LEER EL EVANGELIO HOY – Mt 22,1-14

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Mt – 22,1-14

 

 


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LEER ESA PALABRA EVANGÉLICA

 

LEER ESA PALABRA EVANGÉLICA

Joseph Moingt – Creer a pesar de todo

Jesús no legó a sus discípulos ni un ritual ni ningún código legislativo ni corpus doctrinal ni enseñanza escrita, nada que les bastara con repetir y conservar de manera inmutable: no les legó nada más que la perpetua novedad de una Buena Nueva para anunciar, su Evangelio, ilustrada con unas parábolas para ser descifradas inagotablemente.

Al iniciar el siglo IV, San Agustín escribía: Si no crees en la Escritura, porque no has podido leerla, cree en la autoridad de la Iglesia que afirma: está escrito. El cristianismo tuvo que dotarse de las estructuras de la religión para implantarse en el mundo y perdurar. A lo largo del tiempo, se ató a estas estructuras en las que encontraba su seguridad, la fuerza de su poder, la garantía de su permanencia y de su identidad; encerró el Evangelio bajo la custodia de su magisterio, y no fue capaz de oír a tiempo los gemidos de sus fieles, que aspiraban a buscar a Dios sin trabas.

Ahora bien, el Evangelio sigue en la Iglesia como principio inagotable de regeneración. Volviendo a sumergirse en su novedad, será capaz de interpretar los signos de los tiempos, de comprender la razón de los cambios que se han producido en el mundo, de restablecer la comunicación con él sin configurarse con el pensamiento del mundo, de cumplir su misión respecto a él, una misión que consiste en alimentar la cultura del espíritu evangélico. Su futuro está en la libertad que le abre el Evangelio.

Las comunidades cristianas están en vías de reconstituirse en comunidades de lectura del Evangelio; por consiguiente, de un modo diferente al de comunidades de celebraciones; ya no estamos en situación en que los fieles no podían oír el Evangelio más que en el acto jerárquico del clero que se lo leía y les dictaba lo que debían comprender de él. Están en vías de asumir la responsabilidad de su ser cristiano, de definirse en relación con el Evangelio y de asumir también la responsabilidad de su ser como Iglesia: ellos hacen la Iglesia por el hecho de leer juntos el evangelio como la palabra que Jesús les dirige en este momento, porque están reunidos a su alrededor y para comunicarse su palabra unos a otros a través de sus mutuos intercambios. Esto no lo resuelve todo. Son cristianos en la medida en que están religados a otras comunidades y al pasado de la fe.

Tertuliano: Cuando se lee las Escrituras, oímos la voz de los apóstoles. Les oímos como si estuvieran en medio de nosotros y, por consiguiente, evocamos la presencia de Jesús como si viniera de nuevo a estar entre los suyos. Eso proporciona la impresión de pertenecer a una historia y a una familia.

Vivimos en la Iglesia bajo una forma demasiado institucional que oculta el aspecto relacional, es decir, fraterno. El Evangelio se vivió inicialmente en comunidad. El Evangelio se aprende. No hay fórmula mágica. Y hasta el Evangelio escrito que hemos recibido no es la lección de un maestro, es algo que se nos da para que volvamos a pensarlo, para reinterpretarlo siempre juntos. Debemos redescubrir eso que se vivió en los orígenes.

 

 

Papa Francisco – La alegría del Evangelio

Cristo trae consigo toda la novedad, por eso atraviesa épocas oscuras y debilidades eclesiales y la propuesta cristiana nunca envejece.

Cada vez que intentamos volver a la fuente y recuperar la frescura original del evangelio, brotan nuevos caminos, métodos creativos, otras formas de expresión.

 

 

 

 

Mt 22, 34-40

Los fariseos, al oír que Jesús había hecho callar a los saduceos, se reunieron en un lugar y uno de ellos, un doctor de la ley, para ponerlo a prueba, le preguntó: Maestro, ¿cuál es el mandamiento principal de la ley? Él le dijo: Amarás al Señor tu Dios con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente. Este mandamiento es el principal y primero. El segundo es semejante a él: Amarás a tu prójimo como a ti mismo. En estos dos mandamientos se sostienen toda la Ley y los Profetas.

 

 

La Ley/La Torá – Jesús y la Ley

Es una pregunta muy judía. Ellos distinguían los preceptos (248) y las prohibiciones (365) y la diferente importancia entre ellas. Jesús no entra en la discusión de cuál es la más importante, sino busca el origen de todas ellas. Dos claves: amar a Dios y amar al prójimo. Toda la ley y los profetas se fundamentan ahí.

 

¿Qué pensaba de la Ley? Al parecer nunca se pronunció explícitamente a favor o en contra. No se concentra en ella, ni ofrece una doctrina sistemática sobre la Torá. Más bien toma posición en casa caso partiendo de su propia experiencia de Dios.

 

El pasaje de Mat (5,17.19: No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Os lo aseguro: mientras duren el cielo y la tierra no dejará de estar vigente ni una tilde de la Ley) es una creación cristiana y refleja las discusiones que hubo más tarde sobre la obligatoriedad de la ley judía entre los cristianos. En tiempos de Jesús los rabinos decían que había 613 mandamientos para cumplir perfectamente la ley…

 

Jesús, seducido por el reino de Dios, no se concentra en la Torá. No la estudia, ni obliga a sus discípulos a hacerlo. No promueve nunca una campaña contra ella, pero suele hablar de Dios sin basarse en la ley y sin preocuparse si su enseñanza la contradice. Desde luego no vive pendiente de observarla al detalle. Para él, la Torá no es fundamental, ni le interesan las discusiones sobre la interpretación correcta de las normas legales. Él busca la voluntad de Dios desde otra experiencia diferente, aunque encuentra en muchos aspectos de esa ley la expresión válida de la voluntad de Dios (Cuando le preguntan que ha de hacer para heredar la vida eterna, Jesús le recuerda los mandamientos de la Ley y le cita después los que pertenecen a la segunda tabla, es decir, los que hablan de las obligaciones sociales: no mates, no cometas adulterio…).

 

Pero es claro que la ley, aunque puede regular correctamente muchos capítulos de la vida, no ocupa el puesto central, ni sirven para desentrañar la voluntad de ese Dios entrañable que está llegando. No basta con ser leales a la ley de los escribas, sino al Dios de la compasión que a veces puede llevarnos más allá de lo que dicen las leyes. Para que el reino venga no basta con cumplir los preceptos. Aquél que no mata, cumple la ley, pero si no arranca la agresividad hacia su hermano, no se parece a Dios (Mt 5,21-22), tampoco el que ama solo a sus amigos (Mt 5,43-45). Esas personas serán observantes, pero no se parecen al Padre. Jesús busca la voluntad de Dios con una libertad sorprendente. No entra en la moral casuística, sino en lo que sirve a las personas (Mc 7,8-13, probablemente un caso de la comunidad puesto en sus labios).

 

Seguramente sorprendió mucho su libertad ante el conjunto de normas sobre limpieza ritual. Esas impurezas no convertían a alguien en pecador, pero según su código lo apartaban del Dios santo, le impedían entrar en el templo y tomar parte en el culto. Así pensaban al menos algunos fariseos y, desde luego, los esenios de Qumram que purificaban sus cuerpos varias veces al día, vivían separados, en el desierto. Por el contrario, Jesús se relaciona con libertad con gente considerada impura, sin importarle las críticas. Come con pecadores y publicanos, toca a los leprosos y se mueve entre gente indeseable. El pueblo de Dios no consiste en reunir a los perfectos, sino en acoger a todos, preferentemente a los marginados. Dan como muy probablemente auténtico el dicho: Nada de lo que entra en la persona puede mancharla. Lo que sale de dentro es lo que contamina (Mc 7,15). Jesús no rechazaba de frente todas las normas de pureza, pero no creía que eran decisivas para tener un corazón limpio y bueno.

 

La ley de oro

Jesús habla incesantemente en sus parábolas de la compasión y amor de Dios, como un profeta. Pero a veces lo hace también como maestro de vida, presentando al amor como ley fundamental y decisiva. Por eso asocia de forma inseparable dos grandes preceptos de gran prestigio en la tradición judía: el amor a Dios y el amor al prójimo.

 

Cuando le preguntan cuál es el primero de los mandamientos, Jesús recuerda lo que repetían los judíos cada día al comienzo y al final del día: El primer mandamiento es: escucha, Israel, el Señor, nuestro Dios, es el único Señor, amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas (Deut 6,4-5). Pero él añade otro mandato recogido en el Levítico 19,18: No seas vengativo ni rencoroso con tu propia gente. Ama a tu prójimo que es como tú mismo. Yo soy el Señor.

 

Por un lado, hace equivaler el amor a Dios y al hermano (aquél no es real sin éste) y rescata a esa ley del amor del conjunto de las demás. De manera que lo sagrado ya no estará en la ley, o en el templo, sino en mi vida con Dios y los demás. Era un sentimiento que se iba gestando entre diferentes intérpretes anteriores o contemporáneos a Jesús. Su originalidad consiste en citar literalmente los dos preceptos y situarlos por encima de los demás, con lo que adquiere un énfasis especial.

 

El amor a Dios tiene una prioridad absoluta y no se confunde, ni es reemplazado, por la compasión. Es lo primero: buscar su voluntad, entrar en su reino, confiar en su perdón. La oración se dirige a Dios, no al prójimo; el reino se espera de Dios, no de los hermanos.

 

Por otro lado, Jesús no amaba a la gente por Dios, sino porque le dolía su sufrimiento. En Tobías 4,15, dos siglos antes, ya aparecía: no hagas a nadie lo que no quieres que te hagan a ti. Jesús cita al Levítico: amarás a tu prójimo como a ti mismo. También lo transforma en lo que se ha llamado la regla de oro: tratad a los demás como queréis que ellos os traten (Mt 7,21), aunque algunos la querrían cambiar por: tratad a los demás como desean ser tratados, como más propia de Jesús.

 

 

¿Qué significa amar a Dios?

Jesús cita primero Dt 6,5, con un vocablo “amor” de resonancias muy amplias en hebreo. Pero, ante todo, amar a Dios, significa dedicar la vida a sus mandamientos. No evoca un sentimiento, ni oraciones, o una mística que huye del mundo, sino el conocimiento del único Dios y la obediencia a él dentro del mundo. Con todo tu corazón, en sentido judío, es la indivisibilidad de la obediencia. Algunos no traducen con todas tus fuerzas, sino con toda su vida, lo cual evocaría a los lectores judeocristianos el martirio.

 

En la tradición cristiana no ha dominado esta expresión, más bien las expresiones más intelectuales de conocimiento de Dios y fe. Dice Fromm: la tradición occidental entiende el amor a Dios, básicamente como una vivencia conceptual. También se le dio mucha importancia a la ética: amar a Dios significa entonces cumplir sus mandamientos. No tiene tanto que ver con el sentimiento cuanto con la voluntad: la libre y alegre obediencia. Hay autores, como s. Agustín para los que tenían otro tono: la máxima recompensa consiste en poder disfrutarlo y en que todos podamos disfrutarlo, disfrutamos recíprocamente de él. Lutero, como buen agustiniano, escoge ese camino: él te acepta como suyo y tú le aceptas como tuyo. Por supuesto, los aspectos emocionales tienen gran importancia en la mística. Para el maestro Eckhart: Dios y yo somos uno. Mediante el conocimiento acojo a Dios en mí; mediante el amor, en cambio, entro yo en Dios… Dios y yo somos uno en ese obrar; él actúa y yo llego a ser.

 

 

¿Quién es el prójimo y qué significa amor al prójimo como a sí mismo?

Luego Jesús cita a Lev 19,18, en ese contexto trata de los preceptos éticos fundamentales que Dios impone en relación con el prójimo. Luego eso se concreta en no hurtar, no maldecir, no odiar, etc. El amor significa un comportamiento práctico solidario, acorde con los preceptos dados por Dios a la comunidad de Israel. Para el Levítico prójimo es solamente el israelita, o los extranjeros que residan en su territorio Lev 19,34, luego se hablará de prosélitos.

 

En el texto evangélico tiene un sentido universalista, prójimo es cualquier semejante menesteroso. No se entiende como sentimiento, sino como acción. Va referido tanto al apoyo exterior como a las cosas espirituales, es decir, se quiere llevar el prójimo a Dios.

 

Respecto al amor como a sí mismo, hay una controversia entre la posición católica de s. Agustín y la de reformadores como Lutero o Calvino. Para aquél, es natural y bueno el amor al propio cuerpo, aunque advierte contra el apetito sexual contrario a Dios. Para los reformadores, el amor a sí mismo es la actitud del hombre pecador, el colmo del pecado. Lutero: estás completamente atrofiado en ti mismo y volcado al amor propio[1]. Luego, en el siglo XX hay una protesta contra esa autoabnegación protestante. Enrich Fromm: La afirmación de la vida propia, de la propia felicidad y expansión, de la propia libertad, forma parte de la capacidad amorosa del ser humano, mientras, a la inversa, el egoísmo posesivo (podría ser) la consecuencia de que la falta el amor a sí mismo. Se trata de una tendencia muy habitual en nuestros días que en ocasiones desemboca en un amor a sí mismo por la aceptación incondicional de que se es objeto por parte de Dios. Lo que suscita otras críticas: es expresión de la mentalidad actual, para la que el trabajo interior por el bienestar de la psique propia ostenta la primacía sobre el trabajo exterior que se preocupa de la cotidianeidad de unos semejantes que sufren; la individualidad prima sobre la comunidad; la autoaceptación sobre la aceptación de los otros.

 

 

¿El amor a Dios y al prójimo son idénticos?

Se ha solido recurrir a 1Jn 4,7s donde el amor a Dios y al prójimo aparecen indisolublemente unidos. S. Agustín: El amor al hermano, no solo viene de Dios, sino que es Dios. Lutero: Dios dice: Hombre, soy demasiado alto para ti, no puedes comprenderme; me he dado a ti en tu prójimo; si le amas, me amas a mí. Luego, la teología liberal del XIX describió la unidad de lo moral con lo religioso como centro de la predicación de Jesús. Si llevamos eso hasta el fin, la religión se disuelve en la ética, ya que el amor a Dios no tiene ningún margen de acción fuera del amor a los hermanos. Dios, contrapuesto al hombre, contradistinto del mundo, corre el peligro de desaparecer; la fe cristiana se encamina hacia un humanismo unidimensional. La identidad de religión y moralidad ha llevado a muchas personas a la pérdida de la religión y las ha incapacitado para tener una relación con Dios, para amar a Dios. La moralidad ya no se fundamentaría en la experiencia religiosa. Se vuelve autónoma.

 

El gran descubrimiento del XIX fue el cruce de religión y cotidianeidad. El enlace de amor a Dios y amor al prójimo persigue evitar un divorcio de religión y sociedad, de interioridad y vida exterior. Pero las preguntas actuales sobre esos límites deben ser contestadas más allí del texto. Sobre qué signifique hoy, en nuestro mundo ateo y autónomo, amar a Dios, nosotros debemos decir más que el texto. Si queremos que se haga realidad lo que el texto presupone: el anclaje de una acción ética que es acción-comunión en la relación con Dios.

 

 

 

Joseph Moingt – Creer a pesar de todo

El cristianismo es una religión encarnada, que tiene vincularse siempre a Jesús en cuanto humano. Incluso cuando le llamamos Dios le consideramos como aquél en quien Dios se ha ligado a la historia de la humanidad. Incluso cuando asciende al cielo y los discípulos le seguían de lejos, vino un ángel a decirles: Mirad a la tierra, volved a Jerusalén, volved a vuestros asuntos.

Jesús es la realización de Dios en la historia concreta. Una característica esencial del cristianismo. Creer en el Dios cristiano no son creencias, sino imitación de la vida de Jesús, comprometerse con el Reino. Tener el evangelio por inspiración constante y sacar de él instrucciones para nuevos modos de vida.

Sin embargo, La Iglesia suelen centrarnos preferentemente en la vida privada, en la interior de la Iglesia, en la práctica de los sacramentos, en la vida religiosa. El estado de perfección no solía nada que ver con el mundo, está orientado hacia el cielo. La búsqueda de la santidad empujaría más a los cristianos a la huida de los bienes terrestres que a la mejora de las condiciones de vida en la tierra para la mayor cantidad de gente.

Pero el bautismo no hace del cristiano un miembro de la Iglesia, sino un ciudadano de un cierto tipo. Como si la salvación se llevara a cabo en la Iglesia con su práctica ritual y sacramental, o en la conciencia. Quizá la secularización le ha empujado también en esa dirección.

El mal comienza en el momento en el que el ser humano toma conciencia de sí, diciendo yo y oponiéndose así al común de la humanidad. Lo que le impide y le desvía de consumar su humanidad profunda en la apertura a los otros y se opone a la unificación de todos a imagen de su Dios, su creador. Y si, con Jesús, Dios ha venido a la tierra, eso significa que el reino de Dios se construye aquí. No quiere decir que lo vayamos a hacer con nuestras propias fuerzas, sino con caridad que Dios pone en nosotros, que nos hace olvidar nuestro pequeño para pensar en los otros.

La fe me permite entrar en comunión con la fe de Jesús y, en consecuencia, me comunica su energía, su perpetuidad. La fe es la energía que la fe de Cristo en su Padre nos da para desprendernos de todo lo que somete. La religión nos permite apoyarnos en los otros para emanciparnos del y nos hace beneficiarnos de la comunión de la fe con otros. Esa es la significación del sacramento: nos pone en situación de participar en la fe de los otros.

El amor al prójimo no tiene su fuente en mí, sino que se renueva cada día en mi fe en Cristo cuando medito el evangelio. La caridad no es una fuerza natural, es Dios quien la ha insertado en el corazón humano creado a su imagen. No forma parte del orden cósmico, no se encuentra en el reino animal, es lo que nos hace semejantes a Dios. Es una llamada universal a convertirse en prójimos de otro, a consumar su humanidad más allí de sí mismo. Que todos sean uno. La llamada trascendente es eso, renovarla continuamente.

Es más que altruismo (abstenerse de hacer daño), o simple humanismo (reconocer la dignidad de todo ser humano). Es eso y más. Pura gratuidad sin cálculo, ni medida. Dar la vida.

 

 

Caroline Emke – Contra el odio: Los invisibles, los que no son percibidos en la sociedad, no pertenecen a ningún “nosotros”. Sus palabras no se oyen, sus gestos no se ven. Los invisibles no tienen sentimientos, necesidades ni derechos. [Por eso el mandato de Jesús de aproximarnos, de tocar, de hacernos prójimos. Por eso la parábola del samaritano y tantos otros pasajes]

 

 

Papa Francisco: el Decálogo es el camino de la gratitud, de la respuesta del amor.

El pueblo de Israel no debe guardar la ley para salvarse, sino porque ya ha sido salvado y debe vivir como tal si no quiere caer de nuevo en la esclavitud.

 

Volver a lo festivo: los creyentes acarician la pretensión de guardar los mandamientos para salvarse, en lugar de vivir esos valores porque han sido salvados.

 

 

Dominio. Una nueva historia del cristianismo. Tom Holland

No hay nada particular en el hombre. No es más que una parte de este mundo (Heinrich Himmler). El Homo sapiens es solo una especie más. Igual que Nietzsche había predicho, los librepensadores que se burlan de la muerte de Dios, como un hada celestial, como un amigo imaginario, siguen defendiendo con devoción una moral y unos tabúes que derivan del cristianismo. En 2002, en Amsterdam, el Congreso Mundial Humanista declaró el valor, la dignidad y la autonomía del individuo y el derecho de todo ser humano a la mayor libertad posible compatible con los derechos de los demás. Sin embargo, esto -a pesar de la declarada ambición de los humanistas de aportar una alternativa a la religión dogmática– constituía una declaración de fe.

La asunción humanista de que el ateísmo y el liberalismo van de la mano es solo eso: una asunción. Sin basarse en la historia bíblica de que Dios había creado a la humanidad a su propia imagen y semejanza, la reverencia de los humanistas por su propia especie corría el riesgo de parecer sensiblera y superficial. ¿Qué otra base -aparte del sentimentalismo- había para defenderla? Quizá, como declaró el manifiesto humanista, a través de la aplicación de los métodos de la ciencia. Sin embargo, esto era apenas menos mito que el Génesis. Como en los días de Darwin y Huxley, también en el siglo XXI la ambición de los agnósticos de traducir valores en hechos que puedan ser científicamente comprendidos era una quimera. No derivaba de la viabilidad del proyecto, sino de la teología medieval. Lo que la ciencia ofrecía a los moralistas no era la verdad, sino un espejo. Los racistas identificaban en ella valores racistas; los liberales, valores, liberales. El dogma primario del humanismo –que la moral es una parte intrínseca de la naturaleza humana basada en la comprensión y la preocupación por los demás– no encontraba más colaboración en la ciencia que el dogma nazi de que todos los que no fueran aptos para la vida debían ser exterminados. El manantial de valores humanistas no surgía de la razón ni del razonamiento basado en hechos, sino de la historia.

El humanismo deriva en última instancia de afirmaciones que se hacen en la Biblia: que los humanos están hechos a imagen y semejanza de Dios; que su hijo murió por todos por igual; que no hay judío ni griego, ni esclavo ni libre, ni hombre ni mujer. Repetidamente, como un gran terremoto, las reverberaciones del cristianismo se han sentido en el mundo entero. Primero tuvo lugar la revolución primaria: la revolución que predicó Pablo. Luego llegaron las réplicas: la revolución en el siglo XI que puso a la cristiandad latina en un rumbo trascendental; la revolución conmemorada como la Reforma y la revolución que mató a Dios. Todas llevaban un sello idéntico: la aspiración de envolver en su abrazo cualquier otra posible forma de ver el mundo; la aspiración a un universalismo que era culturalmente muy específico. Que los seres humanos tienen derechos; que nacen iguales; que se les debe sustento, cobijo y refugio y protección frente a la persecución: estas verdades no fueron nunca evidentes.

Si el humanismo secular deriva no de la razón ni de la ciencia, sino del particular curso y evolución del cristianismo -un rumbo que, en opinión de cada vez más gente en Europa y en EEUU, ha dejado a Dios muerto por el camino- entonces, ¿cómo son sus valores algo más que la sombra de un cadáver? ¿Acaso no son los fundamentos de su moralidad solo un mito?

 

[1] Luego Kant y Kierkegaard desarrollarán esa percepción. Al prójimo no se le ama por su bondad o belleza. No es un objeto de admiración y, en consecuencia, de predilección, sino que solo me une a él la igualdad de todos los humanos ante Dios.