LEER EL EVANGELIO HOY –

27/5/2018  –  Comentarios con Mt 28,16-20

 

LEER ESA PALABRA EVANGÉLICA

 

Klaus Berger

Una Biblia expurgada de demonios y exorcistas puede parecerles a algunos un “producto” apto para el consumo, pero es vino despojado de su sabor originario. El cristianismo primitivo nos es extraño y debe serlo siempre para poder decirnos algo [Los primeros cristianos].

 

 

 

Mt 28,16-20

 

Los once discípulos se fueron a Galilea, al monte que Jesús les había indicado. Al verlo, ellos se postraron, pero algunos vacilaban. Acercándose a ellos, Jesús les dijo:

  • Se me ha dado pleno poder en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado.

Y sabéis que yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo.

 

 

 

Breve exégesis del texto

 

Es el final del evangelio de Mateo y, como podemos imaginar para un final, un texto lleno de resonancias, de sentidos que se acumulan. Aquí resuena el resumen de toda la vida de Jesús, que se orienta hasta esta terminación. Jesús es proclamado como Dios en el monte, dentro de una tradición bíblica que nos recuerda epifanías de Dios desde Moisés en adelante, más otras que hemos visto en la vida concreta de Jesús (Transfiguración, por ejemplo). Jesús resucitado, se sienta a la derecha de Dios, asume no ya el papel de un nuevo Moisés sino el papel divino. Los lectores y oyentes entienden este texto releyendo con atención todo el evangelio anterior. Un estudioso ha resumido así el pasaje: No se pueden decir más cosas, y más grandes, en cuarenta palabras (Harnack). Hay una avalancha de literatura sobre estos versículos finales.

 

Los once discípulos marchan a Galilea, siguiendo la indicación de las mujeres. Van al monte, conforme al mandato de Jesús. Galilea o el monte desatan una serie de asociaciones en los lectores/oyentes.

  • Galilea, la tierra donde Jesús enseñaba y curaba; donde encontró eco; allí se había refugiado siempre; sus discípulos proceden de allí; allí surgió la comunidad de sus discípulos, Iglesia de Jesús. Crucificado en la ciudad santa, Jerusalén, ordena a sus discípulos que regresen allí; es tierra de refugio frente a los dirigentes religiosos jerosolimitanos.
  • ¿A qué monte se refiere? La del monte de la tentación: todo esto te daré… 4,8, pero ahora Dios y no el diablo le ha dado todo autoridad. La del monte de las bienaventuranzas 5,1 pues ese monte fue el lugar sobresaliente de la enseñanza de Jesús, fue un nuevo Sinaí y el lugar donde él enseñaba con autoridad 7,29, cuando sobrepasaba las palabras mosaicas con su: pero yo os digo, y ahora dice: enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado. La del monte de la transfiguración 17,1-9, porque allí también se presentó en su gloria celestial y libró a sus tres discípulos de la angustia manifestando la Glorificación que era el verdadero fondo de su vida.

 

Que algunos dudasen (más que titubear, fluctuar, estar perplejos) se corresponde con la cuestión mateana de la poca fe que ya había aparecido en diferentes pasajes: 14,31-33 en el lago donde dice a Pedro ¡Qué poca fe!, y donde, luego de calmada la tempestad, los discípulos rinden homenaje al Señor. La fe de los discípulos no es una certeza al margen de todo vaivén, sino que se mueve entre la confianza y el desaliento, entre la certeza y la duda. Jesús no remedia la poca fe con un milagro, porque reaparece constantemente. Pero Jesús no responde a eso, como sí ha hecho en otras apariciones, y va directamente al anuncio.

 

Este acercamiento final a sus discípulos recuerda el de la transfiguración 17,7 donde les da palabras de aliento. El poder o autoridad que ahora tiene parece la culminación de aquella enseñanza en su sermón de la montaña 7,29 que ya hacía con autoridad. Y eso le había causado no pocos problemas con los dirigentes judíos que le preguntaban, ¿con qué autoridad haces esto 21,23-27? Sin embargo, él incluso daba autoridad a sus discípulos para expulsar demonios, curar enfermos 10,1, para perdonar 9,6.8; en fin, toda una plenitud de conocimientos del Padre, que él, el Hijo, revela a los elegidos 11,27. Con todos esos recuerdos entiende ahora el: Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra. Todo aquello que se había ido manifestando, pero entre polémicas, sospechas e incredulidades, todo queda patente ahora. Ninguna otra autoridad cuenta ya nada al lado de la suya. Se proclama así una desorbitada pretensión en medio de un mundo donde la voluntad de Dios se incumple con frecuencia, porque está regido por unos poderes muy diferentes que no han aceptado la resurrección de Jesús.

 

 

La misión: id y haced discípulos

 

El poder sobre toda la creación que fue traspasado a Jesús es el fundamento para el mandato siguiente. En la autoridad otorgada a Cristo su instrumento son los discípulos o, mejor, la predicación de éstos. Una autoridad que no se parece a la de los príncipes de los paganos y sus grandes, sino propia del Hijo del hombre que vino a servir 20,25-28. Una autoridad no dominadora y, por eso, expuesta a la sospecha de impotencia.

 

Discípulos no son únicamente los Doce del Jesús terreno, el discipulado se da allí donde su autoridad actúa entre las personas 9,8; 10,1 y se guardan sus preceptos. Por tanto, no se refiere tan solo al principio de la Iglesia, sino a cualquier tiempo y lugar.

 

Esto no se vio así en la Iglesia antigua, que no hace apenas referencia a este texto 28,19 y solo lo entendió para los primeros apóstoles. De ahí la leyenda según la cual los apóstoles se distribuyeron por el mundo para llevar el evangelio a todas partes. El anuncio misionero en los siglos II y III fue en buena medida una predicación de casa en casa y no enlazaba bien con este texto. Desde la Edad Media se lo conectó con la sucesión apostólica. La misión avanzó desde la Alta Edad Media por ampliación del territorio cristiano y entonces este texto pasó a ser fundamental. Lo mismo ocurrió con los misioneros que desde España y Portugal trataban de incorporar al mundo cristiano los pueblos recién descubiertos. En el siglo XVI la Iglesia pasó a ser mundial. Aunque la reforma protestante en Europa entendió en sus inicios este texto en el mismo sentido que la Iglesia primitiva, desde finales del XIX lo presentan como el documento fundacional de la misión y la tarea central de la Iglesia cristiana en la línea de la conversión individual.

 

Por supuesto, ha habido en las dos partes, luteranos/evangélicos y católicos, quienes recelaban de algunos desarrollos de esa misión. Ustorf habla del mal llamado mandato misional destinado a mantener una especie de militarización de la práctica misionera. Dice que el texto no dice id y fundad iglesias, se trata del reino de Dios en el mundo. Hay un profundo escepticismo ante una misión que vaya ligada al ejercicio del poder y a pretensiones de dominio por parte de la Iglesia.

 

En todo caso, volviendo a Mateo, él cree que la Iglesia es misionera por principio y fundamento, concibe su misión con un ir a todos los pueblos. El texto no tiene que ver con nuestros recelos actuales frente a los colonialismos, la exportación de la civilización occidental o los encuentros en profundidad con religiones no cristianas.

 

 

El triple nombre de Dios

 

La invocación del triple nombre se difundió probablemente a partir de la conjunción de Padre, Hijo y Espíritu, documentado ya en Pablo y corriente en la liturgia, 2Cor 13,13; 1Cor 12,4-6; 1Cor 6,11; Gal 4,6; 1Pe 1,2. Esa invocación era algo obvio en el bautismo sobre todo de paganos, que no solo recibían la fe en Cristo sino también en Dios, y para los cuales el bautismo llevaba consigo la infusión del Espíritu. Había un lenguaje previo a Mateo donde se explicaba que la fe constituía la nueva identidad de los bautizados y evocaba el mismo acto del bautismo donde se invocaban esos tres nombres sobre el bautizado.

 

Todo esto no implica, obviamente, el dogma trinitario, que es muy posterior; pero más tarde fue expuesto en un sentido dogmático. Tertuliano ya lo veía como una referencia a la Trinidad y había una confesión romana trimembre.

 

 

Dos peculiaridades de Mateo respecto al mandato de Jesús

 

Si leemos juntos los versículos 19a-20, Id y haced discípulos de todos los pueblos… enseñándoles a guardar todo lo que os he mandado, podremos comprender el núcleo del concepto mateano de Iglesia.

 

Percibamos que los discípulos no son enviados a anunciar el evangelio ni la penitencia para el perdón de los pecados Lc24,47. Ellos no van a ser testigos de la resurrección Hch 1,22, ni van a proclamar, como Pablo, la soberanía del Kyrios sobre el mundo entero. Deben enseñar lo que os he mandado. Así que la enseñanza es la de Jesús; lo importante en la predicación de los discípulos es que la causa o el asunto de Jesús continúe. No hay en Mateo ningún Paráclito que sustituya a Jesús y vaya guiando a sus discípulos a la verdad completa, Jn 16,13. El anuncio de la Iglesia, para Mateo es siempre y exclusivamente el anuncio de Jesús. No solo fue entonces el único maestro, sino que lo será siempre 23,8.

 

La Iglesia es, para Mateo, escuela de Jesús, ¡algo muy judío! La Iglesia es una comunión de discípulos, que después del bautismo siguen yendo a la escuela y, a ejemplo de Jesús, observan sus preceptos. Por eso la gran importancia de los cinco discursos de Jesús en el libro de Mateo. Guardar los preceptos es una iniciación en su práctica. No se trata, primordialmente, de la observancia de la torá, sino de todo lo que Jesús mandó a sus discípulos, y ahí queda incluida la torá 5,17-19. No hay, como en Juan, un único precepto del amor, sino muchos preceptos que culminarán en ése. El tema del anuncio misionero no es tanto la conversión, sino la praxis de los discípulos ganados por Jesús. Por eso, la enseñanza irá acompañada de buenas obras: brille vuestra luz delante de los hombres para vean vuestras buenas obras y glorifiques a vuestro Padre que está en los cielos 5,16.

 

Es como si Mateo dijera: este libro contiene los preceptos de Jesús que han de ser anunciados como Evangelio del reino a todos los pueblos. El libro se hace imprescindible. Forma parte de uno de los muy contados textos neotestamentarios que auguran la génesis del canon cristiano.

 

 

Balance final del evangelio de Mateo

 

Estamos al final del evangelio de Mateo que el resucitado dejó a sus discípulos. Podríamos distinguir tres balances:

  • El cristológico es que el Resucitado y Exaltado no es otro que el Terreno, cuya historia ha contado el evangelista: por medio de él Dios está presente en su Iglesia.
  • El eclesiológico consiste en que la Iglesia nunca puede ser otra cosa que discipulado, escuela de seguimiento de ese mismo Jesús.
  • El ético indica que el seguimiento es práctica, observancia de todos los preceptos de Jesús, porque él guía a sus discípulos por el camino de la perfección, que culmina en el amor.

 

El texto sigue siendo un mandato misional para nuestras iglesias actuales. Ahora nosotros vemos la misión como un fenómeno ambivalente. Muchas veces se buscó en ella el poder de la Iglesia más que la soberanía de Cristo. Sin embargo, tiene una pretensión clara e inequívoca: la misión, entendida como anuncio de las enseñanzas de Jesús y llamada al seguimiento es, según Mt 28,18-20, una característica irrenunciable de la vida de la Iglesia, y no solo uno más de los preceptos que dejó a sus discípulos. Con dos características principales:

  • La misión no posee otro recurso que el poder de la palabra, que solo ilumina a los humanos con la prueba suministrada por las obras 5,16; el poder de aquél que no fue dominador, sino servidor de todos 20,28.
  • La misión, entendida como la proclamación y práctica de los preceptos de Jesús, tiene su criterio en el amor, que según Mateo es el precepto máximo que Jesús mandó observar a su Iglesia.

 

 

La misión: el camino hacia Dios. ¿También el dogma forma parte del camino?

 

Repetimos, hay aquí la descripción de una experiencia interior y comunitaria entre dos “hechos”: la vida y muerte de Jesús – luego el inicio de las comunidades o iglesias creyentes.

 

Quizá esa declaración trinitaria fue añadida más tarde en el evangelio. En todo caso, para nosotros queda lo fundamental: a través de Jesús hemos descubierto la cercanía paternal o maternal (si queremos llamarle así) de Dios. La imagen de Dios ha cambiado. Ahora no está fuera o lejos, sino con nosotros, en nosotros. También lo llama Espíritu, es decir aire, soplo, aliento, vida. Dios el que sostiene y alienta la mejor vida, el que empuja hacia el bien y sus descubrimientos sucesivos. Esa fe nos dice algo sobre la absolutamente asombrosa cercanía con que Dios se ha allegado a nosotros. Pues no solo se hace en el Hijo, corporalmente presente en medio de nosotros, sino que todos podemos ser, como él, templos de Dios. Y como Espíritu Santo él habita en nosotros.

 

Significa que el camino de Jesús hacia Dios es decisivo. Su Dios me resulta convincente. No tengo que inventarme un Dios o elegir otro en el mercado de las posibilidades. Los diálogos  de Jesús con su Padre son como la primera ascensión a una difícil montaña. Una vez que se abre esa vía, otros pueden seguir adelante esa ruta exitosa y hacer nuevas variantes. El camino y el destino de Jesús luego se democratizan, se convierten en un modelo para nosotros. Por eso decimos que él es el primogénito de muchos.

 

Más tarde se convirtió en una formulación dogmática. La palabra dogma tiene para nosotros acepciones negativas. Nos resulta un embrollo meternos en eso de tres personas en una. Como nos resultan indescifrables esas figuras románicas de tres rostros en uno; con tres narices, tres bocas, pero solo cuatro ojos. Esa imagen quizá oculta más que revela. El rostro intermedio comparte un ojo con el de la derecha y otro con el de la izquierda.

 

¿Nos ayuda todo eso algo en la fe? Quizá insiste en algo importante: esa imagen permite aparecer a Dios como aún más inaprehensible, más misterioso. Se revela y se oculta al mismo tiempo. Nunca está del todo al alcance de nuestra mente. Es el Dios que Jesús se retiraba a encontrar. El Dios personal, pero también el colectivo de la Iglesia, el Dios que quiere un templo común, ¡tan difícil de construir!

 

En definitiva, decir que es un dogma significa que la iglesia lo tiene como una verdad. Y en eso podemos estar de acuerdo. Aunque quizá no tanto en todas las construcciones teológicas y elaboraciones mentales en torno a ese dogma. Algunos han querido ver la formulación de este dogma cristiano hasta en el AT. Que es mucho ver. Probablemente eso nos interesa ahora muy poco. Simplemente nos quedamos con el hallazgo personal de Jesús sobre su Padre, sobre el soplo que nos da vida.

 

Para los primeros seguidores, Jesús era el camino hacia Dios, la revelación de su rostro más auténtico, a través de su vida y muerte, sus dichos y signos. De tal manera que ellos, después de ese descubrimiento, se sienten enviados a mostrar en el mundo ese nuevo conocimiento y experiencia de Dios. A ayudar a otros a bautizarse, que quiere decir: a hacer ese descubrimiento por su propia cuenta, a su estilo personal. El bautismo no será un acto, sino el final de un descubrimiento, de una teofanía y revelación semejante a la que ellos, tras pasar por momentos de diferentes dificultades y dudas, acaban de realizar.

 

En ese sentido podríamos entender la palabra misión. Que es ir al encuentro de otros y hacer con ellos un camino de búsqueda y encuentro con Dios. Acompañarles en esa búsqueda, muchos más que enseñar desde fuera y, todavía menos, imponer. Lo mismo que la palabra educar no significa tanto introducir conocimientos en una persona, sino sacarlos (edúcere) de ella. O, lo que es lo mismo, acompañarle en su propio descubrimiento.

 

 

La misión cristiana: debilidad y fortaleza

 

Como es natural, la misión de sus discípulos no tendrá las mismas características que tuvo la de Jesús. Porque ellos no tendrán su misma fe.

 

Cuando el evangelista dice que hay una clase especial de demonios que los discípulos de Jesús no pueden expulsar, y Jesús les explica que se trata de un género que solo puede ser expulsado mediante la oración y el ayuno (Mc 9,29), está pensando en la segunda generación (y en nosotros), cuyo poder, a diferencia del suyo, es más bien frágil. Pero al mismo tiempo dice que cuanto más libre y ascéticamente uno pueda vivir, tanto más poder de curación tendrá.

 

¿Tuvieron los discípulos una confianza incondicional en Dios? No. Pedro apenas pudo dar un par de pasos caminando sobre el agua y Jesús tuvo que echarle una mano de inmediato, y animarle a no ser hombre de tan poca fe (Mt 14). Los discípulos no son el maestro, sino aprendices perpetuos. A pesar de todo Juan dice que harán obras aún mayores (Jn 14,12), si permanecen unidos con Dios y entre sí. Porque será el amor de la comunidad de los discípulos entre sí el que revelará a los demás el conocimiento de Jesús (Jn 17,23). Por tanto es esa unión y solidaridad la obra decisiva y la base de todos los milagros. Pablo también dice en Rm 5,16 que la multiplicidad de los participantes pesa más que un solo testigo.

 

Como vimos el día pasado, la fe de las primeras comunidades cristianas es un descubrimiento progresivo. No todos van en la misma dirección, ni lo expresan de igual manera. Releían, al mismo tiempo, las Escrituras, los recuerdos de Jesús y la propia realidad en que cada grupo vivía, tan desigual entre ellos. En esos primero años existen los misioneros itinerantes, pero pronto las comunidades se sedentarizan y la fe se cultiva y transmite en familia.

 

A pesar de eso, los vestigios de la actividad itinerante duran por mucho tiempo. Leemos en el Apocalipsis 2,2ss referido a la iglesia de Éfeso: Yo sé todo lo que haces; conozco tu duro trabajo y tu constancia, y sé que no puedes soportar a los malos. También sé que has puesto a prueba a los que dicen ser apóstoles y no lo son, y has descubierto que son mentirosos. Has sido constante y has sufrido mucho por mi causa, sin cansarte. Pero tengo una cosa contra ti: que ya no tienes el mismo amor que al principio… Un texto que nos cuenta detalles sobre la misión.

 

Por ejemplo, que había que cerciorarse de la autenticidad de los apóstoles itinerantes. Una comunidad debía someterlos a aprueba dentro de su propio ámbito, algo que al principio no se hacía. Si el resultado de la prueba era positivo, al apóstol en cuestión se le entrega un escrito de recomendación para seguir su camino. Se trataba de escritos vivamente deseados.

 

Así, cuando escribe Pablo (Rm 16,1-2): Les recomiendo a nuestra hermana Febe, diaconisa en la iglesia de Cencrea. Recíbanla bien en el nombre del Señor, como se debe hacer entre los hermanos en la fe, y ayúdenla en todo lo que necesite, porque ha ayudado a muchos, y también a mí mismo. Son pasajes que describen, de forma indirecta o indirecta, las dificultades de esos momentos. Como en 2Cor 3,1-3: Cuando decimos esto, ¿les parece que estamos comenzando otra vez a alabarnos a nosotros mismos? ¿O acaso tenemos que presentarles o pedirles a ustedes cartas de recomendación como hacen algunos? Ustedes mismos son la única carta de recomendación que necesitamos: una carta escrita en nuestro corazón, la cual todos conocen y pueden leer. Y se ve claramente que ustedes son una carta escrita por Cristo mismo y entregada por nosotros; una carta que no ha sido escrita con tinta, sino con el Espíritu de Dios viviente; una carta que no ha sido grabada en tablas de piedra, sino en corazones humanos.

 

La decadencia de los apóstoles itinerantes, las dificultades que planteaban, está reflejada en la forma escrita de los últimos evangelios, sobre todo el de Juan. Casi prescinde de la imagen de Jesús recorriendo los caminos de Galilea o Judea. Se limita, bien a colecciones de sentencias o bien a conversaciones con el resucitado. Incluso en el evangelio de Mateo parece pertenecer al pasado la época en que los evangelios informaban de una actividad itinerante. Es decir, de acuerdo con el tipo de asentamiento de las comunidades, se modifican también las formas literarias usuales. O visto de otra manera: las comunidades no quieren dejar aflorar un distanciamiento demasiado grande en el género de vida entre el Jesús descrito y las comunidades lectoras.

 

 

 

Carlos María Martini

 

Deberíamos planificar el camino hacia Dios como planeamos una caminata o la ascensión a una montaña. Quien se lanza a subir una montaña también se entrena con anterioridad. Si lo único que hago es ver la televisión, si sólo estoy sentado constantemente frente al ordenador, los “músculos” del amor, de la imaginación y también de la relación con Dios se  hacen cada vez más débiles. Creo que tenemos que  hacer ejercicios. Oraciones, retiros, conversaciones y acciones de compromiso social. Quien los hace se acerca a Dios. Quien lo hace notará más tarde que se convierte en interlocutor de Dios.

 

Un paso en el camino hacia Dios podría ser comprometerse como “misionero”, vivir la propia “misión”. ¿Qué significa? Muchos de nosotros tenemos una vida magnífica en comparación de otros. Hay que aprender a regalar dicha a otras personas.

 

 

Manuel Olasagasti

 

El hombre con misión divina es un salto cualitativo, ya superhombre; no en el sentido de más poderoso y fuerte, sino de trans-humano. Destino maravilloso: ayudar a Dios a vencer el mal en lugar de pedirle cuentas, petulante y miserablemente, de la existencia del mal.

 

El hombre no debe empequeñecerse en figura plañidera. Sino arrimar el hombro y subsanar los deslices de la Naturaleza. Es el modo de ser rey de la creación, caminar derecho y no cabizbajo.

 

El ser humano se siente tentado de tumbarse a la bartola ante lo ingente de la faena que tiene por delante: hacerse cargo de una naturaleza dejada de la mano de Dios.

 

La persona sensata, sin necesidad de ser aventurera ni megalómana, se dice: “el mundo universo puede ir a la deriva, pero mi vocación es hacer que se encamine a la plenitud”. En esta megalomanía y, sin embargo, sensatez consiste la misión que Alguien confía al hombre, él se fija o le nace de dentro. No es irreverente comparar esta misión con el “mandato misional” de Mt 28, 19-20: “Id y haced discípulos de todas las naciones…”. Lo más urgente que debe hacer la iglesia es un autoexamen sobre cómo cumplió tal mandato. Hay que apostillar, proponiendo otro autoexamen menos problemático y más importante: cuál ha sido la respuesta a la misión originaria del hombre, que descubre la teología esencial. El hombre puede ser la punta de lanza del universo, quien lleve la iniciativa. Puede aspirar a enmendarle otros “deslices” a la Naturaleza: el dolor, la mortalidad.

 

Para esta misión –participar en su obra creadora-, Dios nos necesita, porque quiere necesitarnos. Por eso podemos ayudarle. Es la misión del hombre, del universo una vez alcanzada la humanización, haciéndose inteligente y personal. Dios elige libremente contar con nosotros en el proceso creador.

 

 

John Main

 

A menudo la gente religiosa ha pretendido poseer todas las respuestas. Consideran que su misión consiste en persuadir, en obligar, en eliminar las diferencias y quizá incluso en imponer la uniformidad. Hay algo de Gran Inquisidor en la mayor parte de la gente religiosa. Sin embargo, cuando la religión comienza a abusar o a hacer insinuaciones, ha dejado de ser espiritual, porque el primer don del Espíritu, que se mueve creativamente en la naturaleza humana, es la libertad y la franqueza; en lenguaje bíblico: libertad y verdad. La misión cristiana actual consiste en volver a sensibilizar a nuestros coetáneos acerca de la presencia de un espíritu dentro de ellos mismos. No somos maestros en el sentido de que ofrezcamos respuestas que hemos consultado en la parte de atrás del libro. Somos verdaderos maestros cuando, una vez descubierto nuestro propio espíritu, podemos inspirar a otros para que acepten la responsabilidad de su propia existencia, para que asuman el reto de su anhelo innato por el Absoluto, para que descubran su propio espíritu.

 

Para ser capaces de llevar a cabo esta labor alentadora, no basta con ser valientes, aunque ciertamente se necesita coraje. Temeroso, Moisés respondió a Dios: “no me creerán, ni me escucharán; dirán que no se me ha aparecido el Señor” (Ex 4,1).

 

SOY UN TEÓLOGO FELIZ – E. SCHILLEBEECKX, 1993

 

En todas las religiones monoteístas, que son proféticas, al misticismo se le mira con recelo. Hay una corriente mística en el judaísmo, la hay en el cristianismo, por no hablar del Islam. Las religiones monoteístas son religiones místicas. El fundamento del misticismo es la relación con Dios como persona. En las religiones orientales, Dios es impersonal. Para nosotros, Dios es visible en Jesucristo en la historia del hombre.

 

La mística es, para mí, la forma más intensa de la experiencia de Dios que acompaña siempre a la fe. Es esencialmente la vida divina. No es un sector reservado de la vida cristiana, accesible solo a unos privilegiados.

 

La verdadera mística no es una fuga del mundo, sino, a partir de una experiencia destructora del origen, es una simpatía integradora y conciliadora con cada cosa: un acercamiento ardiente, no una fuga.

 

La criatura-Jesús es una creación concentrada, condensada, en la que toda la participación con Dios se realiza de una manera única, no realizada en los demás hombres.

 

Se puede concebir al hombre sin relación con Dios. Es lo que hacen los ateos. Pero no se puede concebir a Jesús de Nazaret, en cuanto hombre, sin relación con Dios. Esta es la explicación de las tres personas de la Trinidad.

 

Acerquémonos a tientas y balbuciendo a este misterio. Se trata, primero de todo, de Dios que se manifiesta en la creación y, de manera singular, en el pueblo hebreo como pueblo de Dios. Segundo: Dios se manifiesta en Jesús, y entonces se habla de Hijo de Dios. Y, tercero, se da una manifestación de Dios en la vida de la Iglesia y en toda la creación: es el Espíritu Santo. Es el mismo Dios: Dios en el Antiguo Testamento, Dios en Jesucristo, Dios en el Espíritu Santo; pero son modos de existencia de Dios en la historia.

 

Se puede hablar de Trinidad: pero ¿qué quiere decir tres personas? Acepto la personalidad de Dios, pero el modo divino de esta personalidad no lo conocemos. La Trinidad es el modo de Dios de ser persona.

 

No soy seguidor del modalismo, la doctrina teológica de los siglos II y III según la cual las tres personas de la Trinidad son tres formas de aparecer de una misma persona divina; tres formas de aparecer al exterior, al mundo, de una sola y misma persona. Lo rechazo porque para mí la naturaleza divina es trinitaria, y personalmente trinitaria. No digo explícitamente tres personas porque es ambiguo (triteísmo), sino que digo que la naturaleza de Dios es ella misma personal con una estructura trinitaria.

 

Todas las exigencias del dogma las admito sin correr el riesgo de hablar de tres personas, de una especie de familia y, de hecho, de un triteísmo, que es bastante popular en la fe cristiana.

 

El P. De Petter, mi maestro de filosofía y director espiritual, se preguntaba: ¿Qué es la Trinidad? Para mí es la confianza que Dios nos manifiesta diciéndonos que es en tres personas, mientras nosotros no entendemos nada. Nos confía un misterio sin decirnos que es un misterio. Dios es Trinidad (¡esto es dogma!), pero no en tres personas. Sería triteísmo. No quiero hacer especulaciones, pero siento que es algo grandioso, fascinante. Hay una Trinidad en la naturaleza personal de Dios.

 

En la Biblia el Espíritu es un don, no la tercera persona: es el modo mismo de ser Dios, que se da a los hombres. Es siempre la personalidad de Dios, pero la personalidad de Dios en la historia de la Iglesia, en la historia de la salvación.

 

El hombre es imagen de Dios Trinidad. Es una afirmación fundamental. Imagen de Dios significa que, así como en la antigüedad se erigían las imágenes del emperador romano en todos los países del imperio para decir: aquí el emperador es el señor, Dios ha hecho lo mismo en la creación. Ha puesto su imagen en ella para decir: Yo soy el Señor, el soberano de toda la creación. Y esta imagen de Dios es el hombre. Cuando se habla de vicario de Dios se entiende el hombre como tal. Es el vicario de Dios en toda la creación.

 

El hombre como imagen de Dios quiere decir que la humanidad en cuanto tal es vicaria de Dios. El hombre es imagen de Dios donde y cuando obra la justicia, respeta la integridad de lo creado, practica la solidaridad. Se puede decir que allí donde Dios reina, el hombre tiene el derecho de ser hombre. En su humanidad, el hombre manifiesta el reino de Dios en la historia.

 

El hombre es imagen de Dios y Cristo también es imagen de Dios, como dice la carta a los colosenses. Pero hay una diferencia: la imagen de Dios en Jesucristo está concentrada, es decir, Cristo es la imagen de Dios con una unicidad exclusiva. El hombre puede ser autónomo con relación a Dios, como es, de hecho, el ateo. Pero esto es imposible para Cristo como tal. Es la relación filiar con Dios lo que constituye la humanidad de Jesús. También en Jesucristo hay autonomía humana, pero esa autonomía está constituida por la relación filial con Dios. Tanto Cristo como el hombre, aunque de modo diverso, son imagen de Dios.

 

El hombre que cree en Dios sabe que su silencio no es ausencia. Se puede, por tanto, confiar en Dios incluso en el momento del silencio supremo.

 

La presencia absoluta de Dios es una presencia silenciosa. Se puede uno quedar en la experiencia de la contingencia, como los ateos, sin ir más allá, si ponerse en relación con Dios. Cuando se afirma, como los cristianos, que Dios puede permanecer en silencio, la posibilidad del ateísmo es un hecho. No se puede probar la existencia de esta presencia silenciosa. El ateísmo es posible. En la antigüedad y en el medievo había también ateísmo, pero en la época moderna el ateísmo se apoya sobre fundamentos teóricos. Se puede interpretar el silencio de Dios como no-existencia de Dios. El ateísmo es una posibilidad humana. Hay una especie de racionalidad en el ateísmo. La experiencia de la contingencia puede llevar a Dios o a negarlo, a no sentirlo en absoluto. Tanto el teísmo como el ateísmo no se pueden probar. Pertenecen a la experiencia interpretativa de la realidad. Rechazo afirmar que los ateos no creen y que solo los miembros de una religión son creyentes. Todos son creyentes, pero la creencia tiene contenidos distintos. Hay quien, de la experiencia de la contingencia, vive la experiencia de la nada, del vacío. La experiencia de la contingencia coloca al hombre frente a una opción: o la fe en la gratuidad de Dios o el rechazo de un Dios que calla.

 

El silencio puede hacer nacer la plegaria, pero puede también hacer experimentar el vacío. Se puede aceptar la presencia silenciosa, pero sin descubrir el misterio de forma personal. Se puede recurrir a la oración entendida como inmersión en el misterio sin pedir nada, sin dialogar con nadie. No es la oración de los creyentes, sino la pura inmersión en el océano de lo infinito. Una especie de pasividad mística. Frente a la gratuidad de Dios hay, pues, tres posibilidades: la aceptación que lleva a la oración personal, el ateísmo, la pasividad.

 

Nosotros participamos de la relación Padre-Hijo, no somos esta relación. Solo Jesús es relación interpersonal, nosotros solamente tomamos parte de ella. Aquí está la unicidad de Jesucristo.

Las religiones orientales hablan de la relación con Dios, pero no de la revelación de Dios. No conocen este concepto. Hay en ellas una mística del hombre, que, en su interioridad, encuentra a Dios; una especie de redención realizada por el hombre mismo, que entra en sí mismo y encuentra a Dios en su intimidad. El origen de la relación con Dios es el hombre mismo.

 

Hay una gran diferencia entre estas religiones y las religiones monoteístas; en éstas, Dios, como persona, se comunica. En las religiones orientales se entra en el misterio, a menudo una especie de vacío. No hay oración, no se ruega a Dios: es, solamente, sentirse en el misterio. Hay en ellas algo que fascina, pero solo en las religiones monoteístas se da el Dios personal al que podemos dirigirnos con confianza, como hijos que hablan a un padre.

 

Por otra parte, hasta en la relación religiosa de Jesús la experiencia es teocéntrica. Dios es el Dios de todos los hombres, quiere la salvación de todos y hay mediaciones para llegar a Dios al margen de Jesús. En las otras religiones se accede directamente a Dios. Si, por una parte, no se puede aceptar el exclusivismo de que la salvación esté concentrada solo en Jesús, afirmo, por otra, la unicidad absoluta de Cristo en la historia de las religiones, sosteniendo el valor positivo de las religiones no cristianas, porque son humanas. El criterio es la humanización. Si se da una religión que ofende y destruye al hombre y la dignidad humana, se trata de una religión que se niega a sí misma. Una religión que humilla al hombre es, por definición, una forma equivocada de creer en Dios o, por lo menos, una religión que ha perdido el sentido de su propia interpretación, así como el contacto con sus raíces auténticas.

 

Dios que se da gratuitamente, Dios que habla callando e inquietando; todo esto lo considero fundamental para la espiritualidad cristiana. Se puede decir que la religión profética cristiana es una religión de abandono místico y, al mismo tiempo, una religión de alta profecía, que compromete contra las injusticias por la liberación y la felicidad del hombre. Abandono y compromiso son los dos pilares de la religión cristiana, mientras que las otras religiones se caracterizan más por el abandono. El compromiso contra la injusticia es, para nosotros, esencial. Ahí es donde está la apuesta de Jesús mismo.