LEER EL EVANGELIO HOY – Lc 15, 1-3. 11.32

LEER ESA PALABRA EVANGÉLICA

31/3/2019

Más sobre las parábolas – Del libro Relatos cortos de Jesús, Amy-Jill Levine

 

Domesticar los relatos provocativos

 

Las parábolas se consideran como sello distintivo de la enseñanza de Jesús: sin parábolas no les decía nada Mc 4,33-34. Se dice allí que se las explicaba a sus discípulos, pero conservamos muy pocas de esas explicaciones privadas. Quizá los mismos evangelistas quisieron hacerlo así, dejando las explicaciones abiertas, para que los nuevos oyentes se involucraran en ellas. Si la muchedumbre de espectadores de entonces tenía que explicárselas a su manera, igual sucede ahora con nosotros.

 

Tal como los presenta Marcos 4,13, los discípulos tampoco son los mejores candidatos para conservar con precisión las explicaciones de las parábolas. Es como si el evangelista dijera a los futuros lectores: id más allá de los discípulos, abríos al misterio y desafío de estos relatos, haced vuestra propia interpretación. De todas formas, aquellos torpes seguidores, después de su inicial incomprensión, lo entendieron bien y, por tanto, siempre hay esperanza para nosotros.

 

Jesús exigía a sus amigos, no solo que escucharan, sino que también pensaran. Porque si no se les pilla el misterio, aunque miren, no ven, aunque escuchen, no entienden Mc 4,11-12. Lo que convierte las parábolas en un misterio, o en una dificultad, es que nos desafían a indagar aspectos ocultos de nuestros valores, de nuestra vida. Hacen preguntas incómodas y dan respuestas que nos oponemos a reconocer. Preferimos convertirlas en un solo significado, en un credo, antes que en una indagación constante.

 

La escucha abierta no solo es un desafío, también es un arte, que quizá se ha perdido. A lo largo de los siglos, comenzando incluso por los propios evangelistas, han sido alegorizadas, moralizadas, cristologizadas, en definitiva, domesticadas en tópicos tales como: Dios nos ama o Sé bueno o, peor todavía, como una garantía de que todo irá bien si creemos en Jesús. Nos gustan interpretaciones fáciles: deberíamos ser bueno, como el samaritano; seremos perdonados, como el hijo pródigo; deberíamos orar sin perder el entusiasmo, como la viuda inoportuna. Cuando buscamos orientaciones morales universales en un género que está concebido para sorprender, desafiar, estremecer o criticar, y buscamos un significado único en una forma abierta a múltiples interpretaciones, inexorablemente limitamos las parábolas y, de este modo, a nosotros mismos.

 

Aquellos judíos, seguidores del Jesús judío, sabían que las parábolas eran más que historias para niños o repeticiones de lo ya sabido. El objetivo de esos relatos y de sus narradores era provocarles a ver el mundo de otra manera, desafiarles y, a veces, criticarles con dureza. Hay que pensar menos en qué significan y más en qué hacen: recordar, provocar, afinar, confrontar, perturbar…

 

 

Las parábolas en la Escritura

 

El domingo pasado decíamos que los rabinos posteriores a Jesús emplearon las parábolas para explicar la Torá. Un texto judío de ese tiempo: Piensa en un rey que ha perdido una moneda de oro o una perla preciosa en su casa. ¿Va a dejar de buscarla por la luz de un pábilo que no cuesta más de un céntimo? No dejes que la parábola no tenga suficiente valor para ti. Mediante una parábola una persona puede desentrañar palabras de la Torá. Igual que el texto rabínico dice que las parábolas son un medio para entender la Torá, Jesús, el judío, las usa para ayudar a sus seguidores a comprender el Reino de Dios.

 

El contexto es importante

 

En los estudios bíblicos se dice que un texto sin contexto es un pretexto para hacerle decir lo que se quiera. En cambio, cuando más conocemos el contexto original, más se enriquece nuestra comprensión y más valoramos a los artistas y compositores que crearon inicialmente las obras.

 

Para mejor oír las parábolas en sus contextos originales y determinar así lo que es normal o absurdo, lo convencional o lo insólito, necesitamos conocer la historia, cómo se relacionaban los samaritanos y los judíos, los padres e hijos, como los jornaleros y propietarios establecían sus contratos, qué papel desempañaban las mujeres, quiénes iban al templo y por qué motivo lo hacían… Si no tenemos contexto no acertaremos con las parábolas de Jesús. Porque, aunque están abiertas a comprensión de cualquier época, son históricamente específicas.

 

Para entender las parábolas en su contexto inicial hemos de atender los ecos de las Escrituras, puesto que a menudo evocan historias anteriores y las comentan. Había un hombre que tenía dos hijos Lc15,11 …y los oyentes recordarían a otros hombres y a sus hijos: Caín y Abel, los hijos de Adán; Ismael e Isaac, los de Abrahán; Jacob y Esaú, de Isaac; etc. A la luz de los relatos precedentes, la parábola suscita sorpresa y desafío, pero también aquellos relatos tienen otro significado después de la parábola.

 

Tener en cuenta el contexto significa también no proyectar sobre sus culturas nuestro propios valores y expectativas.

 

 

Las parábolas de Jesús

 

Debemos intentar oír las parábolas de Jesús como las oyeron sus primeros destinatarios. Pero hay cosas que debemos imaginar: si él contó esas parábolas de los evangelios, cómo fu la reacción del auditorio, si las contó una sola vez o muchas, con o sin variaciones… Los buenos narradores suelen adaptar sus relatos a los oyentes de cada ocasión; también los evangelistas escogieron unas y no otras y con toda seguridad las adaptaron un poco a sus comunidades. Jesús no escribió (fuera de en la arena, según el evangelio). Si nos atuviéramos al evangelio de Juan, tampoco dijo parábolas. Jesús hablaría en arameo y nosotros tenemos la versión griega de sus parábolas: otra interpretación (donde se suele perder y añadir).

 

Los temas de las parábolas reproducen las preocupaciones expresadas por Jesús en otros momentos de su enseñanza: le preocupaba la economía, la diferencia entre ricos y pobres (había un hombre rico, Lázaro…); las relaciones entre padres e hijos, hermanos (el padre bueno; las ovejas y las cabras Mt 25); la cuestión de los valores prioritarios (la perla de gran valor; los trabajadores de la viña) y sabemos que el Reino llega con nuestra ayuda (la levadura) como sin ella (el grano de mostaza).

 

Se refiere a sí mismo como el hijo del hombre y reta a sus oyentes a decidirse. ¿Habla de sí mismo como un humano entre otros, que no conoce los secretos del cielo, como cuando Dios dice a Ezequiel: ¿Hijo del hombre, pueden vivir estos huesos? 37,3. ¿Evoca la naturaleza cuasi divina de la humanidad como al decir en el Sal 8,4-5 ¿Qué es el mortal para que te acuerdes de él, el ser humano para que de él te ocupes? Lo has hecho poco inferior a un dios, lo has vestido de honor y gloria Hb 2,7.9. ¿O está aludiendo al hijo del hombre de Daniel a quien le fueron concedidos poder, honor y reino? Le rindieron homenaje gentes de todos los pueblos, naciones y lenguas. Su poder es eterno, nunca sucumbirá; su reino no será destruido. ¿O, simplemente, está usando la expresión galilea yo? ¿A quién se está refiriendo?

 

Sus parábolas son, frecuentemente, un motivo de celebración. Se encontraba con las personas en la mesa, como anfitrión, invitado, o como cuerpo y sangre para ser consumidos. No discriminaba a nadie como compañero de mesa, pero advertía a quienes se negaban a compartir la alegría. Esas imágenes tienen que ver con los motivos dominantes en la concepción judía de el mundo venidero, que era un banquete, una gran fiesta para todos.

 

Las parábolas, no son necesaria ni totalmente alegóricas, no hay relación entre cada uno de los detalles y el correspondiente a un significado simbólico. Un pastor puede ser un pastor y no un símbolo de Dios, una oveja perdida no necesariamente es un pecador, ni el hijo pródigo es Jesús que abandona su hogar para vivir en un mundo pecador y después regresa junto a su padre, Dios. Tenían un sentido que se entendería antes de la resurrección y la posterior revisión pascual. Tenían sentido para sus seguidores o para quien lo escuchaba como un maestro sabio o un vecino de Nazaret.

 

Oír las parábolas en la actualidad

 

Ahora bien, nosotros no debemos limitarnos a una interpretación en su contexto histórico. Para eso tendríamos que haber vivido con él y pensar que el que entonces entendieron era el único modo de entender. Los textos hablan a cada generación e individuo de forma nueva o dejan de estar vivos. Las parábolas no se mantienen como meros productos históricos. Cada época encuentra nuevos significados, lee con otra sensibilidad y proyecta en el texto diferentes cuestiones. La cuestión es, ¿cómo imaginamos esas parábolas para oídos del siglo I y cómo podemos traducirlas a nuestros días?

 

Específicamente, los cristianos deben buscar nuevos significados en los textos antiguos, pues de otro modo estarían quitando de en medio al Espíritu Santo. Cosa nada sencilla y en la que suelen darse habituales corrupciones:

  • A veces se usan como relatos infantiles y así pierden toda su carga de profundidad.
  • No nos tomamos el tiempo necesario para desarrollar el desafío de la parábola, se emplean más como una charla motivacional que como provocación a cambiar.
  • Se piensa que la homilía es un monólogo concebido para entretener sin tensiones. La liturgia deja de ser oportunidad para la reconciliación, la restauración y la renovación. Cuando las iglesias se convierten en un club de buena voluntad, las parábolas se convierten en algo chabacano. El problema no está solo en el que predica, sino en los que se sientan en los bancos.
  • A veces, los relatores piensan que están presentando un mensaje desafiante, pero, de hecho, están repitiendo sin advertirlo, estereotipos antijudíos, estableciendo un contraste equivocado entre los predicaba Jesús y lo que entendían los judíos.
  • Por otro lado, el arte de elaborar una homilía se aparta cada vez más de un enfoque histórico-critico de los textos bíblicos y se aproxima a una teoría de la comunicación o teología práctica, al final lecturas realizadas desde la posición cultural o social del sujeto, cosa de interés, pero que puede no tener suficientemente en cuenta el contexto cultural de Jesús. Entonces abundan los anacronismos y estereotipos.
  • Finalmente, algunos estudiosos bíblicos se distancian de la historia por el atractivo de enfoques más recientes: posmoderno, poscolonial, poscrítico… Algunos rechazan el trabajo histórico (acusándolo de subjetivo y partidista) y prefieren encontrar significados desde su propia perspectiva. Lo que el texto hubiera significado en un primer momento es imposible saberlo o se trata de algo irrelevante.

 

No todo en las parábolas de Jesús es original o contracultural, aunque ahora nos guste eso. La meta de las parábolas no es revelar algo nuevo, sino acceder a nuestros recuerdos, valores y anhelos más profundos, resucitando así lo que es muy antiguo, sabio y valioso. Y a menudo inquietante.

 

 

 

Lc 15,1-3.11-32

 

Solían acercarse a Jesús todos los publicanos y pecadores a escucharlo. Y los fariseos y los escribas murmuraban diciendo: Ése acoge a los pecadores y come con ellos.

Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos dijo a su pare: Padre, dame la parte que me toca de la fortuna. El padre les repartió los bienes. No muchos días después, el hijo menor, juntando todo lo suyo, se marchó a un país lejano, y allí derrochó su fortuna viviendo perdidamente. Cuando lo había gastado todo, vino por aquella tierra un hambre terrible, y empezó él a pasar necesidad. Fue entonces y se contrató con uno de los ciudadanos de aquel país que lo mandó a sus campos a apacentar cerdos. Deseaba saciarse de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba nada. Recapacitando entonces, se dijo: Cuántos jornaleros de mi padre tienen abundancia de pan, mientras yo aquí me muero de hambre. Me levantaré, me pondré en camino a donde está mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo: trátame como a uno de tus jornaleros. Se levantó y vino a donde estaba su padre. Cuando todavía estaba lejos, su padre lo vio y se le conmovieron las entrañas; y, echando a correr, se le echó al cuelo y lo cubrió de besos. Su hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti; ya no merezco llamarme hijo tuyo. Pero el padre dijo a sus criados: Sacad enseguida la mejor túnica y vestídsela; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies; traed el ternero cebado y sacrificadlo; comamos y celebremos un banquete, porque este hijo mío estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado. Y empezaron a celebrar el banquete. Su hijo mayor estaba en el campo. Cuando al volver se acercaba a la casa, oyó la música y la danza, y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Este le contestó: Ha vuelto tu hermano; y tu padre ha sacrificado el ternero cebado, porque lo ha recobrado con salud. Él se indignó y no quería entrar, pero su padre salió e intentaba persuadirlo. Entonces él respondió a su padre: Mira: en tantos años como te sirvo, sin desobedecer nunca una orden tuya, a mí nunca me has dado un cabrito para tener un banquete con mis amigos; en cambio, cuando ha venido ese hijo tuyo que sea comido tus bienes con malas mujeres, le matas el ternero cebado. El padre le dijo: Hijo, tú estás siempre conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero era preciso celebrar un banquete y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto y ha revivido; estaba perdido y lo hemos encontrado.

 

 

El hijo perdido

 

El tríptico de parábolas sobre la dialéctica perdido/encontrado se completa con esta última narración, la más extensa y elaborada. Se la ha conocido como la parábola del hijo pródigo, pero quizá es más exacta la tradición alemana que la llama el hijo perdido. Pero quizá lo que más se acerca al verdadero sentido de la narración es llamarla la Parábola del amor del Padre, único personaje que aparece en las dos partes del relato y clave de todo.

 

Hay textos paralelos en literaturas antiguas -babilónica, cananea, griega, etc.- pero ninguno puede compararse con el vigor poético y la intensidad emotiva de la parábola de Jesús. Se la ha considerado la obra maestra de todas las parábolas y ha sido estudiada a fondo desde los primeros tiempos de las comunidades. Ha servido de fuente de inspiración históricamente a pintores y músicos, a coreógrafos y escritores. Son innumerables los enfoques e interpretaciones de que ha sido objeto. Solo aparece en el evangelio de Lucas -evangelio de los marginados- y resulta clave en un tema tan característico suyo como el perdón que Dios otorga al pecador perdido, saliendo él, en persona, a su encuentro. Es una narración corta, sin la característica aplicación.

 

Se trata de una parábola a la que los especialistas no ven dificultades para atribuirla al primer estadio de la tradición evangélica. Pero es importante pensar las diferencias entre su significado particular de ese primer estadio y las matizaciones que le confieren su inclusión en un determinado contexto, como es el de la recensión de Lucas. Seguramente ese amor incondicional del padre estaría presente desde la primera redacción, pero ahora en el evangelio aparecen otros detalles:

  • Aparece relacionada, con las dos precedentes, en la alegría de haber encontrado lo perdido.
  • Dentro del capítulo, incluyendo la introducción 1-3, el objeto de la parábola es dar respuesta a las observaciones críticas de los fariseos y de los doctores de la ley. La actitud del hijo mayor representa la postura de esos personajes y así quedan alegorizados ciertos detalles: sin desobedecer nunca una orden tuya, o tantos años que te sirvo.

 

En el contexto narrativo de Lucas, la finalidad de esta espléndida parábola consiste fundamentalmente en una legitimación del comportamiento de Jesús con los pecadores, demostrando que en su actitud de acogida se cumple la voluntad salvífica de Dios, mientras que la crítica de los fariseos y de los doctores de la ley va contra el plan de Dios. El principio fundamental de la relación de Dios con el pecador, como lo establece Jesús en esta parábola, es que Dios ama al pecador aun en su situación de pecado, es decir, incluso antes de que se convierta.

 

 

Algunos detalles

 

El protagonista pudiera muy bien ser un terrateniente judío de posición económica desahogada. Según las costumbres ancestrales palestinas, el padre podía disponer de sus bienes de dos maneras: haciendo testamento, efectivo a la muerte del testador; o por medio de la donación en vida en beneficio de sus hijos. Esta modalidad, a pesar de ser desaconsejada en Eclo 33,19-23, parece que fue la práctica corriente. De todas formas, en ambos casos de reparto, la herencia del primogénito tenía que equivaler al doble de lo correspondiente a los demás hijos Lv 21,17. En la donación, el hijo adquiría únicamente el título de propiedad, mientras que el usufructo seguía correspondiendo al padre hasta su muerte. Si el hijo vendía su propiedad, el comprador solo podía entrar en posesión de los bienes a la muerte del padre, y el hijo vendedor perdía todos sus derechos sobre el capital y sobre el usufructo. En el caso de esta parábola, parece que se dio un reparto de la fortuna. El padre sigue actuando y decidiendo como propietario.

 

Hay un contraste hiriente y exagerado en la caída en desgracia del hijo de un terrateniente judío condenado a apacentar cerdos. Un animal impuro en el judaísmo, por no ser rumiante Lv 11,7. Un detalle de la degradación moral a la que se ve sometido el joven. Maldito el criador de cerdos, y maldito el que instruye a su hijo en la sabiduría griega, escribe un rabino.

 

La parábola termina con las palabras del padre: estaba muerto y ha vuelto a la vida. Ese muerto admite dos posibilidades: dado por muerto, ya que rompió con la familia, o moralmente muerto, por su desenfreno en la vida. Por eso puede entenderse lo de volver a la vida como una reintegración a la vida de la familia, o como una conversión.

 

Las dos partes de la parábola cierran en la misma tonalidad centrada en el amor paterno. Las palabras del padre, el verdadero protagonista del relato, expresan, en cada uno de los casos, el amor hacia sus dos hijos.

 

 

 

 

 

 

 

OTRA LECTURA DE LA PARÁBOLA

¿Qué hijo perdido? – (Una familia sin madre)

 

No sabemos si Jesús contó las tres parábolas del conjunto de Lucas 15. Mateo cuenta solo la de la oveja perdida. A nosotros, sobre todo, nos interesa hoy la tercera, cuyo relato no termina, como en las otras dos con una fiesta (aunque también la hay) y un final feliz, sino con dos hombres en el campo: uno, rogando y consolando; el otro, resistiéndose, vacilando o reconciliado. El padre de la tercera parábola, inicialmente, no se da cuenta de que su hijo mayor está perdido; por eso, su búsqueda final no se dirige al menor, que se extravió por sí mismo, sino al mayor, al que de pronto notó perdido. No lo sabemos si termina bien. La parábola queda con las espadas en alto.

 

Un padre tenía dos hijos… Y los oyentes de Jesús podían pensar en Caín y Abel, Ismael e Isaac, Esaú y Jacob… un arquetipo que recorre la Biblia. Vamos a intentar un comentario sobre esta famosísima parábola, tan asediada de interpretaciones diversas, abusivas, contradictorias a veces, y más de una vez incoherentes.

 

Cuando el pequeño pide la parte de la herencia que le corresponde, puede indicar una posible falta de sabiduría, pero no comete ningún pecado. No era insólito entonces ni ahora[1]. También se podría pensar, ¿por qué se lo concede el padre si piensa que es peligroso? El Levítico ordena: Reprenderás a tu prójimo o te harás culpable tú mismo 19,17. Sabiduría había aconsejado: Cuando los días de tu vida alcancen su fin, en el momento de tu muerte, distribuye tu propiedad 33,23-24. El texto griego de ese versículo es más fuerte que Dividió su propiedad (herencia): Él dividió entre ellos la vida. Durante generaciones se ha visto en ese padre a Dios. Pero la parábola, en principio, no habla de eso sino de un padre que está a punto de perder a su hijo menor.

 

Cuando lo hubo gastado todo… Lo que provocó la decadencia del joven es objeto de múltiples interpretaciones según las diversas culturas. En todo caso no fue la generosidad, ni el interés social, sino el despilfarro (doble sentido de pródigo). Pero hay que tratar de eliminar las lecturas que malinterpretan el judaísmo antiguo. En todo caso, la referencia a los cerdos deja claro que el joven se encuentra en territorio no judío[2]. El problema del joven es que tenía hambre. Luego, por la frase he pecado contra el cielo y contra ti no quiere decir que estaba sinceramente arrepentido. Los que conocían bien la Biblia podrían recordar la frase vacía en boca del Faraón para detener la plagas: El faraón convocó a toda prisa a Moisés y Aarón y le dijo: He pecado contra el Señor, vuestro Dios, y contra vosotros Ex 10,16. Quizá el pródigo no está más arrepentido ni había cambiado más en su interior que el gobernante egipcio. Simplemente tenía necesidad.

 

Hay varios personajes egocéntricos en otras parábolas. El rico insensato piensa: ¿Qué voy a hacer ahora que no tengo sitio para almacenar mi grano? Lc 12,17 El administrador deshonesto cavila: ¿Qué voy a hacer ahora? Mi amo me quita la administración, y yo para cavar no tengo fuerzas, y pedir limosna me da vergüenza Lc 16,3. Incluso el juez piensa frente a la viuda: Aunque no temo a Dios ni tengo respeto a nadie, voy a hacer justicia a esta viuda para evitar que me siga importunando Lc 18,4-5. En las cuatro parábolas se recurre al monólogo interior para que quienes escuchan sepan qué piensan los personajes, y en todas ocasiones lo que piensan les conduce, en el mejor de los casos, a una reacción éticamente ambigua.

 

Cuando aun estaba lejos, su padre lo vio… Antes de que el pródigo recurra a su discurso ensayado, su padre sale corriendo para darle la bienvenida. Su compasión no debe entenderse como una reacción sorprendente, como hacen mucho cargando las tintas en el arrepentimiento del hijo y la compasión del padre. Los padres judíos del siglo I, según las fuentes que poseemos, no eran distantes o iracundos. Jesús mismo pregunta en el sermón del monte: ¿Quién de vosotros, si su hijo le pide pan, le dará una piedra? Mt 7,9. En los evangelios encontramos numerosos padres que buscan la curación de sus hijos: Jairo, el jefe de la sinagoga; el padre del niño epiléptico suplica primero a los apóstoles y luego a Jesús… Filón, una buena fuente respecto a las costumbres judías del tiempo comenta que los padres a menudo no desprecian a los hijos de conducta reprensible; antes bien, movidos a compasión por su desgraciado estado, los rodean de cuidados y atenciones. No se puede insistir en que el padre de la parábola es un Dios “cristiano” que rechaza al supuesto Dios de la ira judío. De todas formas, aun cuando la audiencia judía hubiera comparado a Dios con el padre del relato, no habrían encontrado nada sorprendente. La alianza sigue en vigor: Dios aún ama a los extraviados, desde David hasta Efraín e Israel.

 

En la literatura rabínica encontramos este ejemplo: Un rey tenía un hijo que se había descarriado alejándose de su padre durante un viaje de cien días. Sus amigos le dijeron: Regresa junto a tu padre. Él les dijo; No puedo. Entonces su padre mandó que le dijeran: Regresa, por lejos que estés, y yo haré el resto del camino contigo. Así dice Dios: Regresad a mí y yo volveré con vosotros. Para los rabinos lo desafiante no es percibir el amor de Dios de un modo nuevo; lo verdaderamente desafiante, para todo sistema religioso, es que regrese el descarriado.

 

Las palabras iniciales que el pródigo dirige a su padre cuando regresa son una repetición perfecta de lo que había planeado decir. Comienza con la palabra padre, no con señor o amo. En cuanto pronuncia la primera palabra se restablece a sí mismo como hijo, no como asalariado o esclavo. Y al padre no le preocupa si el hijo es o no sincero, como al pastor no le importa el arrepentimiento de su oveja o a la mujer el estado emocional de la moneda encontrada. El padre pide que saquen el mejor vestido y eso podría recordarnos la historia de José. Su nuevo patrón o figura paterna, el faraón, se quitó de l amano el anillo oficial y lo puso en la de José, e hizo que lo vistieran con ropa de lino fino Gn 41,42. Por cierto, ¿dónde estaba la madre de esta familia? El vocabulario de la resurrección –estaba muerto y ha vuelto a la vida– expresa la verdadera alegría del padre: ha recuperado a su hijo.

 

Las interpretaciones cristológicas que ven en Jesús el protagonista de todos sus relatos no son erróneas, sino legítimas y a menudo profundas. Henri Nouwen: Estoy tocando aquí el misterio: Jesús mismo se hizo hijo pródigo por nosotros. Dejó la casa de su Padre celestial, vino a un país extranjero, dio todo lo que tenía y regresó, mediante la cruz, a la casa de su Padre. Lo utilizan como alegoría y no concuerdan con los términos de la parábola: Jesús no despilfarró su herencia, ni viene como un hijo perdido que solo piensa en su placer, ni tiene otro hermano…

 

La parábola no dice apenas nada sobre la reacción del menor a la acogida. Podría sostenerse la imagen de un joven manipulador, mimado, y aliviado con la recuperación, al menos de momento, de su papel familiar. Antes de volar a la alegoría, miremos a este padre feliz con el regreso de su hijo, quizá favorito. Y tengamos en cuenta del que no está, al menos todavía, invitado a la fiesta. Un hombre tenía dos hijos. El oyente, además del padre, se había olvidado un poco del otro.

 

Cuando nos encontramos con el desaparecido hermano mayor, se trastocan las expectativas. Él no es Caín, que mata a su hermano; ni Esaú… Pero nadie ha corrido a invitar al hijo mayor a la fiesta; nadie se dio cuenta de que faltaba. ¿Cómo sería la relación entre los hermanos? La Biblia, lo hemos dicho, habla de varias rivalidades fraternas: Caín y Abel, Isaac e Ismael, Jacob y Esaú, Lía y Raquel, José y sus hermanos, etc. En el evangelio, Marta y María no parece llevarse muy bien, tampoco Jesús con sus hermanos. En este caso, el mayor puede esperar dificultades con el regreso de su hermano. Además, el sentimiento de ser ignorado -por el hermano pródigo y el padre entusiasmado- no es fácil de asimilar. Podría dar la impresión de que el padre satisface al que le menosprecia y menosprecia al que le satisface. La irritación del mayor no está injustificada. Mientras que el pequeño regresa junto a su padre, el mayor se acerca a la casa. Las palabras del esclavo reconocen la integración del mayor en su familia, tu hermano… tu padre, pero éste no reconoce la relación.

 

El padre se encuentra ahora con que ha recuperado a uno y con eso pierde a otro. Hasta ese momento no se da cuenta de que quizá es el mayor el que estaba perdido. Necesita completar su familia. No se trata de encontrar una oveja, una moneda, como es las parábolas anteriores. Los hijos tienen memoria, necesidades emocionales y voz propia. Algunas versiones traducen: Su padre salió y comenzó a suplicarle. Pero sería mejor: Su padre salió y comenzó a consolarle. El padre quiere rogar y suplicar al mayor para que se una a la celebración y quiere proporcionarle consuelo diciéndole que él ha tenido siempre el amor paterno. De todas formas, la parábola no da el discurso del padre, lo que aparecen son las palabras agraviadas del hijo mayor. Quizá expresan años de resentimiento porque cree que su fidelidad no ha sido tenida en cuenta. El hijo problemático recibe más atención y amor que el prudente y fiel. El mayor puede hablar por los 99 que no necesitan arrepentirse y por eso producen menos alegría. En su vocabulario está expresada su distancia emocional: tu hijo, ése… al que no siente como hermano. Quizá si él se sentía realmente esclavo había sido incapaz hasta este estallido de expresar sus opiniones al padre.

 

Parece obvio que el mismo Lucas hace una interpretación de la parábola. Lleva a los lectores a ver al hijo mayor como el representante de los fariseos y escribas que critican a Jesús por comer con los pecadores. Y luego muchos comentaristas han seguido esa línea: el hermano mayor responsable, religiosamente obediente, pero sin alegría… etc. Otros lo interpretan como representante del judaísmo (cristianismo) más restrictivo.

 

Aunque la mayoría de las traducciones comienzan la respuesta del padre con el término hijo, el término griego es mejor traducirlo como criatura. La misma palabra que emplean María y José cuando, tras desesperada búsqueda, lo encuentran en el templo: Criatura, tu padre y yo te hemos estado buscando con gran angustia Lc 2,48. Y con esa palabra comienza el padre su intento de reconciliación: Criatura, tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo. En esos difíciles equilibrios emocionales, es posible que el padre sintiera una cosa y el hijo otra. En cuanto a los bienes, que ya son todos suyos, no se queja tanto del empleo hecho a favor del pródigo, cuando del afecto paterno que eso significa y que él no ha sentido nunca. El padre reitera al mayor su vínculo afectivo e intenta restaurar o crear una nueva relación entre los hijos. Cambia la distante expresión del mayor, tu hijo, ése, por tu hermano, queriendo así restaurar la familia de nuevo. Y termina con el vocabulario de la resurrección: el hermano desaparecido ha sido recuperado, está en casa, la celebración está justificada.

 

Es necesario alegrarse y regocijarse, insiste el padre. Pero tanto él como el hijo mayor siguen fuera de casa. ¿Entrarán? Es una parábola para medir nuestras propias emociones. ¿Qué pasará en esa casa a continuación? Es muy complicado manejar esos equilibrios emocionales en una familia. El resentimiento puede arruinar los valores familiares y sociales. La parábola nos muestra que la tolerancia no compra el amor, pero su ausencia puede destruirlo. Siempre buscamos ese complejo equilibrio, nuestra familia nunca está completa. Es más fácil recuperar una oveja o una moneda, pero los hijos son otro cantar.

 

La parábola puede leerse incluso como un texto que se opone a la fácil interpretación lucana del arrepentimiento y del perdón. En esta casa nadie ha expresado dolor por haber herido a otro, como tampoco se expresa perdón alguno. La convivencia resulta a veces muy compleja, también la reconciliación después de una ruptura. Reconocer que aquél que has perdido puede estar con todo derecho en tu casa. Conseguir de su regreso un motivo de alegría y un nuevo ambiente que impida que se pierda de nuevo.

 

Lo que vale para la familia vale para el mundo.

  • Un padre tenía dos hijos: Caín y Abel… La marca de Caín es una marca de protección divina y, si Dios quiere protegerle, nosotros aprenderemos a hacerlo. ¿Podremos encontrar el modo de reconciliarlo con la familia humana?
  • Un padre tenía dos hijos: Isaac e Ismael… Actualmente sus descendientes están en guerra. Sin embargo, los dos hijos se reconcilian al morir Abrahán y juntos lo entierran. Quizá también puedan hacerlo sus descendientes.
  • Un padre tenía dos hijos: Jacob y Esaú… Uno robó la primogenitura y la bendición y el otro juró matarlo en venganza. Sin embargo, cuando su padre resulta herido, los dos se reconcilian.

 

Un padre tenía dos hijos… Los detalles pueden ser completados continuamente en cualquiera de nuestras familias, en todos nosotros. Las escrituras de Israel dan esperanza para los hijos de la parábola lucana. Pero todavía más, la vida de Jesús, que nos llama a buscar y tratar de encontrar lo perdido, aunque exige trabajo. Y, puesto que todos nos pertenece, celebrar con alegría cualquier incorporación a esa herencia de esperanza para todos.

 

 

 

 

[1] Deut 21,7: El padre tendrá que reconocer a ése, al hijo de la mujer menos querida, como el primogénito y darle dos tercios de todos sus bienes, porque él es el primer fruto de su virilidad y a él le corresponde el derecho de la primogenitura. Pero sabemos que en el sI era ya los padres los que determinaban las cantidades a distribuir.

[2] O judío con gran mayoría de paganos. En la Decápolis, donde Jesús exorcizó a un endemoniado enviado a los malos espíritus a una piara de cerdos Lc 8,32-33, las excavaciones arqueológicas han encontrado huesos de cerdos. Pero Lv 11,8 dice sobre los cerdos: de su carne no comerás, y sus cadáveres no tocarás; son impuros para ti. Y la Misná insiste: ningún israelita  puede criar cerdos en parte alguna.