Gafas para leer la Biblia

Marzo 1987 nº 6

A pesar de lo que piensan los teóricos, y con todo respeto a la complejidad de lo humano, no cabe duda de que suele ser la razón la que en la vida del hombre juega el papel de acompañante del corazón y de su praxis, y no viceversa. Esto explica por qué los grandes líderes de la humanidad no han sido necesariamente los más inteligentes.

Explica igualmente por qué puede darse en los países falsamente llamados “subdesarrollados” mayor clarividencia humana que en muchos otros que tanto dinero y tiempo dedican a la enseñanza formal. Cuanto más nos acercamos a la fibra humana, más dudosos aparecen los baremos usuales con los que se juzga cualitativamente conceptos como los de “desarrollo”, “felicidad” o “calidad” de la vida humana.

Desde nuestro primer mundo, miramos con nostalgia., con admiración y hasta con envidia, a esos otros mundos en los que se conserva la forma tradicional de vida. Sospechamos también que, si tuviéramos tiempo, interés y valentía, podríamos aprender mucho de esos pueblos que llamamos “Tercer Mundo”.

…Y hoy, Cuadernos Cidaf quiere ofrecer un ejemplo, entre muchos, de lo que podríamos aprender.

Se trata de un curso de Biblia concebido y realizado en swahili, entre gentes de los suburbios de Dar es Salaam que apenas saben leer o escribir. El curso utiliza un lenguaje directo, y se escuchan ecos de vivencias distintas de las de Europa. Sin embargo, a pesar de su aparente sencillez, este curso de Biblia en swahili refleja un concepto humano, espiritual y cristiano de la libertad que para si quisieran tantos cristianos europeos.

C.I.D.AF. no es un centro confesional. Pero lo cristiano es ya hoy parte integral de Africa y de su pluralismo. Creemos por ello que el presente cuaderno agradará y aportará algo nuevo, no sólo a los cristianos que se interesan por Africa, sino a todos aquellos, cristianos y no cristianos, que saben, o al menos sospechan que Africa puede ser ejemplo de libertad.

Miwani ya Biblia

“Gafas para leer la Biblia”

 

Capítulo I

¡Qué gozada leer la Biblia! Cuando la leo, me doy cuenta de lo mucho que Dios ha respetado al ser humano y todos sus trucos, y cómo los ha hecho suyos para salvarnos. Y yo me honro y aprecio a mí mismo como Dios me honra y aprecia.

Leyendo la Biblia he conocido a Jesús. Somos muchos los que creemos que existe un Dios único. Pero Jesús, al hacerme ver a Dios como un papá que comparte lo que es y lo que somos, ha hecho que esa mi fe sea del todo particular. Y la Biblia no es otra cosa que las noticias acerca de Jesús.

Procuraré que el lenguaje de nuestra conversación sea un lenguaje fácil, porque éste es el signo de la sabiduría. Si no comprendéis será porque no he sabido explicarme bien. También voy a emplear ejemplos, porque más vale un ejemplo que muchos libros.

 

  1. ¿Tiene Dios boca? (Significado de “Palabra de Dios”)

Este es mi primer ejemplo: ¿Tiene Dios boca? ¿Acaso no dice el lector al terminar su lectura, “esta es la palabra de Dios”?

A Rafael le gustaba Emerenciana. Un día la invitó al cine, para mostrarle que la quería. Otro día le escribió una carta: “Querida Emerenciana, sin ti me muero. No puedo dormir, no hago más que pensar en ti…” A la mañana siguiente le regaló un paño de importación, nada menos que de Nairobi…

Hay pues muchos modos de explicar algo y a veces hasta el silencio habla… Y así pues, Rafael le estaba explicando a Emerenciana de muchas maneras su amor por ella. Pero llegó un día en que Rafael le declaró su amor de forma especial: ante el altar y delante de dos testigos. Le dijo: “Emerenciana, aunque enfermes, y aunque no tengas hijos…. te seré fiel toda mi vida”.

También Dios ha hablado con nosotros de muchas maneras y por medio de los profetas (Hebreos 1,1). Así nos lo dijo el que escribió la carta a los cristianos judíos.

Cuando deja el mundo en nuestras manos y nos crea parecidos a El, Dios muestra que nos ama. Cuando nacemos y la mamá está allí para cuidarnos, Dios muestra que nos ama. Cuando pasamos un buen rato con los amigos, o cuando algo nos llama la atención en el sermón del domingo, Dios nos muestra que nos ama. Todas estas cosas son, pues, palabra de Dios.

Pero en Jesús Dios nos ha hablado de forma especial. Porque una cosa es crear el mundo y dejarlo en nuestras manos… y otra es -y muy distinta, compartir con nosotros penas y alegrías, y probar qué es la enfermedad, el hambre y la muerte… ¿Conocéis algún miembro del gobierno que haya esperado en una cola para comprar arroz o para sacar agua del pozo? Pues bien, en Jesús, Dios ha esperado en una cola con nosotros. Eso sí que es mostrar amor y decir que nos ama. Y por eso, siguiendo la antigua costumbre del evangelista Juan, llamamos a Jesús “Palabra” especial de Dios.

La Palabra tomó cuerpo y se hizo hombre. Así que de forma especial, Palabra de Dios es Jesús mismo. Aunque también llamemos “palabra de Dios” las cosas que se relacionan con Jesús: las palabras de la Biblia, en primer lugar, y también esas acciones de los cristianos que muestran el amor de Dios por los hombres… Las mismas criaturas son, de algún modo, palabra de Dios: han sido creadas por su palabra y proclaman su palabra.

Así pues, Dios ha hablado con muchas personas y de muchas maneras, en cada tribu, y en cada país, en cada religión y en cada generación. De muchas formas y por medio de profetas… Y cuando llegó el tiempo apropiado, habló con nosotros en Jesús, Palabra de Dios.

 

  1. Jesús el Judío (Los cimientos de la Biblia)

Jesús, judío de Nazaret, nació en la “taberna del mundo”:

El equipo de fútbol de Israel juega en el grupo asiático: ¿es pues Israel Asia? Los campeones de baloncesto de Israel juegan en el grupo europeo: ¿es pues Israel Europa?; Por si esto no bastara, Israel controla un territorio que Egipto, un país africano, reclama como suyo. Y en Etiopía hay judíos negros… ¿Es Israel Africa?

En Israel (o Canaán, Palestina, Medio Oriente…) se encuentran los tres continentes. Y hacen que el país sea la “taberna del mundo”. Porque así como por una taberna pasan todo tipo de personas, así también por el Medio Oriente han pasado, vivido y querido mangonear, todo tipo de gentes: canaanitas, egipcios, babilonios, asirios, filisteos, israelitas, hititas, persas, griegos, romanos, árabes, turcos… y ¡hasta los ingleses! Y como toda taberna es un lugar de follón, así también lo es la taberna del mundo. Allí todos quieren gobernar y destruir lo que otros han construido…

Y Jesús es un judío, nacido en la “taberna del mundo”.

Pero, ¿por qué no nació Jesús sukuma, dogón, masai o inglés? ¿Por qué ha discriminado Dios? ¿Por qué escogió a los judíos y no a los wahaya o a los franceses? ¿Y por qué, entonces, si queremos seguir a Jesús tenemos que aprender tanta cosa extranjera?

Yo, Ramón, he sido elegido para será cura. ¿Es justo que me pavonee y desprecie a Angélica porque ella no lo ha sido? ¡Sería un imbécil! Ayer sólo dos personas acudieron a la reunión; al volver a casa me encontré con que la comida se había quemado; por la tarde reñí con el párroco… y al final quería darme por vencido. Pensaba dentro de mí: “…Si de verdad supiera que Dios no me había elegido… ¡Fenomenal! Ahora mismo cogía el avión, me volvía a casa, me casaba y tenía hijos, enseñaría en la universidad… Pero ¡qué mala suerte! Dios me ha elegido… me ha dado trabajo… ¡Estoy cogido! Y así es como funciona la “discriminación” de Dios: si te escoge es para darte trabajo.

Así es como Dios escogió a los judíos: para darles trabajo.

Todo hombre nace en una familia, en un clan, en una tribu… Jesús nació judío. El prepararle a Jesús un lugar en el mundo, será el trabajo de los judíos a través de su historia y de su vida.

¡Cómo nos esforzamos cuando va a llegar un huésped! Hay que limpiar la casa, preparar la comida, los niños aprenden cantos para recibirle, los mayores adornan las calles…

Lo mismo cuando Dios decidió que Jesús, naciera judío. Se las arregló para que la vida de los judíos, los cantos, las leyes, la historia, las costumbres, los cuentos, los sermones, la religión, la sabiduría… y hasta los mismísimos pecados, le prepararan un sitio a Jesús.

Por esto, nosotros los cristianos damos un valor especial a todo lo judío.

Cantamos cantos judíos (ej. “El Señor es mi Pastor”), que llamamos “salmos”, y aunque desconocemos la mayoría de las leyes judías, todavía observamos algunas. Los judíos eran, como los árabes, pastores. De hecho árabes y judíos son como los nyamwezi y los sukuma, primos hermanos. Tal vez por ello se pelean continuamente. Pues bien, escuchad esta ley judía: “Cuando alguien robe un toro o una oveja para matarlo o venderlo, restituirá cinco toros por toro y cuatro ovejas por oveja”. Esta ley se encuentra al final del capítulo 21 del libro del Éxodo. Y en el capítulo 20 del mismo libro, podemos leer: “No matarás, no cometerás adulterio, no robarás, no darás falso testimonio contra tu prójimo”. Son leyes judías que todavía utilizamos hoy, y que llamamos “mandamientos de Dios”.

También conocemos un poco la historia de los judíos. Hay quien entre nosotros se llama “Ana”, que era la mamá de Samuel, el último y más importante de los jueces judíos. Otros se llaman “David”. Si alguien fue rey, ése fue David, porque consiguió lo que nadie: unir a sus hermanos. Y es que en la “taberna del mundo”, la discordia es más fuerte que la unidad, y desde siempre los judíos, lo mismo que los filisteos o los árabes que allí viven, están divididos entre ellos. Y sin embargo, en tiempos de David permanecieron unidos. Uno de nosotros se llama “Ezequiel”. Este fue un profeta valiente que durante el exilio ayudó a sus hermanos para que no se dejaran hundir por la dificultad.

No sé si también conocéis algún proverbio judío. Por ejemplo, “el que contesta sin escuchar sufrirá el sonrojo de su necedad” (Prov.18,13). Los regalos abren paso al hombre y lo presentan ante los grandes(Prov.18,16).

Y cuentos… ¡seguro que conocéis! A los judíos, como a todos los pueblos antiguos, les encantaban los cuentos. En nuestros días ha cambiado la moda, y en especial los que no tienen mucha cultura adoran los libros y desprecian los cuentos. ¡Es una estupidez! Un cuento puede enseñar más que muchos libros, sobre todo cuando se trata de cosas importantes para  el hombre. Si hubiéramos escuchado con atención los cuentos antiguos no diríamos ahora tantas tonterías.

Por ejemplo: si falta el azúcar enseguida decimos “La culpa es del gobierno”, como si no fuéramos nosotros los que lo habíamos elegido. El gobierno a su vez se defiende, “la culpa la tienen los mercados mundiales”, o “los agricultores no trabajan lo suficiente”… Pero os acordáis de aquel cuento judío, cuando Dios le preguntó a Adam: “¿qué has hecho?” Adam respondió “¿Yo? ¡Nada! La culpa es de esa mujer que tú me has dado”. Así que la culpa es de Dios… Y cuando Dios le pregunta a Eva, ésta responde: “No es culpa mía. ¿Qué culpa tengo si soy débil? La serpiente me engañó… En realidad, según el cuento, Adam recibió su castigo, también Eva y lo mismo la serpiente. Todos eran culpables, también las circunstancias. Lo mismo que hoy cuando falta el azúcar la culpa es de todos: del gobierno, nuestra, de los mercados mundiales… sin que nos lancemos la pelota de unos a otros.

Así pues, porque Jesús nacerá judío, los cantos y las leyes judías, los cuentos y la historia, los proverbios y el trabajo mismo de recogerlos y enseñarlos… tienen un valor especial en los planes de Dios. Todo eso se encuentra en la primera parte de la Biblia que llamamos “Antiguo Testamento”.

Y aunque ya las sabéis, para terminar quiero recordaros algunas cosas:

Primero: muchos católicos recitan los mandamientos pero no saben que son leyes judías; cantan los salmos”, sin saber que son cantos judíos.

Sabemos mucho… sin saber que sabemos. Y el motivo es que nuestros líderes, con su gran corazón paternal, han ido sacando muchas cosas de la Biblia y poniéndolas en el catecismo…sacando y poniéndolas en el misal… sacando y poniéndolas en los libros de oraciones… Nos trataban como a niños, y como niños, hemos olvidado de dónde nuestros líderes sacaban todo eso. Con tanto catecismo, con tanto padre y con tanto sacerdote… hemos olvidado la Biblia. Y al final, nos hemos parecido a aquellas gentes que en tiempo de Jesús no se atrevían a dar un paso sin preguntar antes a los maestros de la Ley.

Segundo. Jesús nació en la “taberna del mundo”. Dios quiso que los judíos diesen ejemplo de paz y unidad allí donde más follón había, y no en el desierto o en un país aislado. No es pues extraño que los judíos sean tan valientes como chinchorreros. Igual que Jesús.

Jesús no tuvo miedo de incordiar cuando atacó a los fariseos y les puso como ejemplo a un enemigo samaritano. Y a los discípulos les pidió que fueran sal y luz: donde hay follón tiene que haber un cristiano, y donde hay un cristiano tiene que haber unidad, justicia y paz. Es fácil rezar y cantar en la iglesia, pero qué difícil es ser sal en medio del follón….

 

Tercero. Si a nosotros nos es difícil ser sal, también a los judíos. Casi parece que Dios les ha dado una vocación imposible. Pero hasta los pecados de los judíos tienen un lugar en el plan de Dios. Así lo indica Mateo cuando, al comienzo de su evangelio, enumera los antepasados de Jesús: Abraham, dispuesto a ceder su mujer al faraón con tal de salvar su propia piel; Judá, el borracho que dejó encinta a la viuda de su hijo; Rahab, la prostituta de Jericó; David, el que mandó Uría a la guerra para quedarse con su mujer… El hijo de esa unión fue Salomón, tatarabuelo de Jesús.

Tanto nos aprecia Dios, que por sus venas corre sangre como la nuestra, de ladrones y prostitutas. Los pecados de los judíos nos han hecho comprender todo esto, y que la noticia de Jesús, Palabra de Dios, es realmente buena.

 

  1. Pedro y Petra (los cuatro evangelios)

De la estirpe de David, Jesús, el de Nazaret, proclamó en Galilea la Buena Noticia de Dios. Escogió discípulos, se paseó por los pueblos curando y consolando… Todo eso se lee en los libros que llamamos los “cuatro evangelios”.

Lo mismo que a nosotros, a los primeros cristianos les gustaba escuchar noticias sobre Jesús. Y cuando aumentó el número de cristianos y los primeros discípulos iban ya muriéndose, algunos sintieron la necesidad de recoger esas noticias y de escribirlas.

A algunos lo que más les atraía era la enseñanza de Jesús, a otros sus milagros. Hubo quien recogió lo que se decía de sus viajes hasta Jerusalén. Fueron muchos los que se interesaron por los últimos días de la vida de Jesús, los días que llevaron a su muerte y resurrección…

Pasó entonces como aquí en Tanzania con los cantos de iglesia que hemos ido recogiendo, seleccionando y agrupando en colecciones. Algunos se han dedicado a recoger los cantos de ofertorio, otros los de Pascua y Navidad… otros los cantos de comunión. Y se han publicado libros, algunos buenos, otros menos… muchos parecidos entre ellos.

Entre las colecciones que se hicieron de las noticias de Jesús, a los líderes de la Iglesia les pareció que cuatro de ellas eran tan buenas para dar luz y fuerza a los cristianos que, sin duda, eran el trabajo de Dios. Esas cuatro son las que hoy llamamos evangelios escritos según Mateo, Marcos, Lucas y Juan. Estos escritores son muy diferentes entre sí. No sólo en su estilo y en su manera de narrar, sino también en la forma de comprender lo que la vida de Jesús significa para nosotros.

Se parecen a mis dos amigos, Pedro y Petra. Desde Kahangala los enviamos a Dar es Salaam, para que por lo menos ellos dos se pasearan por la capital, y a la vuelta nos contaran qué es lo que habían visto.

En Dar es Salaam, en cuanto aparecía un chiquillo jugando al fútbol, Pedro se paraba a mirarlo. Consiguió entradas para un partido entre Simba y Panafrican, los dos equipos de la capital. Petra, por su parte, no hacía más que mirar los escaparates, las telas bonitas, los pendientes y collares…

A su vuelta de la capital, convocamos una reunión. Pedro comenzó sin más preámbulos: “¡Menuda lección me han dado en Dar es Salaam! ¡Ya no me chulearé que en Kahángala jugamos bien al fútbol! Allí, hasta los críos de teta nos dan cien mil vueltas… Y siguió hablando de fútbol, del estadio, del ambiente en el terreno…

Entre tanto las abuelitas, que también asistían a la reunión, comenzaban a dormitar y alguna hasta roncaba. Viendo esto pedimos rápidamente a Petra que nos diera su versión del viaje: “Seguramente que los de Dar es Salaam -comenzó Petra, estraperlean más que nosotros, porque allí se encuentra de todo: arroz, azúcar, paños preciosos de importación y zapatos de tacones…” ¡Ahora sí que las abuelas se habían despertado y seguían con la cabeza cada palabra de Petra!

 

Se podría preguntar: ¿Acaso no vio Petra jugar a los niños al fútbol? ¿Por qué no los menciona? Y es que cada cual entiende y explica el viaje a su manera, según lo que le interesa más y por eso llama más su atención. Así somos los humanos cuando leemos y cuando observamos, cuando aprendemos, enseñamos o narramos. Sobre todo si se trata de algo importante, cada cual comprende según le dicta el corazón.

Así fue también con los que recogieron y escribieron las noticias de Jesús. Mirad Marcos 1,21: Marcos explica que Jesús enseñaba, lo bien que lo hacía y lo mucho que la gente se quedaba admirada: ¡pero no explica lo que de hecho Jesús enseñó! Por el contrario Mateo, cuando explica lo que Jesús enseñó, comienza en el capítulo 5 y no para hasta bien entrado el capítulo 7, y sólo entonces dirá eso de que la gente se quedaba admirada… Todo esto sucede porque a Marcos le importa más lo que Jesús hizo, mientras que a Mateo le atrae mucho más lo que Jesús enseñó.

Además de esto, Marcos y Mateo escriben y recogen aquello que puede interesar a sus respectivos lectores. Si convocáramos una reunión de señoras mayores para explicarles cómo es Dar es Salaam, ciertamente que invitaríamos a Petra y no a Pedro, y le pediríamos que nos hablara de telas y de compras, de collares y de zapatos de tacón…

También el escritor se adapta a sus lectores. Mirad Mateo 15: a Mateo le bastan dos versos para explicar la disputa entre Jesús y los judíos fariseos cuando éstos acusaron a los discípulos de no guardar las tradiciones de los mayores. Mateo escribe, su evangelio para cristianos judíos, y éstos comprenden rápidamente el problema. Por el contrario, Marcos 7, que cuenta lo mismo para cristianos de origen pagano, se ve obligado a explicar en detalle las costumbres raras de los judíos, y la mucha importancia que éstos dan a las tradiciones de los antepasados. Si no, ¿cómo iban a comprender esos cristianos de origen pagano la dificultad que surgió entre los Fariseos y Jesús?

Comprenderéis entonces por qué cuando se lee el evangelio de forma oficial, el lector -tras saludar a la gente- comienza “Del evangelio tal como lo escribió Lucas”… No hay más que un evangelio, una buena noticia, pero cada evangelista la entiende y explica a su manera. Y también por ello, en el plan de lecturas de la Iglesia, un año se lee el evangelio tal como lo entendió Marcos, otro año tal como lo comprendió Mateo, otro año tal como lo entendió Lucas.. y en los días de fiesta grande se lee el evangelio explicado por Juan.

¡Qué extraordinarios son los planes de Dios! Su palabra cogió un cuerpo, y ahora nos encontramos con Dios cuando nos encontramos con ese hombre de Nazaret que hablaba en arameo, como la gente de su región, se cansaba en sus caminatas, tenía hambre, sentía dolor… e ignoraba todo sobre coches o tractores… Y a ese hombre le oímos cuando leemos esas noticias que Marcos escribió en un griego pobre y pueblerino, o que Mateo narró con un estilo y método judíos… ¡Tanto ha amado y respetado Dios nuestra humanidad!

Por si no bastara, ese Dios quiso que por las venas de Jesús corriera sangre de Abraham, de Rahab, de Judá y de Tamar… Quiso también hacer de Marcos, Pablo o Mateo, pecadores como nosotros, instrumentos de su Palabra. Lo mismo que hoy nos escoge a nosotros, pecadores como somos, como instrumentos de su reino.

No a todos agradan los planes de Dios. Hay quien se avergüenza del carácter humano de los instrumentos que Dios ha elegido. Comprenderéis con un ejemplo:

Leed lo que según Marcos (Marcos 14,22) dijo Jesús en la última cena. Comparad con las palabras que Pablo atribuye a Jesús (1 Cor.11,24). ¿Sabíais que hubiera una tal diferencia? Leed ahora lo que Juan dice sobre la última cena: no menciona para nada la Eucaristía, seguramente porque lo que a Juan impacta no es la eucaristía sino el ejemplo que Jesús da, lavando los pies de los discípulos.

¡Qué diferencias! Y sin embargo parece que los líderes de la Iglesia se han avergonzado de los planes de Dios y por ello prefieren obligar a que cada vez que se  celebra la Eucaristía, el sacerdote diga las mismas palabras de consagración, diferentes de las que escribieron Marcos o Pablo. ¿Opinan tal vez que si se utilizaran cada vez palabras distintas habría demasiada confusión? Pero si Dios ha querido que existan diferencias… ¿por qué prohibirlas? Si Dios conoce a cada uno por su nombre propio, distinto del de los demás… ¿por qué obligar a todos a seguir exactamente los mismos pasos como si se tratara del ejército, contrariamente a los planes de Dios?

 

  1. El Burro del Samaritano (Interpretando la Biblia)

Según la fe, Dios quiere que las palabras de la Biblia nos den luz y fuerza. ¿Qué puede significar eso?

Os acordáis del Buen Samaritano, cómo cargó la víctima sobre un burro y la llevó a la posada más cercana. Al final del ejemplo Jesús dice “Haz tú lo mismo”.

Si nos encontráramos hoy un pobre como aquel… ¿es que como seguidores de Jesús tendríamos que buscar un burro para poder ayudarle? ¿Quién nos iba a creer si la excusa para no hacerlo fuera el que no podíamos encontrar un burro?

Pues bien, cuando utilizamos hoy una ambulancia en lugar de un burro, estamos traduciendo la Biblia a nuestro entorno. Lo hacemos precisamente porque la Biblia sigue inspirándonos.

Reaccionando contra la gente que busca títulos y se aprovecha de su cargo, Jesús pidió a sus discípulos que no llamaran a nadie “padre” ni “maestro” ni “líder”. Hoy sin embargo llamamos maestro a los que enseñan en la escuela, y no nos parece que con ello desobedezcamos a Jesús… puesto que son pocos los maestros que pueden aprovecharse de su título para pavonearse o explotar a los demás…

Pablo pidió que en la iglesia las mujeres guarden silencio. Hoy sin embargo en nuestras iglesias hay mujeres lectoras, cantoras y catequistas, y seguramente que un día habrá mujeres sacerdotes…

Estos son ejemplos de cómo, porque apreciamos y honramos la Biblia, no nos queda otro remedio que traducirla a nuestras circunstancias. Al hacerlo, observamos el mandato de Jesús de ser sal en este mundo. No nos toca a nosotros decidir qué manjar vamos a hacer apetitoso, sino que cualquiera que sea, tenemos que condimentarlo con nuestra sal cristiana.

Como seguidores de Jesús: ¿deberíamos acaso aprender arameo, vestir túnica y rezar en el templo porque así lo hizo Jesús? ¡No! Somos seguidores de Jesús en nuestro entorno propio y a nuestra propia manera.

Y sin embargo esta cuestión aún trae locos a muchos cristianos. Los del Séptimo Día, por ejemplo, rezan el sábado porque Jesús, siguiendo la costumbre de su pueblo, rezaba el sábado. En nuestra misma parroquia, algunos se opusieron a que una mujer leyera la parte de Jesús en la Pasión, el domingo de Ramos. “Jesús era un hombre” -decían- “y no una mujer”. Olvidaban que Jesús era también un judío, galileo y de Nazaret… así que para leer la Pasión el domingo de Ramos tendremos que buscar un varón judío, de Galilea… y del siglo primero… o quedarnos sin lectura.

Es el mismo problema que tanto preocupó a los primeros cristianos y por el que se acusó a Pablo de despreciar la “verdadera religión”: Pablo defendía la libertad para no seguir los mandatos del Antiguo Testamento y las tradiciones de antes… Lo estudiaremos en la tercera parte de nuestro curso. Por ahora quiero ilustrar, con un par de ejemplos, la importancia de traducir la Biblia y de utilizar la libertad que Jesús nos ha confiado.

Conocí a Pesambili en Kaliua. Le daba a la azada como el escribano a la pluma, con maña y tesón. Así que tras varios años de cultivar tabaco consiguió comprarse un tractor. ¿Despreciará ahora la azada porque se ha comprado un tractor? ¿O tal vez para demostrar su amor por la azada dejará que el tractor se muera de risa en el garaje? Pues bien, la azada es como el antiguo testamento y el tractor como el nuevo; la azada es como todo lo del pasado y el tractor son las cosas nuevas de hoy.

Digamos, para continuar con nuestro ejemplo, que me han dado en Europa un tractor como regalo para uno de mis parroquianos, a mi elección. Hay dos candidatos: el famoso Pesambili, que es un experto con su azada, y un tal Kiberiti, que sabe mucho de pesca, pero de azada, tierra o semillas no tiene ni idea. ¿No le daré el tractor acaso a Pesambili, precisamente porque ya sabe cultivar bien con la azada? Y la azada representa las cosas buenas de antes y el tractor las cosas buenas de hoy.

 

En Kaliua, en 1974, vi como miles de refugiados pasaban camino de Ulyankulu, en país Nyamwezi, en el centro de Tanzania. Venían de Burundi, país de colinas y valles, donde se cultivan alubias y maíz café y té. ¡Qué diferente de Ulyankulu, con sus grandes extensiones y su sabana y los campos de cacahuete y de tabaco! Lo extraordinario es que tan sólo unos pocos meses tras su llegada a Ulyankulu, los refugiados barundi cultivaban ya los productos locales, mejor aún que los propios Nyamwezi.

Pero no es de extrañar. En Burundi, los Barundi aprendieron el arte de cultivar. Y ese arte es el que hace que ahora cultiven bien otros productos distintos de los de Burundi.

Pues bien, Burundi y sus productos son el pasado, el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento, y la experiencia de la Iglesia hasta hoy. Ulyankulu es el presente: el Nuevo Testamento en relación al Antiguo, el presente de la Iglesia en relación a su pasado. Los judíos produjeron para Dios frutos propios de su época y de su entorno, lo mismo que Pablo y Mateo hicieron en el suyo. A nosotros nos toca condimentar la vida de hoy, hecha de coches y de política, de universidades y de comercio, y cultivar en ella los productos cristianos. Apreciamos y honramos el Antiguo Testamento, y también el Nuevo. Pero la que nosotros tenemos que condimentar es nuestra vida, la de ahora, sin ser esclavos de ayer. Jesús nos ha dado libertad, responsabilidad y trabajo. Tenemos que emplear el tractor y no la azada, la ambulancia y no el burro. Y seguiremos llamando maestros a los que enseñan en la escuela, y escuchando a las mujeres qué leen y hablan en público en la iglesia…

Pero si esto es así, y si hace falta que cada día haya cambios… ¿hasta dónde nos llevarán estos? ¿No traerán confusión? ¿No hay límite al cambio? Esta es la pregunta que responderemos -con otras- en la tercera parte del curso. Pero ya ahora conviene adelantar algo:

Si Dios quiere que su Palabra condimente la vida y dé frutos según los lugares y las épocas, nosotros no tenemos derecho a ponerle fronteras a Dios. Si Dios los quiere, todos los cambios son buenos.

En Jesús Dios ha mostrado sus métodos de trabajo, y también éstos hay que aceptarlos cuando queremos asegurarnos de que los cambios son los que Dios quiere y no otros. Los métodos de Dios son de tres tipos:

primero, al elegir a María y a Pedro y a los aldeanos galileos como sus principales discípulos, Jesús mostró que un corazón humilde y un espíritu de oración son más importantes que todos los conocimientos. El trabajo de traducir la Biblia y de producir frutos nuevos es ante todo el trabajo de Dios. Tenemos que dejarnos conducir pues por el Espíritu de Dios (Juan 16,13) .

segundo, cuando traducimos la Biblia a nuestro entorno, somos el cuerpo de Jesús, y cuando nos reunimos en su nombre, Jesús está con nosotros (Mt.18). Así que el trabajo de traducir la Biblia no es et trabajo de un cristiano individual, sino de la comunidad en su conjunto. Yo sólo no soy la comunidad, ni el obispo ni los expertos… sino todos juntos.

tercero, somos seguidores del Jesús que murió en la cruz renunciando a su libertad, por amor nuestro, cumpliendo así la voluntad de Dios. Por ello, al traducir la Biblia queremos -como Jesús- construir a los demás, y no construirnos a nosotros mismos. Donde hay soberbia no está Dios, ni donde domina el egoísmo. Si queremos “dar lecciones” a los demás, ya hemos fracasado, de entrada. Así que tenemos que estar dispuestos a pasar por imbéciles con tal de a ayudar a los demás, tal como Jesús pasó por un imbécil en la cruz (lCor.1-2). Es condición indispensable para traducir la Biblia a nuestro entorno según el método de Jesús.

 

Complemento al capítulo I

EL EVANGELIO SEGUN MARCOS

A algunos les gusta Marcos porque es un evangelio corto: si uno puede decir lo importante en pocas palabras, ¿para qué añadir más? A otros les convence el lenguaje fácil con que Marcos ha escrito; y también el que haya escrito para cristianos de las naciones que, como nosotros, sabían muy poco acerca de todo lo judío.

Personalmente, lo que me llama la atención aparece en Marcos 8,16: “¿No acabáis de entender ni de comprender? ¿Estáis ciegos? ¿Para qué tenéis ojos si no veis, y oídos si no oís?”

¡Qué poco comprendieron los discípulos! Al leerlo me consuela saber que no somos nosotros los únicos ni los primeros a quienes resulta difícil comprender a Jesús. En Marcos 8,29 Pedro proclama que Jesús es el Mesías. Pero el siguiente verso muestra que Pedro no comprendía lo que proclamaba, y que en el fondo, lo que buscaba eran las ventajas y el mangoneo que el Mesías traería…

¿Qué es pues lo que los discípulos no podían comprender? Leamos Marcos:

 Marcos 1-8

Marcos 1,1: “Así comenzó la Buena Noticia de Jesús, Mesías Hijo de Dios”. ¡Qué bien traducido! Porque ciertamente el evangelio es la Buena Noticia, sobre todo para los pequeños, los pecadores y los pobres. Y no es en absoluto una lista de leyes y mandatos, ni noticias que asustan porque hablan de castigo o de fuego eterno…

La Buena Noticia es que Jesús es el Hijo de Dios. Esto es lo que Marcos quiere ilustrar contándonos la vida de Jesús, lo que hizo, y también -a veces- lo que enseñó. Es la Buena Noticia que ni los jefes políticos ni los líderes religiosos, ni los familiares de Nazaret… y ni siquiera los discípulos conseguían comprender. ¿Por qué no comprendían?

Intentad enseñar a un niño que no lo ha visto, qué es el mar. Si le decís que el mar es un montón de agua, se creerá que el lago es un mar; y si le explicáis que el mar es agua salada… con poner sal en un vaso de agua le parecerá que eso es el mar.

Y lo mismo con los judíos en tiempos de Jesús. Si se les hubieran dicho que Jesús era el Mesías, habrían preguntado ¿dónde están las armas?” Y si se pretendía que Jesús tenía poder para cambiar la Ley, a la fuerza tenían que preguntarse: “¿quién le ha dado ese poder?” Al llamar a Jesús “profeta” y compararle con Juan, automáticamente los judíos tenían que pensar: ¡Imposible! ¿Dónde muestra Jesús la fuerza y la decisión que mostró Juan?”

Marcos relata cómo el primero en comprender que Jesús era Hijo de Dios fue un soldado extranjero que se encontraba junto a la cruz (Marcos 15,39): “El capitán, que estaba junto a él, al ver que había expirado dando aquel grito, dijo: verdaderamente este hombre era Hijo de Dios”.

Así pues, sólo quien admite que Jesús ha muerto en la cruz, entre sufrimientos increíbles, podrá entender eso de que Jesús es Hijo de Dios, y alegrarse al escuchar las buenas noticias que Jesús nos trajo.

Pero si es así, antes de la muerte ¿qué podían comprender los políticos y la gente de religión, los nazarenos o los discípulos?

Jesús, en verdad, hizo todo lo que pudo para ilustrar, con su vida y con sus palabras la Buena Noticia que nos viene de Dios. Comenzó su vida pública proclamando: “Enmendaos y creed la Buena Noticia” (1,15). En Cafarnaúm curó al poseído por un demonio (1,26), y a la suegra de Simón (1,31). Curó también al leproso y a otros muchos enfermos (1,34+41). A aquellos que la gente consideraba pecadores, les trajo la compasión de Dios: “Se te perdonan tus pecados”, se siente decir el paralítico (2:,5). Y Levi, aquel ladrón traidor al servicio de los colonialistas, escucha que Jesús le dice: Sígueme(2,14). Jesús defiende a la gente contra la opresión que viene de la ley. Porque “el sábado se hizo para el hombre, y no el hombre para el sábado (2,27). ¡Qué buenas noticias! ¡Sólo el Hijo de Dios podía proclamarlas!

Y sin embargo, la gente no comprendía. Unos decían “¡blasfema!”(2,7). Otros, que tenía dentro a Belcebú(3,22). La gente de religión se sentía confundida; porque si Dios ama al ladrón, al traidor o a la prostituta tanto como a los demás… ¿dónde está la justicia? Los familiares de Jesús creyeron que estaba loco (3,21). ¿Para qué se metía Jesús sin necesidad en tanto lío? Y la gente de su pueblo le despreció precisamente porque se mostraba como uno más, un aldeano de Galilea, hijo de María, pariente de Jacobo, y nada más…(6,3). Un aldeano así ¿cómo puede ser el salvador?

Los mismos discípulos, aunque Jesús les enseñaba en privado, y les asociaba a su trabajo, no comprendían (8,17). Hasta el punto que al mismo Jesús le entraron dudas. ¿Quién dice la gente que soy yo? (8,28-29).

 

Marcos 8-10

Ya hemos oído lo que Pedro respondió en aquella ocasión. Habló sin saber y Jesús le increpó por ello (8,33). Pero aunque no comprendían, los discípulos siguieron junto a Jesús: en privado (3,7+9), en el viaje a Nazaret (6,1) o en los otros viajes (8,10+27). ¡Cuánto se nos parecen! No entienden y tienen miedo, pero se aferran a Jesús (9,32).  Sienten que el corazón lo tienen cogido, tal como lo describe Juan en su evangelio: “Señor, ¿a quién vamos a acudir?” (Juan 6,67).

Cada vez más, Jesús se va a dedicar a sus discípulos, a hablarles de la cruz y del sufrimiento. Los discípulos siguen sin comprender, y Jesús entiende cada vez con mayor claridad, que le va a tocar dar fe de la Buena Noticia con su propia muerte. Jesús les explica: “Este hombre tiene que padecer mucho…”(8,31). Pedro no quiere aceptar que el Mesías tiene que sufrir (8,32).

De nuevo, en el camino, Jesús repite: “A este hombre lo van a entregar en manos de los hombres y lo matarán”(9,31). Entre tanto los discípulos siguen preocupándose de una cosa, y de una cosa solamente: quién entre ellos es el más grande (9,34)… Y de nuevo: “Estamos subiendo a Jerusalén, y este hombre va a ser entregado”…”y le condenarán a muerte” (10,34). A lo cual sigue inmediatamente la petición de los zebedeos. Quieren gobernar uno a la derecha y el otro a la izquierda (10,37). Ante lo cual -añade Marcos, los otros discípulos se enfadaron… También ellos querían los primeros puestos, buscaban el poder y no la cruz…

 Marcos 11-15

Al final sucedió como Jesús había previsto: compartió con los hombres la cruz, mostrando así que Dios nos ama en exceso. Le mataron sin que renegara de ese Dios que parece que ama a pobres y pecadores, y abandona a los que en él confían…(15,34).

En la resurrección se demostró que Jesús tenía razón cuando nos hablaba de Dios. Pero el momento cumbre de su vida es el de la cruz. ¡Hace falta ser Dios para poder amar de modo semejante! Y por ello, el soldado extranjero que ve morir a Jesús exclama: ¡Ciertamente éste era Hijo de Dios! (15,39).

 

Importancia de Marcos hoy

Conviene leer el evangelio de Marcos, no sólo porque es el más corto, sino porque Marcos insiste en tres cosas importantes que a veces los católicos olvidamos:

  • el núcleo de nuestra vida cristiana es Jesús mismo, y no los mandamientos de Dios o de la iglesia, las oraciones de la mañana o los sacramentos, la financiación de nuestros proyectos o las modas religiosas que hemos heredado de Europa.
  • lo que nos hace ser cristianos no es el mucho saber sino el caminar con Jesús contra viento y marea, unidos a El.
  • si no aceptamos el lugar central de la cruz en la vida de Jesús, en la de la Iglesia y en la de cada uno de nosotros, nunca podremos comprender a Jesús. En esto, nosotros, los católicos de África Central tenemos que tener mucho cuidado, porque el poder y el dinero de la Iglesia, la cultura y las modas europeas que se han pegado a nuestro cristianismo, ese continuo buscar el mangoneo y sus ventajas por parte de sacerdotes, líderes y catequistas… todo esto nos impide comprender a Jesús. No es pues de extrañar que muchos católicos definen su catolicismo como la religión del Dios único” y cuando descubren que también otras religiones creen en un Dios único y predican el .. caen en la apatía y en la confusión…

Así pues, en tas próximas diez reuniones vamos a leer juntos el evangelio de Marcos.

 

Capítulo II

LA NACION DE JESUS

  1. Era Mirambo Tanzano?

Jesús, nazareno, Galileo, nacido en la Taberna del Mundo”, era judío. Y si queremos comprenderle bien, tendremos que conocer algo más sobre esa nación que Dios escogió.

En Tanzania tenemos suerte: las naciones de antes se suelen parecer mucho, y aquí, en Tanzania, todavía recordamos muchas cosas de antes. Así que nos vendrá bien si comparamos un poco esas cosas nuestras con las de los antiguos judíos.

Por ejemplo, hablemos de Mirambo.

Lo recordamos como uno de los padres de la nación y como un tanzano valeroso; decimos que nuestra independencia colmó los esfuerzos que tan bravamente mostró en sus guerras… Y sin embargo, en aquel entonces Tanzania aún no existía, ni las gentes de aquel entonces hubieran soñado con llamarse tanzanos

En realidad, la libertad es como la salud, que uno aprecia cuando la pierde. Nuestros padres comenzaron a darse cuenta de que eran tanzanos cuando los árabes primero, los alemanes y los ingleses después quisieron, y de hecho controlaron nuestra tierra y nuestra libertad. La prepotencia extranjera fue la que hizo que los sukuma, los hehe o los ngoni se sintieran una nación y comenzaran a ansiar la libertad. Esta se consiguió cuando la nación nació oficialmente en 1961.

…Y, a todo esto… ¿Mirambo era realmente Tanzano? Digamos que fue… un “padre” de la patria.

Del mismo modo podemos preguntarnos: ¿Era Abraham judío? ¿Era Israelita? Abraham es el abuelo de los judíos, aunque él mismo no era judío.

Los israelitas, como los cananeos, los árabes y los semitas en general, vienen del desierto, en Arabia. Los antiguos abrahames y jacobos eran pastores trashumantes que se movían con sus ganados por todo el Medio Oriente. Y resultó, que en estas idas y venidas, un buen grupo de ellos fue esclavizado por los egipcios. Fue entonces cuando los israelitas comenzaron a ansiar la libertad y a sentirse una nación. Huyeron de Egipto guiados por Moisés. Y la ocasión se presentó un día en que los judíos habían obtenido permiso para ir al desierto y celebrar allí la tradicional fiesta de los pastores o fiesta del cordero, “fiesta de Pascua”. Por ello, desde entonces, la fiesta de Pascua recuerda a los judíos sus orígenes pastorailes y la libertad que en esta fiesta obtuvieron.

Jesús murió cuando se celebraba la fiesta de Pascua, y a nosotros, ésta nos recuerda además -y sobre todo- la muerte de Jesús.

Noticias sobre la salida de Egipto y sobre el nacimiento de la nación israelita se pueden leer en el libro que llamamos “De la Salida” o del “Éxodo”.

 

  1. Mimi Niko”: El que se compromete

La colonización nos ayudó a sentirnos tanzanos, y la esclavitud ayudó a los israelitas a sentirse una nación. Pero hay una diferencia. Aquí, en Tanzania, como a todos nos la robaron, fue la tierra la que nos unió. Los Israelitas, sin embargo, no poseían tierra. Lo que les provocó y unió fue su fe en ese Dios a quien llaman Yahweh.

Entonces como hoy, eran muchos los que creían en un Dios único. Pero qué distinta es la fe de quien ofrece regalos a los antepasados porque su Dios está tan lejos que ni siquiera se preocupa, o la fe de quien exclama “Así lo ha querido Dios”, cuando ve morir de hambre a un niño… de la fe que confiesa que Dios es mi papá.

Así también, en tiempos antiguos, muchos eran los que creían en un Dios único, aunque lo llamaran con muy diversos nombres. Pero la fe de los israelitas era una fe muy particular:

Cuando Moisés le preguntó a Dios “¿Quién les diré que me ha enviado?”

Dios respondió: “Mimi ndiye Niko” (literalmente: “Yo, el que en ello”, es decir “El que se compromete”). Dios se compromete en los asuntos de su pueblo. Y cuando le ve sufrir, Dios no dice “Mimi Simo” (literalmente “Yo no en ello”, “A mí no me concierne”), sino que dice “Mimi niko, ¡Estoy en ello!, ¡Quiero ayudar!

Importante también para la fe de Israel es que sólo Dios es Señor. Y por eso recibe David un fuerte castigo, porque ha osado hacer el censo del pueblo como si fuera propiedad del rey (2Sam.24). Sólo Dios es rey y todos los israelitas son hermanos. Y por eso Salomón pide a Dios sabiduría, para que pueda gobernar a las gentes -las de Dios, que no las de Salomón-(1R.3,9).

“Niko” (“Me comprometo); “Mtawala pekee”( “Unico Señor”); “Wote Ndugu” (“Todos hermanos”). Esta es la fe que hizo de Israel un pueblo diferente; la fe que les empujó constantemente hacia la libertad, puesto que dejarse señorear por otro hombre es pecado; la fe sobre la que se cimienta la nación; una fe que es más importante que la sangre, y por eso gente que no desciende de Abraham pero comparte esta fe, se une a Israel (Ex.12,34); la fe que exigía a los judíos que vivieran cerca de su Dios y vivieran como hermanos.

 

  1. ¿Vocación imposible?

Nunca fue fácil para los israelitas realizar el plan de Dios en medio de los follones del Medio Oriente… Se dividieron y pelearon a menudo entre ellos; adoraron la política, el negocio y la religión, en lugar de adorar a Dios. Si fuera por ellos, el plan de Dios habría sido un gran fracaso. Pero el plan de Dios triunfó cuando Jesús nació, descendiente de Abraham, hijo de David. Conviene pues mirar un poco los grandes momentos de la historia de Israel desde la salida de Egipto hasta que nació Jesús.

Observad a los gogo, los masai o los sukuma. Para que un pastor deje de pasearse con su ganado y se acostumbre a cultivar… hace falta tiempo y mucha valentía. Así fue para los israelitas después de salir de Egipto. Les costó mucho abandonar primero el desierto, luego la trashumancia, y finalmente asentarse en Canaán. Les ayudó el que los cananeos fueran también semitas, como los israelitas. Estos pudieron copiar de aquellos los métodos de cultivo y de construcción, la manera de organizarse, y aún ciertas modas religiosas. Porque en el desierto del que los israelitas venían… no había edificios ni cultivos, ni las complicaciones sociales de la vida sedentaria.

Esta imitación de lo cananeo facilitó el asentamiento. Pero supuso también un gran peligro para la fe de Israel. Porque del mismo modo que entre nosotros, muchos de los que han aprendido el inglés o estudiado en la escuela inglesa, adquirido gustos ingleses en el comer y vestir… se han convertido en europeos de piel negra, así también los israelitas se estaban haciendo cananeos y olvidando lo peculiar de su propia fe.

Eran tiempos de confusión. A los líderes surgidos en aquella época se les suele llamar “jueces” y al libro que explica la vida y la historia de estos tiempos se le llama “Libro de los Jueces”.

Esta situación duró unos trescientos años. Y de haber continuado, Israel hubiera desaparecido como pueblo. Los líderes israelitas, tras muchas dudas (¡sabían que todo poder corrompe!) decidieron escoger un rey que les uniera y dirigiera, un poco como lo hacían la mayoría de los pueblos de aquel entonces.

El rey David ayudó realmente para que Israel progresara sin perder su fe. David unió a todos los israelitas, hizo de Jerusalén la capital, consiguió derrotar a todos los europeos palestinos que vivían en la costa, y el pueblo pudo imitar las modas extranjeras sin ningún complejo de inferioridad que pusiera en peligro su fe. Todo esto lo podéis leer en los libros llamados “Libros de Samuel” (“Samuel” es el nombre del último de los jueces).

Desgraciadamente, al pasar el tiempo, y tal como algunos lo habían previsto desde el principio, el poder corrompió a los reyes. El mismo David, que en conjunto fue un rey decente, mostró signos de corrupción cuando hizo el censo de la gente como si fueran propiedad del rey, o cuando le robó a su soldado Urías la mujer… El hijo de David, Salomón, aún se corrompió más. Tras organizar la burocracia del país, institucionalizar el ejército, construir el templo y el palacio… se le subió el humo a la cabeza, comenzó a sentirse “Señor” y a olvidarse que sólo Dios es Señor y todos nosotros hermanos. Los israelitas comenzaron a quejarse y protestar. Salomón había caído cautivo de su propia grandeza.

A la muerte de Salomón, y como consecuencia de esto, los Israelitas se dividieron en dos reinos: los del Norte (los “samaritanos” o “israelitas” como a veces se les llama), se quejaban de que con la monarquía de David la libertad era imposible. Los del Sur (es decir los de la región de Judea, los judíos que luego darán su nombre a todos los demás), pretendían que Jerusalén, la capital escogida por David, tenía que seguir siendo el centro de unidad y de actividad para todos, según el plan de Dios.

Como bien se sabe, la división lleva a la debilidad, y la debilidad engendra estupidez. Así que entre los israelitas, tanto los de Israel como los de Judá, desapareció el espíritu de hermandad. Los ricos comenzaron a explotar a los pobres, los comerciantes a reñir con los agricultores, y los gobernantes a despreciar a las gentes normales. Y se debilitó así esa fe en Dios que era el cimiento de la nación. En su lugar, los israelitas comenzaron a imitar el ejemplo de los grandes pueblos de aquel tiempo, los egipcios, los asirios, los babilonios… incluso quisieron competir con ellos a escala internacional. Pero Israel, que era un país pequeñín… ¿qué podía hacer?

El resultado final fue desastroso. Entre los follones típicos de la “taberna del mundo”, trescientos años después de David, los israelitas del norte cayeron cautivos, y muchos fueron expulsados del país. Cien años más tarde le tocó el turno al sur; los judíos fueron derrotados, Jerusalén destruida, muchos fueron expulsados del país, y éste fue anexionado y colonizado por extranjeros.

Con lo cual, los israelitas se encontraron como cuando eran esclavos en Egipto setecientos años antes. Sin país y sin libertad. Comienza así el periodo del exilio. Y aunque muchos israelitas -o judíos- volverán a su país, siempre, desde ahora, un gran número de ellos vivirá fuera de su tierra.

 

  1. Los entrometidos de la política: los Profetas

En el tiempo de los reyes, cuando la fe se estaba debilitando, Dios no abandonó a los israelitas. Escogió a personas fuertes y las envió para que recordaran a Israel cuál era el cimiento de su fe; que Dios es “Mimi niko”, siempre dispuesto, a ayudar, a dirigir o a castigar; que sólo Dios es Señor y que todos somos, en consecuencia, hermanos; y que, puesto que es Dios el que hizo el cielo y la tierra… ¿Por qué hemos de temer que sus planes van a fracasar? No es Dios el que fracasará sino Israel si continúa contando en la fuerza de las armas y de la política en lugar de contar en su fe en Yahweh…

Usando una palabra de aquellos tiempos, a esas personas que Dios escogió y envió los llamamos profetas”. Son personas a las que Dios obligó a estar siempre protestando y recibiendo palos: algunos fueron expulsados, otros asesinados y sólo tras su muerte comenzaron algunos a ser universalmente aceptados y apreciados. Así Gad y Natán que se opusieron a David; Elías, el gran castigador de los chupones del Norte; Amós, el denunciante de las maldades de los ricos y de la hipocresía de los profesionales de la religión; Oseas, que ansiaba el día en que Yahweh volvería a llevar a su pueblo al desierto para despertar allí el gran amor que se dio al principio de la historia de Israel; y también Isaias, que espera un nuevo rey, un Mesías fiel a Dios, en lugar de los desastrosos reyes de su tiempo; Jeremías, a quien tocó vivir cuando el reino del Sur estaba siendo conquistado y destruido, y sufrió así doblemente, por la dureza de sus hermanos y por la destrucción de su país…

 

  1. Un segundo nacimiento: el Exilio

“Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha y se me pegue la lengua al paladar” (Salmo 137). Así cantaban los judíos en el destierro. Y “Los caminos de Sión están de luto porque nadie acude a sus fiestas, sus puertas están en ruinas porque el Señor le ha castigado por su continua rebeldía” (Lamentaciones 1,4-5).

Aunque tarde, los judíos habían comenzado a estar de acuerdo con los profetas: “Nos hemos merecido el castigo”. Pero otros añadían: “Hemos sido derrotados, era nuestra culpa. Pero ahora ¿de qué nos sirve ser la nación de Dios?”.

Dios envió de nuevo a sus profetas, Ezequiel, y aquel cuyo nombre desconocemos y al que damos el mote de “Segundo Isaías”, para explicar que Dios no quiebra, que sus planes continúan, y que si Dios escogió a Israel como instrumento de su gloria, así será. Más vale que los Israelitas aprendan a ser la nación de Dios y a contar en su fe y no en las armas. Si aprenden esto, Dios será de nuevo su alegría y su fuerza.

Como resultado, algunos “judíos” (tras el exilio se les da ese nombre tanto a los del Norte como a los del Sur) comprendieron que el exilio había sido una purificación, una lección, un volver a nacer por parte de la nación. Cuando eventualmente los persas dieron permiso a los judíos para volver a su país, algunos así lo hicieron.

Comienza entonces uno de los periodos más bellos de la historia de Israel antes de Jesús. Desde un punto de vista político viven controlados por los persas. Pero viven en paz y tranquilidad y con una cierta medida de autogobierno. Desde el punto de vista religioso, su relación con Dios se había fortalecido. Y puesto que habían aceptado los planes de Dios, comenzaron a meditar sobre ellos, a escribir las tradiciones en las que estos planes se habían plasmado…

Al conjunto de estos escritos llamamos Antiguo Testamento. En él, unos trescientos años antes de Jesús, ya se habían completado los libros de Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, y los libros que tratan de la historia de reyes y profetas…

 

  1. ¿Es lo extranjero esnobismo?’

Por un tiempo los judíos vivieron en paz. Pero la paz no dura en la “taberna del mundo”, y los problemas surgieron de nuevo unos trescientos años antes de Jesús.

Esta vez, los que querían mangonear no eran ni los asiáticos iraqueños ni los africanos egipcios… sino los europeos griegos. Controlaron la región durante unos quince años solamente. Pero al terminar su control político, permaneció el cultural: los dirigentes y las clases altas del Medio Oriente, habían adoptado la lengua y la ciencia griegas como expresión de modernidad y de progreso. Es un poco lo que ocurrió con nuestros líderes e intelectuales después de la independencia: los de Kenia, los ugandeses, los de Zambia y los tanzanos… ¡seguimos utilizando el inglés e imitando la moda inglesa!

Los judíos, de todas maneras, se preguntaron: ¿No se puede ser moderno sin copiar la lengua y las modas griegas? ¿No hay peligro de hacernos griegos y perder la fe, como ocurrió en tiempo de los jueces y de los reyes? Somos el pueblo de Dios. ¿Convendría pues que nuestras costumbres y tradiciones fueran diferentes de las de los otros pueblos? Por otra parte, Dios quiere que demos ejemplo ante las naciones; pero ¿cómo lo haremos si no hablamos la misma lengua?

A los judíos que vivían en Egipto les pareció que era bueno seguir la moda griega, y tradujeron el Antiguo Testamento al griego. Fue una suerte, porque ésa es precisamente la traducción que emplearán los primeros cristianos. Muchos judíos que vivían en Palestina se opusieron a todo lo griego, creyéndolo un peligro para la fe. La actitud de los reyes paganos de entonces pareció dar la razón a los judíos palestinos. A los líderes les suele gustar que todos desfilemos marcando el mismo paso. Por ejemplo, aquí en Tanzania, promocionan el swahili y se oponen a las otras lenguas tribales… Y en los discursos dicen que da lo mismo, ser musulmán que cristiano, puesto que todos seguimos al mismo Dios único… De modo semejante, los reyes de aquel entonces querían obligar a los judíos a seguir las mismas costumbres que los otros pueblos. “Si no hay más que un Dios, el Yahweh de los judíos es el mismo Dios supremo de los otros pueblos”. ¿Por qué entonces los judíos han de ser diferentes?”

El poder corrompe, y claro está que al decir esto los gobernantes buscaban, como los gobernantes de hoy, afianzar su control y poder robar mayores impuestos. Los judíos de Palestina se opusieron: “Dios es Mimi-Niko, sólo Dios es Señor”. Siguió una gran persecución, muchos juicios fueron asesinados, otros se sublevaron contra el rey. Lo que sucedió entonces podemos leerlo en los “Libros de los Macabeos”.

También en esta época comenzaron a aparecer grupos y asociaciones que serán importantes en tiempos de Jesús: los fariseos, los saduceos, los zelotes… Cada grupo respondía a su manera a las complicadas cuestiones de política, religión y cultura que iban surgiendo.

 

  1. Un Dios que no se entiende

Dios nos guía de múltiples maneras. La inteligencia que nos ha dado y nuestro deseo profundo de verdad, entre otras. Son sabios quienes se dejan guiar por ellas. Libros como “Sabiduría, “Proverbios y “Ben Sira nos muestran la sabiduría de Israel, que se parece a veces a la sabiduría de otras épocas y de otros pueblos.

Cuándo se busca la verdad, molesta la hipocresía. Y puesto que la hipocresía se introduce fácilmente en la política y en la religión, no es extraño que haya habido sabios israelitas que se han opuesto fuertemente a la hipocresía religiosa. Sus pensamientos se encuentran en los libros de Job y Kohelet, que también son esa palabra de Dios que prepara un lugar para Jesús en el mundo. Job y Kohelet insisten en que Dios es un misterio que sobrepasa nuestra inteligencia y que más vale callar que decir tonterías acerca de Dios. Además, Dios es nuestro Dios, nos ha creado, nos conoce… Cuando nos acercamos a El, la hipocresía, de la mente o del corazón, es un gran pecado.

 

En el libro de Job, éste piensa que no hay justicia en el mundo creado por Dios, y así se lo dice al mismo Dios. Emplea un lenguaje duro, casi blasfemo, pero Dios le alaba por haber hablado bien. No así a los  amigos de Job. Sabiendo que este mundo ha sido creado por Dios, cierran los ojos, se engañan e insisten en que hay justicia, y que si Job sufre tiene que ser como consecuencia de su pecado, y porque Dios le está castigando. Nada más lejos de la verdad. Y Dios les riñe por su hipocresía y estupidez. Dios no necesita que le defendamos con nuestras mentiras.

Los libros de Job y Kohelet nos ayudan a recordar que Dios es Misterio, y que si Jesús no hubiera venido, poco habríamos conocido sobre Dios.  Por ejemplo, cuando miramos a los niños que mueren de hambre y a las personas que están sufriendo la opresión…: ¿Quién diría -a no ser que fuera hipócrita- que Dios es amor? Sólo cuando vemos a Jesús en la cruz, aunque la mente no lo entiende, nuestro corazón sí que comprende qué Dios es en verdad amor.

  

Capítulo III

LA COMUNIDAD DE JESUS PROGRESA

  1. El burro, la azada y el tractor (repaso)

El primer día comparamos el Antiguo Testamento con una azada que seguimos amando pero que apenas utilizamos porque hemos conseguido un tractor. Hablamos también del Buen Samaritano: para cumplir lo que quiere Jesús tenemos que utilizar un coche y no un burro. Y por lo mismo, a pesar de lo que Jesús dijo, llamamos “maestro a quien enseña en la escuela y nos gusta que las mujeres opinen en la iglesia. A los católicos no nos da miedo el cambio. Sabemos que la Palabra de Dios da frutos muy diversos según el terreno. Y porque somos sal, queremos traducir la Biblia según las circunstancias cambiantes en las que vivimos.

Esta forma de ser católica ayuda a que adoremos y esperemos sólo en Dios, sin dejarnos esclavizar por las cosas humanas.

Porque la tentación es la de poner nuestra esperanza, no en Dios sino en las cosas a las que uno está acostumbrado. Así los israelitas en Egipto ponían su esperanza en las cebollas; más tarde, antes del exilio, pusieron su esperanza en el templo: “Tenemos un templo” -decían- “Dios no puede dejar que nos derroten”… Un poco como aquellos católicos que ponen su esperanza en el bautismo, aunque por sus acciones estén alejados de Dios. Y cuando, olvidando a Dios, ponemos nuestra esperanza en las cosas, convertimos a éstas, por buenas que sean, en instrumentos de maldad.

Dios se encarga de que no permanezcamos en la esclavitud. En Egipto Dios obligó a los israelitas a abandonar las cebollas. Y en Canaán, a abandonar la tierra, el templo y los reyes. Y aunque Jesús era judío, Dios obligó a sus seguidores a que abandonaran las costumbres del Antiguo Testamento y a que se mezclaran con las otras naciones… Y hoy, en Mozambique, en Burundi o en Uganda, Dios utiliza los políticos para obligar a su Iglesia a que no ponga su esperanza ni en el dinero ni en la ayuda que viene del exterior, ni en las costumbres y teologías europeas, sino que la ponga únicamente en Dios. Menos mal que Dios nos empuja de ese modo. Puesto que ser católico, cambiar constantemente, seguir dando sabor a nuevos alimentos, día tras día, no es cosa fácil, nos cansamos pronto.

Los israelitas se quejaban en el desierto. Antes del exilio Jeremías fue perseguido porque decía que el templo ya no tenía importancia. A Pablo le acusaron de ser un traidor, precisamente porque estaba abandonando muchas cosas del Antiguo Testamento. Y hoy, algunos nos acusan de poner en peligro nuestra fe, sencillamente porque hemos dejado el latín o porque nos gustaría que las mujeres recibieran el sacerdocio…

A los católicos no nos asustan los cambios, y a menudo se nos ha dicho que nuestra iglesia católica no se parece en nada a la iglesia de los comienzos. Y es verdad, puesto que no utilizamos el burro, sino el tractor; pero hay católicos que piensan que el cambio es demasiado lento. Olvidan que no todo cambio es constructivo, que hay que ser pacientes, escuchando primero a Dios; que los cambios tenemos que introducirlos permaneciendo una comunidad, un cuerpo de Jesús; y que al cambiar no buscamos ni el provecho ni el honor sino aumentar el bien y la libertad de los hermanos. Como cuando Pablo estaba dispuesto a renunciar a su libertad (lCor.8,13)

 

  1. Cambiar al estilo cristiano

Leyendo los Hechos de los Apóstoles (14,9 a 15,29) observamos un ejemplo muy concreto de cambio al estilo cristiano.

Tengamos en cuenta, en primer lugar, que Jesús era judío, lo mismo que Pedro, Santiago, Juan y Bartolomé… y todos los primeros cristianos. Así que cuando se convirtieron los primeros gentiles, los cornelios y compañía, rodeados como estaban de judíos, no les quedó otro remedio que aprender y seguir las costumbres judías.

No les resultó humillante, al contrario: ¿acaso no era Jesús judío? ¿Es que no es algo bueno seguir las mismas costumbres que Jesús? ¿No escogió Dios a los judíos?

El problema vino cuando aumentó el número de cristianos gentiles: ¿Era todavía necesario que éstos siguieran viviendo al estilo del Antiguo Testamento?

El Libro de los Hechos narra el final del viaje de Barnabás y Pablo. Habían salido de Antioquía (13,3) y habían llegado hasta Turquía pasando por Chipre. Iban anunciando a los judíos que vivían en las ciudades de la región, las noticias sobre Jesús. Algunos las recibieron con alegría, otros las rechazaron con fuerza. Al mismo tiempo, algunos paganos comenzaron a creer y a unirse a los cristianos judíos (13,48). De vuelta, ya en Antioquía, Barnabás y Pablo explicaron con gran alegría cómo Dios había abierto también las puertas a los gentiles (14,27) y con eso comenzaron los problemas.

Según algunos, los gentiles que no seguían la ley de Moisés no podían salvarse (15,1). Tanta fue la discusión que se decidió que Barnabás y Pablo fueran a Jerusalén a consultar con los líderes de la iglesia sobre esta cuestión. En Jerusalén reaccionaron como en Antioquía. Algunos daban gracias a Dios por haber llamado a los gentiles, otros pretendían que estos siguieran las leyes de Moisés.

Con estas dudas comenzó la reunión en Jerusalén. Pedro no se anduvo por las ramas: ¿Nos vamos a oponer al Espíritu que les llamó? ¿Por qué hacerles cargar con un peso que nosotros no hemos podido llevar? (15,10) Jesús es quien a todos nos salva… ¿qué más hay que añadir? Pedro, defendió pues la libertad de los gentiles.

Tras él habló Santiago, que es quien más católico se muestra en su forma de introducir cambios: los cambios son cambios según se mire – explica Santiago en primer lugar- puesto que no hacen sino cumplir con los antiguos planes de Dios, tal como explicaron los profetas, diciendo que un día también los gentiles buscarán al Señor (15,7). Y diciendo esto, Santiago se coloca junto a Pedro y acoge el cambio defendiendo la libertad de los cristianos.

No quiere sin embargo que haya ni vencidos ni vencedores. Para ello, Santiago pide que las naciones muestren un cierto respeto hacia las antiguas leyes, cumpliendo al menos dos o tres de ellas (15,20)…Libertad sí, pero sin orgullo ni lucha.

 

  1. Pablo, apóstol de la libertad

Si bastara con resoluciones para resolver los problemas del hombre, este mundo parecería un paraíso. Por desgracia, no bastan. Y las palabras bonitas de Pedro y de Santiago no terminaron con la cuestión de la Ley y del Antiguo Testamento. De hecho, la rivalidad aumentó entre los cristianos. Pues bien, de una manera o de otra, los escritos de Pablo y el evangelio de Mateo se relacionan con esta rivalidad.

Pablo era un hombre fuera de lo ordinario: hebreo cien por cien, de la tribu de Benjamín, y por si no bastara, fariseo de estricta observancia (Fil.3,5-10) Fue él quien precisamente persiguió a la Iglesia en un primer momento, para después dedicarse a proclamar ante las naciones la Buena Noticia de Jesús y defender la libertad de estas. Así que algunos lo consideraron un traidor y otros un follonero profesional. A todo esto no ayudaba el carácter de Pablo. Pedro, Barnabás y Marcos tuvieron dificultades con él. Y si sus amigos tenían dificultad en comprenderle, ¿es de extrañar que sus enemigos le acusaran y se le opusieran?

En lo referente a la ley, Pablo mantiene esta posición: la ley hace entorpecer esa libertad que Jesús nos ha dado… así que no es buena. Pero esa libertad, lo mismo que la libertad de Jesús, no es para beneficio nuestro sino para ayuda de los demás.

En la carta a los Gálatas, Pablo defiende la libertad. En las cartas a los Corintos, Pablo explica la finalidad y los cimientos de esa libertad.

 

  1. Un santo esnobismo que se opone a Jesús (Carta a los Gálatas)

Cuando nos convertimos en esclavos de las ideas y de las costumbres de otras gentes, hacemos que esas ideas y costumbres sean esnobismo. Así, por ejemplo, la música zaireña es fenomenal, pero si un tanzano la sigue con exclusividad y desprecia otros tipos de música… hace que para él la música zaireña sea esnobismo.

Puede que a los católicos les domine el esnobismo si creen que en la liturgia o en la religión es bueno sólo lo que hemos recibido de los europeos, como puede ser la custodia, la casulla para decir misa, las campanillas… o los nombres propios en inglés en lugar de swahili…

Pues bien, entre los cristianos gálatas había algunos, tanto judíos como gentiles, a los que les gustaba mucho seguir las costumbres del Antiguo Testamento, honrando así los planes de Dios que quisieron que Jesús naciera judío. Pero en cuanto algunos comenzaron a pretender que no hay salvación si no se sigue la Ley del Antiguo Testamento, y por tanto sólo ésta tenía importancia, y no las costumbres de otras naciones… en ese momento convirtieron el Antiguo Testamento en esnobismo.

De algún modo, esos cristianos gálatas volvían a cometer el mismo error de los judíos de antaño, cuando habían puesto su esperanza en las cebollas primero y en el templo después, y no en Dios y en su Mesías. Así lo entendió Pablo, y así lo explicaba. Le acusaron de no ser un verdadero apóstol y de despreciar los planes de Dios y de esa Ley que Dios había dado a su pueblo. Ese es el motivo de su carta a los Gálatas.

En la primera parte de la carta, Pablo explica cómo fue llamado a ser apóstol, así como ese viaje a Jerusalén que hemos leído en los Hechos de los Apóstoles. Hablando de ese viaje, Pablo explica además cómo Pedro, aún después de la reunión de Jerusalén, se comportó de manera hipócrita cuando dejó de visitar a los cristianos gentiles por temor a aquellos cristianos que pretendían que los gentiles tenían que seguir la Ley de Moisés.

En la segunda parte de la carta Pablo se opone al esnobismo de los gálatas, recordándoles los cimientos de su fe: quien pretende que no hay salvación sin seguir las costumbres antiguas del Antiguo Testamento, desprecia a Jesús que es, en exclusiva, el cimiento de nuestra salvación. “Ningún hombre es rehabilitado por observar la Ley sino por la fe en Jesús Mesías” (2,16). “Una vez llegada la fe ya no estamos sometidos a la niñera. (3,24).

 

  1. Una santa rivalidad que se opone a Jesús (Cartas a los Corintios)

Tal vez algunos cristianos de Galacia temían el follón que podía surgir por un mal uso de la libertad. El mismo Pablo reconocía ese peligro: “Habéis sido llamados a la libertad. Solamente que esa libertad no dé pie a los bajos instintos”(5,13)… Que es precisamente lo que parece haber ocurrido en Corinto y lo que obligó a Pablo a escribirles varias cartas.

Corinto era un gran puerto griego, lugar de mucho comercio y de cultura, pero también de injusticia y de opresión. La mayoría de los que habían aceptado las noticias sobre Jesús que predicaba Pablo, era gente pobre y de condición social baja. Y es que en general, los que se empapuzan cuatro veces al día, los gobernantes y señoritos, no sienten necesidad de escuchar ninguna “buena noticia”.

El caso es que aquella gente sencilla comenzó a tener confianza en sí misma y a respetarse tal y como Dios nos respeta y confía en nosotros en Jesús. El resultado fue un gran progreso, puesto que la confianza en uno mismo es la fuente de todo progreso. Y con ello, la libertad que Jesús les había traído comenzó a producir frutos de todas clases: entre los cristianos de Corinto aparecieron predicadores, apóstoles, cantores, dones varios… ¡Cuánto se nos parecen los cristianos de Corinto a nosotros los cristianos de las iglesias jóvenes, que, aunque acabamos de conseguir nuestra libertad hace poco tiempo, y aunque no han pasado dos generaciones de cristianos, sorprendemos al mundo entero por nuestra vitalidad…!

Pero también nuestros problemas se parecen a los problemas de los cristianos de Corinto: con el progreso nos ha llegado la tentación de mangonear; hemos imitado el modo de actuar del mundo; hemos buscado el aparentar, y al final la rivalidad y las disputas nos dominan. “¿Quién manda en la Iglesia?” “¿Cuál es el coro que mejor canta?” “¿Es mejor un obispo de la localidad u otro de otra etnia? Lo mismo que en Corinto: “¿Quién es el mejor predicador?” “¿Qué don es el don más importante para la comunidad?” Y con la rivalidad ha entrado la enemistad, “Yo soy de Apolo”, Yo de Pedro”, “Yo de Pablo”… Por eso Pablo escribió tres o cuatro cartas a los de Corinto y ahora vamos a recordar unas pocas cosas de la primera de ellas.

En primer lugar, cuando los cristianos proclaman “Yo soy de Apolo, o “Yo soy de Pablo”… o en nuestros días “Yo soy de Juan Pablo II”, “Yo soy de Milingo”… “Yo soy de Lefevbre”…o en nuestra parroquia, “Yo soy del catequista Alfonso”, “Yo soy del presidente Andrés”… Esos cristianos están dando a sus líderes un honor que no pertenece más que a Jesús, y los tratan como si ellos fueron los salvadores y no Jesús. Por eso Pablo pregunta: “¿Pero es que acaso es Pablo el que fue crucificado en la cruz por nosotros?” (1,3).

Y aun cuando siguen cantando las glorias de Jesús, esos cristianos, lo hacen sólo con los labios, puesto que al competir y reñir, en realidad desprecian el estilo que fue el de Jesús y su forma de actuar. Esos cristianos, en efecto, actúan como si los títulos, las alabanzas, el dinero, los planes o la rivalidad fueran el verdadero cimiento de un desarrollo auténtico, y no la muerte de Jesús, el nazareno, en la cruz, allí donde ante los ojos de los poderosos, de los gobernantes y de los sabios, apareció como un traidor, ignorante y estúpido. Si los cristianos aceptaran la estupidez que Dios muestra en la cruz, no perderían el tiempo en rivalidades de “¿Quién es el más grande?”, “¿Quién es el más generoso y el que más limosna da?”…

“…Dios tuvo a bien salvar a los que creen, con esa locura que predicamos. Pues mira, mientras los judíos piden señales y los griegos buscan saber, nosotros predicamos un Mesías crucificado, para los judíos un escándalo y para los paganos una locura; en cambio para los llamados, tanto judíos como griegos, un Mesías que es portento de Dios y saber de Dios…

…Y si no, hermanos, fijaos a quienes os llamó Dios: no a muchos intelectuales ni a muchos poderosos, ni a muchos de buena familia; todo lo contrario: lo necio del mundo se lo escogió Dios para humillar a los sabios; y lo débil del mundo se lo escogió Dios para humillar a lo fuerte… Que ningún mortal se enorgullezca pues ante Dios… Y como dice la escritura, el que está orgulloso, que esté orgulloso del Señor” (1 Cor.1, 21-25+27-31).

En segundo lugar, si es que los cristianos han construido sobre el cimiento de la cruz, esto se verá en su forma de vida. Así que en su carta, Pablo da muchos ejemplos, siguiendo las preguntas mismas que los cristianos le habían hecho. Un buen ejemplo es el de la carne sacrificada en honor de los ídolos, y que los cristianos se preguntaban si podían comer.

La pregunta se parece a la que a menudo nos hacemos nosotros cuando nos presentan carne que ha sido degollada según el rito musulmán. Al vernos comerla, los musulmanes se creen que aceptamos su fe. ¿Tenemos pues derecho a comerla?

Pablo responde así: Jesús nos ha traído libertad, y puesto que no creemos que existan otros dioses, ¿por qué no habríamos de comer esa carne? “Ni por privarnos de algo somos menos ni por comerlo somos más” (8,8). “Pero cuidado… que esa libertad vuestra no se convierta en obstáculo para los inseguros…” Y es que si un cristiano débil te ve comer, puede que tu acción sea para él una tentación, puesto que aún duda sobre si hay dioses o no… y entonces por tu conocimiento irá al desastre el inseguro, un hermano por quien el Mesías murió… Por esa razón si un alimento pone en peligro a un hermano mío,  nunca volveré a probar la carne, para no poner en peligro a mi hermano”(8,11-13).

Tal es el método cristiano de usar la libertad que Jesús nos ha traído. Lo cual quiere decir que todo cristiano está obligado a cuidar los dones que tiene para poder utilizarlos al servicio de los demás y no para rivalizar y darse aires. Porque la iglesia es como un cuerpo que tiene muchos miembros y muchos dones; hay diferencias entre ellos, y hay que conservarlas y cuidarlas para el bien y el enriquecimiento de todo el cuerpo. Esto es lo que Pablo explica en el capítulo 12.

Al acercarse al final de su carta, Pablo se hace un poco sarcástico: supongamos, que tras leer todo esto, aún queréis competir para ver quién es el más grande, quién tiene el mejor don… Pues bien, ésta es la respuesta:

“Ya puedo hablar las lenguas de los hombres y de los ángeles, que si no tengo amor no paso de ser una campana ruidosa o unos platillos estridentes.

Ya puedo hablar inspirado y penetrar todo secreto y todo el saber; ya puedo tener toda la fe, hasta mover montañas, que si no tengo amor no soy nada.

Ya puedo dar en limosnas todo lo que tengo, ya puedo dejarme quemar vivo, que si no tengo amor de nada me sirve.

El amor es paciente, es afable; el amor no tiene envidia, no se jacta ni se engríe, no es grosero ni busca lo suyo, no se exaspera ni lleva cuentas del mal, no simpatiza con la injusticia, simpatiza con la verdad, disculpa siempre, se fía siempre, espera siempre, aguanta siempre…

…Así que esto queda: fe, esperanza, amor; estas tres, y de ellas la más valiosa es el amor.”    (1Cor.13).

 

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