EL EXILIO Y SUS PROFETAS. Perspectivas contemporáneas

AUDIO 1

 

AUDIO 2

 


El Exilio: cuando renace la esperanza

 Prólogo

 Algunas fechas (Siempre antes de Cristo. Hasta David, aproximativas)

3000       Palestina: Época del Bronce Antiguo. Los Cananeos

1250       Grupos hebreos huyen de Egipto. “Éxodo”

1000       David toma Jerusalén

931      Muerte de Salomón. Israel se separa de Judá

721      Los asirios ponen fin al reino de Israel. Deportaciones

Jeremías: activo entre 626 y 586

621      En Judá, reforma religiosa (“deuteronómica”) de Josías

598      Primera deportación a Babilonia. Comienza el “Exilio”.

Ezequiel: activo entre 593 y 571

586      Los babilonios destruyen Jerusalén y el templo.

Segunda deportación

Segundo Isaías

549      Ciro, rey de persas y medos

538      Edicto de liberación

336      Alejandro Magno

 

 Medio Oriente: El ombligo y las cebollas

No se puede comprender el Exilio sin tener en cuenta la geopolítica del Oriente Medio. La mayoría de las grandes civilizaciones han comenzado junto a los grandes ríos. En el Oriente Medio se trata por una parte del Nilo y el Egipto de las sucesivas dinastías faraónicas, y por la otra del conjunto Tigris-Éufrates y los sucesivos imperios mesopotámicos. Situada entre ambos, la tierra de Canaán fue siempre, y también hoy, lugar de encuentro y de confrontación, cambiando a menudo de dueño y de nombre. La llamada “ruta de los reyes” llegaba desde Mesopotamia hasta Egipto. Por ella circularon nómadas, comerciantes, ejércitos, también ideas, culturas y religiones. Estuvo en tiempos salpicada por múltiples santuarios (algunos mencionados en la Biblia) y hoy por numerosos “tell”, pequeñas colinas artificiales, “cebollas” con múltiples capas, resultado de las sucesivas destrucciones, reconstrucciones, y de nuevo destrucciones de poblaciones y ciudades. También los europeos desembarcaron en Canaán partiendo de Grecia y Turquía. La Biblia los menciona. Son los “pueblos del mar” y los Filisteos, que ocuparon la costa, dieron uno de sus nombres a la región, Palestina.  La arqueóloga inglesa Kathleen Kenyon (1906-78) descubrió en Jericó las que son probablemente las ruinas de guerra más antiguas del mundo, de la edad del Bronce Antiguo (tercer milenio a.C.). De manera más positiva, el profeta Ezequiel considera a Jerusalén el “ombligo de la tierra” (Ez 38,12). En realidad ese “ombligo” pudo prosperar sólo cuando Mesopotamia y Egipto se mostraron débiles, como fue el caso en tiempos de David y Salomón. En tiempos “normales”, los habitantes de Palestina, como hoy los árabes y judíos, han estado divididos entre ellos, desgarrados política y culturalmente, deslumbrados por los distintos imperios, a menudo adversarios, que querían controlar política y culturalmente el Oriente Medio. Fue en ese contexto en el que los profetas insistieron en que sólo se podía confiar en Dios, y que imitar, arrimarse y contar con los poderosos de la región conduciría a la catástrofe, al “Exilio”.

 

Inspirados por una mundialización permanente

Tras siete milenios de Historia los habitantes del Oriente Medio, los nativos tanto como sus numerosos y variopintos ocupantes, siguen sin resolver su problema identitario. Ha habido sin embargo momentos (raros) y personajes (numerosos) de enorme riqueza humana y cultural, fruto en buena parte de las tensiones que han caracterizado esa Historia. Es un primer motivo para que, con la ayuda de los profetas del Exilio, estudiemos esa vivencia. No podremos imitarla, –cada época es única–, pero sí dejar que nos inspire.

Como cristianos, hay otro motivo mucho más importante para estudiar los profetas del Exilio en particular y la Biblia en general. Mateo inicia su evangelio con una genealogía de Jesús. Entre sus ancestros se menciona a ladrones, prostitutas, alguna extranjera, y mucha gente corriente y moliente. Mateo nos indica así que para comprender a Jesús y lo que él significa para nosotros tenemos que aceptar que a lo largo de los siglos Dios nos ha acompañado tal como éramos, y tal como somos. Y la Biblia es el mejor testigo de ese acompañamiento.

 

 

 

 

 

Ezequiel: un místico que no desespera

 

“Hijo de hombre, yo te envío a los israelitas, a la nación de los rebeldes, que se han rebelado contra mí. Ellos y sus padres me han sido contumaces hasta este mismo día. Los hijos tienen la cabeza dura y el corazón empedernido; hacia ellos te envío para decirles: Así dice el señor Yahveh. Y ellos, escuchen o no escuchen, ya que son una casa de rebeldía, sabrán que hay un profeta en medio de ellos. Y tú, hijo de hombre, no les tengas miedo, no tengas miedo de sus palabras si te contradicen y te desprecian y si te ves sentado sobre escorpiones. No tengas miedo de sus palabras, no te asustes de ellos, porque son una casa de rebeldía. Les comunicarás mis palabras, escuchen o no escuchen, porque son una casa de rebeldía. “Y tú, hijo de hombre, escucha lo que voy a decirte, no seas rebelde como esa casa de rebeldía. Abre la boca y come lo que te voy a dar.” Yo miré: vi una mano que estaba tendida hacia mí, y tenía dentro un libro enrollado. Lo desenrolló ante mi vista: estaba escrito por el anverso y por el reverso; había escrito: “Lamentaciones, gemidos y ayes.” (Ezequiel 2)

 

«Entonces gritó a mis oídos con voz fuerte: “¡Se acercan los castigos de la ciudad, cada uno con su azote en la mano!” Y en esto vinieron, de la dirección del pórtico superior que mira al norte, seis hombres, cada cual con su azote en la mano. En medio de ellos había un hombre vestido de lino con una cartera de escriba a la cintura. Entraron y se detuvieron ante al altar de bronce. La gloria del Dios de Israel se levantó de sobre los querubines sobre los cuales estaba, hacia el umbral de la Casa. Llamó entonces al hombre vestido de lino que tenía la cartera de escriba a la cintura; y Yahveh le dijo: “Pasa por la ciudad, por Jerusalén, y marca una cruz en la frente de los hombres que gimen y lloran por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella.”. Y a los otros oí que les dijo: “Recorred la ciudad detrás de él y herid. No tengáis una mirada de piedad, no perdonéis; a viejos, jóvenes, doncellas, niños y mujeres matadlos hasta que no quede uno. Pero al que lleve la cruz en la frente, no le toquéis. Empezad a partir de mi santuario.” Empezaron, pues, por los ancianos que estaban delante de la Casa. Luego les dijo: “Manchad la Casa, llenad de víctimas los atrios; salid.” Salieron y fueron hiriendo por la ciudad. Mientras ellos herían, yo quedé solo allí y caí rostro en tierra. Exclamé: “¡Ah, Señor Yahveh!, ¿vas a exterminar a todo el resto de Israel, derramando tu furor contra Jerusalén?” Me dijo: “La culpa de la casa de Israel y de Judá es muy grande, mucho; la tierra está llena de sangre, la ciudad llena de perversidad. Pues dicen: “Yahveh ha abandonado la tierra, Yahveh no ve nada.” Pues bien, tampoco yo tendré una mirada de piedad ni perdonaré. Haré caer su conducta sobre su cabeza”. En aquel momento el hombre vestido de lino que llevaba la cartera a la cintura, vino a hacer su relación: “He ejecutado lo que me ordenaste.” » (Ezequiel 9)

 

Para empatizar con la experiencia de Ezequiel, tratemos de imaginar que nuestra Iglesia católica se hubiera quedado sin dinero, sin sacramentos y sin sacerdotes. ¿Sería todavía la Iglesia de Jesús? ¿Sería posible vivir como cristianos en semejante iglesia? Y ¿qué haríamos si Dios nos pidiera prever tal posibilidad y hasta alegrarnos de la misma? Porque algo semejante es lo que Dios pidió al sacerdote Ezequiel

 

Conocéis la historia. Antes del exilio y tras la reforma de Josías (640-609), la religión del judío piadoso se sostenía sobre tres columnas: la tierra, que Yahvé había dado a su pueblo; el rey, lugarteniente de Yahvé, cuya función principal era según los doctores asegurarse de que se hacía justicia a los humildes y pobres; y el templo de Jerusalén, que Dios había elegido “para que en él habitara su nombre”. En 597 Nabucodonosor tomó Jerusalén y deportó a Babilonia al rey, a los militares, a las familias importantes y a los sacerdotes de alto rango, entre los cuales se encontraba Ezequiel. Exilando así la élite, Nabucodonosor calculaba que reinaría la calma en esta región fronteriza con Egipto. Pero no fue así. En Babilonia los exilados se mantenían en contacto con los que seguían en Judea. Y éstos se dedicaron a conspirar y a buscar alianzas que facilitaran la vuelta de aquellos a su país. Fueron los exiliados quienes escribieron a los líderes de Jerusalén pidiéndoles que castigaran al profeta Jeremías, porque les había escrito aconsejándoles que se calmaran y, dado que el exilio iba a ser largo, que plantaran viñedos en Babilonia, ¡una tierra a todas luces impura!

 

Pensad pues en Ezequiel, enamorado de Jerusalén de la que conocía muy bien la historia, aristócrata y sacerdote en exilio. Dios se le aparece junto al río Quebar, donde viven muchos exiliados inquietos y nerviosos, y exigiéndole que predique en nombre de Dios la destrucción de Jerusalén, la desaparición de la monarquía, la deportación del pueblo, la pérdida de la tierra que Dios había bendecido… ¡Qué tragedia personal y que crisis tan grande la suya, sacerdote enamorado de la ciudad Santa llamado a ser profeta de su desgracia! Dios le pide que renuncie a todo lo que él aprecia y ama. Y ello para mostrar a sus compatriotas, que casi se creían propietarios de su Dios, que sólo Dios es absoluto, y que todo lo demás, Jerusalén, el templo, los sacerdotes, la liturgia, los sacramentos… todo excepto Dios, es provisional y efímero. Eso fue entonces, y también lo es hoy y siempre.

 

Aunque fue durísimo para él, Ezequiel obedeció el encargo de Dios. No sólo eso sino que, y esto es lo que más impresiona, aceptó también su punto de vista: puesto que sólo Dios es transcendente y no tenemos ningún derecho de propiedad sobre él, tanto el rey como el templo, la tierra, los sacerdotes, la liturgia… todo aquello que creemos indispensable debe perecer.

 

Porque no os habéis conducido según mis decretos ni habéis observado mis normas, y ni siquiera os habéis ajustado a las normas de las naciones que os rodean, por eso, así dice el Señor Yahveh: También yo me declaro contra ti, ejecutaré mis juicios en medio de ti a los ojos de las naciones, Yo haré justicia de ti y esparciré lo que quede de ti a todos los vientos. Serás oprobio y blanco de insultos, ejemplo y asombro para las naciones que te rodean, cuando yo haga justicia de ti con cólera y furor, con furiosos escarmientos. Yo, Yahveh, he hablado. (Ezequiel 5)

 

Jerusalén cayó en 586 y el templo fue arrasado. Fue entonces cuando un buen número de exiliados aceptaron el veredicto pronunciado por boca de Ezequiel: Dado nuestro mal comportamiento, se decían, es de justicia que el pueblo de Yahvé desaparezca. Pero fue precisamente en ese momento cuando Dios cambió su discurso. De nuevo a través de Ezequiel, y siempre en nombre de su transcendencia y de su absoluta libertad, Dios renovó la alianza con su pueblo. Fue para Israel como un nuevo nacimiento, y el comienzo de lo que será más tarde el judaísmo.

 

“Hijo de hombre, los de la casa de Israel que habitaban en su tierra la contaminaron con su conducta y sus obras. Entonces yo derramé mi furor sobre ellos, los dispersé entre las naciones, y en las naciones donde llegaron profanaron mi santo nombre haciendo que se dijera a propósito de ellos: “Son el pueblo de Yahveh, y han tenido que salir de su tierra”. Pero yo he tenido consideración a mi santo nombre que la casa de Israel profanó entre las naciones adonde había ido. Por eso, di a la casa de Israel: Así dice el Señor Yahveh: “No hago esto por consideración a vosotros, casa de Israel, sino por mi santo nombre, que vosotros habéis profanado entre las naciones adonde fuisteis. Yo santificaré mi gran nombre profanado entre las naciones, profanado allí por vosotros. Y las naciones sabrán que yo soy Yahveh – oráculo del Señor Yahveh – cuando yo, por medio de vosotros, manifieste mi santidad a la vista de ellos. Os tomaré de entre las naciones, os recogeré de todos los países y os llevaré a vuestro suelo. Os rociaré con agua pura y quedaréis purificados; de todas vuestras impurezas y de todas vuestras basuras os purificaré. Y os daré un corazón nuevo, infundiré en vosotros un espíritu nuevo, quitaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Infundiré mi espíritu en vosotros y haré que os conduzcáis según mis preceptos y observéis y practiquéis mis normas. Habitaréis la tierra que yo di a vuestros padres. Vosotros seréis mi pueblo y yo seré vuestro Dios. Os salvaré de todas vuestras impurezas, llamaré al trigo y lo multiplicaré y no os someteré más al hambre. Multiplicaré los frutos de los árboles y los productos de los campos, para que no sufráis más el oprobio del hambre entre las naciones. Entonces os acordaréis de vuestra mala conducta y de vuestras acciones que no eran buenas, y sentiréis asco de vosotros mismos por vuestras culpas y vuestras abominaciones. No hago esto por vosotros – oráculo del Señor Yahveh – sabedlo bien. Avergonzaos y confundíos de vuestra conducta, casa de Israel. Así dice el Señor Yahveh: El día que yo os purifique de todas vuestras culpas, repoblaré las ciudades y las ruinas serán reconstruidas; la tierra devastada será cultivada, después de haber sido una desolación a los ojos de todos los transeúntes. Y se dirá: “Esta tierra, hasta ahora devastada, se ha hecho como jardín de Edén, y las ciudades en ruinas, devastadas y demolidas, están de nuevo fortificadas y habitadas”. Y las naciones que quedan a vuestro alrededor sabrán que yo, Yahveh, he reconstruido lo que estaba demolido y he replantado lo que estaba devastado. Yo, Yahveh, lo digo y lo hago. (Ezequiel 36)

 

¿Cómo explicar que la esperanza de Ezequiel, justo cuando ya no había ningún motivo de esperanza, fuera tan fuerte y ejemplar como la tragedia que había marcado la primera parte de su vida? Antes de contestar, me gustaría compartir con vosotros un sentimiento, una intuición que me ha marcado durante mucho tiempo, desde la década de los setenta:

 

El exilio de nuestra modernidad

 

¿No estamos también nosotros caminando hacia el Exilio, un Exilio en el que Dios nos hará renacer de nuevo? Tal como ocurría con los contemporáneos de Ezequiel, también nosotros utilizamos de manera egocéntrica los posesivos cuando con tanta suficiencia hablamos de nuestra iglesia, nuestras instituciones, nuestros sacramentos… y nuestro Dios. Identificamos demasiado rápidamente nuestros proyectos y nuestros planes, –también nuestros “planes de “pastoral”–, con los proyectos y planes de Dios. Y Dios se está alejando de nosotros para mostrarnos que sólo él es Trascendente, que sólo él es el Señor de la historia. ¿No deberíamos interpretar en ese sentido la decreciente importancia social de la Iglesia, el alejarse de la juventud, la falta de vocaciones…? Y las dificultades que estamos experimentando, ¿no serían ante todo una invitación por parte de Dios a reconocer plenamente su transcendencia y su primacía, y a renacer de nuevo, con palabras del evangelio de Juan, “no del querer de carne ni de la voluntad del hombre, sino de Dios”?

 

Tal vez porque eran un pueblo pequeño, sin importancia, y un tanto egocéntrico, los judíos se hacían una idea sublime y gloriosa de su Jerusalén:

¡Qué alegría cuando me dijeron: «Vamos a la casa del Señor!»

Ya están pisando nuestros pies tus umbrales, Jerusalén:

Jerusalén está construida como ciudad bien trazada. (Salmo 122)

 

En el Exilio, al llegar a Babilonia, con sus dos km cuadrados de superficie, dobles murallas, dos puentes sobre el Éufrates, jardines colgantes y 53 templos, uno de ellos dedicado a Marduk, los judíos descubrieron, estupefactos, un mundo mucho más grande y complejo que el de Judea y Jerusalén. Y les entraron los complejos:

Si me olvido de ti, Jerusalén, que se me paralice la mano derecha,

Que se me pegue mi lengua al paladar si no me acuerdo de ti,

Si no pongo a Jerusalén en la cumbre de mis alegrías. (Salmo 137)

 

En el Exilio, los judíos tuvieron que aceptar que los profetas habían tenido razón cuando criticaban la interpretación egocéntrica, -y aparentemente lógica-, de la elección, “Somos el pueblo de Yahvé, Yahvé debe salvarnos”. La había hecho Amós en el siglo VIII:

¡Ay de los que ansían el día del Señor!

¿De qué os servirá el día del Señor, si es tenebroso y sin luz?

¡Ay de los que se fían de Sión y confían en el monte de Samaria!

Se consideran la flor y nata de los pueblos, y la casa de Israel acude a ellos

(Amos 5,18; 6,1)

 

Y volvió a hacerlo Ezequiel en el exilio:

Hijo de Adán, profetiza contra los profetas de Israel.

Vosotros habéis visto visiones vanas y habéis pronunciado oráculos falsos

diciendo “Oráculo del Señor”, cuando el Señor no hablaba.

Extenderé mi mano contra los profetas, sí, porque habéis extraviado a mi pueblo,

anunciando paz cuando no había paz.

Y mientras ellos construían la tapia, vosotros la ibais enluciendo. (Ezequiel 13)

 

Nosotros por nuestra parte estamos descubriendo un mundo económicamente unificado en el que el centro donde se toman las decisiones se desplaza poco a poco hacia el Oriente y en el que se vislumbra en el horizonte la desaparición de las razas blancas. En Francia, el 12% de los matrimonios son racial o culturalmente mixtos. Se cuestiona por una parte el carácter que muchos pretendían universal de nuestra civilización occidental. Y al mismo tiempo las diferencias entre culturas (occidental, confuciana, islámica, hindú, eslava, latino-americana, africana…) son utilizadas para atizar nuestras querellas identitarias. Con altibajos, la mujer va ganando espacio tanto en los países del Norte como en los del Sur. Pero el machismo, explícito o larvado, no desaparece. Dada la complejidad económica de un mundo unificado, se hace imprescindible la flexibilidad. Y nos dicen que sólo las sociedades (y las empresas) que hayan invertido fuertemente en educación imaginativa (que echa por tierra, entre otras cosas, las tradiciones y los prejuicios culturales y sociales heredados) tendrán la flexibilidad suficiente para seguir en el pelotón de cabeza de la manada… Y en ese contexto, nuestra iglesia no consigue librarse de su caparazón, demasiado europeo, excesivamente machista, claramente tradicional, y marcadamente clerical.

 

Es obvio que la historia nunca se repite, y que ni nuestro exilio ni nuestro renacer serán como los que vivió Ezequiel. De hecho, el exilio y el renacimiento de Israel son para nosotros puntos importantes de referencia porque nos ayudan a revivir mejor la muerte y resurrección de Jesús en las que como cristianos estamos llamados a participar. Por ello, propongo que permanezcamos unos momentos en ese ambiente exílico de crisis y renacimiento, de muerte y resurrección tal como lo vivió Ezequiel, y que descubramos su pertinencia también para nosotros hoy.

 

Nuestro mundo contemporáneo es plural, complejo, complicado, y ello hace que las crisis y las “malas noticias” sean más perceptibles que las buenas. Además nunca los cambios sociales, culturales, económicos o religiosos llegan de repente y de manera explícita. ¿Cómo entonces, en medio de esas crisis, podemos afirmar que el nuevo mundo de Dios está ya naciendo? ¿Qué hace que estemos seguros de que Dios, el Navegador por excelencia, utiliza los vientos de la Historia para conducir su barca, y a nosotros en ella, hacia el puerto de una nueva Resurrección?

 

Esas son las preguntas a las que nos invitan los profetas del Exilio, y en primer lugar Ezequiel. No pretendo tener las respuestas. Soy también consciente de que sólo mi vivencia personal puede validar mis respuestas demasiado racionales y bastante confusas. A pesar de todo quiero mencionar un punto que me llama la atención desde hace algunos años. Se trata de la superación de la “pura racionalidad” que ha caracterizado hasta hace poco los ideales de la Modernidad. Esa superación, con todas sus ambigüedades, es uno de los rasgos específicos de lo que algunos llaman la “Postmodernidad”.

 

La razón ha sido durante la época Moderna el instrumento privilegiado con el que se articulaba lo “real”. “Real” lo eran tanto las células que aparecían al observar con el microscopio un tejido humano, como el conjunto de datos recibidos por una revelación de Dios, y que los teólogos intentaban organizar de manera coherente para transmitirlos después de manera ordenada al pueblo fiel. De hecho, históricamente, sin duda gracias a su paso por la Grecia antigua, el cristianismo ha sido factor y vector de racionalidad antes de que ésta comenzara a tratarlo como a un enemigo. Observados con detenimiento, los fundamentalismos contemporáneos de las tres principales religiones monoteístas tienen en común el que, una vez aceptado el contenido de la revelación, intentan articularlo de manera puramente lógica y racional. Y también se puede decir que entre los más fervientes oponentes de toda religión, abundan los pensadores cientificistas (o “cientistas”) prisioneros de su propia racionalidad.

 

En la Post-modernidad en la que nos estamos adentrando no hay lugar para los fundamentalismos racionalistas, poco importa que sean religiosos o ateos. No se trata de renunciar a la racionalidad, y la “Fides et Ratio” de Juan Pablo II, mucho antes de que el relativismo moral y la “post-verdad” hicieran su aparición, apuntaba ya a los peligros de una tal renuncia. Pero cada vez estamos más convencidos de que la racionalidad tiene que ser vivida en simbiosis con la facultad volitiva y con la capacidad simbólica de todo ser humano.

 

Como ser humano tengo la extraordinaria capacidad de hacer comunión con el otro, a pesar de que ese “otro”, por íntimo que me sea, nunca dejará totalmente de ser un misterio para mí. Esa comunión la hacemos efectiva con la ayuda de todo tipo de gestos, una sonrisa, un silencio compartido, un regalo de cumpleaños, un WhatsApp, un film, una escultura, una cerveza entre amigos… Esos gestos materiales que nos ayudan a hacer comunión con el otro, siempre misterioso (y con el Otro que describimos como el Misterio por excelencia), es decir que nos ayudan a “simbolizar”, los griegos los llamaban “símbolos” y los latinos “sacramentos”. Y en nuestra tradición judeo-cristiana, esta capacidad simbólica nunca se ha perdido del todo.

 

El libro de Ezequiel abunda en gestos simbólicos. Para que sus compañeros de Exilio acepten la futura destrucción de Jerusalén y la muerte de sus habitantes, Ezequiel se comportará en comediante imitando a los futuros emigrantes (Ez 12) y pondrá a cocer una marmita, símbolo de Jerusalén sitiada (Ez 24). Él mismo, en una visión mística, contemplará cómo la Gloria de Dios abandona el templo y hace descender el fuego sobre Jerusalén Ez 1+10). En otro gesto simbólico sin precedentes, Ezequiel retendrá sus lágrimas por la muerte de su esposa, –descrita como el “encanto de sus ojos”–, para que tampoco lloren sus correligionarios tras la destrucción de su amada Jerusalén (Ez 24). Y cuando ésta ha sido destruida, para compartir la esperanza inquebrantable que lo posee, Ezequiel describirá su visión de los huesos secos que Dios hace revivir (Ez 37), y describirá con todo detalle un futuro y simbólico templo de Jerusalén de cuyo interior brota agua viva que todo lo limpia y vivifica. Su vida simbólica permitió a Ezequiel vivir en comunión con Dios, y en consecuencia no hundirse cuando todo lo que él más quería se derrumbaba. Le permitió esperar cuando aparentemente no había ningún motivo de esperanza.

 

La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos: «Hijo de hombre, mira, voy a quitarte de golpe el encanto de tus ojos. Pero tú no te lamentarás, no llorarás, no te saldrá una lágrima. Suspira en silencio, no hagas duelo de muertos; ciñe el turbante a tu cabeza, ponte tus sandalias en los pies, no te cubras la barba, no comas pan ordinario.» Yo hablé al pueblo por la mañana, y por la tarde murió mi mujer; y al día siguiente por la mañana hice como se me había ordenado. El pueblo me dijo: « ¿No nos explicarás qué significado tiene para nosotros lo que estás haciendo?» Yo les dije: «La palabra de Yahveh me ha sido dirigida en estos términos: Di a la casa de Israel: Así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo voy a profanar mi santuario, orgullo de vuestra fuerza, encanto de vuestros ojos, pasión de vuestras almas. Vuestros hijos y vuestras hijas que habéis abandonado, caerán a espada. Y vosotros haréis como yo he hecho: no os cubriréis la barba, no comeréis pan ordinario, seguiréis llevando vuestros adornos en la cabeza y vuestras sandalias en los pies, no os lamentaréis ni lloraréis. Os consumiréis a causa de vuestras culpas y gemiréis los unos con los otros. Ezequiel será para vosotros un símbolo; haréis todo lo que él ha hecho. Y cuando esto suceda, sabréis que yo soy el Señor Yahveh.» Y tú, hijo de hombre, el día en que yo les quite su apoyo, su alegre ornato, el encanto de sus ojos, el anhelo de su alma, sus hijos y sus hijas, ese día llegará donde ti el fugitivo que traerá la noticia. Aquel día se abrirá tu boca para hablar al fugitivo; hablarás y ya no seguirás mudo; serás un símbolo para ellos, y sabrán que yo soy Yahveh. (Ezequiel 24)

 

La mano de Yahveh fue sobre mí y, por su espíritu, Yahveh me sacó y me puso en medio de la vega, la cual estaba llena de huesos. Me hizo pasar por entre ellos en todas las direcciones. Los huesos eran muy numerosos por el suelo de la vega, y estaban completamente secos. Me dijo: «Hijo de hombre, ¿podrán vivir estos huesos?» Yo dije: «Señor Yahveh, tú lo sabes.» Entonces me dijo: «Profetiza sobre estos huesos. Les dirás: Huesos secos, escuchad la palabra de Yahveh. Así dice el Señor Yahveh a estos huesos: He aquí que yo voy a hacer entrar el espíritu en vosotros, y viviréis. Os cubriré de nervios, haré crecer sobre vosotros la carne, os cubriré de piel, os infundiré espíritu y viviréis; y sabréis que yo soy Yahveh.» Yo profeticé como se me había ordenado, y mientras yo profetizaba se produjo un ruido. Hubo un estremecimiento, y los huesos se juntaron unos con otros. Miré y vi que estaban recubiertos de nervios, la carne salía y la piel se extendía por encima, pero no había espíritu en ellos. Él me dijo: «Profetiza al espíritu, profetiza, hijo de hombre. Dirás al espíritu: Así dice el Señor Yahveh: Ven, espíritu, de los cuatro vientos, y sopla sobre estos muertos para que vivan.» Yo profeticé como se me había ordenado, y el espíritu entró en ellos; revivieron y se incorporaron sobre sus pies: era un enorme, inmenso ejército. Entonces me dijo: «Hijo de hombre, estos huesos son toda la casa de Israel. Ellos andan diciendo: Se han secado nuestros huesos, se ha desvanecido nuestra esperanza, todo ha acabado para nosotros. Por eso, profetiza. Les dirás: Así dice el Señor Yahveh: He aquí que yo abro vuestras tumbas; os haré salir de vuestras tumbas, pueblo mío, y os llevaré de nuevo al suelo de Israel. Sabréis que yo soy Yahveh cuando abra vuestras tumbas y os haga salir de vuestras tumbas, pueblo mío. Infundiré mi espíritu en vosotros y viviréis; os estableceré en vuestro suelo, y sabréis que yo, Yahveh, lo digo y lo haga, oráculo de Yahveh.»” (Ezequiel 37)

 

Hasta mediados del siglo pasado, al leer el libro de Ezequiel, numerosos especialistas concluían que la del profeta había sido una personalidad desequilibrada, que estaba un poco loco. Hoy en cambio admiramos su capacidad artística patente en el uso de gestos audiovisuales; su misticismo; y el que su propia vivencia personal fuera profecía tanto o más que sus palabras. También esos cambios en nuestra comprensión de Ezequiel reflejan los nuevos intereses de la Postmodernidad. La razón nos ha permitido rodear la tierra con nuestros satélites. Pero no ha conseguido dar un sentido a los anhelos del corazón. De ahí la crisis actual de las grandes ideologías culturales y religiosas, pero también la búsqueda de identidad por parte de las nuevas generaciones y su deseo de espontaneidad, aunque esté desgraciadamente generando tantas postverdades. En una entrevista de 1963 con el argentino Carlos Floria, exdirector de la revista Criterio, André Malraux, entonces ministro de Cultura francés, habría dicho: “El siglo XXI será religioso o no será” o, según otras versiones (que yo prefiero) “será espiritual o no será”, “será místico o no será”. Desde nuestra vivencia bíblica no es equivocado relacionar la caída de nuestras ideologías religiosas con el Exilio, y lo que Malraux discierne a propósito de nuestro siglo con la actitud mística de Ezequiel.

 

Probablemente mi vida en el Magreb también ha contribuido a que considere el misticismo de Ezequiel como una de las claves de su solidez cuando todo se derrumba a su alrededor, y de su aguante tan repleto de esperanza. Los misioneros que antaño llegaron al Magreb no eran muy diferentes de los demás misioneros. Querían proclamar el Evangelio y convertir a los habitantes de Africa del Norte. Fracasaron humanamente puesto que sólo en estos últimos años se ha iniciado un tímido movimiento de conversiones. Sin embargo desde un punto de vista cristiano la vivencia en el Magreb ha sido muy fructífera. Empujados por las circunstancias y haciendo de obligación virtud, hombres y mujeres de familias religiosas muy diferentes, y también numerosos laicos, han adquirido poco a poco una actitud contemplativa hacia los hombres, hacia los países en los que viven, y hacia Dios. Y han aceptado algo evidente, a saber que sólo Dios puede dar la fe, y que a nosotros nos toca adaptarnos a su ritmo. Nuestra historia cristiana abunda en vivencias místicas: Hildegarde de Bingen, Meister Eckhart, Juan de la Cruz, Teresa de Avila, Charles Foucauld, Dietrich Bonhoeffer… Muchos de ellos, y también autores más recientes como Bede Griffiths y Raimundo Panikkar insisten en que la vivencia mística no es el privilegio de unos pocos sino la vocación de todos. Y como fue con Ezequiel, sólo una vivencia mística y simbólica de unión con Dios puede sostener una esperanza inquebrantable y una misión a toda prueba.

 

Es la misión de Moisés tras encontrarse con Dios en el desierto. La de Ezequiel, que descubre a Dios en una tierra impura. La del Segundo Isaías, que acepta que un rey pagano sea el Mesías de Dios para salvar a su pueblo. La de Jesús que en comunión con el Padre que todo lo transciende, acepta como ejemplar la fe de una mujer fenicia. Y también la de Pedro, Cornelio y Pablo cuando la universalidad de Dios en Jesús les hace libres. Es la misión del Dios Trinidad cuyo amor todo lo asume. Es la misión vivida como espera y esperanza que hace que nos encontremos con Dios, presente en las fronteras de la fe, porque para Dios no hay tierra impura…

 

Post Scriptum: “La gracia no destruye la naturaleza”, decían los medievales. Tampoco la vocación profética de Ezequiel hizo que desaparecieran sus convicciones y actitudes sacerdotales. Miembro de la élite sacerdotal (de ahí que formara parte de los primeros deportados), Ezequiel era buen conocedor de la historia y de las tradiciones de su pueblo. En 16,3 alude a detalles de la Jerusalén pre-davídica, y en 40,5 menciona medidas utilizadas en los tiempos de Salomón. Impresiona su conocimiento de la situación política del medio Oriente, de la caída de Asiria (32,17-32) y de las dificultades de Egipto (30,20-26). Y hasta sabe de barcos (27) y de las costumbres de los adivinos babilonios (21,26). Con Ezequiel la ética avanzó a pasos de gigante. Frente a la tradición nómada que insistía en la responsabilidad colectiva, y en contra de la costumbre (también actual) de echar a los demás (la sociedad, nuestros antepasados, etc.) la culpa de lo que nos sucede, Ezequiel defendió la responsabilidad personal (c.18). Y se mostró sacerdote detallista también cuando quiso proclamar el futuro de Dios, presentándolo simbólicamente como el del retorno de la Gloria de Yahvé a un templo del que mana agua viva que regenera toda la tierra.

“Me llevó a la entrada de la Casa, y he aquí que debajo del umbral de la Casa salía agua, en dirección a oriente, porque la fachada de la Casa miraba hacia oriente. El agua bajaba de debajo del lado derecho de la Casa, al sur del altar. Luego me hizo salir por el pórtico septentrional y dar la vuelta por el exterior, hasta el pórtico exterior que miraba hacia oriente, y he aquí que el agua fluía del lado derecho. El hombre salió hacia oriente con la cuerda que tenía en la mano, midió mil codos y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta los tobillos. Midió otros mil codos y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta las rodillas. Midió mil más y me hizo atravesar el agua: me llegaba hasta la cintura. Midió otros mil: era ya un torrente que no pude atravesar, porque el agua había crecido hasta hacerse un agua de pasar a nado, un torrente que no se podía atravesar. Entonces me dijo: « ¿Has visto, hijo de hombre? » Me condujo, y luego me hizo volver a la orilla del torrente. Y a volver vi que a la orilla del torrente había gran cantidad de árboles, a ambos lados. Me dijo: «Esta agua sale hacia la región oriental, baja a la Araba, desemboca en el mar, en el agua hedionda, y el agua queda saneada. Por dondequiera que pase el torrente, todo ser viviente que en él se mueva vivirá. Los peces serán muy abundantes, porque allí donde penetra esta agua lo sanea todo, y la vida prospera en todas partes adonde llega el torrente. A sus orillas vendrán los pescadores; desde Engadí hasta Eneglayim se tenderán redes. Los peces serán de la misma especie que los peces del mar Grande, y muy numerosos. Pero sus marismas y sus lagunas no serán saneadas, serán abandonadas a la sal. A orillas del torrente, a una y otra margen, crecerán toda clase de árboles frutales cuyo follaje no se marchitará y cuyos frutos no se agotarán: producirán todos los meses frutos nuevos, porque esta agua viene del santuario. Sus frutos servirán de alimento, y sus hojas de medicina.»” (Ezequiel 47)

 

 

 

 

 

 

 

Jeremías: Sólo Dios es alternativa

 

Leer con atención el libro de Jeremías equivale a sumergirse en la confusión y hacerse un lío. En primer lugar porque ya su vida estuvo rodeada de confusión y embrollos. Las divisiones, tensiones, complicaciones, sociales, culturales y religiosas tan propias del Medio Oriente, Jeremías las vivió concentradas en el espacio y en el tiempo, y además en su propia carne: en Jerusalén en el conflicto con las autoridades, y en Anatoth, de donde era originario, en las dificultades con su propia familia. Se trata del período que va de la reforma centralizadora de Josías en 621AC hasta el exilio forzado de Jeremías a Egipto en 585AC, pasando por la toma de Jerusalén en 597AC, la primera deportación a Babilonia, la destrucción de Jerusalén en 587AC y la revuelta y el asesinato del gobernador Godolías en 586AC. Los exiliados conspiraban y soñaban con volver a casa. Los que se habían quedado en Jerusalén buscaban cómo obtener la ayuda de Egipto. En medio de ese torbellino Jeremías pedía a sus conciudadanos, en Jerusalén y en el exilio, que mantuvieran la calma, que se mostraran fieles a su Dios, y que se dejaran guiar por los acontecimientos. Su lenguaje era políticamente incorrecto, y lo pagó con su persona, aunque algunos líderes de Jerusalén estaban de acuerdo con él o por lo menos le escuchaban respetuosamente.

 

La confusión se debe también a la transmisión desordenada de sus profecías. El libro de Jeremías es un amasijo que desafía toda explicación. En él se mezclan oráculos, discursos en prosa, narrativos de actividades proféticas, historias, pasajes designados como “Confesiones de Jeremías”, relatos biográficos e historias en las que Jeremías no interviene. Comúnmente se distinguen algunos grandes conjuntos: los capítulos 1-25; los oráculos contra las Naciones 46-51; los narrativos (biográficos o no) comprendidos en los capítulos 26–29 + 32 + 34– 44; y un conjunto de capítulos centrados en el tema de la salvación: 30-31+33. Pero en esos mismos conjuntos se entremezclan discursos e historias. Por si fuera poco, las indicaciones cronológicas del libro, poco importa de dónde provengan, ofrecen una cronología incoherente.

 

Los especialistas están convencidos de que algunos de los oráculos de Jeremías fueron puestos por escrito en vida del profeta (Jer. 36, 1-5.32; 29, 1-3; 30.2; 45,1; 51,60 y 25.13). Por otra parte, en su traducción griega conocida (Septuaginta, LXX) el texto del libro de Jeremías es más corto que el del texto Masorético (TM). Y para complicarlo más, entre los textos de Jeremías encontrados en Qumram, algunos siguen la versión de la Septuaginta y otros la Masorética. Todo ello sugiere que en la composición actual del libro de Jeremías han trabajado primero los discípulos del profeta, particularmente Baruch; también la comunidad de exiliados en Babilonia; y finalmente miembros de la “escuela” deuteronomista.

 

Surgido a partir de pronunciamientos controvertidos pronunciados en una situación caótica, el libro de Jeremías conserva rasgos que reflejan esos orígenes. Sin embargo sigue transmitiéndonos una Palabra de Dios viva, que molesta y cuestiona, pero que ha sido conservada y transmitida para que pueda seguir haciéndolo veinticinco siglos más tarde. Por eso propongo que, tras leer uno de los primeros oráculos de Jeremías, pronunciado antes de la reforma de Josías en 621, nos dejemos cuestionar por esa Palabra analizando juntos cuatro temas importantes del libro de Jeremías.

 

 

 

Primeros oráculos (antes de 621)

Jeremías 2, 1-13

 “Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: Ve y grita a los oídos de Jerusalén: Así dice Yahveh: De ti recuerdo tu cariño juvenil, el amor de tu noviazgo; aquel seguirme tú por el desierto, por la tierra no sembrada. Consagrado a Yahveh estaba Israel, primicias de su cosecha. «Quienquiera que lo coma, será reo; mal le sucederá» – oráculo de Yahveh -. Oíd la palabra de Yahveh, casa de Jacob, y todas las familias de la casa de Israel. Así dice Yahveh: ¿Qué encontraban vuestros padres en mí de torcido, que se alejaron de mi vera, y yendo en pos de la Vanidad se hicieron vanos? En cambio no dijeron: « ¿Dónde está Yahveh, que nos subió de la tierra de Egipto, que nos llevó por el desierto, por la estepa y la paramera, por tierra seca y sombría, tierra por donde nadie pasa y en donde nadie se asienta?» Luego os traje a la tierra del vergel, para comer su fruto y su bien. Llegasteis y ensuciasteis mi tierra, y pusisteis mi heredad asquerosa. Los sacerdotes no decían: « ¿Dónde está Yahveh?»; ni los peritos de la Ley me conocían; y los pastores se rebelaron contra mí, y los profetas profetizaban por Baal, y en pos de los Inútiles andaban. Por eso, continuaré litigando con vosotros – oráculo de Yahveh – y hasta con los hijos de vuestros hijos litigaré. Porque, en efecto, pasad a las islas de los Kittim y ved, enviad a Quedar quien investigue a fondo, pensadlo bien y ved si aconteció cosa tal: 11.si las gentes cambiaron de dioses – ¡aunque aquéllos no son dioses! -. Pues mi pueblo ha trocado su Gloria por el Inútil. Pasmaos, cielos, de ello, erizaos y cobrad gran espanto – oráculo de Yahveh -. Doble mal ha hecho mi pueblo: a mí me dejaron, Manantial de aguas vivas, para hacerse cisternas, cisternas agrietadas, que el agua no retienen.” 

 

 

La vida como profecía

11,18-23 + 16, 1-13 + 20,7-18 + 38, 1-28

 

Yahveh me lo hizo saber, y me enteré de ello. Entonces me descubriste, Yahveh, sus maquinaciones. Y yo que estaba como cordero manso llevado al matadero, sin saber que contra mí tramaban maquinaciones: «Destruyamos el árbol en su vigor; borrémoslo de la tierra de los vivos, y su nombre no vuelva a mentarse.» ¡Oh Yahveh Sebaot, juez de lo justo, que escrutas los riñones y el corazón!, vea yo tu venganza contra ellos, porque a ti he manifestado mi causa. Y en efecto, así dice Yahveh tocante a los de Anatoth, que buscan mi muerte diciendo: «No profetices en nombre de Yahveh, y no morirás a nuestras manos». Por eso así dice Yahveh Sebaot: He aquí que yo les voy a visitar. Sus mancebos morirán por la espada, sus hijos e hijas morirán de hambre, y no quedará de ellos ni reliquia cuando yo traiga la desgracia a los de Anatoth, el año en que sean visitados. (Jeremías 11,18-23)

 

“La palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos: No tomes mujer ni tengas hijos ni hijas en este lugar. Que así dice Yahveh de los hijos e hijas nacidos en este lugar, de sus madres que los dieron a luz y de sus padres que los engendraron en esta tierra: De muertes miserables morirán, sin que sean plañidos ni sepultados. Se volverán estiércol sobre el haz del suelo. Con espada y hambre serán acabados, y serán sus cadáveres pasto para las aves del cielo y las bestias de la tierra. Sí, así dice Yahveh: No entres en casa de duelo, ni vayas a plañir, ni les consueles; pues he retirado mi paz de este pueblo – oráculo de Yahveh – la merced y la compasión. Morirán grandes y chicos en esta tierra. No se les sepultará, ni nadie les plañirá, ni se arañarán ni se raparán por ellos, ni se partirá el pan al que está de luto para consolarle por el muerto, ni le darán a beber la taza consolatoria por su padre o por su madre. Y en casa de convite tampoco entres a sentarte con ellos a comer y beber. Que así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: He aquí que voy a hacer desaparecer de este lugar, a vuestros propios ojos y en vuestros días, toda voz de gozo y alegría, la voz del novio y la voz de la novia. Luego, cuando hayas comunicado a este pueblo todas estas palabras, y te digan: « ¿Por qué ha pronunciado Yahveh contra nosotros toda esta gran desgracia? ¿Cuál es nuestra culpa, y cuál nuestro pecado que hemos cometido contra Yahveh nuestro Dios? », Tú les dirás: «Es porque me dejaron vuestros padres – oráculo de Yahveh – y se fueron tras otros dioses y les sirvieron y adoraron, y a mí me dejaron, y mi Ley no guardaron. Y vosotros mismos habéis hecho peor que vuestros padres, pues he aquí que va cada uno en pos de la dureza de su mal corazón, sin escucharme. Pero yo os echaré lejos de esta tierra, a otra que no habéis conocido vosotros ni vuestros padres, y serviréis allí a otros dioses día y noche, pues no os otorgaré perdón.» (Jeremías 16, 1-13)

En efecto, mirad que vienen días – oráculo de Yahveh – en que no se dirá más: « ¡Por vida de Yahveh, que subió a los hijos de Israel de Egipto!», sino: « ¡Por vida de Yahveh, que subió a los hijos de Israel del país del norte, y de todos los países a donde los arrojara!» Pues yo los devolveré a su solar, que di a sus padres. He aquí que envío a muchos pescadores – oráculo de Yahveh – y los pescarán. Y luego de esto enviaré a muchos cazadores, y los cazarán de encima de cada monte y de cada cerro y de los resquicios de las peñas. Porque mis ojos están puestos sobre todos sus caminos: no se me ocultan, ni se zafa su culpa de delante de mis ojos. Pagaré doblado por su culpa y su pecado, porque ellos execraron mi tierra con la carroña de sus Monstruos abominables, y de sus Abominaciones llenaron mi heredad. ¡Oh Yahveh, mi fuerza y mi refuerzo, mi refugio en día de apuro! A ti las gentes vendrán de los confines de la tierra y dirán: ¡Luego Mentira recibieron de herencia nuestros padres, Vanidad y cosas sin provecho! ¿Es que va a hacerse el hombre dioses para sí? ¡Aunque aquellos no son dioses! Por tanto, he aquí que yo les hago conocer – esta vez sí – mi mano y mi poderío, y sabrán que mi nombre es Yahveh” (Jeremías 16, 14-21)


“Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido. He sido la irrisión cotidiana: todos me remedaban. Pues cada vez que hablo es para clamar: « ¡Atropello!», y para gritar: « ¡Expolio!». La palabra de Yahveh ha sido para mí oprobio y befa cotidiana. Yo decía: «No volveré a recordarlo, ni hablaré más en su Nombre.» Pero había en mi corazón algo así como fuego ardiente, prendido en mis huesos, y aunque yo trabajada por ahogarlo, no podía. Escuchaba las calumnias de la turba: « ¡Terror por doquier!, ¡denunciadle!, ¡denunciémosle!» Todos aquellos con quienes me saludaba estaban acechando un traspiés mío: « ¡A ver si se distrae, y le podremos, y tomaremos venganza de él!» .Pero Yahveh está conmigo, cual campeón poderoso. Y así mis perseguidores tropezarán impotentes; se avergonzarán mucho de su imprudencia: confusión eterna, inolvidable. ¡Oh Yahveh Sebaot, juez de lo justo, que escrutas los riñones y el corazón!, vea yo tu venganza contra ellos, porque a ti he encomendado mi causa. Cantad a Yahveh, alabad a Yahveh, porque ha salvado la vida de un pobrecillo de manos de malhechores. ¡Maldito el día en que nací! ¡El día que me dio a luz mi madre no sea bendito!  ¡Maldito aquel que felicitó a mi padre diciendo: «Te ha nacido un hijo varón», y le llenó de alegría! Sea el hombre aquel semejante a las ciudades que destruyó Yahveh sin que le pesara, y escuche alaridos de mañana y gritos de ataque al mediodía. ¡Oh, que no me haya hecho morir desde el vientre, y hubiese sido mi madre mi sepultura, con seno preñado eternamente!  ¿Para qué haber salido del seno, a ver pena y aflicción, y a consumirse en la vergüenza mis días?” (Jeremías 20, 7-18)

 

“Oyeron Sefatías, hijo de Mattán, Guedalías, hijo de Pasjur, hijo de Malkiyías, las palabras que Jeremías hablaba a todo el pueblo: « Así dice Yahveh: Quien se quede en esta ciudad, morirá de espada, de hambre y de peste, mas el que se entregue a los caldeos vivirá, y eso saldrá ganando. Así dice Yahveh: Sin remisión será entregada esta ciudad en mano de las tropas del rey de Babilonia, que la tomará.» Y dijeron aquellos jefes al rey: « Ea, hágase morir a ese hombre, porque con eso desmoraliza a los guerreros que quedan en esta ciudad y a toda la plebe, diciéndoles tales cosas. Porque este hombre no procura en absoluto el bien del pueblo, sino su daño.» Dijo el rey Sedecías: «Ahí le tenéis en vuestras manos, pues nada podría el rey contra vosotros.» Ellos se apoderaron de Jeremías, y lo echaron a la cisterna de Malkiyías, hijo del rey, que había en el patio de la guardia, descolgando a Jeremías con sogas. En el pozo no había agua, sino fango, y Jeremías se hundió en el fango. Pero Ebed Mélek el kusita – un eunuco de la casa del rey – oyó que habían metido a Jeremías en la cisterna. El rey estaba sentado en la puerta de Benjamín. Salió Ebed Mélek de la casa del rey, y habló al rey en estos términos: «Oh mi señor el rey, está mal hecho todo cuanto esos hombres han hecho con el profeta Jeremías, arrojándole a la cisterna. Total lo mismo se iba a morir de hambre, pues no quedan ya víveres en la ciudad.» Entonces ordenó el rey a Ebed Mélek el kusita: «Toma tú mismo de aquí treinta hombres, y subes al profeta Jeremías del pozo antes de que muera.» Ebed Mélek tomó consigo a los hombres y entrando en la casa del rey, al vestuario del tesoro, tomó allí deshechos de paños y telas, y con sogas los descolgó por la cisterna hasta Jeremías. Dijo Ebed Mélek el kusita a Jeremías: «Hala, ponte los deshechos de paños y telas entre los sobacos y las sogas.» Así lo hizo Jeremías, y halando a Jeremías con las sogas le subieron de la cisterna. Y Jeremías se quedó en el patio de la guardia. Entonces el rey Sedecías mandó traer al profeta Jeremías a la entrada tercera que había en la Casa de Yahveh, y dijo el rey a Jeremías: «Yo te pregunto una cosa: no me ocultes nada.» Dijo Jeremías a Sedecías: «Si te soy sincero, seguro que me matarás; y aunque te aconseje, no me escucharás.» El rey Sedecías juró a Jeremías en secreto: «Por vida de Yahveh, y por la vida que nos ha dado, que no te haré morir ni te entregaré en manos de estos hombres que andan buscando tu muerte.» Dijo Jeremías a Sedecías: «Así dice Yahveh, el Dios Sebaot, el Dios de Israel: Si sales a entregarte a los jefes del rey de Babilonia, vivirás tú mismo y esta ciudad no será incendiada: tanto tú como los tuyos viviréis. Pero si no te entregas a los jefes del rey de Babilonia, esta ciudad será puesta en manos de los caldeos e incendiada, y tú no escaparás de sus manos.» Dijo el rey Sedecías a Jeremías: «Me preocupan los judíos que se han pasado a los caldeos, no vaya a ser que me entreguen en sus manos, y éstos hagan mofa de mí.» Pero replicó Jeremías: «No te entregarán. ¡Ea!, oye la voz de Yahveh en esto que te digo, que te resultará bien y quedarás con vida. Mas si rehúsas a salir, esto es lo que me ha mostrado Yahveh. Mira que todas las mujeres que han permanecido en la casa del rey de Judá serán sacadas adonde los jefes del rey de Babilonia, e irán diciendo: Te empujaron y pudieron contigo aquellos con quienes te saludabas. Se hundieron en el lodo tus pies, hiciéronse atrás. Y a todas tus mujeres y tus hijos irán sacando adonde los caldeos, y tú no escaparás de ellos, sino que en manos del rey de Babilonia serás puesto, y esta ciudad será incendiada.» Entonces dijo Sedecías a Jeremías: «Que nadie sepa nada de esto, y no morirás. Aunque se enteren los jefes de que he estado hablando contigo, y viniendo a ti te digan: “Decláranos qué has dicho al rey sin ocultárnoslo, y así no te mataremos, como también lo que el rey te ha hablado”, tú les dirás: “He pedido al rey la gracia de que no se me devuelva a casa de Jonatán a morirme allí.”» En efecto, vinieron todos los jefes a Jeremías, le interrogaron, y él les respondió conforme a lo que queda dicho que le había mandado el rey: y ellos quedaron satisfechos, porque nada se sabía de lo hablado. Así quedó Jeremías en el patio de la guardia, hasta el día en que fue tomada Jerusalén. (Jeremías 38, 1-28)

 

Los profetas bíblicos profetizaron con sus vidas tanto o más que con sus palabras. Fue un motivo por el que se distinguieron cada vez más de otros “videntes”, “adivinos” y “profetas”, conocidos en el Medio Oriente, que aparecen a menudo en los libros históricos de la Biblia. Al mismo tiempo, siendo la suya una intervención viva, personal y vital en los asuntos socio-políticos-religiosos de Israel y Judá, fue siempre más fácil saber quién era profeta (o quién es hoy profeta), que definir de manera clara y lógica qué intervención había sido profética. En ese sentido es muy significativa la respuesta de Amós: “Y Amasías dijo a Amós: «Vete, vidente; huye a la tierra de Judá; come allí tu pan y profetiza allí. Pero en Betel no has de seguir profetizando, porque es el santuario del rey y la Casa del reino.» Respondió Amós y dijo a Amasías: «Yo no soy profeta ni hijo de profeta, yo soy vaquero y picador de sicómoros. Pero Yahveh me tomó de detrás del rebaño, y Yahveh me dijo: “Ve y profetiza a mi pueblo Israel.”” (Amós 7, 12-15). En cuanto a la implicación vital de los profetas en su profecía, ya vimos en Ezequiel cómo su sufrimiento a la muerte de su mujer se convertía en profecía (Ezequiel 24). Impresionante también en ese sentido es el comienzo de la profecía de Oseas: “Comienzo de lo que habla Yahveh por Oseas. Dijo Yahveh a Oseas: «Ve, tómate una mujer dada a la prostitución e hijos de prostitución, porque la tierra se está prostituyendo enteramente, apartándose de Yahveh.» Fue él y tomó a Gómer, hija de Dibláyim, la cual concibió y le dio a luz un hijo. Yahveh le dijo: «Ponle el nombre de Yizreel, porque dentro de poco visitaré yo la casa de Jehú por la sangre derramada en Yizreel, y pondré fin al reinado de la casa de Israel. Aquel día romperé el arco de Israel en el valle de Yizreel.» Concibió ella de nuevo y dio a luz una hija. Y Yahveh dijo a Oseas: «Ponle el nombre de “Nocompadecida”, porque yo no me compadeceré más de la casa de Israel, soportándoles todavía. (Pero de la casa de Judá me compadeceré y los salvaré por Yahveh su Dios. No los salvaré con arco ni espada ni guerra, ni con caballos ni jinetes.)» Después de destetar a «Nocompadecida», concibió otra vez y dio a luz un hijo. Y dijo Yahveh: «Ponle el nombre de “Nomipueblo”, porque vosotros no sois mi pueblo ni yo soy para vosotros El-Que-Soy.»”

 

Resultado de esa distinción y clarificación progresivas, hoy llamamos “profetas clásicos” a algunos profetas activos a partir del siglo VIII, comenzando con Amós y Oseas. En su mayoría (la excepción más importante es la del poeta anónimo del Exilio conocido como “Segundo Isaías”), su actividad profética ha sido recogida y transmitida en libros que llevan su nombre. En las versiones cristianas de la Biblia aparecen en la sección “Profetas” (en la que también están presentes textos apocalípticos como Daniel). Más acorde con la realidad histórica, la Biblia Hebrea engloba en los “libros proféticos” tanto los libros de los profetas clásicos como los libros históricos en los que aparecen profetas anteriores tan significativos como Natán, Elías y Eliseo.

 

Si la de los profetas ha sido siempre una « vida profética”, la de Jeremías lo fue de manera especial. A ese respecto vamos a mencionar tres puntos. El primero, el más aparente, es su situación políticamente incómoda. El segundo es el celibato que le fue impuesto. El tercero, el más profundo, su propio conflicto con Dios.

 

Profetizando en la ambigüedad

Jeremías era de Anatoth… y no lo era. Amigo de componendas, para preservar la paz entre sus hijos, el rey David tuvo al final de su vida dos grandes sacerdotes: Abiatar, que favorecía como sucesor a Adenias, cuarto hijo del rey y de Haggig; y Sadok, que favorecía a Salomón, hijo de Betsabé, la mujer que David había robado a Urías mandándolo matar. Una vez rey, Salomón desterró a Abiatar a Anatoth, población situada a unos cinco kilómetros de Jerusalén. Jeremías era sin duda descendiente de Abiatar. Sin embargo consentía que los descendientes de Sadok ejercieran el sacerdocio en Jerusalén. Con la centralización de Josías (621AC) Jerusalén había ganado la batalla al más antiguo y famoso santuario de Siloh. Jeremías había aceptado la destrucción de Siloh, pero preconizaba igualmente la destrucción del templo de Jerusalén por la falta de moral social de quienes allí ofrecían sacrificios. En el terreno más estrictamente político, Jeremías no se posicionaba con nadie, ni con los babilonios ni con los egipcios. Pero se oponía a que los habitantes de Jerusalén pidieran ayuda a estos últimos. Amaba a su pueblo y a su tierra, pero fueron sus propios conciudadanos quienes en su huida a Egipto tras el asesinato de Godolías se lo llevaron con ellos por la fuerza. Nunca en política o en religión fue Jeremías un profeta en blanco o negro, pero sí en su fidelidad personal e íntima con Dios.

 

Está claro que leo a Jeremías con mis propias gafas, es decir con mis intereses personales, mis preocupaciones y prejuicios. Y me llama la atención lo mucho que el profeta debió sentirse incomprendido y extranjero entre los suyos. También lo fue Jesús, un tema implícito en el evangelio de Juan, “Vino a su casa y los suyos no lo recibieron”, que evocan Simón Pedro y Cipriano de Cartago: “Queridos, os exhorto a que, como extranjeros y forasteros, os abstengáis de las apetencias carnales que combaten contra el alma.” (1Pedro 2,11).  “Considerad, amados hermanos, que hemos renunciado al mundo y que en la tierra somos como extranjeros y viajeros” (San Cipriano de Cartago). Habiendo estudiado y trabajado en varios países, hubo una época en la que yo me consideraba un “hombre universal”. ¡Como si uno pudiera renunciar, sin morir, a sus propias raíces, por muy mixtas y variopintas que sean! Hoy sin embargo estoy a gusto en multitud de sitios, pero en todas partes me siento extranjero, especialmente allí donde no lo debiera, en mi propia tierra. La propaganda oficial describe a Navarra como “tierra de diversidad”. Pero no añade que esa diversidad se vive a menudo como división, y que todavía, a pesar del Privilegio de la Unión de 1423 y nuestra entrada en Europa en 1986, no hemos superado ni las divisiones heredadas de la Edad Media ni el nacional-catolicismo (o sus equivalentes no confesionales) que surgido en la Edad Moderna. Y hay una pregunta que me hago a menudo: ¿Pueden los nacionalismos (cualesquiera que sean: español, vasco, polaco, catalán, francés…) llamarse cristianos?

 

El celibato de Jeremías

A comienzos de 2017 investigadores de la universidad inglesa de Nottingham, dieron el nombre de “Jeremías” a un caracol senestre (senestre: bastante raro porque la concha, contrariamente a la de la mayoría, se enrolla hacia la izquierda) que se negó a acoplarse con otros caracoles semestres… ¿Qué decir del celibato de nuestro profeta Jeremías?

 

Se dan dos aspectos complementarios en la vivencia del celibato cristiano. El primero, el que llamamos “celibato consagrado”, más aparente, a veces más bello, y siempre muy exigente, se inspira en la vida de Jesús: las puertas de corazón deben permanecer siempre abiertas, para que todos puedan entrar en él, y para que, –lo que a veces puede ser más difícil–, todos puedan salir y marcharse con completa libertad. La apertura del corazón a todos evoca y simboliza la universalidad del amor de Dios. Pero es especialmente en la soledad, cuando todos se han marchado para dedicarse a sus cosas y a sus amigos, que el célibe consagrado encuentra a Dios, proclamando así que sólo Dios puede llenar plenamente una vida.

 

Pequeño paréntesis: el celibato es ante todo un don de Dios para todo el Cuerpo de Cristo, para toda la comunidad cristiana. Todos, célibes y no célibes, nos aprovechamos de él, y de alguna manera todos, célibes y no célibes estamos llamados a vivirlo. Lo mismo que el don del sacramento del matrimonio que debe aprovechar a todos y no solamente a los conyugues. De hecho para que con la excusa de amar a todos no termine no amando a nadie y convirtiéndose en un solterón egoísta, el célibe consagrado debe dejarse inspirar por la personalización individual y exigentemente concreta de los matrimonios. Pero también los casados, –y toda relación de amistad–, deben dejarse inspirar por la soledad del célibe consagrado. Al fin y al cabo, siempre seremos un misterio el uno para el otro, y siempre tendremos que respetar el misterio del otro, y la soledad en que ese misterio nos coloca.

 

Todo lo cual nos lleva al segundo aspecto de la vivencia del celibato cristiano, especialmente presente en la vida del profeta Jeremías. Para Jeremías en Jerusalén, lo mismo que para Ezequiel en Babilonia, en un momento dado de la historia de Israel, el templo, la tierra y la realeza habían sido queridos y santificados por Dios como medios de comunión del pueblo con El. Pero el pueblo las había pervertido absolutizándolas, y tenían que desaparecer, mostrando así que sólo Dios es absoluto. Para mostrarlo de manera simbólica, Ezequiel no llorará a la muerte de su esposa. Jeremías irá más lejos y ni siquiera tomará mujer. El amor hacia otra persona tiene que ser concreto, total y definitivo. Como el de Dios. Pero ninguna persona puede ocupar en el corazón el puesto absoluto de Dios.  Todos morimos, también mis más íntimos. Sólo Dios puede dar a mi vida su valor absoluto. Eso es lo que implica la respuesta de Jesús cuando los Saduceos se oponen a la resurrección: “Pues cuando resuciten de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, sino que serán como ángeles en los cielos. Y acerca de que los muertos resucitan, ¿no habéis leído en el libro de Moisés, en lo de la zarza, cómo Dios le dijo: Yo soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob?” (Marcos 12,25). Y en la versión de Lucas 20, 34-37: “Jesús les dijo: «Los hijos de este mundo toman mujer o marido; pero los que alcancen a ser dignos de tener parte en aquel mundo y en la resurrección de entre los muertos, ni ellos tomarán mujer ni ellas marido, ni pueden ya morir, porque son como ángeles, y son hijos de Dios, siendo hijos de la resurrección. Y que los muertos resucitan lo ha indicado también Moisés en lo de la zarza, cuando llama al Señor el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob.” El celibato quiere expresar de manera concreta y humana la universalidad sin límites del amor de Dios. Pero también y al mismo tiempo el que sólo Dios puede dar un valor y un sentido absoluto a nuestra vida.

 

En conflicto con Dios

El tercer punto, la relación conflictiva con Dios, es en mi opinión el más importante y el que menos necesita explicaciones. Aparece perfectamente plasmado en Jeremías 20, que algunos llaman “Confesiones de Jeremías”, un poco como las confesiones de San Agustín. Se trata de un texto que he utilizado a menudo acompañando a personas que tenían que tomar una decisión decisiva para su vida. Jeremías está harto y cansado. Ser profeta de Dios no le ha traído más que desventuras y persecuciones. Decide, o más bien quisiera decidir, que nunca más será instrumento de Dios. Pero no puede. Sus tripas se lo impiden. Y una frase lo resume todo: “Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido”. O como traduce la Biblia latinoamericana “me tomaste a la fuerza y saliste ganando”.

 

En la tradición bíblica, la relación Dios puede ser a veces de una brutal sinceridad. Jacob lucha físicamente con Dios en Génesis 32. Job se revuelve de manera casi blasfema contra lo que él considera injusticia divina. Y en la cruz Jesús utilizará el salmo 22: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. Es una manera de confesar con Jeremías “Me has seducido, Yahveh, y me dejé seducir; me has agarrado y me has podido”.

 

 

Contra la corrupción y contra el templo

7, 1-15 + 13,1-11 + 26, 1-24 + 27, 1-22

 

Éxodo, 23, 14-17: “Tres veces al año me celebrarás fiesta. Guardarás la fiesta de los Ázimos. Durante siete días comerás ázimos, como te he mandado, en el tiempo señalado, en el mes de Abib; pues en él saliste de Egipto. Nadie se presentará delante de mí con las manos vacías. También guardarás la fiesta de la Siega, de las primicias de tus trabajos, de lo que hayas sembrado en el campo; y la fiesta de la Recolección al término del año, al recoger del campo los frutos de tu trabajo. Tres veces al año se presentarán tus varones delante de Yahveh, el Señor.” 


Deuteronomio, 16, 9-12:“Contarás siete semanas. Cuando la hoz comience a cortar las espigas comenzarás a contar estas siete semanas. Y celebrarás en honor de Yahveh tu Dios la fiesta de las Semanas, con la ofrenda voluntaria que haga tu mano, en la medida en que Yahveh tu Dios te haya bendecido. En presencia de Yahveh tu Dios te regocijarás, en el lugar elegido por Yahveh tu Dios para morada de su nombre: tú, tu hijo y tu hija, tu siervo y tu sierva, el levita que vive en tus ciudades, el forastero, el huérfano y la viuda que viven en medio de ti. Te acordarás de que fuiste esclavo en Egipto y cuidarás de poner en práctica estos preceptos.” 


Amós, 4 (Israel hacia 750 BC): “Escuchad esta palabra, vacas de Basán, que estáis en la montaña de Samaria, que oprimís a los débiles, que maltratáis a los pobres, que decís a vuestros maridos: « ¡Traed, y bebamos!» El Señor Yahveh ha jurado pro su santidad: He aquí que vienen días sobre vosotras en que se os izará con ganchos, y, hasta las últimas, con anzuelos de pescar. Por brechas saldréis cada una a derecho, y seréis arrojadas al Hermón, oráculo de Yahveh.” 

 

Miqueas, 3, 1-12 (Judea, contemporáneo de Isaías, hacia 730 BC): “Yo dije: Escuchad, pues, jefes de Jacob, y dirigentes de la casa de Israel: ¿No es cosa vuestra conocer el derecho, vosotros que odiáis el bien y amáis el mal, (que les arrancáis la piel de encima, y la carne de sobre sus huesos?) 3.Los que han comido la carne de mi pueblo y han desollado su piel y quebrado sus huesos, los que le han despedazado como carne en la caldera, como vianda dentro de una olla, 4.clamarán entonces a Yahveh, pero él no les responderá: esconderá de ellos su rostro en aquel tiempo, por los crímenes que cometieron. Así dice Yahveh contra los profetas que extravían a mi pueblo, los que, mientras mascan con sus dientes, gritan: « ¡Paz!», mas a quien no pone nada en su boca le declaran guerra santa. Por eso tendréis noche sin visión, oscuridad sin adivinación; ¡se pone el sol sobre los profetas, sobre ellos el día se oscurece! Tendrán vergüenza los videntes, y confusión los adivinos; y se taparán todos el bigote, por no haber ya respuesta de Dios. Yo, en cambio, estoy lleno de fuerza, por el espíritu de Yahveh, y de juicio y bravura, para denunciar a Jacob su delito, y a Israel su pecado. Escuchad esto, jefes de la casa de Jacob, y dirigentes de la casa de Israel, que abomináis el juicio y torcéis toda rectitud, 10.que edificáis a Sión con sangre, y a Jerusalén con maldad. Sus jefes juzgan por soborno, sus sacerdotes enseñan por salario, sus profetas vaticinan por dinero, y se apoyan en Yahveh diciendo: « ¿No está Yahveh en medio de nosotros? ¡No vendrá sobre nosotros ningún mal!» Por eso, por culpa vuestra, Sión será un campo que se ara, Jerusalén se hará un montón de ruinas, y el monte de la Casa un otero salvaje.” 

 

Jeremías 7, 1-15

“Palabra que llegó de parte de Yahveh a Jeremías: Párate en la puerta de la Casa de Yahveh y proclamarás allí esta palabra. Dirás: Oíd la palabra de Yahveh, todo Judá, los que entráis por estas puertas a postraros ante Yahveh. Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Mejorad de conducta y de obras, y yo haré que os quedéis en este lugar. No fieis en palabras engañosas diciendo: « ¡Templo de Yahveh, Templo de Yahveh, Templo de Yahveh es éste!» Porque si mejoráis realmente vuestra conducta y obras, si realmente hacéis justicia mutua y no oprimís al forastero, al huérfano y a la viuda (y no vertéis sangre inocente en este lugar), ni andáis en pos de otros dioses para vuestro daño, entonces yo me quedaré con vosotros en este lugar, en la tierra que di a vuestros padres desde siempre hasta siempre. Pero he aquí que vosotros fiais en palabras engañosas que de nada sirven, para robar, matar, adulterar, jurar en falso, incensar a Baal y seguir a otros dioses que no conocíais. Luego venís y os paráis ante mí en esta Casa llamada por mi Nombre y decís: « ¡Estamos seguros!», para seguir haciendo todas esas abominaciones. ¿En cueva de bandoleros se ha convertido a vuestros ojos esta Casa que se llama por mi Nombre? ¡Qué bien visto lo tengo! – oráculo de Yahveh -. Pues andad ahora a mi lugar de Silo, donde aposenté mi Nombre antiguamente, y ved lo que hice con él ante la maldad de mi pueblo Israel. Y ahora, por haber hecho vosotros todo esto – oráculo de Yahveh – por más que os hablé asiduamente, aunque no me oísteis, y os llamé, mas no respondisteis, yo haré con la Casa que se llama por mi Nombre, en la que confiáis, y con el lugar que os di a vosotros y a vuestros padres, como hice con Silo, y os echaré de mi presencia como eché a todos vuestros hermanos, a toda la descendencia de Efraím.” (Jeremías 7, 1-15)

 

Jeremías 13, 1-11

“Yahveh me dijo así: «Anda y cómprate una faja de lino y te la pones a la cintura, pero no la metas en agua.» Compré la faja, según la orden de Yahveh, y me la puse a la cintura. Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh por la segunda vez: «Toma la faja que has comprado y que llevas a la cintura, levántate y vete al Eufrates y la escondes allí en un resquicio de la peña.» Yo fui y la escondí en el Eufrates como me había mandado Yahveh. Al cabo de mucho tiempo me dijo Yahveh: «Levántate, vete al Eufrates y recoges de allí la faja que te mandé que escondieras allí.» Yo fui al Eufrates, cavé, recogí la faja del sitio donde la había escondido y he aquí que se había echado a perder la faja: no valía para nada. Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: «Así dice Yahveh: Del mismo modo echaré a perder la mucha soberbia de Judá y de Jerusalén. Ese pueblo malo que rehúsa oír mis palabras, que caminan según la terquedad de sus corazones y han ido en pos de otros dioses a servirles y adorarles, serán como esta faja que no vale para nada. Porque así como se pega la faja a la cintura de uno, de igual modo hice apegarse a mí a toda la casa de Israel y a toda la casa de Judá – oráculo de Yahveh – con idea de que fuesen mi pueblo, mi nombradía, mi loor y mi prez, pero ellos no me oyeron.” (Jeremías 13, 1-11)

 

Jeremías 26, 1-24

“Al principio del reinado de Yoyaquim, hijo de Josías, rey de Judá, fue dirigida a Jeremías esta palabra de Yahveh: Así dice Yahveh: Párate en el patio de la Casa de Yahveh y habla a todas las ciudades de Judá, que vienen a adorar en la Casa de Yahveh, todas las palabras que yo te he mandado hablarles, sin omitir ninguna. Puede que oigan y se torne cada cual de su mal camino, y yo me arrepentiría del mal que estoy pensando hacerles por la maldad de sus obras. Les dirás, pues: «Así dice Yahveh: Si no me oís para andar según mi Ley que os propuse, oyendo las palabras de mis siervos los profetas que yo os envío asiduamente (pero no habéis hecho caso), entonces haré con esta Casa como con Silo, y esta ciudad entregaré a la maldición de todas las gentes de la tierra.» Oyeron los sacerdotes y profetas y todo el pueblo a Jeremías decir estas palabras en la Casa de Yahveh, y luego que hubo acabado Jeremías de hablar todo lo que le había ordenado Yahveh que hablase a todo el pueblo, le prendieron los sacerdotes, los profetas y todo el pueblo diciendo: « ¡Vas a morir! ¿Por qué has profetizado en nombre de Yahveh, diciendo: “Como Silo quedará esta Casa, y esta ciudad será arrasada, sin quedar habitante”?» Y se juntó todo el pueblo en torno a Jeremías en la Casa de Yahveh. Oyeron esto los jefes de Judá, y subieron de la casa del rey a la Casa de Yahveh, y se sentaron a la entrada de la Puerta Nueva de la Casa de Yahveh. Y los sacerdotes y profetas, dirigiéndose a los jefes y a todo el pueblo, dijeron: « ¡Sentencia de muerte para este hombre, por haber profetizado contra esta ciudad, como habéis oído con vuestros propios oídos!» Dijo Jeremías a todos los jefes y al pueblo todo: «Yahveh me ha enviado a profetizar sobre esta Casa y esta ciudad todo lo que habéis oído. Ahora bien, mejorad vuestros caminos y vuestras obras y oíd la voz de Yahveh vuestro Dios, y se arrepentirá Yahveh del mal que ha pronunciado contra vosotros. En cuanto a mí, aquí me tenéis en vuestras manos: haced conmigo como mejor y más acertado os parezca. Empero, sabed de fijo que si me matáis vosotros a mí, sangre inocente cargaréis sobre vosotros y sobre esta ciudad y sus moradores, porque en verdad Yahveh me ha enviado a vosotros para pronunciar en vuestros oídos todas estas palabras.» Dijeron los jefes y todo el pueblo a los sacerdotes y profetas: «No merece este hombre sentencia de muerte, porque en nombre de Yahveh nuestro Dios nos ha hablado.» Y se levantaron algunos de los más viejos del país y dijeron a toda la asamblea del pueblo: «Miqueas de Moréset profetizaba en tiempos de Ezequías, rey de Judá, y dijo a todo el pueblo de Judá: Así dice Yahveh Sebaot: Sión será un campo que se ara, Jerusalén se hará un montón de ruinas, y el monte de la Casa un otero salvaje. ¿Por ventura le mataron Ezequías, rey de Judá, y todo Judá?, ¿no temió a Yahveh y suplicó a la faz de Yahveh, y se arrepintió Yahveh del daño con que les había amenazado? Mientras que nosotros estamos haciéndonos mucho daño a nosotros mismos.» Pero también hubo otro que decía profetizar en nombre de Yahveh – Urías hijo de Semaías de Quiryat Yearim – el cual profetizó contra esta ciudad y contra esta tierra enteramente lo mismo que Jeremías, y oyó el rey Yoyaquim y todos sus grandes señores y jefes sus palabras, y el rey buscaba matarle. Enteróse Urías, tuvo miedo, huyó y entró en Egipto. Pero envió el rey Yoyaquim a Elnatán, hijo de Akbor, y otros con él a Egipto, y sacaron a Urías de Egipto y lo trajeron al rey Yoyaquim, quien lo acuchilló y echó su cadáver a la fosa común. Gracias a que Ajicam, hijo de Safán, defendió a Jeremías, impidiendo entregarlo en manos del pueblo para matarle.” (Jeremías 26, 1-24)

 

Jeremías 27, 1-22

“(Al principio del reinado de SE decías, hijo de Josías, rey de Judá, fue dirigida esta palabra a Jeremías de parte de Yahveh:) Así me ha dicho Yahveh: «Hazte unas coyundas y un yugo, póntelo sobre la cerviz, y envíalos al rey de Edom, al rey de Moab y al rey de los amonitas, al rey de Tiro y al rey de Sidón por medio de los embajadores que vienen a Jerusalén a ver a Sedecías, rey de Judá, y dales estas instrucciones para sus señores: «Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Así diréis a vuestros señores: Yo hice la tierra, el hombre y las bestias que hay sobre la haz de la tierra, con mi gran poder y mi tenso brazo, y lo di a quien me plugo. Ahora yo he puesto todos estos países en manos de mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia, y también los animales del campo le he dado para servirle (y todas las naciones le servirán a él, a su hijo y al hijo de su hijo, hasta que llegue también el turno a su propio país – y le reducirán a servidumbre muchas naciones y reyes grandes -). Así que las naciones y reinos que no sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y que no sometan su cerviz al yugo del rey de Babilonia, con la espada, con el hambre y con la peste los visitaré – oráculo de Yahveh – hasta acabarlos por medio de él. Vosotros, pues, no oigáis a vuestros profetas, adivinos, soñadores, augures ni hechiceros que os hablan diciendo: “No serviréis al rey de Babilonia”, porque cosa falsa os profetizan para alejaros de sobre vuestro suelo, de suerte que yo os arroje y perezcáis. Pero la nación que someta su cerviz al yugo de Babilonia y le sirva, yo la dejaré tranquila en su suelo – oráculo de Yahveh – y lo labrará y morará en él.» A Sedecías, rey de Judá, le hablé en estos mismos términos, diciendo: «Someted vuestras cervices al yugo del rey de Babilonia, servidle a él y a su pueblo, y quedaréis con vida. (¿A qué morir tú y tu pueblo por la espada, el hambre y la peste, como ha amenazado Yahveh a aquella nación que no sirva al rey de Babilonia?) ¡ No oigáis, pues, las palabras de los profetas que os dicen: “No serviréis al rey de Babilonia”, porque cosa falsa os profetizan, pues yo no les he enviado – oráculo de Yahveh – y ellos andan profetizando en mi Nombre falsamente; no sea que yo os arroje, y perezcáis vosotros y los profetas que os profetizan.» Y a los sacerdotes y a todo este pueblo les hablé diciendo: «Así dice Yahveh: No oigáis las palabras de vuestros profetas que os profetizan diciendo: “He aquí que el ajuar de la Casa de Yahveh va a ser devuelto de Babilonia en seguida”, porque cosa falsa os profetizan. (No les hagáis caso. Servid al rey de Babilonia y quedaréis con vida. ¿Para qué ha de quedar esta ciudad arrasada?) Y si ellos son profetas y la palabra de Yahveh les acompaña, que conjuren a Yahveh Sebaot para que los objetos que quedaron en la Casa de Yahveh, en la casa del rey de Judá y en Jerusalén no vayan a Babilonia. Porque así dice Yahveh Sebaot de las columnas, del Mar, de las basas [carretillas] y de los demás objetos que quedaron en esta ciudad, de los cuales no se apoderó Nabucodonosor, rey de Babilonia, al deportar a Jeconías, hijo de Yoyaquim, rey de Judá, de Jerusalén a Babilonia (así como a todos los nobles de Judá y Jerusalén). Sí, porque así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel, respecto a los objetos que quedaron en la Casa de Yahveh, en la casa del rey de Judá y en Jerusalén: A Babilonia serán llevados (y allí estarán hasta el día que yo los visite) – oráculo de Yahveh – (y entonces los subiré y devolveré a este lugar).»” (Jeremías 27, 1-22)

 

A la muerte de Salomón (931AC) las tribus del Norte se separaron y crearon su propio reino, Israel (Samaria). Prosperidad económica e inestabilidad política produjeron excesivas disparidades sociales y serias injusticias. Los ambientes religiosos reaccionaron reformando las leyes antiguas y dándoles un contenido más social. Baste comparar Éxodo 23 y Deuteronomio [= “Segunda Ley”] 16. En ese contexto aparecieron a mediados del siglo octavo los primeros profetas clásicos (Amós y Oseas), claramente “sociales”. Sin duda esos ideales sociales influyeron también en el Sur (ver la profecía de Miqueas), especialmente tras la caída del reino del Norte en 721AC. Josías, rey de Judá, adoptó los ideales de la “Segunda Ley” (ideales deuteronomistas) en su reforma social y religiosa de 631AC. Para ocultar un poco nuestra ignorancia en cuanto a los autores de esos textos, llamamos “Movimiento deuteronomista” al conjunto de autores anónimos que produjeron lo que con el tiempo sería el libro del Deuteronomio. También durante el Exilio recopilaron la historia de Israel (Historia Deuteronomista) que va desde el libro de Josué hasta el Segundo Libro de los Reyes. En su condena de la corrupción, el profeta Jeremías tuvo que sentirse ideológicamente muy cercano a los autores deuteronomistas. De hecho fueron estos quienes más se preocuparon de conservar y editar durante el Exilio los textos de Jeremías.

 

Los textos en los que los profetas critican la corrupción moral y social hablan de por sí. Según los mismos profetas esa corrupción hace que sean hipócritas la asistencia al templo y la confianza en la liturgia, hasta el punto de que ambas tengan que desaparecer. No es de extrañar que esos textos hayan inspirados a judíos y cristianos hasta el día de hoy. Los evangelios y el Nuevo Testamento en su conjunto no se entenderían si se separase el amor de Dios del amor del prójimo. El mismo San Pablo insinúa en la carta a los Corintios que nuestra actitud socialmente inmoral podría hacer nula la misma Eucaristía. En nuestros días se habla a menudo de la necesidad de una “Iglesia profética”, y se presenta a Monseñor Romero como un “profeta de los tiempos modernos”.

 

Dicho esto, si queremos que los profetas en general y Jeremías en particular sigan inspirándonos, tenemos que evitar caer en anacronismos. Los profetas eran hijos de su tiempo, y tanto ellos como Jesús más tarde no hubieran podido concebir una relación con Dios que no se manifestara de alguna manera a través de gestos simbólicos y litúrgicos. Si el Exilio es importante en ese terreno es porque pone de manifiesto que ningún gesto concreto, ninguna liturgia particular, tiene valor absoluto. Y que la corrupción se apodera de esos gestos haciéndolos obsoletos en cuanto los disociamos de sus exigencias éticas y sociales. Decimos a menudo que nuestros contemporáneos se alejan de la “práctica religiosa”, cuando en realidad se alejan ente todo de una liturgia disociada de le la vida real. De hecho, las iglesias evangélicas siguen captando adeptos, aumenta sin cesar el recurso de ciudadanos de a pie a videntes y chamanes, y muchos de los que se declaran “sin religión” viven de manera religiosa su pertenencia a un club de fútbol, a su pequeño gueto de amigos, o al más amplio grupo de “amigos” de Facebook.

 

Y es que el hombre no puede vivir sin gestos simbólicos. Originariamente, un “símbolo” (“sacramento” en las lenguas latinas) era para los griegos ese trozo de cerámica partido en dos que dos amigos conservaban y que mantenía viva, a pesar de las distancias, la presencia mutua y la comunión del uno con el otro. En el gesto simbólico, gracias a algo material y concreto se hace realidad una comunión inmaterial imposible de comprender con la pura racionalidad. Y no hay nada más humano que esa capacidad simbólica por la que creamos una comunión íntima con otra persona, y hasta con Dios, sin que por ello hayamos desvelado su misterio profundo, ese misterio que hace que esa persona sea única e infranqueable. Es cierto que la mayoría de los gestos simbólicos tradicionales se están quedando obsoletos. Pero otros están surgiendo espontáneamente. Nos toca adoptarlos, darles un contenido humano y social, hacer de ellos instrumentos de comunión interpersonal y también con Dios… pero sin olvidar que “absoluto” lo es sólo Dios.

 

En la sección precedente, al hablar de cómo la vida misma del profeta es profecía, pudimos constatar que ningún profeta auténtico había deseado serlo. Dios se les había impuesto, o, con las palabras de Jeremías, Dios había sido el más fuerte. Y puesto que en nuestros días se ha puesto de moda hablar de una “iglesia profética” o de una “iglesia de profetas”, asumir que necesitamos urgentemente profetas, es tan importante como entender que nadie en sus cabales querrá serlo. Sólo Dios puede cargar sobre nuestras espaldas esa responsabilidad. “¡Ay de mí, estoy perdido!, exclama Isaías cuando Dios se le acerca para enviarlo a su pueblo”. “No soy profeta… pero el Señor me arrancó de mi ganado y me mandó ir a profetizar”, explica Amós. Razón de más para admirar a Jeremías que aceptó ser seducido y ser portavoz de Dios, no sólo en una situación histórica extremadamente difícil, sino también a pesar de la posición ambigua que era la suya como descendiente de Abiatar y residente de Anatoth.

 

 

Una Nueva Alianza

Jeremías 31

 

“En aquel tiempo – oráculo de Yahveh – seré el Dios de todas las familias de Israel, y ellos serán mi pueblo. Así dice Yahveh: Halló gracia en el desierto el pueblo que se libró de la espada: va a su descanso Israel. De lejos Yahveh se me apareció. Con amor eterno te he amado: por eso he reservado gracia para ti. Volveré a edificarte y serás reedificada, virgen de Israel; aún volverás a tener el adorno de tus adufes, y saldrás a bailar entre gentes festivas. Aún volverás a plantar viñas en los montes de Samaría: (plantarán los plantadores, y disfrutarán). Pues habrá un día en que griten los centinelas en la montaña de Efraím: « ¡Levantaos y subamos a Sión, adonde Yahveh, el Dios nuestro!» Pues así dice Yahveh: Dad hurras por Jacob con alegría, y gritos por la capital de las naciones; hacedlo oír, alabad y decid: « ¡Ha salvado Yahveh a su pueblo, al Resto de Israel!» Mirad que yo los traigo del país del norte, y los recojo de los confines de la tierra. Entre ellos, el ciego y el cojo, la preñada y la parida a una. Gran asamblea vuelve acá. Con lloro vienen y con súplicas los devuelvo, los llevo a arroyos de agua por camino llano, en que no tropiecen. Porque yo soy para Israel un padre, y Efraím es mi primogénito. Oíd la palabra de Yahveh, naciones, y anunciad por las islas a lo lejos, y decid: «El que dispersó a Israel le reunirá y le guardará cual un pastor su hato.» Porque ha rescatado Yahveh a Jacob, y le ha redimido de la mano de otro más fuerte. Vendrán y darán hurras en la cima de Sión y acudirán al regalo de Yahveh: al grano, al mosto, y al aceite virgen, a las crías de ovejas y de vacas, y será su alma como huerto empapado, no volverán a estar ya macilentos. Entonces se alegrará la doncella en el baile, los mozos y los viejos juntos, y cambiaré su duelo en regocijo, y les consolaré y alegraré de su tristeza; 14.empaparé el alma de los sacerdotes de grasa, y mi pueblo de mi regalo se hartará – oráculo de Yahveh -. Así dice Yahveh: En Ramá se escuchan ayes, lloro amarguísimo. Raquel que llora por sus hijos, que rehúsa consolarse – por sus hijos – porque no existen. Así dice Yahveh: Reprime tu voz del lloro y tus ojos del llanto, porque hay paga para tu trabajo – oráculo de Yahveh -: volverán de tierra hostil, y hay esperanza para tu futuro – oráculo de Yahveh -: volverán los hijos a su territorio. Bien he oído a Efraím lamentarse: «Me corregiste y corregido fui, cual becerro no domado. Hazme volver y volveré, pues tú, Yahveh, eres mi Dios. Porque luego de desviarme, me arrepiento, y luego de darme cuenta, me golpeo el pecho, me avergüenzo y me confundo luego, porque aguanto el oprobio de mi mocedad.» ¿Es un hijo tan caro para mí Efraím, o niño tan mimado, que tras haberme dado tanto que hablar, tenga que recordarlo todavía? Pues, en efecto, se han conmovido mis entrañas por él; ternura hacia él no ha de faltarme – oráculo de Yahveh -. Plántate hitos, ponte jalones de ruta, presta atención a la calzada al camino que anduviste. Vuelve, virgen de Israel, vuelve a estas ciudades. ¿Hasta cuándo darás rodeos, oh díscola muchacha? Pues ha creado Yahveh una novedad en la tierra: la Mujer ronda al Varón. Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Todavía dirán este refrán en tierra de Judá y en sus ciudades, cuando yo haga volver a sus cautivos: « ¡Bendígate Yahveh, oh estancia justa, oh monte santo!» Y morarán allí Judá y todas sus ciudades juntamente, los labradores y los que trashuman con el rebaño, porque yo empaparé el alma agotada y toda alma macilenta colmaré. En esto, me desperté y vi que mi sueño era sabroso para mí. He aquí que días vienen – oráculo de Yahveh – en que sembraré la casa de Israel y la casa de Judá de simiente de hombres y ganados. Entonces, del mismo modo que anduve presto contra ellos para extirpar, destruir, arruinar, perder y dañar, así andaré respecto a ellos para reconstruir y replantar – oráculo de Yahveh -. En aquellos días no dirán más: «Los padres comieron el agraz, y los dientes de los hijos sufren de dentera»; sino que cada uno por su culpa morirá: quienquiera que coma el agraz tendrá la dentera. He aquí que días vienen – oráculo de Yahveh – en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza; no como la alianza que pacté con sus padres, cuando les tomé de la mano para sacarles de Egipto; que ellos rompieron mi alianza, y yo hice estrago en ellos – oráculo de Yahveh -. Sino que esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días – oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: «Conoced a Yahveh», pues todos ellos me conocerán del más chico al más grande – – oráculo de Yahveh – cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme. Así dice Yahveh, el que da el sol para alumbrar el día, y gobierna la luna y las estrellas para alumbrar la noche, el que agita el mar y hace bramar sus olas, cuyo nombre es Yahveh Sebaot. Si fallaren estas normas en mi presencia – oráculo de Yahveh – también la prole de Israel dejaría de ser una nación en mi presencia a perpetuidad. Así dice Yahveh: Si fueren medidos los cielos por arriba, y sondeadas las bases de la tierra por abajo, entonces también yo renegaría de todo el linaje de Israel por todo cuanto hicieron – oráculo de Yahveh -. He aquí que vienen días – oráculo de Yahveh – en que será reconstruida la ciudad de Yahveh desde la torre de Jananel hasta la Puerta del Angulo; y volverá a salir la cuerda de medir toda derecha hasta la cuesta de Gareb, y torcerá hasta Goá, y toda la hondonada de los Cuerpos Muertos y de la Ceniza, y toda la Campa del Muerto hasta el torrente Cedrón, hasta la esquina de la Puerta de los Caballos hacia oriente será sagrado de Yahveh: no volverá a ser destruido ni dado al anatema nunca jamás.” 

 

No se puede hablar de Jeremías sin mencionar la “Nueva Alianza”, tema especialmente presente en el capítulo 31, “Cumbre espiritual del libro de Jeremías” según algunos autores. Tres aspectos de esa Alianza llaman hoy la atención: Continuidad, interiorización y libertad.

 

Continuidad. Nuestra relación con el pasado está hecha necesariamente de continuidad y de ruptura. En la cultura europea moderna, especialmente en los países mediterráneos, muy influenciados por el “cogito ergo sum” cartesiano y la Enciclopedia francesa, predominan a menudo actitudes de ruptura: “Hay que comenzar desde cero”, “Con nosotros comienza la verdadera historia”, etc. Los horarios a la inglesa, “6 am, -ante meridium-, 3 pm, -post medirium-“, o la apertura solemne del parlamento británico, apuntan a que en la mentalidad británica se insiste en la continuidad: lo queramos o no nos encontramos dentro de una tradición que nos precede en el tiempo. Podemos decir que la tradición bíblica es más bien “británica”. Avanza con continuas referencias al pasado. Así Ezequiel, sacerdote-profeta, representa el nacimiento de Israel tras el exilio como la reconstrucción del templo totalmente renovado. En un próximo encuentro veremos cómo el Segundo Isaías describe la vuelta del Exilio como un Nuevo Éxodo. También según San Lucas y San Pablo, la copa que bendice Jesús en la última cena es la “Copa de la Nueva Alianza”. El autor de la carta a los Hebreos, para explicar quién es Jesús, lo describe como el único Gran Sacerdote y al mismo tiempo único y eterno sacrificio. Y así según Jeremías: “He aquí que días vienen – oráculo de Yahveh – en que yo pactaré con la casa de Israel (y con la casa de Judá) una nueva alianza.”

 

Sin embargo, la tradición no debe convertirse en una prisión. De hecho no lo fue para la primera comunidad cristiana. Desperdigada, y en el contexto de nuestros encuentros yo diría también “exiliada” tras las primeras persecuciones, renació como comunidad católica, libre y crística al cruzar el Mediterráneo para llegar hasta Europa. No fue fácil. Hizo falta el carisma de Pedro para que poco a poco las comunidades aceptarán las proposiciones de Pablo. Escribiendo cuando la tormenta ha amainado, Juan pone en labios de Nicodemo una pregunta muy significativa: ¿Cómo puede uno nacer siendo viejo?

 

Ese sigue siendo el eterno dilema de la comunidad cristiana. ¿Cómo aceptar nuestra vejez, es decir asumir nuestra historia (y aprender de ella) con todas sus páginas, algunas muy bellas, otras realmente repugnantes, sin que por ello tengamos que seguir cargando el peso de tantas costumbres, tradiciones, dogmas, leyes… peso que nos impide caminar, salir del Exilio, aceptar que sólo Jesucristo es esencial, y renacer con él de nuevo? La dificultad es todavía mayor si, como es nuestro caso, vivimos en una sociedad acostumbrada a asumir sólo las partes de su historia que le gustan, e incapaz de distinguir entre la historia que nos enraíza y los fardos de todo tipo de los que tenemos que liberarnos. Esa misma pregunta presentada de forma negativa y aplicada a nuestra realidad navarra sería: ¿Qué no hemos asumido, y qué no hemos hecho para que una Navarra tan fervorosa y comprometida al final del franquismo perdiera su religiosidad durante la democracia y seamos hoy incapaces de responder desde nuestra fe en Jesús a las preguntas explícitas e implícitas de nuestros jóvenes?

 

No tengo respuesta, pero sí quiero sugerirla indirectamente. He vivido más de veinte años en el Magreb. Las comunidades cristianas en esos países son diminutas, compuestas mayoritariamente por extranjeros (occidentales expatriados, estudiantes africanos, cristianas occidentales casadas con musulmanes, pequeños restos de “pied-noirs”, emigrantes en su camino hacia Europa), y algunos cristianos locales. A pesar de su fragilidad, esas comunidades se han involucrado en proyectos educativos y sociales, han fomentado la convivencia y el diálogo interreligiosos, y su influencia humana y espiritual ha sido mucho mayor de lo que se pudiera esperar teniendo en cuenta su pequeñez numérica. Y a lo largo de los años he constatado que esos cristianos de origines tan dispares y, en el caso de los religiosos, de espiritualidades tan diversas, tenían esto en común: una actitud profundamente contemplativa hacia el mundo y las personas con las que convivían, y también hacia Dios. Lo que me lleva a apreciar el texto de Jeremías: Sino que esta será la alianza que yo pacte con la casa de Israel, después de aquellos días – oráculo de Yahveh -: pondré mi Ley en su interior y sobre sus corazones la escribiré, y yo seré su Dios y ellos serán mi pueblo. Ya no tendrán que adoctrinar más el uno a su prójimo y el otro a su hermano, diciendo: «Conoced a Yahveh», pues todos ellos me conocerán del más chico al más grande – – oráculo de Yahveh – cuando perdone su culpa, y de su pecado no vuelva a acordarme.

 

A eso yo le llamo “interiorización”. Y me hago hoy la misma pregunta que algunos misioneros nos hemos hecho durante más de 45 años en África: ¿A cuántas personas hemos acompañado, personalmente, de uno en uno, en el camino de la oración? ¿A cuántos hemos ayudado, de uno en uno, de persona a persona, como sólo pueden hacerse las cosas importantes (o de dos en dos en el caso de la gestación de gemelos), a construir una relación personal con Jesús de Nazaret?

 

Continuidad e interioridad hacen que la “Nueva Alianza” surja de la tradición y sea al mismo tiempo “nueva”. Pero esa conjunción de tradición y de novedad es posible sólo en un ambiente de libertad, de libertad responsable, de libertad respetada por el resto de la comunidad. “Para que seamos libres nos liberó el Mesías;”, escribe Pablo a los Gálatas, “conque manteneos firmes y no os dejéis atar de nuevo al yugo de la esclavitud”.

 

Quiero ilustrarlo con dos ejemplos. El Cardenal John Newman (1801-1890), presbítero anglicano convertido al catolicismo en 1845, y beatificado por Benedicto XVI en 2010, dirigió un par de años una revista católica de la época, “The Rambler”. En un artículo de 1859 Newman, dando un magnífico ejemplo de libertad cristiana,  recordó a los obispos católicos ingleses que en el siglo IV, durante la crisis arriana, fue el pueblo cristiano quien mantuvo la ortodoxia, mientras que muchos obispos y hasta el mismo papa jugaban peligrosamente con el fuego de la herejía. Obviamente, John Newmann fue denunciado a Roma por los obispos, y fueron necesarios muchos años para que quedara libre de sospecha. Más cerca de nosotros, otro ejemplo de libertad cristiana que todos conocemos fue el del salvadoreño Oscar Romero, asesinado en 1980. Se pidió oficialmente su canonización 1n 1990. Pero su expediente se quedó en los cajones durante los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI hasta su beatificación por el papa Francisco hace dos años.

 

No sabemos lo que Newman y Romero dirían hoy. Ni tampoco el profeta Jeremías. Pero si sabemos que actuar con libertad cristiana puede ser terriblemente exigente. También dentro de la Iglesia, a pesar de que en una de las plegarias eucarísticas le pedimos a Dios que haga de su Iglesia un lugar de libertad, justicia, verdad y paz para que todo hombre encuentre en ella un motivo de esperanza. Y también sabemos que Jeremía no habría actuado con tanta libertad si Dios no le hubiera seducido y él no se hubiera dejado seducir.

 

 

Muerte y Resurrección. El Exilio como garantía de Futuro

Jeremías 24, 1-10 + 27,1 – 29,32

 

“Hízome ver Yahveh, y he aquí que había un par de cestos de higos presentados delante del Templo de Yahveh – esto era después que Nabucodonosor, rey de Babilonia, hubo deportado de Jerusalén al rey de Judá, Jeconías, hijo de Yoyaquim, a los principales de Judá y a los herreros y cerrajeros de Jerusalén, y los llevó a Babilonia -. Un cesto era de higos muy buenos, como los primerizos, y el otro de higos malos, tan malos que no se podían comer. Y me dijo Yahveh: « ¿Qué estás viendo Jeremías?» Dije: «Higos. Los higos buenos son muy buenos; y los higos malos, muy malos, que no se dejan comer de puro malos.» Entonces me fue dirigida la palabra de Yahveh en estos términos: Así habla Yahveh, Dios de Israel: Como por estos higos buenos, así me interesaré en favor de los desterrados de Judá que yo eché de este lugar al país de los caldeos. Pondré la vista en ellos para su bien, los devolveré a este país, los reconstruiré para no derrocarlos y los plantaré para no arrancarlos. Les daré corazón para conocerme, pues yo soy Yahveh, y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios, pues volverán a mí con todo su corazón. Pero igual que a los higos malos, que no se pueden comer de malos – sí, así dice Yahveh -, así haré al rey Sedecías, a sus principales y al resto de Jerusalén: a los que quedaren en este país, y a los que están en el país de Egipto. Haré de ellos el espantajo, una calamidad, de todos los reinos de la tierra; el oprobio y el ejemplo, la burla y la maldición por dondequiera que los empuje, daré suelta entre ellos a la espada, al hambre y a la peste, hasta que sean acabados de sobre el solar que di a ellos y a sus padres.” (Jeremías 24, 1-10)

 

 
“(Al principio del reinado de Sedecías, hijo de Josías, rey de Judá, fue dirigida esta palabra a Jeremías de parte de Yahveh:) Así me ha dicho Yahveh: «Hazte unas coyundas y un yugo, póntelo sobre la cerviz, y envíalos al rey de Edom, al rey de Moab y al rey de los ammonitas, al rey de Tiro y al rey de Sidón por medio de los embajadores que vienen a Jerusalén a ver a Sedecías, rey de Judá, y dales estas instrucciones para sus señores: «Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Así diréis a vuestros señores: Yo hice la tierra, el hombre y las bestias que hay sobre la haz de la tierra, con mi gran poder y mi tenso brazo, y lo di a quien me plugo. Ahora yo he puesto todos estos países en manos de mi siervo Nabucodonosor, rey de Babilonia, y también los animales del campo le he dado para servirle (y todas las naciones le servirán a él, a su hijo y al hijo de su hijo, hasta que llegue también el turno a su propio país – y le reducirán a servidumbre muchas naciones y reyes grandes -). Así que las naciones y reinos que no sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y que no sometan su cerviz al yugo del rey de Babilonia, con la espada, con el hambre y con la peste los visitaré – oráculo de Yahveh – hasta acabarlos por medio de él. Vosotros, pues, no oigáis a vuestros profetas, adivinos, soñadores, augures ni hechiceros que os hablan diciendo: “No serviréis al rey de Babilonia”, porque cosa falsa os profetizan para alejaros de sobre vuestro suelo, de suerte que yo os arroje y perezcáis. Pero la nación que someta su cerviz al yugo de Babilonia y le sirva, yo la dejaré tranquila en su suelo – oráculo de Yahveh – y lo labrará y morará en él.» A Sedecías, rey de Judá, le hablé en estos mismos términos, diciendo: «Someted vuestras cervices al yugo del rey de Babilonia, servidle a él y a su pueblo, y quedaréis con vida. (¿A qué morir tú y tu pueblo por la espada, el hambre y la peste, como ha amenazado Yahveh a aquella nación que no sirva al rey de Babilonia?) No oigáis, pues, las palabras de los profetas que os dicen: “No serviréis al rey de Babilonia”, porque cosa falsa os profetizan, pues yo no les he enviado – oráculo de Yahveh – y ellos andan profetizando en mi Nombre falsamente; no sea que yo os arroje, y perezcáis vosotros y los profetas que os profetizan.» Y a los sacerdotes y a todo este pueblo les hablé diciendo: «Así dice Yahveh: No oigáis las palabras de vuestros profetas que os profetizan diciendo: “He aquí que el ajuar de la Casa de Yahveh va a ser devuelto de Babilonia en seguida”, porque cosa falsa os profetizan. (No les hagáis caso. Servid al rey de Babilonia y quedaréis con vida. ¿Para qué ha de quedar esta ciudad arrasada?) Y si ellos son profetas y la palabra de Yahveh les acompaña, que conjuren, ea, a Yahveh Sebaot para que los objetos que quedaron en la Casa de Yahveh, en la casa del rey de Judá y en Jerusalén no vayan a Babilonia. Porque así dice Yahveh Sebaot de las columnas, del Mar, de las basas y de los demás objetos que quedaron en esta ciudad, de los cuales no se apoderó Nabucodonosor, rey de Babilonia, al deportar a Jeconías, hijo de Yoyaquim, rey de Judá, de Jerusalén a Babilonia (así como a todos los nobles de Judá y Jerusalén). Sí, porque así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel, respecto a los objetos que quedaron en la Casa de Yahveh, en la casa del rey de Judá y en Jerusalén: A Babilonia serán llevados (y allí estarán hasta el día que yo los visite) – oráculo de Yahveh – (y entonces los subiré y devolveré a este lugar).»”

 

“Aconteció en aquel mismo año – al principio del reinado de Sedecías, rey de Judá, en el año cuarto, en el mes quinto – que se dirigió a mí el profeta Jananías, hijo de Azzur, que era de Gabaón, en la Casa de Yahveh, a vista de los sacerdotes y de todo el pueblo diciendo: «Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: He quebrado el yugo del rey de Babilonia. Dentro de dos años completos yo hago devolver a este lugar todos los objetos de la Casa de Yahveh que el rey de Babilonia, Nabucodonosor, tomó de este lugar y llevó a Babilonia; y a Jeconías, hijo de Yoyaquim, rey de Judá, y a todos los deportados de Judá que han ido a Babilonia, yo les hago volver a este lugar – oráculo de Yahveh – en cuanto rompa el yugo del rey de Babilonia.» Dijo el profeta Jeremías al profeta Jananías, a vista de los sacerdotes y de todo el pueblo, que estaban parados en la Casa de Yahveh; dijo, pues, el profeta Jeremías: « ¡Amen! Así haga Yahveh. Confirme Yahveh las palabras que has profetizado, devolviendo de Babilonia a este lugar los objetos de la Casa de Yahveh, y a todos los deportados. Pero, oye ahora esta palabra que pronunció a oídos tuyos y de todo el pueblo: Profetas hubo antes de mí y de ti desde siempre, que profetizaron a muchos países y a grandes reinos la guerra, el mal y la peste. Si un profeta profetiza la paz, cuando se cumpla la palabra del profeta, se reconocerá que le había enviado Yahveh de verdad.» Entonces tomó el profeta Jananías el yugo de sobre la cerviz del profeta Jeremías y lo rompió; y habló Jananías delante de todo el pueblo: «Así dice Yahveh: Así romperé el yugo de Nabucodonosor, rey de Babilonia, dentro de dos años completos, de sobre la cerviz de todas las naciones.» Y se fue el profeta Jeremías por su camino. Entonces fue dirigida la palabra de Yahveh a Jeremías en estos términos, después que el profeta Jananías hubo roto el yugo de sobre la cerviz del profeta Jeremías: «Ve y dices a Jananías: Así dice Yahveh: Yugo de palo has roto, pero tú lo reemplazarás por yugo de hierro. Porque así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel: Yugo de hierro he puesto sobre la cerviz de todas estas naciones, para que sirvan a Nabucodonosor, rey de Babilonia, y le servirán (y también los animales del campo le he dado…).» Dijo también el profeta Jeremías al profeta Jananías: «Oye, Jananías: No te envió Yahveh, y tú has hecho confiar a este pueblo en cosa falsa. Por eso, así dice Yahveh: He aquí que yo te arrojo de sobre la haz del suelo. Este año morirás (porque rebelión has predicado contra Yahveh).» Y murió el profeta Jananías aquel mismo año, en el mes séptimo.”

“Este es el tenor de la carta que envió el profeta Jeremías desde Jerusalén al resto de los ancianos de la deportación, a los sacerdotes, profetas y pueblo en general, que había deportado Nabucodonosor desde Jerusalén a Babilonia después de salir de Jerusalén el rey Jeconías y la Gran Dama, los eunucos, los jefes de Judá y Jerusalén, los herreros y cerrajeros -, por mediación de Elasá, hijo de Safán, y de Guemarías, hijo de Jilquías, a quienes Sedecías, rey de Judá, envió a Babilonia, donde Nabucodonosor, rey de Babilonia: «Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel, a toda la deportación que deporté de Jerusalén a Babilonia: Edificad casas y habitadlas; plantad huertos y comed su fruto; tomad mujeres y engendrad hijos e hijas; casad a vuestros hijos y dad vuestras hijas a maridos para que den a luz hijos e hijas, y medrad allí y no mengüéis; procurad el bien de la ciudad a donde os he deportado y orad por ella a Yahveh, porque su bien será el vuestro. Así dice Yahveh Sebaot, el dios de Israel: No os embauquen los profetas que hay entre vosotros ni vuestros adivinos, y no hagáis caso de vuestros soñadores que sueñan por cuenta propia, porque falsamente os profetizan en mi Nombre. Yo no los he enviado – oráculo de Yahveh -. «Pues así dice Yahveh: Al filo de cumplírsele a Babilonia setenta años, yo os visitaré y confirmaré sobre vosotros mi favorable promesa de volveros a este lugar; que bien me sé los pensamientos que pienso sobre vosotros – oráculo de Yahveh – pensamientos de paz, y no de desgracia, de daros un porvenir de esperanza. Me invocaréis y vendréis a rogarme, y yo os escucharé. Me buscaréis y me encontraréis cuando me solicitéis de todo corazón; me dejaré encontrar de vosotros (- oráculo de Yahveh -; devolveré vuestros cautivos, os recogeré de todas las naciones y lugares a donde os arrojé – oráculo de Yahveh – y os haré tornar al sitio de donde os hice que fueseis desterrados). «En cuanto a eso que decís: “Nos ha suscitado Yahveh profetas en Babilonia”, así dice Yahveh del rey que se sienta sobre el solio de David y de todo el pueblo que se asienta en esta ciudad, los hermanos vuestros que no salieron con vosotros al destierro; así dice Yahveh Sebaot: He aquí que yo suelto contra ellos la espada, el hambre y la peste, y los pondré como aquellos higos reventados, tan malos que no se podían comer. Los perseguiré con la espada, el hambre y la peste, y los convertiré en espantajo para todos los reinos de la tierra: maldición, pasmo, rechifla y oprobio entre todas las naciones a donde los arroje, por cuanto que no oyeron las palabras – oráculo de Yahveh – que les envié por mis siervos los profetas asiduamente; pero no oísteis – oráculo de Yahveh -. Vosotros, pues, oíd la palabra de Yahveh, todos los deportados que envié de Jerusalén a Babilonia. «Así dice Yahveh Sebaot, el Dios de Israel, sobre Ajab, hijo de Colaías, y sobre Sedecías, hijo de Maasías, que os profetizan falsamente en mi Nombre: He aquí que yo los pongo en manos de Nabucodonosor, rey de Babilonia; él los herirá ante vuestros ojos, y de ellos tomarán esta maldición todos los deportados de Judá que se encuentran en Babilonia: “Te trate Yahveh como a Sedecías y como a Ajab, a quienes asó al fuego el rey de Babilonia”, porque obraron con fatuidad en Jerusalén, cometieron adulterio con las mujeres de sus prójimos y fingieron pronunciar en mi Nombre palabras que yo no les mandé. Yo soy sabedor y testigo – oráculo de Yahveh -.» Semaías el najlamita despachó en su propio nombre cartas (a todo el pueblo que hay en Jerusalén) a Sofonías, hijo del sacerdote Maasías (y a todos los sacerdotes), diciendo: «Yahveh te ha puesto por sacerdote en vez del sacerdote Yehoyadá como inspector en la Casa de Yahveh de todos los locos y seudoprofetas: tú debes meterlos en los cepos y en el calabozo. Pues entonces, ¿por qué no has sancionado a Jeremías de Anatot que se os hace pasar por profeta? Porque, en efecto, nos ha enviado a Babilonia un mensaje diciendo: “Es para largo. Edificad casas y habitadlas; plantad huertos y comed su fruto”» El sacerdote Sofonías leyó esta carta a oídos del profeta Jeremías. Entonces fue dirigida la palabra de Yahveh a Jeremías en estos términos: «Envía este mensaje a todos los deportados: Así dice Yahveh respecto a Semaías el najlamita, por haberos profetizado sin haberle yo enviado, inspirándoos una falsa seguridad. Sí, por cierto, así dice Yahveh: He aquí que yo voy a visitar a Semaías el najlamita y a su descendencia. No habrá en ella ninguno que se siente en medio de este pueblo ni que vea el bien que yo haga a mi pueblo – oráculo de Yahveh – porque predicó la desobediencia a Yahveh.»” (Jeremías 27,1 – 29,32)

 

Algunos comentaristas dan a los capítulos 27 a 29 el título de “Fascículo para los Exiliados”. En él aparecen tres intervenciones de Jeremías que debieron llegar a conocimiento de los exiliados. En la primera Jeremías se dirige a los reyes vecinos y a Sedecías, nombrado rey tras la deportación del rey Yoyaquim: “Someted vuestras cervices al yugo del rey de Babilonia, servidle a él y a su pueblo, y quedaréis con vida” (27.12). En la segunda, Jeremías se opone al profeta Hananiya que profetizó falsamente “He quebrado el yugo del rey de Babilonia. Dentro de dos años completos yo hago devolver a este lugar todos los objetos de la Casa de Yahveh” (28: 15-17). En la tercera se trata de la carta que Jeremías envió a los exiliados invitándolos a calmarse, y que suscitó la dura reacción de éstos “¿por qué no has sancionado a Jeremías de Anatot que se os hace pasar por profeta? Porque, en efecto, nos ha enviado a Babilonia un mensaje diciendo: “Es para largo. Edificad casas y habitadlas; plantad huertos y comed su fruto” (29: 26-28).

 

Esas tres intervenciones nos sirven para comprender el capítulo 24, en el que Jeremías se alinea claramente del lado de los judíos deportados: Dios los envió al país de los Caldeos para hacerlos renacer: “Les daré corazón para conocerme, pues yo soy Yahveh, y ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios” (24: 7). Probablemente, en el momento en el que, tras la primera deportación, Jeremías pronunciaba esas palabras, había entre los que permanecían en Judea quienes se creían el verdadero pueblo de Dios, puesto que éste les había salvado del exilio. Es también probable que con esa excusa habían ocupado las casas y campos abandonados por la élite deportada. La posición adoptada por Jeremías a favor del exilio tuvo pues para los que no fueron exiliados implicaciones morales y económicas. Eventualmente, tras la destrucción de Jerusalén, la segunda deportación a Babilonia y la huida de muchos judíos a Egipto, la pobreza generalizada de Judea quitará importancia a esas motivaciones económicas. Lo cual facilitará el que todos los judíos observen cada vez más el Exilio como una experiencia espiritual. Todavía no era esa la situación cuando Jeremías pronunció la parábola de los higos. Lo cual es importante cuando queremos interiorizarla a partir de nuestra situación actual.

 

Y para hacerlo nos ayudará el meditar otros dos momentos transcendentales de muerte y renacimiento en nuestra tradición judeo-cristiana. Pensemos en el Éxodo. Se convirtió en experiencia fundadora cuando en tiempos de Josué fue asumida por tribus y clanes que no habían vivido en Egipto ni habían hecho la travesía del desierto. Luego fue transmitida como memorial para que cada nueva generación se la apropiara en la cena pascual. Pero tanto la asimilación posterior como su transmisión a cada nueva generación han sido a menudo inoperantes, y seguirán siéndolo para quienes no realicen ni aprecien las enormes dificultades y sufrimientos del primer Éxodo, cuando las “cebollas de Egipto” eran para los caminantes en el desierto una tentación diaria.

 

Pensemos también en la Pascua de Jesús que, al rememorarla, se nos invita a apropiar en cada Eucaristía. Atravesar su Pascua fue durísimo para Jesús: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado?”. También lo fue para los discípulos. Si aceptamos la visión histórica de San Lucas que concibe como un todo el evangelio y los primeros años de la historia de la comunidad, esa travesía duró más de un siglo, comenzando con la muerte de Jesús y las persecuciones en Jerusalén y culminando con la resurrección en Roma como comunidad universal. Fue una travesía que puso en jaque la unidad, la identidad y la existencia misma de la comunidad. Y que hizo que nuestra comunidad cristiana asuma como experiencias fundadoras el Exodo, el Exilio, la muerte y resurrección de Jesús y el constante peregrinar de nuestra Iglesia, oteando constantemente más allá del horizonte, siempre abierta a otros mundos, otras personas y otras ideas. Aunque para ello tenga que repensar constantemente su identidad, y deshacerse de sus fardos antiguos para cargarse con los de los hombres y mujeres que va acompañando por el camino.

 

Como la del Exodo, la del Exilio, y la descrita en los Hechos de los apóstoles, la nuestra será siempre una comunidad frágil. Jeremías y Ezequiel, Pedro y Pablo, asumieron esa fragilidad y la acompañaron cuando Dios la convertía en fuerza. Pienso que no es necesario escribir explícitamente que estoy pensando en la experiencia contemporánea de nuestra propia comunidad cristiana.

 

 

Segundo Isaías: el Futuro es de Dios

Isaías 40,1 – 41,29; Isaías 45, 1-7; Isaías 52,13 – 53,12; Isaías 60

 

“Consolad, consolad a mi pueblo – dice vuestro Dios. Hablad al corazón de Jerusalén y decidle bien alto que ya ha cumplido su milicia, ya ha satisfecho por su culpa, pues ha recibido de mano de Yahveh castigo doble por todos sus pecados. Una voz clama: «En el desierto abrid camino a Yahveh, trazad en la estepa una calzada recta a nuestro Dios. Que todo valle sea elevado, y todo monte y cerro rebajado; vuélvase lo escabroso llano, y las breñas planicie. Se revelará la gloria de Yahveh, y toda criatura a una la verá. Pues la boca de Yahveh ha hablado.» Una voz dice: «¡Grita!» Y digo: «¿Qué he de gritar?» – «Toda carne es hierba y todo su esplendor como flor del campo. La flor se marchita, se seca la hierba, en cuanto le dé el viento de Yahveh (pues, cierto, hierba es el pueblo). La hierba se seca, la flor se marchita, mas la palabra de nuestro Dios permanece por siempre. Súbete a un alto monte, alegre mensajero para Sión; clama con voz poderosa, alegre mensajero para Jerusalén, clama sin miedo. Di a las ciudades de Judá: «Ahí está vuestro Dios.» Ahí viene el Señor Yahveh con poder, y su brazo lo sojuzga todo. Ved que su salario le acompaña, y su paga le precede. Como pastor pastorea su rebaño: recoge en brazos los corderitos, en el seno los lleva, y trata con cuidado a las paridas. ¿Quién midió los mares con el cuenco de la mano, y abarcó con su palmo la dimensión de los cielos, metió en un tercio de medida el polvo de la tierra, pesó con la romana los montes, y los cerros con la balanza? ¿Quién abarcó el espíritu de Yahveh, y como consejero suyo le enseñó? ¿Con quién se aconsejó, quién le explicó y le enseñó la senda de la justicia, y le enseñó la ciencia, y el camino de la inteligencia le mostró? Las naciones son como gota de un cazo, como escrúpulo de balanza son estimadas. Las islas como una chinita pesan. El Líbano no basta para la quema, ni sus animales para holocausto. Todas las naciones son como nada ante él, como nada y vacío son estimadas por él. Pues ¿con quién asemejaréis a Dios, qué semejanza le aplicaréis? El fundidor funde la estatua, el orfebre con oro la recubre y funde cadenas de plata. El que presenta una ofrenda de pobre escoge madera incorruptible, se busca un hábil artista para erigir una estatua que no vacile. ¿No lo sabíais? ¿No lo habíais oído? ¿No os lo había mostrado desde el principio? ¿No lo entendisteis desde que se fundó la tierra? Él está sentado sobre el orbe terrestre, cuyos habitantes son como saltamontes; él expande los cielos como un tul, y los ha desplegado como una tienda que se habita. El aniquila a los tiranos, y a los árbitros de la tierra los reduce a la nada. Apenas han sido plantados, apenas sembrados, apenas arraiga en tierra su esqueje, cuando sopla sobre ellos y se secan, y una ráfaga como tamo se los lleva. ¿Con quién me asemejaréis y seré igualado?, dice el Santo. Alzad a lo alto los ojos y ved: ¿quién ha hecho esto? El que hace salir por orden al ejército celeste, y a cada estrella por su nombre llama. Gracias a su esfuerzo y al vigor de su energía, no falta ni una. ¿Por qué dices, Jacob, y hablas, Israel: «Oculto está mi camino para Yahveh, y a Dios se le pasa mi derecho?» ¿Es que no lo sabes? ¿Es que no lo has oído? Que Dios desde siempre es Yahveh, creador de los confines de la tierra, que no se cansa ni se fatiga, y cuya inteligencia es inescrutable. Que al cansado da vigor, y al que no tiene fuerzas la energía le acrecienta. Los jóvenes se cansan, se fatigan, los valientes tropiezan y vacilan, mientras que a los que esperan en Yahveh él les renovará el vigor, subirán con alas como de águilas, correrán sin fatigarse y andarán sin cansarse.” 

 

“Hacedme silencio, islas, y renueven su fuerza las naciones. Alléguense y entonces hablarán, reunámonos todos a juicio. ¿Quién ha suscitado de Oriente a aquel a quien la justicia sale al paso? ¿Quién le entrega las naciones, y a los reyes abaja? Conviértelos en polvo su espada, en paja dispersa su arco; les persigue, pasa incólume, el sendero con sus pies no toca. ¿Quién lo realizó y lo hizo? El que llama a las generaciones desde el principio: yo, Yahveh, el primero, y con los últimos yo mismo. Ved, islas, y temed; confines de la tierra, y temblad. Acercaos y venid. El uno ayuda al otro y dice a su colega: «¡Animo!» Anima el fundidor al orfebre, el que pule a martillo al que bate en el yunque, diciendo de la soldadura: «Está bien.» Y fija el ídolo con clavos para que no se mueva. Y tú, Israel, siervo mío, Jacob, a quien elegí, simiente de mi amigo Abraham; que te así desde los cabos de la tierra, y desde lo más remoto te llamé y te dije: «Siervo mío eres tú, te he escogido y no te he rechazado»: No temas, que contigo estoy yo; no receles, que yo soy tu Dios. Yo te he robustecido y te he ayudado, y te tengo asido con mi diestra justiciera. ¡Oh! Se avergonzarán y confundirán todos los abrasados en ira contra ti. Serán como nada y perecerán los que buscan querella. Los buscarás y no los hallarás a los que disputaban contigo. Serán como nada y nulidad los que te hacen la guerra. Porque yo, Yahveh tu Dios, te tengo asido por la diestra. Soy yo quien te digo: «No temas, yo te ayudo.» No temas, gusano de Jacob, gente de Israel: yo te ayudo oráculo de Yahveh y tu redentor es el Santo de Israel. He aquí que te he convertido en trillo nuevo, de dientes dobles. Triturarás los montes y los desmenuzarás, y los cerros convertirás en tamo. Los beldarás, y el viento se los llevará, y una ráfaga los dispersará. Y tú te regocijarás en Yahveh, en el Santo de Israel te gloriarás. Los humildes y los pobres buscan agua, pero no hay nada. La lengua se les secó de sed. Yo, Yahveh, les responderé, Yo, Dios de Israel, no los desampararé. Abriré sobre los calveros arroyos y en medio de las barrancas manantiales. Convertiré el desierto en lagunas y la tierra árida en hontanar de aguas. Pondré en el desierto cedros, acacias, arrayanes y olivares. Pondré en la estepa el enebro, el olmo y el ciprés a una, de modo que todos vean y sepan, adviertan y consideren que la mano de Yahveh ha hecho eso, el Santo de Israel lo ha creado. «Aducid vuestra defensa – dice Yahveh – allegad vuestras pruebas – dice el rey de Jacob. Alléguense e indíquennos lo que va a suceder. Indicadnos cómo fue lo pasado, y reflexionaremos; o bien hacednos oír lo venidero para que lo conozcamos. Indicadnos las señales del porvenir, y sabremos que sois dioses. En suma, haced algún bien o algún mal, para que nos pongamos en guardia y os temamos. ¡Oh! Vosotros sois nada, y vuestros hechos, nulidad, lo mejor de vosotros, abominación.» Le he suscitado del norte, y viene, del sol naciente le he llamado por su nombre. Ha hollado a los sátrapas como lodo, como el alfarero patea el barro. ¿Quién lo indicó desde el principio, para que se supiese, o desde antiguo, para que se dijese: «Es justo»? Ni hubo quien lo indicase, ni hubo quien lo hiciese oír, ni hubo quien oyese vuestras palabras. Primicias de Sión: «¡Aquí están, aquí están!» envío a Jerusalén la buena nueva. Miré, y no había nadie; entre éstos no había consejeros a quienes yo preguntara y ellos respondieran. ¡Oh! Todos ellos son nada; nulidad sus obras, viento y vacuidad sus estatuas.” (Isaías 40, 1 – 41, 29)

 

“Así dice Yahveh a su Ungido Ciro, a quien he tomado de la diestra para someter ante él a las naciones y desceñir las cinturas de los reyes, para abrir ante él los batientes de modo que no queden cerradas las puertas. Yo marcharé delante de ti y allanaré las pendientes. Quebraré los batientes de bronce y romperé los cerrojos de hierro. Te daré los tesoros ocultos y las riquezas escondidas, para que sepas que yo soy Yahveh, el Dios de Israel, que te llamo por tu nombre. A causa de mi siervo Jacob y de Israel, mi elegido, te he llamado por tu nombre y te he ennoblecido, sin que tú me conozcas. Yo soy Yahveh, no hay ningún otro; fuera de mí ningún dios existe. Yo te he ceñido, sin que tú me conozcas, para que se sepa desde el sol levante hasta el poniente, que todo es nada fuera de mí. Yo soy Yahveh, no ningún otro; yo modelo la luz y creo la tiniebla, yo hago la dicha y creo la desgracia, yo soy Yahveh, el que hago todo esto.”( Isaías 45, 1-7)

 

“He aquí que prosperará mi Siervo, será enaltecido, levantado y ensalzado sobremanera. Así como se asombraron de él muchos –pues tan desfigurado tenía el aspecto que no parecía hombre, ni su apariencia era humana– otro tanto se admirarán muchas naciones; ante él cerrarán los reyes la boca, pues lo que nunca se les contó verán, y lo que nunca oyeron reconocerán.” “¿Quién dio crédito a nuestra noticia? Y el brazo de Yahveh ¿a quién se le reveló? Creció como un retoño delante de él, como raíz de tierra árida. No tenía apariencia ni presencia; (le vimos) y no tenía aspecto que pudiésemos estimar. Despreciable y desecho de hombres, varón de dolores y sabedor de dolencias, como uno ante quien se oculta el rostro, despreciable, y no le tuvimos en cuenta. ¡Y con todo eran nuestras dolencias las que él llevaba y nuestros dolores los que soportaba! Nosotros le tuvimos por azotado, herido de Dios y humillado. Él ha sido herido por nuestras rebeldías, molido por nuestras culpas. El soportó el castigo que nos trae la paz, y con sus cardenales hemos sido curados. Todos nosotros como ovejas erramos, cada uno marchó por su camino, y Yahveh descargó sobre él la culpa de todos nosotros. Fue oprimido, y él se humilló y no abrió la boca. Como un cordero al degüello era llevado, y como oveja que ante los que la trasquilan está muda, tampoco él abrió la boca. Tras arresto y juicio fue arrebatado, y de sus contemporáneos, ¿quién se preocupa? Fue arrancado de la tierra de los vivos; por las rebeldías de su pueblo ha sido herido; 9.y se puso su sepultura entre los malvados y con los ricos su tumba, por más que no hizo atropello ni hubo engaño en su boca. Mas plugo a Yahveh quebrantarle con dolencias. Si se da a sí mismo en expiación, verá descendencia, alargará sus días, y lo que plazca a Yahveh se cumplirá por su mano. Por las fatigas de su alma, verá luz, se saciará. Por su conocimiento justificará mi Siervo a muchos y las culpas de ellos él soportará. Por eso le daré su parte entre los grandes y con poderosos repartirá despojos, ya que indefenso se entregó a la muerte y con los rebeldes fue contado, cuando él llevó el pecado de muchos, e intercedió por los rebeldes.” (Isaías 52,13 – 53, 12)

 

“¡Arriba, resplandece, que ha llegado tu luz, y la gloria de Yahveh sobre ti ha amanecido! Pues mira cómo la oscuridad cubre la tierra, y espesa nube a los pueblos, mas sobre ti amanece Yahveh y su gloria sobre ti aparece. Caminarán las naciones a tu luz, y los reyes al resplandor de tu alborada. Alza los ojos en torno y mira: todos se reúnen y vienen a ti. Tus hijos vienen de lejos, y tus hijas son llevadas en brazos. Tú entonces al verlo te pondrás radiante, se estremecerá y se ensanchará tu corazón, porque vendrán a ti los tesoros del mar, las riquezas de las naciones vendrán a ti. Un sin fin de camellos te cubrirá, jóvenes dromedarios de Madián y Efá. Todos ellos de Sabá vienen portadores de oro e incienso y pregonando alabanzas a Yahveh. Todas las ovejas de Quedar se apiñarán junto a ti, los machos cabríos de Nebayot estarán a tu servicio. Subirán en holocausto agradable a mi altar, y mi hermosa Casa hermosearé aún más. ¿Quiénes son éstos que como nube vuelan, como palomas a sus palomares? Los barcos se juntan para mí, los navíos de Tarsis en cabeza, para traer a tus hijos de lejos, junto con su plata y su oro, por el nombre de Yahveh tu Dios y por el Santo de Israel, que te hermosea. Hijos de extranjeros construirán tus muros, y sus reyes se pondrán a tu servicio, porque en mi cólera te herí, pero en mi benevolencia he tenido compasión de ti. Abiertas estarán tus puertas de continuo; ni de día ni de noche se cerrarán, para dejar entrar a ti las riquezas de las naciones, traídas por sus reyes. Pues la nación y el reino que no se sometan a ti perecerán, esas naciones serán arruinadas por completo. La gloria del Líbano vendrá a ti, el ciprés, el olmo y el boj a una, a embellecer mi Lugar Santo y honrar el lugar donde mis pies reposan. Acudirán a ti encorvados los hijos de los que te humillaban, se postrarán a tus pies todos los que te menospreciaban, y te llamarán la Ciudad de Yahveh, la Sión del Santo de Israel. En vez de estar tú abandonada, aborrecida y sin viandantes, yo te convertiré en lozanía eterna, gozo de siglos y siglos. Te nutrirás con la leche de las naciones, con las riquezas de los reyes serás amamantada, y sabrás que yo soy Yahveh tu Salvador, y el que rescata, el Fuerte de Jacob. En vez de bronce traeré oro, en vez de hierro traeré plata, en vez de madera, bronce, y en vez de piedras, hierro. Te pondré como gobernantes la Paz, y por gobierno la Justicia. No se oirá más hablar de violencia en tu tierra, ni de despojo o quebranto en tus fronteras, antes llamarás a tus murallas «Salvación» y a tus puertas «Alabanza». No será para ti ya nunca más el sol luz del día, ni el resplandor de la luna te alumbrará de noche, sino que tendrás a Yahveh por luz eterna, y a tu Dios por tu hermosura. No se pondrá jamás tu sol, ni tu luna menguará, pues Yahveh será para ti luz eterna, y se habrán acabado los días de tu luto. Todos los de tu pueblo serán justos, para siempre heredarán la tierra; retoño de mis plantaciones, obra de mis manos para manifestar mi gloria. El más pequeño vendrá a ser un millar, el más chiquito, una nación poderosa. Yo, Yahveh, a su tiempo me apresuraré a cumplirlo.” (Isaías 60)

 

 

Leyendo la segunda parte del libro de Isaías, impresionan su lenguaje y su visión poética, su optimismo, sus horizontes amplios y su sentido de la historia, su monoteísmo combatiente y su búsqueda de una misión, una vocación para el pueblo de Dios. Son textos que hablan por sí mismos y que apenas necesitan comentarios. Los míos se limitarán a tres, que considero de más actualidad: el tratamiento existencial pero antropológicamente incorrecto de la idolatría; el incipiente pero significativo universalismo y la intuición poética sobre el sufrimiento en el servicio de Dios.

 

Surgen sin embargo de antemano dos preguntas a las que quisiera responder de inmediato: ¿Cómo fue posible tanto optimismo en medio de los sufrimientos del Exilio? Y ¿por qué estos poemas anónimos, escritos alrededor de 550AC, aparecen hoy en el libro de Isaías, el profeta de Judea que vivió dos siglos antes?

 

En otra reunión el contexto histórico nos ayudó a comprender en qué sentido había hecho falta que todo desapareciera en el Exilio para que el pueblo de Dios pudiera renacer de nuevo. También el contexto histórico nos puede ayudar, no digo a compartir el optimismo del Segundo Isaías, algo siempre muy arriesgado y a menudo decepcionante en el Medio Oriente, pero sí a admirar al autor anónimo de esos textos cuando observa los signos de los tiempos, considera la Historia como un instrumento de Dios, y se atreve a dar el título de “Mesías”, Mesías de Dios, a un pagano, el rey persa Ciro.

 

Vayamos pues al contexto histórico. En la Antigüedad, de la misma manera que en Egipto se sucedían las dinastías, en Mesopotamia cambiaban los imperios. Nos interesan en particular el de los asirios, que conquistaron Samaria en 721AC, el de los babilonios, que destruyeron Jerusalén en 597AC, y el de los persas, que dominaron el Medio Oriente a partir del siglo VI AC antes de Cristo. La costumbre de los asirios era la de deportar a los pueblos conquistados. Así lo hicieron con una parte de los habitantes de Samaria, territorio “mixto” a partir de 721AC. Los babilonios deportaban sólo por motivos estratégicos. Y así lo hicieron con los habitantes de Judea, zona fronteriza, en 597AC y 586AC. La política de los persas fue radicalmente distinta. Intentaban por todos los medios integrar en la economía, en la administración y hasta en el ejército a los pueblos conquistados. Ello explica por qué fueron a menudo recibidos como “salvadores”, y por qué durante el imperio persa el Medio Oriente experimentó algo impensable, más de dos siglos de paz.

 

Concretamente, en 555AC, más de treinta años después de la destrucción del templo de Jerusalén, Ciro, rey de Persia, se rebeló contra su señor feudal Astiages, rey de los Medos, para convertirse seis años más tarde en rey de Medos y Persas.  El Segundo Isaías vio en ello la mano de Dios: “Hacedme silencio, islas, y renueven su fuerza las naciones. Alléguense y entonces hablarán, reunámonos todos a juicio. ¿Quién ha suscitado de Oriente a aquel a quien la justicia sale al paso? ¿Quién le entrega las naciones, y a los reyes abaja? Conviértelos en polvo su espada, en paja dispersa su arco; les persigue, pasa incólume, el sendero con sus pies no toca. ¿Quién lo realizó y lo hizo? El que llama a las generaciones desde el principio: yo, Yahveh, el primero, y con los últimos yo mismo.” (Isaías 41, 1-4). Y de manera más explícita: “Así dice Yahveh a su Ungido Ciro, a quien he tomado de la diestra para someter ante él a las naciones y desceñir las cinturas de los reyes, para abrir ante él los batientes de modo que no queden cerradas las puertas. Yo marcharé delante de ti y allanaré las pendientes. Quebraré los batientes de bronce y romperé los cerrojos de hierro. Te daré los tesoros ocultos y las riquezas escondidas, para que sepas que yo soy Yahveh, el Dios de Israel, que te llamo por tu nombre. A causa de mi siervo Jacob y de Israel, mi elegido, te he llamado por tu nombre y te he ennoblecido, sin que tú me conozcas.” (Isaías 45, 1-4).

 

Reflexionemos un instante y hagámonos algunas preguntas. El Segundo Isaías no dice que Ciro es como un mesías, sino que es el Mesías. ¿Exagera? ¿Qué sucedería hoy si, por ejemplo, el obispo palestino Maroun Lahham diera en público al Presidente Trump el título de «El Mesías de Dios para la salvación del pueblo palestino»? ¿Por qué, instintivamente, lo consideraríamos totalmente inapropiado y fuera de lugar? Los primeros cristianos identificaron a Jesús con el Servidor que aparece en el Deutero-Isaías. ¿Con qué derecho? ¿No hubiera bastado decir que Jesús era como el siervo sufriente? En los primeros siglos, los cristianos atribuyeron a Jesús títulos y cualidades tomadas de la tradición bíblica. También le atribuyeron cualidades y títulos de la tradición grecorromana. ¿Por qué entonces hoy la comunidad cristiana contemporánea y no sólo las autoridades romanas, es tan reacia cuando se trata de atribuir a Jesús títulos y cualidades provenientes de otras tradiciones religiosas?

 

Llegados a este punto quisiera hacer un paréntesis importante, un poco largo, a propósito del anonimato del autor (o autores) de Isaías 40-66. Aclarar ese anonimato nos ayudará igualmente a responder algunas de las preguntas que acabo de hacer.

 

La mayoría de los textos bíblicos son anónimos. Han sido escritos en un ambiente cultural en el que el “pensamiento corporativo” era dominante. Dos ejemplos bastarán para comprenderlo. En Génesis 25 leemos que cuando Rebeca dio a luz a dos gemelos, “salió primero uno, todo rojo, peludo, y lo llamaron Esaú”. Ya adulto, Esaú, hambriento, dijo al otro gemelo, Jacob, “Dame un plato de esa cosa roja, que estoy agotado”. Y así fue cómo por un plato de lentejas rojas “malvendió Esaú sus derechos de primogénito”. La genealogía de Esau en Genesis 36 comienza: “Descendientes de Esaú, es decir Edom”, (Edom significa rojo) porque eventualmente Esaú se instaló al sur de Judea y del mar Muerto, en una tierra de montañas rojizas que lleva el nombre de Edom (o Idumea), y terminó siendo el ancestro de los Edomitas, los “rojos”. Es decir que con la mentalidad corporativa de la época, cuando los textos bíblicos hablan de Esaú, están refiriéndose también a los edomitas de todos los tiempos, los rojos habitantes de las montañas rojas de Edom. Los edomitas son Esaú y éste es los edomitas. De manera semejante Ezequiel presupone una mentalidad corporativa cuando se refiere a los habitantes de Jerusalén y a los judíos en general al comienzo del capítulo 16: “Hijo de Adán, denuncia a Jerusalén sus abominaciones, diciendo: Esto dice el Señor: ¡Jerusalén!, eres cananea de casta y de cuna: tu padre era amorreo y tu madre era hitita”.

 

No tener en cuenta esa mentalidad corporativa ha llevado a veces a los exégetas a callejones sin salida. Encontramos en el Segundo Isaías cuatro poemas que ensalzan al Servidor Sufriente de Dios (42,1-4; 49,1-6; 50,4-9; 52,13-53,12). En ellos se han inspirado el Nuevo Testamento y la tradición cristiana para expresar quién era Jesús de Nazaret. El cuarto de esos poemas es leído cada año en la liturgia del Viernes Santo. Pero a comienzos del siglo pasado los exégetas europeos se devanaban los sesos preguntándose a quién se refería el autor de los poemas cuando los compuso. Porque a veces parece que evocan a una persona, un rey, un profeta, no se sabe muy bien si del pasado o del futuro… y a veces a todo un pueblo. Hoy reconocemos que la pregunta de los exégetas es anacrónica. Porque dada la mentalidad corporativa del texto bíblico, lo que los poemas sugieren es que el rey, el profeta, el pueblo, el de antes y el de ahora… y también nosotros, que los leemos hoy, estamos llamados a vivenciar la profunda intuición espiritual de que el servicio de Dios es un servicio al pueblo, y un servicio que conlleva sufrimiento.

 

En los tiempos bíblicos, le mentalidad corporativa influyó no sólo en la manera de entender y de vivir en sociedad, sino también en la actitud hacia los textos sagrados. Porque estos son no sólo patrimonio de la comunidad, sino también expresión de su vivencia, es la comunidad la que los conserva, los transmite, los interpreta y los hace crecer comentándolos. Y ello aunque para honrar a algunos antepasados, éstos terminen siendo “santos patrones” de algunos libros. Así por ejemplo todavía en nuestros días los rabinos hablan de los “Salmos de David”, aunque, como buenos conocedores del texto, saben perfectamente que en el encabezado de muchos salmos se menciona a sus autores, por ejemplo los “hijos de Coré” en los salmos 42 a 49. Hay que entender de la misma manera los comentarios e interpretaciones que discípulos y comentaristas han ido añadiendo a los escritos originales (por ejemplo a los libros de Ezequiel y Jeremías), así como la reorganización de las tradiciones orales y escritas en el Pentateuco y en los Libros Históricos. En lo que concierne a los capítulos 40-66 del libro de Isaías, la hipótesis con la que se trabaja es que esos textos, que en su contenido reflejan la situación del Exilio, debieron ser escritos por un autor o autores que se consideraban herederos espirituales de Isaías. De ahí que se hayan conservado añadidas a su libro.

 

Esa misma mentalidad corporativa, la he vivido de primera mano hace ya más de cuarenta años en algunos lugares de Africa del Este. Las leyendas y mitos de los Wasukuma, los Warundi o los Wafipa, presentan personajes, – a veces animales-, cuyas cualidades y conducta reflejan los ideales de la etnia. Encarnan así un modelo de comportamiento que se aplica al grupo en su conjunto, y también a cada uno de sus miembros, cualquiera que sea su función social: jefe, curandero, hombre o mujer, hasta el último nacido de una familia. Es más, esas mismas leyendas y mitos actúan como una especie de sacramento que consolida la comunión social entre los miembros de la etnia, tanto los presentes como los antepasados. Y por lo que he podido comprender, todavía en el medioevo cristiano, la misma mentalidad corporativa hacía que cada uno se sintiera parte y partícipe de la sociedad, de su historia, y también del narrativo bíblico que las animaba. Y que se embelleciera ese narrativo cuando venía plasmado en los capiteles y portalones de las catedrales.

 

La mentalidad corporativa comenzó a desaparecer durante la Edad Moderna, cuando la imprenta convirtió las Escrituras en algo distante que se conservaba en las bibliotecas, y surgieron los derechos de autor. Y no sólo ya no añadimos hoy comentarios y actualizaciones a unas Escrituras de las que ya no nos sentimos parte viviente, sino que tenemos dificultadas para asumir la vivencia corporativa a la que siguen invitándonos esas mismas Escrituras. Así por ejemplo cuando leemos que según San Pablo somos el Cuerpo de Cristo, ¿quién de nosotros lo siente así de manera espontánea? ¿Cómo vamos entonces a atrevernos a describir ese Cuerpo con expresiones distintas de las heredadas del Nuevo Testamento y de la Tradición?

 

Una pregunta con la que cerrar este largo paréntesis: ¿Existe todavía la posibilidad de recuperar de algún modo esa mentalidad corporativa que nos permitiría vivir las Escrituras desde dentro? Quienes responden de manera positiva aducen el ejemplo de la Eucaristía. Cuando los judíos piadosos se reúnen para celebrar la Pascua, su fiesta es un «zikkarôn”, un “hacer memoria”, un revivir en el sentido fuerte de la expresión. Es decir, durante la celebración de la Pascua, los participantes obtienen también ellos la libertad junto con sus antepasados que salieron de Egipto. «Haced esto en memoria de mí», dijo Jesús en la última cena. Y esa ‘memoria’ no es sólo una evocación y un recuerdo, sino ante todo un zikkarôn, un revivir: “Cada vez que coméis de ese pan y bebéis de esa copa, proclamáis la muerte del Señor, hasta que él vuelva”. Y nuestra lectura de las Escrituras, ¿no podría a su vez ser un zikkaron del camino que Dios ha recorrido con los hombres desde el inicio del Universo? Tal vez sí, a condición de que a pesar de estar sumergidos en una civilización tecnológica, no dejáramos desaparecer nuestra capacidad humana de simbolizar y de vivir en comunión con el Misterio que nos rodea y del que formamos parte.

 

 

Contra los ídolos (especialmente cc 40-41)

Según el Segundo Isaías, Dios, a diferencia de los ídolos, es el Señor de la Naturaleza y de la Historia. Dicho de otra manera, Señor tanto de la historia cíclica como de la historia linear. Por una parte: “¿Quién midió los mares con el cuenco de la mano, y abarcó con su palmo la dimensión de los cielos, metió en un tercio de medida el polvo de la tierra, pesó con la romana los montes, y los cerros con la balanza?”. Y por la otra: ¿Quién ha suscitado de Oriente a aquel a quien la justicia sale al paso? ¿Quién le entrega las naciones, y a los reyes abaja? Conviértelos en polvo su espada, en paja dispersa su arco; les persigue, pasa incólume, el sendero con sus pies no toca. ¿Quién lo realizó y lo hizo? El que llama a las generaciones desde el principio: yo, Yahveh, el primero, y con los últimos yo mismo.”.

 

En un principio el examen de los ciclos de la naturaleza había sido la principal fuente de conocimiento y sabiduría. Se observaba la primavera, luego el verano, el otoño, el invierno, y la primavera otra vez… y cuánto más anciano, más lo había observado y más sabio era uno. Pero cuando las tradiciones bíblicas pusieron en relación, en línea, los días gloriosos de David y Salomón con la experiencia del Éxodo y las promesas hechas a Abraham… se tratará en delante de otra concepción de la historia, esta vez linear, y también de la sabiduría: hoy conocemos más que ayer y mañana conoceremos más que hoy. Y ante nosotros se oculta el horizonte del futuro, ese horizonte que sólo Dios, Señor de la Historia, conoce y que nos desvela poco a poco. Es sabio quien sabe otear ese horizonte, atento a los signos de los tiempos. Y el Segundo Isaías, atento a la política de Medos y Persas, ve que Dios ha escogido a Ciro para salvar a su pueblo.

 

Dos apuntes. “Hipócritas: Si sabéis interpretar el aspecto de la tierra y el cielo, ¿cómo es que no sabéis interpretar el momento presente?”, increpa Jesús en Lucas 12,56. Comentando este texto en una de sus homilías en Santa Marta, el papa Francisco mencionó las condiciones necesarias para poder discernir los signos de los tiempos: silencio, oración y libertad.

En segundo lugar, la actitud del Segundo Isaías cuando habla de los ídolos es un tanto simplista, como también lo son las acusaciones de politeísmo de algunos europeos hacia ciertas culturas asiáticas o africanas. De hecho, dos concilios (Nicea 787 y Constantinopla 843) condenaron a los iconoclastas. Pero eso no quiere decir que no existan prácticas idólatras entre los cristianos. Y ¿no es acaso el ídolo dinero el que más marca la andadura de nuestra historia contemporánea?

 

Universalismo a regañadientes

En pura lógica, si sólo Dios es Dios… tiene que ser un Dios de todos, un Dios universal, no sólo del pueblo judío. En el exilio los judíos tuvieron que vivir entre las Naciones, de las que no podían ignorar los éxitos políticos y culturales. Y algunos, como el Segundo Isaías concluyeron que los proyectos de Dios concernían también a las Naciones, incluso a veces de una manera positiva.

 

No era la primera vez. En los siglos IX y VIII AC, el optimismo que caracterizó la época de David y Salomón produjo tradiciones como la de Génesis 12 en la que Dios promete a Abrán: “Con tu nombre se bendecirán todas las naciones del mundo”. Se diría que los extremos se tocan. Y así durante el Exilio, aunque aplastados por los éxitos de las naciones, algunos fieles de Yahvé llegan a conclusiones similares: “Cantad a Yahveh un cántico nuevo, su loor desde los confines de la tierra. Que le cante el mar y cuanto contiene, las islas y sus habitantes” (Isaías 42,10). Ciro ha sido elegido por Dios como Mesías y todas las naciones están invitadas a adorar a Yahvé.

Sin embargo ese universalismo optimista no es general. Porque exige un descentrarse que resulta difícil a la mayoría de los creyentes. Especialmente cuando, tras una derrota política y cultural, sólo queda la religión como fuente de identidad y de orgullo. Baste observar en nuestros días la actitud de algunos marroquíes musulmanes que han emigrado a España, o la reacción antimusulmana de tantos cristianos poco fervientes. Así que nuestro poeta anónimo tiene que animar a los exiliados: “No temas”, es el refrán de los primeros capítulos del Segundo Isaías. Y les invita también a discernir, a observar la realidad con los ojos de Dios: “¡Sordos, oíd! ¡Ciegos, mirad y ved!” (Isaías 42,18). Cuanto más acomplejado está uno, más difícil le resulta descentrarse. Lo veremos a propósito de los matrimonios mixtos en la época de Esdras y Nehemías (Esdras 9) y mencionaremos la reacción universalista del libro de Jonás. No hay que extrañarse entonces de que el universalismo del Segundo Isaías sea un tanto limitado. En el bello poema del capítulo 60, las naciones acuden al centro, es decir a Jerusalén. Estamos todavía lejos del evangelio de Mateo, en el que Jesús enviará a sus discípulos a todas las naciones, y del “ya no hay ni judío ni griego” de Pablo.

 

Elegidos para servir

Podemos sin embargo perdonar al Segundo Isaías la descripción egocéntrica de Jerusalén. El espíritu de servicio que cantan los poemas del Servidor Sufriente, servicio absoluto que conduce hasta la muerte, servició universal también en favor de las naciones… Ese servicio hace que podamos perdonarle su egocentrismo a la Jerusalén del Segundo Isaías.

 

Nos encontramos aquí ante la pregunta que toda elección y toda vocación nos plantean. Elegir implica descartar, eliminar. ¿Cómo elegir sin provocar resentimientos por una parte o complejos de superioridad por otra? Deuteronomio 7, 7 indica una respuesta: “No porque seáis el más numeroso de todos los pueblos se ha prendado Yahveh de vosotros y os ha elegido, pues sois el menos numeroso de todos los pueblos; sino por el amor que os tiene”. Y sin embargo todavía hoy perduran el orgullo y los resentimientos.  En un estado teóricamente igualitario los árabes israelíes siguen siendo discriminados por una parte de la población judía. Y un obispo árabe me comentaba hace algún tiempo. “Los árabes nunca le perdonarán a Jesús el que naciera judío”. “No ha de ser así entre vosotros, sino que el que quiera llegar a ser grande entre vosotros, será vuestro servidor, 27.y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro esclavo” (Mateo 20,26), pidió Jesús a sus discípulos. Pero todavía algunos documentos romanos hablan de la superioridad de la vocación religiosa. Y entre los puntos polémicos entre Roma y Constantinopla está el de saber cuál de los dos patriarcas tiene el derecho al título de “Siervo de los siervos de Dios”… Se encontrarán en terreno conocido quienes hayan seguido de cerca los esfuerzos del papa Francisco por cambiar la mentalidad de algunos miembros de la Curia Romana.
¿Elegidos y por tanto superiores? Elegidos para servir, y servir hasta morir en ello. Tal es el ejemplo de Jesús, y los evangelios citan al Segundo Isaías para ilustrarlo. Y eso es realmente lo extraordinario: que ya durante el Exilio un poeta desconocido viviera en comunión tan íntima con Dios como para intuir lo que será un punto esencial en la vida de Jesús. Escribió el cuarto poema del Servidor Sufriente. Y ante ese “varón de dolores y sabedor de dolencias”, preguntar si una vocación es superior a otra es totalmente irrelevante.

 

 

 

 

 

 

 

Epílogo: Frutos anónimos del Exilio

 

Leer los profetas del Exilio nos ha llevado a hablar de geopolítica y del significado siempre actual de la Palabra de Dios. El Exilio oficial terminó con el decreto de Ciro en 538 a.C. pero fueron relativamente pocos los judíos que volvieron a su tierra, y los “exiliados” se convirtieron en la “diáspora” que todavía perdura. El período persa fue para el Oriente Medio un tiempo de paz, del que gozaron las numerosas comunidades judías tanto en Mesopotamia como en Egipto y Palestina. Como suele ser en tiempos de paz, tenemos pocas noticias de lo que ocurría en esas comunidades. Sabemos que en 350 a.C. Judea se convirtió, dentro del imperio persa, en una especie de pequeño estado teocrático periférico que acuñaba su propia moneda. Conocemos igualmente la animosidad de los habitantes de Samaria hacia Jerusalén. Y la existencia de un templo judío en Elefantina, Egipto. No es mucho. Pero sí sabemos que desde el punto de vista bíblico y espiritual los dos siglos de dominio persa fueron, a pesar de su anonimato, de una enorme fertilidad. La Torah (el Pentateuco, o cinco primeros libros de la Biblia hebrea) fue sin duda el primer conjunto que adquirió su forma actual, puesto que ya en el 280 a.C. sería traducido al griego. Pero otros muchos libros fueron compilados y salieron a la luz al finalizar el período persa. En homenaje al trabajo silencioso y anónimo de los judíos de la diáspora voy a permitirme algunas observaciones acerca de esos libros que forman hoy parte de la Biblia.

 

Tres actitudes, tres maneras de entender y responder a la palabra de Dios y de transmitirla cohabitan durante este período: histórica, crítica y mística. La actitud “histórica” aparece en la Tora (el Pentateuco) y en los Profetas (que en la Biblia hebrea incluyen también los libros históricos desde Josué hasta 2 Reyes); la “crítica” está representada por los libros de Qohelet y Job; la “mística”, se plasma especialmente en los salmos, la oración de Israel.

 

La Historia

El descanso semanal (“sábado”) y una concepción linear de la Historia (distinta y a veces complementaria de la concepción “cíclica”) son dos grandes contribuciones de la tradición bíblica a la cultura universal. La Historia bíblica tiene un comienzo y camina constantemente hacia un final todavía desconocido. Una línea se va desarrollando y avanza desde las promesas a Abraham que se cumplen en el Éxodo, hasta David y más tarde hasta el Exilio. Para los cristianos, de David se llega a Jesús, que nos conduce hacia la realización total del universo.

 

Pero también esa historia linear puede entenderse de varias maneras. Y puesto que la espiritualidad bíblica se manifiesta en el “hacer” más que en el elucubrar teológico, para comprender esas diferencias basta comparar los tres principales conjuntos de leyes que encontramos en el Pentateuco. El primero y más antiguo es el conocido como “Código de la Alianza” (Éxodo 20,22 – 23,33). Este código será interpretado en el Deuteronomio 12,1 – 26,15, con una mayor insistencia en la justicia social y las motivaciones espirituales.  Un tercer código aparece en Levítico 17,1 – 26,46. Se le suele llamar “Ley de Santidad”, siendo ésta uno de los atributos de Dios que el hombre debe imitar gracias en particular a sus prácticas religiosas y cultuales.

 

Cuando leemos hoy la Biblia esas diferencias son todavía bastante visibles. Durante el período persa fueron probablemente “sacerdotes” quienes dieron el último toque unificador a la Torá, sirviéndose a veces de detalles simbólicos que aseguran la continuidad del narrativo. Un ejemplo curioso es el de la edad de los patriarcas, que va degenerando a medida en que la corrupción se apodera del mundo: Matusalén murió a los 969 años, Noé a los 950 y Enoch a los 777. Y ya más tarde Abraham vivió sólo 175 años y Jacob 147. Para esos mismos sacerdotes la revelación en el Sinaí es un momento clave en la historia bíblica, lo mismo que la restauración sacerdotal que tuvo lugar al final del Exilio.

 

Sabiduría crítica

La transición de la vida nómada a la sedentaria en Canaán, y más tarde la experiencia del Exilio, hicieron que evolucionaran la ética y el concepto mismo de responsabilidad. Entre los nómadas la responsabilidad era ante todo colectiva tanto en el triunfo como en el fracaso y también en la relación con Dios. Esa relación, la sabiduría tradicional (muy presente en buena parte de la Biblia) la comprendía de manera bastante primordial: Dios premia a los buenos y castiga a los malos en este mundo, naturalmente, puesto que todavía la idea del más allá no existía entre los judíos. La responsabilidad personal e individual es uno de los puntos sobre los que insisten Jeremías y Ezequiel, éste de forma más articulada, oponiéndose al viejo refrán “Los padres comieron uvas agrias, y los dientes de los hijos tienen dentera” (Jer 31,29; Ez 18,2).

Por su parte los libros de Job y Qohelet se oponen, porque la consideran injusta, a la concepción tradicional de la retribución divina. ¿De qué es culpable un niño de tres años aplastado por una caballería? Y ¿por qué Job, de quien el mismo Satanás concede que nunca ha pecado, debe sufrir la muerte de sus hijos y su propia enfermedad? La reacción de Qohelet es un tanto socarrona: “El hombre y la bestia tienen la misma suerte: muere el uno como la otra; y ambos tienen el mismo aliento de vida”. (Qohelet 3,19) En mi vano vivir, de todo he visto: justos perecer en su justicia, e impíos envejecer en su iniquidad. No quieras ser justo en demasía, ni te vuelvas demasiado sabio. ¿A qué destruirte? No quieras ser demasiado impío, ni te hagas el insensato. ¿A qué morir antes de tu tiempo?” (Qohelet 7, 15-17). La del libro de Job (como literatura el más bello de la Biblia) es más filosófica. Tras una serie de capítulos en los que por una parte casi blasfema contra la injusticia de Dios, y por la otra quiere imaginarse un más allá en el que pretende que Dios le hará justicia, Job termina confesando “Sé que eres todopoderoso: ningún proyecto te es irrealizable. Era yo el que empañaba el Consejo con razones sin sentido. Sí, he hablado de grandezas que no entiendo, de maravillas que me superan y que ignoro. Yo te conocía sólo de oídas, mas ahora te han visto mis ojos. Por eso me retracto y me arrepiento en el polvo y la ceniza.” (Job 42, 2-6)
Los místicos: la oración de los Salmos

Lo que llamamos hoy “salmos” son las canciones que alimentaron la espiritualidad bíblica durante el período persa. Y lo mismo que en nuestros cancioneros religiosos, entre los salmos encontramos acciones de gracias, cantos penitenciales, himnos en honor del rey, cantos a la realeza divina, etc. En conjunto se trata de una espiritualidad humilde e íntima. Reinaba la paz, pero Jerusalén no era más que una minúscula ciudad en los confines del imperio, de la que se burlaban los vecinos samaritanos. Bajo la influencia sacerdotal tanto en la diáspora como en Jerusalén el judío piadoso se dedicaba con todo su corazón a la ley del Señor, a la Torá. Al mismo tiempo, fruto de la sabiduría crítica, ese mismo judío no temía llamar a las cosas por su nombre. Y se sentía pequeño y abandonado por Dios. Parecía que se habían tornado los papeles, que ahora era Dios quien había abandonado a su pueblo. Pero el judío piadoso seguía amando a Yahveh y confiando en él.

 

Esa espiritualidad, que nos recuerda a Teresa de Ávila y Juan de la Cruz (“Aunque no hubiera cielo yo te amara…”), se la suele llamar “espiritualidad de los pobres de Yahvé”. La expresión se refiere a un texto de Sofonías, profeta del siglo 7 a.C. que proclamó: “Buscad a Yahveh, vosotros todos, humildes de la tierra, que cumplís sus normas; buscad la justicia, buscad la humildad; quizá encontréis cobijo el Día de la cólera de Yahveh” (Sofonías 2,3). El hebreo bíblico utiliza el mismo término “anawin” para significar “pobres” y “humildes”.

“Como jadea la cierva, tras las corrientes de agua, así jadea mi alma, en pos de ti, mi Dios” (Salmo 42,2)

 

“Nos llegó todo esto sin haberte olvidado, sin haber traicionado tu alianza. ¡No habían vuelto atrás nuestros corazones, ni habían dejado nuestros pasos tu sendero, para que tú nos aplastaras en morada de chacales, y nos cubrieras con la sombra de la muerte! Si hubiésemos olvidado el nombre de nuestro Dios o alzado nuestras manos hacia un dios extranjero, ¿no se habría dado cuenta Dios, él, que del corazón conoce los secretos?” (Sal 44, 18-22)

 

“No está inflado, Yahveh, mi corazón, ni mis ojos subidos. No he tomado un camino de grandezas ni de prodigios que me vienen anchos. No, mantengo mi alma en paz y silencio como niño destetado en el regazo de su madre”. (Salmo 131,1-2)

 

 

 

 

 

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