Taller de escritura

Irene Vallejo

Empecé escribiendo todo a mano pero, claro, la herramienta de contar palabras es muy útil cuando tienes caracteres limitados, como ocurre en el caso de las colaboraciones periodísticas.

Con la literatura intento conservar un poco la sensación de contacto con el papel, de ir dibujando las letras. Me hace sentir esa dimensión en la que la mente y la mano se conectan. En las primeras versiones voy lenta; no me importa. Es un proceso de modelar manualmente las palabras y me gusta esa sensación. Son movimientos que aportan mucha más serenidad y concentración que las pantallas.

Por mi situación personal complicada de la última década [su padre tuvo una enfermedad grave y su hijo necesita dedicación especial], he tenido que acostumbrarme a escribir en unas condiciones que no son en absoluto fáciles, y aprovechando cada momento libre, luchando contra el cansancio y acomodándome al lugar en el que estoy y al tiempo del que dispongo.

Constantemente tengo ideas en la cabeza y aprovecho cualquier momento para escribir, para elaborar. No me puedo permitir tener rituales de lectura y escritura. Menos aún con el confinamiento, cuando tenía a mi hijo en casa veinticuatro horas y tenía que conseguir entretenerle y trabajar de noche. He intentado desarrollar una capacidad de concentración que no dependa de las circunstancias.

Sé que una buena idea puede suceder en cualquier parte del proceso y no me obsesiono con eso. Intento dar muchas vueltas a cada parte del libro. Reescribir y reescribir, elaborar muchísimo las ideas. Me fijo en la lingüística, en que suene bien, que tenga una determinada melodía. A veces he puesto cosas que el oído me dice que no suenan bien, que interrumpen un libro, que no tienen fluidez, que se atascan. Hago una revisión melódica. Trabajo, retoco, detecto repeticiones, intento decirlo con otros términos…

Hay días que se trabaja mejor y otros peor. Los momentos aparentemente frustrantes, de no conseguir lo que quieres, forman parte del proceso creativo. Para que existan los momentos fluidos, esos en los que las ideas corren y dices exactamente lo que pensabas, tiene que haber esos momentos aparentemente muertos, de tropezar contra paredes de sentido y expresión. Intento no frustrarme cuando las cosas no salen. Pero un día de no escribir nada en absoluto, eso del escritor incapaz de escribir que asusta tanto en las películas, no me ha pasado hasta ahora.

Para el ensayo había ido recogiendo durante muchos años anécdotas que me interesaban. Tomé apuntes de historias, de textos… todo lo que tenía relación con la lectura y los libros. Había sido el tema de mi tesis. En los artículos incluyo libros, historias, películas o series que a mí me han impactado. Es una recomendación que das a los lectores.

Mi cabeza está siempre funcionando, y cada vez que se me ocurre una idea o conexión, me la apunto como tema posible para un artículo. Es diferente en cada colaboración: las de El País las entrego dos semanas antes, por lo que pienso en temas más generales, intergeneracionales, sociales… Para las semanales conecto un tema de actualidad con una idea del pasado. En La mañana descalza (Olifante, 2018) colaboré con una poeta, Inés Ramón: yo escribía y ella respondía. El proceso se adapta a lo que pide el formato. Eso es lo apasionante: siempre trabajo en varias escalas a la vez. Lo bueno es que, si te atascas en una, tienes otras cosas que hacer. Lo dejas, descansas, sales a otra cosa y te reencuentras.

Empecé en la universidad, con el trabajo de investigación académica y otras publicaciones. Cerré esa vía y salté a las colaboraciones periodísticas, lo cual fue un desafío: pasé de un tipo de comunicación dirigida a especialistas a otra en la que no puedes suponer al público conocimientos previos. Aprendí muchísimo del periodismo por eso.

Por otro lado, yo he estado escribiendo fundamentalmente ficción hasta ahora. En la literatura es muy importante el lenguaje, el ritmo, las imágenes, las metáforas… Intento tomar lo mejor de cada una de estas fases: de la universidad la investigación, del periodismo la divulgación y de la literatura el manejo tan complejo de la herramienta del lenguaje. Intento que los artículos sean muy literarios y los ensayos tengan una dimensión periodística para que cualquier lector pueda acercarse a ellos. Intento que todo confluya en cada texto que escribo.

Reivindico los conocimientos clásicos como medio de entender y comprender mejor el presente. Esa parte de reivindicación es la que gusta a los profesionales, académicos y profesores. Insisto en que aquello a lo que se dedican es importante para la sociedad en general. Intento acercar todo eso a aquellos que nunca se han interesado por los clásicos, llevarlos a darse cuenta de que tiene que ver con su día a día, con las relaciones familiares… Tiene una dimensión antropológica, histórica y sociológica: la historia determina lo que somos hoy.

Desde siempre, la humanidad ha transmitido conocimiento a través de las historias: las fábulas, la Ilíada y la Odisea (que eran como enciclopedias sobre cómo se manejan las armas, cómo se navega en barco, cómo tienes que comportarte con tus amigos, temas de agricultura, juramentos…). Todas las historias tienen un trasfondo de conocimiento.

Yo siempre he pensado que la literatura, e incluso el periodismo tal y como yo lo entiendo, tendrían que ser una especie de antídoto contra esa prisa. Que leer una columna o un artículo es una pausa, una reflexión. Que con un libro largo contrarrestas esa tendencia a cambiar el foco cada pocos segundos. Cuando lees una argumentación, trama o suceso, de algún modo te concentras en eso de principio a fin. Es un ejercicio para contrarrestar eso de saltar de una cosa a otra, a menudo sin pasar de la epidermis en la mayoría de ellas. La función de la literatura ahora es equilibrar esa tendencia.

En el siglo XIX se hacían larguísimas descripciones: tenían sentido porque la gente no podía viajar y los libros cumplían la función de enseñar una visión del mundo, los lugares, las ciudades… Ahora podemos ver películas y fotografías o viajar. Conocemos mejor el mundo en un sentido amplio. La literatura deja esa función. Ahora escribimos sabiendo que el lector consulta Google, no tenemos que ser tan explicativos. La literatura se va adaptando al tiempo y las necesidades del lector.

Hubo un momento en el que pensé que tenía que abandonar el trabajo literario porque para mí fue muy difícil la situación con dos periodos tan exigentes de cuidados sucesivos. Veía a mi lado muchas mujeres en centros de día o de rehabilitación que dejaban sus trabajos para cuidar de sus familiares. Yo seguía escribiendo, me aferraba a ello; pero cada vez me iba convenciendo más de que al final tendría que abandonar.

Pienso en los griegos, en los poetas en la época arcaica. Hablaban muchas veces sobre este tema de la incertidumbre. La palabra efímero, en griego, no es tanto algo que es breve o que no dura mucho tiempo, que es el concepto de ahora, sino algo que está al albur del día, que depende de la mañana, que puede cambiar en cada jornada. Se refieren a una forma de vivir en la que no tenemos red. Eso ha sido siempre así: cada día nos puede cambiar la vida.

Creo que lo que hemos vivido en los últimos tiempos es un espejismo de certezas que no era real. Parecía que podíamos planificar la vida, que no nos iba a pasar nada, que éramos fuertes y autosuficientes… Y todo eso era una construcción ficticia. La realidad es que en cualquier momento todo podrá cambiar, tanto en la dimensión colectiva como en la personal. Somos efímeros en ese sentido.

Creo que hay una parte buena en ser conscientes de eso, en que la pandemia nos lo haya colocado debajo de los ojos, en mirar frente a frente a la posibilidad de que la vida se nos vuelva distinta. Esa parte buena es que quizá recuperemos el sentimiento de colectividad. Cuando eres más consciente de tus vulnerabilidades, entiendes la necesidad de la comunidad, que será la que te sostendrá si te pasa algo.

La única forma de sentirnos seguros es tener una comunidad fuerte, robusta; un sentimiento comunitario. Eso me parece bonito y práctico. Como dice Séneca y yo recogí en una de mis columnas, la sociedad es como una bóveda compuesta por piedras que se sujetan unas a otras. Si una falla, todas se caen. Tenemos que entender, sacar conclusiones y actuar ayudando y facilitando.

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