LEER EL EVANGELIO HOY – Mc 16,15-20

AUDIO

 


LEER ESA PALABRA EVANGÉLICA

 

Mc 16, 15-20

 

Se apareció Jesús a los Once y les dijo:

  • Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación. El que crea y se bautice se salvará; el que se resista a creer, será condenado. A los que crean, les acompañarán estos signos: echarán demonios en mi nombre, y, si beben un veneno mortal, no les hará daño. Impondrán las manos a los enfermos y quedarán sanos.

 

Después de hablarles, el Señor Jesús subió al cielo y se sentó a la derecha de Dios. Ellos se fueron a pregonar el evangelio por todas partes, y el Señor cooperaba confirmando la palabra con las señales que les acompañaban.

[Leemos también la primera lectura del Domingo: Hch 1,1-11]

El final actual del evangelio de Marcos

 

Así termina el evangelio de Marcos[1]. Son los últimos cinco versículos. Pero es un añadido, el original terminaba como dijimos arriba.

 

Esta redacción añadida es también extraña: apariciones y ascensión acontecen al amanecer del primer día de la semana. Bien diferente a lo que nos ha contado Lucas en Hechos o lo que dijo al final de su evangelio, que tampoco coincidía. Mateo o Juan no hablan de esta situación. En realidad estos relatos no coinciden en nada: en el lugar donde ocurre, el tiempo transcurrido desde la resurrección…

 

En el evangelio de Marcos los discípulos están sentados a la mesa, sin creer ni a las mujeres que vieron el sepulcro vacío, ni a los discípulos que iban caminando hacia el campo.

 

De pronto, ven a Jesús, oyen sus reprensiones por su falta de fe y su terquedad en no creer a los que le habían visto resucitado, y reciben el mandato de ir por el mundo a anunciar el mensaje de la salvación. Las señales que acompañarán a su misión tienen también ese cariz portentoso e inverosímil que es imposible tomarlo con realismo. Prometen, simplemente, que espíritu que resucitó a Jesús les acompañará, que se manifestará en ellos, por encima de sus debilidades.

 

Como resulta obvio, aquí, menos que en ningún lado, está describiendo unos hechos. Se trata de una profesión de fe. Un esquema simbólico que resume muy brevemente los aspectos que le interesan: la renacida fe en Jesús-Señor y la aceptación de la misión confiada por él.

[1] Se remonta al siglo 1I y se presenta como un resumen de las apariciones de Jesús resucitado. Para ello, acude a las tradiciones que conocemos por otra parte gracias a los evangelios de Lucas y de Juan. Hay que señalar la denuncia de la falta de fe con que tropiezan los sucesivos testigos del resucitado (16, 11.13.14). Los once han pasado de la duda a la fe bajo la fuerza de la manifestación del propio Jesús. Por otro lado, el texto insiste en la misión de llevar el evangelio al mundo entero (16,15.18), relacionando estrechamente el testimonio de la palabra y de las obras o signos que la acompañan.

Finalmente, la eficacia de la palabra y de los signos se atribuye a la acción del Señor Jesús, elevado hasta Dios y partícipe de su realeza (su trono) universal. El resucitado no abandona el mundo de los hombres, sino que, manifestándose a los discípulos, se adueña de su palabra y por ello su acción se extiende “a todo lugar”. Habría mucho que decir a este propósito de la actualidad de la resurrección de Jesús y de la manera con que la fuerza divina que en ella se revela logra manifestarse a través del testimonio de los creyentes.

Relatos de la Ascensión

Aunque nuestra forma de pensar siempre se interroga de esta manera: ¿qué sucedió exactamente? En realidad nos acercaríamos más preguntándonos: ¿qué nos quiere decir el autor del relato?

 

Jesús no se puso a volar, no traspasó las nubes. Dios no está arriba, como el infierno no está abajo; el cielo no es una geografía.

 

Una vez más caemos presos de un lenguaje temporal, de una forma de explicación que pudo servir en ese tiempo. Y que muchos en la Iglesia lo han mantenido absurdamente. Nos querían mostrar la luna, y nos quedamos viendo el dedo. Seguimos diciendo que los niños vienen, en el pico de una cigüeña, de París. Como tampoco llora nadie perlas de nácar.

 

Son formas de contar. Es un estilo literario, una pedagogía de ese tiempo. El relato de la Ascensión no es un suceso, algo que ocurrió como lo cuenta Marcos o como dice Lucas. Ninguno de los dos quiso describir algo. Sino explicar la terminación de una etapa con Jesús entre nosotros. Y el comienzo de otra.

 

Los creyentes no deben dudar más, ni permanecer encerrados o tener miedo, una vez que han visto a Jesús resucitado. Deben convertirse en testigos, ofrecer esa alegría, esa verdad, a todo el mundo. Pueden estar seguros de que el espíritu de Jesús los acompañará, si permanecen unidos a él. Pero claro que un veneno los puede matar, o una serpiente picar. De hecho Jesús no hacía esas cosas, ni tampoco era un políglota que podía entenderse con todos. En cambio, es posible que esa energía les haga vencer el veneno de la murmuración o del menosprecio; es seguro que a los más creyentes ni siquiera la amenaza de perder su vida les detendrá.

 

La ascensión es la culminación gloriosa de la cruz, su sentido final. Lo mismo que es la promesa en la que creemos. La transfiguración fue un atisbo, la ascensión es una realidad cumplida. Allí y aquí hay una lectura creyente, una interpretación. Los evangelios no pueden ser enviados especiales, espectadores impávidos, informadores impasibles de unos sucesos. Son testigos que lo viven y se sienten directamente involucrados.

 

La ascensión de Jesús pasa el testigo a nosotros. Es el tiempo de los discípulos. Nos invita a una mayoría de edad. A repensar constantemente sus palabras y su memoria. A sacarles brillo, entenderlas y desarrollarlas en cada lengua de nuestro mundo, o cultura, o situación. Su ascensión es un acto de confianza en nosotros. Un empujón para que no quedemos mirando, solo de espectadores de la vida, sino que pasemos a la recreación de nuestro mundo, siguiendo sus pasos.

 

Va a comenzar el evangelio de la iglesia, o de las iglesias. La ascensión culmina los relatos sobre quién fue Jesús y abre el debate sobre quiénes somos nosotros[1].

[1] Se dirá quizá que Marcos escribía para unos cristianos enfrentados con la desconfianza e incluso con persecuciones violentas. Para nosotros, la coyuntura es muy distinta y el mundo está bien dispuesto para un evangelio debidamente comprendido. Pero ¿cuál es ese evangelio debidamente comprendido? El evangelio sigue exigiendo cambios de comportamiento, conversiones que atraen la incomprensión y el recelo para los que se deciden a ellas. Por otra parte, el cuestionamiento radical de la fe en la cultura moderna hace que no tengamos que esperar la oposición de los de fuera; está instalada en nosotros mismos, partidos como estamos entre la fe y la incredulidad. Tenemos que “vigilar” para abrazar los ideales que nos urgen y discernir lo mejor a la luz del evangelio. Para ello, nos es más necesario que nunca el manejo de los evangelios. Y entre los cuatro, el de Marcos, que guarda tan pocas consideraciones con nosotros, está muy indicado para sacudirnos del sueño.

PERO…

¿Cuál es el final de Marcos?, ¿el miedo?: No dijeron nada a nadie porque tenían miedo

 

Muchos estudiosos consideran que el evangelio de Marcos terminaba en el versículo 8 del cap 16: Las mujeres (María Magdalena, María la de Santiago y Salomé) salieron huyendo de la tumba, pues el temor y el asombro se había apoderado de ellas. Y a nadie dijeron nada, porque tenían miedo.

 

Un relato de muy diverso tipo a los de las apariciones del resucitado. Las mujeres huyen de la tumba vacía, llenas de miedo y no dicen nada a nadie. Tienen un doble miedo, el que les hace huir y el que las mantiene en silencio. Quizá la explicación a este mutismo haya que buscarla en la situación de la comunidad marcana, donde el miedo a la persecución generaba la tentación de silenciar el mensaje del evangelio 13,9.11-13.

 

Los versículos finales 16,9-20 están en la mayoría de los manuscritos conservados. Ireneo de Lyon los cita ya en el año 185 y quizá antes Justino. Pero es casi seguro que no fueron escritos por Marcos y no eran la conclusión original del evangelio. Mateo y Lucas siguen a Marcos casi al pie de la letra hasta el 16,8 y luego divergen radicalmente lo que sugiere que no había más en la versión original marcana. Tampoco existen estos versículos en los mejores manuscritos griegos conservados. Hay muchos testigos cristianos primeros que corroboran la naturaleza secundaria del final largo. Por último, este largo final 16,9-20 da la impresión de ser una síntesis esquemática de apariciones del Resucitado relatadas en los otros evangelistas. Al revés, es decir que los relatos restantes fueran extensiones de este resumen, sería muy improbable. Marcos es más detallado que Mateo y Lucas en los pasajes que comparten los tres.

 

Pero ¿podría tener un evangelio un final dominado por el miedo y el silencio? Hay muchos que han aducido otro final que se perdiera muy pronto. No hay una conclusión segura. En todo caso, este final no dista mucho de otro sorprendente en Mc 6,52, después de la multiplicación de los panes y del caminar de Jesús sobre el agua: Subió a la barca y se calmó el viento; y ellos se quedaron muy asombrados, porque no había entendido el milagro de los panes, pues tenían el entendimiento oscurecido. Y, como sabemos, no es la única escena chocante creada por Marcos.

 

El miedo, y expresamente la ansiedad ante la persecución como posible resultado de la proclamación del mensaje cristiano, parece ser una preocupación de la comunidad marcana (Cuidaos vosotros mismos; porque os entregarán a las autoridades y os golpearán en las sinagogas. Os harán comparecer ante gobernadores y reyes por causa mía; así podréis dar testimonio de mí delante de ellos. Pues antes del fin el mensaje de salvación tiene que anunciarse a todas las naciones. Y no os preocupéis por lo que diréis cuando os entreguen a las autoridades. En esos momentos decid lo que Dios os dé a decir, porque nos eréis vosotros los que habléis, sino el Espíritu Santo 13,9-13), cuyo estado emocional se refleja probablemente en la imagen de 4,35-41; unos discípulos sacudidos por la tempestad, rodeados por la oscuridad y olas crecientes, y con el miedo de estar a punto de fallecer.

 

Un final como el de 16,8, que prescinde de las apariciones del Resucitado, refleja ese miedo y simultáneamente afirma la resurrección de Jesús, y deja espacio para la duda, un cuadro que corresponde a la situación de una comunidad cristiana que cree en el kerigma de la Pascua, pero no ha visto a Jesús resucitado con sus propios ojos (¡Dichosos los que crean sin haberme visto! Jn 20,29). Esas mujeres que huyen quizá describen la situación de algunos de la comunidad que se encuentran indecisos entre el miedo y la fe, tentados de escapar hacia la seguridad del mundo, pero atormentados a la vez por el mensaje de la resurrección. Mensaje que ya había aparecido en los versículos anteriores 16,1-7. De hecho, allí hay un anuncio de las futuras apariciones: Allí lo veréis. Ellos ya saben lo que ha pasado después. La reunión en Galilea profetizada en 14,28 (Después de mi resurrección iré delante de vosotros a Galilea) y 16,7 había ocurrido en realidad. Las historias de las apariciones del Resucitado circulaban al menos desde que Pablo escribió 1Cor 15 en los años cincuenta y eran seguramente muy conocidas cuando Marcos escribió su evangelio a finales de los sesenta o a principios de los setenta. Sabía Marcos que para ese tiempo los miedosos habían terminado por ser testigos; al menos dos de los Doce, incluido Pedro, había muerto ya como mártires. El miedo no había tenido la última palabra.

 

El sepulcro queda vacío, Jesús ausente, ¿pero puede estar presente en cualquier otro lugar donde se vuelva a contar su historia y se oiga con fe? Así que volveríamos a la primera página del relato de Marcos: El comienzo de la buena nueva de Jesucristo…

 

 

Final de Marcos: No dijeron nada a nadie porque tenían miedo

 

No hay apariciones.

Hay una confesión de fe en un Cristo, muerto en la cruz, y resucitado. Su final es misterioso.

Hay una cita en Galilea. Comenzar de nuevo.

¿Qué hubiera pasado si no hubieran hablado por miedo?

¿Qué pasa cuando tenemos miedo y nos callamos?

 

 

La falta de imaginación, el gran enemigo de la fe

 

Una década después de su conversión Newman escribió: Comenzando por la existencia de un Dios que para mí es tan cierta como la certeza de mi propia existencia, busco fuera de mí mismo en el mundo de los hombres, y lo que veo me llena de una angustia inexpresable. El mundo parece limitarse a contradecir esa gran verdad, de la que todo mi ser está tan repleto… Si me mirara en un espejo y no viera mi rostro, tendría el tipo de sentimiento que ahora me asalta cuando miro este mundo vivo y ajetreado y no veo el reflejo de su Creador… De no ser por esta voz que habla tan claramente en mi conciencia y en mi corazón, yo sería ateo…

 

Newman: Vivir es cambiar; y ser perfecto es haber cambiado mucho. Para él la certeza nunca era estática, sino una aventura de profundización. Del mismo modo que subrayaba la implicación de la persona entera en la llegada a la fe, también evocaba la aventura (una de sus palabras favoritas) espiritual de vivir la propia fe.

 

Para él la función de la imaginación consistía, literalmente, en realizar la fe, en el sentido de hacer a Dios real en la vida de la persona. Por eso afirmó: al corazón se llega habitualmente, no a través de la razón, sino a través de la imaginación. Según él, la fe necesita ser discernida, basada y apropiada como una realidad por la imaginación religiosa. La teología de la imaginación religiosa proporciona un apoyo vivo en verdades y abre la puerta a hábitos de religión personal. Es decir, a no ser que la verdad religiosa incida de algún modo en nuestra imaginación, no se hará personalmente viva. En su cuaderno personal escribió: La (escasa) imaginación, no la razón, es el gran enemigo de la fe[1].

 

 

Pregonar el evangelio. ¿Qué misión podemos hacer hoy?

 

“Desde el centro del mundo, en el que Jesús se adentró a morir, construyen las nuevas fuerzas una Tierra Transfigurada.

 

En lo más profundo de toda realidad ya han sido vencidos la banalidad, el pecado y la muerte; pero se requiere todavía el pequeño tiempo que llamamos “Historia después de Cristo”, hasta que, en todas partes, y no sólo en su Cuerpo, se deje ver lo que ya ha acontecido realmente.

 

Porque Él no comenzó a curar, a salvar y a transfigurar el mundo en los síntomas de la superficie, sino en las raíces más internas; y nosotros, gentes de la superficie, pensamos que no ha pasado nada. Porque aún siguen corriendo las aguas del sufrimiento y de la culpa, suponemos que aún no se les ha vencido en el manantial del que brotan. Porque la maldad sigue trazando arrugas en el rostro de la tierra, deducimos que en el corazón más profundo de la realidad ha muerto el amor.

 

Pero todo es apariencia, aunque la tomemos por la realidad de la vida. El Resucitado está en el esfuerzo anónimo de todas las criaturas que, aún sin saberlo, se esfuerzan por participar en la glorificación de Su Cuerpo. El Resucitado está en cada lágrima y en cada muerte, como júbilo y vida escondidos, que vencen cuando parecen morir.

 

Por eso nosotros, hijos de esta tierra, tenemos que amarla. Aunque sea todavía terrible y nos torture con su penuria y su sometimiento a la muerte. Tenemos que amarla…” (K. Rahner).

[1] Un ejemplo de esta dificultad para la imaginación la tenemos en el abrupto final del libro de Jonás 4,10-11: Tienes piedad del ricino, por la cual no trabajaste, ni la hiciste crecer; que en el espacio de una noche nació, y en el espacio de otra noche pereció. Y ¿no voy a tener piedad de Nínive, esa gran ciudad donde hay más de ciento veinte mil personas que no saben discernir entre su mano derecha y su izquierda, y también mucho ganado? Por cierto, un final tan abrupto y enigmático como el del evangelio de Marcos, si nos atenemos a la opinión de que terminaba en 16,8.