LEER EL EVANGELIO HOY –

25/2/2018   Comentarios con Mac 9,2-10

 

LEER ESA PALABRA EVANGÉLICA

El camino de Jesús hacia Jerusalén: un nuevo mesianismo

Este pasaje está dentro del tiempo en que Marcos cuenta el viaje de Jesús desde Galilea a Jerusalén. Lo presenta en tensión con sus discípulos que reaccionan mal ante el proyecto de su Maestro y sus anuncios de la pasión. La tensión creciente de esta sección desemboca en el amplio y duro discurso de Jesús, que anticipa los sufrimientos de la comunidad de Marcos.

El gran escándalo y a la vez la gran revelación de Jesús, fue la cruz. El evangelio de Marcos nace con la intención de explicar histórica y teológicamente este hecho. Cada vez aparece la cruz con más claridad en el relato, pero en esta sección ocupa su centro. Es como una catequesis explícita sobre la muerte de Jesús en la cruz, que es consecuencia de su vida, y que ofrece una manera peculiar de ver y valorar la realidad.

Los judíos esperaban que el Mesías fuera un rey triunfador que les liberara del yugo opresor de los romanos. ¿Cómo confesar como Mesías a un crucificado? La cruz es difícil de entender (1Cor). A su luz se valoran de manera diferente las relaciones básicas de aquella sociedad.

Este camino de Galilea a Jerusalén no es solo la descripción de un recorrido geográfico de Jesús y sus discípulos, sino también de su estilo de vida. En él se darán tres anuncios de la pasión (8,31; 9,31; 10,32-33) que Jesús hace y encuentran la mayor incomprensión en los discípulos. Se nota una gran tensión entre ellos, entre los pensamientos de Dios y los pensamientos de los hombres. Jesús se revela como el Mesías que pasará por la cruz y ellos (la Iglesia) deberán seguirle por ese camino. Eso es lo que pretende Marcos para los miembros de su iglesia.

 

MARCOS 9, 2-10

 Seis días después, Jesús se fue a un cerro alto llevándose solamente a Pedro, a Santiago y a Juan. Allí, delante de ellos cambió la apariencia de Jesús. Su ropa se volvió brillante y más blanca de lo que nadie podría dejarla por mucho que la lavara. Y vieron a Elías y a Moisés, que estaban conversando con Jesús. Pedro dijo a Jesús:

  • Maestro, ¡qué bien que estamos aquí! Vamos a hacer tres chozas, una para ti, otra para Moisés y otra para Elías.

Es que los discípulos estaban asustados y Pedro no sabía qué decir. En esto, una nube bajó y los envolvió en su sombra. Y de la nube salió una voz que dijo: “Este es mi hijo amado, escúchenlo”. Al momento, cuando miraron alrededor, ya no vieron a nadie con ellos, sino a Jesús solo.

Mientras bajaban del cerro, Jesús les encargó que no contaran a nadie lo que habían visto, hasta que el Hijo del hombre fuera resucitado. Por eso guardaron el secreto entre ellos, aunque se preguntaban qué sería eso de resucitar.

 

Detalles

Seis días después. Las indicaciones de tiempo en Marcos son raras y siempre vagas. Excepto en esta ocasión donde señala que fueron seis días, lo que indica sin duda una intencionalidad. Este suceso que ocurre en el séptimo día, el día del descanso, del sábado en la creación, seguramente tiene que ver con esa respuesta de Pedro: ¡qué bien estamos aquí! Y encaja muy bien con los sentimientos judíos sobre el sábado como un santuario en el tiempo y un anticipo del mundo por venir.

Pero el trasfondo bíblico más importante lo constituye la subida de Moisés al Sinaí, seis días después, Ex 24,16. El simbolismo mosaico está presente en todo este pasaje. También tiene que ver con la Fiesta de los Tabernáculos y las epifanías reales. Puede ser que Marcos tuviera en mente uno o varios de esos trasfondos cuando escribía este relato. Aunque otros pudieran ser también parte del tesoro de todo lo que fundamenta la imaginación de cualquier cultura. La clave del simbolismo de la aparición juntos de Moisés y Elías reside probablemente en su relación común con el monte Sinaí-Horeb, donde los dos tuvieron un encuentro con Dios Ex 19-24.34; 1Re 19.

También en la descripción de la misma transfiguración está la relación con Moisés, que también se “transfiguró” en una montaña, cuando bajó del Sinaí tras su segunda estancia allí arriba, su cara brillaba tanto que la cubrió con un velo para proteger a su pueblo Ex 34,29-35. Que esta tradición seguía viva lo muestra 2Cor 3,17-18 según el comentario de Pablo. Ahora bien, Marcos, a diferencia de Mateo y Lucas, no describe como radiante el rostro de Jesús, sino solamente su ropa. La vestimenta brillante no evoca tanto a Moisés, como a Adán y la vestimenta de los reyes en ocasiones importantes, sobre todo en su entronización. Jesús es el nuevo Adán y rey mesías en camino de su entronización.

De todas formas, Moisés aparece luego junto a Jesús motivando el asombro de los apóstoles, como dentro de un halo numinoso, mientras los tres mortales miran desde lejos, atónitos. La Transfiguración es una especie de ola de gloria divina que está a punto de inundar la tierra. Sobre todo en lo que tiene de referencia a la resurrección del propio Jesús. Lo ven acompañado de dos personajes de quienes se creía que habían eludido la muerte. Por tanto lo que experimentan es un anticipo de la gloria de la resurrección de su maestro, con la consecuencia de la futura resurrección de los muertos, cuando la humanidad recuperaría el esplendor perdido por la caída de Adán.

Es natural que Pedro quisiera prolongar su estancia en esta recreación del paraíso. Es natural que invoque la figura de las tiendas, pues Moisés estaba muy vinculado con una tienda, el Tabernáculo y él y sus seguidores residieron en tiendas, o chozas, durante sus vagabundeos por el desierto. Este modo de vida se rememoraba en la festividad de los Tabernáculos y se consideraba un anticipo de la existencia escatológica y de la dicha futura del justo ya fallecido. Lo mismo le había pasado en una visión a Henoc[1].

Rabbi. Significa literalmente mi grande. En las fuentes judías fue después un término técnico para maestro, ordenado como tal, o experto en derecho, lo que se mantiene hasta hoy. Pero, en tiempo de Jesús, muchos creen que aún no era un título sino un término honorífico, un aproximado a señor, hombre influyente que no era necesariamente maestro. Es más bien un saludo que un título técnico. En definitiva, una designación popular para alguien de elevada posición, en especial un maestro, pero no exclusivamente. Marcos lo relaciona más con los milagros que con la enseñanza, aunque las dos actividades estén íntimamente unidas.

Nube. En el AT la presencia divina se muestra con frecuencia en una nube. También aparece vinculada con Moisés en sus subidas al monte Sinaí Ex 19,9-3 y en su relación con el Tabernáculo Ex 33,9-19.

Escuchadlo. Seguramente una alusión a Dt 18,15.18 donde Moisés dice a los israelitas que después de su muerte Dios les suscitará un profeta como él: A él escucharéis.

 

Leyendo el pasaje

La profecía de Jesús a algunos de sus seguidores acerca de la revelación del reinado de Dios que vendrá con poder al cabo de poco tiempo 9,1 va inmediatamente seguida por su transfiguración gloriosa ante tres de sus discípulos. Está puesta como si fuera, al menos, un cumplimiento parcial de aquella profecía. La proclamación de Jesús como Hijo de Dios por una voz celestial, es una pieza central entre el principio y el fin de la narración, donde encontramos otras proclamaciones redactadas de modo similar 1,11; 15,39. Dentro de la narración, Marcos remarca la torpeza de los apóstoles, aunque no quedan abandonados en la oscuridad: primero está la visión 2-4, luego la valoración equivocada de la misma 5-6, y por fin una valoración correcta 7.

Eso de Pedro: Rabí, bueno es que nos quedemos aquí, podría sugerir el deseo de quedarse en la montaña edénica con Jesús y, por tanto, en desacuerdo con la orden divina de Escuchadlo. Escuchar a Jesús significa acatar su instrucción de tomar la cruz y seguirlo 8,34; es decir, bajar del monte de la Transfiguración al valle de la debilidad, la necesidad y el dolor humanos 9,14-29 donde el mismo Jesús perderá pronto la vida.

De hecho, la sugerencia de Pedro queda sin efecto de inmediato por dos actos divinos importantes: la aparición de la nube que da sombra a Jesús y sus proféticos acompañantes y el eco de una voz desde la nube que identifica a Jesús como el Hijo amado de Dios. La aparición de la nube significa la protección de Dios sobre sus santos, más allí de la endeble seguridad de una tienda humana. Cubrir con su sombra es resguardarlos en su poder. Sería una imagen importante para los cristianos hostigados de la comunidad marcana, ya que eran seguidores de un mesías muerto de manera horrible e inesperada; eso les daría la seguridad de que contaban con el amparo de Dios. Tal como rezaban en el Salmo 91,4: Con sus plumas te cubre y bajo sus alas hallarás refugio.

Pero Jesús no es semejante a Moisés y Elías, sino más que ellos, como aclara la voz divina desde la nube: Este es mi hijo amado, escuchadlo. Por un lado, repite las propias palabras de Moisés sobre el surgimiento de un profeta como él Dt 18,15.18 (Elías también entraría en esa referencia), pero además la voz identifica a solo uno de los tres personajes, Jesús, como Hijo de Dios destacándolo sobre los otros dos. De inmediato, como insistiendo en ello, desaparecen los dos profetas antiguos y queda Jesús solo con ellos. Ese con ellos, sonaría también con gran fuerza en los oídos de los angustiados miembros de la comunidad marcana: a diferencia de Moisés y Elías, Jesús no solo pertenece al pasado y al futuro, sino que en el presente está con ellos. En los versículos anteriores ha habido una gran insistencia en participar en el camino de Jesús hacia su propia aniquilación 8,31-37, ahora la Transfiguración elimina en buena parte el escándalo de la cruz del corazón de sus discípulos. Aunque el camino de la comunidad siga siendo difícil, él estará con ellos y la gloria de esa montaña aparecerá una y otra vez, incluso en los momentos en que se encuentren tan asustados que no sepan qué decir 9,6; 13,11.

 

La persona de Jesús

De todas formas, la narración pone el foco, más en la persona de Jesús que en la naturaleza de sus discípulos. Este pasaje es un paralelo al primer versículo del evangelio. El profeta Isaías había escrito: Envío mi mensajero delante de ti para que te prepare el camino 1,2, que vincula a Jesús con Moisés (Ex 23,20 Mira, yo enviaré mi ángel delante de ti, para que te cuide en el camino y te lleve al lugar que te he preparado) como con Elías (Mal 3,1 El Señor todopoderoso dice: Voy a enviar mi mensajero para que me prepare el camino) y esa tipología se desarrolla a continuación con el retrato de un Juan Bautista que se cubre con una vestimenta parecida a la de Elías 1,6 y predica un mensaje también similar (viene uno más fuerte que él: 1,7-8; Re 2,6-14.

Sin embargo, los vínculos más fuertes de esta escena se refieren al final del evangelio. En ambos lugares Pedro aparece unido al resto de los Doce 9,6; 15,39 y Jesús es identificado como el Hijo de Dios en un momento revelador 9,7; 15,39. Ambos textos acentúan el miedo de los testigos humanos y su dificultad de entender el mensaje en sentencias muy similares: No sabía qué decir, pues habían quedado aterrorizados 9,6; No dijeron nada a nadie ya que tenían miedo 16,8. Los pasajes se unen entre sí por la revelación divina y el temor humano.

Pero aún es más llamativo el contraste entre los dos pasajes.

  • Aquí se habla de una luz sobrenatural 9,2-3 y allí de sobrenatural oscuridad 15,33 Al llegar el mediodía, toda la tierra quedó en oscuridad hasta la tres de la tarde.
  • Aquí los vestidos de Jesús se vuelven luminosos, presagiando el poder mesiánico, mientras allí le despojan de su ropa (15,24.26 Los soldados echaron a suertes para repartirse la ropa de Jesús y ver qué se llevaría cada uno. Y pusieron un escrito en el que estaba escrita la causa de su condena: El Rey de los judíos), como una burla de su pretensión de ser rey de los judíos.
  • Aquí dos santos del AT, uno de ellos Elías, hablan íntimamente con Jesús mostrando así su identificación con él 9,4, mientras allí dos criminales lo recriminan, mostrándose ajenos a él, y otros personajes hacen en son de burla una referencia sarcástica a una intervención de Elías que no llega a darse (15,32.35-36 ¡Que baje de la cruz ese Mesías, Rey de Israel, para que veamos y creamos! Algunos de los que estaban allí dijeron: Oíd, está llamando al profeta Elías. Uno de ellos corrió, empapó una esponja en vino agrio, la ató a una caña y se la acercó a Jesús para que bebiera, diciendo: Dejadlo, a ver si Elías viene a bajarlo de la cruz).
  • En este pasaje, Pedro dice: Bueno es que nos quedemos aquí, y propone construir tiendas 9,5. Allí, otros discípulos huyen (14,50 Todos los discípulos dejaron solo a Jesús y huyeron) y Pedro, después de seguirlo a distancia, termina por negar a Jesús y escaparse 14,54.66-72.
  • Aquí la voz de Dios demuestra su compromiso con su Hijo amado 9,7, mientras allí, Dios permanece silencioso y una pregunta angustiada de su Hijo queda en el aire ¿Por qué me has abandonado? 15,34

La suerte de Jesús, como Hijo de Dios, es participar en las polaridades de la experiencia humana, en su gama entera. En él se cumplen los antiguos oráculos de los profetas de condenación y consuelo, Jesús es humillado y exaltado, rodeado de santos y cercado por pecadores, vestido de luz y a la vez rodeado de oscuridad. La Transfiguración acentúa esa polaridad. La revelación queda restringida al círculo íntimo de sus discípulos, pero luego será su proclamación al mundo. Se anunciará en el siguiente pasaje, cuando el Hijo del Hombre haya resucitado de entre los muertos 9,9.

 

Discusión sobre la resurrección

Después de la visión, cuando toca bajar de la montaña de la revelación al llano de la vida diaria, Jesús les pide que no cuenten a nadie lo que han visto hasta que el Hijo del Hombre resucite de entre los muertos. Marcos estaría recordando las palabras de Daniel 12,9 Sigue tu camino, Daniel, pues estas cosas deben ser mantenidas en secreto hasta que llegue el momento final.

Pero esta orden deja confundidos a sus apóstoles. En ese tiempo ya era común la creencia de muchos judíos en la resurrección de los muertos, lo que confundiría a los discípulos es eso de que él resucitaría primero. Sabemos por 1Cor 15,20-28 que era una cuestión que preocupaba a los cristianos primitivos, pues lo que intenta Pablo es establecer el orden correcto de las resurrecciones: primero Cristo, como una suerte de primicia; luego, en su llegada, la de los suyos (es decir, los cristianos); finalmente, quizás, la de todo el mundo 1Tes 4,13-17.

Luego, la pregunta sobre Elías, sugiere la necesidad de revisar los elementos de su creencia en ese punto de la resurrección. Los escribas manejaban un texto de Malaquías que habla de la llegada de Elías antes del día, grande y terrible, del Señor Mal 4,5. Seguía: Él hará  tornar los corazones de los padres hacia sus hijos y los corazones de los hijos hacia sus padres, no sea que venga yo y hiera la tierra con una maldición Mal 4,6. Los judíos deducían de ahí que elías vendrá para establecer la paz del mundo. Pero si Elías asentaría la sociedad humana, trajera la paz y reparaba el universo (todas las cosas), no habría necesidad de un sucesor mesías que sufriera, fuera rechazado, como está profetizado en las Escrituras 9,12. Son dos perspectivas bíblicas contradictorias entre sí y solo una puede sostenerse. Pero, al fondo, lo que está en juego es la naturaleza misma de la misión del mesías.

 

REVELACIONES ACTUALES

La Transfiguración, o la mística

La mística parte del fundado supuesto de que la realidad es más abarcadora de lo que la ciencia (de la naturaleza) está en condiciones de constatar. Es algo objetivo y, sin embargo, no es universalmente accesible, ni objetivamente reproducible o repetible. La mística es la definición del mundo que resulta de incluir la existencia de Dios y el supuesto de la posibilidad de interacción con los poderes del mundo invisible. Si se excluye la dimensión mística es imposible hacer justicia a Jesús.

La realidad tiene una dimensión mística, no reproducible a lo socio/histórico, una dimensión autónoma para la que rigen criterios y reglas propios. En este sentido la transfiguración sería el centro teológico del evangelio de Marcos, pues confirma la pretensión de Jesús, conforme a la confesión de fe de Pedro. Se lo suele considerar un relato pascual fuera de sitio. Pero no debe reducirse a un mero contenido simbólico. La transfiguración es, en cierto modo, el avance de lo que nos espera. Aquí se manifiesta la voluntad y el plan de Dios, se reclama el máximo compromiso. Una pieza importante de la esperanza cristiana que parte de que la luz de Dios esclarecerá, colmará y transformará todo.

No se trata de curiosas fantasías de los discípulos, sino de la irrupción de la realidad de Dios en la persona de Jesús y a través de ella. Y eso es precisamente el centro de los evangelios. Juan en su evangelio no habla de este día, en cambio narra otra ocasión en que se oye la voz de Dios, también en un momento en que estaba angustiado por su sufrimiento próximo y por la dificultad de creer que veían en sus discípulos. ¡Siento en este momento una angustia terrible! ¿Y qué voy a decir? Diré: Padre, líbrame de esta angustia? ¡Pero precisamente para esto he venido! Padre, glorifica tu nombre. Entonces se oyó una voz que decía: ya lo he glorificado y lo voy a glorificar otra vez (Jn 12, 27-28).

Jesús, no es un precursor de Dios, sino su Hijo querido. Una estrecha relación con el Hijo la extiende Dios a todos los que siguen a Jesús. Lo cual significa: Dios ha escrito nuestro nombre en sus manos y no nos abandonará.

La transfiguración naturalmente es un misterio. Así, se elige el lugar, pocos testigos, las misteriosas figuras de Moisés y Elías, la orden de silencio por parte de Jesús. También entre nosotros hay momentos en que Dios se abre paso hasta nosotros, se manifiesta a través de los signos.

 

Algunos casos en personas no católicas:

El de la estrictamente atea Madeleine Debrel: Si vas al fin del mundo, encontrarás la huella de Dios; si vas al fondo de ti mismo, encontrarás a Dios.

 Desde la primera vez recé de rodillas; lo hice aquel día y muchos otros días, sin reloj. Luego, con la lectura y la reflexión encontré a Dios, pero mediante la oración pensé que era Dios quien me encontraba, y que es la verdad viviente, y que se le puede amar como se ama a una persona.

 

Charles de Foucauld, antes de su conversión, pasó tiempo yendo a una iglesia y musitando: Dios mío, si existes, haz que te conozca.

 

Marguerite Yourcenar

Lo que uno cree importa poco, todo depende de la manera en que se cree. Aprendamos, junto a esa mujer excepcional, a desprendernos de las formas exteriores en que se encierra Dios. Cuanto más nos elevamos más dominamos nuestras creencias. Juana de Vietinghoff perteneció a esa iglesia invisible, sin vocablo y sin dogmas, en la que comulgan todas las sinceridades.

La verdad no era para ella un punto fijo, sino una línea ascendente. La verdad de hoy, hecha de renuncias a las verdades de ayer, abdicaba por anticipado ante las verdades futuras. Cada una de ellas -Juana las admitía todas- no era sino un camino para ir más lejos. Lo que hoy me parece lo principal, no será sino lo accesorio mañana. Mi idea de perfección varía. Sin embargo, siempre es el mismo Dios al que obedezco, con un corazón igualmente sincero.

 

tty Hillesum

A veces encuentro la palabra Dios tan primitiva; después de todo no es más que una metáfora, un acercamiento a nuestra mayor y más constante aventura interior. Estoy segura de que ni siquiera tengo necesidad de la palabra “Dios”, que a veces me da la impresión de un grito primitivo, primordial, o de una expresión afortunada. Y cuando, por la noche, tengo ganas de dirigirme a Dios, y de decirle como lo haría un niño: “Dios, las cosas no pueden seguir así para mí” -y a veces, mis oraciones pueden ser muy desesperadas e implorantes-, a pesar de ello, es como si me dirigiera a algo que hay dentro de mí, como si intentara reconciliarme con una parte de mí misma.

 Anoche, antes de meterme en la cama, me encontré de pronto de rodillas en medio de esta gran habitación, entre las sillas de acero, sobre la estera clara. Un gesto espontáneo: algo más fuerte que yo me impulsaba al suelo.

 

Simone Weil

En 1937 pasé en Asís dos días maravillosos. Allí, sola en la pequeña capilla románica del siglo XII de Santa María degli Angeli, incomparable maravilla de pureza, donde tan a menudo rezó San Francisco, algo más fuerte que yo me obligó, por vez primera en mi vida, a ponerme de rodillas.

En 1938 pasé diez días en Solesmes, del domingo de Ramos al martes de Pascua, siguiendo los oficios. Tenía intensos dolores de cabeza y cada sonido me dañaba como si fuera un golpe; un esfuerzo extremo de atención me permitía salir de esta carne miserable, dejarla sufrir sola, abandonada en su rincón, y encontrar una alegría pura y perfecta en la insólita belleza del canto y las palabras. Esta experiencia me permitió comprender  mejor, por analogía, la posibilidad de amar el amor divino al través de la desdicha. Evidentemente, en el transcurso de estos oficios, el pensamiento de la pasión de Cristo entró en mí de una vez y para siempre.

Marie Balmary – El monje y la psicoanalista

Que el hombre sea mortal, pero que su anhelo le conduzca más allá de esta condición, eso, no pueden admitirlo. Un deseo como éste les está prohibido a los adultos conscientes.

Yo soy volteriana; al igual que él, creo que no es más increíble nacer dos veces que una. El creer en el más allá no me parece más iluso que el no creer. La vida quiere ir más allá de la muerte.

En este país, que no deja de ser fantástico, en este Estado que está entre los más laicos del mundo, somos libres: ya no hay dioses, ya no hay reyes, ya no hay dueños impuestos. Entonces, ¿dónde está el error? (ha dicho que tienen el record de medicamentos psiquiátricos, uno de los pueblos con más suicidas, y los más psicoanalizados del planeta), ¿será que hacen falta mitos, lo invisible, lo maravilloso, para soportar la vida en este planeta? Con nuestras Luces estamos en el grado cero del consuelo, como si se hubiera formado un agujero en la capa de ozono simbólica que filtraba los rayos. Estamos expuestos, sin interpretación, a los misterios de la vida, sin liturgias de alivio ante la muerte.

Somos invisibles en tanto que somos divinos para los demás. Es lo que dice la primera carta de Juan: “Considerad el amor tan grande que nos ha demostrado el Padre, hasta el punto de llamarnos hijos de Dios; y en verdad lo somos. El mundo no nos conoce, porque no lo ha conocido a él. Queridos, ahora ya somos hijos de Dios, y aún no se ha manifestado lo que seremos. Sabemos que, cuando se manifieste, seremos semejantes a él, porque lo veremos tal cual es”.

 

Didier Decoin – Conversaciones espirituales

Han pasado treinta años de un encuentro imprevisible, dice que Él entró en su vida como haciéndola trizas… No pasa un día sin que a hurtadillas recuerde aquel encuentro. La habitación donde ocurrió está encima de esta sala donde hablamos. Lo convertí en mi escritorio y cada mañana, al abrir la puerta, sueño con el increíble don que se me hizo aquella noche, “Dios míos, aquí nos encontramos”. Lo digo al comenzar la jornada como si fuera mi primera oración del día.

Difícil traducir en palabras semejante experiencia. Era una tarde septiembre. Me hallaba en un estado anímico neutro, sin penas ni alegrías. Mi vida entonces se desenvolvía en una completa indiferencia respecto a las cosas de la fe. El evangelio era para mí una hermosa historia, sin más. Era un joven escritor a quien el éxito le empezaba a sonreír. Era, igualmente, periodista, y me gustaba mi oficio. Soñaba, ya por entonces, con hacer cine. Quería disfrutar plenamente de la vida. No tenía, pues, ningún motivo, en aquella época, para plantearme cuestiones metafísicas acerca de las últimas realidades y de la existencia de Dios. No era ni amigo ni enemigo de la fe: realmente no me importaba nada este género de problemas.

Todo ocurrió de la manera más prosaica. No estaba bosquejando un piadoso tratado de espiritualidad. Estaba a punto… de lavarme los dientes. Y, de repente, tuve la certeza más absoluta de que Dios no existía. Adquirí en un abrir y cerrar de ojos la convicción de que la fe solo era una ilusión, una farsa, un mito, y que iba a poder escribir un libro espléndido y definitivo en el cual afirmaría de manera irrefutable por qué no existe Dios. Como muchos escritores, llevo conmigo siempre una libreta en la que voy anotando las intuiciones que me pasan por la cabeza y de las que enseguida libo mi miel, cuando me pongo a escribir. Atravesé la habitación para tomar la libreta que descansaba sobre la mesilla de noche y, cuando estaba a la altura de mi cama, me arrojaron por tierra y mis pernas se doblaron. Lo que me había sucedido fue de una violencia inusitada. Si fuera necesaria una imagen para tratar de expresar lo que sentí entonces, elegiría la del vaso. El mío estaba lleno de agua estancada y bruscamente Alguien lo vació para dar lugar a una agua viva y pura. Bruscamente me sentí totalmente invadido por una presencia, una fuerza, un calor. Era de repente total y definitivamente creyente: Dios estaba allí y me era imposible resistirle.

Era una alegría tan profunda, tan intensa que arrancaba mis lágrimas. El amor entra en uno y literalmente invade todo el espacio. El “vestido” humano rompe por sus costuras. El espíritu se ve traspasado por un sentimiento contradictorio: por una parte aplaude esta invasión, pero, por otra, al mismo tiempo, siente miedo, porque cuando viene Dios arrasa con todo… Es un modo de gozo absoluto, mucho más fuerte del que surge de la alianza y de la unión del cuerpo de un hombre y de una mujer que se aman. Perdón por esta comparación un tanto trivial, pero no hallo otra mejor…

Aquella noche no existió para mí. Viví, medio consciente medio inconsciente, con la certeza de que existe un amor infinito cuyas primeras llamaradas empezaba a degustar y que sentí no me estaban reservadas únicamente para mí, inmediatamente tuve la convicción de que aquel amor pertenecía a todos, que a todos se le había prometido.

No pude tomar distancias ante lo que sucedía. Yo no era dueño de mí. No tenía modo alguno de resistirme a lo que me sobrevenía.

Pero yo no desaparecía. Todo lo contrario. El yo permanece, pero tiene un solo deseo: amar a Aquel que le está invadiendo. La aparición de Dios no viene como un huracán que fragmentase el yo: viene como un sol que le permite caminar por fin hacia su propia floración, hacia su sazón.

Me produce nostalgia recordarlo. Desde el mismo instante en que lo estaba viviendo, supe que no se repetiría y que no encontraría ese vivo resplandor del amor absoluto sino después de mi último suspiro en esta tierra. El regalo recibido es, en verdad, tan importante, de tal modo inagotable que no tiene necesidad de que se repita otra vez. Jesús prometió a la samaritana que desde el momento en que bebiese el agua viva que él le daría, no tendría nunca más sed. Es lo que, sobre poco más o menos, se me ha dado vivir desde aquella noche de septiembre. En cierto modo, creo poder afirmar que Dios me ha llenado la vida entera. Cuando me asalta el dolor, el sufrimiento, acudo a esta fuente interior y el efecto es inmediato. Continúo, por cierto, sufriendo y llorando a las y los que nos dejan, pero sé que la promesa está ahí, que se nos ha prometido la alegría.

Creo que existen dos conversiones: la primera es el imprevisible y fulgurante encuentro con Dios; la segunda -que dura mientras se vive- se da en el íntimo diálogo entre el hombre y Dios, encuentro que siempre crece en profundidad, siempre afinando el oído, mediante el cual el hombre intenta descifrar un poco el plan de Dios sobre uno mismo y la manera de responderle. Desde este punto de vista, la conversión no se limita a un instante deslumbrante, es un camino, una obra a la que hay que dar forma a lo largo de la vida.

Tiene momentos altos y bajos… pero nunca más podré vivir como si aquella noche del encuentro no hubiera tenido lugar. Estoy más seguro de cuanto viví aquella noche que de mi propio nacimiento; pues, por otra parte, se trata realmente de un nacimiento o, para hablar con propiedad, un nacer de nuevo.

Sigo siendo el mismo, con mis limitaciones, mis fallos, mis hundimientos. Salvo que, desde aquella noche, veo más claro -créame, hace daño a veces la lucidez- dónde están mis fallos. Ahí radica el verdadero cambio.

 

[1] Allí tuve otra visión: la morada de los justos y el descanso de los santos, allí vieron mis ojos sus moradas con los ángeles y los lugares de descanso con los santos… Y vi su morada bajo las alas del Señor de los espíritus, y todos los justos y elegidos resplandecieron como el resplandor de fuego ante Él… Allí deseé morar y mi espíritu añoró aquella estancia. Henoc, como Pedro, anhela quedarse en el lugar divino en el que se encuentra, que relaciona con las moradas de los santos (las tres tiendas de Marcos), con la protección divina y con el resplandor celeste.