Taller de escritura

Aprende a escribir con… Ricardo Menéndez Salmón

Graham Greene tenía una norma que seguía a rajatabla: nunca escribir más de quinientas palabras al día. Pero, ojo, tampoco menos. Lo hizo durante veinte años, de lunes a viernes sin excepción alguna, ni siquiera faltaba a su cita con el folio en blanco cuando andaba metido en líos de faldas. Y es que esa era su estrategia: invertir tan poco tiempo en la escritura que siempre hubiera un hueco en la agenda para cumplir con dicho cometido. Porque, oigan ustedes, si alguien no es capaz robarle una hora al día, mejor que abandone sus pretensiones de ser novelista.

No le importaba abandonar una escena en el momento cumbre, ni dejar a un personaje con la palabra en la boca, ni tampoco interrumpir el trabajo cuando apenas quedaban dos líneas para terminar el capítulo. Y no le importaba nada de eso porque era consciente de que lo único relevante en su oficio era la disciplina. De hecho, sólo cambió el método en la década de los setenta, cuando ya se sentía mayor y bajó el cupo hasta las trescientas palabras.

Ricardo Menéndez Salmón adoptó el método del espía británico durante su estancia en Baviera y, desde entonces, no lo ha abandonado. Se limita a trabajar un par de horas por las mañanas, lo cual le asegura un mínimo de 1.500 palabras a la semana, y así nunca se aleja del proyecto que tiene entre manos. Porque, en su opinión, el mayor problema del proceso creativo es la detención, es decir, el estancamiento en el que cae la productividad cuando aparece un periodo de tiempo en el que las circunstancias vitales impiden seguir escribiendo y tras el que los autores descubren que ya no pueden retomar la historia porque se ha producido una desconexión con la misma.

 

 

Aprende a escribir con… Enrique Vila-Matas

según Vila-Matas, la continuidad es requisito imprescindible para terminar una novela. Pero, si aun así uno se queda bloqueado, siempre queda el “truco Bioy Casares”. El argentino dijo en cierta ocasión que la inteligencia era el arte de encontrar un agujerito por el que salir de la situación que nos tiene atrapados. Así pues, para sortear uno de esos callejones sin salida que a menudo interrumpen las historias, el escritor tiene que buscar dicho «agujerito» y, cuando al fin lo encuentra, volver sobre el teclado con tanta furia que acaben doliéndole las yemas de los dedos. Ahora bien, para conseguir esto, primero hay entrenar la mirada. Conseguir, por así decirlo, una mirada de escritor. Y el resto ya viene solo.

Así escribe Vila-Matas: con ordenador e impresora. Gasta cartuchos de tinta sin parar, porque imprime cada folio decenas de veces, a veces hasta un centenar, y corrige a mano todo lo que no le gusta. Luego incorpora los cambios al procesador de textos, y vuelta a empezar con el proceso. Repite tantas veces esta operación que, según afirma, a veces tiene la sensación de que no es un escritor, sino un pintor que pone tantas capas sobre el lienzo que al final apenas se detecta una pincelada del boceto original. Es su método y le funciona.

 

 

Aprende a escribir con… Luis Mateo Díez

Luis Mateo Díez concibe la escritura como una permanente iluminación de zonas oscuras. Dice que la primera frase de una novela es como la bombilla que alumbra el recibidor de casa: una vez encendida, sólo hay que recorrer las distintas estancias mientras se acciona el resto de interruptores. Así de sencillo… y así de complejo al mismo tiempo.

Vive con tanta naturalidad el oficio que, cuando le preguntan por sus secretos y trucos, se encoge de hombros y responde que el único consejo que puede dar a los alevines es el de sentarse a la mesa y escribir a diario.

En su juventud, apuntaba todo lo que se le pasaba por la cabeza, no desperdiciaba ni una sola ocurrencia, temía que pudieran olvidársele y las guardaba como oro en paño. Nada de eso ocurre ya hoy. Sigue tomando notas en libretas, por supuesto, pero en el presente le basta con un garabato para luego, al llegar a casa y tomar asiento, sacar un puñado de párrafos. Antes era al revés: tomaba montones de notas de las que después apenas salían tres frases, mientras que en la actualidad sus apuntes son lo que él mismo llama «hojas volanderas», es decir, anotaciones sin importancia de las que, no obstante, luego extrae novelas enteras.

 

 

Aprende a escribir con… Juan Villoro

Villoro tiene tan clara la importancia de reescribir que, cuando termina el primer borrador de una novela, la imprime en su totalidad y borra la única copia digital que guardaba de ella. Entonces corrige toda la obra a mano y vuelve a transcribirla en un nuevo documento. Hace todo esto porque la experiencia le ha demostrado que la inspiración está antes en las yemas de los dedos que en los microchips del ordenador y que, cuando uno corrige a mano, aparecen ideas que jamás asomarían si sólo creáramos mirando la pantalla. Y es que, según dice, ser amanuense de uno mismo mejora el texto una barbaridad.

Una costumbre que el escritor mexicano asocia con la literatura es la de pasear. Cuando no sabe cómo continuar una novela y cuando el llavero no cumple su función liberadora, coge la puerta de casa, baja a la calle y se pone a andar. Y ocurre entonces que, mientras deambula por su barrio y observa a la gente, se desatasca el problema que le tenía bloqueado y afloran líneas argumentales que ni siquiera soñando habría podido encontrar. Está convencido este hombre de que los escritores no deben permanecer en reposo demasiado tiempo porque, en tal caso, les acaba ocurriendo lo mismo que a esos brebajes que vendían en las boticas de antaño: que el componente curativo se posaba en la base del frasco y que tenías que agitar antes de usar.

 

 

Aprende a escribir con… Soledad Puértolas

La escritora que se convirtió en la quinta académica de la historia de la RAE se levanta cada día bien temprano, da un paseo por el barrio y se pone a escribir normalmente hasta las 13,00 h. Evita el despacho porque le parece un lugar demasiado serio para que la imaginación salga a jugar y prefiere acomodarse en los otros rincones de la casa antes de ponerse el sombrero de escritora. Por cierto, cuando se instala en la cocina, suele escribir a la vez que guisar, y así, entre párrafo y párrafo, levanta la tapa de la cazuela y comprueba que todo hace chup chup.

La tarde la dedica a asuntos más livianos, como preparar una conferencia, leer un rato o estirarse en lo que llama «el sofá de corregir», donde se tumba a revisar lo que escribió por la mañana. Dice que no entiende a los escritores que se pasan ocho horas ante la pantalla. Le provocan admiración y perplejidad al mismo tiempo, y cuando les oye fardar de sus jornadas maratonianas, piensa que, en su opinión, el exceso de trabajo creativo nunca es, por paradójico que parezca, bueno para la creación.

 

 

Aprende a escribir con… Arturo Pérez-Reverte

El escritor cartagenero se levanta sobre las 08:00, hace ejercicio en el jardín y después se pega una ducha. A las 09:00 ya está frente a su ordenador y allí permanece hasta 14:00, todos y cada uno de los días de la semana, sin más excepción que la que le imponen los viajes de trabajo y las salidas a alta mar que emprende de vez en cuando. Cuando termina la jornada, imprime los dos folios que acostumbra a escribir —en los días buenos, hasta tres y medio—, los guarda en una carpeta de cuero destinada a tal efecto y descansa hasta la tarde, que es cuando agarra su Montblanc y se pone a corregir.

Asegura este escritor que todo aspirante a narrador debe profundizar en la tradición helénica, romana y bíblica, zambullirse en los grandes autores de todos los tiempos —incluyendo, por supuesto, los contemporáneos— y chupar hasta el tuétano del Siglo de Oro, en especial el representado por Quevedo y Cervantes, que fueron quienes no sólo inventaron el castellano, sino quienes además afilaron su léxico. Sin estos tres pilares no se puede levantar un templo a la literatura, aunque lo cierto es que sólo hay que entrar en una librería para darse cuenta de que, actualmente, se puede publicar sin saber nada de eso.

 

 

 

Aprende a escribir con… Héctor Abad Faciolince

Se levanta a las siete de la mañana y que media hora después ya está aporreando el teclado. En su despacho hay una ventana con la cortina siempre echada, porque Faciolince no quiere distraerse con el pasaje, y sólo se levanta de la mesa para comer una pieza de fruta y volver a ponerse manos a la obra. Tiene un par de escritorios, uno al lado del otro, porque escribe dos libros a la vez, a poder ser de tonos muy distintos, normalmente uno oscuro y el otro más luminoso. Lo hace para que ninguna de las dos emociones —la tristeza y la alegría— se adueñen de su espíritu, y cuando percibe que el ánimo se decanta hacia alguno de los lados, cambia de documento y se queda tan ancho.

Estuvo bloqueado durante seis años, y su desesperación llegó a tal punto que en cierta ocasión, habiendo viajado a Madrid para participar en un congreso de literatura, se quedó mirando las vías del metro. No pasó de ahí, pero no ha conseguido olvidar el momento. Por suerte, la inspiración volvió al cabo de un tiempo y sus novelas reaparecieron en las librerías.

 

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *