LEER EL EVANGELIO HOY – Mc 4,26-34

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LEER ESA PALABRA EVANGÉLICA

Mc 4,26-34

Dijo Jesús a la gente: El reino de Dios se parece a un hombre que echa simiente en la tierra. Él duerme de noche y se levanta de mañana; la semilla germina y va creciendo, sin que él sepa cómo. La tierra va produciendo la cosecha ella sola: primero los tallos, luego la espiga, después el grano. Cuando el grano está a punto se mete la hoz, porque ha llegado la siega.

 Dijo también: ¿Con qué podremos comprar el reino de Dios? ¿Qué parábola usaremos? Con un grano de mostaza: al sembrarlo en la tierra es la semilla más pequeña, pero después brota, se hace más alta que las demás hortalizas y echa ramas tan grandes que los pájaros pueden cobijarse y anidar en ellas.

Con muchas parábolas parecidas les exponía la palabra, acomodándose a su entender. Todo se lo exponía con parábolas, pero a sus discípulos se lo explicaba todo en privado.

 

El contexto de la comunidad

Recordemos que estas comunidades, la de Marcos concretamente, vivían un momento de especial dificultad social. Han pasado muchos años desde la Pascua de Jesús, la comunidad ha crecido, pero cada vez soporta más dificultades en su entorno. No son acogidos entre los judíos, sino hostigados como herejes. Esa persecución constante está amenazando la misma integridad de la comunidad, cuestiona el mismo sentido de la fe y hace tambalear a algunos.

En el interior de la comunidad también aparecen otras dificultades: falta coherencia en el seguimiento de lo que era el camino de Jesús, muchas tentaciones de relajación y desviación, algunos dirigentes tampoco están siendo muy responsables y dignos de la función de guía y enseñanza. Por supuesto se preguntan por su fe, pues ellos creen en Jesús en medio de una gran mayoría judía que no lo hace, ¿por qué sucede eso?, ¿quiénes son los verdaderos creyentes?, ¿qué es lo que determina la fe de unos y otros?, ¿qué hay que hacer y creer para tener esa fe?

Muchas veces los creyentes repiten palabras, consignas, símbolos, que van perdiendo su vigor. Por ejemplo: dicen que el núcleo de su fe es el Reino de Dios. Pero, ¿qué es eso, en qué consiste, a qué se parece, y para quién es? Ellos miran extrañados a su alrededor, donde crece la hostilidad y se preguntan: ¿cómo es que no entienden nuestro mensaje o no interpretan signos tan claros? ¿Por qué, incluso recibimos tan frecuentes ataques?

Probablemente Marcos tenía en cuenta esa situación real de su comunidad cuando se puso a resumir lo que había oído de Jesús. De hecho pone en su boca uno de los pocos discursos de Jesús en su evangelio. Quiere explicar en qué consiste el Reino de Dios que anuncia, para las preguntas de los que están confusos o decepcionados, o para contrarrestar las expectativas equivocadas de otros. Y lo va a hacer en un lenguaje muy poético, sugerente y típico suyo: por medio de parábolas.

 

Hablar en parábolas

La parábola es una historia breve que ofrece una enseñanza a través de comparaciones, imágenes, metáforas. Es un lenguaje indirecto. Es utilizar imágenes y sensaciones cotidianas en los oyentes para llevarles a otro territorio mental. Se toma lo que se tiene ante los ojos para sugerir e ilustrar algo más complejo, abstracto o no habitual a la experiencia de la gente. Las parábolas pueden ser muy diversas: desde sencillas comparaciones, ejemplos, alegorías, hasta narraciones más elaboradas.

Lo que importa de las parábolas es su capacidad de insinuación, de inspiración. Las parábolas son un ejercicio para enseñar a mirar la vida, a verla en sus sentidos más explícitos o escondidos. Las parábolas parten de algo obvio y nos conducen a otro territorio escondido. Más que transmitir una idea o creencia determinada, lo que buscan es estimular la forma de mirar, el pensamiento o la memoria del oyente, suscita una reflexión personal y sugiere e ilumina algún aspecto de la vida, mostrando la necesidad de un cambio de pensamiento o de conducta.

Hasta este momento de su evangelio, Marcos había presentado a Jesús enseñando en casas, ahora lleva a Jesús junto al mar y pone en su boca una especie de discurso, como si estuviera sentado en la orilla. Les propone a sus oyentes desconocidos y también a sus amigos un dilema: entender o no entender lo que él sugiere como sustancial en la vida. Es tan importante para él esa forma de vivir, ese estilo, que, como sabemos los repetirá constantemente: No viváis dormidos, vivid con los ojos abiertos. Sabed observar e interpretar las señales de vuestro tiempo. Haced como los campesinos que, mirando al cielo, saben si vendrá lluvia o viento. Otras veces dirá: vivid vigilantes, estad despiertos. Y pondrá ejemplos bien conocidos: no seáis como las vírgenes necias; o como el que no cuida su casa y la roban; o como el que almacena pensando que con eso salvará su vida… Etc., etc.

Lo principal para el cristiano no es la obediencia, sino el discernimiento. Pablo a los Gálatas: probad todo, quedaos con lo bueno.

Ahora bien, las parábolas una puerta para era revelación de la vida, de su valor y de su fondo, que quede al alcance de muchos. Es una sabiduría de los pequeños. Un saber que a veces se escapa a los sabios y entendidos. Jesús no hace teología racional, metafísica, dogmas. Cuenta historia de diario, hace repasar la vida, encontrarle el envés de la trama. Cree que muchas personas, si viven con atención, pueden acceder a ese entender. Como dice en Lc 10,21: te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has mostrado a los sencillos las cosas que escondiste de los sabios y entendidos. Sí, Padre, porque así lo has querido.

Ahora bien, el entender tiene también sus exigencias. Como dijimos arriba, no se entenderá nada si se vive desatento. En este capítulo, su reto a veces parece alcanzar tonos desafiantes tal como comprobamos en varios versículos: Los que tienen oídos, oigan. Se les dice todo en parábolas para que, por más que miren no vean, y por más que oigan, no entiendan. ¿No entienden está parábolas? ¿Cómo entenderán las demás? Fíjense en lo que oyen. Y terminaba en nuestro texto, como hemos oído: De esta manera les enseñaba Jesús el mensaje, por medio de muchas parábolas como éstas y hasta donde podían entender. Pero no les decía nada sin parábolas, aunque a sus discípulos se lo explicaba todo aparte.

De tal manera que se presenta aquí una separación entre quienes comprenden, vosotros, y los que no lo hacen, la gente de fuera. Marcos ordenará cinco parábolas en dos grupos, de acuerdo a los oyentes. La primera y las dos últimas están dirigidas a toda la gente, mientras que la segunda y la tercera, junto a la explicación de la primera parábola, será solo para los que iban a una con los doce. La lectura de este domingo es una de las contadas a todos.

El tema del Reino de Dios se menciona expresamente en dos de estas tres parábolas públicas; es, por tanto, el tema de fondo. Lo va a contar en un lenguaje familiar a sus oyentes galileos: el campo y sus labores, las semillas y sus cuidados. Pero no se va a fijar tanto en el sembrador, sino en la semilla y en su destino después de ser sembrada.

 

El Reino de Dios en parábolas campesinas

Marcos solo recuerda siete parábolas en su evangelio, mientras que Mateo cita 26 y Lucas 21. De las siete de Marcos, seis se repiten en los otros evangelistas, pero una, precisamente la primera de hoy, no tiene paralelo alguno.

En la primera parábola (4,3-9), que conocemos bien, explica cómo la simiente puede caer en terrenos de lo más variados y, por tanto, el resultado posterior estará de acuerdo a los suelos y a los cuidados. En la segunda (4,26-29), que nos ocupa hoy insiste en otro proceso, misterioso, imparable, que hace que cada semilla tenga su propio desarrollo sin el concurso humano. La parábola describe un proceso de crecimiento autónomo, independiente a la acción del sembrador. Jesús nos invita a observar esa vida independiente, ajena a nosotros, que nos habla de otras fuerzas naturales, y señala nuestra pequeñez.

En la tercera (4,30-32), muy breve y que también leemos, destacará por encima de todo el contraste entre la inicial pequeñez de la semilla y el resultado final tan espectacular. Una advertencia suplementaria que los labradores de Galilea comprendían al escucharle, pero nosotros no, es que la mostaza era una planta invasiva y, por tanto, muy peligrosa. Allí donde cae, agosta y seca las demás plantas para salir ella adelante. Cualquier resistencia, aunque parezca inicialmente mucho más fuerte, queda anulada por su misteriosa y secreta energía, pese a su apariencia deleznable.

Las tres parábolas transmiten una idea: la fuerza escondida de la semilla que, desde un inicio aparentemente frágil y sin posibilidades, pueden dar diversos frutos de forma incontenible, mucho más de lo que se pudiera sospechar. Necesita de la tierra para vivir, pero es la semilla la que produce ahí una nueva vida.

 

Comentando el misterio

Este misterio es el que Jesús comenta a sus discípulos cuando se queda a solas con ellos. Lo hace explicando la parábola primera del sembrador (4,13-20) y utilizando dos imágenes (4, 21-25).

Pero, en la explicación, el énfasis pasa de la semilla a la tierra: los que están a lo largo del camino, los que están en terreno pedregoso… Interesa explicar las circunstancias que hacen que la semilla produzca más o menos fruto. Ofrecer elementos de discernimiento para que el oyente o lector sepa situarse ante lo que ha escuchado; para sepa cómo proceder. Interesa, sobre todo, invitar a que sean tierra buena, a acoger la semilla y hacerla producir. La explicación insiste en las posibilidades que se abren si la tierra es buena.

 

Como dice un poeta de nuestro tiempo:

Estoy

con los que creen sin ver, con los que andan

sobre las aguas. Cuando el mundo entero

o mi mundo se hunden

tantas veces, entonces

algo relacionado con los pájaros

y los lirios me salva. 

Entonces tengo todas las palabras.