LEER EL EVANGELIO HOY – Mc 9,38-48

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LEER ESA PALABRA EVANGÉLICA

INTRODUCCIÓN:   Ricardo Menéndez Salmón

 

En el caso del «Antiguo Testamento», estamos ante una serie de libros estilísticamente poderosísimos. Hay textos que están entre lo mejor que la literatura nos ha regalado: el «Libro de Job», el «Cantar de los cantares»…

Mientras que el «Nuevo Testamento» me atrae como una especie de novela sobre un personaje; una novela, además, contada desde distintos puntos de vista, en función de quién sea el evangelista al que leamos.

Jesús, no lo olvidemos, es uno de los primeros personajes de la Historia de la Literatura. Su vida, su obra, su vocación, su mensaje, todo llega a nosotros como relato de quienes supuestamente formaron parte de su núcleo cercano.

 

 

 

 

EL EVANGELIO DE HOY

 

 

La carta de qué Santiago

 

Digamos, ante todo, unas palabras de aclaración en torno a este protagonista: Santiago, En los escritos del NT aparecen dos: Santiago, el hijo de Zebedeo y Santiago el hermano del Señor.

 

Santiago, hijo de Zebedeo, era el hermano de Juan. Los dos aparecen en todas las listas de los doce discípulos de Jesús (Mc 6,17; Mt 10,2; Lc 9,14; Hch 1,13). Como su hermano Juan, Santiago aparece dentro del círculo más íntimo, junto con Pedro (Mc 9,2; Mt 17,1; Lc 9,28). Hechos (12,2) cuenta que fue ajusticiado en Jerusalén por Agripa I, el nieto de Herodes el Grande, hacia el año 46. No existe ninguna referencia de escritos atribuidos a él. El conocido pasaje del pedido de la madre de estos hermanos a Jesús deja suponer que también Juan sufriría martirio, beberéis el mismo cáliz que yo.

 

En cambio, a Santiago, llamado el hermano del Señor, nunca se le menciona en los evangelios entre sus discípulos. A pesar de todo, la tradición oral más antigua lo sitúa entre los apóstoles y testigos de la resurrección de Jesús (1Cor 15,7 …Cristo se apareció, después de su muerte, a Pedro y a los doce. Después se apareció a más de quinientos hermanos a la vez, la mayoría de los cuales vive todavía, aunque algunos han muerto. Después se apareció a Santiago, y luego a todos los apóstoles).

 

Pablo llegó a conocerlo personalmente como líder de la iglesia de Jerusalén (Gal 1,19 Tres años después fui a Jerusalén para conocer a Pedro, con quien estuve quince días. Pero no vi a ninguno otro de los apóstoles, sino a Santiago, el hermano del Señor; 2,9 Por eso Santiago, Pedro y Juan, que eran tenidos como columnas de la iglesia…). Esto queda confirmado en Hch 15,1-21, cuando Santiago aparece como el portavoz de la iglesia en Jerusalén que no impone a los conversos gentiles la circuncisión.

 

Hay, en fin, un testimonio ajeno a la Escritura, el del historiador Josefo, que confirma su identidad y su papel en Jerusalén hasta su muerte en el año 62 dC, durante el período de tumultos previos a la revuelta. Los testimonios más antiguos lo llaman hermano de Jesús, cosa que ha suscitado debates y leyendas. Más tarde aparecerán varias obras que se le atribuyen, sobre todo una sobre la infancia de María, conocida como Protoevangelio de Santiago. Relacionado siempre con la rama judía del movimiento de Jesús en Jerusalén.

 

 

Santiago: ebionitas, nazoreos y otros

 

Santiago aparecerá luego en parte de la literatura cristiana apócrifa o popular, llena de novelas del tiempo, leyendas, etc., donde se novelaba con gran libertad hechos y personajes del pasado. Por ejemplo, Santiago es uno de los personajes de los Hechos de Pedro. Pedro encarga a Santiago la custodia del libro de sus predicaciones. Proceden de un grupo de judeocristianos rigoristas conocidos como ebionitas (en arameo: pobre). Una especie de designación honorífica para esos grupos que remontaban sus antecedentes a la antigua iglesia de Jerusalén dirigida por Santiago.

 

Con este nombre se presenta una amplia corriente del cristianismo judío que se resistía a abandonar totalmente la observancia y la tradición judías por otras normas, en general gentiles, del movimiento cristiano. En ocasiones se les llamaba nazoreos. Se sentían como la verdadera iglesia, la de los hebreos. Se remitían a la forma original del movimiento de Jesús y censuraban todo cambio posterior que pudiera distorsionar el mensaje original. Pablo era el enemigo por excelencia.

 

Finalmente este movimiento de cristianismo judío será catalogado de herético por la corriente principal del movimiento cristiano, porque insistía en la observancia de la Torá, afirmaba que Jesús nació como un ser humano y fue adoptado como hijo de Dios, el Mesías, en su bautismo.

 

La carta

 

No hay ninguna cita de ella en otros autores cristianos hasta mediados del s III y no se la consideró parte del NT hasta un siglo después. Puede datarse entre los años 74/125 dC. A lo más podría reflejar la enseñanza moral de un grupo cristiano primitivo de Siria o Palestina.

 

Más que carta, es una colección de instrucciones morales en forma de aforismos o máximas, después de una breve introducción epistolar. Los dichos se agrupan de acuerdo con su temática, al estilo de las obras de la tradición sapiencial judía. Tiene semejanzas con las máximas de los filósofos griegos y Pablo, sobre todo Sant 4,1-3 (es decir, la segunda parte de la lectura de este domingo).

 

La carta se dirige a una iglesia con una identidad cristiana consolidada. Habla de maestros y presbíteros (3,1; 5,14) que oran sobre los enfermos; todos practican la confesión mutua de los pecados (5,15-16). Quizá los versículos más conocidos son los que se refieren a las diferencias socioeconómicas, al modo de recibir a los ricos, etc. (1,9-11; 2,1-3; 5,1-3). Proclama una fuerte ética comunitaria basada en el compartir (1,27; 2,15-16).

 

 

 

 

Jesús y sus discípulos, una relación significativa

 

Toda esta sección del evangelio (cap 9-10), como recordábamos el lunes pasado, está atravesada por la preocupación de Jesús al comprobar dos escenarios inquietantes: a él le queda poco tiempo de vida y a sus discípulos les queda mucho por aprender. De manera que Marcos va a remarcar, con reiteración, la insistencia de Jesús en apartarse de la gente que los seguía, en dirigirse en privado a sus discípulos.

 

Van hacia Jerusalén, es decir, hacia el final de su vida y a ellos los ve muy tiernos, muy despistados, metidos todavía en sus propias ideas (piensan como los hombres, no como Dios), en la estricta tradición judía, sin acabar de salir de sus ideas de costumbre. Marcos dispondrá en este trayecto varios signos evidentes: Jesús cura de una serie de enfermedades que impiden ver, oír, caminar. Espíritu mudo y sordo, yo te ordeno que salgas de este muchacho y no vuelvas a entrar en él (9,25). Esto es, son señales de todo lo que impide salir de las ideas y costumbres consabidas y marchar por su camino nuevo. Les hablará del peligro de las riquezas, que son cepos en los pies impidiendo la ascensión a cimas más altas de humanidad y espíritu.

 

Marcos insiste en la importancia que tenía para el maestro tener unos discípulos adelantados, capaces de penetrar el significado de sus palabras y actos, de gente que no se quedara en las ramas. De manera que vemos y oímos a Jesús insistiendo en sus novedades, enseñando a ver, a escuchar, a caminar por sendero más libres o arriesgados. Entender esos pasos resultará fundamental para no extraviarse al llegar al último, a esa tremenda semana final de su vida, que teme vaya a resultar demasiado exigente para gente tan medrosa y despistada.

 

Pasaron por Galilea, pero Jesús no quiso que nadie lo supiera, porque estaba enseñando a sus discípulos (9,30-31). La construcción de este grupo, que no es una iglesia, pero será más tarde su origen, es un empeño tan insistente, que a veces puede parecer casi obsesivo. Sin embargo, también en eso les va a indicar un nuevo estilo, como una nueva regla, un sistema métrico diferente para medir las relaciones sociales y personales.

 

 

 

Mc 9,38-43. 45. 47-48

 

En aquel tiempo dijo Juan a Jesús:

  • Maestro, he visto a uno que echaba demonios en tu nombre, y se lo hemos querido impedir, porque no es de los nuestros.

Jesús respondió:

  • No se lo impidáis, porque nadie hará un portento en mi nombre y podrá inmediatamente hablar mal de mí. El que no está contra nosotros, está a favor nuestro. Y, además, el que os dé a beber un vaso de agua, porque seguís al Mesías, os aseguro que no se quedará sin recompensa. Al que escandalice a uno de estos pequeñuelos que creen, más le valdría que le encajasen en el cuello una piedra de molino y lo echasen al mar. Si tu mano te hace caer, córtatela; más te vale entrar manco en la vida, que ir con las dos manos al infierno, al fuego que no se apaga. Y, si tu pie te hace caer, córtatelo: más te vale entrar cojo en la vida, que ser echado con los dos pies al infierno. Y, si tu ojo te hace caer, sácatelo: más te vale entrar tuerto en el reino de Dios, que ser echado con los dos ojos al infierno, donde el gusano no muere y el fuego no se apaga.

 

 

Cambios de escala en los valores

 

Con un lenguaje excesivo (como solía ser habitual en su tiempo), evocando al Juicio Final, Jesús se refiere en esta serie de sentencias a los distintos caminos que tomarán las gentes: a su favor, el del Reino, o en su contra. Probablemente resuenan aquí las dificultades de aquellos primeros misioneros cristianos peregrinos o pequeños grupos iniciales de creyentes tan débiles ante la recepción o el rechazo que les hicieran las personas de su entorno. Hay juicios hiperbólicos sobre el castigo que merecerán los malvados, pero también advertencias muy claras sobre la conducta de los fieles.

 

 

Expulsar demonios “en mi nombre”

Ya hemos hablado muchas veces del cuidado que hemos de tener para entender esa sociedad mágica llena de espíritus, demonios, curadores o hechiceros. Esta escena de alguien que cura en nombre de Jesús se repite luego, mucho más extensamente en Éfeso con Pablo, Hch19,1ss. Una sociedad sin medicina, pero con muchos males atribuidos a posesiones mágicas y variados “artesanos” de sanaciones. Había exorcistas judíos itinerantes que podían utilizar para sus fines, la supuesta fuerza de algunos personajes (Jesús, Pablo) que se habían ganado poderosa fama de curanderos.

 

 

No se lo impidáis

Esta escena del que expulsa demonios en nombre de Jesús, con una descripción muy parecida, aparece también en Lc 9,49-50. Y probablemente está hecha en referencia al pasaje de Nm 11,24-30 que tenemos, precisamente, en la primera lectura de este domingo.

Trata sobre la pretensión detener la exclusiva de la revelación, de la verdad. Tal vez estos dos textos nos ayuden a traer esa temática más cerca de nosotros.

 

La oración de Lutero: Enséñame, Padre, a no confiar solo en mí mismo, sino a esperarlo todo de tu voluntad incansable. Que la tristeza de vivir, tantas veces en desacuerdo con tu voluntad, no me hunda. Que, más bien, tu misericordia envuelva toda mi vida y la haga fecunda.

 

Recordemos asimismo las palabras de Timothy Radcliffe: Nosotros somos católicos romanos y a mí me gusta la tensión entre estas dos palabras. Somos una comunidad particular, como lo fue el mismo Jesús; pero, además debemos ir más allá de nuestra presente identidad. Esta es la belleza de la historia de la Iglesia. Cada etapa, cada transformación y evolución, abriéndose a otra cultura, era una pequeña muerte a una identidad antigua y más limitada, era como un renacer. Tenemos que continuar esta peregrinación hacia una verdad que nosotros ciertamente no captamos en su plenitud.

 

 

Nosotros > ellos

 

En el pasaje de hoy hay una peculiaridad de ese servicio que Jesús resalta y deja en claro. La peculiaridad humana es tal que, incluso en el acto de servicio, podemos diferenciar, no solo jerarquías, sino exclusividades: los que no son de los nuestros. Si ya ha corregido la aspiración a la grandeza de sus discípulos, la búsqueda de los primeros puestos, ahora quiere hacerlo con su sentido de grupo que ellos interpretan así: no nos siguen, no son de los nuestros. En las palabras de los discípulos nuestros son los del grupo, en las de Jesús los del Reino. Y el Reino existe también fuera del grupo, más allí de la Iglesia.

Jesús quiere formar un grupo, pero lo quiere abierto. Anima al servicio, pero éste no tiene por qué ser una cualidad exclusiva de sus seguidores, hay otros que no son del grupo, que también se animan a ayudar, que comparten con nosotros muchas cosas, aunque no todas.

La fe, según cómo se entienda, puede estar peligrosamente cerca del fanatismo. Es decir, muy cerca de convertirse en lo contrario de lo que predica. Fe es confianza en Dios, en el misterio que siempre debemos buscar, no en uno mismo y en las doctrinas inalterables.

 

 

Un vaso de agua

Probablemente resumen en esta imagen una situación de persecución o desprecio hacia los misioneros ambulantes, o los cristianos iniciales. Unos los despreciarán, otros serán caces de ofrecerles un vaso de agua. En un lenguaje que evoca el destino final de los que toman una u otra actitud está la violenta imagen la piedra atada al cuello, como símbolo de lo extremo de la situación. Una amenaza a los perseguidores.

 

 

Exigencias para los cercanos

 

EL pasaje de este domingo tiene una segunda parte, desde el versículo 42, que ha sido siempre polémica de varias maneras. El pasaje puede ser una acumulación de consejos o palabras de Jesús recordadas, seguramente de otras situaciones, y colocadas aquí. Vamos a leerla con atención.

 

En primer lugar hay una traducción que quizá nos puede ayudar a comprenderlo. Se ha traducido: al que escandalice a uno de estos pequeños que creen, más le valdría atarse al cuello una piedra… Pero hay otra forma de hacerlo: A cualquiera que haga caer en pecado a uno de esos pequeños que creen en mí… Se refiere, por tanto, a esas acciones que hacen a otros equivocarse gravemente, a quienes pervierten a los más sencillos, a quienes corrompen la confianza en Jesús, la fe.

 

Luego vienen esas conocidas y crudas reconvenciones: si tu mano, si tu pie, si tu ojo, te hacen caer… Palabras que tanto se han empleado en una religión un tanto centrada, y aun obsesionada, por el pecado y la condenación eterna. Dichos de Jesús recordados como amenazas por predicadores del temor. Aunque las palabras mano-pie-ojo han sido usadas en otros pasajes bíblicos como símbolos sexuales, en este contexto no parecen tener ese sentido.

 

Se trata un lenguaje que, como otros muchos, debe ser entendido. Para nuestra sensibilidad actual se lleva muy mal, incluso parece enfrentarse violentamente, con una gran mayoría de palabras de Jesús sobre el perdón, la paz, la misericordia. Sin embargo, si nos ponemos a recordar, no son sus únicas expresiones fuertemente paradójicas. Las solía emplear para enfatizar su mensaje y, como sabemos, son muy del gusto oriental, de sus gentes. Las vemos a lo largo de varios libros de la Biblia. Las podemos recordar en varias de sus escenas, desde la última cena donde hablar de comer carne, de beber sangre; hasta la maldición de una pobre higuera; hasta la que quizá ha quedado como prototipo de esa peculiar forma de acentuar algo hasta casi exasperarlo: el camello que quiere pasar por el ojo de una aguja.

 

Por tanto, lo que nos interesa no es tanto la forma literaria, adecuada o no para nuestras formas actuales, sino lo que Jesús pretende con esas maneras. ¿Y qué es lo que reclama de sus oyentes, de sus discípulos más cercanos? Como en tantos otros pasajes la mano es el instrumento principal para la acción, por tanto, también para los delitos; pie es la figura de lo que nos pone en movimiento hacia ese lugar del mal; el ojo es el principal medio por el que la tentación nos suele llegar. En tal caso podríamos muy bien traducir la palabra cortar de otra manera: Si tu mano te escandaliza¡no peques! Si tu pie te escandaliza… ¡no vayas a ninguna parte donde puedas cometer pecado! Si tu ojo te hace errar… ¡no pienses siquiera en cometer pecado alguno!

 

Son expresiones desmedidas para decirles que la cosa va en muy en serio; que el seguirle no va a ser, simplemente, una cosa de buena voluntad, de sentimientos. Que es imposible hacerlo sin dejar otras cosas, sin cortar por lo sano con más de una costumbre, aunque la tengamos tan cercana como un miembro de nuestro cuerpo. Que elegirle, como siempre pasa, es abandonar otras cosas. Que no se puede jugar a tantas barajas. Como les dirá en otras ocasiones, empleando parábolas o palabras diferentes, hay que podar la viña para que dé fruto. Si dejamos en nosotros que crezcan costumbres de cualquier tipo, la sabia se perderá inútilmente.

 

 

C.S. Lewis en su libro: Una pena en observación

 

Nunca sabe uno hasta qué punto cree en algo, mientras su verdad o su falsedad no se convierten en un asunto de vida o muerte. Es muy fácil decir que confías en la solidez y fuerza de una cuerda cuando la estás usando simplemente para atar una caja. Pero imagínate que te ves obligado a agarrarte de esa cuerda, suspendido sobre un precipicio

 

La siguiente historia me fue contada como verdadera. Una irlandesa que acababa de confesarse se encontró en las escaleras de la capilla con otra mujer, su mayor enemiga de la aldea. Ésta lanzó un torrente de improperios contra aquélla. ¿No es vergonzoso, replicó Biddy, que usted, cobarde, me trate de este modo ahora que me encuentro en Gracia de Dios y no puedo responderle? Pero espere un momento. No estaré en Gracia de Dios por más tiempo.

 

Esta es mi permanente y continua tentación: descender a ese mar (creo que San Juan de la Cruz empleaba la palabra mar para calificar a Dios) y no sumergirme, nadar o flotar en él, sino solamente salpicar y chapotear, tomando precauciones para no descender a las profundidades y sujetar el salvavidas que me une con las cosas temporales.

 

Esta tentación concierne a aquellos que ya han admitido la exigencia y están haciendo incluso esfuerzos para satisfacerla, y consiste en buscar anhelantemente que la exigencia sea la menor posible. Somos realmente muy semejantes a los contribuyentes honestos pero mal dispuestos. Tenemos mucho cuidado en no pagar más de lo necesario.

 

El proceso consiste, a mi juicio (y creo que no estoy equivocado), en el ejercicio diario, de cada hora, de mi propia voluntad para renunciar a esa actitud, especialmente por las mañanas, pues esa disposición crece a mi alrededor cada noche como un nuevo caparazón. Los fracasos deben ser olvidados. Lo fatal es el consentimiento, la presencia tolerada y regularizada de una zona en nosotros que seguimos reclamando para nosotros mismos. No podremos expulsar nunca al invasor –esa zona de muerte- de nuestro territorio, pero debemos estar en la resistencia, no en un gobierno de Vichy. Y ello debo comenzar, tal como yo lo veo, de nuevo cada día. Nuestra oración matinal deberá ser la de la Imitatio: concédeme tener hoy un comienzo intachable, pues todavía no he hecho nada.