LEER EL EVANGELIO HOY – Mc 4,35-41

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LEER ESA PALABRA EVANGÉLICA

 

Josemari Cabodevilla, (Orar con las cosas)

El evangelio da a los milagros el nombre de signos. Eran señales, pistas, argumentos que pretendían dar a conocer la condición mesiánica de Jesús. Eran como palabras suyas más elocuentes, pruebas que avalaban la autoridad de su magisterio.

Eran signos. Pero solo signos.

El signo no constituye una demostración irrebatible. No hace patente lo significado, solo lo hace creíble. El signo exige fe.

Un milagro solo puede solicitar la fe de los presentes, orientar su atención hacia otro nivel, hacia una profundidad no visible. Como tal signo, requiere siempre una interpretación, es decir, una colaboración por parte del espectador.

 

Una sección de “milagros”

La sección anterior del evangelio, que terminaba en el pasaje del domingo pasado, había hablado, con imágenes cotidianas, de la acción de Dios, imperceptible para el que no sepa mirar en profundidad. Las parábolas eran ese género narrativo y poético para hacer ver ese poder divino. Ahora el evangelista presentará actuaciones de Jesús mostrando ese mismo poder, de manera que sugiere una conexión entre el Reino de Dios, tal como aparece en las parábolas, y la persona de Jesús. Sus acciones extraordinarias, sus “milagros”, señalan quién es Jesús, su intimidad/identidad con la fuerza de Dios.

En realidad, se trata, de modo semejante a la sección anterior, aunque con otro contenido, del “saber ver”. De observar lo que Jesús hacía y no quedarse en las apariencias, sino en lo que él quería mostrar.

Se nota la preocupación de la comunidad por la verdadera identidad de Jesús. Y el evangelista quiere mostrarles el modo más acertado de entenderle, concretando qué significa creer en Jesús. En este pasaje (y los siguientes) aparecerá salvando de una serie de poderes o miedos: una tempestad calmada, un exorcismo, dos sanaciones… Debemos, de nuevo, hacer un esfuerzo por acercarnos al estilo de creencias de aquella sociedad, donde los espíritus  o seres intermedios pululaban por doquier, actuando, según su arraigada convicción, en las vidas de las gentes. Ya dijimos en algún día anterior algo sobre su sistema de salud y de sus costumbres de curación.

La comunidad de Marcos se preguntaba por aquél Jesús a quien ya no habían conocido personalmente y de quien circulaban tantas narraciones. ¿Quién era, hacía muchos milagros, de qué tipo, qué nos indican sobre su identidad?, ¿se parecía Jesús a otros taumaturgos conocidos por todos?, ¿cómo entender esas señales de Jesús?, ¿cómo pruebas que era más que humano?, ¿nos ayudan a creer más en él, podremos ser también partícipes de esos milagros?

Probablemente el evangelista se está preguntando a su vez: ¿cómo ayudo a esta comunidad a comprender en verdadero rostro de Jesús?, ¿cómo comprenderán mejor que esos milagros son llamadas a la fe, más que demostraciones de que era sobrehumano?, ¿cómo hacerles entender que creemos en él por quién era, más que por lo que hizo?

En definitiva, tras las enseñanzas de las parábolas, el evangelista aportará ahora nuevos datos, signos prodigiosos, para mostrar quién es ése. Y mostrará el lento camino de los primeros discípulos hasta descubrir su identidad; pasando primero por el miedo o asombro.

 

Mc 4,35-40

Un día, al atardecer, dijo Jesús a sus discípulos: Vamos a la otra orilla. Dejando a la gente, se lo llevaron en barca, como estaba; otras barcas lo acompañaban. Se levantó un fuerte huracán, y las olas rompían contra la barca hasta casi llenarla de agua. Él estaba a popa, dormido sobre un almohadón. Lo despertaron, diciéndole: Maestro, ¿no te importa que nos hundamos? Se puso en pie, increpó al viento, y dijo al lago: ¡Silencio, cállate!

El viento cesó y vino una gran calma. Él les dijo: ¿Por qué sois tan cobardes?, ¿aún no tenéis fe?

Se quedaron espantados y se decían unos a otros: ¿Pero quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

 

La tempestad calmada o ¿quién es éste?

Es un texto que aparece, de una manera muy similar en los otros dos sinópticos (Mt 8,18; Lc 8,22). El relato de Marcos es el más antiguo y conserva detalles de un testigo presencial del hecho; probablemente Pedro. Los especialistas insisten en que parece la crónica de un suceso sorprendente; basado con seguridad en un acontecimiento prodigioso, o tomado por tal, que causó asombro y mereció ser recogido por los tres evangelistas. Ahora bien, como ya sabemos, los hechos evangélicos son, siempre, interpretados. Para esto se utilizarán los ecos o recuerdos del AT, más las reflexiones propias de los nuevos seguidores de Jesús.

Por primera vez, Jesús pasa a tierra pagana, lo que está lleno de dificultades (la tempestad) y deberá enfrentarse con espíritus impuros. Toda la sección transcurre en torno al mar de Galilea.

El episodio de la tormenta calmada está centrado en el poder de Jesús. Suenan en él ecos del AT:

  • Sal 107,23-32: Clamaron a Yahvé en su angustia y él los salvo de su aflicción; redujo el vendaval a suave brisa, hizo que se calmara el oleaje. Se alegraron de ver el mar en calma, y Yahvé los llevó al puerto deseado.
  • Jon 1,14-16. Jonás causa la tormenta al querer huir de su misión de salvación a los gentiles. Aquí, Jesús, es como un antitipo de Jonás, se dirige a la orilla pagana y tiene la autoridad para dominar la tormenta, el caos y su peligro.

En el AT siempre era Yahvé quién tenía el poder sobre los elementos naturales, pero ahora los discípulos no oran a Yahvé, sino a Jesús. Y éste no invoca, como tantas otras veces a su Padre, sino que actúa por su propia fuerza. Esta manera de actuar de Jesús extrañará tanto a sus amigos que el relato acaba, como vimos: Se quedaron espantados y se decían unos a otros: Pero ¿quién es éste? ¡Hasta el viento y las aguas le obedecen!

Los discípulos no tienen todavía una respuesta adecuada a la pregunta de quién es ése. No la tendrán hasta después de la resurrección. Por eso resulta evidente el contraste entre la actitud de Jesús y sus discípulos: la reacción de éstos es la inseguridad, el miedo y la falta de fe. El temor a lo desconocido, a las fuerzas del caos, o desorden, que separan la orilla de la tierra judía del territorio pagano impuro y amenazan la barca y los discípulos, es vencido por Jesús, que impone su autoridad.

Resulta de interés leer este pasaje en relación con otros dos en los que los discípulos aparecen en una barca: 6,45-52 y 8,14-21. Las tres escenas tienen en común la incomprensión, el miedo y la falta de fe de los discípulos Para Jesús, la barca es el lugar de la prueba, de la misión, de la tarea para la que los ha elegido (1,19.20). Siempre se encuentran en dificultad cuando están subidos en una barca (4,1.36; 5,2.18.21; 6,21.45.47.51.54; 8,10.14).

 

Una palabra difícil para nuestro mundo occidental: milagro

Se nos hace muy complicado creer hoy en los milagros. Lo vemos como excepciones de reglas que no las suelen tener, que no las pueden tener. Ahora bien, nos guste o no, es evidente que a Jesús se lo tuvo como un gran taumaturgo.

Los que clasifican esos detalles dicen que en el evangelio de Marcos, hasta el relato de la Pasión, el 47% de sus versículos cuentan milagros. En el de Juan, se ha llamado el libro de los signos a sus doce primeros capítulos, porque casi todos ellos se organizan alrededor de milagros de Jesús. Parece que hasta sus enemigos lo tenía por capaz de realizar esos signos, puesto que el mismo Herodes, al tenerlo ante su tribunal, le pide que haga uno de esos prodigios para él.

Antes de la época moderna, la tradición eclesial explicó los milagros en términos sobrenaturalistas, como intervenciones de Dios en el curso de la naturaleza. Como lo describe la Academia: hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino. Los milagros pertenecen al repertorio de argumentos con los que se defendió durante mucho tiempo la verdad de la fe cristiana. Pero ese argumento dio luego la vuelta. La mentalidad occidental actual es muy refractaria a aceptar la existencia de milagros, si por eso se entiende excepciones a ciertas reglas físicas inapelables. Los milagros, de ser una prueba, se han convertido en problema. Los teólogos tienen a disculpar la existencia de relatos taumatúrgicos en los evangelios.

Se nota la irritación entre los historiadores histórico-críticos de estas tradiciones evangélicas. En nuestras mentes tenderíamos a considerar histórico lo objetivamente verosímil, y a-histórico lo objetivamente inverosímil. Así, por una parte, los milagros están atestiguados por tantas tradiciones antiguas que no permitiría dudar de su trasfondo histórico. Por otro, esos milagros se nos presentan como un halo a-histórico, producto de la nostalgia y la poesía, que rodea al personaje histórico de Jesús. Entonces razonan: si hay relatos increíbles a hora tan temprana, todas esas fuentes carecen de crédito. Sin embargo, otros vuelven de revés ese argumento: si el testimonio de los milagros es análogo al testimonio de los dichos de Jesús, habrá que otorgarles un alto grado de historicidad.

 

¿Creer a pesar de los milagros evangélicos?

Pero con todo eso quizá no tenemos en cuenta suficientemente la cultura en la que escribieron y recordaron. Muchas veces insistimos antes en estos comentarios: la diferencia, en ese punto, de nuestra cultura con aquella en la que vivió Jesús, donde ciertos hechos fuera de lo común, inexplicables para ellos, milagrosos en su mentalidad, fueron atribuidos a distintos personajes de su tiempo. Quizá puede explicarse por qué ambos extremos aparecen tan estrechamente asociados en la tradición, pero, al mismo tiempo, nosotros podríamos diferenciarlos. Un paso podría ser la comparación con otros milagros. (p. 319-El Jesús histórico).

La fe en los milagros está condicionada históricamente. Aumenta claramente en algunas épocas y remite en otras. El cristianismo primitivo pertenece al clímax de una fe creciente en el milagro desde la antigüedad. Ningún escrito refiere tantos milagros de una sola persona como los evangelios cuando narran los milagros de Jesús. El carisma taumatúrgico tiene una función social: los movimientos de protesta y renovación se legitiman siempre por los milagros carismáticos. Por otra parte, las personas corrientes cobran ánimo en situaciones extremas oyendo contar historias de milagros. Esas historias hay que leerlas no solo en clave kerigmática, desde arriba, sino también como expresión de la protesta humana, desde abajo.

Recordemos lo que dijimos cuando el tema de las curaciones. Son las circunstancias sociales las que determinan lo que se ha de considerar como enfermedad o salud, como conducta desviada o normal. La existencia o no de demonios depende de la realidad construida socialmente. Sin tener en cuenta el poder definitorio de la sociedad, no es posible entender ni las enfermedades y posesiones del NT, ni la superación milagrosa de las mismas.

Pero lo que tenemos en el pasaje de hoy es un milagro de la naturaleza, de salvamento. Marcos recuerda dos: éste, para calmar una tempestad, y el de Mc 6,45ss, en el que Jesús camina sobre el agua. Probablemente es un caso más donde la fantasía se apoderó del recuerdo histórico. Jesús viajaba, como todos sabían, con sus discípulos por el lago galileo. Puesto que era considerado como un gran taumaturgo solo había un paso para atribuirle el poder divino sobre el viento y las olas. Ese paso se daría cuando fue posible: después de pascua. La capacidad de andar por el agua era considerada en la antigüedad como una señal del poder divino. El que puede hacer posible lo aparentemente imposible, el que, con solo quererlo, camina sobre el mar…, es como los dioses (Dión Crisóstomo). Por eso, cuando Jesús camina sobre el lago, los discípulos reconocen en él al Hijo de Dios (Mt 14,33). Y por eso Jesús les echa en cara (Mc 6,52) esa falta de conocimiento. Ése significa que el relato presupone ya la fe en la naturaleza divina de Jesús, que solo fue posible después y sobre la base de la pascua (Rm 1,3ss).

Sobre el tema de los milagros hagamos un esquema muy simple, pendiente de una futura y más cuidadosa explicación:

  • La tradición taumatúrgica está ampliamente documentada en el cristianismo primitivo. No solo sus seguidores, incluso los adversarios de Jesús lo tuvieron como un sabio y taumaturgo de gran poder, autor de obras maravillosas.
  • No todos los contemporáneos que lo tuvieron como mago lo consideraron sabio. Algunos sospecharon, por sus exorcismos, que era un aliado del diablo.
  • La merma de los casos de exorcismos citados en Mt y su total ausencia en Jn indican que ese aspecto de la actividad taumatúrgica de Jesús causó perplejidad entre los cristianos. En Jn, Jesús lucha contra Satanás, mas no mediante milagros, sino a través de la cruz y la resurrección; éstas constituyen un triunfo sobre el príncipe de este mundo. La extinción paulatina de los exorcismos es llamativa, e indica que esta parte de la actividad de Jesús creó dificultades.
  • Jn narra solo siete grandes milagros, pero sabe que Jesús realizó muchas más señales. Pablo no hace ninguna referencia a los milagros de Jesús, aunque se puede ver, por sus cartas, que los conocía. Por ejemplo, dice que suplicó por tres veces al Señor la curación de una enfermedad propia (2Cor 12,8) sin resultados. ¿Por qué no hay en Pablo una referencia a los milagros? Él, desde luego, no podía narrar milagros de primera mano, la base de su fe es el encuentro con el Resucitado. Ahí cimentó su teología. Sin embargo, conoce el carisma de la curación (1Cor 12,9) y en 2Cor 12,12 afirma haber obrado señales, portentos y milagros en Corinto.

 

Para unas reflexiones actuales

Caminar sobre el agua…

El desafío del misterio de Dios. Más allá de nuestra mente.

En el AT se pensaba que si viéramos a Dios moriríamos, como Moisés, que se ponía rostro en tierra.

En tu luz veremos la luz (Sal 35,10). Seremos semejante a él, pues le veremos tal cual es (1Jn 3,2).

Entretanto la fe es caminar sin ver. La fe procede de lo que oímos (Rm 10,17).

Luego hay otro paso: creemos y por eso hablamos (2Cor 4,13). Antes de ser tocado por la gracia, era sordomudo. Effhata, dijo Jesús, y el sordomudo quedó curado.

Josemari Cabodevilla

 

Creer exige, ante todo, trascender lo que vemos, sobreponernos a las evidencias. Creer exige, además, abandonar la pretensión de atesorar pruebas, de verificar lo que confesamos, de comprobar por otros medios lo que hemos oído, de acreditar con toros argumentos lo que es objeto de nuestra fe.

¿La tempestad calmada en la iglesia actual? ¿La barca que zozobra? ¿Dios está dormido, o ausente? El miedo en sus seguidores, la conquista de la paz…

Remar mar adentro…