Una comunidad siempre en crisis

Actualidad del libro de los Hechos de los Apóstoles

Una taller en cinco sesiones dirigido por José Ramón Echeverría

  • Enero 16 y 30

  • Febrero 13 y 27

  • Marzo 13

Sala 1, 19h

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Introducción                                     1

Un historiador

Tres líneas principales

La comunidad cristiana

¿Qué genero de documento?         3

Crítica textual                                   4

Sentirnos en el contexto                  5

 

I- He 1,1-11 Introducción a la

Época de la Iglesia             6

Comentarios

Se publican las tradiciones

Evangelio y hechos

Todavía en Israel                              7

La esperanza se reorienta

Reflexiones

  1. Acta, gesta, praxis
  2. ¿Nuestra historia evangelio?
  3. Umbral de una nueva era
  4. Imposible controlar el Espíritu 8
  5. Esperar es soñar

 

II- He. 1,12-5,42 En Jerusalén

Comentarios

He. 1,12-26 El grupo primitivo

He. 2,1-13 Pentecostés                   9

He. 2,14-36 Discurso de Pedro

He. 2,37-47 Conversiones y

Comunidad

He. 3,1-4,31 Testigos

– Curación en nombre de Jesús       10

– Discurso de Pedro 2,1-10

– Oposición a Pedro y Juan

– Oración y Espíritu 4,23-31

He. 4,32-5,16 Comunidad

de discípulos

a- Comunidad de bienes

b- Ananías y Safira 5,1-11 11

c- Resumen transición

He. 5,17-42 Testigos

a- Detención y liberación  12

b- Ante el Sanedrín 5,27-32

c- Gamaliel 5,33-42

Reflexiones

  1. Continuidad y Novedad
  2. ¿Qué es lo nuestro?
  3. Articular nuestra vivencia 13
  4. Comunidad no comunitarismo
  5. Los otros nos dirán
  6. Comunidad de orantes
  7. Dar cuando uno es pobre

 

III- He. 6,1-12,25 a partir                 14

de Jerusalén

III-A He. 6,1-8,40 Misión y helenistas

  1. ¿Los hechos?

Anexo 1 Pluralismo                          15

Anexo 2 Elección de los “7             16

  1. Los helenistas 17
  2. Apertura a no judíos
  3. Textos relacionados
  4. Primeras Interpretaciones

La gesta de Pedro                             18

El discurso de Esteban

  1. Comentarios al texto actual 19

He. 6,1-7 Elección de los “7”

He. 6,8-8,3 Testimonio de Esteban

He. 8,1-40 Comienzos de la Misión               20

  1. Transición y presencia de Pablo
  2. Evangelización de Samaria 21
  3. Felipe y el Etíope

Reflexiones                                                      22

  1. Identidades asesinas
  2. ¡Viva el debate!
  3. Hombres piadosos 23
  4. Corrompiendo lo bueno
  5. No toméis camino de gentiles 24
  6. Felipe se encontró en Azoto

 

III-B He. 9,1-12,25 Pedro y la Misión            25

Anexo 3: Comprender a Pedro

Comentarios                                                   26

He. 9,1-30 Conversión de Pablo

He. 9,1-43 Pedro en Lida y Joppe                   28

He. 10,1-11,18 Cornelio

He. 11,19-30 Antioquía

He. 12,1-25 Detención de Pedro                   29

Anexo 4: Herodes Agripa                               30

Reflexiones                                                      31

  1. Puro y profano
  2. Saulo en oración
  3. Persecución política 32

 

IV- He. 13,1-15,40 Bernabé y Pablo

IV-A He. 13,1-14,28 Misión de B y P             33

Comentarios                                                   34

He. 13,1-5 La Misión

Anexo 5: Didaché

He. 13,6-13 Sergio Pablo y Bar Jesús             35

He. 13,13-52 Antioquía de Pisidia

Poco a poco                                      36

El discurso de Pablo

Un punto de inflexión

He. 14,1-28 Icono y fin de la Misión

Resumen de un historiador

Curación de un tullido                      37

Vuelta a Antioquía de Siria

Reflexiones

  1. Nos volvemos a los gentiles
  2. Somos también hombres 38

 

IV-B He. 15,1-15,40: Jerusalén

La complejidad de la Historia                         39

Fuentes y redacción

Anexo 6: Santiago, jefe en Jerusalén             40

Comentarios                                                   41

He. 15,1-6 Discusiones

He. 15,7-12 Discurso de Pedro

He. 15,13-29 Discurso de Santiago                42

He. 15, 30-35 Delegación Antioquía

He. 15,36-40 Separación de Bernabé            43

Reflexiones

  1. Acuerdo mediterráneo
  2. Tiranteces y separaciones

La Obediencia y la Escucha                           44

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Lucas: Hechos de los Apóstoles

1ª parte: Hechos 1,1- 15,40

 

Un historiador

Para algunos (los autores de los libros sapienciales de la Biblia, así como algunas civilizaciones tradicionales) el tiempo es esencialmente “cíclico”: siempre después del invierno llega la primavera, y poco hay nuevo sobre la tierra. La sabiduría viene con la edad, a fuerza de observar cómo la realidad se repite. Para otros (la mayoría de los humanos modernos, pero también los historiadores y profetas bíblicos), el tiempo es “linear”, y el mundo avanza hacia una meta: hoy más que ayer, mañana más que hoy. Y sólo observando con cuidado el sucederse de los eventos (¡el trabajo de historiadores!) encontraremos líneas que emergen, es decir una “historia”.

 

 

Tres líneas principales

Lucas es más bien un “historiador” (pero no un historiador “moderno”). Percibe en la historia de la humanidad como tres líneas, tres historias que se entrelazan, la de Jesús, la de la Comunidad y la nuestra. En la primera parte de su obra, el evangelio, Lucas presenta la historia de Jesús de Nazaret en su caminar desde Galilea hasta Jerusalén. Por supuesto, las otras dos historias están siempre presentes en el evangelio, al menos como pensamiento implícito. En el libro de los Hechos de los Apóstoles (escrito inicialmente como un todo con el evangelio) Lucas da su versión de la historia de la comunidad cristiana que sale de Jerusalén y llega hasta Roma. En ese caminar los cristianos se hacen comunidad, ésta se universaliza gracias especialmente a los esfuerzos de Pablo, y, finalmente, su presencia en Roma, centro del mundo se consolida. Y tanto al escribir el evangelio como los Hechos, Lucas presupone que las historias de Jesús y de la comunidad se concretizan en cada generación y en cada uno de nosotros.

 

La comunidad cristiana

Estudiando los primeros años de la comunidad cristiana, un historiador moderno observaría varios fenómenos: la universalización de una espiritualidad judía; el protagonismo revolucionario de las pequeñas y frágiles comunidades cristianas en las ciudades del entorno mediterráneo; la rápida expansión de un nuevo universalismo; las luchas internas en esas pequeñas comunidades; el canto del cisne de los judíos de Palestina; el camino humano y teológico de Pablo de Tarso, etcétera. Algunos de esos temas están presentes en el libro de los Hechos. Desde mi perspectiva (miembro de una iglesia pequeña y frágil del Norte de África, y viviendo ahora en una iglesia europea cada vez más débil y ausente) estos serían los temas que más me llaman la atención:

 

Dios es el gran protagonista de la expansión de la Buena Noticia, que muy a menudo tiene lugar a pesar nuestro. En los Hechos, esa Noticia sale de Jerusalén y llega a Roma casi “por casualidad”, debido a persecuciones y dificultades que los primeros cristianos hubieran preferido evitar. Consecuencia práctica: leer los signos de los tiempos y observar por dónde sopla el viento, es decir el Espíritu de Jesús, es más importante que pretender cambiar el mundo y reescribir la historia con actitudes activistas e ideológicas.

 

De hecho, el Espíritu de Jesús que trabaja en la Historia, se manifiesta ante todo en las “fronteras de la fe”, entre los “otros”, entre los no judíos y los no cristianos. Eso debiera cuestionarnos, pues la comunidad (y el individuo que se dice cristiano) solo puede avanzar si está dispuesto a dejarse interrogar y a vivir permanentemente en crisis.

 

En los Hechos (como en Pablo), la expansión de la comunidad cristiana va unida a una relectura del pasado judío. Éste forma parte de nuestras raíces y tenemos que asumirlo y venerarlo. Pero, y esto se aplica igualmente a todo nuestro pasado cristiano, no debe convertirse en cadenas que nos impidan responder a la invitación que nos llega desde el Futuro (el Reino, en el vocabulario de los evangelios). Sólo quien se deje guiar por el Futuro podrá descubrir esos valores que nos es necesario vivir ya en el presente.

 

La apertura permanente hacia los otros y hacia el Futuro, generan en las comunidades gran diversidad y riqueza espiritual… y un innegable problema de gestión humana y teológica. Tenemos ante todo que profundizar constantemente en el significado de nuestra unidad en Cristo.

 

Como último gran tema, no podemos dejar de maravillarnos al observar cómo el Espíritu de Jesús hace de la comunidad cristiana, tan “humana” y frágil (¡ayer como hoy!) su instrumento de Buena Noticia en la Historia de la Humanidad.

 

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Las introducciones al libro de los Hechos suelen responder a una serie de preguntas: ¿Quién escribió el libro? ¿Qué género de libro escribió? ¿Para quién escribió y por qué? ¿Cuando? ¿Donde? ¿Siguió un plan? ¿Qué ideas y datos le son propios? Etcétera. El lector, por su parte, haría bien en preguntarse: ¿por qué he elegido este libro hoy? ¿A qué necesidades humanas y espirituales puede responder? ¿Qué espero obtener leyéndolo? De esas preguntas, muchas son interesantes y sólo algunas imprescindibles. A menudo los expertos discuten entre sí como si todo fuera esencial. Para no ahogarnos en los detalles, he aquí brevemente lo que considero importante (aunque ya implícitamente esté tomando partido sobre algunos puntos controvertidos)

 

El autor de los Hechos es un historiador que trata de comprender, asimilar y articular el pasado reciente de su comunidad cristiana. Probablemente le anima, al menos inconscientemente, una pregunta vital: ¿Por qué si no somos judíos damos tanto valor a algo que se enraíza en el judaísmo, y que los mismos judíos mayoritariamente rechazan? Da mucha importancia a los lazos existentes entre Israel y Jesús, y entre Jesús y la comunidad cristiana. Lo cual puede haber influido en que su trabajo tenga dos partes, la Vida de Jesús (evangelio) y el Nacimiento de la Iglesia (Hechos), íntimamente relacionadas, y que el autor interpreta a partir del hecho histórico que él considera bisagra entre ambas, la Pascua/Pentecostés.

 

Es probable que el autor no haya vivido directamente lo que relata. Considera a Pablo una figura importantísima en la historia de la primera comunidad. Sin embargo no parece saber mucho acerca del pensamiento de Pablo, que aparece a veces en los Hechos diferente del Pablo que se refleja en sus cartas.

 

La historia descrita en el conjunto Evangelio/Hechos nos interesa porque en ella observamos un modelo que nos ayuda a comprender la historia contemporánea de nuestra Iglesia.

 

¿Fue Lucas el autor?

Muy probablemente, aunque la cuestión no sea muy importante. De hecho tampoco nos causa problemas el que no sepamos a ciencia cierta quiénes fueron los autores de los otros evangelios, y menos aún de las tradiciones de las que se sirvieron. Tres testigos hablan de Lucas como un cristiano de Antioquía, compañero de Pablo y autor del Evangelio/Hechos: el griego Marción (85-160), admirador de Pablo y expulsado de la Iglesia por ser demasiado anti-Antiguo Testamento; el Canon Muratori, lista de libros del Nuevo Testamento, escrito en latín probablemente a finales del siglo II; e Ireneo de Lyon (130-202). La misma información será retomada más tarde por Tertuliano (160-220), Orígenes (185-254), Eusebio (263-339) y Jerónimo (347-420). El que todos esos testigos no ganaran nada atribuyendo el Evangelio/Hechos a Lucas, hace que la tradición que ellos transmiten sea bastante plausible.

 

Por otro lado, la lectura de los Hechos nos hace dudar de si Lucas fue un compañero de Pablo, o qué clase de compañero fue. Para nuestra manera moderna de pensar, los textos en los que Lucas emplea el “nosotros” (16, 10-17; 20, 5-8; 20:13-15; 21: 1-18; 27, 1-28,16) parecen asumir que él era un compañero de Pablo. Sin embargo la figura descrita en los Hechos no coincide con la que emerge en las cartas de Pablo. Si Lucas no conoció a Pablo, el uso del “nosotros” sería un estilo literario que se encuentras en otros autores antiguos (por ejemplo Polybius y Luciano). Y si lo conoció, pero poco, en Antioquía, ese uso sería una especie de libertad hacia un personaje conocido y admirado…

 

Para algunos protestantes fundamentalistas, el que Lucas no hubiera conocido a Pablo quitaría todo valor a su obra, que no debería ser considerada como “canónica”. Es evidente que para los católicos, el libro de los Hechos, que presenta a Pablo como una gran personaje de la primera comunidad, sigue siendo canónico cualquiera que sea la forma en la que la Palabra se haya encarnado, indiferentemente del grado de conocimiento que Lucas habría tenido de Pablo. Lo cual no impide que también para nosotros sea importante saber cómo fue escrito el libro y por quién. Intentar comprender mejor y respetar la encarnación de la Palabra es necesario para que podamos recibirla.

 

¿Más información sobre Lucas? La tradición menciona que Lucas era un sirio de Antioquía, y que fue médico. ¿Era de origen griego o judío? No estamos seguros. La respuesta dependerá de la importancia que demos al hecho de que él maneja muy bien la lengua griega, a su interés por el Antiguo Testamento, y a la interpretación que se dé a los saludos al final de la carta a los Colosenses en el que se menciona  a “Lucas, el médico querido”.

 

Hechos: ¿Qué género de documento?

Otra cuestión importante. El respeto hacia la encarnación de la Palabra de Dios nos obliga a no leer un canto (p.e. un salmo) como si fuera una colección de proverbios, un mito como si fuera un sermón, o una historia como si fuese una colección de leyes… Intentar comprender el género literario de un libro bíblico es signo de respeto para la Palabra encarnada de Dios. El problema es que cada civilización tiene sus propios géneros literarios, y no hay que extrañarse si la obra de Lucas no corresponde exactamente a ninguno de nuestros géneros modernos. Buscar a toda costa tratarla y comentarla como si perteneciera a uno de nuestros géneros contemporáneos sería faltar al respeto a la encarnación de la Palabra.

 

Buscando soluciones nítidas, Kummel defiende que con su obra Lucas inventó un nuevo género literario. Otros distinguen entre la primera parte de la obra, que sería claramente un ‘evangelio’ y la segunda, Hechos, un nuevo género inventado por Lucas. ¡Como si nuestros antepasados hubieran tenido nuestra necesidad moderna de distinciones claras y nítidas!

 

Dicho esto, estamos seguros de varias cosas:

 

– Las dos partes de la obra de Lucas (Evangelio y Hechos) forman un todo.

– Los prólogos indican claramente que Lucas querían escribir algo muy parecido a lo que hoy llamaríamos “historia”. Para él los acontecimientos tienen un sentido, un origen, una meta: de Galilea a Jerusalén y de Jerusalén a Roma. Y nuestra vivencia espiritual sigue el modelo de la de la Iglesia, es decir, la de Jesús mismo.

– El análisis de su obra muestra que, al menos inconscientemente, Lucas se preguntaba lo antes mencionado: ¿Por qué si no somos judíos damos tanto valor a algo que se enraíza en el judaísmo, y que los mismos judíos mayoritariamente rechazan?

– Lucas es un hombre de su tiempo. Cuando escribe utiliza los mismos recursos que sus contemporáneos helenizados:

(a) Da más espacio a ciertos eventos dramáticos que él considera típicos o modélicos: Pentecostés, el martirio de Esteban, la conversión de Cornelio, el acuerdo tomado en Jerusalén, la presencia de Pablo en Atenas, los juicios de Pablo… Momentos muy concretos, porque en el pensamiento implícito de Lucas, nunca la salvación tiene lugar en un mundo abstracto o incorpóreo.

(b) Atribuye a los personajes importantes discursos de carácter apologético y didáctico. También lo hacen algunos judíos helenizados como Josefo y el autor del libro de los Macabeos).

(c) Utiliza a veces arcaísmos para evocar el ambiente de un evento antiguo, o la importancia de una tradición. Algo parecido se encuentra a veces en Dionisio de Halicarnaso, en Josefo o en la Septuaginta.

(d) Inserta resúmenes, grandes (2, 42-47 ; 4, 32-35 ; 5, 11-16) y pequeños (1,14 ; 6,7 ; 9,31 ; 12,24 ; 16,5 ; 19,20 ; 28,30-31) para poner de relieve las líneas maestras de su historia. Eso le permite al mismo tiempo presentar la historia primitiva como la época dorada de la Iglesia.

 

Todo escritor tiene sus fuentes. Porque somos modernos, nos gustaría conocer las fuentes de las que se sirvió Lucas. Eso nos permitiría captar mejor su punto de vista y su propia reacción ante los eventos que transmite y describe. Por desgracia, en el caso de Lucas, y en particular en los Hechos, su habilidad literaria es de tal envergadura que “nos resulta tan difícil negar que hayan existido esas fuentes como discernirlas y describirlas” (G. Schneider, Die Apostlegeschichte).

 

Crítica textual y el libro de los Hechos

Motivos que hacen necesaria la crítica textual

¿Cuándo se consideraba un documento “Palabra de Dios”? En el siglo primero nuestros antepasados no eran tan rígidos ni tan exactos como lo somos hoy. Un libro podía ser más o menos “santo” (en el sentido de “tabú”, “haram”), y la frontera entre “canónico” (aplicado a la Biblia el término aparece en 363, en el concilio de Laodicea) y no canónico era un tanto flexible. Así, la Septuaginta de los judíos de Alejandría incluía libros ausentes de la Biblia judía en hebreo. Los libros y documentos, e incluso partes de los documentos, tanto del Antiguo como del Nuevo Testamento, no adquirieron todos al mismo tiempo la consideración de “canónicos”.

 

Además, a fuerza de copiar y traducir, ya en el cuarto y quinto siglos se encuentran variantes más o menos importantes en las diversas versiones de un mismo texto. A esas versiones se les suele dar a menudo el nombre según el lugar en el que fueron halladas o conservadas. Así para el Antiguo Testamente se habla de los códices Sinaítico, Vaticano, de Alepo o de Leningrado Para el Nuevo Testamento se trata del Alejandrino, el Bizantino, el de Cesárea, el Occidental, etc. Y a pesar de las comunicaciones al interior del imperio romano, el hecho es que ciertas versiones aparecen más en unas regiones que en otras. Cuando se trata del texto del NT que parece ser el más primitivo, los expertos prefieren a menudo (no siempre) el texto Alejandrino, porque es más sobrio y desnudo que el texto “Occidental”, y no tan prolijo como el texto “Bizantino”.

 

El texto de los Hechos es una prueba de la existencia de variantes importantes incluso antes de que los textos adquirieran definitivamente su canonicidad. Los expertos han llegado a la conclusión de que las dos versiones principales, Alejandrino y Occidental, son a veces totalmente independiente la una de la otra. El texto Occidental (TO) es 10% más largo. A pesar de ello, siempre según los expertos, las diferencias no cambian mucho el significado del texto, excepto en algunos casos. Hasta tiempos recientes se favorecía el texto Alejandrino. Recientemente, la Escuela Bíblica Dominicana de Jerusalén se ha convertido en tenaz defensora del texto Occidental.

 

En cuanto a la organización interna del libro de los Hechos… existe tal cantidad de propuestas y tan diversas, que lo único que sacamos en conclusión es que Lucas no era un escritor de nuestro tiempo, y que sigue siendo irreductible a nuestras propias categorías. Sin embargo podemos utilizar un pequeño esquema, muy subjetivo, aunque espero no excesivamente lejano de las intenciones de Lucas. Lo desarrollaremos cuando leamos y comentemos el texto.

 

I. Introducción a la época de la Iglesia: 1,1-11

 

II. La Iglesia en Jerusalén: 2,1 – 5,42

 

III. A partir de Jerusalén: 6,1 – 12,25

III-A. 6,1 – 8,40: La misión de los helenistas
III-B. 9,1 – 12,25: Pedro y la misión
 
IV. Misión de Bernabé y Pablo. Jerusalén: 13,1 – 15,35

 

  1. El camino de Pablo hasta Roma: 15,36 -28,31

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Para sentirnos espiritualmente en el contexto del libro de los Hechos

Entre 80 y 130, el judaísmo (en el que tras la caída de Jerusalén en 78 la espiritualidad farisea fue preponderante) amplió (probablemente en Jamnia) la duodécima de las dieciocho oraciones de la sinagoga, que en adelante incluye una maldición contra los minim, los sectarios. Al mismo tiempo, los cristianos judíos fueron considerados cada vez más como sectarios, y, por lo tanto, expulsados de la sinagoga. Todavía hoy un judío cristiano no tiene derecho a que se la aplique la “Ley del Retorno”. ¿Cómo justificar entonces que la “biblia judía” siga teniendo valor para nosotros?

 

Los judíos cristianos pretendían ser respetuosos con la tradición judía y con la Ley que Dios les había dado. Pero en realidad, el contacto y la apertura hacia el mundo de los gentiles los llevó a alejarse de la Ley, y a transgredirla. Esos mismos judíos cristianos se sentían lejanos de las prácticas paganas, pero abiertos al mismo tiempo a la acción del Espíritu de Jesús entre los no cristianos. De hecho, bastante pronto entraron en la Iglesia ciertos conceptos y prácticas de origen pagano, que ayudaron a los cristianos a profundizar aún más en su conocimiento de Jesús y de la libertad y la salvación que Jesús nos había conseguido. Cabe preguntarse si seguimos siendo hoy tan abiertos a los no cristianos como lo fueron las primeras comunidades cristianas.

 

Roma era en tiempos de Lucas el centro del mundo conocido. Y a ese centro tenía que llegar, según Lucas, la esperanza y el optimismo de la Buena Noticia de Jesús. ¿Qué plaza le quedaba entonces en ese proyecto a Jerusalén? ¿Dónde está hoy el centro del mundo hacia el que tiene que caminar la Buena noticia? ¿Y qué papel será entonces el de Roma?

 

Europa 2019: ¿Cuáles son nuestras preocupaciones a la hora de abordar el libro de los Hechos? ¿Sentido de la misión? ¿Desaparición de la iglesia en Europa? ¿Cómo actúa el Espíritu entre los agnósticos que nos rodean? ¿Por qué la moda budista en Europa? ¿Cómo vivir en un mundo materialista influye, positiva o negativamente, en nuestra percepción de Jesús como Buena Noticia?

 

Cuando se lee los Hechos de manera continuada, tres cosas llaman la atención. Nunca aparecen nítidamente las fronteras entre los distintos grupos judíos y cristianos mencionados en la narración. La Iglesia aparece más como una “red” (web) de comunidades y personas, animada por un mismo Espíritu, que como una serie de terminales dirigidas desde un ordenador central. Y cada comunidad se comporta como un vivero de vocaciones y ministerios diferentes. ¿Parecido a la Iglesia actual?

 

Cómo leer el libro de los Hechos

Hay que leer despacio, sin dividir el texto en pequeños párrafos, observando la historia, los personajes, el vocabulario, las expresiones… admirando el trabajo del Espíritu en aquellos primeros cristianos, y también en Lucas que escribió la narración final. Y siempre dando gracias a Dios. Hay que leer con un corazón abierto a la oración, sabiendo que sólo el Espíritu puede hacer que sintamos y empaticemos con la gran aventura espiritual que tuvo lugar hace dos mil años. Y si al leer el texto nos sentimos en presencia de Dios, no tengamos miedo de hacer el va-y-viene entre el texto, nuestra situación personal, la situación del mundo en el que vivimos, la de nuestra comunidad cristiana… siempre que el texto nos ayude a sentirnos en presencia de “Dios” (siempre entre comillas, porque es un misterio inefable que nunca termina de sorprendernos).

 

 

 

 

  1. Hechos 1: 1-11: Introducción a la época de la Iglesia

Comentario

Se publican las tradiciones

Al finalizar el siglo primero ya habían desaparecido la mayoría de los antiguos testigos. De ahí la urgencia de conservar y transmitir las tradiciones. En el caso de Lucas hay también algo más. Dedicar su libro equivalía a lo que hoy llamaríamos su publicación. No sabemos quién era Teófilo, pero la dedicatoria indica que el Cristianismo estaba adoptando las formas literarias de la época, al mismo tiempo que se introducía en ambientes cultos menos populares. Lo que todavía era una secta se estaba convirtiendo gradualmente en una religión mundial. Y a ello contribuyó también en algún modo el pensamiento de Lucas: tan rica de sentido es la Buena Noticia que la historia humana, la de los apóstoles y la de la comunidad cristiana, se convierte en “Evangelio”, continuación y actualización del Evangelio. Por eso los Hechos forman parte de su Evangelio. ”Acta” (Hechos), según la traducción latina de Tertuliano y Cipriano, se podría traducir hoy por “praxis”, las grandes obras, las “gesta”, en las que palabra y acción están intrínsecamente asociadasvy se dan mutuamente sentido. En el conjunto del Nuevo Testamento, la obra de Lucas, Evangelio y Hechos, ocupa la cuarta parte del total.

 

Evangelio y Hechos

En De consensu evangelistarum 4,9, Agustín cita Hechos 1,1 utilizando la lectura occidental (TO), tal como aparece en el código Beza: ”Hasta el día en que eligió a los apóstoles por el Espíritu Santo y les ordenó proclamar el Evangelio”. Estas últimas palabras, que faltan en los códices orientales, no sólo prueban la existencia de versiones a veces distintas en los primeros siglos de la Iglesia, sino que indican también que la primera parte de la obra de Lucas, el “evangelio” fue considerado canónico antes que los Hechos. Como consecuencia, se antepuso a éste otra introducción, y el resultado es que tenemos hoy dos introducciones y ciertos problemas de interpretación, como las dos historias de la Ascensión que no coinciden del todo.

 

Todavía en Israel

En estos primeros capítulos, los discípulos están todavía física y espiritualmente “en Israel”, y la restauración del Reino sigue siendo para ellos un tema central. Se trata del comienzo de una nueva era, pero una nueva era todavía “Judía”. Al Espíritu se le considera ante todo como el signo de la presencia del Reino. Sin embargo, desde la perspectiva general de Hechos, incluso en este capítulo inicial podemos vislumbrar la universalidad de la futura misión.

La Esperanza se reorienta

A diferencia de los sinópticos, la Ascensión tiene lugar en Jerusalén y no en Galilea. Históricamente, parece probable que los discípulos volvieron, al menos por un tiempo, a Galilea (ver evangelio de Juan). Lucas, interesado por el sentido de la historia, no parece dar importancia a ese hecho, ya que con Jesús la Buena Noticia ha llegado ya a Jerusalén, y es desde Jerusalén donde debe volver a ponerse en marcha

 

Existen tradiciones judías (Elías arrebatado al cielo en 2R 2: 1-12 y, sobre todo en la lectura occidental, la visión del hijo del hombre en Dan 7.13) y paganas que hablan del retirarse a los cielos de algunos personajes (por ejemplo Livio menciona el caso de Rómulo). Al narrar la Ascensión Lucas utiliza y reinterpreta esas tradiciones, en especial las bíblicas. Así por ejemplo, el Monte de los Olivos tenía que ser (ver Zacarías 14,4), el lugar al que retornaría el Mesías (sigue siéndolo en las tradiciones musulmanas). Pero Lucas, en una narración bastante sobria, usa ese texto para indicar el retorno de Jesús al Padre. Además, al no poner fecha al restablecimiento del Reino, Lucas está invitando a los cristianos a cambiar la calidad de su esperanza. No se trata de esperar al Futuro, sino de iniciarlo aquí y ahora por medio de los Hechos (praxis). Tal es el trabajo concreto de la Misión.

 

 

Reflexiones

  1. “Acta”, “Gesta”, “Praxis”.

La ciudad, la ‘polis’, no aprecia el silencio. Se habla demasiado y la palabra está desprestigiada. “Diarrea verbal y constipación mental”, explican algunos. Se confunde a menudo “hablar bien” con “tener razón”, y “hablar” con “explicar”. Y olvidamos que la palabra aislada de la praxis es fuente de malentendidos tanto o más que de comunicación. En Túnez, donde tuvimos que hacer de necesidad virtud, terminamos descubriendo que nuestras acciones y nuestra vida sí hablaban, eran “palabra eficaz”. Nuestra vivencia, que parecía limitarse a la contemplación estaba finalmente convirtiéndonos en “contemplativos en la acción”.

 

  1. ¿Es nuestra historia “Evangelio”?

La obra de Lucas, Evangelio y Hechos, presupone que el Espíritu atraviesa la Historia, y que Dios cree en la Historia de los hombres, hasta el punto de hacer de nuestra historia la suya. Pero, conscientes de nuestras debilidades (que Dios conoce mejor que nosotros), y sabiendo que por poco que observemos, siempre encontraremos lo que falla en nuestra historia humana, el punto de vista de Lucas se nos hace extraño, casi imposible de asumir. ¿Quién se atrevería a marcarse como objetivo personal eso de que “Mi historia personal tiene que ser Evangelio, Buena Noticia, para los demás”, sin sentirse excesivamente voluntarista y pretencioso?  Y sin embargo, –absoluta locura de la Cruz–, con Jesús lo que es imposible se hace real. Discípulo de Jesús, yo no puedo sino ser optimista, mirar al mundo, –y a mí mismo–, con los ojos de Dios y observar cómo la Buena Noticia actúa y trabaja cuando la historia de quienes me rodean toca, roza, se encuentra con la mía, cualquiera que sea el modo en el que eso ocurre. Esa realidad es de hecho uno de los frutos más visibles de la fe que nos habita. La falta de optimismo indica claramente una falta de fe.

 

  1. No hay duda de que estamos en el umbral de una nueva era.

Nunca los cambios han sido tan rápidos, tan numerosos y tan simultáneos. No hay duda de que también la comunidad cristiana va a cambiar. Tenemos que aceptar esos cambios sin ponernos excesivamente nerviosos. Pero aceptar esos cambios no significa que olvidemos que somos y debemos ser el resultado, el sacramento y, en consecuencia, los testigos de un cambio mucho más profundo y radical, el de la divinización de los “hijos de hombre”. Por una parte debemos reaccionar con calma ante los cambios sociales, culturales y económicos que puedan darse. Pero al mismo tiempo, conscientes de que nuestra divinización es un regalo totalmente gratuito que se nos hace, tenemos que estar preparados a que ese regalo trastorne radicalmente nuestros esquemas y opciones. Dada esa perspectiva, los discípulos de Jesús, todavía en Jerusalén, parecen un tanto reacios a aceptar cambios radicales. Dios tendrá que empujarlos a base de persecuciones. Pero entre tanto, porque los habita la esperanza, dejan la iniciativa a Dios y siguen rezando en el templo.

 

  1. Es imposible controlar al Espíritu de Jesús

 

  1. Esperar es soñar

Soñando con el futuro, que siempre nos sorprende, es así como el discípulo de Jesús descubre los valores-en-sí, los « valores evangélicos » que está llamado a poner en práctica aquí y ahora.

 

 

 

  1. Hechos 1,12 – 5,42: la Iglesia en Jerusalén

 

Comentarios

 

Para captar mejor el sentido de estos capítulos, conviene leer de antemano los tres resúmenes (1: 12-26, el grupo primitivo y la restauración de los doce; 2, 42-47, la vida de la comunidad; 4,32-5,16, la comunidad de bienes) y también los tres narrativos (2: 1-42, el don del Espíritu; 3, 1-4, 31, curación en el nombre de Jesús hasta la segunda venida del Espíritu; 5, 17-41, comparecencia ante el sanedrín). Llama la atención la continuidad y coherencia de los resúmenes, señal de que eran muy importantes para Lucas. Describen la vida de una comunidad autosuficiente, con una organización similar a la de otras comunidades de la época (por ejemplo la de los Esenios), geográficamente centrada en sí misma, y carente de todo propósito de salir al exterior. Los tres narrativos ilustran cómo la comunidad encuentra su centro teológico en el “Nombre de Jesús”, y que este nombre les causa ya dificultades en Jerusalén aún antes de que comiencen las persecuciones. Y nos hacen descubrir cómo Lucas asume e interpreta la realidad histórica, introduciéndonos en la historia de una comunidad centrada en el poder del Nombre de Jesús, es decir en la persona del Resucitado, y en la que está activamente presente el Espíritu. Esa es la comunidad que, empujada por las circunstancias y por el Espíritu, se va a abrir al mundo.

 

Hechos 1, 12-26: el grupo primitivo y la restauración de los doce

Como lo hará en los otros resúmenes, Lucas presenta aquí en forma de narrativo la vida del primer grupo. Lucas la considera importante aunque no se detallen eventos específicos. Este primer grupo estaba compuesto en primer lugar por los apóstoles, identificados con los “doce”. La lista con sus nombres habría sido superflua si las dos partes de la obra de Lucas hubieran sido reconocidas al mismo tiempo.  También se encuentran en el grupo las mujeres que, según el evangelio, acompañaron a Jesús y fueron testigos de la tumba vacía. Seguirán siendo importantes en todo el libro de los Hechos. El tercer elemento, como no podía ser menos en un ambiente semita, es la familia de Jesús, en particular Santiago. Ésta perderá su preeminencia en la medida en que el Evangelio salga de Jerusalén para dirigirse hacia Europa.

 

En cuanto a Judas, Lucas parece utilizar una tradición diferente de la que encontramos en Mt 27,3-10. La elección de Matías parece normal dado que la comunidad ya se había organizado antes de Pentecostés. Esta elección forma parte de la historia diseñada por Dios, y en ese contexto no extraña el que no haya sido el Resucitado quien eligiera al sucesor a Judas.

Lo más importante es el papel de los apóstoles como testigos. Jesús proclamó el Reino, los apóstoles proclaman a Jesús.

 

Hechos 2, 1-13: Pentecostés

Lucas utiliza probablemente un relato de la tradición petrina acerca de la venida del Espíritu y la llegada del Reino, y lo coloca en el contexto de la fiesta judía de Pentecostés. Es posible que eligió esa fiesta por la importancia que tenía en algunos círculos religiosos (p.e. esenios) como fiesta de la Alianza. Y no cabe duda que los judíos piadosos de la época habrían hecho fácilmente la conexión entre el Espíritu que Dios sopló sobre el hombre en el momento de la creación y la nueva creación del hombre que, según los discípulos de Jesús, tiene ahora lugar.

 

Tal como lo presenta Lucas, el Espíritu desciende con fuerza y hace hablar “en lenguas”, en lenguas extranjeras. Así que los judíos que estaban dispersos se ven ahora unidos por el Espíritu. Aparece así un modelo contrapuesto al de Babel. Desde el principio la tradición cristiana ha visto en esta escena la figuración del nacimiento de la Iglesia. Y aunque esa Iglesia no es todavía multicultural, sí que el evento puede ser comprendido como un “prólogo” a lo que será la Misión en el libro de los Hechos.

 

Hechos 2, 14-36: El discurso de Pedro

También aquí es probable que Lucas utilice una tradición petrina, presentada, como es habitual en él, en un lenguaje arcaico que da solemnidad al discurso, y con citas de la LXX. Las traducciones actuales siguen en general la versión del Texto Occidental, “Sucederá en los últimos días…”, que indica implícitamente que la venida del Espíritu inaugura los “últimos tiempos”. Curiosidad interesante: Joel 3,1 en el hebreo “Sucederá después de esto que yo derramaré mi Espíritu en toda carne”, se convierte en la versión mucho más larga de la LXX en “Pues he aquí que yo, en aquellos días, en aquel tiempo, cuando convirtiere la cautividad de Judá y Jerusalén y congregaré todas las gentes…”. La conclusión en el versículo 36, “que Dios ha constituido Señor y Cristo” muestra el rápido nacimiento de una cristología que da sentido a lo que Jesús es y significa.

 

Hechos 2, 37-47: Conversiones y vida de la comunidad

Las múltiples versiones que encontramos en los códices antiguos indican que se trata de un texto muy trabajado… y muy utilizado.

La relación de los apóstoles con el templo es un poco extraña. Como galileos no solían ir allí a menudo. Sin embargo ahora van regularmente, y en esto se diferencian de los Esenios que consideraban que el templo seguía estando mancillado por los sumos sacerdotes de la época. Esa diferenciación indica cómo la comunidad de discípulos de Jesús está adquiriendo su propia personalidad dentro del judaísmo, una personalidad a todas luces atrayente, según Lucas. Será lo mismo en Hechos 5,12-15. Y aparecen ya realidades puramente cristianas: el bautismo cristiano (v.41), la enseñanza de los apóstoles y la “fracción del pan”. El judío piadoso bendecía al Creador antes de comer. En ciertos grupos, como los Esenios, existía la costumbre del “pan compartido”. Ahora entre los cristianos el compartir del pan es vivido como un símbolo de la esperanza escatológica realizada en la muerte/resurrección de Jesús.

 

Hechos 3, 1 – 4,31: Testigos de la Resurrección

Incluso tras el gran evento de Pentecostés, la comunidad parece instalada en un cierto estilo de vida con sus actividades habituales. Y sin embargo Lucas siente que Pentecostés ha sido una especie de preludio y que lo que seguirá será el resultado de la venida del Espíritu sobre el pequeño grupo de discípulos; que los acontecimientos y las persecuciones van a transformar lo que de momento es una comunidad de estilo tradicional; y que ello, según la perspectiva de Lucas, se llevará a cabo bajo el impulso del Espíritu. Dentro de ese marco, la curación introduce en el narrativo varios elementos nuevos: el testimonio de los apóstoles se hace “oficial”, así como la oposición y las amenazas a las que se enfrentan. Y todo culmina con una nueva efusión del Espíritu.

 

  1. Una curación en el nombre de Jesús (3,1-10). Es aparentemente un día como los demás. Pedro no le pide a Jesús que cure al enfermo, sino que más bien libera el poder del nombre de Jesús, nombre que cura y que produce fe. La manifestación de este poder es el acontecimiento central de la historia

 

  1. El discurso de Pedro (3, 12-26). La primera parte del discurso exalta el nombre de Jesús. En la segunda parte, en la que Lucas minimiza la culpa de sus oyentes (v.17), reconocer a Jesús (vv. 23-24) se convierte en condición para pertenecer al pueblo de Israel. Los judíos son los primeros candidatos a la bendición de Dios, pero, en ese nuevo contexto, también se encuentran fuera del pueblo elegido. En el horizonte, adivinamos las dificultades de los primeros cristianos judíos con los otros judíos.

 

  1. Oposición a Pedro y a Juan (4,1-22). Este texto suscita entre los expertos muchas preguntas sobre las fuentes de Lucas y la realidad histórica a la que se refiere. ¿Se trataría de una primera confrontación con los sacerdotes que Lucas transforma en un arresto formal? ¿Cuántas veces comparecen los discípulos (ver 5,17-42)? ¿Sería legal esa doble comparecencia? ¿Quién se opone realmente a los cristianos? ¿Los saduceos? ¿Los fariseos? ¿Es la resurrección el motivo principal? ¿Hay otros motivos?

 

En realidad el texto expresa ante todo la idea que Lucas se hace de la Historia: Pedro y Juan están siguiendo el que fue el camino de Jesús durante su última semana de vida. Los diversos componentes de la sociedad judía coinciden en su oposición, pero por motivos diversos. Lo cual confirma la convicción de Lucas de que los discípulos son y seguirán siendo judíos, y que la separación se llevará sólo poco a poco. Primero vendrá la oposición por parte de los jefes saduceos, luego la persecución de los judíos cristianos de lengua griega…

 

  1. Oración y venida del Espíritu Santo (4,23-31). Muchos comentaristas subrayan el carácter petrino del texto, centrado todavía en la comunidad de Jerusalén. Boimard ve aquí el primer narrativo de la venida del Espíritu (el terremoto solía ser un elemento típico en la descripción de acontecimientos semejantes) que la tradición detrás del capítulo 2 habría copiado. Taylor prefiere hablar de dos versiones paralelas de un mismo evento. En cuanto a Lucas, él da, como siempre, mucha importancia a la oración de los discípulos que, siguiendo el ejemplo de Jesús, oran en los momentos importantes o difíciles. Y éste es un momento, no sólo de confrontación, sino también de una concientización progresiva de su misión de proclamar la Palabra.

 

Hechos 4, 32 – 5,16: una comunidad de discípulos

  1. Comunidad de bienes (4,32 – 37). Hechos 2, 44-45 describe una estricta comunidad de vida y bienes por parte de los discípulos más cercanos a Jesús, tal como ocurría cuando estaban con él en Galilea. Ya entonces había otras maneras de colaborar en la comunidad (Lc 8: 1-3 menciona a las mujeres que la apoyaban). También Hechos 4 supone una cierta variedad cuando se trata de la comunidad de bienes. El hecho de que el texto esté muy elaborado con abundancia de ecos bíblicos no significa que Lucas lo esté inventando todo. Tampoco el que en esa misma época algunos grupos sectarios vivían la comunidad de bienes (Plinio el Viejo, muerto en el 79, describió los Esenios del Mar Muerto como “una comunidad sin dinero”) prueba que debamos entender el texto de Lucas como si todos los cristianos eran al principio “comunistas”. Sencillamente Lucas, con un estilo muy mediterráneo nos presenta un ideal de vida que algunos siguieron en los primeros tiempos y que influyó bastante entre las primeras comunidades. Así por ejemplo en la: Didache 4.8: “No rechazarás al indigente, de todo lo tuyo harás partícipe a tu hermano, sin decir que nada es tuyo propio; porque si en lo eterno son copartícipes, ¿cuánto más en lo temporal?”. En la Epístola de Bernabé, 19, 8: “Comunicarás en todas las cosas con tu prójimo, y no dirás que las cosas son tuyas propias, pues si en lo imperecedero sois partícipes en común, ¡cuánto más en lo perecedero! No serás precipitado en el hablar, pues red de muerte es la boca. En cuanto puedas, guardarás la castidad de tu alma”. Tertuliano, Apol. 39,11: “Entre nosotros todos los bienes son comunes, excepto las mujeres”. (En contraste con la “ciudad ideal” de Platón donde las mujeres también eran compartidas por los guardianes). Lucien de Samosata en La Muerte del Peregrino 13 sugiere que la propiedad comunal fue una de las cosas que todo el mundo sabía sobre los cristianos: “Y es que —para decirlo con pocas palabras—, no tiene bienes propios”.

 

  1. Ananías y Safira (5, 1- 11). ¡Extraña historia! Wilfred L. Knox escribió: “Esperemos que Ananías y Safir sean legendarios” (Acts of the Apostles, Cambridge, 1948, p 63). Sería ridículo apelar a causas naturales (¡un rayo!) para explicar la repentina muerte de la pareja culpable. El hecho es que la muerte se presenta aquí como un castigo divino, como algo normal, lo mismo que temor frente a cualquier manifestación divina como es en este caso la de la palabra de Pedro. Algunos autores explican la falta como la de alguien que busca gozar ante la comunidad de la gloria de algo que es excepcional (el renunciamiento total) pero sin pagar el precio. Ananías y Safira quisieron “nadar y guardar la ropa”. En cualquier caso, la justicia divina es aquí mucho más dura y perentoria de lo que habría sido una justicia humana. El primer artículo de la ley penal de la comunidad de Qumran (1 QS 6, 24 s) prescribe: “Si hay alguien entre ellos que ha mentido a sabiendas en lo que concierne a los bienes, será excluido de la comida pura de los Numerosos y se verá privado de una cuarta parte de su pan”. Por otra parte, según Josefo, los excomulgados definitivamente de la comunidad de los Esenios morían a menudo de hambre, ya que los votos que han formulado no les permitían comer alimentos de menor pureza (G.J. 2 §143). En Qumrán para castigar a un miembro de la comunidad se necesitaba primero un juicio y una condena. También el evangelio de Mateo (18: 15-17) indica el procedimiento que hay que seguir “si un hermano comete una ofensa”. Aquí, evidentemente, no se sigue ningún procedimiento. Más cerca del espíritu de este narrativo hay una historia rabínica atribuida a R. Eliezer (siglo XXI): “Se cuenta de cierto discípulo que emitió una decisión legal en presencia de R. Eliezer. Este dijo a Imma Shalom (su esposa): “¡Que desgracia para la esposa de este hombre! ¡No pasará de esta semana!» Apenas terminada la semana, murió. Los sabios vinieron a R. Eliezer y le dijeron: “¿eres un profeta?” Él les dijo: “No soy ni profeta ni hijo de Profeta (Amós 7,14)”, pero tengo que seguir una tradición: quien emite una decisión legal delante de su maestro, incurre la pena de muerte”. Es interesante notar que la historia del rabino aparece en el contexto de la discusión sobre la naturaleza del pecado cometido por Nadab y Abiú (Levítico 10, 1-7) que habían ofrecido a Yahveh un fuego profano que Él no había mandado. Un fuego salió desde el altar y los mató. Es posible que Hechos 5: 1-11 se refiere a este incidente, especialmente en el detalle de los jóvenes que recogen el cuerpo, primero de Ananías, y luego de Safira para enterrarlos fuera del campamento.

 

  1. Un resumen que sirve de transición (5, 12-16). En él se fusionan tres temas: curaciones, concordia en la comunidad, y ello a pesar de, -tercer tema-, su progresivo crecimiento. Estos tres temas son tan diferentes, que sólo un sofisticado ejercicio literario ha podido unirlos. El resultado es una obra maestra del género. Aunque para ello incurra en alguna contradicción: “nadie se atrevía a juntarse a ellos”… “los creyentes cada vez en mayor número se adherían al Señor”.

 

Hechos 5, 17-42: Testigos de la Resurrección (2)

Probablemente la tradición original es la de 4, 1-22, que ha sido ampliada en este capítulo 5. También es posible que en la redacción de ambos textos se conserve cierta influencia de lo que Josefo (nacido en 37, muerto alrededor de 100) escribió sobre el juicio y la ejecución de Santiago, el hermano de Jesús (ver Antigüedades, libro 20 , IX, 1) mencionada en Hechos 12,2. Eusebio de Cesarea (siglo IV) cita las memorias de Hegesippus (finales siglo II), que también hablan de la muerte de Santiago.

 

  1. Detención y liberación de los apóstoles (5, 17 – 26).

Históricamente, la relación entre los sumos sacerdotes y los saduceos no era lo fuerte que da a entender Lucas, aunque según Josefo, el pueblo se posicionaba más bien con los fariseos (Ant. 13, 298). Hay que pensar que el motivo de la detención, es, como en el capítulo 4, la envidia y el desacuerdo sobre la realidad de la resurrección.

 

  1. Ante el Sanedrín (5:27-32)

El modo en que Lucas construye el narrativo ilustra un progresivo desarrollo de la teología. Aquí se trata todavía del “Nombre de Jesús”, pero la cristología es más nutrida (“le ha exaltado Dios como Jefe y Salvador”), y también mayor el papel de los apóstoles, testigos junto con el Espíritu Santo.

 

  1. Gamaliel 5, 33-42

¿Qué hay detrás de esta historia? Sin duda el hecho de que gran parte de los primeros cristianos era de origen fariseo. También está la conocida personalidad de Gamaliel. Por otra parte Lucas (o sus fuentes) le atribuye algunas imprecisiones, ya que los seguidores de Judas el Galileo, así como Teudas, que según Gamaliel se habría sublevado en tiempos de Jesús, todavía aparecen activos en la rebelión de 66. De todos modos, en la interpretación que Lucas hace de la historia, dos cosas son importantes: los hechos van a probar que la historia de la Iglesia obedece al proyecto de Dios. Y que a pesar de su fuerte compromiso con los pobres, Jesús no se parecía a los sectarios que abogaban por la lucha armada.

 

 

Reflexiones

 

  1. Continuidad y novedad

En el grupo inicial, los apóstoles encarnan más bien la continuidad (con Israel y con Jesús), mientras que las mujeres evocan la novedad de la resurrección, de la que han sido los primeros testigos, y la nueva relación con el Dios de los pobres y débiles. Se dice que en Africa, y pronto en los países árabes (¿Y por qué no en Europa?), el desarrollo social y económica viene y seguirá viniendo por la mujer, que se adapta a los cambios mejor que el hombre. ¿Y en la Iglesia?

En ese mismo grupo inicial la familia encarna el enraizamiento humano, y pronto veremos cómo Santiago, hermano de Jesús, ocupará la presidencia de la comunidad de Jerusalén. Pero esa continuidad humana desaparecerá con la muerte de Santiago y con el paso del Evangelio de Jerusalén a Roma. Ni Santiago, ni Jerusalén… ni Roma son eternas. Tampoco en la Iglesia.

 

  1. ¿Qué es lo nuestro?

Ya antes de que la persecución hiciera de ellos “misioneros”, dispersos por el Mediterráneo, los discípulos, todos judíos, se reconocían a sí mismos como una “nueva creación”, fruto del Espíritu, unidos por el poder del Nombre de Jesús. Esa actitud debió sorprender enormemente a los otros judíos de Jerusalén, habituados a ser miembros de un pueblo siempre dividido (excepto durante parte del reinado de David), habitantes de una tierra que ha visto desfilar a una multitud de pueblos en lucha casi permanente. Consecuencia de la mundialización, si por una parte tenemos la impresión de estar siempre y en todas partes interconectados e interdependientes, nos sentimos por otra parte cada vez más individuos, únicos y aislados. Echamos en falta una comunión real y profunda con los demás. ¿Qué y quién puede hacernos “comunidad”? ¿Podemos, y cómo, ser instrumentos de comunión interpersonal?

 

  1. Articular nuestra vivencia

A este Jesús, “Dios ha constituido Señor y Cristo” (Hechos 2,36). La vivencia precede siempre a su articulación. Y aquí observamos cómo los discípulos comienzan a articular su vivencia cristiana. Es imposible articular perfectamente una vivencia, pero está en la naturaleza humana el intentarlo, y el utilizar para ello el trabajo de articulación, siempre perfectible, de las generaciones precedentes. Cada generación y cada individuo lo hacen de manera única, que luego pueden comunicar a los demás y a la siguiente generación. Si ya cuanto más profunda y original es una vivencia, más difícil resulta articularla, nuestra vivencia cristiana resulta una experiencia límite en su contenido: en Jesús, el hombre de Nazaret, estamos encontrando al “Dios-con-nosotros”. No es de extrañar que por mucho que cada nueva generación haya creído poder refinar los dogmas, nunca han podido estos expresar como desearíamos nuestra vivencia cristiana. Por eso, aunque tenemos que utilizarlos y mejorarlos, nunca debemos caer en la tentación de absolutizarlos. En cambio la vivencia de comunión con Jesús, que “Dios ha constituido Señor y Cristo”, sigue siendo fundamental. Y sólo se transmite por ósmosis.

 

  1. Comunidad y no comunitarismo

“No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos” (Mt 10,5). Se puede decir que la primitiva comunidad siguió a la letra ese consejo de Jesús hasta que el Espíritu, por medio de las persecuciones, les impuso ser “misioneros”. Es también muy probable que, de haber permanecido en Jerusalén, la comunidad habría caído en el comunitarismo, convirtiéndose en un gueto. Comunidad si, comunitarismo no. Pablo, el que más trabajó para destruir fronteras, fue el más explícito sobre la necesidad y el papel misionero de la comunidad. ¿”Comunidad sí, comunitarismo no” en la Iglesia hoy?

 

  1. Los otros nos dirán quiénes somos

Según Lucas, la Iglesia, en su apertura a todos los pueblos tras un tiempo de estancia en Jerusalén, está siguiendo los pasos de Jesús. Y su interpretación coincide bastante con la realidad, al menos según la describen los sinópticos. Fueron los encuentros con la gente que acudía a Jesús los que hicieron que se revelara su personalidad como Mesías. Por otra parte Jesús se dedicó ante todo a su propio pueblo, si bien su apertura radical se fue haciendo efectiva (y según los evangelistas también ejemplar) cuando gentiles y samaritanos se le acercaron. Se puede decir que son éstos quienes despertaron y revelaron el universalismo de Jesús. De la misma manera el tullido que pide limosna a Pedro le obliga a actuar como testigo tanto práctico (por la curación) como teórico (el sermón). Y el encuentro con los extranjeros tras la huida de Jerusalén hará que la comunidad siga el ejemplo de Jesús y practique la universalidad.

 

  1. Comunidad de orantes

La comunidad cristiana es una comunidad que ora. O, dicho de otra manera, que práctica la oración. No encontramos en el NT ninguna teoría sobre la oración, pero sí modelos de oración y algunos comentarios asombrados sobre sus consecuencias, o sobre el Espíritu que ora en nosotros. En los momentos importantes y en las dificultades, la comunidad ora. ¿Sabemos discernir hoy esos momentos importantes o difíciles?

 

  1. Dar cuando uno es pobre

También en la comunidad cristiana hace enseguida aparición el dinero, consecuencia sin duda normal de la realidad de la Encarnación. Hechos 5 condena de forma brutal la falta de transparencia y la doblez del lenguaje de Ananías que quiere al parecer nadar y guardar la ropa. ¿Cómo vivir el ideal cristiano de modo encarnado en la realidad económica de nuestras sociedades? En la década de los 1980, la iglesia de Camerún, bajo la influencia del obispo Zoa y del jesuita Mveng trató de repensar los votos religiosos en un contexto africano. El “voto de pobreza” se convirtió en alguna congregación en “voto de compartir”. “Hice el voto de pobreza”, explicaba una hermana, “pero en realidad mi madre en su pueblo vivía mucho más pobremente que yo. ¿Qué sentido tenía entonces mi voto?” Por otra parte Pedro, campesino galileo, es sincero al decir que no tiene dinero. Ocasión para dar lo que realmente tiene, lo más preciado, su fe en Jesús. Los católicos somos muy “generosos” cuando se trata de ayudar a los pobres, a los perseguidos, a las misiones… Pero ¿no corremos acaso el riesgo de ser las “damas de beneficencia” que criticaba Nacha Guevara? ¿Nos esforzamos por vivir austeramente?

 

 

 

 

 

 

III. Hechos 6,1 – 12,25: A partir de Jerusalén

 

III-A. 6,1 – 8,40: La misión de los helenistas

 

Lo llaman “debriefing”. Por ejemplo, se interroga a un rehén liberado para sacarle información de la que ni él mismo es consciente. A su manera, lo hacen también los arqueólogos cuando analizan las capas en una excavación, o los historiadores al analizar documentos antiguos. Del mismo modo los exegetas analizan los textos sagrados buscando información que puede iluminar la historia Judeo-cristiana. Sus hallazgos nos ayudan a responder a dos series de preguntas. En primer lugar en relación a los hechos: ¿Qué pasó? ¿Cuál es nuestro grado de certeza? En segundo lugar sobre cuál fue la interpretación de los hechos, tanto la de los mismos protagonistas, como también las que se dieron durante las distintas etapas de la transmisión de las tradiciones. Estudiar de esta manera los textos implica que, tras haber comprendido, apreciado y respetado las interpretaciones de los primeros testigos y de quienes los siguieron, nos toca ahora a nosotros revivirlas, reencarnarlas y reinterpretarlas. Hay que tenerlo en cuenta al estudiar esta sección de los Hechos.

 

  1. ¿Los hechos?

Dos anexos nos ayudarán a acercarnos a los hechos. El primero es un resumen del prefacio y de las conclusiones del libro de R.E.Brown & J.Meier, Antioquía y Roma, Cunas neotestamentarias del cristianismo católico. Londres, Chapman 1983. Este texto evoca el pluralismo que existió desde el principio en la comunidad cristiana. El segundo es un texto tomado de Boimard & Larson, Los Hechos de los Apóstoles, II el significado de los narrativos, París, g 1990, pp 49-52. Se trata del origen de los “Siete”. Una vez que nos hayamos acercado a los hechos, una conclusión parecerá evidente y otra posible y razonable. La primera es que la conciencia misionera de la primitiva comunidad surgió casi inmediatamente y en un contexto de desacuerdos internos. La segunda es que la solución práctica (y no teológica) de esos acuerdos contribuyó sustancialmente a que la comunidad se hiciera misionera. Los helenistas iniciaron la misión, que con el tiempo fue asumida por el resto de la comunidad.

 

 

Hechos de los Apóstoles – Anexo 1

(Brown – Meier)

Pluralismo en la Iglesia primitiva

Desde la época de Alejandro de Macedonia la mayoría de los judíos vivían en ambientes culturalmente helenizados, aunque unos pequeños grupos habían resistido a la aculturación. Por lo tanto, es muy difícil hablar de culturas “judía” y “helenista” como de dos culturas separadas, viviendo en dos mundos distintos. La traducción de la LXX y los escritos de Filón (Alejandría, 15 antes de C – 50) y Josefo son ejemplos de una cultura al mismo tiempo judía y helenizada. La LXX se convirtió en la Biblia cristiana de aquellos primeros años.

La mezcla de las dos culturas se complica todavía más al estudiar la expansión del Cristianismo. En Antioquía y Roma, dos importantes ciudades del imperio romano, vivía un buen número de judíos. En ambas ciudades, cristianos judíos y no judíos participaron juntos en la actividad misionera y en la evolución del cristianismo, y sus relaciones fueron muy complejas.

 

Dado que Jesús vivió en Galilea y en Judea, es evidente que se dirigió ante todo a judíos, y que los primeros cristianos eran todos judíos, en Jerusalén primero y en la diáspora más adelante. Los gentiles fueron convirtiéndose poco a poco. A pesar de que Pablo se define como el apóstol de los Gentiles o no circuncidados (Gal. 2,8; Rom 1,13; 15,16), no hay que pensar que su enfoque hacia los paganos era el único en la Iglesia, ni que todos los cristianos de origen pagano compartían las ideas de Pablo. Con respecto a las consecuencias de la fe en Jesús para las prácticas religiosas judías, existieron varias tendencias entre los judíos cristianos y, a su vez, entre los cristianos de origen pagano. Mejor que hablar de “cristianismo judío” y “cristianismo gentil” es más exacto hablar de varias formas de cristianismo judeo-gentil. Y entre otras:

 

1: Judíos cristianos junto con sus propios conversos gentiles. Según ellos, para recibir las bendiciones mesiánicas de Jesús, había que hacerse judío y observar la Ley. Hechos menciona su presencia en Jerusalén, “los de la circuncisión” (He 11,2), y Antioquía, “de la secta de los fariseos” (He 15,5). Pablo, menos diplomático que Lucas, los llama “intrusos”, “falsos hermanos” (Gal 2,4) y advierte a los filipenses de su propaganda “¡Ojo con esos perros, ojo con esos malos obreros, ojo con la mutilación!” (Fil 3,2).

 

2: Judíos cristianos y conversos gentiles que no insistían sobre la circuncisión, pero que pedían que se observaran algunas prácticas judías. Se trataba pues de un cristianismo judeo-gentil conservador pero moderado. Es el mencionado en Hechos 15 y en Gálatas 2. Santiago aparece como su principal figura, y el decreto de Jerusalén expresa bien su posición. A veces presionan a Pedro que cede sin oponerse. Se identifican con la tradición de los apóstoles y son misioneros. Probablemente no es una casualidad el que Mateo, que defiende una Iglesia fundada sobre Pedro, menciona un mandato misionero que envía a los apóstoles hacia los paganos (Mt 28, 16-20). La Didaché, escrita alrededor del año 100, con una mentalidad cercana a la de Mateo, tiene como título “Enseñanza del Señor a las naciones por medio de los doce apóstoles”.

 

3: Cristianos “liberales”, judíos y gentiles, que no siguen ni la Ley ni la circuncisión ni la alimentación kosher. A pesar de la aparente aceptación por parte de Pablo y Bernabé de las decisiones de Jerusalén (He 15,22), es muy probable que sólo Bernabé las siguió a la letra (Gal 2: 11-13) y que eso contribuyó a su separación de Pablo (He 15,39). Pablo siguió siendo el portavoz del grupo liberal, algo evidente en sus cartas. Pero Pablo espera que los cristianos sigan los diez mandamientos y mantengan la actitud ética muy exigente propia del judaísmo. Hechos 20 indica que Pablo guardó las fiestas judías y que circuncidó a Timoteo, cuya madre era judía.

 

4: Judíos cristianos, especialmente entre los helenizados, así como sus conversos de origen pagano, que no veían ningún sentido en seguir el culto y las costumbres judías. Aparecen en Hechos 6. Aunque Lucas distingue entre Pablo y los helenistas (He 9,29) no está muy clara la posible relación entre judíos helenistas y judíos helenistas cristianos. Probablemente las convicciones de estos últimos aparecen reflejadas en el evangelio de Juan en el que la Ley es para los judíos y no para los discípulos de Jesús (Jn 10,34; 15,25), y en la carta a los Hebreos, según la cual Jesús ha suprimido el antiguo culto.

 

John P. Meier estudió la historia de las primeras generaciones cristianas en Antioquía. Y encuentra que ya hay conflictos en los años 40 a propósito de la relación entre Evangelio y tradición judía. En los años 70 hay todavía en Antioquía algunos “conservadores”, pero la mayoría es “liberal”, especialmente entre los cristianos de origen pagano. El evangelio de Mateo sirvió para mantener la unidad gracias a la importancia que da a una cierta identidad de la Iglesia y a la figura de Pedro, el gran integrador de la comunidad. Y también porque supo asociar las tradiciones judías antiguas con una nueva visión del Reino. Más tarde, la tercera generación, la de San Ignacio, creará una estructura de tres niveles, obispo, presbíteros y diáconos, gracias a la cual la Iglesia mantendrá su unidad, a pesar de las diferencias entre una minoría conservadora de judaizantes y otra, tan abierta al mundo pagano que corre el riesgo de caer en gnosticismo y eventualmente en un docetismo que niega la humanidad de Jesús.

 

Raymond Brown estudió el cristianismo en Roma. Según él, el grupo cristiano dominante en los años 40 refleja y mezcla las actitudes que hemos descrito como encarnadas en las figuras de Santiago y Pedro. Y entre los cristianos de origen pagano, los que tenían un cierto apego a la tradición judía eran más numerosos que los seguidores de Pablo. De hecho, cuando en los años 50 éste escribe a los romanos, su posición respecto a la tradición judía es menos visceral, y más equilibrada que la que aparece en la carta a los Gálatas. Y el mismo Pablo participará en las colectas en favor de los cristianos de Jerusalén.  Éste es el Pablo más moderado, que será recibido y adoptado por Roma, sobre todo después de que su martirio le haya dado un lugar de honor junto a Pedro. Pero es la imagen de Pedro la que domina. Es en nombre de Pedro, o de Pedro y Pablo (en ese orden en la primera carta de Clemente) que la iglesia de Roma asumirá la misión que había comenzado en Jerusalén. Roma seguirá honrando su patrimonio judío. Y a finales del siglo primero, Clemente, apoyado en una estructura basada en la sucesión apostólica, logrará fusionar el legado Levítico con el concepto de autoridad propio de la Roma Imperial. Y esto a pesar de que el modo de gobierno por medio de un grupo de ancianos (presbíteros) sigue ejerciéndose en Roma cuando ya en Antioquía es el obispo quien gobierna.

 

En sus estudios sobre Antioquía y Roma, Meier y Brown insisten en algo crucial: no podemos estudiar los textos del NT aislándolos, incluso si sus teologías parecen a veces contradecirse. Y esto corresponde al hecho de que Pedro, Pablo y Santiago vivieron en comunión, incluso en los momentos de mayor desavenencia. La segunda carta de Pedro menciona a Pablo; Santiago conoce la opinión de Pablo, aunque no le gusta cómo formula la relación entre fe y obras; I Clemente e Ignacio mencionan tanto a Pedro como a Pablo; y las cartas de Pablo y Pedro mencionan a Marcos… Es decir que la mayoría de las diversas tendencias cristianas pudieron vivir juntas, en comunión. Nos toca a nosotros, descubrir y articular qué es lo que las unía.

 

Hechos de los Apóstoles – Anexo 2

(Boimard – Lamouille)

La elección de los Siete (He 6)

Esta historia evoca un punto de inflexión en la vida de la iglesia primitiva. Sufriendo la persecución de las autoridades judías de Jerusalén, que calumniarán a Esteban y harán que la multitud lo lapide (6, 8ss), la joven iglesia se verá obligada a llevar la Palabra de Dios a los Gentiles. Esta apertura hacia el mundo pagano, o considerada como tal por muchos judíos, la iniciarán en primer lugar los Helenistas: Felipe va a evangelizar a Samaria (8, 5ss), y los chipriotas y los de Cirene llegarán hasta Antioquía (11,20). Esa iniciativa la completarán Bernabé y Saulo (11, 22-26a). Pero también Pedro participará en este movimiento yendo primero a Lida (9: 32-35), y luego, empujado siempre por el Espíritu, a Cesárea (9, 43ss).

  1. Los Helenistas

¿Quiénes eran esos Helenistas que se oponían a los Hebreos (He 6.1)? Ambos grupos son obviamente cristianos. Los diferenciaban la lengua y la cultura. Los primeros eran personas que hablaban en griego y habían adoptado de alguna forma un modo de vida helenizado. Los segundos hablaban arameo, y en cierta medida seguían impermeables a la cultura griega. Pero tanto los unos como los otros estaban enraizados en el judaísmo. Y esa diferenciación que existía entre los judíos en general, se manifestaba igualmente entre los judíos cristianos.

  1. La apertura hacia los no judíos

¿Cuál fue en la práctica el motivo principal del desacuerdo entre esos dos grupos de judíos cristianos?

Tal como aparece en los Hechos, y a pesar de las palabras que He 6 atribuye a los apóstoles, los Siete, a juzgar por lo que se cuenta de Esteban y Felipe, predicaron la Palabra tanto o más que los Doce apóstoles. Pero mientras que éstos permanecieron en Jerusalén y siguieron anunciando la Palabra a los judíos, los Siete, junto con  otros cristianos helenizados, la hicieron salir de la ciudad y la predicaron primero en Samaria y luego en Antioquía en donde “se pusieron a hablar también a los griegos” (He 11,20). A esa división de roles se refiere Pablo en Gal 2,7-9. Lo más probable es pues que el desacuerdo entre helenistas y hebreos girase en torno a la apertura hacia los Gentiles. Los hebreos no sentían la necesidad de esa apertura, previendo los múltiples problemas prácticos que podía acarrear (ver He 10). Mientras que los helenistas entendían que había que cristianizar el mundo cultural del que formaban parte (razonamiento que había contribuido a la traducción de la LXX en Alejandría), aunque esto pudiera llevar a la ruptura con el judaísmo. Cuando los especialistas intentan detectar las diferentes tradiciones y fuentes utilizadas por Lucas, sugieren, por ejemplo, que el discurso de Esteban ante el Sanedrín (He 7) proviene muy probablemente de una fuente helenista. Aunque en los Hechos Lucas procura limar aristas, su utilización de las fuentes parecen dar la razón a la posición helenista. “El mensaje de Dios iba cundiendo”, escribe en He 6,7, que concluye la elección de los Siete y precede al ciclo de Esteban. “El mensaje del Señor cundía y se propagaba”, escribe igualmente en He 12,24, en el momento en el que Pedro desaparece misteriosamente de la escena, y se inaugura la misión de Saulo y Bernabé.

  1. Textos relacionados

En primer lugar, es probable que al narrar la elección de los Siete, Lucas, o su fuente, se haya inspirado en Números 27,16-23, la institución de Josué como sucesor de Moisés: “Respondió Yahveh a Moisés: «Toma a Josué, hijo de Nun, hombre en quien está el espíritu, imponle tu mano…”. Pequeño detalle, pero que nos recuerda que también Lucas, y la iglesia para la que escribe, se encuentra todavía dentro de la tradición del Antiguo Testamento.

Por otra parte puede que la distinción entre los Doce y los Siete tenga algo que ver con la doble versión del narrativo de la multiplicación de los panes. En una versión (Mat 14, Mc 6, Lc 9 y Jn 6) se recogieron doce cestos con las sobras. En la otra (Mt 15 y Mc 8) los cestos fueron siete. ¿Prueba de que también fuentes helenistas, naturalmente en griego, han influido en la redacción de los evangelios?

 

  1. Primeras interpretaciones

Aunque Lucas retoca las tradiciones con la libertad propia de su tiempo, él no las ha inventado, en el sentido moderno de la palabra. Las ha más bien reunido, dándoles forma al ponerlas por escrito. Esas tradiciones interpretaban ya lo ocurrido, y seguramente que esa interpretación no coincidía necesariamente con la que encontramos en el texto final de los Hechos. Pero Lucas hizo tan bien su trabajo que nos es prácticamente imposible reconstruir sus fuentes. Ni tampoco lo pretenden los dominicos de la Escuela Bíblica de Jerusalén cuando presentan sus hipótesis acerca de esas fuentes que serían la “Gesta de Pedro” o las “Memorias de Pablo”. Esas fuentes sin embargo siguen ahí, aunque no podamos delimitar con mucha exactitud sus contenidos. Y por respeto a la humanidad de la Palabra, y para poder apreciar mejor la composición final, conviene mencionarlas e imaginar como la “Gesta de Pedro” o los “Discursos de tradición Bautista” (utilizando el vocabulario de Boimard) interpretaron los primeros días de la comunidad cristiana.

La Gesta de Pedro

En la Gesta de Pedro, el martirio de Esteban hace de bisagra. La Buena Noticia se anuncia primero a los judíos de Jerusalén, y la multitud la recibe bastante bien (cc. 3-4). En cambio la casta sacerdotal se muestra hostil y amenazadora (c.5). Pero Dios interviene y envía su Espíritu, que da a los discípulos la fuerza para seguir proclamando la Buena Nueva a la gente (cc.6-7). Aparecen entonces miembros de la sinagoga de los Libertos, probablemente fariseos, que se oponen al Evangelio y discuten con Esteban, pero no pueden hacer nada, porque es el Espíritu quien habla por su boca (6,10). Con calumnias, amotinan al pueblo contra Esteban que es lapidado (c.9). Ya no son sólo las autoridades y los fariseos los que se oponen, sino también el pueblo que de simpatizante (5,13) se hace hostil (7,57 en el TO). La comunidad de Jerusalén es entonces perseguida. Aparentemente el plan de Dios ha fracasado. Pero ¿quién puede oponerse a los designios de Dios? Casi a su pesar los discípulos van a llevar la Buena Noticia no sólo fuera de Jerusalén sino fuera del mundo judío. Dos episodios van a ilustrar ese momento crucial. Felipe, huyendo de Jerusalén, se dirige a los samaritanos que acogen con gozo la palabra y bautiza a un eunuco extranjero simpatizante del judaísmo (c.8). Por su parte Pedro abandona Jerusalén, renueva en Lida el milagro que había tenido lugar en Jerusalén (c.9), y en Cesárea, impulsado por el Espíritu, acepta en la comunidad a un grupo de paganos (c.10). De momento la entrada de paganos en la comunidad no es masiva. Pero da la ocasión para que los discípulos reunidos en Jerusalén resuelvan la difícil cuestión de la imposición o no de costumbres judías a los cristianos de origen pagano (c.11). Así pues la Gesta de Pedro habría descrito el nacimiento de un cristianismo que en medio del sufrimiento se había abierto al mundo de los Gentiles. Y habría dado pie a Lucas para mostrar cómo los helenistas, junto con Bernabé y Pablo, habían recogido ese testigo y continuado la misión que resultaría en un cristianismo separado del judaísmo.

 

El discurso de Esteban

Es difícil pensar que Estaban pudo pronunciar ese discurso. Lo que sí parece es que Lucas ha incorporado un discurso ya hecho. ¿Podemos suponer una tradición que mantenía discursos y cánticos? En favor de esta hipótesis está el que la misma perspectiva del discurso de Esteban se encuentra en el Benedictus (Lc 1,68-79), en el discurso de Pedro (He 3,13-26) y en el de Pablo ante los judíos de Pisidia (He 13,16-43).  Todos estos textos, muy judíos en su forma midráshica, apelan a la historia para explicar el presente. En ellos Dios es un Dios fiel, aunque a veces nos sorprende. Los referentes de la Historia son una serie de personajes: Abrahán, José, Moisés, David y, en el discurso de Esteba, Jesús. En los discursos se entremezclan el tema de la promesa, el de la dureza del pueblo y el del triunfo de Dios que nada puede impedir. Desde esa perspectiva, el discurso de Esteban expresa la independencia de Dios con respecto a todo proyecto humano, en este caso el Templo y la Ley. Así, implícitamente, se sobreentiende que la apertura hacia el mundo pagano que conducirá al abandono del Templo y de la Ley, responde a la lógica de un Dios que, siendo fiel a sus promesas, no se deja sin embargo encadenar por ningún proyecto humano.

 

Dando un paso más, el P. Boimard propone atribuir esos discursos a una fuente cercana al entorno de Juan Bautista. Pero en el caso concreto del discurso de Esteban se apunta también a cierta influencia samaritana: según el Pentateuco samaritano Jacob es enterrado en Siquem y no en Hebrón (Gen 49,29-33; 50,13). He 7,7 cita a Ex 3,12. La referencia debiera pues ser al Monte Horeb (Ex 3,1). Pero He 7,7 utiliza la expresión samaritana “en este mismo lugar”, con la que los samaritanos se referían al Monte Guerizín. Finalmente Esteban habla implícitamente de Jesús al comentar la figura de Moisés, figura clave en la escatología samaritana. ¿Es sólo una coincidencia si el capítulo 8 habla de la predicación en Samaria?

 

 

  1. Comentarios al texto actual

 

Hechos 6, 1-7: La comunidad de discípulos y la elección de los Siete

Se trata de un texto “bisagra”, dado que nos habla de la comunidad, como en los anteriores capítulos, pero introduciendo la misión que va a seguir.

 

Lucas intenta dar un significado contemporáneo a materiales antiguos sin caer en anacronismos explícitos. De ahí que el texto resulte a veces oscuro. Porque es muy probable que cuando Lucas escribió los Hechos la diferencia entre “helenistas” y “hebreos” se había reforzado. También existía ya una organización exclusivamente cristiana de ayuda a las viudas (ver Santiago 1,27; 1Tim 5,9-16) diferente de la que, según las fuentes rabínicas fieles a la tradición bíblica (Ex 22,21-23; Deut 10.18), se practicaba en Jerusalén en la década de los 40. Hasta es posible que hubiera “diáconos” ordenados por la imposición de manos. Y sin embargo en el texto actual no se habla de “diáconos”, sino de los “siete”. Todos tienen nombres griegos y tal vez son dirigentes helenistas (Josefo, Ant 4,214, habla de las ciudades helenistas gestionadas por consejos de “siete” miembros). También en el texto se les impone las manos y se les nombra al servicio de las “mesas”, que puede indicar un papel económico importante, que de hecho también asumieron los “doce” discípulos, y también en un entorno cristiano hacen referencia a la eucaristía. La realidad que Hechos no quiere ocultar es que la Palabra se extendió en primer lugar gracias a los “siete”. Lo más importante es que finalmente, Lucas consigue dar la impresión de una comunidad joven, viva, naturalmente preocupada por los problemas concretos de la convivencia, y que responde a la llamada universalizante de Dios, no por motivos ideológicos sino por la fuerza del Espíritu.

 

Se puede leer también en clave “lucana” (“Lucas, el evangelio de los pobres”) la nota sobre la entrada en la comunidad de muchos sacerdotes. De hecho, con la paulatina centralización del culto en Jerusalén, acelerado con la reforma de Josías (621 A.C.) la mayoría de los sacerdotes (7200 sacerdotes y 9600 levitas, según Joachim Jeremias) se vieron reducidos a una vida de pobreza. Deuteronomio pide que se les asista (Dt 16, 11+14). Y Lucas les da la bienvenida a la joven comunidad cristiana.

 

 

Hechos 6,8 – 8,3: El testimonio de Esteban

Momento decisivo, ya que Lucas atribuye la propagación del Evangelio a la persecución provocada por este testimonio. La misma lógica, la persecución que se hace misión, aparece también en la misión de Bernabé y de Pablo (Hechos 13: 49-51).

 

El texto está estructurado en tres partes: 1. Signos, prodigios y acusación (6: 8-15); 2. Discurso ante el sanedrín (7: 1-53); 3. Reacción, lapidación (7,54 – 8, 2). Podemos distinguir entre el acontecimiento (6,8-15 + 7,54 — 8.2) y el discurso. Hay que tener también en cuenta de cómo Pablo es introducido en la historia (7,58; 8,1-3), de lo que trataremos más tarde.

 

  1. El “asunto Esteban” 

Para apreciar bien el texto actual, podemos compararlo con lo que, según Boimard-Lamouille, se habría podido leer en el narrativo primitivo del llamado « Documento P »:

“Esteban, lleno de gracia y de poder, realizaba entre el pueblo prodigios y señales. Se levantaron unos de la sinagoga llamada de los Libertos, y se pusieron a disputar con Esteban; pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba. Entonces levantaron contra él falsos testigos que dijeran: “Este hombre no deja de pronunciar palabras contra este Lugar santo y contra la Ley”. “Entonces el pueblo gritó con fuerza y se precipitaron sobre él, le echaron fuera de la ciudad y le apedreaban. Los testigos pusieron sus vestidos a los pies de un joven llamado Saulo. El oraba y decía “Señor Jesús, recibe mi espíritu.” Y dicho esto, se durmió. Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban”.

 

La oposición de Esteban al Templo y a la Ley tiene precedentes: 2Sam 7, 4-7; 1Reyes 8,27; Isaías 66,1 [tal como lo entiende Esteban]; Jer 7: 1-15. También la comunidad de Qumram se oponía al templo, aunque no como tal sino por su estado de impureza. Es también muy probable que el contexto histórico endureciera la reacción contra Esteban. El año 30 Calígula había querido erigir su estatua en el templo. Petronio, legado romano en Siria, consciente de la oposición popular, dio largas al asunto, y el proyecto fue abandonado tras el asesinato de Calígula en 41. Es decir que no era el mejor momento para que un judío mostrara oposición al templo. Lo cual explicaría la reacción de la gente. Porque aunque la Mishna había previsto juicios y castigos para ese tipo de delito, lo de Esteban fue un linchamiento totalmente ilegal. Y hay que notar que al parecer los cristianos del grupo de los Doce, se mantuvieron alejados, y tuvieron que ser gentes piadosas las que se encargaran de enterrar a Esteban.

 

  1. El discurso de Esteban

Según las convenciones literarias de la época, Lucas introduce aquí un largo discurso que explica el marco general en el que hay que comprender lo acontecido, y prepara esa inserción en 6,10 “Pero no podían resistir a la sabiduría y al Espíritu con que hablaba”. El discurso sirve para resaltar el alcance supra-histórico de todo el asunto. En el estilo de muchos textos antiguos, da la impresión de andarse por las nubes, lo que puede resultar extraño para un lector occidental moderno. Pero consigue, un poco como las genealogías de los evangelios, inserir la historia de la comunidad cristiana en el gran proyecto de la historia querido por Dios.

 

A la manera de la genealogía y los cánticos que encontramos en el evangelio de Lucas, el discurso de Esteban consigue insertar la historia de la comunidad cristiana en la historia más general del proyecto de Dios. Y con su argumento midráshico tejido alrededor de figuras históricas, señala a Jesús, asociado a esa gloria de Dios (7:55) que se había aparecido a Moisés y a Abraham (7.1), y que ahora ocupa el lugar de Dios para recibir a Esteban (He 7,59; Lc 23.46). El discurso subraya el tema bíblico de la dureza del pueblo elegido a lo largo de su historia, que explica en parte el que haya rechazado a Jesús y a Esteban, así como el perdón de estos (He 7,60 y Lc 23,24).

 

 

Hechos 8, 1-40: Los comienzos de la Misión

Se trata de una persecución que se hace misión, como ocurrirá más tarde en Antioquía de Pisidia (13: 13-52). Los dos episodios de Felipe, probablemente de orígenes diversos, constituyen el inicio de la misión fuera de Jerusalén. Con un vocabulario poco claro, tal vez a posta para que los árboles no oculten el bosque, estas historias anticipan otras dos que en la siguiente sección narrarán más explícitamente la misión a los Gentiles: Pedro y Cornelio en Cesárea y Pablo y Bernabé en Antioquía (He 10,1-48; 13,1-52). Se crea así la impresión de que la misión procedió dando pequeños pasos. Lo que no impide que ya aparezca el problema, que tendrá que ser resuelto en la asamblea de Jerusalén (15: 1-35), de la integración de los no judíos en la comunidad

 

a. Transición y presencia de Pablo: Hechos 7,58 + 8, 1-4

A veces las transiciones le sirven a Lucas para que los eventos que se narran no oculten el sentido general que él ve en la historia. Son por ello textos complejos de apariencia sencilla. Aquí concretamente, Lucas indica el vínculo que siempre ha existido entre misión y persecución. Y lo hace sin contradecir explícitamente los hechos, a saber que en esta primera persecución fueron sobre todo los cristianos helenistas los perseguidos y también ellos los protagonistas de la primera misión en Samaria. Del mismo modo, aunque Pedro, Bernabé y otros muchos predicaron a los Gentiles, y así aparece en los Hechos, Pablo fue, según Lucas, el gran apóstol de las Naciones. Para hacer explícita esta idea, Lucas destaca como Pablo está presente durante el martirio de Esteban, siguiendo en esto las tradiciones paulinas (Hechos 22,20). Y para reforzar la impresión de que Pablo será el gran testigo, Lucas utiliza ahora el vocabulario del testimonio: los falsos testigos contra Esteban, el auténtico testigo.

 

  1. Evangelización de Samaria: Hechos 8,4-25

Notemos primero dos interesantes variantes textuales del versículo 5. Algunos textos alejandrinos leen: “Entonces Felipe, descendiendo a la ciudad de Samaria, les predicaba a Cristo”. El texto occidental lee: “Felipe bajó a una ciudad de Samaria y les predicaba a Jesús”. En el texto alejandrino, la misión es más solemne, puesto que se predica en la capital, y se predica a Cristo. La lectura del TO engloba al conjunto de Samaria y utilizando “Jesús” evita el título, “Cristo”, inhabitual entre los samaritanos que le preferían “ta’eb” (“el que vuelve”). Por otro lado, Justino, él mismo samaritano (I Apol 26.3, Dial 120,6) dice que sus compatriotas siguieron a Simón casi como a un dios, mientras que en el texto de Lucas Simón es un mago y uno de los primeros conversos (y el TO añade al v.24 “y no paraba de llorar”. Todo esto apunta a que probablemente Lucas ha utilizado aquí antiguas tradiciones samaritanas. Y cabe preguntarse en qué medida esas tradiciones han influido en el pensamiento de Lucas, dado que en su evangelio Jesús es mucho más positivo hacia los samaritanos (Lc 9, 52-56; 10.33; 17.16) que en el de Mateo (Mt 10,5-6).

 

En esta sección Lucas hace resaltar tres puntos que le parecen importantes en la historia de la comunidad: la actividad misionera es también en Samaria consecuencia directa de la persecución; los apóstoles que están en Jerusalén (8,11; 11,1 11.22) tienen algún tipo de autoridad en toda la iglesia; y el Espíritu es un don de Dios, que no tiene nada que ver con los proyectos humanos y menos aún con el comercio de lo divino.

 

  1. Felipe y el Etíope: Hechos 8,26-40

En la época de Lucas, se hablaba de Etiopía para referirse a los territorios nubios entre Asuán y Jartum, gobernados por una reina madre. En las cortes del Oriente dar cargos importantes a eunucos era algo habitual, hasta el punto de que en ocasiones el título “eunuco” podía referirse a un alto oficial no castrado. Tal sería el caso del etíope de esta sección si es que no era judío, dado que la Ley prohibía admitir como prosélitos a los castrados (Deut 23,2). Ver sin embargo Is. 56,3-5. Así que, finalmente no estamos seguros si el etíope era realmente eunuco ni si era o no judío. Es todo (¿deliberadamente?) vago y ambiguo, incluso a nivel del texto, puesto que el TO lee así el v.39 ” en saliendo del agua, el Espíritu del Señor descendió sobre el eunuco y el ángel del Señor arrebató a Felipe”. Se siente pues que la comunidad se está abriendo a los gentiles, lo que no impide que el episodio de Cornelio, como más adelante los viajes de Pablo puedan ser considerados como pasos decisivos en esa apertura.

Tampoco hace falta mucha imaginación para notar el paralelo entre este episodio de Felipe con el etíope y el de Pedro con Cornelio. En ambos casos es Dios quien dirige los acontecimientos, y tanto Felipe como Pedro se dejan conducir. No es pues de extrañar que Boimard-Lamouille atribuyan ambos episodios a la misma “Gesta de Pedro”.

 

 

Reflexiones

 

  1. Identidades asesinas (Amin Maalouf). [Helenistas y Hebreos]

Como buen historiador, Lucas busca clarificar lo acontecido, darnos pautas, mostrarnos en la historia de la Comunidad sus grandes líneas, el bosque que no pueden ocultar os árboles. Lucas sin embargo no exagera al hacerlo. De ahí que su lenguaje no sea demasiado claro ni los contornos de su relato excesivamente definidos. No narra para que descubramos la verdad sino para que nos acerquemos a ella. Porque la vida, en este caso la Vida en el Espíritu, la Vida de la Iglesia, es lo que tiene que ser, impredecible.

 

En ese sentido, si queremos empatizar con lo que Lucas nos está contando, haríamos bien en leer “Identidades asesinas” del escritor libanés Amin Maalouf. Debido a nuestras raíces geográficas y culturales, a nuestra infancia, a los genes heredados… somos cada cual una personalidad múltiple y compleja. Es nuestra riqueza, pero a menudo también una pesada carga. Es ante todo un misterio (con mayúscula cuando lo descubrimos en lo más profundo de nuestro ser) que nos transforma cada día, si es que lo asumimos. Los humanos poseemos la maravillosa capacidad de distinguir, clasificar y clarificar. Nuestra desgracia consiste en querer distinguir, aclarar y clasificarlo todo. Quienes conviven con nosotros (en particular los que quisieran controlarnos) querrían poder definirnos, o que nos definiéramos nosotros mismos. Presuponen con ello que entre los múltiples y a veces contradictorios componentes de nuestra personalidad y de nuestra vivencia, sólo algunos son importantes a la hora de definirnos. Y si caemos en la trampa, si simplificamos nuestra vivencia, si encuadramos excesivamente nuestra personalidad, excluyendo el resto de lo que realmente somos, nuestra identidad se hará una “identidad asesina”, en palabras de Amin Maalouf. Cristiano libanés, con amigos musulmanes sunies y chiitas, escribe en árabe y en francés, y le molesta cuando los periodistas le preguntan “Su espíritu universal es espectacular. Pero dígame, realmente, en su más íntimo, ¿Usted qué es?”. Los periodistas querrían convertirlo en una “identidad asesina”. ¿Y acaso no son identidades asesinas las de los islamistas de Argelia e Irak, los nacionalismos centrípetos, los guetos religiosos y sectarios?

 

  1. ¡Viva el debate! [“Los Doce convocaron la asamblea de los discípulos”]

“Una de las razones por las que ‘Parque Jurásico’ ha sido tan popular es porque se trata de una historia que no necesita de palabras. Incluso sin traducción, un ruso podría entender casi tanto como una persona que habla inglés. Es un mundo en el que casi no se utilizan las palabras. Por desgracia, también es cierto que pertenecemos a una sociedad que ha perdido la confianza en el lenguaje como un instrumento para construir la sociedad, para buscar la verdad, para llegar a comprender. Como dijo Vaclav Havel “Occidente ha olvidado el poder de la palabra. El nuestro es un mundo que desconfía de toda verdad. Y esto es difícil para muchos”. Un desafío fundamental que tenemos es el de crear comunidades en las que las personas aprendan a amar las palabras, a alegrarse del poder que un lenguaje verídico tiene para hacer comunidad, ir más allá de las divisiones, y hacer que todo hogar sea realmente humano. La primera pregunta que hago cuando visito a una comunidad es: ¿Habláis realmente entre vosotros? ¿Sois mutuamente sinceros? En nuestra sociedad el debate se parece a una lucha en la jungla, vence quien puede aplastar al adversario. Tomás de Aquino representa una tradición diferente. El debate es un proceso en el cual siempre se puede aprender algo del otro. Y se descubre por lo menos la perspectiva desde la que el otro también tiene en cierta medida razón. Ese debate es necesario para construir una comunidad humana. Desgraciadamente, aún en la misma Iglesia se da a menudo el miedo al debate, la aversión a aprender del otro. A menudo, en nombre de la ortodoxia hemos adoptado una intolerancia hacia las diferencias contraria a nuestras mejores tradiciones. Nuestra sociedad sufre una crisis de falta de sentido y de indiferencia que están en relación con la crisis del lenguaje. Un profundo temor atormenta nuestras ciudades, nada tiene sentido. De ahí la tentación de los fundamentalismos que nos sirven “sentido” en una bandeja. Nuestro papel consiste ciertamente en trabajar con la gente, ayudándoles a descubrir su dignidad para que puedan encontrarle un sentido al mundo, y acercarse a Dios, fuente de todo sentido” (Timothy Radcliffe, op).

 

  1. “Unos hombres piadosos sepultaron a Esteban e hicieron gran duelo por él”
    El profeta tiene que morir para que la gente lo considere un santo. Jesús lo dijo a sus contemporáneos en forma de acusación. Los tunecinos honran hoy al mismo Tahar Haddad al que habían silenciado cuando vivía. Muy probablemente fueron unos judíos piadosos quienes enterraron a Esteban, y después los cristianos lo veneraron como su primer mártir… Ese tipo de reacción nos entristece, pero ¿no es también muestra de sabiduría humana?

 

Puede que el individuo esté demasiado acomplejado como para reconocer sus errores, pero la comunidad puede más tarde no sólo reconocerlos sino también apropiarse de aquellos éxitos en los cuales no tuvo la oportunidad o la valentía de participar. Sólo una pequeña proporción de hebreos participó en el éxodo de Egipto, pero Josué 24 nos recuerda cómo luego los demás convirtieron ese éxodo en una primera experiencia colectiva fundacional. No todos los judíos fueron exiliados en el siglo sexto, pero a partir del siglo quinto quienes deseaban permanecer espiritualmente judíos debían identificarse con el nuevo renacer que tuvo lugar gracias al exilio. Jesús murió casi solo y abandonado, y sin duda que nosotros habríamos reaccionado entonces exactamente igual que Pedro, Santiago y los demás. Pero hoy, de manera sistemática y regular, participamos, proclamándola, en esa muerte de Jesús.

 

Cada comunidad cristiana tiene sus profetas. A menudo mueren solos, abandonados. Y también, rodeados a veces de una gran dosis de ambigüedad.  Ambivalencia y ambigüedad forman parte de nuestro bagaje humano, y sin ellas seríamos literalmente inhumanos. ¿Por qué entonces un deseo exagerado de precisión, así como cierta necesidad ideológica de verdades claras, suelen generar, incluso entre los cristianos, una cierta desconfianza crítica hacia la humanidad de todo lo humano? ¿Por qué, por ejemplo, nos parece mal cuando se dice que Jesús era un aldeano de Galilea, un tanto temperamental, y con defectos evidentes? ¿Cómo asumir el que Juan Pablo II se opusiera a la beatificación de Oscar Romero? ¿Por qué los obispos de Argelia tenían miedo de que se “santificara” excesivamente a sus recientemente beatificados mártires?

 

Al final sin embargo la comunidad termina conservando, asumiendo y venerando sus raíces humanas. Es más, sólo si se conserva el grosor de su humanidad pueden esas raíces hacerse ejemplares. San Agustín es un ejemplo creíble a pesar de que, o mejor aún porque cedió a los chantajes de su madre “Santa” Mónica, y para que no interfiriera en su futura carrera abandonó a la madre de su hijo. Porque Lavigerie, fundador de los padres blancos, tenía una mentalidad de colonizador, sus gestos, como cuando aceptó la República contra la opinión de la mayoría católica, o cuando pidió a los misioneros que se fundieran entre la población viviendo con ella y como ella, se hacen todavía más ejemplares. Esteban era un helenizado. Con su gesto puso innecesariamente en peligro al resto de la comunidad cristiana, y ¡esa comunidad lo ha consagrado como al primero de sus grandes mártires!

 

  1. “Aunque el Altísimo no habita en casas hechas por mano de hombre”
    La capacidad humana para corromper lo bueno es descomunal, en particular cuando se trata de nuestras instituciones. Son numerosos los casos en nuestra tradición judeo-cristiana. ¡Qué contraste entre la ideología monárquica plasmada en el salmo 72, “[El rey] hará justicia a los humildes del pueblo, salvará a los hijos de los pobres”, y la triste realidad que llevó, merecidamente según los profetas, a la desaparición de la monarquía! La tierra había sido el don de Dios a su pueblo. Pero Ezequiel reconocerá, “Hijo de hombre, los de la casa de Israel que habitaban en su tierra, la contaminaron con su conducta y sus obras”. Y porque los judíos habían hecho un mal uso del templo, que, según la tradición deuteronómica, Dios había elegido para que en él habitara su nombre, Jeremías (Jer. 7) proclamará su futura destrucción. El caso de Jeremías es importante por un doble motivo. Primero, porque como en el caso de Esteban, se trata del templo. Y en segundo lugar porque la posición de Jeremías ante sus compatriotas es tan ambigua como la de Esteban. Habitante de Anatoth, Jeremías descendía probablemente de Abiatar, el gran sacerdote que Salomón había expulsado de Jerusalén por haber favorecido a Absalon en la lucha por la sucesión de David. Esteban y Jeremías fueron sin duda personajes “ambiguos”, pero tenían razón. Y el templo mereció ser destruido.

 

Esas historias, aunque sean “antiguas”, nos invitan a preguntarnos: ¿No estaremos también nosotros corrompiendo lo bueno que Dios ha puesto en nuestras manos, la liturgia, los sacramentos, el gobierno de la Iglesia, nuestro modo de “hacer caridad”…?  ¿No debiéramos en ese caso aceptar que sean condenadas a desaparecer?

 

  1. “No toméis camino de gentiles ni entréis en ciudad de samaritanos”. (Mateo 10,5)

Esa es una de las “órdenes” de Jesús que la primera comunidad cristiana, y nosotros tras ella, estaba sintiéndose llamada a “interpretar”, es decir abandonar. Hay otras órdenes que ya no cumplimos: “Ni llaméis a nadie “Padre” vuestro en la tierra”. “El que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos”. Y también hay mandatos de la Iglesia que ya no cumplimos desde hace siglos: “que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de la impureza, de los animales estrangulados y de la sangre” (¡Con lo buena que es la morcilla!). ¿Cuál debe ser entonces nuestra actitud ante las “ordenes” y las “leyes”, las de Jesús y las de la Iglesia? (Ver “La Torah n’est pasa au ciel”, La Croix, 22 noviembre 2018)

  1. “Felipe se encontró en Azoto”.

En el evangelio de Mateo Jesús comienza su predicación en la “Galilea de las Naciones (Mt. 4,5), que es para Mateo una manera de vaticinar la futura desintegración del marco judío clásico en el que se habían movido los primeros discípulos y el mismo Jesús. En los Hechos, Felipe, tras el incidente del Etíope, se encuentra en Azoto y anuncia la Buena Noticia en la zona de Cesárea, región con muchos habitantes no judíos, principalmente filisteos (palestinos). No hay ninguna relación literaria entre estos dos textos de Mateo y de Lucas, pero sí una coincidencia “existencial” muy importante para nuestra vivencia cristiana: los acontecimientos más significativos en la vida de la comunidad cristiana se han iniciado casi siempre en las “fronteras”, allí donde se encuentran culturas y religiones. O, dicho de otra manera, allí donde las fronteras son porosas es donde nuestros grandes líderes, Jesús, Felipe, Pedro, Pablo entre otros, precisamente porque están bien enraizados, encuentran la ocasión de revitalizar aún más sus tradiciones y hacer que éstas se abran dando nacimiento a nuevas realidades vivas. Se trata a menudo de adentrarse en el país del otro para que éste se nos revele y nos obligue a escuchar una vez más al Espíritu que nos anima, a él y a nosotros. Ese fue el caso de la mujer siro-fenicia con la que Jesús se encuentra; del etíope que conversa con Felipe; de Cornelio, al que Pedro visita, y de los habitantes de Antioquía de Pisidia en el caso de Pablo (Hechos 13,14).

 

Pero también puede ocurrir que las personas se revelen ante nosotros y que nosotros nos neguemos a escuchar al Espíritu que nos habla en ellos. Ese fue el drama de algunos judíos cristianos incapaces de imaginar un marco de referencia que no fuera el marco judío. Y es hoy el drama de tantos cristianos que se niegan a dejarse descentrar cuando el Espíritu nos habla desde las distintas periferias sociales, humanas y religiosas.

III-B. 9,1 – 12,25: Pedro y la Misión

 

Como todo historiador, Lucas vive la tensión de su doble lealtad. Por un lado acepta el marco histórico que emerge ya en su tiempo, y en el que Pablo aparece como el gran apóstol de las naciones y Pedro como el garante de la unidad de la Iglesia. Y al mismo tiempo quiere respetar los detalles de esa historia que le transmiten sus fuentes, y que muestran una realidad a la vez diversificada y compleja. El resultado de su trabajo es un documento que traza la apertura gradual de la iglesia, en pequeñas dosis al principio, y luego, tras la reunión de Jerusalén e impulsada por Pablo, a pasos de gigante. Lucas comprende bien cómo durante este período la comunidad habría podido desgarrarse, empujada por el Espíritu de Jesús hacia las naciones, queriendo al mismo tiempo permanecer fiel a la tradición judía del mismo Jesús. De ahí que en la primera parte de los Hechos Lucas intenta presentarnos una comunidad en continuo discernimiento, el presente iluminando constantemente el futuro. Para conseguirlo, tal como ya lo indicamos, Lucas utiliza discursos, párrafos de transición, flashbacks y hasta algunas imprecisiones que parecen a posta: las naciones habían sido prefiguradas en los judíos que observaban la efusión del Espíritu en Pentecostés; Pablo, futuro apóstol de las naciones asistió a la muerte de Esteban. Y no estamos muy seguros de si el Etíope bautizado por Felipe era judío o no…

 

De ahí el título dado a estos capítulos. “Pedro y la Misión”, aunque en ellos se encuentre la conversión de Pablo y, más tarde el nacimiento de la Iglesia en Antioquía. Y es que, en realidad, es la figura de Pedro la que da unidad y cohesión al conjunto. En esto los historiadores modernos están de acuerdo con Lucas cuando nos dicen que fue finalmente la figura de Pedro la que, desde Roma, hizo que la Iglesia aceptara la novedosa misión a las naciones de la que Pablo había sido el principal instrumento, pero no el único protagonista.

 

Estos capítulos nos darán también la ocasión de acercarnos al texto meditando la conversión de Pablo a través del vocabulario bíblico empleado por Lucas, y acompañando espiritualmente a Pedro, con una atención particular a su vocación de garante de la unidad que el Espíritu le impuso.

 

Hechos de los Apóstoles – Anexo 3

Intentando comprender a Pedro

El NT describe ciertos momentos en los que la presencia de extranjeros fue para Jesús la ocasión de salir del marco jurídico y teológico en el que se sentía enraizado. Para explicar cómo Jesús fue capaz de superar la dificultad psicológica que esta apertura debió causarle, podemos recurrir a su vivencia íntima de comunión con un Padre sin fronteras. El Espíritu empuja a cada generación y a cada cristiano a revivir la experiencia de apertura de Jesús. Pero nosotros no somos Jesús, y, observando estos días la realidad de nuestra comunidad cristiana se diría que nuestras tradiciones se han convertido en cadenas y que el empuje descentrador del Espíritu es más necesario que nunca.

 

Y si abrirnos nos es hoy difícil, cuánto más debió serlo para los discípulos de Jesús, ya que la concepción ortodoxa de la Ley había construido entre judíos y gentiles una barrera insuperable. Según el NT Pedro iba a ser, aunque no el motor, sí el garante de la apertura al mundo pagano. Y Hechos 9 a 11 nos presenta la primera ocasión en la que Pedro tuvo que definirse. Para entrar en el espíritu de ese evento podemos preguntarnos cómo vivió Pedro esa experiencia y en qué medida podemos identificarnos con él. Evitando, claro está, construir un Pedro a nuestra imagen y semejanza.

 

Según los historiadores fue en Antioquía en la década de los 40 donde los cristianos comenzaron a expresar sus dudas sobre su herencia religiosa hebrea (ver Anexo 3). Se mantuvo una cierta unidad en torno a Pedro. Pero éste no se opuso suficientemente a los judaizantes y, al mismo tiempo los helenistas que en Antioquía habían precedido a Pablo se quedaron en la ciudad. Al comienzo de esa misma década la comunidad de Roma se sentía ideológicamente afín a la de Jerusalén y a los judaizantes. Pero pronto comenzó a construir su propia personalidad y esto debió generar diferencias con los judíos no cristianos de Roma. Se explica así que Suetonio hable de las peleas entre judíos causadas por un cierto “Chrestus” y que el emperador Claudio expulsara sólo a algunos judíos, entre ellos a Aquila y Priscila.

 

No sabemos cuándo llegó Pedro a Roma por primera vez. Pero la comunidad, que le era ideológicamente cercana, lo aceptó como garante de su unidad. A su vez, Pablo llegó a Roma el año 60, un Pablo más equilibrado (tal como aparece en la carta a los Romanos en la que prepara su llegada) que el Pablo de la carta a los Gálatas. En las décadas siguientes, y tras el martirio de Pedro y Pablo en 65 y la caída de Jerusalén en el 70, la comunidad cristiana considerará a ambos como “cimientos de la Iglesia”. Sin embargo la autoconciencia de la Iglesia se basará ante todo en la vivencia de Pedro en la que se había injertado buena parte del pensamiento de Pablo, en particular su apertura a las naciones. Y Roma se encontrará en adelante en el centro de la Misión.

 

Como es natural, hay influencia mutua entre lo acontecio históricamente y las tradiciones y narrativos evangélicos. A partir del año 70 el evangelio de Marcos se hizo popular en Antioquía. En él se nos presenta a un Pedro práctico y transparente, que ocupa un lugar preponderante entre los discípulos, entre los cuales es siempre el primero tanto por su adhesión a Jesús como por sus incomprensiones y debilidades. Un poco más tarde Mateo, el evangelista de Antioquía, consiguió mantener la unidad de los cristianos gracias al papel esencial que dio a la Comunidad, a la Iglesia. Y en ésta, Pedro desempeña el papel de rabino supremo, punto de referencia y responsable de la unidad. Durante la primera generación las comunidades de Antioquía y Roma son dirigidas de manera colegiada, y Pedro no es una especie de cabeza monárquica como lo será más tarde Ignacio con su gobierno episcopal. Independientemente de la fecha de la redacción final del evangelio de Juan, los especialistas admiten que Juan 21, 15-17 refleja una tradición antigua. En ella Pedro es el Pastor de la Iglesia. El texto indica igualmente en qué consiste la grandeza de Pedro: la conciencia de su propia debilidad. Lucas 5,1-11, siguiendo una tradición diferente, llega a una conclusión parecida: Pedro es el instrumento de la unidad y garante de la futura misión hacia los paganos.

 

Obviamente los textos históricos remodelan siempre a sus personajes, pero no los inventan. A través de los textos del NT aparecen algunos trazos de la personalidad de Pedro.  Es un hombre de la praxis, que una corazonada puede hacerle salir del cuadro jurídico tradicional. Su evolución es ante todo práctica, sólo luego se hace teórica. Casi desde el principio, con Jesús y después, Pedro ejerció de líder, más por su autoridad moral que por su trabajo organizativo. Era un líder cuando acompañaba a Jesús en Galilea, lo fue también en Jerusalén cuando Santiago era el jefe de la comunidad, y en Antioquía y Roma, cuando los ancianos dirigían esas dos comunidades. Y en todas partes, la libertad con la que ejercía su liderazgo brotaba de la conciencia de su propia debilidad.

 

Comentarios

Hechos 9, 1-30: La conversión de Pablo

Para une mejor comprensión de este texto, así como de los otros dos donde aparece el mismo tema (Hechos 5-16; 26: 9-18), conviene tener en cuenta lo que el mismo Pablo escribe a los Gálatas:

“Pablo, apóstol, no de parte de los hombres ni por mediación de hombre alguno, sino por Jesucristo y Dios Padre, que le resucitó de entre los muertos, y todos los hermanos que conmigo están, a las Iglesias de Galacia. Gracia a vosotros y paz de parte de Dios, nuestro Padre, y del Señor Jesucristo, que se entregó a sí mismo por nuestros pecados, para librarnos de este mundo perverso, según la voluntad de nuestro Dios y Padre, a quien sea la gloria por los siglos de los siglos. Amén. Me maravillo de que abandonando al que os llamó por la gracia de Cristo, os paséis tan pronto a otro evangelio -no que haya otro, sino que hay algunos que os perturban y quieren deformar el Evangelio de Cristo-. Pero aun cuando nosotros mismos o un ángel del cielo os anunciara un evangelio distinto del que os hemos anunciado, ¡sea anatema! Como lo tenemos dicho, también ahora lo repito: Si alguno os anuncia un evangelio distinto del que habéis recibido, ¡sea anatema! Porque ¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O es que intento agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo. Porque os hago saber, hermanos, que el Evangelio anunciado por mí, no es de orden humano, 12.pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno, sino por revelación de Jesucristo. Pues ya estáis enterados de mi conducta anterior en el Judaísmo, cuán encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres. Mas, cuando Aquel que me separó desde el seno de mi madre y me llamó por su gracia, tuvo a bien 16.revelar en mí a su Hijo, para que le anunciase entre los gentiles, al punto, sin pedir consejo ni a la carne ni a la sangre, sin subir a Jerusalén donde los apóstoles anteriores a mí, me fui a Arabia, de donde nuevamente volví a Damasco. Luego, de allí a tres años, subí a Jerusalén para conocer a Cefas y permanecí quince días en su compañía. Y no vi a ningún otro apóstol, y sí a Santiago, el hermano del Señor. Y en lo que os escribo, Dios me es testigo de que no miento. Luego me fui a las regiones de Siria y Cilicia; pero personalmente no me conocían las Iglesias de Judea que están en Cristo. Solamente habían oído decir: «El que antes nos perseguía ahora anuncia la buena nueva de la fe que entonces quería destruir». Y glorificaban a Dios a causa de mí. “Luego, al cabo de catorce años, subí nuevamente a Jerusalén con Bernabé, llevando conmigo también a Tito. Subí movido por una revelación y les expuse el Evangelio que proclamo entre los gentiles – tomando aparte a los notables – para saber si corría o había corrido en vano. Pues bien, ni siquiera Tito que estaba conmigo, con ser griego, fue obligado a circuncidarse. Pero, a causa de los intrusos, los falsos hermanos que solapadamente se infiltraron para espiar la libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin de reducirnos a esclavitud, a quienes ni por un instante cedimos, sometiéndonos, a fin de salvaguardar para vosotros la verdad del Evangelio… Y de parte de los que eran tenidos por notables – ¡qué me importa lo que fuesen!: en Dios no hay acepción de personas – en todo caso, los notables nada nuevo me impusieron. Antes al contrario, viendo que me había sido confiada la evangelización de los incircuncisos, al igual que a Pedro la de los circuncisos, pues el que actuó en Pedro para hacer de él un apóstol de los circuncisos, actuó también en mí para hacerme apóstol de los gentiles – y reconociendo la gracia que me había sido concedida, Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas, nos tendieron la mano en señal de comunión a mí y a Bernabé: nosotros nos iríamos a los gentiles y ellos a los circuncisos; sólo que nosotros debíamos tener presentes a los pobres, cosa que he procurado cumplir con todo esmero. Mas, cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión. Pues antes que llegaran algunos del grupo de Santiago, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquéllos llegaron, se le vio recatarse y separarse por temor de los circuncisos. Y los demás judíos le imitaron en su simulación, hasta el punto de que el mismo Bernabé se vio arrastrado por la simulación de ellos. Pero en cuanto vi que no procedían con rectitud, según la verdad del Evangelio, dije a Cefas en presencia de todos: «Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?»” (Gálatas 1,11 – 2,13)
Entre la carta a los Gálatas y las tres versiones de Lucas, hay acuerdo en lo esencial: el perseguidor se convirtió en evangelizador después de una conversión que ocurrió en el camino de Damasco. Pero también hay diferencias: en lo que respecta a la estancia de Pablo en Arabia Saudita; sobre el cuándo y cómo Pablo inició su predicación en Damasco; sobre las circunstancias de su visita a Jerusalén. Muchos autores, dándose cuenta de cómo se escriben estos textos en contextos distintos y con diferentes objetivos, consideran estas diferencias como complementarias y hacen un esfuerzo más o menos acertado para unificar los datos.

 

Lo que aquí nos interesa directamente es el libro de los Hechos y la vida de Pablo tal como la comprendió Lucas. Además, no hay que olvidar que también Pablo da una interpretación personal a su propia vida. Por ejemplo, para subrayar su misión a los Gentiles, atribuye a Pedro, sin matices, la de los circuncisos. Y para realzar su vinculación directa con Jesús, Pablo insiste en su independencia respecto a los apóstoles. Mientras que Lucas, convencido, sí, de la importancia de Pablo en la misión a los Gentiles, pero consciente también de que Pablo no es uno de los doce, hace todo lo que puede para mostrar la relación y la continuidad existentes entre los apóstoles y Pablo.

 

Vamos pues a leer la conversión de Pablo “según Lucas”, teniendo en cuenta lo que Lucas presupone y observa globalmente. Podrá ayudarnos observar el vocabulario que Lucas utiliza. Para ello es aconsejable utilizar las notas de la Biblia de Jerusalén, así como el Vocabulario de Teología Bíblica, con una atención especial a los vocablos siguientes: Discípulos; Camino; Luz; Señor (Jesús); Ver (Dios); Oración; Santos; Nombres de Dios; Lleno del Espíritu Santo.

Hechos 9, 1-43: Pedro en Lida y en Joppe

Algunas tradiciones que Lucas había recibido mostraban a Pedro como un hacedor de milagros (ver He 3, la curación de un tullido en el templo). Lucas retoma esas tradiciones, las une a las de la visita a Cornelio, y las coloca en un contexto más amplio. Las comunidades ya existen en todas partes (v 31), viven en paz después de la conversión de Saulo. Por ello Pedro visita las comunidades para alentarlas y para mostrarse garante de la actividad de sus predecesores, en particular de Felipe, que tras la conversión del Etíope había proclamado la Buena Noticia desde Azoto a Cesárea (He 8,40). Así Lucas, intentando mantenerse fiel tanto a las tradiciones un tanto confusas como a su concepción global de los hechos, menciona ahora sólo a Pedro, aunque en el capítulo 8 se trataba de Pedro y Juan los que habían sido enviados por Jerusalén. Pedro se ha convertido en el principal garante de la Misión.

He 10,1 – 11,18: Conversión de Cornelio

No cabe duda de que la entrada de los paganos en la comunidad hizo que los cristianos judíos se hicieran preguntas. Algunas interesantes: ¿Quién fue el primero que aceptó a los paganos? ¿Felipe? ¿Los Helenistas de Antioquía? ¿Pedro? ¿Pablo? Otras más prácticas: ¿Se puede comer alimentos considerados inmundos? Y una fundamental (ver Gal 2,11-13): ¿Hay que seguir la Ley y evitar el contacto con los incircuncisos, aunque sean cristianos?

 

En este texto, por primera vez sin ninguna ambigüedad posible, Lucas describe la conversión de un pagano y las dificultades morales sentidas por los cristianos judíos. Como ocurre a menudo leyendo Lucas, tenemos la impresión de que está utilizando tradiciones antiguas, pero tan bién amalgamadas que resulta difícil individualizarlas. Así, bien pudiera ser que los “seis hermanos” de He 11,12 fueran el resto de los “siete” mencionados tras la muerte de Esteban, y que Lucas estuviera utilizando aquí una tradición helenista. De modo parecido, la visión de los animales limpios e inmundos puede tener orígenes comunes con la tradición que utiliza Marcos 7: 19-20. Por otra parte la colonia fenicia “Torre de Estratón” fue refundada por Herodes el Grande con el nombre de “Cesárea” (en honor de Augusto). Hasta la revuelta de 66 fue capital oficial de la Judea, y no había en ella normalmente tropas romanas. En Siria se encontraba la Cohors II Militaria Italica. Es pues probable que Lucas haya elaborado de manera anacrónica una tradición sobre la conversión de un soldado, convertido por Lucas en “Cornelio, centurión de la cohorte itálica”.

 

Lo que más importa sin embargo es la impresión causada por el narrativo: si bien la conversión del incircunciso Cornelio es aceptada en Jerusalén como una especie de excepción que confirmaría la regla, en realidad el Espíritu está ya empujando a la comunidad hacia su futura apertura. Y Pedro aparece como el garante de la misma.

 

Hechos 11, 19-30: Fundación de la Iglesia de Antioquía

Llamada hoy Antakia, en el sur de Turquía, cerca de la desembocadura del río Orontes (Nahr al-‘Asi), a unos 40 kilómetros de la frontera con la actual Siria, Antioquía fue fundada por los griegos en el 300 AC. Capital seléucida hasta 64, se convirtió en la capital de la provincia romana de Siria. Albergó a unos veinte mil judíos, a los que Josefo atribuye un nivel importante de proselitismo. Es el lugar donde los incircuncisos fueron bautizados por primera vez en gran número, y los paganos comenzaron a llamar a los discípulos ‘Cristianos’, es decir, los partidarios de “Chrestos”. Pero la ambigüedad de los textos plantea muchas cuestiones de detalle: ¿Se trató de la evangelización de paganos? ¿O de paganos prosélitos del judaísmo? ¿Se les permitió desde el principio permanecer incircuncisos? ¿Vinieron los evangelizadores de Jerusalén? ¿O de Chipre y Creta? Y en ese caso, ¿Se trataría de paganos convertidos o de judíos cristianos? El viaje de Bernabé y Saulo en 11,30 ¿es el mismo que el de Pablo y Bernabé en 15,2? Otra cuestión surge a propósito de 11,20, por la diferencia entre las diferentes versiones. En los textos alejandrinos los chipriotas y cretenses hablan a los “helenistas”, que podrían ser judíos de lengua griega. Mientras que en el TO se trata de hellenas”, griegos no judíos.

 

No cabe duda de que Lucas era consciente de la complejidad de este período inicial de la historia de la Iglesia. De hecho conoce la lista de los profetas y doctores en Antioquía (He 13,1), el origen chipriota de Bernabé y sus lazos con la comunidad de Jerusalén (He 4,36-37), así como su viaje (¿viajes?) à Jerusalén en compañía de Pablo (ver también Gal 2,1). Pero fiel a su línea, introduce el episodio de la fundación de la iglesia de Antioquía como si fuera la continuación directa del martirio de Esteban, preparándolo ya al mencionar a Felipe (He 8,5-40) y a Pedro (9,31-11,18). Y no sólo, sino que el viaje de Bernabé y Saulo a Jerusalén ilustra el papel central de esta comunidad. Es más, al colocar el episodio de la detención de Pedro entre las dos notas sobre Bernabé y Pablo (He 11,27-30 y 12,24-25), Lucas crea la impresión de que ha tenido lugar durante la estancia de Bernabé y Pablo en Jerusalén. Así, sin decirlo explícitamente, Pedro aparece como el garante de la apertura al mundo pagano en Antioquía.

 

Conviene finalmente leer la nota de la BJ sobre 11,20: en la predicación a los paganos se habla más bien del “Señor Jesús”, mientras que a los judíos se anuncia el “Cristo”, más conforme con sus expectativas.

Hechos 12, 1-25: La detención de Pedro

A diferencia de lo narrado en Hechos 4 y 5, las autoridades religiosas no están involucradas en la muerte de Santiago y la detención de Pedro. Es una persecución política de la que ignoramos el motivo. Tal vez, teniendo en cuenta los trastornos causados en Antioquía en 39 y en Roma en 41 tras la presentación de Jesús como el Mesías, “Chrestos”, y de las medidas coercitivas adoptadas por Claudio, Herodes Agripa reaccionó como un buen amigo de Roma, aplicando a su vez lo que allí se hacía. Lo hizo de forma selectiva, centrándose en los responsables, ejecutando a Santiago y encerrando a Pedro, al que liberará más tarde. Esa intencionalidad del rey aparece más claramente en los manuscritos etíopes (que, según Boismard-Larson, reflejan a menudo un texto anciano próximo al texto occidental). En ellos se lee que [Herodes] “hizo matar por la espada a Juan, hermano de Santiago”.  De hecho en los capítulos precedentes Juan y Pedro aparecen juntos como si fueran los más representativos, y sin duda su salida de escena habría clarificado el papel de Santiago, el hermano del Señor (que aparece por primera vez en 12,7), como responsable de la comunidad de Jerusalén. Si las versiones etíopes están en lo cierto, Juan, hijo de Zebedeo y hermano de Santiago, habría muerto pues en Jerusalén. Y el que murió en Efeso sería “Juan el Anciano”, del cual habla Papías (70-163).

 

Lo mismo que en este capítulo 12, también los misioneros son puestos en libertad en Hechos 4, 1-22; 5: 17-42; 16, 19-40. Y en los dos últimos casos también gracias a una intervención sobrenatural. Se trata de un estilo milagrero de contar la historia que Lucas asume. Pero lo más importante para él es que lo sucedido demuestra que nada puede impedir la difusión de la palabra de Dios (v. 24).

 

El final de este capítulo 12 señala el fin de la “Gesta de Pedro” y el inicio de la de Pablo. Sin embargo Pedro aparecerá todavía en el capítulo 15, en la reunión de Jerusalén, que Lucas considera como evento bisagra entre las dos gestas. De ahí que Lucas dé a ese evento tanta importancia como al martirio de Esteban.

 

Hechos de los Apóstoles – Anexo 4

Muerte de Herodes Agripa según dos historiadores

El evento tuvo lugar entre los años 41 y 44, cuando, tras la muerte de Calígula, Herodes Agripa I, nieto de Herodes el Grande y educado en la corte imperial, reinó sobre Samaria y Judea. Probablemente Lucas nos ofrece el relato de su muerte porque, convencido de la calidad de sus fuentes, no quiere pasar la oportunidad de mostrar que es precisamente en la historia concreta de los humanos donde tiene lugar la acción del Espíritu (véase otro ejemplo en Luc 3,1-2). También Josefo describe la muerte de Herodes Agripa I. Leer los dos narrativos nos permitirá tener una idea de cómo trabajaban lo historiadores de la época, tan diferente de la nuestra. Y no nos sorprenderá cuando veamos a Lucas aceptar como históricos algunos hechos, o tratarlos con la libertad con que lo hace.

Hechos 12,20-23 

“Después bajó de Judea a Cesárea y se quedó allí. Estaba Herodes fuertemente irritado con los de Tiro y Sidón. Estos, de común acuerdo, se le presentaron y habiéndose ganado a Blasto, camarlengo del rey, solicitaban hacer las paces, pues su país se abastecía del país del rey. El día señalado, Herodes, regiamente vestido y sentado en la tribuna, les arengaba. Entonces el pueblo se puso a aclamarle: «¡Es un dios el que habla, no un hombre!» Pero inmediatamente le hirió el Angel del Señor porque no había dado la gloria a Dios; y convertido en pasto de gusanos, expiró.”

El texto de Josefo (Ant. xix 8,2)

Hacía tres años que [Herodes] reinaba en toda Judea, cuando se dirigió a la ciudad de Cesárea, que anteriormente se llamaba la Torre de Estratón. Allí hizo celebrar espectáculos en honor del César, pues estaba informado de que se habían instituido días festivos para su salud. A esta festividad acudió un gran número de personas de toda la provincia, así como los más importantes dignatarios. En el segundo día de los espectáculos, cubierto con una vestidura admirablemente tejida de plata, se dirigió al teatro a primeras horas de la mañana. La plata, iluminada por los primeros rayos solares, resplandecía magníficamente, reluciendo y deslumbrando con aterradores reflejos a quienes lo miraban. Los aduladores comenzaron a lanzar exclamaciones que no eran nada buenas para Agripa, llamándolo dios y diciéndole: —Senos propicio, y a pesar de que hasta ahora te hemos reverenciado como a un hombre, en adelante te contemplaremos como superior a la naturaleza mortal. El rey, sin embargo, no reprimió ni rechazó su adulación. Poco después, al levantar los ojos a lo alto, vio sobre su cabeza un búho encaramado sobre un cable. Dióse cuenta de inmediato que su presencia le anunciaba males, así como anteriormente le había anunciado el bien; y se afligió profundamente. Empezó a sentir dolores en el vientre, violentísimos desde el comienzo. Dirigiéndose a sus amigos les dijo: —He aquí que ahora yo, vuestro dios, me veo obligado a salir de esta vida, pues el destino ha querido probar inmediatamente que eran mentira las palabras que se acaban de pronunciar. Yo, a quien habéis llamado inmortal, ya estoy en las manos de la muerte. Pero debemos obedecer al destino, cuando así parece a Dios. No he llevado una vida despreciable, sino de esplendorosa felicidad. Después de decir estas palabras, su dolor se acrecentó. Se hizo llevar en seguida al palacio; por la ciudad se esparció el rumor de que estaba a punto de morir. De pronto la gente del pueblo, con sus mujeres e hijos, revestidos de cilicios según la costumbre nacional, se puso a rogar a Dios. Por todas partes se oían lamentos y llantos. El rey, que yacía en un elevado solario, al verlos desde lo alto postrados de cara al suelo, no pudo reprimir las lágrimas. Finalmente, después de sufrir dolores abdominales durante cinco días continuos, murió, siendo de edad de cincuenta y cuatro años y en el séptimo de su reinado.

 

 

 

Reflexiones

 

  1. ”Lo que Dios ha purificado, no lo llames tú profano”

Mis vivencias en Túnez y en Europa, me han convencido de la importancia de las relaciones interpersonales a la hora de superar algunos de nuestros numerosos “pre-juicios”. Y en esto, la experiencia enseña que, en general, la vivencia precede a su articulación. No abandonamos nuestros prejuicios por un razonamiento, sino porque el encuentro con el otro, o las experiencias que compartimos con él, han hecho que el abandono de ciertos prejuicios aparezca como algo natural y espontáneo. Tengo un amigo agnóstico. Hemos trabajado y sufrido juntos. Discrepamos en muchos puntos, en el tema de la eutanasia, por ejemplo. Pero sé que es honrado, honesto, correcto, espiritual incluso. Y ninguna teología, ni lo que me digan mis compañeros cristianos, hará que desparezca lo mucho que lo aprecio…

 

Pero para articular nuestras vivencias necesitamos puntos de referencia. No hace falta que su articulación sea necesariamente o exclusivamente racional. Se tratará a menudo de gestos simbólicos y puede que hasta de silencios. De ese modo, Pedro, Marcos o Mateo al realizar que estaban viviendo en comunión con los Gentiles, comprendieron algunos gestos de Jesús, cuyo significado se les había quedado oculto hasta entonces: cómo Jesús habían aceptado hacerse impuro al tocar a leprosos o a la mujer con el flujo de sangre; la sagacidad con la que había presentado a samaritanos y paganos como modelos de fe y confianza en Dios… Y de ahí que Pedro fuera capaz de comprender lo que estaba sucediendo en casa de Cornelio. Por algo le había seguido a Jesús desde Galilea a Jerusalén, por caminos que pasaban por Tiro y Sidón y por aldeas de samaritanos…

 

En Túnez he conocido a musulmanes honrados, abiertos, hombres y mujeres de oración, pero que sabían gozar de un buen vino en compañía. Se decían “buenos musulmanes”. ¿Con que derecho les podría yo llamar hipócritas? Entre nosotros, muchos se dicen “creyentes no practicantes”; que creen en Jesús pero no en la Iglesia; que aprecian los esfuerzos de Caritas pero no lo que ellos califican como “hipocresía de los curas”… ¿Con qué derecho podría juzgarlos? Además, el que la mayoría de los europeos sean agnósticos, no impide que la democracia funcione en Europa menos mal que en otros lugares (a veces más “religiosos”), que haya menos injusticias, y que se ayude tanto a los más desfavorecidos. ¿No tendría entonces que darle gracias a Jesús porque su Espíritu está actuando “entre los Gentiles”?

 

  1. “Pregunta en casa de Judas por uno de Tarso llamado Saulo; mira, está en oración”.

Lucas, aún más que los otros evangelistas, menciona a Jesús en oración, especialmente en los momentos importantes (Lucas 3,21; 6,12; 9,18; 11,1; 22,32; 23,34; 23,46…). Como Jesús, también los cristianos rezan en el libro de los Hechos: 1,14.24; 2,42; 4,24-30; 6,4; 12,5…

 

Lucas no describe el estado de ánimo de Pablo en el momento de su conversión, pero podemos imaginarlo; deslumbrado por Jesús y físicamente ciego; dándose a Jesús pero sin comprender nada de lo que está ocurriendo; desamparado; dependiente; probablemente angustiado al intuir que su vida va a cambiar completamente… Y entonces, en oración. Para acompañarle en esa oración nos podemos servir de su carta a los Romanos, 8,18-27:

“Porque estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación, en efecto, fue sometida a la vanidad, no espontáneamente, sino por aquel que la sometió, en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros, que poseemos las primicias del Espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior anhelando el rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es en esperanza; y una esperanza que se ve, no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? Pero esperar lo que no vemos, es aguardar con paciencia. Y de igual manera, el Espíritu viene en ayuda de nuestra flaqueza. Pues nosotros no sabemos cómo pedir para orar como conviene; mas el Espíritu mismo intercede por nosotros con gemidos inefables, y el que escruta los corazones conoce cuál es la aspiración del Espíritu, y que su intercesión a favor de los santos es según Dios.”

  1. “Al ver que esto les gustaba a los judíos, llegó también a prender a Pedro”

Herodes ejecutó a Santiago y apresó a Pedro, no a causa de Jesús, sino porque convenía a su política. Como cualquier otra minoría, los cristianos le sirvieron de moneda de cambio. Pobres, marginales en sus creencias, agrupados alrededor de una docena de campesinos galileos, vulnerables, fue fácil usarlos como chivo expiatorio. La historia, no sólo la del cristianismo, está repleta de casos semejantes. ¡Qué barata se vende la vida de los pobres!

 

Los cristianos, o por lo menos Lucas, no ignoraban lo que estaba ocurriendo. “Hizo morir por la espada”, escribe Lucas, a sabiendas de que la “espada” era en aquella época un instrumento de gobierno y no de confrontación religiosa. Los cristianos por su parte, vivían la persecución y el sufrimiento “en el nombre del Señor”. “Hagáis cualquier cosa, hacedlo todo para gloria de Dios”, escribe Pablo a los corintios (1Cor 10,31). “Y todo cuanto hagáis, de palabra y de obre, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús, dando gracias por su medio a Dios Padre” (Col. 3,7). Los cristianos sabían que encarcelando a Pedro, era a Jesús a quien Herodes había encarcelado. “En verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a mí me lo hicisteis” (Mat 25). Lo cual ha dado sentido a la reciente beatificación de los 19 mártires de Argelia, asesinados por los islamistas junto a otros doscientos mil hermanos suyos musulmanes.

 

 

 

 

IV- Hechos 13,1 – 15,40: La Misión de Bernabé y Pablo

Es imposible precisar en qué momento la “misión a los Gentiles” se convirtió en una realidad independiente de la “predicación a los judíos” que caracterizó los primeros años de la iglesia. De todos modos, fue sobre todo en Antioquía (véase el comentario a Hechos 11: 19-30), en tiempos de Bernabé y Pablo, donde esa misión comenzó a desarrollarse con fuerza. En su versión de lo acaecido, Lucas presenta el episodio de Antioquía de Pisidia (Hechos 13) como un momento clave de esa evolución. Desde un punto de vista histórico está claro que como consecuencia de su actividad misionera en Antioquía, la joven comunidad tuvo que definirse sobre su “judaísmo”, y que en Jerusalén la “Misión a los Gentiles” fue comprendida como “Misión a los incircuncisos”. Hechos 13-14 relata, alrededor del episodio de Antioquía de Pisidia, el primer viaje misionero de Pablo y Bernabé. Hechos 15 expone la polémica que sigue, la reunión de Jerusalén y sus primeras consecuencias.

Las cartas de Pablo y el evangelio de Mateo atestiguan lo mucho que la apertura a los Gentiles sacudió a la comunidad. La crisis sin embargo no pudo romper la unidad de la iglesia, y Lucas está en lo cierto al presentarnos en retrospectiva una imagen bastante conciliadora de las comunidades de Antioquía y Jerusalén. Conviene sin embargo considerar la vehemencia de las disputas personales, especialmente entre Pedro y Pablo, representantes si podemos decirlo, del “centro derecha” y “centro-izquierda” de la Iglesia de esa época. Lucas ignora esa controversia, pero Pablo la menciona explícitamente: “Cuando vino Cefas a Antioquía, me enfrenté con él cara a cara, porque era digno de reprensión. Pues antes que llegaran algunos del grupo de Santiago, comía en compañía de los gentiles; pero una vez que aquéllos llegaron, se le vio recatarse y separarse por temor de los circuncisos. Pero en cuanto vi que no procedían con rectitud, según la verdad del Evangelio, dije a Cefas en presencia de todos: «Si tú, siendo judío, vives como gentil y no como judío, ¿cómo fuerzas a los gentiles a judaizar?»” (Gal 2). Sí que menciona Lucas la separación entre Bernabé y Pablo: “Se produjo entonces una tirantez tal que acabaron por separarse el uno del otro: Bernabé tomó consigo a Marcos y se embarcó rumbo a Chipre; por su parte Pablo eligió por compañero a Silas” (Hechos 15,39). Es muy probable que no fuera sólo una cuestión de personas, sino que en el conflicto sobre el carácter judío de la joven iglesia, la posición de Bernabé estuviera cerca de la de Pedro. El hecho es que tras la separación, Bernabé desaparece del libro de los Hechos.

Lo más importante fue sin embargo el que no se rompiera la unidad entre los principales actores de la Misión. A pesar de la separación, Pablo defiende a Bernabé: “¿No tenemos derecho a llevar con nosotros una mujer cristiana, como los demás apóstoles y los hermanos del Señor y Cefas? ¿Acaso únicamente Bernabé y yo estamos privados del derecho de no trabajar?” (1Cor 9,5). Y, aparentemente se reconcilia con Marcos: “Os saludan Aristarco, mi compañero de cautiverio, y Marcos, primo de Bernabé, acerca del cual recibisteis ya instrucciones. Si va a vosotros, dadle buena acogida.”

A partir del capítulo 16 el libro de los Hechos se centra en las misiones de Pablo. Pero el lugar importante que ocupa hoy Pablo en los escritos del Nuevo Testamento no prueba que, a los ojos de los cristianos de su generación, él fuera ese gran personaje que es hoy para nosotros. Los historiadores opinan que la iglesia de Antioquía no abrazó su línea, sino la más conciliadora de Pedro y Bernabé, consolidada luego en el evangelio de Mateo, adoptada también en Jerusalén y Roma, y ratificada por la generación siguiente en Antioquía gracias a los esfuerzos de Ignacio. Pero, una vez más, -y eso se refleja en el libro de los Hechos y en la carta de Pablo a los Romanos-, aunque Pabló se alejara un tanto de Antioquía, nunca se consideró independiente de Jerusalén o de Roma. Y fue precisamente gracias a Roma que Pablo fue asumido con Pedro como apóstol de la Iglesia Universal. Lucas lo entendió así, y por eso le dedica la segunda parte del libro de los Hechos. Y no cabe duda de que también eso contribuyó mucho a que la Iglesia asumiera las principales convicciones de Pablo.

 

IV-A 13,1 – 14,28: La Misión de Bernabé y Pablo

 

Durante el “primer” viaje (Hechos 13-14) “Bernabé y Pablo” se convierten en “Pablo y sus compañeros” (Hechos 13,13), una indicación de la multiplicidad de las fuentes que subyacen en el texto de estos dos capítulos. Con respecto a esas fuentes, las opiniones están muy divididas. Así por ejemplo Lüdemann (Das frühe Christentum nach den Traditionen der Apostelgeschichte. Ein Kommentar, Göttingen 1987, p 171) mantiene que, para estos capítulos, no hubo más redacción que la de Lucas. Mientras Boismard defiende la existencia de cinco fuentes.

A diferencia de lo que ocurre con los considerados como “segundo” y “tercer” viaje de Pablo, en el caso de este primero apenas si hay indicaciones fuera del libro de los Hechos, con la excepción de la alusión en 2Tim 3,10 a los esfuerzos de Pablo en Antioquía (de Pisidia), Icono y Listres. Y es probable que los recuerdos de varios eventos más o menos relacionados constituyan la base de lo que Lucas narra aquí. En primer lugar es posible que algunos cristianos de Antioquía, tal vez entre los mencionados en 13,1 e incluyendo a Bernabé y Pablo, hayan recorrido la isla de Chipre con escasos resultados, a excepción de la conversión del procónsul pagano. También es posible que Pablo y sus compañeros hayan permanecido algún tiempo (¿los años mencionados en Gálatas 1,21 y 2,1?) en Panfilia y Pisidia. El texto de Lucas da la impresión de que fue durante ese tiempo, cuando la entrada de los paganos en la comunidad dejó de ser una excepción y se convirtió en algo normal. Dada la enorme importancia que esto tuvo para la comunidad, no hay que extrañarse si desde el principio ese evento fue asimilado y explicado de maneras diferentes, no necesariamente contrapuestas. Tres explicaciones aparecen en estos capítulos:

El discurso en Antioquía de Pisidia (13, 17-39) presenta Jesús a los judíos como descendiente de David. E independientemente de cual haya sido la fuente de ese texto o de cómo haya sido redactado, el hecho es que encontramos coincidencias con el discurso de Pedro en Pentecostés (Hechos 3,20-21.25: Jesús es el restaurador del Reino) y con el de Esteban (7,2ss: Jesús es el nuevo Moisés). Los tres discursos aluden a la promesa hecha a Abraham y al pacto que continuó a través de José, Moisés y David.

Una segunda explicación aparece en 13, 42-52, especialmente en la versión del TO. El éxito de la predicación es tal que desborda a la comunidad de judíos y prosélitos y se extiende al mundo pagano. Esto provoca la envidia de los judíos y Pablo tiene que justificarse. Lo hace citando a Isaías 49,6. Lucas completa el argumento de Pablo mencionando en 14,2 la persecución a la que los misioneros son sometidos. Ese argumento es más patente en la versión del TO: “promovieron una persecución contra los justos pero el Señor dio rápidamente la paz”, alusión al salmo 34, 16-20. Es decir que los Gentiles entran en la comunidad porque los apóstoles han seguido el mismo camino de Jesús, que les lleva al triunfo a través de la persecución.

 

Finalmente, en ese contexto de apertura al mundo pagano, Lucas introduce la conversión de un oficial romano, a la que se opone un mago judío, considerada como un preludio de la conversión generalizada de otros incircuncisos.

 

 

 

Comentarios

Hechos 13, 1-5: La Misión

Una vez más la obra de Lucas se parece a una novela histórica cuyo fondo está muy bien documentado. Aunque no podemos relacionar los primeros versos con hechos históricos precisos, nos dan sin embargo informaciones interesantes sobre la comunidad de Antioquía. La presencia de Manahén “hermano de leche de Herodes” indica una comunidad en la que ya hay miembros de un cierto standing. El vocabulario solemne que imita al de la Septuaginta, “Mientras estaban celebrando el culto del Señor”, equipara la oración cristiana al culto de la antigua Ley, y la presenta como esencial a la hora de discernir y abrirse al Espíritu. La mención de “profetas” y “doctores” muestra una comunidad todavía conducida por líderes carismáticos, los profetas y maestros de los que se habla, junto con los apóstoles, en 1 Corintios 12,28, y que no necesita de los obispos y diáconos que aparecerán en la Didaché y en la organización de la Iglesia en tiempos de Ignacio.

Desde la perspectiva adoptada por Lucas los eventos que se llevarán a cabo más adelante son el resultado de la iniciativa y el trabajo del Espíritu. El Espíritu envía en misión y la comunidad tiene que asumirlo. El momento es tan solemne que tiene lugar en dos etapas, ambas acompañadas por la oración y el ayuno. Obra del Espíritu, la llamada de los Gentiles llegará a pesar de que la intención de los enviados parece ser la de anunciar la palabra de Dios tan sólo en las sinagogas (13,5). Lucas menciona la presencia de Juan (Marcos). Pero éste es solo un ayudante, y no es enviado de la misma manera que Bernabé y Pablo. Y por eso su retorno a Jerusalén (véase 13,13; 15.39) no es considerado como una negativa a la llamada del Espíritu.

Hechos de la Apóstoles – Anexo 5

Didaché (Didakhé)

El texto original de “La Enseñanza de los doce apóstoles”, o “Enseñanza del Señor a las naciones por medio de los doce apóstoles”, o “Didaché”, se conoció en 1873, tras el descubrimiento en Constantinopla de un manuscrito del siglo XI, ahora en la biblioteca del Patriarcado Griego de Jerusalén. Tras la publicación de ese texto en 1883 la Didaché despertó gran interés, por tratarse de un texto antiguo, y por las cuestiones que ha suscitado y que están todavía sin resolver. El manuscrito lleva un doble título. En el texto, bastante breve, se distinguen tres partes: una enseñanza moral con el tema de los “dos caminos” (I – VI); una sección litúrgica VII – X); y una tercera parte disciplinar (XI – XV). No se trata de una catequesis bautismal, sino de una colección de instrucciones de un “apóstol” (misionero) a las comunidades. Y como otras colecciones similares, se reclama de la tradición y autoridad de los Doce Apóstoles.

Los especialistas no se ponen de acuerdo sobre la fecha en la que la Didaché pudo ser escrita. Por algunas semejanzas con la Carta de Bernabé y con el Pastor de Hermas, hay quienes la colocan entre 120 y 160. Otros creen observar en ella trazas de montanismo, lo que la llevaría al inicio del siglo III. Estudios recientes indican que su autor ha podido utilizar una catequesis judía, y el tema de los dos caminos encuentra paralelos en los escritos de Qumrán. De ahí que lo más probable es que fuera escrita a finales del siglo I, probablemente en Siria o Palestina.

En todo caso, la situación descrita por la Didaché refleja tiempos muy antiguos: Cristo es llamado “Servidor de Dios”. “Profetas”, “apóstoles” y predicadores itinerantes ocupan un lugar importante junto a la jerarquía “sedentaria” de obispos y diáconos. El bautismo se administra en aguas corrientes, pero ya, claramente “En el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo”. Las oraciones de acción de gracias de los capítulos IX y X, muy parecidas a oraciones judías, son oraciones con las que se bendice la mesa. La liturgia eucarística (“Fracción del Pan”, “Día del Señor”) aparece sólo en el capítulo XIV. Tiene que precederla la confesión de los pecados (que no es, evidentemente, el sacramento de la confesión).

La Didaché fue considerada como “Escritura” por los padres de Alejandría Clemente, Orígenes y Atanasio.

 

Hechos 13, 6-13: Sergio Paulo y Bar Jesús

No hay duda de que la impresión general que uno saca leyendo los capítulos 13-14 es históricamente correcta. Pero en lo concerniente al contenido concreto de esos capítulos, es probable que el incidente de Bar-Jesús sea el único que Lucas encontró en sus fuentes. Consciente de que algunos lectores conocerían el arameo y que harían la conexión semántica entre Bar-Jesús y Jesucristo, Lucas no pudo haber inventado ese detalle. “Magos” era originalmente entre los medos un miembro de la casta sacerdotal. Pero en tiempos de Lucas su significado oscilaba entre mago filósofo y mago charlatán. En teoría la magia estaba prohibida entre los judíos (así como en la Didaché 2.2), pero en el Mediterráneo se conocían magos judíos, algunos bastante populares. Por otra parte ningún texto antiguo habla de Sergius Paulus como procónsul de Chipre. Pero la familia Sergi Pauli familia aparece en las inscripciones de la época. Probablemente eran de origen italiano, con propiedades rurales en Galacia, y familiares en Antioquía de Pisidia.

Más allá del origen y significado de las tradiciones que Lucas haya empleado, el incidente corrobora su visión de la historia de la iglesia primitiva. La conversión de un procónsul aparece como una apología de la vía cristiana. Y no es una coincidencia el que el nombre de Pablo (probablemente su cognomen, diferente del praenomen y del nomen), como ciudadano romano aparece en este momento, cuando Pablo está a punto de convertirse en el actor principal de la misión de la Paganos. Puesto que se opone al kerygma cristiano, el mago es considerado automáticamente como “pseudoprophetes”. El vocabulario que utiliza Pablo en su discurso es muy bíblico, pero también mediterráneo y semita.

 
Hechos 13,13-52: Antioquía de Pisidia
Colonia Caesarea

Antioquía de Pisidia se encontraba cerca de la moderna Yahvaç. Fundada por los seléucidas en el mismo período que la Antioquía junto al Orontes, se convirtió en Colonia Caesarea en el año 25 AC. Centro militar y administrativo romano de Galacia del Sur, fortaleza natural a 1200 metros sobre el nivel del mar, baluarte contra las tribus montañesas de la Pisidia, era también centro de las comunicaciones hacia la Galacia. Esto explicaría por qué los misioneros escogieron esta zona aparentemente alejada. El libro de los Hechos es el único documento que menciona la presencia de judíos en la ciudad. Pero había muchos en la región, porque los Seléucidas, considerándolos sujetos leales, habían instalado en Asia Menor a dos mil familias procedentes de Mesopotamia (Josefo Ant XII, 3-4).

Inscripciones y textos judíos mencionan a los “temerosos de Dios”, los “prosélitos” de 11,43.  Aunque el término es ambiguo porque a veces los judíos se lo aplican a sí mismos, se trata en numerosos casos de no judíos que, sin haber seguido todos los pasos de la conversión, participan en la vida de la sinagoga. Ellos jugaron un papel importante en el pasaje del Evangelio del mundo judío al de los incircuncisos.

 

Poco a poco

“Y pregunto yo: ¿Es que han tropezado para quedar caídos? ¡De ningún modo! Sino que su caída ha traído la salvación a los gentiles, para llenarlos de celos. Y, si su caída ha sido una riqueza para el mundo, y su mengua, riqueza para los gentiles ¡qué no será su plenitud!” (Romanos 11,11-12). Lucas coloca la conversión de los Gentiles en el mismo marco teórico que Pablo: del rechazo judío a la misión a los Gentiles. Pero Lucas lo presenta como una historia que se desarrolla poco a poco. La acción pasa de Chipre a Asia Menor, y Pablo se convierte en el principal actor. La conversión de Sergius Paulus aparece como una especie de primicia. Y el discurso de Pablo suena a discurso programático, un poco como el de Jesús en Nazaret (Lucas 4: 16-30). Y hacen falta dos sábados para que el proyecto de Dios, hecho de anuncio, rechazo y progreso se haga evidente.
El discurso de Pablo

Por su importancia en el libro de los Hechos y por el comentario al AT en el que se basa, este discurso es comparable a los de Pedro (Hechos 3) y Esteban (Hechos 7). De ahí que algunos comentaristas (p.e. Boimard) sugieren que los tres discursos estaban ya juntos en una de las fuentes de Lucas. Otros sin embargo (Richard Dillon en el Jerome Biblical Commentary) consideran que todo el capítulo ha sido compuesto por Lucas.

Tres introducciones (vv 16.26.38) dividen el texto en tres secciones: un resumen del A. T., tiempo de la promesa; su realización en el kerygma de Jesús, proclamado con una terminología petrina; y la invitación final a creer y arrepentirse. En la teología de Lucas la realización sigue a la promesa. Pero no están concebidas como dos períodos separados: el “evento Jesús” (realización) pertenece a la historia de Israel (promesa), y en el “nosotros, sus hijos” (v.33) están incluidos todos los hijos de Israel. Para Lucas, como para Pablo, Jesús, y no la Ley, es el instrumento de salvación (vv.38-39). Pero Lucas no es Pablo, y en este discurso no aparecen los matices paulinos sobre la justificación y el perdón (Romanos 3,20; 6,7; 1Cor 6,11).

 

Un punto de inflexión

Es probable que en este texto Lucas sigue una tradición según la cual Pablo habría sido expulsado de Antioquía. Pero en conjunto, se trata de una reflexión teológica presentada como historia, y escrita con mucho talento (la invitación a hablar una segunda vez, celos judíos, la audacia de los apóstoles…). Nos encontramos ante un punto de inflexión en la historia de la salvación, y Lucas lo justifica como una realización de la profecía de Isaías. La alegría (v.48) es algo que impregna el conjunto de la obra de Lucas.

 

Hechos 14,1-28: Evangelización de Iconio y fin de la misión
Iconio: un resumen hecho por un historiador

Los versículos 1-7 son un resumen en el estilo al que Lucas nos tiene acostumbrados: prestancia en el hablar, divisiones, sufrimientos, huida… que acompañan siempre a la difusión de la Buena Noticia. Dos puntos interesantes. En primer lugar, que los resúmenes interpretativos de Lucas no suelen contradecir los datos históricos. Solía mostrarse el versículo 6, “huyeron a las ciudades de Licaonia, Listra, Derbe y sus alrededores. Y allí se pusieron a anunciar la Buena Nueva”, como ejemplo de ignorancia geográfica (y excesiva imaginación) por parte de Lucas. Lucas da la impresión de que dejando Iconio Pablo pasa de la región de Frigia a la de Licaonia, lo que contradiría a los autores romanos que del punto de vista administrativo consideraban Iconio dentro de la Licaonia. Jenofonte, que acompañó a Ciro en su expedición (La “expedición de los 10.000 en 400AC), coloca Iconio dentro de Frigia. Y epitafios y escritos muestran que los habitantes de Iconio siguieron considerándose como habitantes de Frigia hasta finales del siglo 2. El segundo punto es que, leyendo el capítulo 14 tenemos la impresión de haber pasado el punto de inflexión y de encontrarnos con una misión a los gentiles aceptada como tal: “Y hablaron de tal manera que gran multitud de judíos y griegos abrazaron la fe” (14,1).

 

Curación de un tullido

Sin duda Lucas edita aquí materiales tradicionales. La escena se asemeja a la de la curación del tullido en Hechos 3, pero ahora en un contexto totalmente pagano. Los historiadores confirman que en la región se daba culto a Zeus y Hermes. Y el incidente tiene su equivalente en la leyenda transmitida por Ovidio (Metamorfosis viii 610-715) de la hospitalidad ofrecida por Baucis y Filemón a Júpiter y Mercurio, aparecidos en forma humana. Porque Hermes era portavoz de Zeus, su identificación con Pablo concuerda con la impresión que Lucas quiere transmitir del apóstol. La reacción de Bernabé y de Pablo refleja la costumbre judía, pero también griega, de rasgar las vestiduras cuando se quería rechazar un homenaje público. El pequeño discurso de Pablo tras el incidente parece obra de Lucas. Se diría que presagia el del Areópago (He 17,23-31). No tiene un contenido específicamente cristiano, pero el vocabulario del v. 15 recuerda al de 1Tes 1,9.

 

Vuelta a Antioquía de Siria

Como ocurre a veces con Lucas, los detalles geográficos y el marco histórico son correctos, incluso si los detalles narrados a partir del v. 21 no lo sean del todo. Es difícil imaginar un regreso casi de inmediato, tan pacífico y fructífero, a lugares de los que acababan de ser expulsado medio muertos. Ante la presencia de Bernabé y el hecho de que estaban bajo el mandato de Antioquía, la elección de los ancianos de las comunidades es muy plausible, pero la mayoría de los comentarios sugiere que probablemente Lucas inserta aquí costumbres que se habían convertido en normales cuando escribió su obra.

 

 

 

Reflexiones

 

  1. “A vosotros en primer lugar… pero nos volvemos a los gentiles”

Hechos 13 me hace pensar en el comienzo de la carta a los Hebreos: “Muchas veces y de muchos modos habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas; en estos últimos tiempos nos ha hablado por medio del Hijo”. La eterna tensión entre el pasado y el presente/futuro, y la necesidad de abrirse sin renunciar a las raíces. Los primeros cristianos no rechazaron su judaísmo, no olvidaron sus ancestros Abraham, Moisés o David, ni siquiera después de aceptar la apertura a los Gentiles que les había impuesto el Espíritu de Jesús. También en el discurso de Atenas Pablo da la impresión de invitar implícitamente a los paganos a no olvidar sus raíces. Pero por otra parte tanto en Pablo como en Lucas encontramos la llamada a una vida nueva, a un nuevo nacimiento. ¿Pero cómo comenzar una vida nueva sin abandonar su pasado? La fórmula que Mateo pone en boca de Jesús, “No he venido a abolir sino a dar cumplimiento”, parece perfecta a primera vista. No tanto cuando queremos darle un contenido concreto. ¿Qué parte de mi pasado serían esas raíces de las que ni puedo ni debo cortarme? ¿No está acaso eso que llaman “pecado original”, esa debilidad y esa corrupción que contaminan todo lo que los humanos tocan, íntimamente en mis raíces? ¿Podemos aquí y ahora separar la cizaña del trigo que crecen en lo más profundo de nosotros mismos? ¿Es Dios capaz de humanizar todo mi pasado? ¿Y mis ancestros? ¿Tendrán razón los mormones cuando bautizan a los antepasados más distantes?

A pesar de nuestras dudas, el hecho es que el “duc in altum” que contra todo realismo precede a la pesca milagrosa (Lc 5,4) reaparece en la historia de la Iglesia: el “nos volvemos a los Gentiles” del capítulo 13, y el “Pasa a Macedonia” de He 16,9. Una puerta se cierra y el Espíritu abre otra, tal es la metodología divina según Lucas. Es decir, que el árbol está enraizado y bien alimentado, crecerá aunque sea retorciéndose para contornar los obstáculos. La forma externa del árbol es lo menos importante, con tal de que permanezca vivo y creciendo. Y en ese caso, ¿Cuáles serían los obstáculos a través, o alrededor de los cuales el Espíritu quiere conducir a la Iglesia… si ésta está bien enraizada y alimentada?

 

  1. 23. “Nosotros somos también hombres, de igual condición que vosotros»

Pablo y Bernabé impiden que se les tome por dioses. No quieren colocarse en el centro. No son salvadores. Sólo Jesús lo es, sólo él está en el centro: “¿Acaso fue Pablo crucificado por vosotros?”. La eterna tentación de quienes se saben, y con razón, instrumentos de la acción de Dios. Pero olvidan que sólo son eso, instrumentos. Y nada hay peor que la corrupción de lo bueno. El clericalismo existirá mientras haya clérigos que se olviden que Jesús es el único Sacerdote. Y lo malo es que el “clericalismo”, es decir la existencia de múltiples sacerdotes” se ha institucionalizado. ¿Y los padres que quisieran formar a sus hijos a su imagen y semejanza, olvidándose de que cada ser es único y sólo Dios merece ser llamado Padre? La reacción de Pablo es impresionante, y la completa en esa misma carta a los Corintios: “Ha escogido Dios más bien lo necio del mundo, para confundir a los sabios” (1Cor 1,27). Impresionante… al menos en teoría. Porque también Pablo cae a veces en la tentación de sentirse “prima donna” y de enfadarse seriamente cuando los demás no lo reconocen por lo que es.

 

 

 

 

IV-B. Hechos 15,1 – 15,40: Jerusalén

 

Es indiscutible que la cuestión de su judaísmo y del rol de la Ley, que Lucas introduce aquí en forma de narrativo, fue el gran problema con el que se confrontó la primera comunidad cristiana. Si no tenemos esto en cuenta, resultan incomprensibles la mayoría de los escritos paulinos y los evangelios de Mateo y Juan. Hacer frente a ese problema era como entrar en un terreno minado. ¿Quién no querría imitar a Jesús, que era sin duda un judío piadoso, copiar los pequeños detalles de su comportamiento y cumplir así con la Ley? Pero por otra parte, alentar la “Ley del Espíritu” (Rom 8,2), la “Ley de Cristo” (Gal 6,3) e incluso el “mandamiento nuevo” (Juan 13,34), ¿no equivaldría a introducir por la puerta trasera esa Ley que habían expulsado por la puerta principal?

 

Esa disyuntiva sigue siendo de actualidad. Nuestra naturaleza humana tiende hacia lo fácil. ¿No debiéramos en consecuencia asegurarnos de que nuestra libertad “no sea pretexto para la carne (Gal 5,13)? ¿No son acaso las obras las que tiene que mostrar nuestra fe (Santiago 2,18)? Son preguntas que aparecen regularmente en la historia de la comunidad cristiana en la controversia sobre naturaleza y gracia, y que condicionan la oposición católica al Donatismo, al Pelagianismo, al Jansenismo… ¿Son nuestras buenas obras las que hacen que nos salvemos? ¿Es nuestra fe en Jesús?

Esas preguntas adquieren una coloración particular cuando se discute hoy sobre la identidad cristiana. ¿Qué hace falta para que uno pueda decirse “cristiano”? ¿El deseo de intimidad con Cristo manifestando en la práctica de los sacramentos? ¿Se puede ser cristiano sin seguir las directrices de la Iglesia en el terreno de la justicia y de la paz, en el de la ayuda al desarrollo de todos los pueblos, y el de la moral sexual? ¿Son cristianos aquellos, hoy numerosos, que no “practican”, o puede que se piensen agnósticos, pero que sí desean una formación “cristiana” para sus hijos, por los valores éticos que esta comporta?

 

La complejidad de la Historia.

La cuestión del “judaísmo” de la comunidad cristiana ni apareció ni se resolvió de repente. En casos como éste, los buenos historiadores tienen que buscar los hilos conductores de la Historia. Y tienen que hacerlo sin traicionar los acontecimientos o simplificarlos en exceso. Y en eso, ¡Lucas es un maestro! Decidió enfocar la cuestión del judaísmo a partir de un punto central, la reunión de Jerusalén. Otros hubieran podido presentarla alrededor de dos polos: Pedro y Cornelio por una parte y los misioneros de Antioquía por otra. O, con tres polos complementarios: misión de los primeros helenistas, Pedro/Cornelio, Antioquía. Escogiendo como referente Jerusalén, Lucas consigue ser fiel tanto a la historia de la Iglesia como a su propia línea interpretativa. Históricamente, la comunidad abandonó Jerusalén muy poco a poco, forzada por las persecuciones, primero la de Esteban, luego la de Pedro, y, finalmente la que siguió a la ejecución de Santiago, el hermano del Señor. Y tras la destrucción de Jerusalén el año 70, Roma tomó el testigo, ocupando el centro en la geopolítica de la comunidad. Y como ya vimos, en Roma Pedro “confirmó” a Pablo. Así que concentrar la cuestión del Judaísmo en torno a la ciudad de Jerusalén aparece como un homenaje a la ciudad santa, y Hechos 15 equivale al canto del cisne de Jerusalén antes de que la Buena Noticia, que había “subido” allí desde Galilea, no emprenda de nuevo el viaje para dirigirse a Roma.

Al mismo tiempo, como buen escritor que es, Lucas no simplifica excesivamente lo que no puede serlo. Ahí está la ambigüedad de su vocabulario a la hora de describir Pentecostés o los resultados de la primera predicación de los judíos helenistas (¿Había paganos entre los primeros conversos?). Y, al mismo tiempo que presenta a Pablo como el apóstol de las Naciones, diferente en eso de Pedro (y fiel a la idea que Pablo se hace de sí mismo, Gal 2,7-8), en el capítulo 15 escuchamos a Pedro decir en la reunión de Jerusalén: “Desde los primeros días me eligió Dios para que por mi boca oyesen los gentiles la Palabra de la Buena Nueva y creyeran” (Hechos 15,7)

 

Fuentes y Redacción

La conversión de la que Pablo habla en Gal 1,11-24, aparece también en los capítulos 9 y 15 de los Hechos. Hay también dos textos que hablan de la reunión de Jerusalén, Gal 2,1-10 y Hechos 15, que no coinciden del todo. La diferencia más notable es que Pablo declara que su reunión con los líderes de la iglesia de Jerusalén tuvo lugar durante su segunda visita, mientras que en Hechos 15 la Asamblea de Jerusalén ocurre durante su tercera visita (He 9,26-27; 11,30; 15,2). Para complicar más las cosas, Hechos 21,24 da la impresión de que Santiago está hablando a Pablo por primera vez de las prohibiciones mencionadas en el “decreto” de Hechos 15,19-21. Si no queremos forzar los textos, tenemos que hacernos una doble pregunta acerca de Lucas: ¿Qué tradiciones orales o escritas utiliza? ¿Qué hilo conductor veía Lucas al redactar el texto?

En Hechos 15,1-2 y 15,5 encontramos dos explicaciones sobre la necesidad de la reunión de Jerusalén. La primera concierne Antioquía, y la segunda Jerusalén. Por otra parte los discursos de Pedro y Santiago durante la reunión parecen responder a la conversión de Cornelio y no a las dificultades en Antioquía. Todo lo cual indica que Lucas usó al menos dos tradiciones. Probablemente la explicación de Boismard es la que mejor lo explica: Lucas utilizó una tradición petrina en la que se incluía la conversión de Cornelio, y tuvo también en cuenta lo que Pablo dice en la carta a los Gálatas. Ver además la nota que la BJ antepone al capítulo 15.

¿Y el hilo conductor? El capítulo 15 lleva a su conclusión la cuestión iniciada en Hechos 6,1 acerca de la contribución a la Misión de los judíos cristianos helenistas. Y aunque es posible que el litigio entre “helenistas” y “hebreos” concerniera ante todo algo bien visible como la pureza legal de los alimentos, Lucas lo considera como expresión de un problema mucho más serio y profundo, el de la relación entre la Salvación por Jesús y la práctica de la Ley. En eso Lucas sigue a Pablo. De ahí que, aun admitiendo la posibilidad que la cuestión de la pureza legal de los alimentos pudo haber sido resuelta rápidamente, antes mismo de la llegada de Pablo a Jerusalén, Lucas coloca el “Decreto de Jerusalén” en el contexto de la visita de Pablo, dándole así un significado mucho más amplio y profundo. Está claro sin embargo que Lucas no tiene el espíritu batallador de Pablo. Está además convencido de es el Espíritu quien dirige la apertura hacia las naciones. Y por ello Lucas es capaz de redondear un poco los ángulos y mostrarnos como, finalmente, Santiago está de acuerdo con Pedro, y ambos consiguen ponerse de acuerdo con Pablo.

 

Hechos de los Apóstoles – Anexo 6

Santiago, jefe de la comunidad de Jerusalén

En la discusión, tras haber escuchado lo que los otros piensan, Santiago ofrece la solución que será aplicada. Actúa así como la cabeza de la iglesia de Jerusalén. No es identificado explícitamente, pero no cabe duda que se trata de Santiago, el hermano del Señor que Pablo encontró en su primera visita a Jerusalén, cuando fue a ver a Pedro tras su conversión (Gal 1,19). El historiador Josefo lo menciona como “hermano de Jesús que llaman Cristo”, y narra su martirio ordenado por la alta aristocracia sacerdotal después de la muerte del procurador Festo y antes de la llegada de su sucesor, Albino, en el 62. También da a entender que los fariseos deploraron ese asesinato (Ant. xx 9.1). El texto de Hechos implica que hubo una evolución en la comunidad. En los primeros capítulos los Doce (llamados también “apóstoles”) aparecen como los dirigentes de la comunidad, o al menos de la comunidad de los cristianos “hebreos”, con Pedro a la cabeza, al cual se le asocia íntimamente Juan. En la reunión de Jerusalén Santiago actúa como jefe. Y cuando viene a Jerusalén en su tercera visita, Pablo trata con Santiago (He 21,18), y no aparecen ni Pedro ni los otros apóstoles. ¿Cómo y porqué terminó Santiago siendo el jefe de la comunidad de Jerusalén?

Respecto al “cómo”, el testimonio de Pablo es esclarecedor. Durante su primer viaje a Jerusalén, tres años después de su conversión (o tal vez después de su estancia en Arabia y de volver a Damasco) Pablo fue a Jerusalén y paso quince días con Pedro. “Y no vi a ningún otro apóstol, y sí a Santiago, el hermano del Señor” (Gal. 1: 18-19.Ver sin embargo la nota de la BJ). Luego en su segundo viaje, Pablo cuenta que estuvieron de acurdo con él “Santiago, Cefas y Juan, que eran considerados como columnas” (Gal 2,9). En la siguiente ocasión algunos años después de la reunión de Jerusalén, Cefas ya no está en Jerusalén sino en Antioquía (Gal 2,11-12), y Santiago es el jefe de la comunidad de Jerusalén. Aunque es difícil armonizarlos, flecos de esa evolución aparecen en las tradiciones utilizadas por Lucas en la redacción de los Hechos. Hechos 12,17 menciona la marcha de Pedro: “Comunicad esto a Santiago y a los hermanos. Salió y se marchó a otro lugar”. Y puede que la necesidad de justificar su conducta en casa de Cornelio (Hechos 11) se debiera a que en realidad él no era el responsable de la comunidad de Jerusalén.

 

En cuanto al por qué, sólo podemos hacer conjeturas, pero conjeturas en un contexto semita en el que, todavía hoy, el poder, político y espiritual, se transmite en la propia familia. Podemos imaginar que la familia de Jesús acrecentó su influencia a costa de la de los apóstoles. Los evangelios (ver Mc 3,31-35; Juan 7,5) apuntan a cierta oposición entre ambos grupos durante la vida de Jesús. Pero Hechos 1,14b constata que se habían reconciliado. Y con la creciente influencia de la familia coincide una mayor observancia de las costumbres judías.

 

 

 

 

 

Comentarios

 

Hechos 15,1-6: Discusiones en Antioquía y Jerusalén

“Pero algunos de la secta de los fariseos, que habían abrazado la fe, se levantaron para decir que era necesario circuncidar a los gentiles y mandarles guardar la Ley de Moisés” (Hechos 15,5). Se trata probablemente del primer motivo aparente de discusión. El único caso en el que la ley de Moisés prescribe la circuncisión de los Gentiles es el del extranjero residente en el país que quiere celebrar la Pascua (Ex 12,48). Podemos pensar que desde el principio, cristianos judíos y cristianos de origen pagano habrían querido celebrar juntos la Pascua, y que ello habría creado un problema de conciencia a los primeros, no dispuestos a comer con sus hermanos cristianos legalmente impuros. Se trataría pues de un problema de impureza legal, semejante al de la impureza de los alimentos al que responde el episodio de Pedro en casa de Cornelio. Hasta puede que esa misma cuestión estuviera en el origen de la discusión entre “hebreos” y “helenistas” mencionada en Hechos 6.
Si la discusión se hubiera presentado únicamente como un problema de pureza de alimentos y de compartir una misma mesa, Pablo no se habría interesado tanto en ella: “Que el Reino de Dios no es comida ni bebida, sino justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo” (Rom 14,17). De hecho, cuando un problema similar se presentó en Corinto acerca de las carnes ofrecidas a los ídolos, Pablo lo elevó a otro nivel: no se trata de pureza o impureza de los alimentos, sino de amor y respeto hacia el hermano de conciencia débil (1Cor 8). Pero dado que por la circuncisión, el pagano se hacía judío ¿no estaría entonces obligado a cumplir la Ley? ¿No terminaría creyendo que era el cumplimiento de la Ley lo que nos salva? Pablo se opone a que los conversos se hagan circuncidar y les reprocha de que siguen “observando los días, los meses, las estaciones, los años” (Gal 4,10). Y les previene: “De nuevo declaro a todo hombre que se circuncida que queda obligado a practicar toda la ley. Habéis roto con Cristo todos cuantos buscáis la justicia en la Ley. Os habéis apartado de la gracia” (Gal 5,3-4).
Es muy posible que numerosos cristianos, influenciados por su mentalidad ritualista, creyeron que se trataba sólo de una cuestión de pureza ritual. A juzgar por su respuesta y por el contenido del decreto, Santiago era uno de ellos. De hecho esa misma mentalidad ritualista aparece en Apoc 2, 14-20, en la Didaché, “Abstente de los alimentos ofrecidos a los ídolos” (Did 6,3), y en el mismo Tertuliano: “No podemos considerar comestible la sangre de los animales” (Apol 9,13). Sin embargo Lucas, con su introducción a la controversia de Antioquía, presenta la cuestión desde la misma óptica que Pablo: “Bajaron algunos de Judea que enseñaban a los hermanos: «Si no os circuncidáis conforme a la costumbre mosaica, no podéis salvaros.»” (He 15,1-2)
Así pues según Lucas en su visión de la historia de la Iglesia, la llegada masiva de paganos obligó a clarificar lo que realmente estaba en juego. Esa impresión viene resaltada por la alegría con la que los enviados de Antioquía viajaban hacia Jerusalén. Al mismo tiempo este capítulo aparece como un momento de inflexión en la historia de la comunidad. Hasta ahora todos los caminos llevaban a Jerusalén. A partir del capítulo siguiente todos los caminos llevarán a Roma.

 

Hechos 15,7-12: El discurso de Pedro

Este corto discurso que Lucas atribuye a Pedro es un modelo de discernimiento: las actuales circunstancias [es decir, nuestra incapacidad para soportar el peso de la ley] nos invitan a aceptar el trabajo de Dios en el pasado [dio su Espíritu y salvó a paganos que no seguían la Ley]. Según Pedro se trata ahora de sacar las consecuencias de todo ello. Y el estilo literario de Lucas le permite hacerlo implícitamente y el vocabulario que Lucas emplea nos invita a pensar en un pasado que la Iglesia ya ha asumido. Cuando se trata de paganos que han escuchado la Buena Nueva, nuestra mente piensa enseguida en Cornelio. Podemos también pensar en los prosélitos que, con los helenistas, escucharon el discurso de Pedro (Hechos 2), y en los primeros conversos de la misión de los cristianos helenistas.

Ese mismo vocabulario acerca las posiciones de Padre a las de Pablo (Gal 2,15-21; 3,22-26; Rom 11,32), hasta el punto que la solución propuesta más tarde será presentada como una respuesta a las preguntas de Pablo. Siempre implícitamente, lo que era un asunto de Pedro lo es también ahora de Pablo. Detrás de ese deslizamiento se siente el peso de la historia de la Iglesia tal como la comprende Lucas. Y esa transición se manifiesta en el v.12.

 

Hechos 15,13-29: Discurso de Santiago y carta apostólica

Es evidente el paralelismo con el discurso anterior. Ahora Santiago hace más explícito el argumento de Pedro por medio de una citación bíblica, y saca las consecuencias concretas con una lista de preceptos que los conversos no circuncidados tendrán que observar para poder sentarse a la mesa con los circuncisos. Las fuentes que Lucas utilizó reflejaban el punto de vista de Santiago (Pedro se refiere a él en Gal 2,11-14), más severo que el de Pedro. Tal vez ayudado por las fuentes que maneja, Lucas quiere recrear un ambiente “antiguo”, de ahí que Pedro aparezca como Simeón, su nombre semita. Y con la citación de Amós 9,11-12 por parte de Santiago, se confirma el hilo conductor que Lucas quiere resaltar, que no sólo el Señor reúne a Israel (tema introducido ya en la narración de Pentecostés), sino que también, al serle consagradas, hace de las naciones su pueblo.

En cuanto a los preceptos impuestos a los conversos, es interesante comparar el texto alejandrino con el texto occidental tanto en 15,20 como en 15,29

TA: Que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de toda unión ilegítima, de la impureza [legal], de los animales estrangulados y de la sangre.

TO: Que se abstengan de lo que ha sido contaminado por los ídolos, de toda unión ilegítima y de la sangre. Y no hacer a los demás lo que no querría que le sucediera.

 

Para comprender el « espíritu » del decreto de Jerusalén dos consideraciones pueden ayudarnos. Justin Taylor resume bien la primera: “El origen de esas prohibiciones se encuentra en Lev 17-18, en donde se prohíbe a la Casa de Israel y a los extranjeros residentes ofrecer sacrificios a otros dioses que no sean Yahvé, consumir sangre en cualquiera de sus formas, y animales de los que no se haya evacuado la sangre. Se prohíbe igualmente ciertas formas de unión sexual. En todo caso, esas prohibiciones no son ni exclusivamente rituales ni exclusivamente éticas. Como en la Ley mosáica, también aquí los dos elementos coexisten y no se pueden separar completamente. La transmisión del texto muestra dónde se ha puesto el énfasis, de pendiendo de los tiempos y lugares de su aplicación” (Justin Taylor, Les Actes V, 210).

La segunda consideración nos es más fácil de comprender: el estilo “mediterráneo” del acuerdo final, procurando que no haya ni vencedores ni vencidos. No se impone ni la circuncisión ni la totalidad de la Ley. Sólo algunos preceptos por los que simbólicamente se acepta la primacía de la antigua legalidad. Las consecuencias serán las habituales en esos casos. Cada uno interpretará el decreto a su manera (vimos el posible desacuerdo entre Pablo y Bernabé). Y se deja que el tiempo resuelva el problema. En este capítulo se nos ofrece una versión idílica del acuerdo. Hechos 21 y Gal 2 muestran una realidad mucho más compleja.

 

Hechos 15,30-35: Los delegados en Antioquía

Leyendo 1Corintios, en la que Pablo se ocupa, entre otras cosas, de los casos de incesto y de la carne de animales sacrificados a los ídolos, algunos comentaristas hacen notar que algunos asuntos coinciden con los mencionados en el decreto de Jerusalén. Esas coincidencias son más llamativas si tenemos en cuenta el carácter más ético de la versión del TO, más ético que ritual. De todos modos, esas coincidencias favorecen la intención apologética de Lucas que quiere presentar que en lo fundamental, los reunidos en Jerusalén se posicionaron con Pablo, cuando éste era criticado por sus ideas sobre la inutilidad de la circuncisión. Esa apología de Pablo será reforzada al comienzo del siguiente capítulo en el que se presenta a Pablo como encargado de transmitir el decreto de Jerusalén a las distintas comunidades.

Del punto de vista de la historia, es muy probable que tras la reunión de Jerusalén se debilitaran mucho, por no decir del todo, los lazos de Pablo con Antioquía. En adelante, según Lucas, el horizonte se ha movido y en él aparece Roma. Se iniciará así la segunda parte de los Hechos.

 

Hechos 15, 36-40: Separación de Pablo y Bernabé

Algunos comentaristas han visto en este episodio la versión de Lucas del incidente entre Pablo y Pedro mencionado en Gal 2: 11-14. Otros discuten si la separación se produjo en este momento o si no habría tenido lugar ya tras el primer viaje a Chipre. Es mejor dar a Lucas el beneficio de la duda, apuntando sin embargo a la posibilidad de que el motivo principal, -que Lucas suaviza como de costumbre-, habría sido el de dos actitudes diferentes hacia los conversos paganos. Al mismo tiempo hay que reconocer que, aunque con cierta suavidad, Lucas no oculta las desavenencias que ocurren en la comunidad. Es su manera de mostrar que la Buena Nueva se presenta de manera encarnada, y de que, finalmente, si progresa, lo hace por la fuerza, no de los hombres sino del Espíritu.

 

 

 

Reflexiones

 

  1. Un acuerdo muy mediterráneo

Un chiste que no lo es: Pregunta: ¿Qué hacer cuando una ley ya no sirve? Respuesta: Si uno es del Norte, cambia la ley. Si es del Sur, no la sigue. Cambiar desde arriba (el legislador da una nueva ley), o cambiar desde abajo (la práctica popular indicará cuál debe ser la futura ley), son dos enfoques antropológicos diferentes que también encontramos en los textos bíblicos. ¿Qué es lo que dividía a los cristianos? ¿Cómo lo comprendía cada uno de los campos? ¿Se trataba tan sólo de una cuestión semántica, del estilo de la que separa la versión alejandrina de la versión occidental del texto de los Hechos? ¿Acaso estaba en juego el concepto mismo de la salvación en Jesús? Para que funcione correctamente, toda sociedad necesita un marco jurídico consistente. Pero también es verdad que no hay nada más injusto que un legalismo aplicado demasiado estrictamente, o un sistema que no respete más que a las personas que pueden pagarse un buen abogado…

Tres cosas llaman la atención en este asunto del decreto de Jerusalén. Está diseñado para que todo el mundo salve las apariencias. Por otra parte, cuando Pablo explica a los Corintios que, incluso cuando esté permitido comer la carne ofrecida a los ídolos, es mejor no hacerlo por respeto a la debilidad de los débiles, ¿que habrían entendido los del grupo de Santiago? ¿Qué ése era el “espíritu” del decreto de Jerusalén? ¿O que Pablo se estaba sometiendo finalmente a la Ley? Y en tercer lugar, es de notar que a pesar de las diferencias los cristianos no rompieron la comunión mutua.

Que yo sepa, ningún decreto oficial de la Iglesia ha anulado el de Jerusalén. No cabe duda de que cuando como morcilla voy contra ese decreto, desobedezco a la “iglesia oficial”. Un artículo aparecido en los años setenta en una revista católica americana quería explicar en forma de chiste el ambiente ético que prevalecía antes del Vaticano II: “Todo estaba prohibido menos lo que era obligatorio”. ¿Aún vivimos así? “lo más fácil es obedecer”, dicen algunos. ¿De qué obediencia se trata?

 

 

  1. “Se produjo entonces una tirantez tal que acabaron por separarse el uno del otro”

A partir de los años 90, la diócesis de Túnez comenzó a recibir « sangre nueva », Comunión y Liberación, Focolare, Neocatecumos, y también algún sacerdote joven de apariencia neoconservadora. Algún anciano añoraba los años en los que una comunidad bastante homogénea había decidido abrirse al mundo musulmán y servirlo según nuestras posibilidades. Los recién llegados en cambio buscaban conversiones. Hubo fuertes tensiones. La buena voluntad (sobre todo por parte de los ancianos) terminó prevaleciendo y se habló de la “riqueza de nuestra diversidad, aunque en realidad se trataba a menudo de coexistir más que de compartir nuestras riquezas espirituales. Puede que hasta con un cierto falso deseo de unidad hayamos a menudo ocultado excesivamente nuestras diferencias. Luego, estos últimos años he constatado que algo parecido estaba ocurriendo en Francia, Italia, USA… y en la misma Navarra.

 

Respondiendo a esa preocupación, os ofrezco como conclusión a todo lo que hemos observado en la historia de la primera comunidad cristiana, un texto de Timothy Radcliffe sobre “La obediencia y la escucha”, tomado de El Manantial de la Esperanza (Salamanca, Ed. San Esteban 1998).

 

La Obediencia y la Escucha

La obediencia no es, en nuestra tradición, la sumisión de nuestra voluntad a la del superior, ya que como expresión de nuestra fraternidad y de la vida compartida de la Orden, está basada en el diálogo y la discusión. Como se ha hecho notar, la palabra “obedire” viene de “ob-audire”, escuchar. El inicio de la verdadera obediencia se da cuando dejamos que nuestro hermano o hermana hablen y nosotros escuchamos. Es “el principio de la unidad”. Es también la forma en que crecemos como seres humanos, estando atentos a los otros. Los casados no tienen alternativa pues están obligados a superarse a sí mismos ante las necesidades de sus hijos y sus esposas u esposos. Nuestro estilo de vida, con silencios y soledad, puede ayudarnos a crecer en la atención y en la generosidad; aunque también corremos el riesgo de encerrarnos en notros mismos y en nuestras preocupaciones. La vida religiosa puede producir personas profundamente desprendidas o muy egoístas, dependiendo de a quienes se haya escuchado. La obediencia requiere toda nuestra atención y absoluta receptividad. El fértil momento de nuestra redención se dio con la obediencia de María, que se atrevió a escuchar al ángel.

Este modo de escuchar exige el uso de nuestra inteligencia. En nuestra tradición, usamos la inteligencia no para dominar a los otros, sino para acercarnos a ellos. Como decía el P. Rousselot, la inteligencia es “la facultad del otro”. Abre nuestros oídos para escuchar. Herbert McCabe escribía de la obediencia:

 … es ante todo una apertura de la mente como sucede en todo proceso de aprendizaje, La obediencia se hace perfecta cuando quien manda y quien obedece llegan a compartir una misma mente. La noción de “obediencia ciega” equivaldría, en nuestra tradición, a un aprendizaje ciego. Una comunidad totalmente obediente sería aquella en que nadie anhela hacer algo”.

 

De esto se sigue que el primer lugar en donde practicamos la obediencia, en la tradición dominicana, es el capítulo conventual, donde podemos discutir con los demás. La función de la discusión en el capítulo es buscar la unidad de la mente y del corazón en la misma medida en que se busca el bien común. Discutimos, como buenos dominicos, pero no para ganar, sino con el deseo de aprender unos de otros. Lo que se busca no es la victoria de la mayoría sino, a ser posible, la unanimidad. Esta búsqueda de la unanimidad, aunque a veces sea inalcanzable, no pretende únicamente vivir en paz con los demás; es una forma de gobierno que nace de la convicción de que aquellos con los que no estamos de acuerdo tienen algo que decir, y que por lo mismo nosotros no podemos alcanzar la verdad solos, La verdad y la comunidad son inseparables. Como escribía Malachy O’Dwyer:

¿Por qué Domingo puso tanta confianza en sus compañeros? La respuesta es muy simple. El era un hombre de Dios, convencido de que la mano de Dios estaba sobre todo y sobre todos… Estaba convencido de que Dios le hablaba a través de otras voces y no sólo de la suya propia, por eso organizó su familia de tal manera que todos dentro de la familia pudieran ser oídos.

Esto implica que el gobierno en nuestra tradición tome tiempo. La mayor parte de nosotros estamos ocupados y esto puede parecernos una pérdida de tiempo. ¿Por qué perder el tiempo discutiendo unos con otros cuando uno podría estar predicando o enseñando? Lo hacemos precisamente porque este compartir la vida y esta solidaridad vivida es la que nos hace predicadores. Podemos predicar de Cristo únicamente lo que hemos vivido, y el trabajo de buscar un solo corazón y una sola mente nos entrena para poder hablar con conocimiento del Cristo en el que se halla toda la reconciliación.

 

La obediencia no es para nosotros huir de las responsabilidades, sino estructurar los diferentes modos en los que las compartimos. Con frecuencia el papel de un prior es difícil porque los hermanos piensan que, al elegirlo, él solo debe llevar la carga. Esto fomenta una pueril actitud hacia la autoridad. La obediencia exige que asumamos la responsabilidad que nos corresponde, de otra manera nunca podremos responder a los retos que encara la Orden. Como dije a los superiores de Europa en la reunión de Praga en 1992:

La responsabilidad es la habilidad para responder: ¿Seremos capaces? En mi experiencia como provincial pude observar el extraño caso de “la desparición de la responsabilidad”. Algo tan misterioso como una novela de Sherlock Holmes. El Capítulo provincial detecta un problema y comisiona al provincial para enfrentarlo y resolverlo. Es necesario tomar una decisión dura. El provincial pide al consejo de provincia que considere el asunto. El consejo forma una comisión que estudiará lo que debe hacer. La comisión estudia el asunto por dos o tres años definiendo exactamente el problema, y concluye que debe ser presentado al próximo capítulo provincial, y continúa así el ciclo de la irresponsabilidad.

 

A veces, lo que paraliza la Orden y nos impide atrevernos a hacer algo nuevo, es el miedo a asumir la responsabilidad y arriesgarnos al fracaso. Debemos cada uno  asumir nuestra responsabilidad, incluso si es doloroso hacerlo y si corremos el riesgo de tomar una mala decisión. De lo contrario, morir por la pérdida de relevancia. Se podrá objetar que nuestro sistema de gobierno no es el más eficaz. Un gobierno más centralizado y autoritario nos capacitaría para responder más rápidamente a las crisis, para tomar decisiones sabias basadas en un amplio conocimiento de la orden. Hay a menudo movimientos hacia la centralización de la autoridad.

 

Pero, como escribía Bede Jarret, o.p., hace setenta años escribió: “para quienes viven a su sombra, la libertad en el gobierno elegido es una realidad demasiado sagrada para ser descartada, aun a riesgo de la ineficacia. Con toda su inherente debilidad conviene, según ellos, más que la autocracia, por beneficiosa que ésta sea, a la independencia de la razón humana y a la consolidación de la voluntad humana. La democracia puede estropear el resultado, pero produce hombres”.

 

Puede a veces, pero produce predicadores. Nuestra forma de gobierno está profundamente unida con nuestra vocación como predicadores, porque sólo podemos hablar con autoridad de nuestra libertad en Cristo si la vivimos unos con otros. Pero nuestra tradición de democracia y descentralización no puede ser excusa para la inacción y la irresponsabilidad. No debe ser un modo de eludir los desafíos de nuestra misión.

 

 

 

 

 

 

 

 

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