Los laicos tienen la palabra – Mi experiencia de Jesús

AUDIO

 


MI EXPERIENCIA DE JESUS, PERSONAL, COMUNITARIA Y EN EL MUNDO

Javier Pagola

20-03-2019  Centro SAN FRANCISCO  Capuchinos Pamplona

Marco de la reflexión

Alguien me contó que, una vez, un periodista se acercó a Karl Rahner, uno de los teólogos católicos referenciales, y le preguntó por qué creía él en Jesucristo y le seguía. Y Rhaner, tan sabio como era, respondió sencillamente: “Porque no he encontrado a nadie mejor, y porque me lo dijo mi madre” Y otro día, refiriéndose a quienes, durante toda la vida, intentamos seguir a Jesús, y a las dificultades para creer, Rahner dijo: “Lo que hemos recibido tiene entidad y nos ha mantenido. Solo desaparece si lo dejamos caer en lo trivial. O puede desaparecer si descubrimos algo que nos humaniza más”

Al preparar esta reflexión, que deseo que sea, sobre todo, comunicación de una experiencia, he sentido que Jesús se nos acercaba a quienes nos reunimos aquí esta tarde, para interpelarnos, como hizo con sus primeros discípulos, con dos preguntas:

La primera pregunta es para todas y todos, y ya la responderá cada cual, cuando le venga bien. Esa pregunta es: “El mundo está globalizado y  alborotado, lleno de incertidumbres; vivís en el siglo XXI, el siglo “de la gran prueba” en que se decide el destino de la humanidad, de tanta gente que sufre, y el destino de la vida en el planeta Tierra. ¿También vosotras-os, que me venís siguiendo, queréis dejarme  y os queréis marchar?

Y la segunda pregunta, me la ha hecho Jesús a mí, para que la responda, con sinceridad y modestia, delante de todos vosotros-as, y es ésta: “La gente sigue diciendo muchas cosas sobre mí. Pero tú, ¿quién dices que soy yo?”

Daré unos Trazos gruesos de mi experiencia de Jesús a lo largo de mi vida, y a dónde me ha llevado

Pero, antes, quiero indicar dos cosas :

La primera es que, como dice el Papa Francisco, es muy raro que una persona creyente no tenga dudas de fe. Le entiendo muy bien. Yo mismo me esfuerzo y me alegro por ser creyente, pero hay muchos días que me siento agnóstico e incluso ateo. Y es que hay muchos obstáculos para creer hoy en el Dios de Jesús: la misteriosa existencia del mal en el mundo, la cultura neoliberal dominante, la manera anticuada de presentar el proyecto y mensaje de Jesús  frente a los profundos cambios del tiempo actual, y el comportamiento, a menudo indigno, de muchos que nos decimos cristianos, y de nuestra Iglesia.

La segunda cosa, es explicar, brevemente, cuál es mi posición actual respecto a las tradiciones religiosas y las nuevas formas de espiritualidad. No quiero entrar en polémica. Respeto y comparto, en buena parte, la búsqueda de bastante gente, espiritual y sincera;  hombres y mujeres que bucean en  ese fundamento misterioso de la realidad que algunos llamamos Dios. Hay grupos que se sitúan en una psicología transpersonal, se alejan del dualismo, y  dicen que todo, nosotros incluidos, es una unidad, y Dios está en todo, y sugieren que habría que superar las demasías de nuestro ego y los estrechos límites de cada religión.

Otros, yo entre ellos, sin ser racionalistas, apreciamos mucho la razón: la razón emocional, y la razón fronteriza (que nos lleva a explorar límites). A mí me sigue gustando mucho releer a  Eugenio Trías, el filósofo del límite, que transmitía su sabiduría en libros y también en conversaciones. Decía que los límites están ahí para que los llevemos más allá y los dilatemos. Insistía en que “Hay que vivir al límite, llevar las fuerzas hasta el límite… ir al manantial y no conformarnos solo con ir a la fuente. El límite es un confín de la existencia y del sentido, pero no es su acabamiento. El  límite es un impulso por acercarnos a lo que nos desborda, hasta sentir el calor y el fuego del amorEl límite es la razón fronteriza que se contamina de un más alláLa tarea no es solo ver, sino lograr una mirada que llega a ser contemplación. Y concluía hablando de nuestra responsabilidad política y social: Tenemos que responsabilizarnos de nuestra condición humana limitada, ser menos prudentes, y acompañar  tanta gente que sufre.

Quiero decir, con modestia y convicción, que, algunos cristianos pensamos y sentimos que, aunque Dios está en nosotros, nosotros no somos Dios. Y no somos partidarios de disolver el cristianismo en una nueva transreligión, sino más bien deseamos el encuentro de tradiciones y nuevas espiritualidades religiosas o laicas en una mística y praxis humanizadora común, insistimos en la Resurrección de Jesús como fundamento de nuestra fe y esperanza en que Dios no nos deja de la mano ni en la vida, ni en la hora de nuestra muerte, y no abandona a las víctimas. Claro que unos y otros, buscadores todos, estamos de acuerdo en que el compromiso social  es el que verifica la validez de toda espiritualidad, y también coincidimos en que hay que hablar de Dios de una manera nueva.

Me esfuerzo y me alegro por seguir a Jesús aun en días oscuros, cuando pelean el creyente y el agnóstico que hay en mí. Y veo mi  vida hasta ahora como una elección renovada, en el misterio y el silencio para moverme dentro de una fe razonable y comprometida.  Como decía Paul Ricoeur, filósofo y protestante francés: “la fe es el fruto de un azar que se convierte en destino gracias a una elección continuada”, pero yo añadiría que mi pequeña fe es, seguramente, resultado de haberla vivido siempre en comunidad.

En la incertidumbre, busco a Jesús: en personas que son sus testigos, en la tarea de servicio y transformación social, y en la comunidad. Leo buena teología. Y, en ratos de oración y lectura, bebo, cuanto puedo, de la espiritualidad bíblica y la espiritualidad de liberación.

Me convence, como pensamiento y vivencia, lo que dicen sobre la no dualidad y la experiencia religiosa dos teólogos de la liberación:  Gustavo Gutiérrez y Leonardo Boff.

Gustavo Gutiérrez dice: “No hay dualidad entre lo material y lo espiritual, lo temporal y lo religioso, lo personal y lo social. La historia de la Salvación es una realidad que une este mundo y el mundo futuro. La espiritualidad consiste en seguir a Jesús y la liberación significa dar vida”

Y Leonardo Boff, habla de la experiencia religiosa y asegura: “El haber predicado a Dios sin el mundo tuvo como consecuencia el surgimiento de un mundo sin Dios. Dios no aparece en el mundo como un fenómeno (analizable en laboratorio) y por eso la ciencia prescinde de él. Pero, el místico le ve en todas las cosas y acontecimientos, porque Dios atraviesa la realidad. Es un misterio de amor”

 

Y, dicho eso, Hablaré sobre Mi experiencia de Jesús:

¿Quién es Jesús para mí?

Jesús es para mí “el hombre para los demás” como acertó a decir el dominico belga Edward Schillebeeckx. Acertó, porque Jesús “no vino a ser servido, sino a servir” (Mateo 20,28)

Siento a Jesús como un hombre libre (libre frente al templo, al sábado y las normas religiosas de pureza moral que excluían a la gente marginal y mal vista; libre frente a la familia, los roles sociales, el ninguneo y malos tratos a la mujer; libre frente al uso del dinero, libre frente a su propia persona y vida hasta el punto de dejarse corregir por una mujer  pagana cananea (Mat, 15), y siento a Jesús como un  hombre de mirada limpia y entrañas de misericordia, que combatió la imagen de un dios guerrero o juez severo, de una religión y un sistema político opresores, habló de un Dios todo amor y compasión, y puso en el centro a los hombres y mujeres pobres, humildes, sufrientes y marginados. Pablo dijo de él que “Dios se ha hecho pobre por nosotros, para enriquecernos con su pobreza” (2ª Corintios 8, 9).

Veo a Jesús como un hombre que alcanzó su plenitud humana y por eso se convirtió en transparencia de Dios. La mejor imagen veraz que tenemos de cómo y quién es Dios es la humanidad de Jesús. “Felipe, quien me ve a mí, ve al Padre” (Juan, 14). Por eso, Leonardo Boff, en una frase feliz, ha dicho de Jesús: “tan humano solo puede ser el mismo Dios”

Jesús es también para mí su mensaje y su proyecto alternativo de una humanidad nueva. El reinado de Dios, que es para nosotros don y tareaEl Magnificat es  la Carta de Identidad de una persona cristiana (ese gozo espiritual en Dios, esa identificación con los pobres y abatidos). Y las Bienaventuranzas son la Constitución para una Humanidad Nueva, la afirmación de que otro mundo es posible siguiendo a Jesús.

Pero, sobre todo, en mi relación con él, me acuerdo de que “Jesús es el Señor”, como expresaban su fe, en toda ocasión, los primeros cristianos. Jesús es el Viviente y su Espíritu está con nosotros, en nuestra vida y en nuestra muerte y en la de todas las víctimas del mundo. Jesús es mucho más que un maestro de vida, o alguien a quien imitar. Es el libertador que nos salva de la ley, de toda esclavitud (ese podría ser un nombre del pecado, esclavitud) y nos salva también de la muerte.

Jesús es, para las personas cristianas, el Señor, el único al que reconocemos como absoluto en nuestra vida, y –con los demás hermanos y hermanas en la fe-  digo además que es su mismo Espíritu el que vive en nosotros, el que nos inspira y hace llegar a tener “los mismos sentimientos” de Cristo Jesús, como dice Pablo a los Filipenses (2, 5).

Y todavía algo más: como acaba de de decir Jon Sobrino, Jesús es, “una buena noticia de cercanía, ánimo y bondad, en medio de la terrible realidad de nuestro mundo y podemos acoger y responder a esa noticia con gozo y con agrado” (Conversaciones con Jon Sobrino, de Charo Mármol. PPC). Y esa buena noticia –eso quiere decir Evangelio-  que es Jesús debemos anunciarla con nuestras palabras y obras, construyendo justicia y fraternidad. No se trata de comunicar doctrina, sino experiencia gozosa de algo bueno. Hay tiempo de callar, claro que sí, porque hemos abusado de la palabra, pero como dice Gustavo Gutiérrez, “la palabra  es también un signo”.  Y  añade que “No se trata de buscar ser la voz de los que no tienen voz. Nuestro propósito debe ser que quienes no tienen voz la tengan”

Todo eso que vivo y siento respecto a Jesús en quien he puesto mi confianza, me parece una desmesura. Manuel Fraijó, filósofo de la religión, me dijo en una entrevista que “las religiones surgieron del miedo a la muerte, pero también de la afirmación de la vida”. La fe en la resurrección fue muy tardía en el judaísmo, apareció en tiempo bastante próximo a Jesús, pero nació como respuesta a la injusticia.  (Que bonita es esa aria de soprano del Mesias de Haendel tomada del Libro de Job: “Yo sé que mi Redentor vive, mi piel deshecha se levantará del polvo y con mi propia carne he de ver a Dios”). Pero me parece que no debemos “abaratar” la fe en una vida eterna, que parece una promesa exagerada, desmesurada, aunque, como decía López Aranguren cuando le preguntaban si creía o no en la vida eterna: “¿Por qué no dejar todo eso en puntos suspensivos…?” José Mª Diez Alegría decía, a sus 90 años, que él no tenía miedo a la muerte, que su larga vida había tenido pleno sentido y estaba cumplida, pero que cada día le recordaba a Dios las víctimas del mundo y de la historia, porque ellas sí necesitan que se les haga justicia.

Yo vivo y siento, en mi relación personal y comunitaria con él, que Jesús, es quien da sentido hondo a mi vida.  Me explico: Interpretar la vida atendiendo al mensaje y al proyecto de Jesús, me da fuerza, esperanza y creatividad.

El proyecto humanizador de Jesús me parece una antropología sabia, excelente para vivir y mantener la esperanza. Siento que da confianza en la fuerza del amor, da una gran alegría interior, tanto en la vida familiar, en la relación con los amigos y la naturaleza y en el tiempo libre, como en el compromiso en el espacio público, profesional o voluntario.

Y creo que uno de los secretos de ese proyecto de Jesús es que es comunitario. En la comunidad cristiana siento la presencia del Señor en su palabra, en la celebración, en la relación fraterna con los hermanos-as. Eduard Schilebeeckx escribió que esa fase del evangelio de Mateo (18,20): “Donde dos o más están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos” es la mejor expresión de la experiencia pascual de los discípulos. Lo sintieron vivo en la comunidad, igual que los de Emaús: “¿No ardían nuestros corazones?” (Lucas, 24)

Además siento que la comunidad cristiana en una sucesión de generaciones, durante siglos, nos ha transmitido íntegramente el evangelio y un caudal riquísimo de hombres y mujeres  testigos, y de experiencias, de las que, sin embargo, sabemos poco o muy poco.

En paralelo, en la comunidad civil constato también, como decía Antonio Gramsci, que “los mejores mensajes o las mejores ideas y proyectos se vienen abajo sin la organización comunitaria”.

Pero, no me hago ilusiones ni sueños vanos. Hemos fracasado repetidas veces. Analizo nuestros errores, pero también me doy cuenta de que nadamos contracorriente y somos seguidores de un fracasado, un ajusticiado que murió en la ignominia. Y alimento mi esperanza, como los primeros seguidores, sintiendo que él está vivo y lo podemos sentir vivo en el encuentro personal con su palabra, en la oración, en la celebración comunitaria, en la relación con la gente y el fragor del mundo, en el ruido urbano, en el corazón de las masas (como decía Charles de Foucauld)

¿Cómo he llegado a pensar y vivir todo eso?

-Cada uno es hijo de su historia personal. Mi fe en Jesús viene de la  infancia, alentada por mi familia y mi educación. Pero claro, como dice Pablo en la 1ª carta a los de Corinto: “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, juzgaba como niño; pero cuando ya fui hombre, dejé lo que era de niño. Sin embargo, ahora le veo a Jesús como en un espejo, pero aspiro a verle cara a cara

Desde niño conocí a Jesús, luego –especialmente durante una larga enfermedad de 5 años  durante mi juventud- me fui enamorando de él y de su evangelio, y sentí hondamente que su mensaje y su proyecto eran “ese tesoro escondido” que vale más que todo lo que hay en el mundo. Una clave para vivir feliz y para intentar mejorar como persona y mejorar el mundo.

Los años del concilio fueron de una gran alegría. El mensaje de apertura del Concilio tuvo una frase que  a mí me ha parecido siempre un claro, sencillo y exigente programa de vida siguiendo a Jesús. Se trata de “Vivir en libertad, y dar la vida por los demás”, cercanos y lejanos, sobre todo  por las personas débiles, pobres, solas o marginadas.

A la vez, en  la Acción Católica, aprendí a hacer proyectos (con objetivos, programación, actividades y evaluación de resultados)  y el método VER-JUZGAR-ACTUAR, para hacer  una lectura cristiana de la realidad, revisar actitudes e implicarme en compromisos personales y comunitarios de transformación social

Todo eso me hizo desembocar en las comunidades cristianas de base. Allí me di cuenta de que no hay vida cristiana sin comunidad.

Pero, hubo unos años de gran activismo político y social, hasta que nos dimos cuenta de que sin una espiritualidad honda nos quedábamos incompletos. Se fueron muchos buenos amigos y amigas, y los que se fueron, siguen siendo personas buenas y generosas, han encontrado otros caminos. Supongo y pido que Jesús cuente algo en su vida.

El obispo Jacques Gaillot, un hombre evangélico, destituido de la diócesis de Evreux por Juan Pablo II, obispo errante por el mundo, nos dio en Pamplona hace 23 años una charla, que para mí fue reveladora. Nos dijo que las comunidades cristianas teníamos que tener cuatro condiciones: Debíamos ser Fraternas, Formadas, Orantes y Comprometidas. Fraternas, porque todas y todos somos iguales en la comunidad y debemos servirnos y ayudarnos mutuamente en toda situación. Debemos Formarnos: en la sabiduría de la fe, la biblia y la teología, y en la realidad de nuestra sociedad, utilizando los métodos de las ciencias sociales para conocerla y abordar sus problemas. Debemos ser celebrativos y orantes. Y debemos ser comprometidos, cada cual según su situación personal y sus habilidades, en el ámbito que convenga. Uno de los más difíciles, el interior de la propia Iglesia, no solo en la diócesis

Una de las mejores iniciativas que las comunidades tuvieron hace ya 24 años, después de un largo debate participativo  sobre ese proyecto fue crear el Foro Gogoa, espacio de encuentro y debate sobre Cristianismo y Mundo Actual. No menos de 70 mil personas oyentes y cerca de 240 conferenciantes han pasado por las diferentes  sesiones mensuales que el foro organiza.

Resumo y acabo:

Cuando hablo de mi experiencia de Jesús, confieso que he puesto mi confianza en él, hombre como nosotros y transparencia de Dios, que –como decían los  primeros cristianos–  él es el Señor, el único al que reconocemos como absoluto en nuestra vida, y –con los demás hermanos y hermanas en la fe-  digo además que es su mismo Espíritu el que vive en nosotros, el que nos inspira y hace llegar a tener “los mismos sentimientos” de Cristo Jesús, como dice Pablo a los Filipenses (2, 5).

Pienso a menudo que los cristianos intentamos, toda la vida, seguir a un fracasado, a un ejecutado, que se enfrentó al poder religioso y político y optó por la gente pobre y marginal. Constato que el encuentro con el proyecto de Jesús, el Reinado de Dios, ha motivado los más felices momentos y ha sostenido muchas  buenas acciones a lo largo de mi vida.

Añado que mi pequeña fe, a pesar de mis huidas e incoherencias, se ha mantenido y es, seguramente, resultado de haberla vivido siempre en comunidad.

Hans Küng, un gran teólogo, al que se le entiende todo, ha resumido su fe en esta escueta fórmula, que me gusta mucho y hago mía, para terminar:

Siguiendo a Cristo Jesús,

                       el hombre o la mujer puede en el mundo actual

                      vivir, actuar, sufrir y morir realmente como ser humano,

                      en la dicha y en la desdicha, en la vida y en la muerte,

                     sostenido por Dios y ayudando a los demás.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *