Un libro al mes- El don de los años, Joan Chittister

El don de los años – Joan Chittister

 

 

La vida y el tiempo son criaturas fantasmales para todos nosotros. Nos pertenecen y, al mismo tiempo, no son nuestras. Algunos la pierden de manera inopinada. La mayoría de nosotros avanzamos paso a paso por la vida, sin saber hasta cuándo durará.

 

Es importante que la edad no sea un obstáculo para el imán de la vida que hay en nosotros. Porque la vida no consiste solo en respirar. De lo que se trata en la vida es de devenir más de lo que somos, de ser todo lo que podemos ser. Con independencia de a qué nos dediquemos, de cuál sea nuestra edad, etc.

 

Los mayores, pese a que corra el calendario, saben, en su interior, que están saliendo de una etapa de la vida e ingresando en otra, que se aferran a aquélla, aunque cuando sea imposible. No saben qué pensar, ¿es el fin de todo lo que les consta que es bueno y plenificante en la existencia? ¿Deberían plegarse a lo inevitable, o se trata del comienzo de una clase de vida totalmente nueva? ¿Han llegado al momento en que todo carece de finalidad, o es ahora cuando está empezando a hacerse visible el propósito de la vida?

 

Los gerontólogos nos dicen que, en nuestra sociedad, existen tres estadios de vejez. Están los viejos-jóvenes 65-74 años; los viejos-viejos, 75-84; los viejos-viejísimos con más de 85. Tienen cosas en común y otras específicas de cada edad.

 

En muchos, todo interés por la edad se ha concentrado por entero en los medios para prolongar la juventud o revertir los efectos del envejecimiento. Lo que le falta a la gerontología es la conciencia de las dimensiones espirituales de la única etapa de la vida que nos concede los recursos necesarios para llevar a cabo una evaluación a largo plazo de la naturaleza y el sentido de la vida misma.

 

Voy a escribir sobre la vida más allá de su dimensión física, fijándome en su desarrollo espiritual. Conforme decrece la dimensión física de la existencia, su dimensión espiritual suele cobrar más y más relevancia.

 

El don de los años se concede a muchas más personas de las que se percatan de que estos años finales son un don, no un lastre. No todo el mundo que vive estos años los entiende, ni los acoge con agrado.

 

Lo importante en la vida no es la edad, el número de años que conseguimos arrancarle. No; lo importante es la forma de envejecer, el ir viviendo los valores que se nos ofrecen en cada estadio de la vida. Como escribe E.M. Foster: debemos estar dispuestos a desasirnos de la vida que hemos planeado, a fin de poder disfrutar de la vida que nos aguarda.

Es hora de desasirnos tanto de las fantasías de la eterna juventud como del miedo a hacernos mayores, es hora de descubrir la belleza de lo que significa envejecer bien. Es hora de comprender que la última fase de la vida no es una no-vida; ante bien, se trata de un nuevo estadio de la existencia. Estos años crepusculares, razonablemente activos, mentalmente despiertos, avezados y llenos de curiosidad, socialmente importantes, espiritualmente significativos, están pensados para ser años buenos.

 

Pero quizá la dimensión más importante de envejecer bien radica en la conciencia de que envejecer tiene un propósito. Existe una razón para la ancianidad, con independencia de cuál sea nuestro estado en la vida y cuáles nuestros recursos sociales. A cada estadio de la existencia le es inherente una intención. El crepúsculo de una vida cabalmente vivida trae consigo su propia lámpara (Joubert). La ancianidad ilumina… y no solo a nosotros mismos, por muy importante que ello sea, sino también a quienes nos rodean. Nuestra tarea consiste en darnos cuenta de ello.

¿Quién de nosotros no ha oído decir que solo se vive una vez?

Pero yo no he vivido así. Al contrario. Mi vida no ha sido sino una serie de nuevos comienzos.

Con el tiempo he llegado a la conclusión de que no es cierto eso de que solo se vive una vez. El hecho es que cada vida es sencillamente una serie de vidas, provistas cada una de su propia tarea, su propio sabor, su propia clase de errores, su propio tipo de pecados, sus propias glorias…

Lo que más evidente me resulta ahora es que cada una de esas nuestras vidas, por más que formen parte de una línea continua de la vida, es diferente. Cada una de ellas posee algo distinto y constituye, de hecho, una parte singularmente aprehensible de la totalidad de la existencia. Cada una de ellas nos hace nuevos. Y cada una de ellas tiene un propósito específico.

 

El tiempo corre… Es la jubilación: esa sensación de libertad que, para muchos, puede tornarse con la misma rapidez en una sensación de impuesta inutilidad. Es ese elevado muro gris que llamamos los últimos años.

Cuando nos encontramos en plena transición de una parte de nuestra vida a otra, lo único que sabemos es que envejecer consiste sencillamente en envejecer.

¿Qué sentido tiene todo esto? Conforme envejecemos, nos hacemos a la vez más necios y más sabios (La Rochefoucauld).

La vida no se mide por los años. Cada período de la vida tiene una finalidad. Esta última etapa me concede tiempo para asimilar todas las anteriores. No consiste sin más en aguardar la llegada del fin de mis días. Se trata de cobrar una vitalidad que antes nunca he experimentado.

 

Poco a poco, a hurtadillas, el pasado comienza a demandarnos tanta atención como el presente. A veces, incluso más.

El sentimiento que deja en nuestro hondón es más de fracaso que de comprensión. ¿Qué hemos hecho de nuestras vidas? ¿En qué nos hemos convertido?

Todo este esfuerzo asesta incesantes golpes en el centro de nuestra vida. ¿Por qué hicimos eso y no aquello, por qué dejamos de hacer eso otro?

El arrepentimiento pretende ser perspicacia. Pero ¿cómo puede ser perspicacia espiritual negar el bien delo que ha sido en aras de lo que no ha sido?[1]

Gasta un tiempo precioso en lo que no es en vez de lo que es.

Es una tentación. Es un uso incorrecto del proceso de envejecimiento. Una de las funciones -uno de los dones- del envejecimiento es, más que hacernos lamentar lo que no somos, contribuir a que nos sintamos cómodos con el yo que somos. Cuando devaluamos este yo, ponemos en cuestión todo lo que somos y todo lo que hemos sido.

Las punzadas del arrepentimiento son  un punto de transición en la vida. Nos invitan a visitar de nuevo los ideales ymotivos que nos han traido a donde ahora nos encontramos. Las opciones que tomamos en el pasado nos han llevado a ser la persona que hoy somos. Los caminos que no emprendimos en su día quizá habrían obrado lo mismo. O tal vez no.

La carga del arrepentimiento consiste en que, a menos que lleguemos a comprender el valor de las decisiones que tomamos en el pasado, seremos incapaces de ver los dones que nos han traído.

La bendición del arrepentimiento es evidente: si estamos dispuestos a confrontarnos con él cara a cara, nos lleva a un punto en que nos hacemos presentes a esta nueva época de la vida de una manera enteramente nueva. Nos insta a continuar deviniendo.

 

Las grandes cosas no se logran gracias al músculo, la velocidad o la destreza física, sino por medio de la reflexión, la fuerza de carácter y el juicio. En estas cualidades, la ancianidad, por regla general, no solo no es más pobre, sino incluso más rica, escribió Cicerón hace más de dos mil años.

Hoy vivimos en un mundo que juzga sus logros por la velocidad y la afanosidad. Cada día resulta más difícil encontrar tiempo para pensar. En vez de pensar, hacemos cosas. Estamos tan ocupados haciendo que ocurran cosas que apenas nos queda tiempo para pensar sobre el valor de lo que acontece.

Necesitamos con urgencia personas que se concentren en el sentido de la vida más que simplemente en su aceleración, mecanización e informatización.

Salta a la vista que el sentido no es lo que nos mueve en la clase de mundo en que vivimos.

No solo tenemos que preguntarnos que somos cuando pasamos del hacer al ser. ¿Qué soy cuando no soy lo que solía hacer? ¿Y le importa realmente a alguien? ¿Y qué tiene eso que ver con crecer hacia Dios?

¿Qué soy cuando ya no soy suficientemente joven para aspirar a determinado puesto, a…? ¿Quién soy yo cuando se me acaba la vida laboral y me encuentro con apenas dinero suficiente para pagar el alquiler?

Éstas son las arduas preguntas que trae consigo la jubilación; las acuciantes preguntas que hacen que los días de transición de ser algo a no ser nada en un sistema social en el que los puestos y las funciones y el reconocimiento lo son todo, resulten tan duros; las preguntas decisivas que sacan a la luz nuestra profundidad espiritual.

Tal vez haya sido una persona eficaz, pero no siempre una persona espiritual. Y ahora que esa eficacia ha dejado de ser el rasgo motor de mi vida, ¿qué soy yo?

Estoy cara a cara con mi yo. Y el miedo que tengo es que no haya ningún yo. He gastado mi vida en ser alguien importante, y ahora no queda nada de eso sino yo mismo. Ahora soy yo y punto. ¿Y qué es eso? ¿Qué soy cuando no soy nada más que yo?

Solo soy aquello para lo que me he preparado más allá de lo que he hecho. ¿Y qué es eso?

Una cosa es cierta: ser valiosos para el mundo que nos rodea significa aportar algo más que números.

Una bendición de estos años es que podemos llegar a comprender que lo que nos hace miembros valiosos de la sociedad es la calidad de lo que pensamos y decimos, no lo rápidos que somos o lo ocupados que estamos.

 

Envejecer no es todo decadencia. La maduración, la dilatación de la vida nueva interior es lo que hace que marchite y reviente la cáscara, George MacDonald.

Lo difícil no es envejecer. Lo que nos atormenta es el miedo a envejecer. En una cultura orientada al movimiento y la destreza, a la belleza física y sus logros públicos… Necesitamos pensar de nuevo sobre las bellezas de la edad avanzada, sobre la libertad y el esplendor que comporta. Con solo que le demos oportunidad para ello, la vejez nos revela la nueva vida interior. Aprender a dar una oportunidad a nuevos desafíos es lo que convierte los últimos años de la existencia tanto en una aventura espiritual como en un escollo psicológico.

Cuando contamos los años solo como una serie de pérdidas, pasamos por alto las ganancias que conllevan. Entonces, un miedo natural invade el alma de las personas. Siempre está ahí. Nos ensombrece. Nos avisa de los días en que ya no seremos tan ágiles, tan estables, como siempre nos hemos conocido.

En el siglo XX, la esperanza de vida casi se ha doblado. Resulta obvio que la vida después de los sesenta y cinco años no es una patología. Es una mirada por completo nueva a lo que la vida puede ser en ese estadio.

La tarea más importante de la vida en esta etapa tal vez sea sencillamente no tener miedo al miedo. Cada signo de cambio que detecto en mí, las cosas mismas que temo perder, son un llamamiento a un nuevo comienzo. Quizá se trate de prestar atención a la parte de mi ser que está más allá de lo físico, que es más que lo físico, que está libre de lo físico.

Lo que no pertenece a la esencia de este período es la disminución, aun cuando la disminución física sea, a buen seguro, una parte natural de él. Esta etapa tiene que ver con entregarnos a una nueva clase de desarrollo, a los tipos de cambio que principiaron en nosotros en el momento de la concepción y todavía están en marcha. La verdad es que somos mucho más que nuestro cuerpo, que siempre hemos sido más que nuestro cuerpo, pero aprender eso puede llevarnos casi toda una vida. No tenemos obligación moral -como podría inducirnos a creer la sociedad- de esquiar a los sesenta… Nuestra obligación moral es mantenernos sanos, hacer las cosas que nos interesan y enriquecer las vidas de los que nos rodean. Nuestra obligación espiritual es envejecer bien, de suerte que otras personas que entren en contacto con nosotros tengan coraje y profundidad para intentar hacer otro tanto. Renunciar a la vida antes de que se haya acabado no solo es resignación, sino también una forma de desentenderse de buscar a Dios en los términos que Él mismo ha establecido.

Envejecer bien no significa no experimentar cambios físicos. Lo que comporta es no definirse a uno mismo únicamente por las capacidades físicas que todavía conserva. Es el momento de comenzar a pensar en cuestiones más elevadas que aparentar diez años menos de los que en realidad tenemos, por muy maravilloso que eso sea. Ahora debemos empezar a prestar atención a nuestro yo interior. Estos años son para dejar que la vida interior -las preguntas aun abiertas, los intereses de toda una vida- dirija lo que hacemos y lo que somos. Es el momento de poner tierra y semilla en una maceta y cultivar algo. Ahora disponemos de tiempo para cuidarlo y regarlo. Tenemos tiempo para ser pacientes.

Pero, hagamos lo que hagamos, debemos hacerlo conscientemente. Sabiendo que, a pesar de las pérdidas, hay asimismo nuevas cosas que ganar. Lo que no debemos hacer es quedarnos mano sobre mano. No podemos permitir que la muerte nos vaya invadiendo desde el exterior. Tal vez no haya más remedio que vivir con un cuerpo que cambia. Eso no se puede evitar. Pero sí que podemos controlar la forma misma dela vida. Somos responsables de la forma de nuestro mundo, por mucho que parezca que se reconfigura por sí solo.

La tarea de cada etapa específica de la vida consiste en afrontar los miedos que conlleva, de suerte que pueda devenir más de lo que era. Para quienes ya hemos pasado la madurez, el reto consiste en aprender a combatir el miedo a la debilidad.

El miedo nos tienta a creer que la vida se ha acabado, cuando simplemente está cambiando.

 

Los ancianos son presentados… Están de viaje con las hadas, dicen los irlandeses.

Agrupamos a las personas en vez de verlas como individuos llenos de gracia, llenos del espíritu de la vida. No damos oportunidad al cambio; y así, cualquier grupo estereotipado comienza a verse a sí mismo también de esa manera.

Un momento triste en la historia de la condición humana es cuando el mundo exterior nos dice quiénes somos y qué somos… y nosotros comenzamos a creérnoslo. Luego, doblegados por el peso de la negatividad, principiamos a marchitarnos en el exterior, igual que ya hemos empezado a marchitarnos en el interior. El ritmo decrece, el interés se atenúa, la energía vital se debilita y malogra.

Somos los únicos iconos de envejecimiento que los jóvenes tendrán ocasión de conocer. Les mostramos el camino hacia la plenitud de vida.

La edad no nos exime de la responsabilidad de devolver el mundo a Dios un poquito mejor de lo que era gracias a que nosotros hemos estado en él.

Solo los ancianos pueden hacer de la viejez un lugar luminoso y vibrante en el que residir. Y esa es nuestra obligación. Si no la cumplimos, nos disponemos a desperdiciar por completo un veinticinco o treinta por ciento de nuestra existencia.

 

Séneca: Por lo que concierne a la senectud, abrázala y ámala. Te procurará abundante placer si sabes cómo hacer uso de ella. Los años de gradual declive se cuentan entre los más dulces de la existencia… Incluso cuando han alcanzado el límite extremo, siguen proporcionando placer.

Ahora hay espacio y tiempo. Pero, dice Séneca: si sabes hacer uso.

En una sociedad centrada en la productividad, ¿qué le ocurre a la vida una vez que cesa la rutina regular?…

¿Para qué seguir viviendo si no queda ya nada por lo que vivir?

Nos descubrimos a nosotros mismos en el más importante momento de decantación que hemos conocido, al menos desde que abandonamos el hogar familiar para independizarnos. Ahora tenemos que decidir cómo vivir sin que nadie nos diga cómo hay que hacerlo.

Podemos estar amargados porque optamos por la seguridad y la independencia en vez de por la profundidad y compañía. Podemos decidir estar amargados porque, al final, solo queda el final. Pero elijamos por lo que elijamos -amargura o alegría- no tenemos más remedio que optar. El resto de nuestra vida depende de ello.

Podemos empezar a hacer de la creación el espíritu de nuestro espíritu, aspirándola esta vez poco a poco de suerte que sature nuestro corazón y nos capacite para ver las partes de la creación que no habíamos percibido hasta este momento de nuestra vida.

Podemos determinarnos a emprender hoy algo nuevo, a convertirnos otra vez en aprendices, a sentir la emoción que comienza a aflorar en nosotros cuando lo hacemos.

Ahora lo tenemos todo: oportunidad, libertad y la sensación de saber qué es lo que esas cosas exigen de nosotros. Tenemos la oportunidad de ser el mejor yo que nunca hemos sido. Y de ayudar a los demás a lograr otro tanto.

 

Cicerón: la senectud, en especial la senectud distinguida, tiene una autoridad tan grande que es de más valor que todo el placer de la juventud.

El problema es que esto (el descarte) se aplicó asimismo a las personas. En una cultura así, todos corremos peligro de quedarnos enseguida obsoletos. En la clase de sociedad tecnológica en la que vivimos, la creciente marginación de las personas mayores resulta obvia.

Ya no queremos la sabiduría que deriva de años de ir creciendo hacia algo; lo que cuenta es la nueva información.

Estos últimos años de la vida no los vivimos solo para morir. Vivimos para hacer mejor el mundo, tanto para nosotros, como para los demás.

En nuestra sociedad no tiene nombre alguno el personaje investido de sabiduría. En culturas indígenas se trata del chamán, médium entre el mundo visible y el mundo de los espíritus. En el judaísmo esta figura es el haddik, el justo, signo de cómo vivir. En esta persona se encarna lo mejor que la cultura tiene para ofrecer, el signo de lo que significa convertirse en mejor persona a medida que uno envejece.

En cada generación se acumula una cantidad de experiencia que dice algo sobre la vida y es concreta y universal a la vez. Emana del simple acto de llevar una vida recogida y reflexiva. Deriva de haber usado cada dimensión de la vida para prepararse de cara a la siguiente. Sabio, chamán, haddik, anciano… es quien, después de haber vivido toda una vida, analiza el sentido de la existencia. Más aún, se propone comunicarlo a quienes vendrán detrás de él.

Si nos convertimos en los ancianos de nuestra época, ¿Cuál habrá sido el propósito espiritual de toda nuestra vida anterior?

Una carga de esos años es la tentación de considerarnos obsoletos y de gastar este precioso tiempo solo en nosotros. Es la tentación del narcisismo supremo.

 

Tiende a haber dos clases de mayores: los avinagrados y los serenos.

Los serenos tienen el significado y la gracia de la senectud. Nos instan a devenir más y más nosotros mismos a medida que envejecemos. Son los quemiran con ojos bien abiertos, escuchan con oídos afinados y hablan con lengua sabia. Son personas con alma.

Las revistas de moda y de salud son muy claras acerca de qué aspecto se espera en la actualidad que tengan los septuagenarios…

Nunca antes había habido una generación tanto tiempo y en tan buenas condiciones como ahora en el próspero Occidente. Nunca se ha antojado la vida tan eterna como ahora.

Al mismo tiempo, sin embargo, está aconteciendo otra realidad física. Necesitamos gafas, audífonos… Se producen cambios, No hay vuelta atrás, y lo sabemos. Sabemos que está ocurriendo algo diferente. Estamos transformándonos.

Hay una parte importante del proceso de envejecimiento que radica en habituarse sin más a hacerse mayor. Ser un anciano vigoroso, requiere, en primer lugar, aprender a aceptar esta situación como lo que es: una etapa de la vida nueva y maravillosa, si bien diferente. Debemos admitir, incluso en nuestra propia mente, que somos viejos en una cultura tan centrada en la juventud que la edad es algo que, más que celebrarlo, debe ser escondido.

La preparación al envejecimiento no debe concentrarse en cremas antiarrugas y gimnasio. Lo que debe ser transformado ahora no es tanto la manera en que miramos a los demás cuanto la manera en que miramos a la vida. La madurez es la época en que nos aceptamos nosotros mismos. Comenzamos a mirar a nuestro interior. Comenzamos a encontrar más fortaleza en el espíritu que en la carne.

Debo encontrar en mí mismo algo que me conceda un lugar personal en el mundo que me rodea; soy divertido, me preocupo por los demás, comienzo a vivir en pos de cosas más profundas, ricas e importantes que antes. Ahora soy encargado, guardián del bien público, abogado de causas sociales, compañero. Comienzo a verme de forma distinta. Descubro que, en múltiples aspectos, ahora soy bastante más importante de lo que lo he sido en cualquier momento anterior de mi vida.

Descubro asimismo que el número de absolutos en mi vida se ha reducido drásticamente. Ahora soy mucho menos dogmático en lo que atañe a la existencia de Dios.

Es el momento de la transformación final y plena. Alcanzo la plenitud de mí  mismo, pero solo después de ser capaz de despojar mi yo de todo lo accesorio, como títulos, privilegios, símbolos, incluso los signos de ser más -y, al mismo tiempo, menos- de lo que era.

 

Robert Browning: ¡Envejeced conmigo! Todavía nos aguarda lo mejor, lo último de la vida, meta de lo primero.

La vida cambia. El cambio pertenece a la esencia de la vida. Al carácter espiritual de la vida le es inherente formular exigencias, plantear desafíos, aguijonearnos para que la vivamos.

No es el cambio lo que nos destruirá. Lo que marcará la diferencia es la actitud que adoptemos ante él. La disposición mental con que afrontamos el cambio da sentido al final de una fase en la vida. Pero, además, determina la profundidad espiritual con que iniciamos esta nueva fase.

Y es la voluntad, el entusiasmo, de experimentar lo que marca la diferencia.

La novedad resulta una pesadilla más que una bendición para quienes ingresan en esta etapa de la vida desvaídos, agotados, enojados, doloridos, humillados y renuentes. Estas personas se pasan el día sentados en un sillón, huraños…

No cambiamos a medida que envejecemos; sencillamente devenimos más de lo que siempre hemos sido.

Estamos aquí para abandonar este mundo lo más perfectos que podamos llegar a ser. La vejez no es la época de la vida en que dejamos de crecer. Es precisamente la época para crecer en formas inéditas. Es el período en el que empezamos a verle sentido a todo lo que ya hemos crecido. Es la estación de relax en la que todo en nosotros tiene la oportunidad de alcanzar su ser más dulce, rico y singular.

Es la estación para reclinarnos en el asiento y preguntarnos por el lugar que los distintos momentos de nuestra vida ocupan en la gran trama. ¿Ha sido nuestra vida coherente con ellos? ¿Ha tenido sentido? ¿Ha tenido un centro, una finalidad, una identidad espiritual?

Para convertir la vejez en el período vigorizador que tiene potencial para ser, debemos desear la novedad que conlleva. No es un período que carezca de finalidad. No es un tiempo de rampante narcisismo. Es el punto de la vida en que todo lo que hemos aprendido hasta entonces puede ser puesto en práctica.

Este período es una etapa de desarrollo espiritual que está llamada a ser algo más que desarrollo del yo.

 

Jonathan Swift: Nunca ha existido una persona tan diestra en la conducción de la vida que no adquiriera nueva información con la edad y la experiencia.

La limitación ya no es la principal característica del envejecimiento.

La vejez no es un viaje gratuito a la irresponsabilidad. Ahora debemos ocupar nuestro lugar entre los sabios del mundo, comparando, evaluando, convenciendo y haciendo valer la experiencia como lo han hecho los ancianos de cada generación antes de nosotros.

Sobre nosotros recae la responsabilidad espiritual de ver la vida como una fuerza moral más que simplemente como una aventura privada.

 

Emily Dickinson: Lejos de envejecer con los años, cada día ganamos en novedad.

Se trata de una etapa de grandes trastornos. El mundo moderno está lleno de planes de pensión, pero ¿Quién puede planear mucho? La vida no es una  línea recta, aprendemos. Si acaso, un espiral.

Es posible que la discontinuidad sea uno de los factores definitorios de la vejez en el mundo moderno.

Todos debemos confrontarnos con ella, de un modo u otro. El don es reconocer el potencial -tanto espiritual como social- que tiene esta edad y saber qué hacer con él.

Ahora podemos empezar a pensar de una manera diferente. ¡Y lo hacemos! Una autoridad interior parece emerger de la nada. Cuestionamos cosas sobre las que antes ni siquiera se nos ocurría pensar… y mucho menos poner en duda. Y ahora que hemos dejado de ser los que imponen orden en la familia…

Nos sentimos liberados, en algunos aspectos por primera vez en la vida.

Todo parece haber sido tan agotador durante tanto tiempo que apenas nos reconoceríamos a nosotros mismos si dejáramos de estar tan cansados. Pero el cansancio genera más cansancio. La única manera de superarlo es hacer algo.

 

Henri Frederic Amiel: Saber envejecer es la obra maestra de la sabiduría y uno de los capítulos más difíciles del gran arte de vivir.

Lo más duro de todo es que los últimos años se presentan con independencia de que nosotros lo queramos o no.

Éste es el último gran período de crecimiento humano para nosotros. Comporta escalar las etapas finales de adaptación, novedad, cambio, evolución espiritual. Exige de nosotros toda chispa de fuerza, toda pizca de fe en la santidad del universo, que nos quede disponible.

Durante años los cambios no suelen ser muy grandes. La vida así vivida permanece básicamente la misma, por avanzada que sea nuestra edad. La primera gran confrontación con la edad se produce por la separación respecto de lo que nos es familiar. La idea de envejecer, de hacerse viejo, cobra en mí creciente nitidez. Primero desaparece el trabajo, más tarde la casa y luego, poco a poco, se esfuman las cosas queridas: los hijos se llevan, cada vez que vienen, algún pequeño objeto…

También la persona que yo antes sabía que era -amigable, feliz, de trato fácil, satisfecha- corre peligro de desaparecer. La inveterada proclividad al viejo temperamento deviene más difícil de controlar. El interés  por los demás empieza a ceder paso al deseo de permanecer sentado, con las luces apagadas, en penumbra, conviviendo con mis pérdidas. El ceño está permanentemente fruncido. La sonrisa pierde frescura.

Todas las señales de peligro están ahí, a la vista. Una persona joven -yo- está agonizando años antes de que llegue su hora. Y el único que puede salvarme de mí soy yo mismo. Luego, empiezo a comprender que la santidad está hecha de cotidianidad, de vivir la vida tal como viene, y no como me empeño que sea.

Es hora de descender a mi hondón y preguntarme qué me está sucediendo. No se trata de que los cambios sean difíciles. Aunque, por supuesto, lo son. Es solo que, por mi propio bien, no puedo permitir que esos cambios, por difíciles que sean, determinen mi existencia. La vida continúa… y también yo debo seguir hacia adelante.

¿Cómo sobrellevar aquello que sentimos que no somos capaces de soportar? Y la sencilla, pero inquietante respuesta es que no existe la posibilidad de no sobrellevarlo. Lo sobrellevaremos, aunque solo sea porque tenemos que hacerlo. La única cuestión es si nos decidiremos por llevarlo bien, o mal.

Aprender a sobrellevar los caprichos de la vida es un proyecto a largo plazo. En la vida pronto empezamos a tener experiencias: culpamos a otros de la situación en la que nos encontramos o nos enfurruñamos para hacerle saber al mundo que nos disgusta. Luego, con el tiempo, aprendemos que amohinarse y culpabilizar a los demás no resuelve nada; solo incrementa en dolor que sufrimos.

La verdad es que, en la vida, no hay nada más importante que saber afrontar bien los cambios que nos llegan a medida que envejecemos.

No todas las estrategias de supervivencia son iguales: desentendernos de la situación, soltarse de la vida… Tenemos dos caminos. O bien nos descubrimos a nosotros mismos confrontados con posibilidades sociales que nos ayudan a hacer de nuestra nueva vida una experiencia vigorizadora y fascinante, o bien nos resistimos al cambio, hasta el punto de que terminamos convirtiéndonos en la resistencia misma.

La clase de agresión pasiva y la proyección de culpa hacia los demás corroen lo que habrían sido buenas relaciones con las personas que  me rodean justo cuando más las necesito.

En el tercer nivel de las estrategias de supervivencia, es posible que las personas abandonen el lugar en el que han vivido durante años con un grado mínimo de enojo, pero se adaptan mal a su nuevo entorno. Se quedan estancados. Se anquilosan, refunfuñan. Se cierran en banda a avanzar. El espíritu deviene polvo y ceniza.

Pero existe otra manera de afrontar estos años. Aquéllos cuyos mecanismos de supervivencia son maduros, aquéllos que se han pasado la vida aprendiendo a responder a las dificultades de la existencia con palomo y coraje, se defienden de estrés ocasionado por tan trascendental cambio restándole importancia. Siente su aguijón, pero transforman el dolor que les causa en alguna suerte de nuevo don.

Es evidente que tales personas han alcanzado la madurez espiritual. Para soportar el dolor, lo reemplazan con nuevas alegrías. Comienzan a ocuparse de las luchas de otros para sobreponerse a las suyas. Viven anticipando las alegrías más básicas de la vida: flores… Se niegan a permitirse a sí mismas vivir en el pasado, en la melancolía de los recuerdos. El tiempo avanza, dicen, y, con una sonrisa para cada una de las personas con las que se encuentran, ellas avanzan con él.

Debemos decidir conscientemente cómo vivir, en qué clase de personas vamos a convertirnos, qué tipo de personalidad y espiritualidad llevaremos a cada grupo, cómo de vitales pretendemos ser.

 

En algún momento, en medio de las convulsiones emocionales de la madurez, nos serenamos. Aprendemos que las crisis, en su mayor parte, no son tales crisis. Son, sin más, vida. En uno u otro punto del camino, dejamos de vivir con tanta intensidad. Comenzamos a encontrar el equilibrio.

Así son los refugiados espirituales de ese país llamado economía global, grandes negocios, codicia empresarial, insaciabilidad. ¿Cómo podemos explicar su existencia en una sociedad que orienta a la gente a identificarse con el poder y el estatus social más que a vivir la vida como tal?

La edad es el antídoto contra la destrucción personal, una llamada al crecimiento espiritual, porque la edad nos lleva finalmente a ese punto en el que no existe ningún otro lugar más que el interior de uno mismo al que acudir en busca de consuelo, en busca de riqueza, en busca de las cosas que realmente cuentan.

Es la época de la vida en que todo se aplaca. Nuestras pasiones y defectos -la ira, los celos, la envidia, el orgullo- se mitigan tanto que comenzamos que comenzamos a despertar a todo un nuevo nivel vital. La vida interior, la búsqueda de los sagrado, toma los mandos hasta tal punto que podemos empezar a evaluar cuánta energía han sustraído a nuestra vida las pasiones y defectos.

Una vez que nos hemos consumido en el fuego de la ambición y destruido con el deseo de poder, no nos queda más alternativa que buscar refugio en los rescoldos del alma que hayamos conseguido mantener encendidos, aun cuando no hayamos sabido avivarlos.

Ahora las pasiones se aquietan, y esos viejos rescoldos de admiración, perspicacia y focalización en el alma se avivan en nosotros. Sorprendentemente, llegamos a comprender que nos basta con lo que tenemos. Y la vida vuelve a enriquecerse. Ahora nada nos come por dentro. Nada nos conduce ya fuera de nuestro propio alcance. No nos queda nada salvo nuestro propio ser. Y nos damos cuenta de que con ello basta.

Ya no estamos a merced del yo. Es hora de saborear la esencia de la vida más que de preocuparnos de lo que le es accesorio.

Una carga es la conciencia de todo lo que hemos dejado pasar durante tanto tiempo mientras vendíamos nuestras almas a los ídolos de la época.

Hemos descubierto que llegar a la plenitud de vida no requiere absolutamente nada salvo el desarrollo de lo mejor de nosotros.

 

  1. W. Longfellow: Pues la vejez no tiene menos de oportunidad/ que la juventud misma, si bien de otra manera/ Y a medida que el crepúsculo palidece/ el cielo de puebla de estrellas, invisibles durante el día.

Uno de los obstáculos para vivir una vida apasionante durante estos últimos años es que nos convencemos a nosotros mismos de que estamos perdiendo algo y apenas somos conscientes de lo que estamos ganando.

En la vida hay demasiadas cosas pensadas para la juventud o la madurez. Casi nada nos remite a los días en que el tiempo será nuestro único guía, nuestro compañero, nuestra meta. Escuchamos pocas promesas, por no decir ninguna, sobre la gloria de estar menos ocupados, menos hostigados, menos consumidos por todo. Los últimos años de la vida se nos dan para recoger la cosecha de todo ese esfuerzo.

Con el tiempo, la rutina se filtra en todas las dimensiones de la vida. En parte, resulta cómoda. La rutina es lo que nos permite saber qué hacer y justo en qué momento y de qué manera. Pero en su mayor parte es sofocante. Nos convierte en robots de nivel inferior que no piensan lo suficiente para percatarse de que no pensamos demasiado sobre nada.

La vejez nos libera de eso. La rutina puede ceder paso, por fin, al misterio, a la posibilidad, al tiempo de pacer en la vida.

El problema es que puede transcurrir un tiempo largo, bastante largo, antes de que esto se experimente como liberación. Nos resistimos tenazmente a ello. Construimos nuestras propias prisiones y vivimos en ellas hasta que estamos demasiado entumecidos para poder escapar.

El misterio es lo que nos acontece cuando dejamos que la vida evolucione por sí sola en vez de empeñarnos en hacer que acaezca de continuo.

Hay algo santificador en imaginar, sin más, que lo que nos sucede en un día cualquiera nos es enviado para despertar nuestras almas a algo nuevo: un olor insólito, un sabor diferente… Tal vez alguna de esas cosas nos abrirá al refrescante recuerdo del dolor o será un conmovedor recordatorio de la gloria, un instante de asombro que nos deja sin aliento, una sensación de la presencia de Dios en la vida.

El misterio tiene una finalidad en un mundo fríamente calculado. El misterio -la noción de que algo maravilloso puede suceder en cualquier instante, con solo que dejemos sitio para ello- nos lleva a una conciencia totalmente nueva de la inmanencia de Dios en el tiempo. Ahora aprendemos que Dios llega de improviso. Lo más probable es que se presente justo cuando menos lo esperemos.

En la vejez, el misterio cobra vida. Ya nada es demasiado seguro. Todo habla en términos de a lo mejor, quizá, tal vez, y probablemente. Tal vez esté todavía ahí. O tal vez no. Como los niños, aprendemos de nuevo a admirarnos.

Y ¿quién sabe? Al final de la vida, el misterio que allí nos aguarda, finalmente visible bajo el resplandor del tiempo, tal vez sea más de lo que el alma pueda aguantar.

Una bendición de estos años es llegar a percibir que, detrás de todo eso tan imperturbable, firme y familiar que hay frente a nosotros, corre un contrapunto de misterio y sentido que debe ser experimentado de modos que nunca habríamos creído posibles. Liberarse de lo prosaico, lo programado, lo pragmático, significa abrir el mundo de par en par en formas con las que nunca habíamos soñado. En este nuevo mundo, una montaña, un banco, una senda con césped, es mucho más que solo eso; es un símbolo de posibilidades inauditas, de la santidad del tiempo.

 

En su núcleo íntimo, la vida no tiene que ver con cosas, sino con relaciones. Lo que define la clase de vida que hemos vivido son las manos que, al final, seguimos teniendo cogidas en nuestro corazón. Las relaciones que mantenemos determinan la calidad de la vida tal cual la hemos conocido. Nos muestran el rostro de Dios en la tierra.

Cuando las relaciones que hemos forjado sobre la marcha comienzan a desaparecer, nuestra vida cambia. Entonces experimentamos qué significa ser abandonados, ser almo menos impermeables a los sentimientos de lo que creíamos. Ahora no necesitamos cosas; lo que anhelamos es comprensión. La comprensión es lo que nos saca de nosotros a la vasija de barro que es la nueva vida.

Vemos cómo las personas que hemos amado nos dejan y nos descubrimos a nosotros mismos en otras encrucijadas del tiempo.

A los mayores, la muerte del cónyuge, de seres queridos, de amigos, les priva de mucho más: de los recuerdos, de la conciencia del yo, del sentimiento de comunidad. A decir la verdad, los muertos se llevan también demasiado a menudo la energía vital de quienes dejan atrás.

Los ancianos han de afrontar el esfuerzo que supone hacer nuevos amigos, nuevos compañeros, en su propio mundo, que cada vez se distancia más del acelerado mundo que les rodea. Por doquier surgen pueblos de retiro, dotados de numerosas comodidades, pero con escasa mezcla generacional.

Es verdad que la mayoría de los ancianos están sanos y lúcidos y pueden valerse totalmente por sí solos. Pero encontrar nuevos amigos ahora requiere esfuerzos y energía. La tentación de desconectar es muy fuerte. Y, sin embargo, la necesidad que tenemos de comprensión, de consuelo, de la sensación de compañía que suscita la voz al otro lado del teléfono, es mayor que nunca.

¿Cómo llenar de nuevo lo que ya solo es el armazón de una vida? Y si no lo llenamos, ¿tendremos todavía vida real? El hecho es que las relaciones son la alquimia de la vida. Transforman la escoria de la adrenalina en oro. Confieren realidad a la comunidad humana. Nos brindan lo que necesitamos y esperan, a su vez, que nosotros también demos de nuestra parte. Son un signo de la presencia del Dios del amor en nuestra vida. Ningún estadio del desarrollo humano existe como vida sin relaciones. En esta última etapa de la vida, pues, la única incertidumbre es si nos decidiremos a vivir dentro de nosotros mismos, a solas con nuestras relaciones del pasado, o si confiaremos en que la misma vida que en el pasado fue engrandecida por otros puede recobrar su lustre: por medio de nuevos encuentros y nuevos momentos, por medio de un nuevo espíritu.

Sería mucho más fácil esperar a que la muerte reclame lo que ya ha muertos en nosotros: el amor por la vida y la confianza en su esencial bondad. Así, nos desasimos de nuestra propia vida y contemplamos cómo se marchita.

 

Dicen los hasidim: para el no iniciado, la vejez es el invierno; para el iniciado, es tiempo de cosecha.

¿Qué hacemos con todo lo que sabe la generación de los mayores en una cultura que no busca respuestas de esa generación? Cada anciano en cada comunidad es un relato vivo para la gente a la que, algún día, él o ella confiará la tarea de guiar la Tierra tan bien o mejor que él y su generación lo han hecho.

Los ancianos saben de dónde procede cada idea. Y por qué. Saben lo que significa -lo que realmente significa- ser familia, ser ciudadanos, ser libre, estar esclavizado. Conocen la diferencia entre evolución y revolución. Y, sobre todo, saben que hay espacio para ambas en el desarrollo del mundo en que vivimos.

Los cuentos de familia han sido siempre las parábolas que una generación ha entregado a la siguiente para informarnos de quién somos y de dónde venimos. Los ritos funerarios se convirtieron en la forma de arte que conservó de modos especiales los valores e ideales del pasado. Pensados para recordar al clan su conexión en la vida y la muerte, las exequias eran un acontecimiento tribal. La narración de la historia de los difuntos hizo de la familia el puente hacia el pasado como hacia el futuro.

Incluso en nuestra época, no hace todavía tanto, los difuntos eran velados en la casa de la familia. Pero, mientras en el salón era tiempo de oración por el alma del finado, en el resto de la casa era tiempo de contar historias para los vivos. Eran los momentos en que las familias se decían a sí mismas quiénes eran  y quiénes había querido ser. En esos momentos, los niños se entereaban de la historia de la infancia de sus padres. Y, sobre todo, los jóvenes se percataban de lo que corría peligro de perderse para siempre con un último aliento si la siguiente generación no asumía la responsabilidad de conservarlo.

La narración de relatos por parte de los ancianos se convirtió en el catecismo de la familia. Ésas eran las lecciones vitales pensadas para hacernos a todos más fuertes, más sabios, más veraces. Tales relatos se convierten en la historia viva que nos une.

Ser portador de cuentos en la esencia del envejecer. Los portadores de cuentos son prueba de la autenticidad del pasado. Determinan lo que será la verdad para todos nosotros. Sus relatos nos llevan hacia los días venideros.

Hemos destilado nuestras experiencias hasta el punto de que pueden resultar de utilidad a alguien más joven que nosotros.

 

Platón: Cuando decrece la visión física, se agudiza la visión espiritual.

La visión espiritual, la capacidad de penetrar en el significado íntimo de las cosas, en su valor espiritual, en su núcleo esencial, es lo que debe guiarnos a partir de este punto. Y la esencia espiritual de la persona emerge del despojamiento natural que acompaña a la vejez. Diríase que la vida sigue un ciclo incesante: en nuestros primeros años acumulamos, en los últimos nos despojamos de lo acumulado. Ambas facetas tienen su lugar en la vida. Ambas sonuna lucha. Ambas son liberadoras.

En sus años inaugurales, la vida es una serie de hitos. Las primeras palabras, los primeros pasos… Cada paso a lo largo del camino está marcado por las cosas que lo significan: el título universitario, el trabajo…

…Luego llegamos a la gran encrucijada del tiempo. La época de acumular ha acabado. Lo único que ahora sabemos es que lo que hayamos conseguido acumular al fin de ascenso es todo lo que llegaremos a poseer. La nota que ahora obtenemos en la asignatura vivir no nos la otorga otra persona, como era el caso en los logros anteriores. Esta vez somos nosotros mismos quienes nos ponemos nota. La pregunta ahora es: ¿cómo y con qué criterios decidimos si nuestra vida ha sido o no un éxito?

De repente, ninguno de los antiguos hitos tiene mucha importancia. Pero entonces, ¿qué la tiene?

Todas las principales tradiciones espirituales conocen, como una de sus experiencias centrales, un período de despojamiento a fondo, de total renuncia de lo que configuró a la persona antes de que ésta diera comienzo a su gran búsqueda espiritual. En este período, el buscador pondera el significado de la vida y de la muerte, de lo espiritual y lo material, de la tierra y su más allá, del alma en contacto con la gran alma interior.

La búsqueda significa, pues, que nos despojamos de todo lo que hemos acumulado hasta este momento al objeto de entregarnos sin reserva a dar a luz a la persona interior. En esta parte de la vida hemos de adentrarnos ligeros de equipaje.

Lo que ahora nos ocupa es la configuración del alma. Ahora, de forma consciente o -lo que es más probable- inconsciente, empezamos a descubrir por nosotros mismos quiénes somos en realidad, qué sabemos, qué nos interesa y cómo bastarnos a nosotros mismos en el mundo.

Descubrimos qué es lo que quieren decir los keniatas cuando afirman que quien tiene ganado tiene preocupaciones. Y, poco a poco, atendemos menos a nuestra imagen exterior y más a nuestro yo interior. Lo que cuenta es lo que está dentro de nosotros, no lo de fuera. En realidad, somos lo que hemos aprendido por el camino, lo que hemos significado para otras personas por el camino, lo que hemos devenido interiormente por el camino.

El problema se les presenta a quienes son incapaces de desasirse. Así, abandonar su hogar les deja vacíos y en agonía. Desprenderse de las cosas que han marcado los distintos estadios de sus vidas suscita en ellos el sentimiento de que han sido despojados de sí mismos. No han mirado a su interior desde hace tanto tiempo que ahora son incapaces de valorar que, por fin, tienen tiempo -y libertad- para amueblar el alma con poesía y belleza, con amistades y aventura…

 

La noción de aprender no solo es una tarea para toda la vida, sino también una incesante llamada a renovar el alma. En los últimos años de la vida, el peligro es el mito de que los ancianos no pueden aprender ya como lo hacían cuando eran más jóvenes. El miedo al deterioro mental se convierte en la angustia de la vejez.

Lo que no tiene un significado personal resulta cada vez menos importante conforme pasan los años, cada vez menos accesible, mientras que los asuntos de impacto emocional son más y más vigorosos. Otras capacidades mentales comienzan a agudizarse igualmente. Nos hacemos más reflexivos, más analíticos. Se incremental nuestra capacidad de asimilar y evaluar datos. Empezamos a percatarnos de otras dimensiones del mundo, de las personas, de los acontecimientos… Aportamos experiencia al conocimiento y luego añadimos sabiduría a los resultados. Pero solo si continuamos desarrollando, aprendiendo, cultivando nuestra agudeza mental a medida que envejecemos.

El envejecimiento activo nos exige seguir viviendo con plenitud, aunque sea de forma muy diferente. El aprendizaje incesante marca la diferencia entre el envejecimiento sano y el insano. Determina el grado de satisfacción que nos reportará la vida, así como la medida en que seremos interesantes, valiosos y vivificantes para los demás.

El problema del envejecimiento no es la edad, sino la petrificación, la rigidez del alma, la inflexibilidad. Solo las ideas mantienen el flujo de ideas. Cuando cerramos la mente a lo nuevo solo porque hemos decidido no tomarnos la molestia de afrontarlo, cerramos la mente a la responsabilidad que tenemos ante nosotros mismos -y ante los demás- de seguir creciendo.

La pregunta no es si los mayores seguimos siendo capaces de aprender. Más bien, la única pregunta es: ¿qué es lo que vamos a aprender ahora?

 

La esencia de la ancianidad es plantear las preguntas y encontrar sentido a las respuestas que hemos ignorado durante tanto tiempo, a fin de que los demás puedan ver la culminación del universal viaje de todos nosotros.

El hecho es que la religión no es monolítica. Se trata de un fenómeno multiestratificado que, si tiene éxito, puede llevar a las personas a la cima de cualquier montaña espiritual que se propongan escalar. Exige compromiso, formación, práctica y reflexión. No es ninguno de estos aspectos por separado. La religión alcanza su mejor expresión cuando reúne el conjunto de dichas facetas. Pero eso implica un largo proceso, un montón de aprendizaje, gran cantidad de reflexión. Al final como saben todas las religiones, es en los últimos años de vida cuando el verdadero tema de la religión -la relación entre el ser humano y Dios, la evaluación de las metas vitales y el consiguiente sometimiento al sentido espiritual de la existencia antes que a las cosas materiales sin más- cobra realidad.

La religión desempeña funciones heterogéneas en los distintos estadios de la vida. Es un poste indicador desde los inicios de la vida hasta el final; es una guía, un mapa. Pero no es garantía de nada. La religión ha corrompido tanto como ha salvado. Sin duda, nuestra meta debe ser algo más que la mera religión.

En los albores de la vida, en la juventud, la función de la religión es la formación de la conciencia. Establece los criterios que marcan el camino. Aprendemos que hay una ley por encima de la ley. Y esa ley es el fin hacia el que tendemos.

En la madurez, la religión se convierte en guía social. Es una medida de nuestra relación con los demás. Crea los criterios que miden la calidad del alma, así como la conducta de la persona. Se convierte en una actitud frente a la vida. Algunas cosas son santas, otras no. La religión representa los ideales a los que nos aferramos, incluso cuando nos alejamos un tanto de los amarraderos de nuestra vida interior. Todos los absolutos comienzan a ser sometidos a examen. Empezamos a comprender que la religión es más una lucha denodada por crecer y hacer que un mero estilo de actuar, estéril sobre el papel, lleno de espinas en la sangre.

Por último, cuando nos hacemos mayores e iniciamos la última etapa de la vida, salta a los ojos que las conductas y los fracasos enseguida dejan de ser la materia de la religión. El éxtasis de la vida y la rendición al Misterio se convierten ahora en la última revelación de la religión. Ahora, todo lo que aprendimos hace mucho tiempo, abandonamos hasta cierto punto hace también mucho tiempo y, sin embargo, nunca hemos olvidado del todo, empieza a tener sentido. Empieza a convertirse en mí mismo. En mi nuevo comienzo como persona.

Los miembros ancianos de la sociedad no solo nos enseñan a vivir. También nos enseñan a morir, a darle sentido a la unidad de vida y muerte, a amar la vida sin temer la muerte, porque sabemos que siempre hemos estado en camino, aun cuando no éramos conscientes de hacia dónde nos dirigíamos.

Parece que, en todas partes, los mayores saben algo que los jóvenes ignoran. Saben que, en último término, no es el confesionalismo, sino la vida espiritual, la fe, el alma, lo que se impone. Religión y confesionalismo no son lo mismo. La religión afirma que existe un Centro Divino del que todos procedemos y al que todos retornaremos algún día. El confesionalismo dice que mi camino es el correcto hacia ese Centro.

Sin embargo, el confesionalismo -la disposición a afirmar o mantener mis creencias religiosas- declina con la edad. La verdad es menos clara a medida que recorremos la vida. En múltiples sentidos, es incluso menos importante de lo que pudo parecer en su día. Lo que ahora nos preocupa no son tanto los hechos, los dogmas, las doctrinas, cuanto la naturaleza de la vida, aquí y ahora, y en lo que está por venir. Nuestras preguntas tienen menos que ver con la ortodoxia y más con las dimensiones espirituales de la existencia…

En la vejez, lo que cuenta no es la forma en que rezamos o el número de horas que pasamos en la iglesia, la sinagoga, la mezquita o el templo. Sino más bien la conciencia de que todos estamos inmersos en un viaje espiritual y de que, con independencia de cómo afrontemos el viaje, lo decisivo es lo que llegamos a ser al final.

La clase de confesionalismo que hace de la religión un campo de batalla se va debilitando y la religión -la inmersión en el Misterio de la vida- prevalece. Las discusiones sobre quién lleva razón y quién está equivocado, sobre qué es verdad y qué no, empiezan a ceder paso a las preguntas sobre qué es bueno y qué no, qué es vida y qué no, qué es importante y qué no.

En los últimos años de la vida, la religión deja de ser simplemente una serie de ritos y rituales, de normas y respuestas, por los que obtengo alguna clase de puntos para la vida eterna. La religión se convierte en lo que siempre ha estado llamad a ser: una búsqueda y una relación con el Espíritu, que nos atrae hacia Él. Cada vez más. Hasta n punto en que ese más resulta incierto.

La religión ya no es una piedra de molino que llevamos colgada al cuello. Es la conciencia cálida, suave, intensa, dura de que sí, de que todo ha merecido la pena por algo.

 

Marie von Ebner-Eschenbah: La vejez transfigura o fosiliza.

La sociedad industrial y tecnológica infantiliza a todo aquél cuya vida ya no está atrapada en las destrezas y lenguajes de este mundo.

Los jubilados no conocen el sistema. Todos los vínculos se han roto. Todas las conexiones han caducado. Toda la experiencia se ha convertido en polvo. En vez de ellos, son libres para ser inútiles, para ser mera decoración de la sociedad, la gente que es dejada atrás cuando el sistema ya no los necesita.

Ella encontró el secreto para envejecer bien. Había redefinido la libertad a la vista de todos. En la ancianidad, la libertad es la capacidad de ser lo mejor del yo que ido desarrollando en todos los años anteriores. Es la libertad para reunir todo lo que he aprendido hasta este momento y darle un uso aún más fascinante. La libertad para entregarme a quienes realmente me necesitan en formas que hasta ahora no había tenido oportunidad de explorar. Soy libre para ser importante para personas con verdaderas necesidades.

Cuando me percato de que la libertad es el derecho a ser -quizá por primera vez en mi vida- yo antes que otra persona distinta, comienza la liberación del alma. Y, con ella, el desencadenamiento de la mente. Puedo devenir algo nuevo o sencillamente más de lo mismo. Porque cualquiera que haya sido el camino que me ha traído hasta aquí, no es el único que he considera en mi vida, el único que me ha fascinado, el único que he deseado explorar. Así pues, ¿por qué no emprender alguno de esos otros caminos ahora?

Tengo el derecho de explorar nuevas ideas, de considerar nuevos pensamientos. Las que no aprendí en casa, las que nunca me he atrevido a admitir enpúblico. Puedo empezar a pensar sobre Dios por mi cuenta, por ejemplo. Mis respuestas serán, sin duda, tan buenas como las de cualquier otro… y mucho más cercanas a mi corazón.

Ahora es el momento de repensar todo. Todos: Dios, la vida, el trabajo, las relaciones, las conductas, las metas. Ahora soy libre para evaluar todo esto a la luz de mi experiencia, para reconfigurarlo con la ayuda de mis nuevos conocimientos; soy libre para probar cosas allí donde quiera que me conduzca mi nueva energía espiritual, para añadir nuevas ideas a las viejas ideas que durante tanto tiempo han controlado mi vida.

 

Lo que tendemos a olvidar cuando nos sentimos tentados a lamentar el fin de la madurez, la pérdida de la juventud, es que esos años han sido, de hecho, bastante incómodos…

En todo caso, lo que hayamos devenido a los sesenta, eso es lo que somos. El tiempo de juego ha concluido. Ahora podemos limitarnos a disfrutar del perpetuo sentimiento de haber sobrevivido por fin a la escalada, de habernos liberado de la constante competición, de las repetidas exigencias de la abnegación. Ahora la vida es la vida y punto.

Pero debe haber algo que supuestamente hayamos de conquistar. Algo que cuente más que nuestra propia felicidad o satisfacción. Si no, ¿qué hay? Y si no, para empezar, ¿por qué me siento de esta manera? El hecho es que se nos instruye en el significado del éxito incluso cuando todavía somos muy jóvenes, lo que hace mucho más difícil disfrutar de la vida conforme nos hacemos mayores.

Hablamos de enseñar a nuestros hijos a tener éxito, pero realmente queremos decir enseñarles a ser competitivos. Durante toda nuestra vida estamos, de hecho, compitiendo, y a eso lo llamamos tener éxito. Al final, estamos exhaustos.

Pero el problema no es tanto la ambición en sí cuanto el sacrificio de todas las demás dimensiones de la vida con tal de conseguir lo que anhelamos. Sacrificamos opiniones, deseos, metas personales…

Luego empezamos la tarea de repensar todo lo que siempre hemos considerado que comporta el éxito. La jubilación es la contracultura de la cultura. Dice que el mero hecho de estar vivos y de aprender a vivir bien es, en sí mismo, un signo para el resto de la humanidad de la esencial bondad de la vida. La finalidad del trabajo es ganarse la vida, con configurarla. Configurar la vida es algo que se supone que hemos de llevar a cabo al margen del rol.

¿Hemos logrado desarrollar una auténtica vida espiritual, esa clase de vida espiritual en la que, más allá de la asistencia al culto lo días de fiesta y de las celebraciones litúrgicas, la presencia de Dios domina la existencia entera? En caso de respuesta negativa, ahora podemos incorporarnos a un grupo de oración, un club de lectura o un grupo de acción social y hacer lo que es necesario hacer para que, el día que nos marchemos, la tierra sea mejor que cuando llegamos.

¿Hemos logrado vivir en la tierra con amabilidad? ¿Hemos alcanzado en nuestra vida un equilibrio entre el tiempo que dedicamos a la naturaleza, el que dedicamos a otras personas, el que dedicamos a Dios, el que dedicamos a la reflexión y el que dedicamos a una nueva clase de desarrollo personal? ¿Hemos logrado desarrollar la clase de vida interior que se requiere para capear las exigencias exteriores de  la vida?

Al final, resulta evidente: el éxito es algo mucho más sencillo de lo que siempre nos han dicho. Tiene que ver con disponer de lo esencial, con aprender a ser feliz, con entrar en contacto con nuestro yo espiritual, con llevar una vida equilibrada, con no causar daño, con no hacer sino el bien. Aquí la única prueba de buena vida es la felicidad.

La carga del falso éxito es que crea un estándar que nos persigue durante toda nuestra vida, nos infunde temor, nos deja en un estado de perpetua insatisfacción: demasiado tensos para disfrutar de la jubilación, demasiado inmersos en los elementos no perdurable de la existencia.

 

Pablo Picasso: Llegar a ser joven requiere mucho tiempo.

El tiempo ha hecho por nosotros lo que debía. Hemos ganado profundidad en cuanto personas. Hemos dilatado nuestra personalidad. Nos hemos atemperado como pensadores. Hemos sustituido la arrogancia y el autoritarismo por la reflexión sobre nuevas ideas y el respeto por los demás. Ahora vemos de manera nueva, con más claridad, lo que, en cierto sentido, antes nunca habíamos visto. Si observamos detenidamente a ciertos ancianos, a los libres, a los que han dejado que la vida venga a ellos en vez de intentar forzar su curso, podemos ver cómo esto acontece ante nuestros ojos.

Nada pesa con más fuerza sobre la vejez que el tiempo. Nada tiene mayor significado. Ahora, el tiempo lo es todo -lo único- que queda de la vida. De repente, no podemos perder el tiempo. El tiempo, con una suerte de despiadada honestidad, se convierte ahora en lo que siempre ha sido: el más valioso bien de la vida. La única diferencia es que, por fin, lo sabemos.

Vivir el momento no es lo que distingue a la juventud. Carecen de paciencia para el ahora. Los ancianos, por el contrario, han agotado hace tiempo el querer, y el ir, y el anhelar. Están inmersos en el estar y el ser. Estás vivos, estar sanos, estar presentes en el momento, ser quienes son, ser felices, ser jóvenes  otra vez en placer y visión.

El tiempo hace también más profundas las cosas. Gracias a él, podemos permitirnos el lujo de dar ahora mucho por sentado. Es cierto que hoy hace frío, pero, paciencia, regresará el sol…

El tiempo madura las cosas. Todo lo lleva a su consumación. Nosotros mismos maduramos, nos hacemos más tolerantes, más serenos. Ya hemos sobrevivido a tantas cosas; ¿qué puede destrozar ahora nuestra ecuanimidad? Lo hemos visto casi todo…

Ahora vivimos en la intensidad del tiempo y con una nueva conciencia de la eternidad. Y ello nos llena de una sensación de urgencia. El tiempo es algo maravilloso, siempre y cuando yo lo llene bien. Siempre y cuando, lejos que permitir que el transcurso del tiempo menoscabe mi espíritu, lo vea como una llamada a vivir la vida a fondo, siendo hasta el final lo mejor de mí mismo, en continua evolución y permanente amor a la vida. Entonces, el tiempo es mi amigo, no mi enemigo. Me otorga una sensación realzada de la vida. Me insta a descubrirla entera.

Ahora dispongo también del tiempo tranquilo, del tiempo solitario, para repasar la vida entera en el pensamiento… No hay nada que no me haya enseñado algo sobre la vida. Ni que no me haya hecho más fuerte. Y todo eso soy yo: es lo único que ahora, traído a esta etapa, en la que la única pregunta que me queda por responder en la vida es qué he llegado a ser.

Una bendición de estos años es percatarse de qué etapa tan importante y viva es este periodo final. Si quiero, puedo condensarla en lo último y mejor de mí mismo.

 

Marie von Ebner-Eschenbah: Cuando somos jóvenes, aprendemos; cuando somos ancianos, entendemos.

He aquí, sin duda, una mujer que comprendió la función de la edad, el papel de los ancianos. La intelección de la vida es la base de toda sociedad. Nos permite ver por qué hacemos lo que hacemos y darnos cuenta de por qué no siempre podemos hacer lo que nos gustaría hacer. Los mayores tienen un papel muy importante que desempeñar en el desarrollo del entendimiento con miras a la siguiente generación, esto es, en la co-creación del mundo.

El servicio de los ancianos no es un servicio de labor, sino un servicio de ilustración, de sabiduría, de discernimiento de espíritus. Solo los depositarios del pasado degeneraciones y generaciones pueden ofrecernos esas cosas, porque la sabiduría es lo que permanece cuando concluye una experiencia.

Curiosamente, en esta etapa de la vida, en la que por fin llegamos a un punto en el que de verdad entendemos algunas cosas sobre cómo vivir bien, es cuando más fuera de ella nos sentimos. Con demasiada frecuencia es justo el periodo en el que la gente que sabe más de lo que ha sabido nunca empieza a sentirse inútil. Al fin y al cabo, todo lo que alguna vez nos ha conferido estatus o nos ha permitido gozar de cierta influencia se ha agotado o ha desaparecido o sigue su curso sin más.

Es evidente que nuestro rol, si es que tenemos alguno, ha cambiado. Pero ¿cuál es ahora? ¿Para qué sirve? Y si no desempeñamos ningún rol, ¿qué nos queda en este mundo? ¿Qué somos para los demás ahora que no somos nada de lo que en su día considerábamos tan importante?

De hecho, el momento de aparente desconexión es justo el momento en que devenimos sumamente importantes para el mundo que nos rodea. Ahora hemos superado el estadio de ser nada más que otra pieza sustituible de la vida. Nosotros no podemos ser reemplazados, como tampoco puede serlo todo aquello en lo que creemos o aquello de lo que sabemos o aquello que comprendemos. Tales conocimientos son exclusivamente nuestros. Son cosas del alma. Nuestro rol consiste ahora en ser lo que hemos descubierto sobre la vida. Nuestra responsabilidad es la sabiduría. Solo quienes han vivido tiempo suficiente en esta sociedad están en condiciones de saber qué necesita y qué no.

Como mínimo, la generación mayor es capaz de mostrarnos a todos nosotros otra forma de vivir. La generación mayor sabe que, a la larga, lo único que es bueno para cualquiera de nosotros es lo que es bueno para todos aquí y ahora. Eso es sabiduría. La sabiduría no es la perseverancia en la manera antigua de hacer las cosas, sino la capacidad de convertir la antigua verdad en memoria viva del presente. Solo los ancianos han vivido las consecuencias de las buenas y malas decisiones del pasado.

La sabiduría no es el maridaje con el pasado. Es la capacidad de estar entregados a hacer realidad sus ideales. Como escribe el poeta japonés Basho: no pretendo seguir las huellas de los antiguos. Solo busco lo que ellos buscaron.

Renunciar a la profesión de profetas y sabios en una sociedad plagada de técnicos y burócratas equivale a abandonar el mundo que hemos construido.

 

Nos acostumbramos a una rutina de amigos, comidas, lugares, planes e ideas. Es más fácil. Y más que el hecho de ser fácil, cuenta también que nos ayuda a sentirnos realizados. Aparte de un placer, estas cosas son nuestra identidad. Dicen quiénes somos, quiénes hemos sido siempre, dónde pertenecemos y por qué.

Pero instalarnos de forma absoluta y exclusiva en lo que siempre hemos sido exige un precio. El coste de la familiaridad es la angustia ante la posibilidad de pérdida, la ansiedad que produce el sentirnos cada vez más solos a medida que desaparecen los viejos lugares comunes de la vida: el bar… Conforme desaparece una cosa tras otra, sobramos creciente conciencia de que nos estamos convirtiendo en un mundo cerrado en sí mismo, en un mundo que ya nadie conoce. La vida que ha desaparecido es la vida que nos configuró. Y lo que nos entristece no es tanto el hecho de que ya no exista cuanto la duda de si lo que esa vida formó en nosotros sigue estando ahí o no.

Hemos avanzado a la conquistada verdad de la conquistada virtud, esa clase de virtud que se adquiere a base de cometer errores. Las lecciones solo se aprenden realmente solo después de haber roto las normas. En vejecer, por sí solo, no es suficiente. El verdadero objetivo en la vida es envejecer bien. Permitirnos a nosotros mismos envejecer sin vitalidad, sin energía, sin propósito, sin crecimiento, es hacernos viejos sin más, antes que envejecer bien sobre la marcha.

Se supone que la vida debe formarnos en independencia, introducirnos en una adultez que comienza con el aprendizaje y termina en la maestría y, luego, una vez cumplidas tales tareas, llevarnos al punto cimero de la integridad, la sabiduría y la ancianidad en la comunidad del mundo. Es un proceso de maduración sobre la marcha, de hacernos más fuertes, más solícitos, más procreadores, de compartir más sabiduría a medida que crecemos, de suerte que quienes vienen después de nosotros puedan caminar por una senda más despejada.

Una bendición de estos años es caer en la cuenta de que todavía hay tanto que hacer en nosotros que no tenemos tiempo, ni derecho, a estar tristes.

 

Anne Sexton: En sueños, una nunca tiene ochenta años.

Los sueños no revelan la verdad básica de la vida: los años son un fenómeno biológico, el espíritu es eterno. La edad biológica no nos define. En el ser humano hay una fuerza vital que nunca muere.

La. persona dentro de la persona -la personalidad y el alma dentro del cuerpo senescente- permanece siempre alerta, siempre dinámica. Para mantenernos vivos, plenamente vivos, debemos abrirnos al sueño eterno de la vida.

No tenemos derecho a renunciar a crecer solo porque muchos consideren que, con la vejez, se ha eclipsado esa posibilidad. Eso significa que debemos estar dispuestos a repensar todas las ideas que nos han mantenido atados hasta este momento. ¿Son todavía creíbles? Y nosotros, ¿nos las creemos?

Uno de los problemas que afrontamos en el mundo moderno es que nos fascina más lo tecnológico que lo espiritual. Somos muy buenos informando sobre cualquier milagro científico o técnico que el mundo ha producido. Pero hay otros elementos de la existencia que son incluso más importantes, más profundos, más influyentes en la sociedad humana, más ocultos a simple vista, y tendemos a pasarlos completamente por alto. Uno de ellos tiene especial importancia para el envejecimiento. Nos muestra que los sueños que determinan la calidad última de nuestra vida nunca mueren, por lo que nunca es demasiado tarde para acometerlos. Se trata de la capacidad de los seres humanos para cambiar de parecer, para comenzar de nuevo, para volver a empezar, para ser otra persona.

Robert McNamara (Secretario de Defensa cuando Vietman): Aunque pretendíamos hacer lo correcto -y creíamos que lo estábamos haciendo- una mirada retrospectiva demuestra, a mi juicio, que nos equivocamos.

El acto mismo de revisar de vez en cuando los propios valores constituye un aviso para todos nosotros. Nos recuerda que es posible aprender a medida que recorremos la vida. Es incluso más importante estar abiertos a hacerlo, así como dispuestos a informar sobre ello. La vida nos hace crecer. La vida nos configura. Conforme envejecemos, la vida nos abre a pensar de manera diferente, incluso sobre nosotros mismos.

Debemos permitirnos soñar cómo podría ser en realidad la vida si un número suficiente de nosotros reclamara que así fuera. Pero hacer eso significa someter a examen todos los supuestos que han conducido al mundo hasta el punto en que hoy se encuentra. Todos.

En los sueños late nuestro inacabado trabajo por el mundo. Aquello en lo que tenemos depositada la esperanza sirve de guía en lo relativo a nuestra obligación presente de aportar sabiduría al mundo. Se trata, desde luego, de una sabiduría derivada de experiencias de toda clase: de los errores e ideales, de las pérdidas e ideas, del dolor y las pequeñas alegrías así de nuestra vida pasada como de nuestra situación actual.

Una carga de estos años es que lleguemos a pensar que los días de soñar han terminado para nosotros. En tal caso, quedamos atrapados en el pasado. Nos resistimos a crecer. Permitimos que los errores del pasado definan toda nuestra vida.

 

Maggie Kuhn: La vejes no es una enfermedad. Es fuerza y supervivencia.

Cuando ignoramos el hecho de que todos somos partícipes de un inexorable viaje hacia la propia vejez, dejamos pasar el don de los años. NO tomamos en consideración la idea de que nunca somos demasiado jóvenes para comenzar a vernos como viejos, para imaginarnos a nosotros mismos configurando ahora, en este preciso momento, lo que será en años venideros, así como la forma en que llegaremos a ser eso. Todos alcanzamos antes o después un punto en el que comenzamos a imaginarnos a nosotros mismos entrando en las etapas finales de la vida y a preguntarnos con seriedad, con tranquilidad, que clase de personas nos gustaría ser entonces, para así poder empezar ya a ser esa persona.

Los ancianos enseñan al resto de la población, a los distintos grupos de edad, algo acerca del poder de las limitaciones. Nos obligan a repensar la función y el sentido de la limitación. Los ancianos nos muestran que las limitaciones -esos límites físicos que ellos alcanzan antes que el resto- son solo eso. Son límites, no barreras. Nos limitan -nos quitan tiempo y energía, es verdad-, pero no nos detienen, a menos que nos dejemos detener. De hecho, las limitaciones en un área nos obligan a desarrollarnos en otras. También nos alertan sobre las necesidades de otras personas. Las limitaciones son necesarias para enseñarnos a ser sensibles a las necesidades ajenas. Estar limitados nos brinda la oportunidad de aprender humildad y paciencia.

Las limitaciones invitan a los demás a involucrarse igualmente. Creamos comunidad a partir de las necesidades de otras personas y de lo que podemos aportarles, al tiempo que ellas, a su vez, nos enriquecen a nosotros.

Nos convertimos en profetas de los pobres y desconocidos, de los limitados y faltos de amor., de los necesitados y olvidados. Entramos en contacto con el resto de los seres humanos, todos tan limitados como nosotros, con independencia de que lo sepan o no.

Las limitaciones son las acciones o valores comunes de la humanidad. Ayudándonos a nosotros mismos ayudamos a los demás. Y ayudando a otros ampliamos nuestro propio alcance.

Pero solo estamos limitados en la medida en que queramos estarlo. Si nos definimos a nosotros mismos únicamente por nuestras limitaciones, nos incapacitamos para percibir a qué cosas más grandes nos están llamando tales impedimentos.

La edad y las limitaciones no son excusa para ser no persona en un mundo que necesita iconos de verdad, coraje, visión y posibilidad como nunca antes en la historia.

 

Carl Jung, el gran psicólogo de la vida interior, elevó a conciencia la idea de que la vida se desarrolla por etapas, algunas de las cuales están más centradas en el mundo exterior, otras casi enteramente en la interioridad, la reflexión, la búsqueda de sentido. Según parece, el periodo final de la existencia tiene algo que ver con dar sentido a todo lo que lo ha precedido.

En la actualidad, no es únicamente el anciano raro el que vive solo. Casi todos los ancianos viven solos. Por doquier.

En la vejez, es muy probable que la soledad no sea elegida. Se nos viene encima sin más.

En la mayoría de las familias, pocos miembros continúan viviendo en el mismo barrio o ciudad en que se criaron. Las empresas son responsables de ello.

El aislamiento es separación o alienación del mundo que nos rodea. El recogimiento es algo muy diferente. El recogimiento es fruto de una elección. Es el acto de estar solos con vistas a estar con nosotros mismos. Buscamos recogimiento por el bien del alma. Aunque tengamos fácil acceso a otras personas, nos tomamos tiempo para estar con nosotros mismos, para excluir al resto del mundo, para concentrarnos en nuestro interior más que en luchar con todo lo que acontece a nuestro alrededor.

El recogimiento nos abre a las maravillas de un mundo sin ruido, a un mundo no abarrotado, a un mundo purgado del torbellino social. Al menos durante un rato. Al menos el tiempo suficiente para sumergirnos en el bálsamo de ser sin más.

El recogimiento nos vacía de los residuos que sean acumulado en nosotros a lo largo de los años y nos permite encontrar el lugar profundo y tranquilo que hace del envejecimiento un periodo tan sereno de la vida. En el recogimiento encontramos paz con nosotros mismos y con la vida que ahora ya queda a nuestras espaldas.

No podemos cambiar nada de lo que ha sido, salvo nuestra forma de contemplarlo. Y poco podemos cambiar de lo que es, salvo nuestra forma de contemplarlo. Si hay algo en nosotros con lo que todavía hemos de confrontarnos, este es el momento de hacerlo.

Buscar la soledad no es una forma de huir de la vida, del proceso de envejecimiento, de nuestros sentimientos. Al contrario. Es tiempo para ordenarlos, orearlos, superarlos, a fin de que podamos continuar la marcha sin la carga del ayer.

Hay una vida para ser vivida en nuestros últimos años, y no debe terminar infectada por todo lo ocurrido en el pasado. Tenemos la obligación de vivir bien ahora con la gente que nos rodea y hace posible esta nueva vida. Les debemos lo mejor que tenemos. Y lo mejor que hay en nosotros es lo que no está mancillado por el pasado.

El recogimiento es lo que nos obliga a evaluar nuestro presente, así como a reexaminar nuestro pasado. ¿Vivimos ahora de la manera más feliz posible dadas las circunstancias en las que nos encontramos? Esta responsabilidad será nuestra hasta el final. El recogimiento nos capacita para iluminar para nosotros mismos lo que, en nuestro interior, pueda estar imposibilitándonos asumirla.

 

Leon Edel: La respuesta a la vejez es mantener ocupada la mente y continuar con la vida anterior como si fuese interminable.

Insistir en vivir hasta que muramos puede ser una de las grandes virtudes de la vida. A cualquier edad es fácil pararnos simplemente, darnos por satisfechos con lo que hay y negarnos a ser más.

La jubilación no tiene nada que ver con trabajar y no trabajar. Solo tiene que ver con la clase de trabajo que hacemos y con la razón por la que lo hacemos. La finalidad de la jubilación no consiste en liberarnos del trabajo en sí, sino en liberarnos de estar encadenados a él. El trabajo pretende ser ahora una realización de nuestro yo, así como un motivo para estar vivos.

El trabajo es una dimensión necesaria de la vida espiritual. Sin él, guardar y cultivar el planeta, ocuparnos de nuestro propio jardín del paraíso, resultaría imposible. En ese caso, la jubilación no nos libera de la responsabilidad de continuar cuidando el mundo.

Puede ser la primera vez en nuestra vida en que nos sintamos realmente libres para elegir un trabajo que haga aflorar lo mejor de nosotros y lo mejor del mundo que nos rodea. Nos convertimos en co-creadores del mundo.

 

  1. Somerset Maugham: Lo que hace costoso que la ancianidad sea difícil de sobrellevar no es la decadencia de las propias facultades, así mentales como físicas, sino el peso de los recuerdos.

La rememoración es una de las más poderosas funciones de la mente humana. Y una de las más determinantes de la vida. No tiene que ver tanto con lo que ocurrió en el pasado, sino más bien con lo que acontece en nuestro interior justo en este momento. Nunca es vana. Nunca nos deja solos. Se compone del material de la vida en proceso de convertirse en experiencias útiles para el alma.

Lo que aún permanece en el recuerdo, sea lo que sea, es justo aquello que más significado tiene para nosotros. Es el indicador de lo inacabado en la vida. Nos ofrece un signo seguro de lo que todavía tiene significado emocional para nosotros. Se niega a permitirnos que ignoremos lo que todavía tiene que ser reconocido, si es que alguna vez queremos ser plenamente honestos con nosotros mismos. Sobre todo, la rememoración y la manera en la que la gestionamos son lo único que nos convierte en auténticos maestros de la juventud. Nos dice qué es lo que echamos de menos de lo que hicimos y nos recuerda lo que no hicimos y ahora desearíamos haber hecho. Y tales cosas perviven en el recuerdo por siempre.

Conservan para nosotros algo con lo que hemos de confrontarnos y luchar con toda el alma para que ésta quede libre para volar. Sin recuerdos podríamos ir alegremente por la vida sin saber nunca en realidad qué parte de esa vida está aún inconclusa y qué parte sigue rechinando dentro de nosotros, a la espera de que le prestemos atención. La rememoración es la función de la mente humana que toca el núcleo de nuestro ser. Nos informa de qué es lo que echamos en falta, qué lo que lamentamos y con qué tenemos que reconciliarnos todavía si queremos que nuestra vida llegue a ser realmente diáfana.

Con una parte del alma en el pasado y otra en el presente, somos capaces de coser entre sí fragmentos sueltos para formar una vida que tiene integridad y constituye un todo. Gracias a la rememoración, la vida no se limita a ser una sucesión de actos aislados. Todo encaja en la imagen del yo y en los objetivos del corazón. El recuerdo los hace reales. Los integra en un todo.

La rememoración nos mantiene en contacto con quienes nos han precedido. Algunas veces nos macera en las partes del pasado que echamos de menos y nos pone tristes. En otras ocasiones, nos deja vagando en las partes de la vida en las que no dimos la talla y de las que todavía nos arrepentimos.

Pero el objetivo de la rememoración no es anclarnos a tiempos pasados. Lo que busca es capacitarnos para hacer mejor ahora lo que antes no hemos hecho tan bien. Es el mejor maestro.

Nada hay en la remembranza consciente que carezca de importancia. Sentarse a escuchar cómo una persona vaga por los fragmentos narrativos de su vida permite conocer qué es lo que le preocupa, lo que le agrada, qué huella ha dejado en ella el amor, qué ha sido sofocado por el rechazo y qué queda por afrontar ahora si se quiere que la presión de los fracasos del pasado y la pérdida de los antiguos amores puedan ser integradas alguna vez en un todo sano. Permite que aquellos a quienes hemos apreciado en vida continúen viviendo dentro de nosotros, no para atarnos al pasado, sino para recordarnos que la vida fue buena antaño y puede ser igual de buena ahora.

Nos dicen qué es lo que todavía queda por hacer. Se convierten en un programa de acción para el mañana que, a partir de nuestra propia experiencia, nos muestra cómo vivir, cómo amar, cómo olvidar, cómo seguir adelante.

 

Louis Kronenberg: La vejez es una época excelente para escandalizar. Mi objetivo es decir o hacer la menos una cosa escandalosa por semana.

El futuro es una parte muy dulce del envejecimiento. Es algo que debe agarrarse con fervor. Se hace más intenso, más vivo, más esencial cada día. Para quienes, por fin, se han percatado de la presencia del tiempo en sus vidas, el futuro ya no está ahí fuera. El futuro está aquí, pisándonos los talones, tornándose más y más exigente sobre la marcha.

Pero existe otro estado mental que lucha por cobrar vida ahora. Existe la sensación de urgencia que deriva de la conciencia del tiempo, el pensamiento que la vida tiene mucho más que ofrecer que lo que hemos conocido hasta ahora. Queda por vivir el resto de la vida que hasta ahora me he negado a mí mismo, que hasta ahora he ignorado, que no se sabido percibir. La vejez, como cualquier otra etapa de la vida, es un tiempo de aprendizaje. Ésta puede ser, de hecho, la mejor etapa para aprender en qué consiste realmente la vida.

Ahora, por fin, sabemos qué falta, qué es bueno, qué se necesita. Ahora hemos dejado atrás el narcisismo de la juventud, las luchas de supervivencia de la primera adultez, el duro quehacer de la madurez; ahora estamos preparados para mirar más allá de nosotros mismos al pulso mismo de la vida. Ahora podemos dejar volar a nuestro espíritu. Podemos hacer lo que el alma exige que hagan los seres humanos plenos. Éste es el momento para el que hemos nacido.

La ancianidad es la época idónea para ser peligrosos.

No es el momento para recordar que todos nos estamos haciendo mayores, como si envejecer fuera la maldición de los condenados. Es la época idónea para hacer cualquier cosa que podamos hacer con toda la vida que podamos poner en ello. Es la época idónea para vivir con entusiasmo, con fuerza, con entrega. No hay nada para lo que guardar energías. Ahora es, sin más, tiempo de emplear bien el tiempo. Es todo lo que tengo ahora para ser la plenitud de mí mismo.

 

Retomar el contacto con los jóvenes es lo que nos mantiene en contacto con el mundo. Y hay muchas más maneras de lograrlo de las que imaginamos.

Cuando la sociedad disgrega a la familia como la cosa más normal del mundo, la familia termina desapareciendo por completo. En su lugar, tenemos atención diurna para niños, residencias para ancianos, bloques de pisos en los que de antemano se deja claro: Absténgase de preguntar familias con niños. Vivimos en una sociedad totalmente segregada y fracturada, que ofrece poco o ningún espacio para crecer a través de la vida compartida en el día a día. Se nos ha arrebatado el derecho a aprender unos de otros. Sobre todo, la generación mayor ha sido privada del derecho a enseñar. Nos hemos convertido en extraños unos para otros. Hemos perdido el contacto con la plenitud de la vida.

Este vínculo natural y necesario entre ancianos y jóvenes no puede ser reducido a una programada actividad para la tercera edad. Estamos hablando del latido de una cultura. Es lo que posibilita que la novedad (la sabiduría) siga entrando y saliendo de nuestras venas.

 

A diferencia de lo que ocurre en todas las demás etapas de la vida, no existen actividades propias de la vejez.

Algo de lo que demasiado a menudo no nos percatamos es de que vivir plenamente de pende mucho más de la estructura mental, de la espiritualidad básica, que de la condición física. Vivir bien tiene algo que ver con la espiritualidad del entusiasmo, con concebir la vida más como una gracia que como una penitencia, con un tiempo para ser vivido con impaciente expectación de su bondad, no con miedo a los desafíos que pueda plantearnos. La vida no se nos da para que suframos, sino para aprender a amar al Creador a través de los gozos y la belleza de la creación. La vida se nos da para que nos confrontemos dignamente con el sufrimiento natural de ser criaturas mortales. Cuando somos incapaces de afrontar la vida con la cabeza alta, no podemos vivirla en plenitud.

En el proceso, los ancianos se enfrentan a tentaciones particularmente engañosas porque, aunque suenen muy sensatas, son crecientemente destructivas. …Hacemos cada vez menos hasta que quedarnos sentados en casa se convierte en nuestra manera de estar en la vida. Nos descolgamos de la vida de forma tan inapelable como si ya hubiéramos muerto y estuviéramos enterrados. Y lo hacemos nosotros mismos. No sentimos nada. Nos negamos a nosotros mismos estrato tras estrato de vida y encima nos preguntamos por qué la vida ya no nos entusiasma. Así, nunca damos el primer paso para empezar algo nuevo. No somos capaces de seguir deviniendo. Nos paramos en seco con años de antelación. Y esperamos. Cogemos el regalo de la vida y lo dejamos sin abrir. En vez de salir de nosotros mismos para hacer nuevos amigos y encontrar otros compañeros y adherirnos a diferentes grupos, cavamos nuestros propios hoyos y, tras meternos en ellos, los cerramos.

La vida no es solo lo que nos pasa -aunque, en los momentos de sorpresa, la vida también espera-, sino lo que nosotros mismos hacemos que acontezca. Nos convertimos en aquello que hacemos. Nos renovamos interiormente cuando nos instamos a nosotros mismos a hacer cosas nuevas. Nos espabilamos cuando no nos permitimos recorrer la vida dormitando sin más. Ganamos seguridad cuando nos olvidamos de qué edad tenemos y confiamos lo suficiente en nosotros mismos para negarnos a tener miedo a todo en la vida, desde un par de escalones a la ladera de una montaña. No es cierto que estemos acabados ya para la vida, a no ser que permitamos que la vida pase de largo.

Por supuesto, no podemos hacerlo todo. Es posible que nos cansemos con más facilidad, que nos agotemos más rápidamente… Pero ninguna de estas circunstancias justifica que sustituyamos la vida por la mera respiración.

 

Katherine Hepburn: No tengo sentimientos románticos sobre la vejez. O una es interesante a cualquier edad, o no lo es en absoluto. No hay nada especialmente interesante en ser vieja… o en ser joven, en realidad.

No es bueno resistirse a devenir lo que somos, deseando más bien ser lo que no somos. La tentación -demasiado frecuente, demasiado común- es intentar congelar la vida in situ, quedarnos anclados en una fase u otra de la vida, renunciar a ir más allá del momento presente. Uno de los signos más evidentes de cómo las diferentes personas ven la vida radica en la manera en que afrontan la muerte de los seres queridos. Para algunos, es el día en que la vida se detiene… Pero no podemos hacer del presente un santuario dedicado al pasado. No es posible vivir en el pasado, por muy fuerte que sea la tentación de intentarlo. Si la vida es para los vivos y no la vivimos, nos condenamos a una muerte prematura. Y lo que es aún más patético, lo hacemos en nombre de las relaciones, los lugares y los acontecimientos que nos hicieron crecer.

La línea que separa el recuerdo de la nostalgia es delgada. Y no es lo mismo una cosa que otra. El recuerdo es rememoración. La nostalgia es algo por completo diferente. No es simple rememoración del pasado. Es una inmersión en el pasado. La nostalgia nos atrapa, obligándonos a tener un pie en el presente y otro en el pasado. Pero la melancolía de la nostalgia no es la geografía de la vejez. Ese papel le corresponde a la posibilidad.

Cualquier etapa de la vida es interesante con solo que nos permitamos explorar todos sus deleites. La ancianidad es la más interesante de todas. Ahora somos los configuradores de nuestro destino, los hacedores de nuestros placeres, los custodios de nuestra personalidad. Los temas sobre los que ahora hablamos, lo que ahora hacemos, lo que llegamos a ser: todo ello es, por entero, responsabilidad nuestra.

La nostalgia es la peligrosa tentación de confundir el amor por una parte de la vida con el amor por la totalidad de la vida. Sustituye el deleite del presente por la fantasía del pasado. La seducción latente de la nostalgia es la tentación de refugiarse en lo que ya no es en vez de afrontar las exigencias del presente con buen humor y valeroso corazón. Es una instantánea del pasado, retocada para que se adapte a nosotros. A menos que seamos capaces de tratar con ambas dimensiones de cada aspecto de la vida, empezamos a usar los recuerdos para escapar de la realidad tanto del presente como del pasado.

Este retorno a un pasado irreal es una tentación seductoramente peligrosa en la vejez. Es una trampa fácil para quienes están cansados de vivir, de adaptarse, de mantenerse al corriente de la vida. Y así, irónicamente, les lleva a idealizar la vida que tuvieron y a destruir la que tienen. Afecta a la manera en que ahora miramos a la vida. Configura la materia de nuestras conversaciones. Tal vez nos hace interesantes por un rato: nuestras historias y todo su encanto. Pero luego nos vuelve tediosos. Los demás se cansan enseguida de conversaciones que son meros relatos en curso, relatos interminablemente repetidos, de otro tiempo. No acuden a los ancianos en busca de nostalgia. Acuden a nosotros en busca de sabiduría, de coraje, de pruebas de que la vida -en todas sus formas- no solo es posible, sino también maravillosa.

 

Si, a medida que pasan los años, cobramos mayor conciencia del sentido y sinsentido de las cosas, sin duda debemos devenir más sensibles al flujo y reflujo de la vida, no menos conscientes de ello. No se trata de que, al ir haciéndonos mayores, ignoremos sin más la vida; antes bien, lo que ocurre es que nos comprometemos con ella en un nivel diferente, por motivos diferentes, con un corazón más focalizado.

Si algo aprendemos a medida que pasa el tiempo y decrece el número de cambiantes estaciones, es que existen cosas en la vida que no pueden ser aseguradas. Es más que probable que nos vayamos a la tumba con una gran cantidad de preocupaciones personales sin resolver, de proyectos de vida sin cumplir. Lo cual se hace más evidente con cada año que pasa. Algunas de las fracturas familiares no habrán sido sanadas todavía…

¿Ha sido todo en vano? Solo si malinterpretamos el sentido del último periodo de la vida. El objetivo de esta época de la vida no es solidificarnos en nuestras insuficiencias, sino liberarnos para madurar aún más. Esperar que, al final, todas las rupturas hayan sido reparadas es, en el mejor de los casos, irreal. Hace tiempo que murieron algunas personas y hace aún más tiempo que perdimos contacto con ellas. En esta última etapa de la vida, no se puede hacer nada por reanudar las conversaciones, por no hablar de mitigar el distanciamiento o restañar las heridas persistentes.

Por lo que respecta a mucho de lo que todavía nos sentimos responsables e incluso culpables, no hay nada que podamos hacer ahora para enmendarlo, por más que deseemos que esa posibilidad estuviera a nuestro alcance. No podemos recomponer un matrimonio fracasado… Aquella época, aquellas situaciones, se han esfumado. Se nos ha ido de las manos. Han escapado a nuestro control.

Dentro, las cicatrices todavía duelen. Hemos sido heridos. Hemos herido a otros. Hemos cometido errores. Hemos creado el lío que se originó a causa de ellos. Y, hasta nosotros podemos juzgar, no hay -ni nunca lo hubo- manera alguna de recomponer los vidrios rotos. Entonces, ¿qué podemos hacer ahora?

Si no podemos abordar directamente todas las luchas inacabadas de nuestra vida, ¿cómo va a ser posible afrontar el final de la vida con alguna suerte de serenidad?

El hecho es que el malestar que se acumula a lo largo de los años es la gracia misma reservada para el tiempo final, para los últimos años, el pináculo de la vida. Solo ahora puede la conciencia de estos males marcar realmente una diferencia en nosotros. Solo ahora puede resultar productivo este dolor. ¿por qué? Porque ahora debemos afrontarlo en solitario. Ya no hay nadie aquí ara perdonarnos, nadie para decirnos que llevamos razón, para ceder a nuestra insistencia, nadie con quien negarnos a confraternizar. Todo ello está vivo en nuestro interior. Ahora debemos descender al hondón de nuestro ser y sellar la paz no con nuestros antiguos antagonistas, sino -lo que es más importante- con nosotros mismos, con la conciencia con la que, durante años, nos hemos negado a reconciliarnos.

Éste es el periodo de la vida en que debemos comenzar a buscar la respuesta a nuestros problemas, el arreglo de los problemas no tanto fuera de nosotros cuanto dentro del corazón y el alma. Es tiempo de confrontarnos con nosotros mismos, de sacarnos a nosotros mismos a la luz.

Es un periodo de reflexión y renovación espiritual en la vida. Ahora es el momento de preguntarnos qué clase de persona hemos llegado a ser con el paso delos años. ¿Nos gusta esa persona? ¿Hemos llegado a ser sobre la marcha más honestos, amables, solícitos, más misericordiosos, a causa de todas esas cosas?

A medida que el cuerpo comienza a volatilizarse y comenzamos a fundirnos con el más allá, ¿somos capaces de desprendernos de aquellas cosas en nuestro interior que durante toda la vida han representado un obstáculo entre el resto de la creación y nosotros? ¿Somos capaces de mirar de frente a nuestra propia alma y admitir quiénes somos? Si hemos sido egoístas, ¿somos capaces de habituarnos a la disciplina diaria de preocuparnos por los demás?

Los ancianos, se dice, son más y más difíciles a medida que envejecen. No, En absoluto. Lo único que ocurre es que ya no se preocupan tanto de conservar sus máscaras y están más abiertos a sumir el esfuerzo de ser humanos, de ser personas humanas. Dejan de fingir. Ahora afrontar el hecho de que este periodo, este proceso de envejecimiento, es la última oportunidad que se nos concede para ser más que todas las pequeñas cosas que nos hemos permitido ser en el curso de los años. Pero, primero, hemos de afrontar la pequeñez y regocijarnos en el tiempo que nos queda, a fin de tornarnos dulces en vez de más agrios que nunca.

 

Una de las principales características del envejecimiento es que nos separa del resto de la humanidad. Cuanto mayores nos hacemos, tanto más jóvenes se nos antojan el resto, tanto más conscientes nos volvemos de que ahora habitamos un espacio muy poco común.

En la vejez es mucho más probable ser olvidado, aislado incluso del mismo acto de vivir.

Hay una soledad que se nos va filtrando a medida que envejecemos. Es la soledad que nos aleja de allí de donde venimos y de allí a donde vamos. Comenzamos a estar cada vez menos aquí y cada vez más… ¿dónde? La preocupación por el dónde comienza a dominar.

Comenzamos a ser conscientes de que la vida se nos escapa por entre los dedos de las manos, suave, pero inevitablemente. Ahí es cuando nos sentimos solos, no porque estemos siendo aislados o ignorados, sino precisamente  porque ahora nos encontramos en la plenitud de la vida. De nuestra propia vida. Ya no vivimos la vida de las masas. Y hemos llegado a comprender que nuestra vida es muy distinta de la de toda esa gente.

Hubo un tiempo en el que los mayores permanecían en la familia durante toda la vida. En aquel entonces, uno no se jubilaba hasta que le tocaba jubilarse o, más probablemente, no se jubilaba nunca. Antes de todos estos cambios, éramos personas, no fechas de jubilación.

Ahora la gente busca personas que se tomen tiempo para hacer lo que la sociedad verdaderamente necesita que se haga. Busca personas que se comprometan con algo porque merece la pena hacerlo, no porque resulte rentable. Descubrimos que, si estamos solos, tal vez se deba a que no hemos mirado a nuestro alrededor para ver quién nos necesita. Una persona a la se necesita nunca está sola, nunca se encuentra aislada, nunca carece de finalidad en la vida. Todo lo que ello requiere es salir y hacer algo. El mundo nos espera con los brazos abiertos.

 

Oliver Wendell Holmes: Los jóvenes, conocen las reglas. Los ancianos, las excepciones.

Con la edad se produce un ablandamiento del corazón, a causa no tanto de la virtud cuanto de la experiencia. Sabemos que nadie es perfecto, nadie puede serlo. Nuestros criterios son solo eso: criterios. No son absolutos, y quienes pretenden convertirlos en tales pronto se dan de bruces con sus propias intransigencias. La vejez es un verdadero filón de verdades conquistadas a base de esfuerzo.

Solo el perdón puede contener el dolor de un agravio en nosotros. Una disculpa, por sí sola, no puede lograrlo.

Con el tiempo he terminado aprendiendo que, en la vida, las reglas no son ni mucho menos tan importantes como las excepciones a ellas. Porque sean perdido demasiados años de vida en algo que no merece una vida. Porque es hora de valorar más la excepción que la recriminación. Solo el perdón es la terapia de la vez que hace borrón y cuenta nueva, que sana en tanto en cuanto abraza. La desinteresada generosidad del perdón es un mito. El perdón es más importante para quien perdona que para quien es perdonado. La amargura, una vez que se hunde en el alma como la arena, trastoca nuestro equilibrio durante años y años. Está siempre ahí, arañando el corazón, escarbando en él, consumiéndolo, abrasándolo. Sonreímos a algunas personas, por supuesto, pero la sonrisa es más fingida que real…

Solo nosotros podemos liberarnos de la carga de amargura que el antiguo enojo trae consigo. Solo nosotros podemos empezar a buscar las excepciones que hacen de esto una ofensa perdonable más que una inmutable malevolencia. ¿Existe alguien a quien negaríamos nuestro amor si conociéramos su historia? Mary Lon Kownacki. El perdón recompone la vida. Es una prueba del aprendizaje que hemos realizado. Un signo de nuestra sanación interior. Una señal de hasta qué punto hemos llegado a conocernos. Es la medida de lo divino que hay en nosotros.

La vejez nos dice que nosotros mismos hemos fallado con frecuencia; que nunca hemos hecho nada del todo bien; nunca hemos sido verdaderamente perfectos… y que no pasa nada por ello. Somos quienes somos… y lo mismo es cierto de todos los demás. Y es el perdón que les concedemos lo que nos otorga el derecho de perdonarnos a nosotros mismos por ser menos de lo que siempre hemos querido ser.

Una bendición de estos años es la capacidad de percibir que la vida, para ser perfecta, no tiene por qué ser perfecta; solo necesita ser capaz de perdonar… y ser perdonada.

 

La Rochefoucauld: Pocas personas saben ser ancianas.

En efecto, es algo que exige mucho aprendizaje. En esta sociedad, ser joven es fácil. Tiene todo el magnetismo del Santo Grial. El mundo actual gira en torno a la juventud. Apenas hay algún anuncio que no la encomie. Los medicamentos nos la prometen. Los programas de preparación física nos la garantizan. Ser joven, se nos hace creer, es la verdadera definición de la vida. Y en algún sentido, es cierto.

Todos los demás son jóvenes, Yo no. Entonces, ¿qué posibilidad me queda, ahora que el dinamismo y el empuje parecen haber dejado de ser el elixir de la vida?

Esta cultura deja a los mayores a merced de un mundo cuyas prioridades están ahora totalmente desconectadas de las suyas. Peor aún, amenaza con crear en el conjunto de la sociedad una mentalidad de videojuego, donde lo rápido es mejor que lo lento y lo joven mejor que lo viejo, donde la violencia puede ser una respuesta fácil a cualquier situación. Todo el material reflexivo que una sociedad necesita para ser capaz de juzgar los problemas políticos, sociales y económicos actuales sobre el trasfondo de varios milenios de pensamiento sobre cuestiones análogas ha sido eliminado de ella.

La proporción de personas que viven solas en EEUU creció desde el 17% del total de hogares en 1970 al 26% de las unidades domésticas en el año 2000. Han surgido pueblos enteros de mujeres y varones mayores, segregados del conjunto de la población que los rodea.

Hay algo peor, esos relatos de lo que les ocurre a muchos ancianos aislados. Si bien estos ancianos pertenecen a todos los niveles y sectores de la sociedad y proceden de toda clase de ciudades, de toda suerte de barrios bulliciosos y poblados, sus historias comparten el mismo final: todos mueren solos, y nadie descubre su muerte hasta pasados días o semanas o incluso meses.

Los grupos sociales se forman fuera del vecindario; en las boleras, en eventos sociales de la empresa, en grupos de índoles ciudadana o clubes privados, en actividades parroquiales o en grupos de personas con intereses específicos. No conocemos ya a nuestros vecinos de bloque, y mucho menos a quienes residen en la manzana. Vivimos en un mundo de extraños intentando encontrar sitios en áreas superpobladas para estar solos, ser individuos, tener privacidad. En la época en que vivimos, la mayoría de las veces conseguimos privacidad personal creando distancia psicológica allí donde no disfrutamos de espacio físico. No hablamos en los ascensores…

El hecho es que no tenemos por qué estar aislados, si nos aislamos por propia pasividad. Salir de unos mismo pertenece al meollo de envejecer. Necesitamos salir de casa para encontrarnos con los demás en vez de esperar a que ellos vengan a nosotros. ¿A qué se debe que algunos ancianos encajen de forma natural en su mundo y asuman responsabilidades, mientras que otros mueren sin que nadie les eche de menos durante meses? El factor decisivo para conseguir un envejecimiento satisfactorio no resulta ser el dinero, ni la educación, ni la familia, sino la ampliación del círculo social a medida que transcurre la vida. Lo cual no se limita al establecimiento de relaciones sociales, por muy importante que eso sea. Antes bien, los individuos estudiados traban contactos sociales en la medida que hacen algo más que eso: se implican en una o más de las grandes actividades sociales de la vida, a saber, ayudar a los demás. De hecho, la mayoría de las dimensiones importantes de la vida pública dependen de los servicios voluntarios de personas mayores.

Lo más importante de todo es, quizá, que la vejez es la única edad en la que podemos ser tan valiosos para el mundo en su conjunto porque, por primera vez en la vida, somos suficientemente libres para pensar en un mundo mucho más amplio que el nuestro. Ahora estamos preparados para dilatarnos más allá de nosotros mismos por el bien de todos aquellos a quienes les vamos a dejar este mundo.

 

George Santayana: Nada es inherente e inquebrantablemente joven, salvo el espíritu. Y el espíritu quizá pueda penetrar mejor en el ser humano -y crecer dentro de él con menos obstáculos- en la serenidad de la vejez que en la agitación de la aventura.

La vejez tiene como objeto la reactivación del espíritu. Su sentido consiste en permitirnos jugar: con ideas, proyectos, amigos, con la vida.

De hecho, ya no hay tiempo que perder. El ahora ya no es un instante en el camino hacia el siguiente. Es todo lo que nos queda en la vida. Solo en el presente aprendemos a vivir, y solo el presente constituye el núcleo de la ancianidad. Ahora vivimos aquí, solo aquí… y además, ah, de forma del todo deliberada. Ciertas cosas que nunca habíamos visto, que de verdad nunca habíamos visto, antes de ahora -cosas que poseíamos, que guardábamos, y que llevábamos viendo toda la vida- están de súbito ostensiblemente presentes, casi por primera vez

El presente accede al centro de nuestra alma como nunca lo había hecho antes. La apreciación de las cosas se intensifica con el paso del tiempo.

La vida no nos ha abandonado por completo. Es posible que en toda nuestra existencia previa no hayamos conocido tanta vida real como en estos momentos. Ahora podemos sentarnos con ella, percibir sus implicaciones, embriagarnos de su sentido.

Pero el presente es más que apreciación. Es también apremio, esa clase de apremio que nos lleva a hacer más de lo que nunca habríamos pensado que seríamos capaces de hacer en un solo día. Vamos de un sitio a otro porque queremos estar allí, porque somos felices de poder estar allí, porque sabemos que estar allí es un don y una gracia para nosotros, no un sacrificio, ni un aburrimiento, ni una pérdida de tiempo. Pasamos por el tiempo dejando en él nuestra huella por el bien de épocas venideras. Adquirimos una sensibilidad diferente ante las huellas de quienes nos han precedido.

El presente, siempre una especie de puerta giratoria de la vida, que nos lleva de una cosa a otra, es ahora justo lo que nos ralentiza. El poder del presente radica en hacernos conscientes de que tal vez no nos quede demasiado futuro. Con suerte, diez años. Cinco, probablemente. Mañana, Dios mediante. Así pues, el presente nos recuerda de continuo el valor de lo obvio. El presente de la ancianidad, la edad que traemos al presente, desvela para nosotros la invisibilidad del sentido. Una vez que arribamos de verdad a la plenitud del presente. Entonces, cesamos de dar la vida por supuesta.

La vida es ahora. Pero ¿quién de nosotros se ha parado jamás lo suficiente para percatarse de ello? Hemos hecho lo que hemos hecho en todos estos años previos porque ésas eran a la sazón las tareas de la vida. Pero ahora, la tarea de la vida consiste simplemente en vivir. Lo que todavía no hemos vivido continúa aguardándonos. Detrás de cada instante espera el espíritu de la vida, el Dios de la vida. Cada pequeña cosa que hacemos tiene como objetivo adentrarnos en su sustancia.

En el ahora de la vida está contenido todo lo que alguna vez ha sido y todo lo que alguna vez será. Y nos llama ahora, a ser eso en toda su plenitud… e incluso más. El presente nos lleva al hondón de nuestro ser y nos pregunta: ¿dónde has estado durante todo este tiempo? ¿Cómo pudiste no ver esto, olvidarlo, pasar por alto lo que siempre ha estado por detrás de este instante?

El presente es el amigo de la vejez, no su enemigo. Nos inunda la vida.

 

John Burroughs: ¡Qué bellas las hojas envejecidas! ¡Cuán llenos de luz y de color están sus últimos días!

Vemos, pero solo desde hace poco. Oímos el mundo que nos rodea, pero solo parcialmente. Percibimos la sinfonía de la vida, pero solo débilmente. …La apreciación de la vida nos favorece, pero con demasiada frecuencia nos llega tarde. ¿Qué es lo que tiene el perder algo que nos hace más conscientes de ello? Es posible que el instinto de supervivencia aflore en nosotros solo cuando carecemos de vida. Tal vez sea éste uno de los mayores regalos que nos depara el envejecer. Diríase que una de las funciones del envejecer es capacitarnos para ver lo que en todos los años anteriores hemos pasado por alto.

Una de las dimensiones más importantes del envejecimiento es que nos lleva a comprender que la vida no se puede dar por supuesta. La vida no se puede devorar; solo se puede saborear. Ha de ser bebida a sorbos y apurada hasta las heces. Por desgracia, en una sociedad que ha metido la directa, degustar y saborear no están a la orden del día. Vivimos en un tráfico de hora punta, tamborileando con los dedos en el volante.

 

Es posible que temamos a la vejez y a la muerte por igual; pero el miedo a la muerte nos lleva a aceptar -a regañadientes, eso sí- la vejez. Queremos vivir porque no entendemos la muerte, el canal de parte de lo que el espíritu nos dice que, a buen seguro, ha de ser una nueva u diferente clase de vida. Sea lo que fuere. Pero lo que atrae tanto nuestros pensamientos somo nuestros sentimientos es la oscuridad que rodea a ese lo que fuere.

Moriré, pero no sé qué se me pedirá entonces. No tengo ni idea de cómo será ese momento. Solo sé que estaré solo.

Hemos creído en ideales. Aun cuando nuestros esfuerzos por hacer más, por ser mejores, no hayan sido tan decididos como podrían haber sido, nunca hemos intentado de vivir dentro de los límites de lo mejor. Aunque nunca hayamos tenido realmente el carácter para ser absolutos en todas las dimensiones, hemos creído.

Hasta ahora. Hasta que los días comenzaron a acortarse. Hasta que nos despertamos un buen día y supimos sin ninguna duda que teníamos bastante más tiempo a nuestras espaldas que frente a nosotros.

El problema es que no estamos seguros de si tenemos fe en la fe. La estamos poniendo a prueba de la única manera que sabemos. Dudamos de si tenemos fe o no. Nos preguntamos si tenemos suficiente. Nos preguntamos qué le ha pasado a la fe que teníamos. Hace tiempo. Cuando éramos jóvenes. Y aquella clase de fe, ¿era de verdad fe? ¿O era magia? Y ese insistente deseo de claridad en relación a las preguntas, ¿anula la fe que, de hecho, tenemos?

La ironía de la lucha es que este no saber es, al cabo, la esencia de la fe. Únicamente con los años hemos comenzado a entender -esforzada, lentamente- que existe bendición en el cosmos. Antes de la tecnología, Dios ya era. Hemos practicado nuestra fe durante toda nuestra vida. Pero en asuntos muy efímeros. Hemos confiado en bancos que han quebrado y en gobiernos que nos han mentido. Hemos puesto nuestra confianza en nosotros mismos y a eso le hemos dado el nombre de fe. Ahora, cuando nuestra fuerza vital decae, estamos aprendiendo que debemos depositar nuestra fe en algún otro lugar.

Ahora nos encontramos en los años en que debemos empezar a desasirnos, como un niño que es introducido poco a poco en el mar. Poseer cosas y tener responsabilidades ya no es tan importante. Lo escribió Filoxeno, filósofo sirio del siglo VI: Ricos no son quienes poseen mucho, sino quienes no tienen necesidades.

 

Séneca: Nada es más deshonroso que el anciano doblado por el peso de los años, que no tiene otra prueba de haber vivido largo tiempo sino la edad.

Algo casi insoportablemente doloroso rodea las tumbas de soldados desconocidos, las fosas comunes y los cuerpos no identificados de los depósitos municipales de cadáveres. No pesa tanto el anonimato de la muerte, sino a que ha desaparecido de entre nosotros y no sabemos qué legado deja tras de sí. Para la mayoría de la gente, ser mencionado en un testamento es un suceso relativamente infrecuente. Pero la gente habla todo el rato de cómo la vida de tal o cual persona, ahora fallecida, les ha enriquecido. Es el legado no material el verdadero enriquecimiento, que cada uno de nosotros ha recibido por el hecho de que su vida ha estado influida por aquéllos que nos han precedido. Y tales legados no son en absoluto infrecuentes. Son lo que nos conecta tanto con el pasado como con el futuro.

Lo que tendemos a olvidar es que cada uno de nosotros deja un legado, con independencia de que esa sea nuestra intención o no, de que queramos hacerlo o no. Nuestro legado es la calidad de las vidas que dejamos en este mundo al abandonarlo. Lo que hemos sido quedará troquelado durante años en los corazones de quienes nos sobrevivan. La pregunta es: ¿cultivaremos ese legado vivo? Porque dejamos nuestra actitud hacia el mundo. Senos recordará por la capacidad que hayamos tenido para inspirar a los demás amor a la vida… Dejamos a los ojos de todo el mundo el sistema de valores que ha marcado todo lo que hemos hecho. Dejamos el recuerdo de cómo hemos tratado a los extraños… Dejamos -en nuestros posicionamientos personales sobre la muerte y la vida, la finalidad y el sentido- un modelo de relación con Dios.

Nuestro legado es mucho más que nuestro valor fiscal. No se acaba el día que fallecemos. Lo hemos ido construyendo instante tras instante a lo largo de nuestra vida. Es el momento culminante del proceso de envejecimiento. Es la tarea principal de estos años. En este periodo de la vida disponemos tanto de la visión como de la sabiduría necesarias para percibir que nuestro legado será lo que nosotros queramos que sea.

Si tenemos necesidad de borrar antiguos recuerdos y de crear otros nuevos, éste es el momento de hacerlo. Si hemos vivido una vida desequilibrada, con mayor énfasis en el consumo y la acumulación que en dar, compartir y ahorrar, éstos son los años en que podemos cambiar nuestro estilo de vida, a fin de que otros puedan vivir bien. Si hemos descuidado el desarrollo del espíritu en aras de lo material, ahora tenemos tiempo para volver a pensar qué significa estar vivos, desbordar vida, amar la vida toda, estar llenos de Dios.

Si tenemos necesidad de repensar las viejas ideas que ahora tanto chocan con el mundo que nos rodea, necesidad de repensar incluso nuestra concepción de Dios, ahora es el momento de ocuparnos de los verdaderos problemas de la vida. Problemas que no tienen nada que ver con el trabajo y el dinero, el prestigio y el estatus, la superioridad y la arrogancia. Porque una cosa es segura: con independencia de que nosotros mismos pensemos o no mucho sobre ello, todo el mundo que nos conoce lo hará.

 

Robert Browning: ¡Envejeced conmigo!/ Todavía nos espera lo mejor,/ lo último de la vida, meta de lo primero:/nuestros días están en Sus manos,/ en las de Aquél que dijo: He plantado un todo;/ la juventud no muestra más que una parte;/ ¡confiad en Dios: mirad todo, no temáis!

Vendrá el crepúsculo, ese espacio intermedio entre aquí y allí, ese tiempo intermedio entre la tierra y la eternidad, cuando comenzamos a estar más allí que aquí, cuando las preocupaciones de este mundo se van desvaneciendo y empezamos a concentrar nuestra tención en otro sitio.

Lo cual no significa que este último periodo de la vida sea una época inactiva, un tiempo sin sentido. En absoluto. Lo mismo que hacíamos lo vemos con una conciencia nueva y asombrosa, Empezamos a entender cosas que nunca antes habíamos contemplado, como el sentido del tiempo, la preeminencia de la belleza, el poder de una caricia.

Luego, poco a poco, las antiguas preocupaciones se van disipando. Nada parece hoy tan importante como creíamos ayer. Ahora sabemos que todas esas cosas que en su día nos consumieron con sus exigencias, también dejarán de tenernos atrapados. Un buen día, también ellas desaparecerán en el caldero de la vida, fundiéndose en la nada.

Hubo un tiempo en que entregamos nuestra vida a tales cosas y ahora apenas podemos recordar ya qué eran. Gritamos y nos inquietamos por ellas, rompimos amistades a causa de ellas y forjamos otras nuevas por la misma razón. Entregamos nuestra vida a lo que ahora sabemos que era muy poco importante. Ahora estamos en paz.

La furia ha terminado, y la agonía ha comenzado. La vida ha hecho con nosotros todo lo que podía. Ahora todo ha terminado; solo resta el final. Tenemos cosas más importantes en qué pensar que aquéllas que nos han consumido hasta ahora. Debemos sopesar más bien cómo decir adiós a quienes se niegan a aceptar que nos vamos. Hemos de determinar cómo vivir de eta manera nueva y tranquila. Tenemos que reunir suficiente energía en nosotros para hacernos presentes, al menos una última vez, a aquellos que vienen a hacérsenos presentes.

Pero nuestra obra personal aún no está completa.

El crepúsculo, como la totalidad del tiempo que lo ha precedido, no existe en vano. Tiene tareas y cargas propias que plantearnos, sutiles regalos que ofrecernos.

El crepúsculo es tiempo para la confianza. Ahora ya nada está en nuestras manos. Hemos hecho buen uso de nuestros últimos años. Hemos vivido con toda la energía que teníamos. Y ahora debemos confiar en que el tiempo de la absoluta carencia de energía nos abre de una manera diferente a quienes nos rodean. Debemos confiar en los médicos que nos atienden y en nuestros cuidadores, debemos confiar en nuestra situación, en nuestro tránsito. Esperar que nuestros cuidadores estén recibiendo algo de nosotros, como nosotros lo recibimos de ellos.

Debemos armarnos de la paciencia que exige el dolor, requiere el respirar o nos viene impuesta por el horario de los demás. Debemos entregarnos al proceso de morir músculo a músculo, instante tras instante.

Ahora hay tiempo para una nueva clase de fortaleza, así como para la debilidad que la mina. Se requiere fortaleza para soportar bien aquello que nada podemos hacer por cambiar.

En hora de rendirnos a la aceptación. Quizá por primera vez en nuestra vida adulta, vamos a entrar en un período de absoluta dependencia. Se nos pide que aceptemos en vez de ofrecer resistencia, que acojamos en vez de preguntar, que creamos en vez de dudar.

Es hora de fundirnos con Dios. Las palabras que ahora nos vengan serán sinceras, esperanzadas. Este tiempo será la culminación del aprendizaje de todos los años anteriores. El velo que nos separaba de la eternidad comenzará a rasgarse, y comenzaremos a atravesarlo lentamente, dispuestos, abiertos, arrojados al corazón de Dios.

Ahora el Misterio está a punto de revelársenos. El tiempo se ha cumplido, ha terminado. Ahora no está sino comenzando.

 

[1] No es perspicacia, sino el bunker del alma. Como en el golf, la zona de arena, un obstáculo, una trampa en el recorrido.