LEER EL EVANGELIO HOY

 

 


LEER ESA PALABRA EVANGÉLICA

Un recordatorio: la escuela de Juan

“Lo primero que preguntaré cuando llegue al paraíso, será: san Juan, ¿de verdad es tuyo tu evangelio?”. Esta ocurrencia del malicioso padre Brillet, allá por los años 1940, expresa con bastante acierto los interrogantes que el evangelio de Juan planteaba entonces a los exegetas católicos. Ya hacía tiempo que la crítica no católica había descartado la atribución tradicional de este evangelio a Juan, hijo de Zebedeo. La principal dificultad estaba en explicar cómo un pescador de Galilea —sin instrucción por hipótesis (Hch 4, 13)— pudo escribir un evangelio tan elaborado y tan adaptado a un auditorio helenizado. Actualmente, hay algunas divergencias entre los críticos, pero cierto número de exegetas se orientan hacia una solución más dúctil y satisfactoria para el espíritu: Juan el de Zebedeo sería probablemente el discípulo al que amaba Jesús (Jn 13, 23); estaría en la fuente del cuarto evangelio, pero no sería él su redactor. Este evangelio habría conocido una larga formación en los ambientes judeo-helenistas o helenizados, imbuidos en diversas especulaciones.

Se llama entonces “escuela de Juan” a ese conjunto de discípulos que predicaban en las comunidades relacionadas con el testimonio del discípulo, a ésos cuya rúbrica encontramos en 21, 24: “Y nosotros sabemos que es válido su testimonio”. Esta hipótesis, que permite una gran plasticidad de variantes de detalle, explica a la vez los informes de primera mano que contiene el evangelio, como el ministerio paralelo de Jesús y de Juan Bautista (cf. supre, 5), y el carácter visiblemente reconstruido de varias escenas del evangelio cuyo género literario es preciso comprender debidamente.

 

Un trabajo en colaboración

 ¿Cómo representarse la larga elaboración del evangelio en unos ambientes de diferente cultura y sensibilizados de diversas maneras?

Desde el principio, tuvieron que colaborar los judíos palestinianos y los judíos helenizados en la difusión de la buena nueva. Según Hch 8, 5, Felipe, uno de los siete (Hch 6, 5), que era uno de los helenistas de Jerusalén, fue a predicar a Samaria y su predicación fue confirmada por Pedro y por Juan, que bajaron allá expresamente desde Jerusalén (Hch 8, 14). El éxito fue enorme en Samaria, tierra de gente heterogénea, país de sincretismo. Era una piedra de toque extraña para la nueva religión, enfrentada ya con doctrinas de enviados celestiales que predicaban la liberación y la salvación, especulaciones de tipo gnóstico. Según Hch 8, 1 0, Simón el mago se hacía llamar “la gran potencia de Dios”. En aquella tierra empezaría el trabajo de profundización de lo que era Jesús el resucitado por parte de los discípulos que vivían de su espíritu.

Así, se fue creando poco a poco una catequesis, arraigada en el testimonio de unos testigos, en la cultura bíblica y palestina, pero que se aprovechaba de la experiencia secular de los judíos de la diáspora, especialmente en unos ambientes que andaban buscando un revelador.

Hacía ya tiempo que los más religiosos y llenos de celo de los judíos dispersos entre las naciones se habían esforzado en presentar a los griegos el mensaje bíblico de una manera que les fuera accesible. Su cooperación con los primeros testigos del Señor fue decisiva para la transmisión del mensaje evangélico. Si Pablo se vio rodeado de una nube de colaboradores, nacidos muchos de ellos, lo mismo que él, en la diáspora, ¿cómo Juan, el más conocido de los apóstoles después de Pedro, no habría podido suscitar un gran número de discípulos que se convirtieran a su vez en predicadores? Recordemos que Santiago, el hermano de Juan, había muerto mártir en el año 44 y que Juan era una de las columnas de la iglesia (Gál 2, 9).

En la comunidad había enseñantes (dídaskaloi) y profetas (cf. 1Cor 12, 29; Hch 13,1). La catequesis era predicada antes de ser escrita. En el interior de la comunidad acompañaba de ordinario a la práctica litúrgica. Podemos pensar que el diálogo con Nicodemo desea poner de relieve una enseñanza sobre el bautismo. El discurso del pan de vida se centra en la eucaristía. Los discursos de despedida evocan la última comida de Jesús, esto es, la cena.

Fue seguramente una comunidad particular —y dentro de ella un redactor especial— la que se encargó de transmitir la catequesis viva que se apoyaba en “el discípulo al que amaba Jesús”. Lo demuestra la unidad de tono y de estilo. Las refundiciones o las adiciones que descubre la crítica literaria demuestran que esta obra no se realizó de una sola vez.

Si creemos al versículo final del capítulo 21: “Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se contaran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran” (Jn 21, 25), resulta que todavía en la última etapa de la redacción se habrían podido fijar por escrito un gran número de tradiciones orales sobre Jesús. No queda más que una parte muy pequeña de una inmensa predicación.

¿En qué momento se le dio la última mano a este evangelio? Sabemos que la edición de un texto en la antigüedad no puede compararse con una edición moderna que recibe en la imprenta una forma inmediatamente definitiva. Este evangelio era la herencia de aquel discípulo que, reclinado en el pecho del maestro, había penetrado más en su misterio. Por eso era preciso fijarlo y no volver a tocarlo ya más. La predicación oral se transformaba en “escritura”.

Los copistas irían copiando una y mil veces ese texto incansable y cariñosamente. La tradición manuscrita del evangelio de Juan es excelente. Se han encontrado algunos papiros que datan de alrededor del año 200 y que se han publicado después de 1 960. El testimonio más conmovedor, por ser el más antiguo, es un pequeño papiro, del tamaño de la palma de una mano, descubierto en Egipto. Publicado en 1 935, contiene al derecho y al revés los versículos 18,31-33 y 37-38 del evangelio de Juan. Los papirólogos lo fechan entre el año 100 y el 150. Confirma la opinión tradicional de que la redacción final no puede superar los comienzos del siglo II.

 

Juan 1,35-42

Al día siguiente estaba Juan con dos de sus discípulos y, fijándose en Jesús que pasaba, dice: Este es el Cordero de Dios. Los dos discípulos oyeron sus palabras y siguieron a Jesús. Jesús se volvió y, a ver que lo seguían, les pregunta: ¿Qué buscáis? Ellos le contestaron: Rabí (que significa Maestro), ¿dónde vives? Él les dijo: Venid y veréis. Entonces se fueron, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día; era como la hora décima. Andrés, hermano de Simón Pedro, era uno de los dos que oyeron a Juan y siguieron a Jesús; encuentra primero a su hermano Simón y le dice: Hemos encontrado al Mesías (que significa Cristo). Y lo llevó a Jesús. Jesús se le quedó mirando y le dijo: Tú eres simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas (que se traduce: Pedro).

El pasaje

Es una escena con dos momentos. El Bautista encamina a dos de sus discípulos hacia Jesús y ellos se encuentran con él. En el segundo se relata la llamada a Cefas/Pedro. En ambas hay una persona, Juan o Andrés, que anuncia a otras, con la ayuda de un título (Cordero de Dios[1], Mesías[2]) que ha encontrado al salvador escatológico. A partir de ese momento los destinatarios del mensaje entran en contacto directo con Jesús, el cual les abre una nueva perspectiva de vida, simbolizada en un nombre nuevo.

Al contrario que en los sinópticos la reunión con los primeros discípulos ocurre antes del arresto del Bautista; en los nombres de los discípulos primeros hay variantes y éstos no abandonan su vida familiar y profesional, además parte de ellos provienen de los círculos bautistas[3]. Además, mientras en los sinópticos es Jesús quien llama, en Juan hay un tercero que los lleva hasta él. De la misma manera que en la situación pospascual la persona de Jesús se descubre por medio de un testimonio misionero. El verbo ver tiene una función esencial, sustituye a una llamada directa por parte de Jesús, pero también los discípulos ven, perciben la vida de Jesús como una revelación. También es notable el tránsito de la escena donde todos los movimientos confluyen hacia Jesús punto focal del encuentro.

La indicación temporal al día siguiente marca el comienzo de una nueva etapa, la transición entre el testimonio de Juan y la reunión de los primeros discípulos de Jesús. Éstos dejan a su maestro para reunirse con Jesús. Su breve conversación es un buen ejemplo del lenguaje simbólico joánico. Primero se evoca la cuestión de la morada de Jesús, pero la terminología empleada remite a otro significado que aborda la cuestión fundamental de la revelación. Jesús toma la iniciativa, ¿qué buscáis?; pues el ser humano se caracteriza por la búsqueda de sentido y plenitud. La respuesta de los discípulos, ¿dónde vives?, vincula esa búsqueda con el lugar de la vida verdadera, donde sentido y plenitud pueden ser hallados y, por tanto, con la persona de Jesús. La salvación, dirá el evangelista luego, consiste en estar allí donde está Cristo 14,2, en permanecer en él 15,4-7. De todas formas, si lo llaman rabí[4], todavía lo toman por un maestro humano, no conocen a fondo su verdadera identidad.

La invitación que Jesús pronuncia, venid y veréis, permite descubrir el verdadero lugar de la vida. El texto no explicita lo que los discípulos son invitados a ver; el mismo lector debe llenar él mismo esta omisión. Los tres verbos siguientes, fueron-vieron-permanecieron, muestran que los discípulos cumplieron la invitación de Jesús.

En esa experiencia, Andrés ha descubierto la mesianidad de Jesús, al buscar le corresponde un encontrar. El título de Mesías expresa la quintaesencia de la espera escatológica judía tradicional. Su traducción por Cristo establece el vínculo con la fe cristiana primitiva. Mientras que en la tradición sinóptica Pedro es el autor de la confesión mesiánica, aquí lo es Andrés. De nuevo la revelación se propaga por un testigo. Después del Bautista, es André el vehículo ahora dirigido a Simón. Éste es conducido por su hermano hasta Jesús y el encuentro personal lleva al reconocimiento de la identidad de Simón por Jesús y a su transformación.

En el cara a cara entre los dos hombres, Jesús es quien actúa, mira y habla. No se menciona la respuesta de Simón. El Jesús joánico conoce perfectamente al ser humano[5], aquí la revelación no consiste en el desvelamiento de secretos divinos, sino de la existencia humana. En un primer momento es reconocido por su nombre, Simón, hijo de Juan; pero luego recibe un nombre nuevo Cefas, sin pedir su conformidad, y con el nuevo nombre una distinta identidad[6]. Esta llamada soberana que lo pone en una nueva relación con Jesús, transforma radicalmente la comprensión que él tiene de sí mismo. Desde este instante la referencia de su existencia está en su ser discípulo, en su responsabilidad eclesial. Traducir Cefas por Pedro remite a la identidad eclesial de Pedro y expresa de antemano su función de fundamento, en ese luego de palabras entre el nombre propio y el nombre común piedra[7].

En medio del conflicto

El evangelio de Juan ha recibido el apodo de “evangelio espiritual”. Hay que entender bien esta designación de “espiritual”. No hemos de prestarle ese sentido blando y sin relieve que a veces le dan las lenguas modernas, sino el sentido vibrante de “animado por el espíritu”.

Si este epíteto se le ha reservado al evangelio de Juan —a pesar de que la Biblia por entero es “espiritual”—, ha sido sin duda debido a la profundidad de la mirada que dirige sobre el misterio de Cristo. Pero profundidad no significa evasión de lo cotidiano, refugio en lo abstracto, alejamiento del “mundo”. En este evangelio se relatan las polémicas, los conflictos, las rupturas que, siguiendo la línea de los que conoció Jesús, marcaron a la primitiva iglesia y más especialmente a la del ambiente joánico.

Esa es la lectura que conviene hacer en primer lugar, para desmitificar una imagen convencional del cuarto evangelio, para percibir cuáles fueron las dificultades y las crisis que rodearon al mensaje de Juan. Más todavía: precisamente a la rudeza de esos enfrentamientos es a la que debemos en parte la profundidad de su visión. Un crecimiento en un ambiente cómodo no habría permitido una visión incisiva y penetrante. Es en la aspereza de la lucha donde se robusteció la doctrina.

Primer conflicto: los discípulos de Juan Bautista

 Un pequeño episodio, que constituye para la crítica una información de primera mano, nos habla de una relación que los discípulos de Juan acaban de hacer a su maestro. Juan estaba entonces bautizando en Ainón, no lejos de Salín. Era una época en la que, precisa el texto, “Juan no había sido apresado todavía”. Pues bien, los discípulos de Juan vienen a decirle: “Rabbí, el que estaba contigo al otro lado del Jordán, aquél de quien diste testimonio, mira, está bautizando y todos se van a él (Jn 3, 22-26).

Preciosa información: Jesús, después de haber sido bautizado por Juan Bautista, ejerció también con sus discípulos un ministerio de bautismo, mientras que el Bautista bautizaba por su lado. Esta información ha sido desechada por los evangelios sinópticos, que hacen comenzar la vida pública de Jesús después del encarcelamiento de el Bautista (Mc 1, 14). El evangelio de Juan es el único que nos dice que el ministerio de Jesús tuvo una fase común y paralela con el de Juan Bautista, Y ya entonces los discípulos de Juan habían reaccionado en contra: Todos se van a él”. ¿Y tú? ¿Y nosotros? ¿Qué va a pasar contigo, si él no era más que tu discípulo?

La pluma del evangelio retoca la antigua información insistiendo en el testimonio que Juan Bautista ha dado de Jesús (Jn 3,27 s), pero muestra claramente el punto de partida de una rivalidad que perduraría largos años entre los discípulos de Juan y los discípulos de Jesús.

El evangelio de Juan es también el único en decir explícitamente que los primeros discípulos de Jesús le vinieron del grupo que rodeaba al Bautista (1,35 s). Este dato nos permite comprender la importancia del Bautista para la comunidad primitiva: todo había comenzado con el precursor, según los sinópticos y los fragmentos catequéticos conservados por los Hechos de los apóstoles (Hch 1, 5.22; 10,37: 11, 16; 13,24;18,25; 19, 3). Explica también las reacciones de los que, apegados a su maestro Juan Bautista, se negaron a pasar al lado de Jesús el Galileo.

Juan Bautista había enviado una delegación de sus discípulos a Jesús (Lc 7, 19). Tampoco en el ayuno estaban de acuerdo sus discípulos (Mc 2, 18): el Bautista se alimentaba de saltamontes y de miel silvestre, mientras que Jesús comía y bebía (Mt 11, 19). Ellos esperaban a un juez, que “en su mano tiene el bieldo y va a limpiar su era”, es decir, a Israel (Mt 3, 12); pero ¿Jesús se manifestaba acaso como juez?

Para los discípulos del Bautista que no pudieron dar el paso hacia Jesús ni aceptar que fuera el Mesías esperado, la ruptura fue tanto más dura cuanto que se hizo precisamente en el interior de un grupo en el que primitivamente todos podían considerarse como hermanos en la conversión. Los que habían seguido al Nazareno, se presentaron como competidores sin título de ninguna clase. Es verdad que los discípulos de Jesús proclamaron que Juan Bautista había testimoniado en favor de su maestro, pero esta llamada no fue escuchada.

El prólogo de Juan demuestra a su manera la existencia de una polémica, al refutar la opinión de que Juan fue la luz: “Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan. Este vino como testigo para dar testimonio de la luz, para que todos creyeran por él. No era él la luz, sino quien diera testimonio de la luz” (Jn 1, 6-8). Juan era la lámpara, pero no la luz (cf. Jn 5, 35); “una voz”, pero no la palabra (Jn 1, 23).

Como el mismo Jesús, Juan el Bautista fue también signo de contradicción: guía para los unos, pantalla para los otros. Los documentos más tardíos nos dicen que sus discípulos constituyeron una secta en oposición abierta a los cristianos.

DOS ORACIONES

Con nuestra confianza puesta en tu ungido, tu siervo Jesús, te invocamos: Abba, Padre, envíanos el Espíritu para que seamos consagrados como verdaderos discípulos de Cristo, y para que nos pongamos al servicio de su Evangelio. Ayúdame a permanecer siempre fiel en oración y contemplación y a no poner jamás límite alguno a la acción del Espíritu Santo en mí.

Señor, con tus discípulos acudimos a ti a rogarte: ¡Enséñanos a orar! Ayúdanos a transformar nuestra vida de modo que sea una adoración al Padre en espíritu y en verdad. Enséñanos a reconocer como hombres esta nuestra época y los signos de los tiempos, a darte la debida respuesta con toda nuestra vida. Te damos gracias, Señor, por esta gran época con sus posibilidades y sus trances diversos, una época en la que no hay lugar para medias tintas o devociones superficiales que nos sirvan de refugio.

 

¿Qué significa haced discípulos míos? Podría sonar a indoctrinación. Pero la palabra griega tiene el significado de estudiante. Alguien que está hambriento por aprender. Hacer discípulos, me parece a mí, es invitar a la gente a buscar la verdad de Dios juntos.

Pablo D´Ors: El olvido de sí

Erradiqué definitivamente de mi corazón mis ridículas ínfulas de maestro, haciendo de mí ese discípulo y amigo del pueblo que debe ser todo evangelizador. Ya en 1907 dejé de hablar de evangelización y comencé a hablar de amistad. La evangelización estaba como telón de fondo, por supuesto, pero mi trabajo –ser amigo de todos- sería algo así como su preparación remota y necesaria. No es posible evangelizar a nadie del que antes no te hayas hecho amigo.

De mi celo evangelizador pasé a la estrategia de ser amigo para evangelizar, y de ahí a la amistad en sí misma, y así fue cómo recibí el Evangelio que pretendía predicar. Porque no se puede evangelizar sin antes ser evangelizado; y porque no hay dar que sea meritorio si, al tiempo, no se sabe recibir. La amistad es el mejor modo de evangelización, pero de uno mismo en primer término. Evangelizar, además, no consiste en dar a alguien lo que no tiene, sino en permitir que sea él o ella quien lo descubra.

 

Luis González-Carvajal, Salió un sembrador a sembrar, Sal Terrae, sept 2017

Cuando Pedro Duque, el primer astronauta español, regresó de su viaje espacial, le preguntaron en una entrevista (El País) sobre el colegio en que estudió:

Sacó diez en religión, ¿En qué ha quedado eso?

En que me sé todos los dogmas de la Iglesia católica.

Se los sabe, pero ¿se los cree?[8]

No ponían nota por creérselos.

Quiere decir que transmitir creencias es relativamente fácil, pero no equivale a transmitir la fe, que es un acto personal en el que nos entregamos a Dios comprometiendo el fondo de nuestro ser. Es un don, pero nosotros tenemos en él una parte. Como dicen Pablo y Bernabé en Jerusalén a informar de su misión: Contaron cuanto Dios había hecho juntamente con ellos. Hch 15,4. Tener experiencia es afrontar la pregunta: ¿Quién decis vosotros que soy yo? Mt 16,15. Sin respuesta no hay encuentro. Sin encuentro no hay espacio donde resuenen las palabras del Maestro. Así comenzó el cristianismo, con  la experiencia personal (y en comunidad) de unos pocos del Resucitado. Por eso tenían la certeza de estar ante un encuentro verdadero, porque lo vieron.

Nuestra intervención puede parecerse a eso que decimos: Tengo un Amigo que me ha cambiado la vida; si quieres, te lo presento. Para esto el lenguaje más apropiado no será el discurso, sino el relato: contamos nuestra historia de salvación. (La historia de Tony de Mello con el convertido que no sabía nada de Jesús, pero había transformado su vida). O se cuenta del tesoro que uno ha encontrado en el campo Mt 13,44.

Los autores bíblicos suelen contar. Muchos otros signos, que no están escritos en este libro, hizo Jesús a la vista de sus discípulos. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que, creyendo, tengáis vida en su nombre Jn 20,30-31. Eso no quiere decir que, propiciando ese encuentro, se vaya a dar. Decía Spaemann: El hecho de que las masas abandonen a Jesús y que Barrabás gane el plebiscito del viernes santo prueba que la causa de la increencia no es únicamente la falta de credibilidad de aquél que anuncia la fe. Nuestra intervención es necesaria (¿Cómo van a creer en él, si no les ha sido anunciado? Rm 10,14), pero no suficiente.

[1] El primer título que se aplica a Jesús cuando entra en escena en su humanidad es el de “Cordero de Dios que quita el pecado del mundo’. Para comprender el significado de esta expresión, es necesario conocer bien las tradiciones judías. Efectivamente, la imagen del cordero había sido aplicada en diversos ambientes al futuro caudillo de Israel. Dios haría que le salieran cuernos al frágil cordero y lo transformarla en carnero vencedor. De esta forma se evocaba la revancha de los pobres y de los débiles en Israel. La imagen podía referirse también al futuro mesías. Como, según la espera universal, el mesías debía instaurar en el país un reino de santidad y de justicia, la expresión colocada en la boca de Juan bautista posee un trasfondo judío sólido, aunque el término “mundo” la amplía a una santificación universal.

El evangelista que se dirige a unos lectores cristianos les presenta un signo discreto. El cordero había triunfado por medio de la cruz y la imagen podría relacionarse con la del Apocalipsis, en donde el cordero tiene siete cuernos, símbolos de su poder. El lector podía pensar entonces en el siervo de Isaías, llevado al suplicio lo mismo que la oveja al matadero, siervo que conocería también una revancha y alcanzaría una larga posteridad (Is 53, 7-12). Un cristiano podía igualmente relacionarlo con el cordero pascual que se manifestaría en la cruz. Pero la imagen no debe interpretarse en un sentido dolorista: el cordero trae la liberación y la santidad. La imagen está llena de esperanza. Con esta idea es como empezarán a reunirse los discípulos: “¡Hemos encontrado al Mesías!” (Jn 1,41).

[2] Dos de los discípulos de Juan bautista siguieron a Jesús. Poco a poco van llevando a él a otros discípulos. Esos discípulos irán concediendo a Jesús toda una serie de denominaciones: Rabbí, mesías, hijo de José, hijo de Dios, rey de Israel (Jn 1, 38-39). Esta floración de títulos, de los que hay algunos corrientes (Rabbí, hijo de José), mientras que otros son de tipo real (mesías, hijo de Dios, rey de Israel), expresa desde el principio la variedad de aspectos de Jesús en su complejidad humana.

El título de “hijo de Dios” no debe entenderse en el sentido que le dio la teología posterior. Esta expresión reviste en el judaísmo diversos sentidos; en este contexto preciso equivale a “rey de Israel”; el mesías rey era el hijo adoptivo de Dios según el salmo 2: “El Señor me ha dicho: Tú eres mi hijo. Yo te he engendrado hoy” (Sal 2, 7),3

Este despliegue de títulos culmina en el que Jesús se da a sí mismo, el de hijo del hombre, que en Juan encierra un sentido específico: “Veréis el cielo abierto y a los ángeles de Dios subir y bajar por encima del hijo del hombre” (Jn 1, 51).

[3] Los evangelios coinciden en pensar que el Bautista tenía discípulos. Sus señales distintivas eran el bautismo recibido de Juan, el ayuno Mc 2,18 y unas oraciones específicas Lc 5,33; 11,1. Jn 3 25-26 y 4,1 dan cuenta de una cierta rivalidad entre los discípulos de Jesús y los de Juan. Estos últimos sobrevivieron a la muerte de su maestro Mc 6,29; Hch 19,3.

[4] Por cierto, un uso anacrónico de este término, porque esta significación del rabí solo se impone a partir de la segunda mitad del siglo I.

[5] La omnisciencia no era desconocida en le mundo helenístico. Filóstrato, en La vida de Apolonio de Tiana, escribe: No te extrañe, repuso Apolonio, que yo sepa todas las lenguas de los hombres; pues sé también lo que significa el silencio de los hombres.

[6] De forma significativa, en 21,15-22, la escena de la rehabilitación, el Pedro que ha renegado de su maestro escucha que éste le llama Simón, hijo de Juan, pero cuando acaba la escena ¡recupera su nombre de Pedro!

[7] El sustantivo arameo Cefas designaba en su origen una piedra redonda, a veces una piedra preciosa. La traducción griega Pedro es correcta. Este sobrenombre, ¿quería poner en evidencia un rasgo del carácter de Pedro, su firmeza? ¿O hacer referencia a su valor único (piedra preciosa)? ¿O a su papel de roca? No lo sabemos. El relato joánico lo presenta como el portavoz de los discípulos 6,68 y como el pastor pospascual de la comunidad de los discípulos 21,15-17.

[8] Un conocido cuento jasídico narra que, tras una convivencia prolongada de dos rabíes, a uno de ellos le preguntó su suegro qué había aprendido a su lado, y respondió: Aprendí que hay un creador del universo. El suegro, llamando a su criada, le preguntó a ella si sabía que hay un Creador del universo. Sí, respondió ella. Por supuesto, dijo el rabí, todo el mundo lo dice, pero ¿lo saben?