Misa mensual comunitaria

El Señor es paciente y misericordioso. Señor ten piedad.

El Señor es bueno con todas sus criaturas. Cristo, ten piedad.

Dios sabe de qué barro estamos hechos. Señor, ten piedad.

Confiemos en la bondad de Dios, que conoce de qué barro estamos hechos; por eso comprende nuestras flaquezas y nos ofrece su perdón. Por Jesucristo, nuestro Señor.

 

 

Oración de entrada

Aquí estoy, Señor. Tú entraste en mi ser, aun antes de que me conociera a mí mismo. Tú me has dado la vida, el cuerpo y el aliento vital. Tú me ofreces inteligencia y saber, has hecho de mí esta persona que soy.

Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad.

Purifícame, limpia mi corazón y mi espíritu, aunque sea con fuego, con la cruz o el sufrimiento por dificultades y contrariedades. Quita de mí cuanto me impide reconocer tu venida, Señor, concédeme todo cuanto me acerque a ti y me mantenga vigilante en espera de tu venida.

 

 

 

Salmo 80

 

 

Penúltimas noticias acerca de Yeshua/Jesús – Erri de Luca

 

La fiesta del pesaj, paso de siervos en Egipto a libres en camino, pide cantar así: Este año somos siervos; el año próximo, hijos de la libertad.

 

En medio de esta espera de acontecimientos terrenos, Jesús introduce su cambio. Corta de un tajo la apresurada urgencia de la historia, con su agitación de revoluciones y guerras, libera a la persona humana de lo circunstancial, de la contingencia de un tiempo ruinoso, y la coloca dentro de una nueva alianza.

 

Cuando sus doce discípulos comienzan a masticar el alimento, interviene él para liberar: Esto es mi cuerpo, y les muestra el pan. Lo mismo hace con el vino llamándolo su sangre. Durante la liturgia hebrea de la noche de Pascua se recita en arameo: Este es el pan de la aflicción que nuestros padres comieron en Egipto. Jesús reinterpreta aquel alimento y lo transforma en alianza entre, por un lado, el individuo y el disperso sobre la faz de la tierra y, por otro, el Eterno. Se convierte en maná, alimento que sacia. Los comensales guardan silencio, escuchan y acogen la palabra del sacrificio.

 

Eucaristía es escándalo, alianza fundada en una víctima humana, sin más altar que la cima pelada de un monte, ligada a un madero romano de suplicio. El cristianismo no podía separarse más radicalmente de su madre tierra hebrea. Introduce su cambio en la fiesta principal de Israel, en la ciudad de David.

 

En hebreo rey y maná tienen el mismo valor numérico, comparten mucho más que una rima. Jesús entra en Jerusalén como rey y sale como maná. La eucaristía es alimento de libertad para la humanidad prisionera. Nace en la Pascua hebrea, pero rompe las fronteras de la festividad de solo un pueblo.

 

 

ORACIÓN SOBRE LAS OFRENDAS. Sobre tu altar ponemos, Padre, toda nuestra vida, junto al pan y el vino que tu Espíritu transformará en el cuerpo y la sangre de tu Hijo Jesús. Transforma también nuestra vida entera y haznos testigos de tu amor en el mundo.

 

 

 

 

PREFACIO

Te damos gracias Padre, ante todo por tu Hijo, porque en Él has querido compartir con nosotros la debilidad de la carne, porque en Él has elevado la condición del ser humano.

Porque por Él has perdonado nuestra debilidad. Porque en Él nos has amado. Y, por medio suyo, sigues pidiendo que cambiemos nuestras vidas, para que cada día más nos parezcamos a tu Hijo, al que Juan anunció, a pesar de que nosotros insistamos con nuestra terquedad en no hacerte caso. Padre, gracias, porque has querido que tu Hijo compartiese nuestra naturaleza, recordándolo, te decimos un himno de alabanza: SANTO…

 

 

Oración final

QUÉDATE CON NOSOTROS

 

Tú eres un Dios misericordioso y compasivo.

Conoces bien nuestra, miserias

pero nos miras con cariño.

Tú padeces y com-padeces,

porque tu nombre es Comprensión, el Compasivo.

Ven, Señor, a socorrernos,

sé tú mismo.

Levántanos con tu mano,

si nos ves caídos.

 

Si nos ves enfermos, con heridas,

cúranos con el aceite de tu Espíritu.

Si nos ves sucios y manchados,

límpianos con el agua de tu Espíritu.

Si nos ves cobardes, fríos,

danos fuerza con el fuego de tu Espíritu.

Si nos ves ciegos, o equivocados,

ilumínanos con las luces de tu Espíritu.

Si nos ves tristes, decaídos,

alégranos con la risa de tu Espíritu.

Si nos ves mezquinos y egoístas,

agrándanos con el amor de tu Espíritu.

Si nos ves solos, excluidos,

acompáñanos con la amistad de tu Espíritu.

 

Y quédate, Padre, con nosotros,

y con tu Hijo Enmanuel,

hecho niño.

 

 

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *