SOLIDARIDAD: Grupo S. Antonio

Tema de diálogo:

Infiel – Ayaan Hirsi Ali

Recuérdalo siempre -me advierte mi abuela, agitando una vara delante de mí-. Los apellidos te harán fuerte. Son tu linaje. Si los honras, te mantendrán viva. Si los deshonras, te abandonarán. No serás nada. Llevarás una ida miserable y morirás sola. Dilo otra vez.

 

(Mogadiscio). Los adultos jamás daban explicaciones. Para ellos, los niños eran como animalillos, criaturas que había que arrastrar y empujar a golpes hasta la edad adulta antes de que merecieran ser informados y consultados.

 

El primer día de clase, mi maestra me atizó en la cabeza por no querer abrir la boca para cantar las canciones. Estaba traicionando tanto a mi padre como a mi madre.

 

Arráncale los ojos. Muérdele -me decía Sanyar entre dientes-. Venga, cobarde, defiende tu honor.

No quiero que nunca más dejes que otro niño te pegue o te haga llorar. Lucha. Si no luchas por tu honor, eres una esclava.

 

Cuando el avión ascendió, mi madre nos miró [Estaban revolviendo los hermanos en el viaje]. “Haz que este avión se estrelle, Alá -exclamó-. Llévatelos. No quiero esta vida. ¡Haz que muramos todos!

Mi madre consideraba el castigo físico como una parte razonable y necesaria de la educación de un niño.

 

En la Gran Mezquita, las personas se mostraban paciente y solidarias las unas con las otras.

Sin embargo, en cuanto salimos de la mezquita, nos enfrentamos a la realidad de Arabia Saudí: calor, mugre y crueldad. Decapitaban a los condenados en la plaza pública.

Algunas saudíes eran golpeadas regularmente por sus maridos.

En Arabia Saudí todo lo malo era culpa de los judíos.

Si ya de por sí era malo que una mujer estuviera sola en la calle, además, ella era extranjera, y por más señas negra, lo que significaba que apenas era humana.

 

Para mi madre, apenas eran humanos; nos contó que los keniatas eran sucios y que nos contagiarían horribles enfermedades.

Mi abuela aguzaba el olfato y apartaba la vista asqueada, diciendo que alguien estaba en celo -decía que los keniatas apestaban. Durante los diez años que vivieron en Kenia, ambas trataron a los keniatas exactamente del mismo que los saudíes nos habían tratado a nosotros.

 

Mi madre era tiránica, irracional, y nos echaba en cara, a voz en grito, una vida llena de frustraciones. Yo sabía que no era por odio a nosotros, sino porque se sentía infeliz, y me daba pena. Nuestra madre había sido abandonada en un país extranjero que ella maldecía, con tres hijos que criar y ningún hombre que le sirviera de anclaje.

 

[En el instituto de chicas musulmanas] Más de la mitad de mis compañeras de clase procedían de la península Arábiga y del sur de Asia. Entre esas niñas, también, parecía que cada grupo étnico era distinto, y las diferencias radicaban en el linaje de clase y tribu.

Cualquier chica árabe se consideraba superior a todas las demás: había nacido más cerca del profeta Mahoma.

 

[Después que le golpeara un imán] Durante la estancia en el hospital sentí por primera vez que mi madre, de verdad, me amaba, desde lo más profundo de su corazón, y que todos los malos tratos no estaban realmente dirigidos contra mí, sino contra el mundo, que se había llevado la vida a la que ella tenía derecho.

 

[La hermana Asisa] El objetivo de la oración es la conciencia -la conciencia permanente de la presencia de Dios- y una sumisión interior a la voluntad de Dios que impregna cada pensamiento y cada acto, todos los días.

[Al cubrirse con el gran manto negro] Todo eso me causaba una profunda emoción, una sensación sensual. Me hacía sentir poderosa: es pantalla escondía una feminidad insospechada, pero potencialmente letal. Emitía un mensaje de superioridad: yo era la única verdadera musulmana.

Cuando llegaba a la escuela, me sacaba el velo y lo dejaba doblado en mi pupitre. Después, al terminar las clases, lo desplegaba modestamente y me lo ponía, y de pronto me volvía interesante, misteriosa, poderosa.

 

En aquella época, los cristianos carismáticos no eran menos agresivos que los musulmanes fundamentalistas. El país estaba empezando a fragmentarse. Quizá la gente buscara certezas. En todas partes pululaban predicadores de sectas diferentes.

El Estado keniata se desmoronaba desde dentro, aplastado por el latrocinio y el nepotismo de sus mandatarios.

De hecho, algo semejante sucedía en toda África y en el conjunto del mundo islámico. Cuando más corrupto y poco de fiar fuera el aparato gubernamental, cuanto más perseguía a su pueblo, tanto más la gente volvía la mirada hacia su tribu, sus tradiciones, su iglesia o su mezquita, y hacía piña entre sus iguales.

Estaba surgiendo un nuevo islam. Muchos más profundo, claro y fuerte -más cercano al origen de la religión- que el islam en que creía mi abuela, con sus espíritus ancestrales y sus genios. No era como el islam de las mezquitas, donde los imanes solían recitar de memoria viejos sermones escritos por estudiosos fallecidos hacía mucho tiempo, en un árabe que apenas nadie alcanzaba a entender. No se basaba en una aceptación pasiva y casi siempre ignorante de las reglas: Insh´Allah, Dios lo quiere. Se trataba de estudiar el Corán, aprender de él, llegar al fondo de la naturaleza del mensaje del profeta. Era una enorme secta respaldada masivamente por la riqueza petrolera de Arabia Saudí y la propaganda martirial iraní. Era combativa y, además, crecía. Y yo empecé a convertirme en parte de ella.

 

Algo en mi interior siempre se había resistido a seguir los valores morales que subyacían en los sermones de la hermana Asisa: una diminuta chispa de independencia. Tal era una respuesta al abismo que mediaba entre el comportamiento estricto que exigen las Sagradas Escrituras y las realidades de la vida cotidiana, con sus giros y recodos.

Cuando el ma´alim nos decía que el testimonio de una mujer equivale a la mitad del de un hombre, yo pensaba: ¿por qué?…

Leer novelas que me excitaban era transigir con lo único que una musulmana no debe permitirse nunca: tener deseo sexual fuera del matrimonio.

 

En el islam, convertirse en individuo no es un proceso necesario; muchas personas, sobre todo mujeres, jamás desarrollan una clara voluntad individual. Te sometes; éste es el significado literal de la palabra islam: sumisión. El objetivo es que en tu interior todo se quede quieto, de modo que nunca levantes los ojos, ni siquiera en tu mente.

Creo que lo que más me ayudó a salvarme de la sumisión fueron las novelas.

 

[Tenía 17 años] Necesitaba ir al fondo de aquello en lo que creía. Las otras chicas se contentaban con aceptar los preceptos de nuestra religión sin discutirlos, pero yo me veía impulsada a comprenderlos. Necesitaba que mi fe fuera un sistema lógico y coherente; en el fondo, necesitaba convencerme de que el islam era verdad.

El fallo no podía estar en el Corán, porque era la palabra de Dios. Tenía que estar en el estúpido ma´alim y en toda su cohorte de ineptos con los que yo había tenido lámala suerte de tratar. Me dije a mí misma: Ninguno de estos hombres entiende que el verdadero Corán trata de la igualdad genuina. El Corán está por encima de ellos y es mejor.

La hermana Alisa me dijo que no estaba permitido imaginar ni por asomo que quizás las palabras del Corán pudieran adaptarse a una era moderna. El Corán había sido escrito por mano divina, no por mano humana. Me explicó: El Corán es la palabra de Alá y está prohibido refutarla.

 

[La actividad del imán Boqol Som] Las mujeres se convertían al verdadero Islam… Cuando los hombres las acusaban de desobediencia, ellas replicaban que, en la jerarquía de la sumisión, debemos seguir a Alá incluso antes que al marido y al padre: Alá y el profeta había decretado que las esposas solo deberían obedecer a los maridos que, a su vez, obedecían a Alá.

El movimiento había sido fundado en la década de 1920, en Egipto, con el fin de revitalizar el islam, luego se puso de moda y se expandió, primero lentamente, pero luego, en la década de 1970, lo hizo a un ritmo mucho más rápido, gracias a la afluencia de los fondos que aportaban los saudíes, que se había vuelto inmensamente ricos.

 

[Debates islámicos semanales entre estudiantes] No pertenecíamos a la vieja escuela pasiva, para la que el islam consistía en unas cuantas reglas y rituales más o menos devotamente observados y que mezclaba su Corán con costumbres tribales y creencias mágicas en amuletos y espíritus. Éramos la fuerza de choque de Dios. Eran pequeños grupos de auténticos creyentes, como creíamos ser nosotros. Éste era el Verdadero Islam, la vuelta a la pureza del profeta. Nuestro objetivo era un gobierno islámico a escala mundial para todos los seres humanos.

 

[De nuevo en Somalia] Me gustaba el sentido de pertenencia a un lugar. Esa era la virtud del linaje: la sensación evidente de no tener que justificar la propia existencia ni de dar explicaciones de nada.

Pero no estaba preparada para las restricciones y el precio que tenía que pagar por ese sentido de pertenencia. Todos metían las narices en los asuntos de los demás. La absoluta falta de intimidad, de un espacio propio, y el control social eran asfixiantes.

La religión solo me proporcionaba una sensación de paz porque aseguraba una vida después de la muerte. Era bastante fácil seguir la mayoría de las reglas… Pero me di cuenta de que no podía acatar las reglas más profundas del islam, la que controlan la sexualidad y la mente.

En Somalia tener un pie en la administración significaba tener a un familiar en un lugar en que se distribuía el dinero de los impuestos y las comisiones.

Las organizaciones creadas por simpatizantes de la Hermandad no eran corruptas.

El movimiento no solo era de carácter religioso. Sus miembros eran trabajadores e inteligentes. Es probable que recibieran dinero de Arabia Saudí, pero también llevaban numerosos negocios prósperos, especialmente en el sector del transporte y las transferencias monetarias, que aportaban cuantiosas sumas a las arcas de la Hermandad.

 

[El campamento de refugiados somalíes en Kenia] Era horrible. En el campamento todo el mundo se proclamaba musulmán, y en cambio nadie ayudaba a esas mujeres en nombre de Alá. Todos rezaban, incluso aquella mujer en su refugio había rezado, pero nadie mostraba compasión.

 

[En Holanda] A Yasmin no le gustaba Holanda. Ser buena persona para un somalí es darle lo que pide. Así que si alguien e dice amablemente que no, por mucho que te explique por qué no puede hacer alguna cosa, para Yasmín y las demás esa persona era arrogante o racista.

 

Ahora tenía el estatuto de refugiada. Tenía derechos. Nadie podía obligarme a ir a ningún lugar al que yo no quisiera ir. Ese papel de color rosa aceptando mi solicitud lo había cambiado todo.

 

[Su carta, después de la reunión con los representantes de su clan, que aceptan que no quiera ir con su marido, devuelta por su padre, donde escribe] Querida zorra engañosa. Tú no me necesitas y yo no te necesito. Acabo de rogar a Alá que te deshonre como tú me has deshonrado a mí. ¡Amén! ¡Vete al infierno! Y que el diablo te acompañe.

[Cuando habla por teléfono con su madre, ésta le dice] Has cometido un error terrible, pero siempre serás hija mía.

 

El motivo de que nos mutilaran no reside en el islam: no todas las mujeres musulmanas sufren ablación. Pero en Somalia y los países musulmanes está claro que la cultura islámica de la virginidad favorece esta práctica.

 

Johana nos enseñó mucho más que el idioma. Nos enseñó a vivir en Occidente. Cómo ahorrar… Cómo manejarse en sociedad…

 

Si le dices a un holandés que algo es racista, te dará lo que desees, me dijo, una vez, con satisfacción.

 

A veces me sentía a gusto entre somalíes, relajándome entre personas a las que podía entender sin esfuerzo. Adaptarme a los holandeses me costaba horrores.

 

La compasión con los inmigrantes y sus cuitas en un nuevo país, sin embargo, dio pie a actitudes y políticas que conducían a la crueldad y perpetuaban esa crueldad. En Holanda se abusaba sistemáticamente de miles de mujeres y niños musulmanes y no había forma de pasar por alto este hecho.

Y mientras los holandeses donaban con generosidad dinero a organizaciones de ayuda internacional, también hacían caso omiso del sufrimiento silenciosos de las mujeres y niños musulmanes en su patio trasero.

Se preservaba la cultura de los inmigrantes a expensas de sus mujeres y niños y en detrimento de la integración de los inmigrantes den Holanda.

No ignoraba las desventajas de esas libertades. Sentía la soledad y a veces incluso el vacío de nuestras vidas. En ocasiones me parecía agotador tener que discernirlo todo por mí misma, en lugar de confiar en las orientaciones claras y cómodas de la doctrina y en reglas detalladas.

 

[Con estudiantes holandeses] Otro aspecto que me fascinaba de esos chicos y chicas: todo giraba en torno a sí mismos. Lo importante era lo que les gustaba, la expresión del propio estilo, el concederse cosas que pensaban que se merecían. Había toda una cultura del yo que nunca había conocido en África. En mi infancia, el yo no importaba. Uno pretendía ser obediente, bueno y piadoso para que los otros lo aprobaran; uno nunca trataba de realizarse como persona. Aquí la gente buscaba su propio placer, simplemente porque le apetecía.

 

Analistas estúpidos hasta la exageración -en particular los que se autodenominaban arabistas, aunque desconocían la realidad del mundo islámico- escribían numerosos comentarios.

Se teorizaba cándidamente sobre cómo la pobreza empujaba a la gente en brazos del terrorismo.

Pero África es el continente más pobre, como yo sabía, y la pobreza no es el origen del terrorismo; los pobres de solemnidad no pueden mirar más allá de su próxima comida y los intelectuales están enojados con sus gobiernos y huyen a Occidente.

Tampoco me creía eso de que habría más 11 de septiembre si no se resolvía el conflicto Israel-Palestina. Si los secuestradores hubieran sido diecinueve palestinos, es posible que ese argumento hubiera cobrado peso, pero no lo eran. Ninguno de ellos era pobre. Ninguno de ellos dejó una carta afirmando que habría más atentados hasta que Palestina fuera liberada. Era una cuestión de fe, en mi opinión. Nada de frustración, pobreza, colonialismo o Israel: era una cuestión de fe religiosa, un billete de ida al cielo.

 

Me descubrí pensando que el Corán no es un libro sagrado. Es un documento histórico escrito por seres humanos. Es una versión de los acontecimientos, la que percibieron los hombres que lo escribieron 150 años después de la muerte del profeta Mahoma. Es una versión muy tribal y árabe de los hechos. Pregona una cultura brutal, fanatizada, obsesionada por controlar a las mujeres y ávida de guerra.

El profeta nos enseñó muchas cosas buenas. A mí me parecía espiritualmente atractivo creer en el más allá. Mi vida se enriquecía con las instrucciones del Corán de mostrar compasión y caridad con los demás. Hubo épocas en que yo, como muchos otros musulmanes, considerábamos demasiado complicado plantearnos la cuestión de la guerra contra los infieles. La mayoría de los musulmanes jamás profundizamos en la teología y rara vez leemos el Corán; nos lo enseñan en árabe, una lengua que la mayoría de musulmanes no habla. Por eso, casi todo el mundo piensa que el islam busca la paz. De estas personas sinceras y amables emana la falacia de que el islam es pacífico y tolerante.

El verdadero islam, un sistema confesional rígido y un marco moral, lleva a la crueldad.

También en Occidente había habido un período de guerras y persecuciones religiosas, antes de que la sociedad se liberara de la dominación de la religión organizada. Yo suponía, y aún supongo, que ese mismo proceso podría darse entre los millones de musulmanes. Podríamos desvincularnos de los dogmas que llevan a la ignorancia y la opresión.

 

Una noche, en el hotel griego, me miré al espejo y dije en voz alta: No creo en Dios.

Me sentí bien. No hubo dolor, sino una gran claridad. El largo proceso de ver las fallas en la estructura de mi creencia y rodear de puntillas sus esquinas raídas de las que ya se habían caído partes enteras, pieza a pieza, todo eso había quedado atrás.

Dios, Satán, los ángeles: todo era producto de la imaginación.

Mi brújula moral estaba en mi interior y no en las páginas de un libro sagrado.

Partí en misión psicológica para llegar a aceptar la vida sin Dios, lo que implicaba dar a mi vida su propio significado. Estaba buscando un sentido más profundo de la moral. En el islam uno es el esclavo de Alá: te sometes y de este modo, en teoría, careces de voluntad personal. No eres un individuo libre. Te portas bien porque temes el infierno; no tienes una ética personal.

Toda mi vida estriba en resolver problemas, dice Popper. No hay absolutos; el progreso viene a través del pensamiento crítico.

Para un musulmán no hay nada peor que la apostasía. Los cristianos pueden dejar de creer en Dios; es un asunto personal que solo afecta a su alma eterna. Pero para un musulmán dejar de creer en Alá es una ofensa mortal. Los apóstatas merecen la muerte: sobre esto el Corán y el hadiz son claros.

 

Neelie y yo conversábamos sobre por qué el nuevo fundamentalismo islámico se extendía tanto y resultaba tan persuasivo. Yo lo achacaba a que los predicadores utilizaban distintos medios: vídeos de mártires, casetes con sermones apasionados, páginas web que imprimían fuerza al mensaje. El nuevo islam se basa en imágenes, y su tecnología es muy simple.

 

Yo acuso – Ayaan Hirsi Ali

 

Prefacio

 

Fui educada por mis padres como musulmana, como una buena musulmana. El Islam regía la vida de nuestra familia y nuestras relaciones familiares hasta en los más ínfimos detalles. El Islam era nuestra ideología, nuestra política, nuestra moral, nuestro derecho y nuestra identidad. Éramos, antes que nada, musulmanes, y luego somalíes. Se me enseñó que el Islam nos separaba del resto del mundo, de los no musulmanes. Nosotros, los musulmanes, somos los elegidos de Dios; en cambio ellos, los otros, los kafires, bárbaros, no circuncidados, inmorales, desalmados, y sobre todo obscenos: son irrespetuosos con las mujeres -unas rameras-, muchos hombres son homosexuales y mantienen relaciones sexuales sin estar casados. En definitiva, los infieles son malditos y Dios los castigará por ello de un modo atroz en la otra vida.

 

Comencé a observar de manera crítica mi propia fe y descubrí tres elementos importantes a los que antes apenas había prestado atención.

El primero era que los musulmanes mantienen con Dios una relación basado en el miedo. El concepto de Dios de los musulmanes es absoluto. Nuestro Dios exige una completa sumisión.

El segundo elemento es que el Islam conoce una sola fuente moral: el Profeta. Mahoma es infalible, incluso se podría decir que es un dios, aun cuando el Corán es claro en este sentido: Mahoma es un hombre, pero es el mejor, el ser humano perfecto, igual que un dios, y debemos vivir según su ejemplo.

En tercer lugar, el Islam está fuertemente dominado por una moral sexual cuyas raíces se remontan a los valores tribales árabes de los tiempos en que el Profeta recibió los consejos, una cultura en que las mujeres son propiedad de padres, hermanos, tíos, abuelos, tutores. El prestigio de un hombre se mantiene o se derrumba gracias al comportamiento correcto, obediente, de los miembros femeninos de la familia.

 

Mi crítica a la fe y la cultura islámicas se percibe como dura, ofensiva e hiriente. Pero la posición de los relativistas culturales es, de hecho, más dura, ofensiva y más hiriente si cabe. Se sientes superiores, y en un proceso de diálogo tratan a los musulmanes, no como iguales, sino como el otro que debe ser respetado. Y piensan que debe evitarse la crítica al Islam, porque temen que los musulmanes se ofendan y recurran a la violencia. En tanto verdadero liberales, nos abandonan a los musulmanes que hemos atendido la llamada de nuestro espíritu cívico, a nuestra suerte.

 

 

Quiero que esto pase aquí y ahora

 

Me di cuenta de que Dios es una invención y que doblegarse a su voluntad no era ni más ni menos que someterse a la voluntad del más fuerte.

No tengo nada en contra de la religión como fuente de consuelo. Los rituales y las oraciones pueden ofrecer un asidero y no exijo a nadie que renuncie a ello, pero rechazo la religión como medida de la moral, como línea directriz de la vida.

 

Desde que vivo en Holanda todo gira alrededor de la inmigración y los problemas de integración, pero el problema principal es el Islam. Esto no se puede negar. Tenemos que afrontar los hechos y ofrecer a los inmigrantes aquello que en su propia cultura les falta: dignidad como personas.

 

 

No nos falléis. Permitidnos un Voltaire

 

Emmanuel Sivan, un investigador del fundamentalismo: Un mundo poblado de espíritus, almas de muertos, jinn (seres  invisibles) inofensivos y dañinos; un mundo asediado por la magia del tentador Satán y de sus demonios, donde el creyente  puede ser liberado por santos varones y ángeles, y donde  hacen falta los milagros; un mundo donde la comunicación con los muertos (sobre todo de la propia familia) es un acontecimiento diario y donde la presencia de lo sobrenatural se considera lo real, casi lo tangible.

 

Nosotros los musulmanes aprendemos a ver la vida en la tierra como una inversión para la otra vida, obedeciendo a las leyes y designios de Dios. Los valores sociales -honor y sometimiento- cuentan más que la autonomía del individuo. La religión no es un instrumento que dé sentido a la persona, sino que una persona se debe adaptar a la religión y ofrendarse a Dios, algo que está en perfecta concordancia con el significado literal de la palabra Islam: sometimiento a la voluntad de Dios.

Muchos de aquéllos que viven y han crecido según la doctrina del Islam, tienden de manera comprensible al fundamentalismo y al radicalismo, pero también a las actitudes pasivas y al fatalismo. Aquél que practique el dogma islámico hasta las últimas consecuencias y al mismo tiempo quiera integrarse enuna sociedad occidental, lo tendrá difícil. Para el inmigrante musulmán el Occidente parece el mundo al revés.

Al contrario que el mundo islámico, en Occidente se enfatiza precisamente la autonomía y la responsabilidad del individuo, y la necesidad de invertir en esta vida terrenal. La educación y el trabajo son símbolos del éxito, y no la devoción de un individuo. En la sociedad occidental no predomina una sola ideología, sino que son muchas las ideologías que conviven entre sí. La Constitución se ve como un texto mucho más importante que el libro sagrado de Dios. Y Dios importa, sí, pero únicamente en la esfera privada.

La sociedad occidental valora muchos aspectos que no están permitidos en el Islam y, sin embargo, rechaza por atrasados muchos de los preceptos de cumplida obligación en el Islam.

 

Pero hay una actitud en diversos pensadores y políticos occidentales que, ante el posible fanatismo de Islam, se echan cómodamente atrás diciendo: Ah, nosotros también fuimos así; no tengas miedo, todo irá bien, el Islam seguirá su curso natural.

Está claro que el Islam actual no es compatible con la exigencias del Estado de derecho occidental. El Islam necesita honestamente una Ilustración. Pero es improbable que una Ilustración se origine en el interior mismo del mundo islámico. Escritores, científicos y periodistas que ejercen la crítica son obligados a huir a Occidente. Su trabajo está prohibido en su propio país.

A nivel internacional, líderes políticos como Blair y Buch deben evitar declaraciones como que el islam está secuestrado por una minoría terrorista. El Islam está secuestrado por sí mismo. Sería más útil si mostraran lo que ocurre en Arabia Saudí, donde el régimen represivo, la presión demográfica y el unilateral sistema de educación religiosa son caldo de cultivo de extremistas.

 

 

¿Por qué fracasamos al mirar hacia nosotros mismos?

 

Hay tantos islams como musulmanes. Pero lo que todos los musulmanes tienen en común es el convencimiento de que los principios fundamentales del Islam no den ser criticados, revisados o rebatidos en forma alguna. Las fuentes del Islam son el Corán y las enseñanzas del Profeta (la sunna), y cada musulmán tiene la obligación en su moral y en su vida diaria de seguirlas lo mejor que pueda.

 

Los musulmanes hemos perdido de vista el equilibrio entre religión y razón. Y he aquí el resultado: pobreza, violencia, inestabilidad política, depresión económica y desolación humana.

 

Los regímenes reaccionarios del Oriente Próximo han conseguido convencer a EEUU de que el único mal que hay que combatir es el del terrorismo, que procede del fundamentalismo islámico. La ceguera de EEUU le impide ver que justamente esos regímenes y la clase religiosa que los mantiene en el poder son copartícipes del fanatismo.

 

El sentimiento de compasión y la comprensión que uno pueda tener hacia el sufrimiento personal de otro no debe hacer perder de vista que ese sufrimiento personal es la inevitable consecuencia del modo en que los principios básicos del Islam toman cuerpo en casa, en la escuela, en la vida diaria y en los medios de comunicación (estatales).

 

Hasta ahora, políticos, gobernantes e incluso filósofos han reaccionado con temor a enfrentar a los musulmanes con ideas, costumbres y usos que proceden de su religión, pero que resultan extremadamente perniciosos para ellos mismos y la convivencia social.

Un ejemplo es el ministro Roger van Boxtel, que prosigue obstinadamente su defensa de la educación islámica, a la par que justamente se mantiene nuestro atraso. Los reaccionarios lo galardonaron con el título de mulá por su labor. Estamos ya saturados de fe y de superstición. Lo que necesitamos son escuelas filosóficas y la liberación de nuestras mujeres.

En las familias musulmanas recae un grave tabú a la hora de hablar de anticoncepción, aborto y violencia sexual. Este tabú se origina directamente en nuestra religión.

 

 

Normas incompatibles. Sobre la integración como iniciación en la modernidad.

 

Tendemos a rechazar la actuación de los musulmanes que se apartan de las normas establecidas, pero nunca se ponen en tela de juicio las fuentes de las que proceden; a veces, incluso se las protege.

Precisamente en el Islam cultura y religión apenas son discernibles. En este sentido, muchas de las prácticas inadmisibles según las pautas occidentales se legitiman con referencias a los versos del Corán.

 

El no hacerse cargo de los valores vigentes en la sociedad de acogida, en este caso aferrándose a las normas de la cultura de origen, aclara en gran medida el atraso socioeconómico en que viven muchos musulmanes en Holanda.

Incluso entre muchos musulmanes no practicantes, la fe sigue siendo el elemento central de la propia identidad y la fuente de normas y valores.

 

Su entorno cultural tiene tres rasgos importantes: una entidad autoritaria y jerárquica; una estructura familiar patriarcal en la que la mujer cumple una función reproductiva  y debe obediencia al hombre, y que, en caso de nos er así, expone a su familia a la vergüenza; y por último un pensamiento de grupo que prevalece sobre el individuo, donde existe  un fuerte control social y una estricta vigilancia del honor que hace que la gente evite obstinadamente exponerse a la vergüenza  y la ignominia, y donde la mentira se convierte en un hecho aceptable, porque en una cultura de la vergüenza es normal y aceptable ignorar, o negar con  rodeos, lo que sucede en la realidad. Ese mundo del pensamiento tradicional está impregnado de concepciones religiosas estereotipadas.

 

La postura político-jurídica

Para poder ser partícipe de la sociedad holandesa los recién llegados, establecidos legalmente, deben gozar de todos los derechos y obligaciones que ya poseen los autóctonos del país. Esa es la principal condición para poder participar plenamente en la vida social.

El problema de esta visión es el abismo existente entre los derechos formales, por un lado, y la ciudadanía efectiva, la participación y la emancipación, por otro.

Puesto que la distancia mental entre los inmigrantes musulmanes y la sociedad holandesa no se reconoce suficientemente, este enfoque nunca ha afrontado las principales desventajas que plantea.

 

La perspectiva socioeconómica

Los alóctonos de países no occidentales se definen como ciudadanos desfavorecidos. La administración, por ello, debe promover oportunidades en el ámbito de la educación, el trabajo y los ingresos, salud y vivienda.

Una ventaja de este enfoque es que parte de una perspectiva de los mecanismos exclusivos y los procesos de segregación, como la concentración en barrios pobres y la formación de escuelas ilegales, pero presenta una desventaja, que parte de la historia social holandesa. Por eso tiene dos grandes objeciones: en primer lugar, propicia un pensamiento victimista donde todos los problemas se atribuyen a factores externos (administración, sociedad holandesa…); en segundo término, favorece una identidad de grupo negativa, en la que se desconfía del mundo fuera del grupo propio, lo que causa más tensiones y recriminaciones.

Así, como para sobrevivir no es en absoluto necesario adaptarse a la sociedad holandesa, el proceso de modernización de grandes colectivos de musulmanes se puede paralizar en una situación de subsidio en que uno se queda al margen de la sociedad aferrándose a unos valores y a unas normas que impiden la propia emancipación.

 

El multiculturalismo: Integración conservando la propia identidad.

El multiculturalismo aspira a la coexistencia pacífica de culturas basándose en la igualdad y conforme a reglas de respeto mutuo, dentro de unas relaciones de Estado; pero lo que los partidarios del multiculturalismo defienden son los derechos de las minorías.

El inconveniente de este enfoque es que niega las consecuencias perniciosas de las normas culturales y religiosas que frenan el proceso de emancipación de los musulmanes.

 

Enfoque sociocultural.

Según este enfoque los factores socioeconómicos objetivos no constituyen una explicación suficiente para la deficiente integración. Los factores socioculturales son igualmente importantes, porque son la causa, en interacción con los atrasos socioeconómicos, de la problemática de la integración.

Para la segunda y tercera generación de turcos y marroquíes ya no existe el anclaje en su propio grupo, mientras que la integración social todavía no se ha dado, y este panorama debe ser considerado con todas las precauciones.

 

Los enfoques más influyentes de los últimos años fueron el políticojurídico, el socioeconómico (puro) y el multicultural.

Únicamente el enfoque que reconozca la interacción entre el retraso socioeconómico y los factores culturales ofrecerá la perspectiva de una integración exitosa. Si no, el tema de la integración no se solucionará. Y para los grupos más débiles, en especial mujeres y niñas, ello tendría consecuencias catastróficas.

 

 

La política daña mi ideal 53

 

Mi religión ha sido una religión del miedo. Miedo a hacer las cosas mal. Miedo a que Alá se enfade. Miedo a ser arrojada al infierno.

Oh sí, he rezado cuando sentía dolor, he suplicado a Alá que me protegiera de los golpes de mi madre, pero tal como llega un día en que los niños entienden que Santa Claus no existe, así acepté yo que no cabía esperar nada de Él. Creo que, por naturaleza, soy atea, pero me ha llevado encontrar reflejado por escrito ese convencimiento. Tal vez suene arrogante, pero pienso que la mayoría de las personas que se autodenominan creyentes son, en esencia, ateas. Evitan la pregunta de si verdaderamente creen en Dios y se pierden en nimiedades. Deberíamos iniciar un debate en Holanda sobre la siguiente cuestión: la moral, ¿procede de nosotros, los seres humanos, o está dictada por Dios?

 

 

La pesadilla de Bin Laden

 

Convencer a miles de millones de musulmanes de pensar por sí mismos, no, eso no funciona. Pero sí creo que un grupo político puede arrastrar a otros.

Necesitamos políticos que se atrevan a hablar, que no tengan miedo a la controversia o a ser tildados de racistas. Ocurre que la gente, sea o no musulmana, tiene derecho a ser respetada, si a la vez respeta a los otros. Así es que no se deben utilizar dos criterios distintos cuando se trata de derechos humanos.

 

¿Acaso pertenece tu cabeza a alguien más que a ti mismo? Lo que hagas aquí, en el mundo occidental, responde a tu propia decisión. ¡Sé adulto de una vez! ¡Asume tus responsabilidades!

 

El racismo que sufren los árabes en el mundo occidental no es nada comparado con el trato que pueden recibir los no árabes en el mundo árabe.

 

 

Situaciones extrañas. Discurso en memoria de las víctimas de la Segunda Guerra Mundial

 

La noción de convivencia no es otra cosa que saber manejar el conflicto. Y para ello hacen falta las palabras.

Cada día sigo leyendo, a veces no sin dolor, el efecto de las palabras, porque lastiman, ofenden, malentienden llamamientos; pero también aclaran, clasifican e iluminan. A los inmigrantes de países donde no existe la libertad de expresión les será difícil acostumbrarse a las libertades. Difícil, pero necesario.

Necesitamos palabras para entendernos en el presente. Necesitamos palabras para asumir nuestro pasado.

 

 

Musulmana, exige tus derechos

 

En un hogar para madres se presentó un espacio en el que las mujeres pueden desarrollar actividades todo el día. Con iniciativas como ésta, la política ignora el meollo del problema. En una amplia capa de la sociedad musulmana sigue vivo el pensamiento de que las mujeres no deben llevar a cabo ningún movimiento de liberación y que las mujeres no deben trabajar fuera de casa.

 

La crítica de Susan Moller Okin se centra sobre todo en que los multiculturalistas no tienen en cuenta la dimensión privada de las culturas que defienden. Y es justamente en la esfera privada donde más se evidencias las diferencias de poder y sometimiento de la mujer.

Invito a los defensores de la sociedad multicultural a tomar conocimiento de la deplorable situación de las mujeres que, en nombre de la fe, se ven confinadas en sus casas. ¿No es hipócrita excusar ciertas prácticas o tolerarlas mientras tú mismo disfrutas en libertad de los progresos de la humanidad?

 

 

Diez consejos para musulmanas que quieren huir

 

Lo más importante de todo: aprende a manejar dinero.

 

 

La necesidad de reflexión y autocrítica en el Islam

 

 

A cualquier musulmán, al igual que en los primeros tiempos del Islam, se le educa en el convencimiento de que todo conocimiento se halla en el Corán, que no están permitidas las preguntas capciosas sobre el libro sagrado y que todo musulmán debe emular en su vida los fundamentos del Islam. En la realidad, son pocos los que consiguen, como es lógico, comportarse como un profeta del siglo VII.

 

No cabe seguir negando que los propios musulmanes (en general de manera involuntaria) son responsables de su miseria.

 

Las víctimas de la violencia hablan acerca de que los azotes aparecen recogidos en el Corán, que regresan con su marido y que esperan mejores tiempos de cara al futuro.

 

Los musulmanes en Holanda no se sienten para nada intimidados. Aquí gozan de una libertad de culto y de una prosperidad desconocida, la propia de los estados occidentales seculares. Mientras los musulmanes no lleven aquí la voz cantante se van a sentir permanentemente ofendidos.

 

Lo que yo querría decir

 

Ya lo ves (se dirige a su amigo, Van Gogh, cineasta asesinado por un musulmán), se sigue comparando tu convicción con la de tu asesino. La lucha entre la civilización y la barbarie. Tu asesino representa la barbarie.

 

 

 

2 Comments

  1. Maria Mercedes

    Esta tarde he asistido a la celebración penitencial que me ha gustado mucho y me ha hecho entrar muy bien dentro de mi. Lo que me gustaría que me explicasen es : qué es una celebración penitencial comunitaria ?.
    Nos dicen que -el que quiera- se acerque al sacerdote para pedir perdón y recibir la absolución, y que no se hable mucho porque si no : Nos pueden dar las uvas!!!!. Con mucha razón. Ha pasado por los sacerdotes casi toda la concurrencia. Yo no. Entonces a mi no se me perdona?. Por qué, al final, no hay absolución para los que no se han acercado ?. Oigo yo mal o no entiendo lo que se dice?. Sé que Dios me perdona pero no perdona también a los demás ?. Por qué hay que acercarse al sacerdote y no hay una ABSOLUCIÓN GENERAL?.
    Gracias por leerme.

    1. capuchinos

      Disculpe, pero este correo se había perdido,por ahí, en alguna nube.
      Le comento algo sobre la Penitencia comunitaria, tal como la celebramos en Navidad. En estos momentos, el sr Obispo de Pamplona, no permite dar la absolución general en esas celebraciones. Precisamente, después de esta celebración, le expuse por escrito lo que había sucedido: ¡no tiene mayor sentido (y además es imposible hacerlo dignamente) confesar individualmente a 450 personas juntas! Sucede, como ocurrió en nuestro caso, que ni se hace bien esa celebración personal/comunitaria del perdón, ni tampoco se realiza bien la confesión individual. No obstante, el sr obispo me contestó diciendo que, ni aun así se puede. A mi entender, esa negativa no tiene sentido pastoral, tampoco litúrgico.
      Una celebración comunitaria, tiene que ver con otros signos. En ella se priman la lectura y la reflexión tranquila sobre la Palabra de Dios, el exámen personal, la intercomunicación que se establece con la comunidad reunida, que expresa la necesidad y la alegría del perdón…
      Pienso que, aunque puede hacerse, tampoco es imprescindible la absolución general, basta con todo lo anterior y el recitado del Yo confieso…, o cualquier otra oración o canto.
      Esta celebración comunitaria no quita nada para que, el que así lo desee, en otro momento, realice la otra modalidad del perdón, que es la confesión individual. De hecho en esta iglesia, como Vd sabe, atendemos todos los días varias horas al confesionario.
      Le repito que, personalmente, consideré innecesario, inadecuado y también confuso hacer lo que hicimos ese día. Aunque me tocó presidir esa celebración, le aseguro que no lo volveré a hacer de esa manera.
      Disculpe de nuevo la tardanza en contestar. Un saludo cordial
      Miguel Angel Cabodevilla

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