüía con apasionamiento: ¡Si entras, te matarán! Al responder, Alejandro sonrió suavemente, sin inmutarse, como solía ser su costumbre y tal como luego lo iba a hacer incluso su cuerpo lanceado: Si me matan, la Misión queda en buenas manos. Lo que indica que había pensado en esa eventualidad, la había sopesado, y decidió que merecía la pena. Es más, que era lo que le pedía su antigua promesa. Por mi parte no tengo ninguna duda que, en aquellas horas de la noche que esperaban la amanecida, hasta el momento de poder volar al pequeño hueco del bohío en la inmensa selva, Alejandro repasó y reafirmó su permanente vocación de testigo. Lo que había escrito en Zaragoza a su hermana Felisa: dando toda mi sangre… Era la hora del envite definitivo. Probablemente también recordó la sonrisa abierta y confiada del hombre crucificado en el castillo de Xabier. Y, una vez más, elevó su apuesta por la paz hasta el límite de la propia vida.

De manera que siempre he creído que, en aquella su última escena en el patio del bohío tagaeri, cercado de gritos furiosos y guerreros que blandían ante él sus imponentes lanzas, cuando su experiencia le decía que se trataba de una despedida violenta, Alejandro no se abandonó al terror, sino a la valentía que siempre le distinguió y, sobre todo, a su vocación profunda. A esa que había cultivado, con firme constancia, aunque sin ninguna ostentación, a lo largo de su vida. Él creía en el valor de la entrega humana, podríamos decir incluso en la cotización de la sangre, cuando eso era ineludible. Nos había dicho algunas veces: El misionero busca la paz, debe hacer de puente entre adversarios; si no puede evitar la pelea, debe ponerse en medio e intentar pararla. Es nuestro deber. Pensó que, precisamente, ese era el momento que se presentaba entonces. O vamos nosotros, o los matarán. La apuesta había ido subiendo y se plantaba a todo o nada. Habían pasado cuarenta años desde el momento en que hizo su propia promesa, que mantenía firme; ahora había llegado el instante de hacerla efectiva.

Días después de su muerte, recuerdo la escena en un campamento petrolero, justo aquel de donde salió Alejandro en su último vuelo, poco menos que preparando, por un acaso, su sonrisa final. La muerte a lanzazos del obispo había levantado un polvorín nacional de protestas. Había mil voces en el aire, que hasta entonces habían estado calladas siempre; como era costumbre, la retórica se adueñaba de los medios de comunicación. Se pedía la suspensión inmediata de la exploración petrolera en la zona del lanceamiento; algunos, más simplones, la suspensión total del petróleo en el Oriente. Como es de suponer, en esos envites se jugaba plata a manos llenas: contratos diferidos o suspendidos, planes estratégicos nacionales que podían quedar varados. Por eso un técnico de la industria me decía en su campamento, entre la frustración y el respeto: Ese cura sabía bien lo que hacía. La apuesta le valía por los dos resultados. Si lograba contactar pacíficamente con esa gente, la convertía en ciudadanos, en gente pública, y, por tanto, todos debíamos respetarlos. Si le mataban, todavía los ponía más de manifiesto, exhibía su presencia ante todos como un bombazo.

De manera que, como ven, es posible que, cuando recogieron el cuerpo clavado de Alejandro, lo que apreciaron en su rostro no fuera solo un rictus azaroso. Sino la silueta bien trabajada de toda una vida, ese perfil de moneda valiosa que algunos forjan a golpe de valentía y denuedo. La firma personal, escrita en rojo, de unas citas evangélicas: He corrido bien mi camino, he llegado a la meta, he cumplido mi tarea. Todo se ha consumado.

Esa última sonrisa tenía mucha historia detrás.

Miguel Angel Cabodevilla Iribarren

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