Conferencia de Carmen Bernabé

 

Las comunidades de seguidores de Jesús en los orígenes del cristianismo

 

 

 

 

1.- Introducción: La importancia conocer de los orígenes

 

La  mirada a los orígenes, lejos de ser una actividad nostálgica que  se quede en un intento de conocer para repetir o para lamentarse  por la pérdida de  un pasado ideal, es una actividad cargada de futuro. Se recuerda el pasado desde los intereses, interrogante y necesidades del presente y en vistas al futuro que se quiere construir. No se mira al pasado para repetirlo mimética y acríticamente.

El estudio de los orígenes del cristianismo se hace para entender de dónde venimos y poder entendernos como comunidad de creyentes. El estudio crítico de los orígenes del cristianismo descubre la formación del cristianismo como un proceso histórico y, por tanto, contingente. Este hecho conlleva un reto por las consecuencias que se derivan de ello. Por una parte nos ayuda a conocer la identidad comunitaria, a entender la complejidad del camino, las opciones realizadas y sus razones, si hubo posibilidades que quedaron inéditas y por qué… Pero por otra, nos lleva a descubrir el condicionamiento histórico y cultural  de las formas institucionales y doctrinales que la fe cristiana fue inevitablemente adoptando, dado que la historicidad es consustancial a la misma naturaleza de la fe cristiana que confiesa la encarnación de Dios.

El estudio  crítico del proceso de formación del cristianismo evita dos peligros que se dan en la actualidad: a) pensar que el cristianismo actual y la iglesia, como los conocemos hoy, son fruto de un gran fraude. Incluso, en algunos libros de gran impacto y ventas, se llega a mezclar la ficción con la realidad histórica o se mezcla aquella con medias verdades, en un coctel explosivo; b) pretender que la Iglesia y el cristianismo responden a “decretos fundacionales” dados por el mismo Jesús quien habría dejado directrices de cómo debía organizarse  la Iglesia  o cuál debería ser su cuerpo doctrinal tras su muerte.

En lo que sigue a continuación vamos a ver ese proceso de formación del cristianismo y cómo surgieron, se relacionaron y desarrollaron aquellas primeras comunidades de seguidores de Jesús, tras su muerte y Resurrección.  Es imposible en una conferencia analizar con detalle, ni aún desarrollar el proceso en toda su complejidad, pero creo que puede ser iluminador examinar, aunque sea mínimamente, sus líneas generales.

El proceso nos mostrará la pluralidad de comunidades y la complejidad del proceso y nos ayudará a descubrir la actualidad que tienen hoy muchas de aquellas cuestiones, a preguntarnos si algunas respuestas que entonces se dieron a ciertos problemas que iban surgiendo y que marcaron la praxis posterior no deberían ser revisadas a la luz de las nuevas circunstancias.

 

 

2.- La cosa empezó en Galilea[1]….,  con Jesús y su movimiento renovador intrajudío.

 

Jesús de Nazaret aparece en Galilea a comienzos del s.I, proclamando que el reinado de Dios estaba llegando. En torno suyo  se forma  un movimiento de gente que encuentra en sus palabras lo que estaban anhelando; algunos de ellos y ellas van a formar un círculo más estrecho que le acompañará en sus desplazamientos por la región.

El mensaje de la llegada del reinado de Dios que proclamaba Jesús suponía un cambio de perspectiva (metanoia) y una revolución de valores. Pero Jesús pretendía la conversión de Israel, su renovación en vistas a la llegada inminente del reinado de Dios. Ni se dirigió a los gentiles ni pretendió fundar una religión diferente ni una Iglesia. Pero puso en marcha un movimiento que dio lugar a algo nuevo, el cristianismo. Aunque eso ya fue fruto de las circunstancias, de las decisiones comunitarias y del Espíritu (“El Espíritu Santo y nosotros, hemos decidido…”,  Hch 15,28-29).

 

 

3.-  Pluralidad desde los orígenes. [Galilea, Jerusalén (hebreos y helenistas), Antioquía, proyecto paulino]

 

El libro de Hch y su forma de contar los orígenes de la historia cristiana ha marcado de forma decisiva  la imagen que comúnmente se tiene de los inicios de la Iglesia, debido a la lectura literalista y acrítica que ha hecho de los textos.  La idea más común es que, tras Pentecostés,  los Doce apóstoles comenzaron a predicar, que se les unieron muchas personas y que la vida comunitaria de aquellos primeros cristianos fue un remanso de paz y de comunión: “Todos los creyentes vivían unidos y tenían todo en común, vendían sus posesiones y sus bienes y repartían  el precio entre todos, según su necesidad” (Hch 2,44-45)[2].  Sin embargo, las cosas fueron  mucho más complejas y más difíciles, como se puede apreciar al leer detenida y críticamente el mismo libro de los Hechos de los apóstoles,  las cartas de Pablo y las tradiciones pre-evangélicas.

En aquellos primeros momentos, tras la muerte de Jesús y la experiencia pascual,  se formaron diversos grupos entre sus seguidores y quienes que se les unieron (algunos de estos últimos podían haber escuchado predicar  a Jesús en alguna ocasión, otros escucharon el anuncio de sus discípulos); grupos diversos según el lugar, la procedencia de sus miembros y la forma en que releían y actualizaban las tradiciones de Jesús.

Aunque el libro de Hechos  solo los mencione de pasada, había grupos de seguidores en Galilea (“Por aquel entonces las iglesias gozaban de paz en toda Judea, Galilea y Samaría…., Hch 9,31).

Estos grupos procedían de aquel movimiento de gente que había oído la predicación de Jesús en Galilea, le había seguido y se había unido a Jesús de forma más o menos estrecha. Algunos siguieron con su estilo itinerante y su mensaje de conversión ante la llegada inminente del reinado de Dios (ahora identificada con la Parusía = la vuelta del mismo Jesús glorificado). Otros de aquellos seguidores formaron grupos de más estables que siguieron con la enseñanza de Jesús en sus lugares de residencia.  Releyeron sus tradiciones desde las situaciones y problemas que se les fueron planteando en la vida en las aldeas.

Con probabilidad, aquellos itinerantes de Galilea (que se detectan en los que se llama la fuente Q) llevaron el mensaje de Jesús a las regiones vecinas del Norte y del Este.

En Jerusalén también había grupos de seguidores de Jesús. El libro de Hechos se centra en ellos en sus primeros 14 capítulos.  Estos grupos tenían grandes diferencias debido al  contexto cultural de procedencia y a la forma en que asumieron y desarrollaron las tradiciones de/sobre Jesús (es decir, la relectura y actualización de las mismas que habían hecho desde su mentalidad y situación). Aún no hablamos de cristianos porque seguían siendo judíos. El cristianismo como sistema religioso diferente e independiente del judaísmo (con ritos, prácticas y doctrinas propias) aún tardaría en llegar (mediados/finales del s.II)

Por una parte estaban los seguidores de Jesús de habla hebrea (eran judíos mesiánicos porque creían y proclamaban que Jesús era el mesías esperado, aunque lo fuera de forma diferente a la esperada). Son aquellos que van a tener como figura principal, primero a Pedro y luego a Santiago, el hermano del Señor. Aceptaban la validez del Templo, de la Ley y sus prescripciones rituales de separación (Shabat, comidas, separación de los gentiles..). Como Jesús no había dado normas ni se había dirigido a los gentiles, la relectura que hacían estos grupos, donde entraron tras su conversión, fariseos y esenios, era muy pegada a la letra y poco consecuente con el espíritu de la proclamación y vida de Jesús.

Por otra parte, estaban aquellos judíos procedentes de la Diáspora, que hablaban griego, y  que llegaron a la fe en Jesús. En el libro de Hechos se les llama los Helenistas (Hch 6,1). Puesto que hablaban griego acudían a sinagogas diferentes, pero también  como seguidores de Jesús tenían lugares de reunión diferentes, como se deduce de Hch 12,12-17 (donde se dice que Pedro, al ser liberado “milagrosamente” de la prisión, va a casa de María, la madre de Juan, por sobrenombre Marcos. Pero esa casa donde estaban reunidos en oración no era el lugar donde se reunían Santiago y otros hermanos) e incluso una organización propia que Hch 6,1-6  presenta como una concesión, aunque era una estructura diversa y propia. Ellos tenían diáconos mientras los seguidores de Jesús de habla hebrea se van a organizar al estilo de las sinagogas, con presbíteros, además de los apóstoles (Hch 15,4-7).

Los judíos que habían vivido en las Diáspora habían aprendido a  “espiritualizar” o interiorizar su fe judía pues habían vivido físicamente lejos del Templo físico y las leyes de la Torá no regían las ciudades donde habitaban.  Cuando entraron en el movimiento y  el seguimiento de Jesús, esto les ayudó a elaborar una teología en la que Jesús ocupaba el lugar del Templo y su muerte y resurrección eran vistas como relativización de la Ley. Esta relectura de la tradición de Jesús  afectaba a la comprensión de dos elementos fundamentales del Judaísmo, lo que  les trajo problemas y persecuciones por parte de las autoridades religiosas. Tras la lapidación de Esteban, un líder helenista (en su discurso Hch 6 se puede adivinar los temas a los que hemos aludido y que estaban detrás de ese linchamiento), Hch 8,1b dice: Aquel día se desató una gran persecución contra la Iglesia en Jerusalén. Todos a excepción de los apóstoles, se dispersaron pro las ciudades de Judea y Samaría. El “todos” es una exageración porque los discípulos de habla hebrea no fueron perseguidos. Incluso algunos helenistas quedaron en Jerusalén; pero los helenistas,  en esta salida forzada, van a constituir un elemento misionero muy importante para el desarrollo del movimiento de Jesús.

En su salida hacia el norte, los helenistas fueron estableciendo comunidades en diversos lugares de la costa de Judea y en Samaría; pero sobre todo,  son importantes porque  llegaron hasta Antioquía de Siria, que tenía una gran comunidad judía, y formaron allí un centro de creyentes en Cristo muy importante y decisivo para la conformación del cristianismo. Allí fue donde por primera vez se llamó cristianos a los seguidores de Jesús, creyentes en Cristo.

Pero en estos primeros momentos, aún surgió otro tipo de comunidades diferentes: las que fundó Pablo cuando dejó Antioquía  por discrepancias con la línea teológica que llegaría a ser predominante entre los seguidores de Jesús de aquella ciudad.

Allí, en contacto con gentiles que se acercaban al judaísmo (atraídos por su moral y monoteísmo, pero retraídos por sus leyes de separación) habían decidido aceptar a la fe en Jesús y en la comunidad a gentiles sin pedirles que primero se hicieran judíos (circuncisión y cumplimiento de la Ley). Este hecho tan novedoso y atrevido no fue bien visto por  la parte “hebrea” de los seguidores de Jesús en Jerusalén (y probablemente  también suscitó las críticas de las autoridades religiosas judías –no olvidemos que los seguidores de Jesús seguían siendo judíos). Comer o no con los gentiles se convirtió en un problema  y para Pablo en un símbolo de la novedad definitiva que suponía la cruz de Cristo.

Pablo había tenido una experiencia religiosa fuerte que le había llevado a la convicción de que la muerte y resurrección de Jesús había hecho innecesaria (incluso inválida) la Ley. Por eso, consideró una traición a esta novedad la solución de compromiso a la que se llegó en Antioquía por imposición de ciertos sectores de la Iglesia de Jerusalén (con Santiago a la cabeza). Abandonó Antioquía, cambio de compañeros y comenzó una misión propia dirigida a los gentiles.

Mientras Pedro quedaba en Antioquía como representante de aquellas comunidades helenistas que aceptaron una situación de síntesis entre elementos judíos y paganos, Pablo se dirigió hacia las ciudades del Oeste y a los gentiles que fueron el elemento mayoritario en las nuevas comunidades.

Estas nuevas comunidades que formó Pablo eran muy plurales, dinámicas, inclusivas, con fuertes lazos entre sí que Pablo fomentaba con sus cartas y con el lenguaje utilizado en ellas; se reunían en casas, en las “tabernae”, en los talleres o en locales alquilados.  Los modelos organizativos estaban tomados de la sociedad civil del momento: a veces de la casa-familia, de las asociaciones voluntarias o  de la misma ciudad[3]. En esa organización eran muy importantes los carismas que estaban detrás de los ministerios o servicios a la comunidad. Eran muy diversos

Para Pablo, tanto los carismas, como los ministerios o las actividades, son tres formas de referirse retóricamente al mismo efecto del único Espíritu. Él habla de una pluralidad de dones o carismas que en lenguaje paulino significan “servicios” (1 Cor 12,8-10; Rm 12,6-8). Algunos de estos dones o servicios se refieren a necesidades estructurales de la comunidad: dirigir, enseñar, discernir (1Cor 12,10; Rm 12,8); mientras otros se refieren a necesidades más coyunturales: misericordia, exhortación, curaciones… (Rm 12,8; 1Cor 12,9). Pero todos estaban dirigidos al bien y a la construcción de la comunidad

Hay diversidad de dones (carismas) pero el Espíritu es el mismo. Hay diversidad de ministerios, pero el Señor es el mismo. Hay diversidad de actividades, pero uno mismo es Dios que activa todas las cosas en todos. A cada cual se le concede la manifestación del Espíritu para bien de todos. Porque a uno, el Espíritu le capacita para hablar con sabiduría, mientras a otro el mismo Espíritu le otorga un profundo conocimiento-to….Todo esto lo hace el mismo y único Espíritu que reparte a cada uno sus dones como él quiere” (1 Cor 12,1-7).

En las comunidades paulinas y en este tipo de organización comunitaria, las mujeres parecen haber tenido un papel importante  pues las reuniones comunitarias tenían lugar en el ámbito doméstico que era aquel donde las mujeres desarrollaban sus roles de organización, cuidado, etc.,  aunque la casa-familia tuviera también una clara dimensión política. Además, el don del espíritu era menos controlable y no conocía sexos ni géneros. Pablo nunca prohíbe a las mujeres profetizar en el culto (una función muy importante); solo le dice que lo hagan cubiertas (para evitar la imagen de las bacantes paganas).

En todas estas comunidades las experiencias del Resucitado y las de su Espíritu (experiencias carismáticas), fueron diversas y muy importantes en su actividad de recuerdo y relectura la vida y enseñanza de Jesús que guiaba su vida y sus creencias.

 

 

4.- Nuevas situaciones, nuevos problemas, diferentes formas comunitarias de responder

 

El año 70 marcó una antes y un después en la formación de lo que llegaría a ser el cristianismo y también en las diferentes comunidades.

La I Guerra judía, con la destrucción del Templo, y la muerte de los primeros testigos directos, cambió la situación e hizo surgir nuevos problemas que los seguidores de Jesús tuvieron que afrontar. Lo hicieron de formas diversas según las preocupaciones de cada comunidad y el desarrollo de las tradiciones de Jesús que habían hecho. Existían ideas diversas de lo que suponía seguir a Jesús y vivir de acuerdo a ello.

Hay una necesidad de hacer memoria de Jesús: 1) ante la crisis de identidad judía que supuso la I Guerra judía y la destrucción del templo; 2) ante la muerte de los primeros testigos directos y discípulos de Jesús. Se redactan los evangelios para recoger y releer desde su vida las tradiciones que de él corrían por las comunidades (su vida, sus opciones y actitudes se convierten en lugar hermenéutico, en referencia para interpretar su enseñanza, su pasión….).

Esta segunda generación presenta un tipo de comunidades que son el resultado del desarrollo de las de la etapa anterior. Algunas perdieron importancia (la comunidad de habla hebrea de Jerusalén, por ejemplo), otras la ganaron, pero en todo caso la pluralidad siguió siendo  una característica fundamental de este momento en el que intentan estabilizar lo que habían creado. Theissen enumera cuatro tradiciones que agruparían las distintas comunidades: el judeocristianismo; el pagano-cristianismo; tradiciones de síntesis; la tradición joánica.

El judeocristianismo agrupaba a comunidades que seguían aún vinculadas al judaísmo y sus instituciones (Templo, Lay, Tierra). Un ejemplo es la comunidad a la que se dirige la carta de Santiago. Sin embargo, el intento de síntesis entre Ley y acontecimiento Cristo (como se ve en la Carta Santiago[4]), va a ser cada vez más difícil. La separación respecto al Judaísmo se agrandó cunado los rabinos fueron estableciendo los límites y las formas de la identidad judía. Acabarán siendo un grupo no reconocido ni por judíos ni por cristianos. Hubo algunos grupos de estos el desierto de Arabia hasta el s.Vi-VII (Mahoma los conoce)

El pagano-cristianismo: comunidades herederas de aquellas que surgieron como proyectos abiertos a los gentiles sin restricción e independientes del judaísmo. Es sobre todo la tradición paulina.

En este momento de la segunda generación aparecen algunos escritos que reivindican el nombre y la autoridad de Pablo para dirigirse a comunidades herederas de su tradición e inculcar ciertas actitudes y comportamientos. La memoria de Pablo da autoridad y legitima ciertos desarrollos que no se encuentran en sus cartas.

Estos escritos (2Te; Ef; Col) hacen frente al retraso de la Parusía e inculcan otras actitudes diferentes a aquellas que había propuesto Pablo. Ahora, más que resistir la hostilidad, se les aconseja que integrarse en la sociedad, hacerse respetar y mirar por la buena fama de la comunidad ante los vecinos y los que observan (códigos domésticos de Col y Ef,  que recogen la tradición del gobierno de la casa, aunque, en alguna medida, la adaptan y transforman).

Tradiciones de síntesis: comunidades situadas en medio de las anteriores y con pretensiones de hacer su síntesis. Entre el paganismo y el judaísmo más estricto.

La tradición joánica: nacida de los grupos helenistas salidos de Jerusalén, había tenido su propia trayectoria en la que había ido añadiendo elementos diversos: samaritanos, gentiles…

Dos comunidades que son difíciles de encuadrar en este esquema, pero que son importantes entre los tipos comunitarios de segunda generación (en sus postrimerías) son: la comunidad que está detrás de la Didajé y las que están detrás del Apocalipsis.

El Apocalipsis, se dirige a una comunidad de origen judío (al menos debe conocer las tradiciones y las escrituras) a quien propone resistir al Imperio y al culto imperial hasta la muerte.

 

4.2.- Fin de la segunda y comienzos de la tercera generación. Estableciendo los criterios de pertenencia e identidad.

Se enfrentan a una situación novedosa e importante: mueren los discípulos de aquellos primeros discípulos y testigos.

Se plantea el problema de la autoridad. ¿Quién tenía autoridad para decir que relecturas eran adecuadas o se alejaban de la intención original, cómo se podía trasmitir esa autoridad, en qué se debía fundamentar esa autoridad y su trasmisión? ¿Qué papel tiene el espíritu?, ¿cómo se discierne el verdadero espíritu de los falsos, pues hay posiciones contrarias que apelan al mismo espíritu (véase la carta 1Jn donde aparece este problema)

 

Comienzo el problema de la rivalidad entre la autoridad local, que llevaba el “día a día”  de las comunidades, y los carismáticos ambulantes, que pasaban de vez en cuando. ¿A quién dar prioridad? ¿Cómo discernir los falsos profetas y los falsos apóstoles? Es muy ilustrativo de este problema la Didajé donde se dan normas para discernir a los auténticos profetas de los “gorrones”. La carta 3 Juan muestra también el problema de la rivalidad entre autoridad local y carismática ambulante.

 

 

5.- La tercera y cuarta generación: Hasta dónde y cómo puede seguir creciendo la pluralidad. Inicio de la institucionalización.

 

Se entra en diálogo con la cultura y el pensamiento del momento, del que toman préstamos, a veces peligrosos. Por ejemplo los códigos domésticos que afectan al papel de las mujeres (mujeres sed sumisas….)

Se desarrollan diversas corrientes teológicas y eclesiales, a veces muy divergentes, que obligan  a establecer criterios de pertenencia: ministerios eclesiales, definir comportamientos éticos, establecer mecanismos sacramentales

Peligros y amenazas (desintegración, pérdida de identidad….).

El canon como medida para defender la pluralidad y la identidad. La Unidad no es uniformidad.

En la cuarta generación, se consolidan los criterios de pertenencia y su aplicación:

Roles comunitarios o ministerios: comienza a hacerse común la triada: obispo, presbítero, diácono que no era hasta entonces general en todas las iglesias que tenían organizaciones diversas.

Rituales que vertebrarán al vida personal y comunitaria (sacramentos);

Creencias (canon de escritos autoritativos, tradición-sucesión, credos),

Se van estableciendo ciertos comportamientos éticos

 

 

6.- Algunas conclusiones con relevancia actual

 

– Historicidad en formas organizativas y enunciados doctrinales. La consideración del proceso de conformación del cristianismo lleva a considerar de forma seria que el peso de la historia y la cultura en sus formas organizativas e incluso en los enunciados doctrinales que surgen en un momento histórico y cultural con uno esquemas y filosofías concretos. Esto no es relativismo, es tomarse en serio la encarnación y el proceso de formación del cristianismo que supuso confianza en la presencia del resucitado en su comunidad por medio del Espíritu y discernimiento.

Esto da un mayor protagonismo y responsabilidad a la comunidad de cada época que ha de seguir escuchando y discerniendo.

– Pluralidad en la unidad de fondo. Unidad no significa uniformidad.

De hecho, el mismo canon, aunque a veces s epoda pensar lo contrario, preservó la pluralidad.

 

– Necesidad de discernimiento de los signos de los tiempos

“El Espíritu santo y nosotros hemos decidido….”

 

Escribe Eusebio de Cesarea en su Historia eclesiástica, a finales del s.IV:

Hasta aquellas fechas la Iglesia permanecía virgen, pura e incorrupta como si hasta aquel momento los que se proponían corromper la sana regla de la predicación del Salvador, si es que los había, se ocultaran en tiniebla oscura. Pero cuando el coro sagrado de los apóstoles alcanzó el final de sus vidas y hubo desaparecido aquella generación de los que fueron dignos de escuchar con sus propios oídos a la divina Sabiduría, entonces tuvo lugar la confabulación del error impío por medio del engaño de maestros de falsa doctrina, los cuales, al no quedar ya ningún apóstol, en adelante, a cabeza descubierta ya, intentarían oponer a la predicación de la verdad la predicación de la falsamente llamada gnosis” (HE III, 32,7-8).

[1] La expresión pertenece al libro de María y José Ignacio López Vigil, Un tal Jesús, que tomaba la idea  de uno de los discursos que Hechos de los Apóstoles  pone en boca de Pedro (10,37).

[2] Un ejemplo gráfico de esta  mala lectura de las fuentes  es la imagen pictórica de Pentecostés, repetido por tantos artistas. En ella se muestra al grupo de los Doce y a María, la madre de Jesús, recibiendo las lenguas de fuego. Ahora bien,  esta imagen deja en la sombra otras figuras decisivas en los orígenes de la Iglesia (incluidas las mujeres discípulas, Hch 1,14).

[3] El término ekklesía es un término cívico: significa la asamblea de varones libres que se reunían para decidir los asuntos comunes.  En el caso de las comunidades de creyentes en Cristo, la ekklesía estaba formada por varones y mujeres, por libres y esclavos, por jóvenes y ancianos.

[4] Otras obras de esta corriente: Evangelio de los Ebionitas, Evangelio de los Hebreros