EXPOSICIÓN

¿El primer Belén?


Decir que Francisco de Asís fue el “inventor” del Belén, sería dejar en nada al original, a esa insólita escena que cuenta el evangelio de Lucas. Esa primera situación inconcebible, la máxima cercanía del misterio: Dios con nosotros.

Lo que mucho después hizo Francisco fue revivirlo, ponerlo en la escena real de su vida. Lo que era palabra y símbolo, el pobrecillo de Asís lo hizo carne, vida cotidiana. Porque esto es lo que tenemos que entender de aquel primer belén franciscano para traerlo a los nuestros de hoy: Francisco no hizo tan solo una representación, un teatrillo de títeres o de cartón piedra.

Sucedió en la Navidad de 1223. Francisco aceptó la invitación del señor de Greccio, aldea situada en una montaña de piedras para retirarse allí a hacer oración. Él quiso celebrar la Natividad en medio de las grutas, en lo más alto del escarpado monte. Pidió a su amigo reconstruir el pesebre de Belén, como le inspiraba su imaginación poética. “Quiero recordar al niño que ha nacido en Belén y ver con mis propios ojos las dificultades de su infancia pobre, cómo descansaba en el pesebre y cómo, entre el buey y el asno, fue acostado en el heno”. Esos detalles no son del evangelio, sino de las leyendas piadosas navideñas.

En la noche de Navidad, hombre y mujeres de los alrededores de Greccio escalaron la montaña con tantos cirios y antorchas que la noche se iluminó por completo. Cantaban, el bosque llevaba sus voces y los roquedos en sus ecos las hacía oír lejos. Se celebró la misa. Francisco estaba cerca del pesebre, cantaba el Evangelio, rezaba con su voz vehemente, su dulce voz, su voz clara, su voz sonora. Anunciaba las recompensas eternas. Un hombre entre el gentío tuvo una visión, de pronto vio al niño acostado en el pesebre y a Francisco inclinarse hacia él para despertarlo.

La gruta de Greccio aquella noche fue Belén. No recordó tan solo el pasado, sino que lo puso en pie, lo hizo nuevo. En una época en que se mostraba poca atención hacia la infancia, Francisco acentuó la valoración del niño, como alguien desvalido y necesitado de nuestra protección, difundiendo el culto al Niño Jesús. En un tiempo que marcaba las diferencias entre grupos sociales, él igualó a todos en torno al ser más indefenso. Él quería una orden de hermanos, distinta a los monjes y canónigos de su tiempo, aspiraba también a realzar los valores de la familia humana, capaz de proteger a los débiles, con ese Niño en su centro. El cantor de todas las formas de vida protegió la vida de los animales, situándolos tan cerca de la cuna.

El belén de Francisco era la recreación de un mundo diferente: Dios más a nuestro alcance, que nos pide el cuidado de lo más débil, la cercanía más entrañable a la gran familia de la vida que nos incluye a todos. Quería: ver con mis propios ojos las dificultades de su infancia pobre… Por tanto, nos invita a repasar, también nosotros, con ojos de hoy, toda la belleza y la dificultad que es siempre vivir. Y cómo ese Dios que renace permanentemente puede ayudarnos en esa tarea.


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