MUJERES “MENORES” EN EL EVANGELIO DE SAN MARCOS

Mujeres MENORES en el Evangelio de Marcos

 

Carlos Gil Arbiol, capuchino

Pamplona, 10 y 11 de noviembre de 2021

 

El autor del Evangelio de Marcos no firmó su obra, ni le puso fecha ni lugar de composición. De modo que no sabemos quién era ni las circunstancias personales que le llevaron a escribirla, más allá de lo que dice en esta breve joya que provocó que otros muchos quisieran narrar también la vida de Jesús. Entre los datos que ahí podemos descubrir de su autor (o autora) está su increíble creatividad narrativa, su atrevimiento para escribir un relato lleno de incógnitas y recovecos, de sorpresas y desafíos para el lector. Quizá el más llamativo sea haber decidido acabar la obra sin que el anuncio de la resurrección llegue a nadie, con un secreto compartido por unas mujeres que “no dijeron nada a nadie”:

Mc 16 1 Pasado el sábado, María Magdalena, María la de Santiago y Salomé compraron aromas para ir a embalsamarle. 2 (…) 5 Y entrando en el sepulcro vieron a un joven sentado en el lado derecho, vestido con una túnica blanca, y se asustaron. 6 Pero él les dice: “No os asustéis. Buscáis a Jesús de Nazaret, el Crucificado; ha resucitado, no está aquí. Ved el lugar donde le pusieron. 7 Pero id a decir a sus discípulos y a Pedro que irá delante de vosotros a Galilea; allí le veréis, como os dijo.” 8 Ellas salieron huyendo del sepulcro, pues un gran temblor y espanto se había apoderado de ellas, y no dijeron nada a nadie porque tenían miedo…

Esta enigmática conclusión dejó perplejos a sus primeros lectores (que le añadieron diversos finales para completarlo). Sin embargo, así quiso terminarlo el evangelista Marcos (mañana veremos por qué).

Pero no menos sorprendente fue otra decisión. Marcos presentó a los discípulos, desde el principio, como torpes y miedosos, incapaces de entender a Jesús, poniendo dificultades continuamente, queriendo desviarle de su misión y, al final, traicionándole, negándole y abandonándole. En contraste con esta ineptitud están unos personajes secundarios que aparecen a lo largo del relato y que son puestos como ejemplo de confianza en Jesús para los discípulos y los lectores.

A. Los Doce en Marcos

Nos fijamos en los Doce y los discípulos varones.

Hay únicamente un par de escenas en todo el Evangelio de Marcos en las que los Doce aparecen positivamente. La primera es el relato vocacional (lo primero que hace Jesús), en la que les llama y ellos responden inmediatamente:

Mc 1 16 Bordeando el mar de Galilea, vio a Simón y Andrés, el hermano de Simón, largando las redes en el mar, pues eran pescadores. 17 Jesús les dijo: “Venid conmigo, y os haré llegar a ser pescadores de hombres.” 18 Al instante, dejando las redes, le siguieron. (Mc 1,16-18.19-20; 2,14)

Posteriormente, en Mc 3, aparecen los Doce en la escena de la elección:

Mc 3 13 Subió al monte y llamó a los que él quiso; y vinieron junto a él. 14 Eligió Doce, para que estuvieran con él, y para enviarlos a predicar 15 con poder de expulsar los demonios.

Aunque no nos dice cómo reaccionaron ellos (Jesús es el único que actúa ahí), ellos no hacen nada mal. Sin embargo, a partir de ese momento (la elección de Doce) todo se tuerce y empiezan a malinterpretar a Jesús, a ponerle obstáculos y a buscar otros caminos. Tres escenas de barca lo dejan muy claro en la primera mitad del Evangelio.

En la primera escena, aunque van con Jesús, la tormenta les hace temblar de miedo y gritar para que Jesús les salve.

Mc 4 28 Le despiertan y le dicen: “Maestro, ¿no te importa que perezcamos?” 39 (…) 40 Y les dijo: “¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?”

A partir de esta primera escena en barca sus intervenciones reflejan su miedo y falta de confianza, y Jesús les echa en cara en repetidas ocasiones que no le entienden. En la segunda escena en barca (Mc 6,45-53) lo confunden con un fantasma y en la tercera (Mc 8,13-21) Jesús les reprocha enérgica y repetidamente su incomprensión.

Mc 8 15 Él les hacía esta advertencia: “Abrid los ojos y guardaos de la levadura de los fariseos y de la levadura de Herodes.” 16 Ellos hablaban entre sí que no tenían panes. 17 Dándose cuenta, les dice: “¿Por qué estáis hablando de que no tenéis panes? ¿Aún no comprendéis ni entendéis? ¿Es que tenéis la mente embotada? 18 ¿Teniendo ojos no veis y teniendo oídos no oís? …

Así llegamos a mitad del Evangelio. Ahí se produce un duro enfrentamiento entre Jesús y Pedro, al que insulta llamándolo “Satanás” en Cesarea de Filipo. Es justo después del primer anuncio de la pasión (Mc 8,27-33), Jesús reprende a Pedro por no aceptar su destino:

Mc 8 31 Y comenzó a enseñarles que el Hijo del hombre debía sufrir mucho y ser reprobado por los ancianos, los sumos sacerdotes y los escribas, ser matado y resucitar a los tres días. 32 Hablaba de esto abiertamente. Tomándole aparte, Pedro se puso a reprenderle. 33 Pero él, volviéndose y mirando a sus discípulos, reprendió a Pedro, diciéndole: “¡Ponte detrás de mí, Satanás! porque tus pensamientos no son los de Dios, sino los de los hombres.”

A partir de ese momento, el evangelista deja cada vez más clara la distancia entre la misión de Jesús y la comprensión de los Doce. En los dos siguientes anuncios de la pasión (Mc 9,31; 10,33-34) los discípulos intervienen para discutir quién es el mayor entre ellos (Mc 9,34) y Santiago y Juan le piden un puesto a la derecha e izquierda en su gloria (Mc 10,37); en ambos casos Jesús debe redoblar sus esfuerzos para explicarles su misión, algo que ellos no terminan de entender en ningún momento del relato.

En Mc 10,28-31 Pedro interviene para llamar la atención de Jesús sobre la renuncia que habían hecho para seguirle (según Mc 1,16-20) después de que les dijera: “¡Qué difícil es que los que tienen riquezas entren en el Reino de Dios!” (Mc 10,23); Jesús les anuncia que recibirán mucho más de lo que han abandonado, pero les avisa: “muchos primeros serán últimos y los últimos, primeros” (Mc 10,31). El conjunto del evangelio deja en evidencia que tampoco en ese momento han entendido la misión de Jesús a “los últimos” (cf. Mc 9,35).

En diversas escenas de curación los discípulos hacen un triste papel; tratan a Jesús como alelado cuando pregunta quién le ha tocado tras la curación de la mujer con flujo de sangre (Mc 5,31) y Jesús afirma, también de ellos, “generación incrédula” cuando no pueden curar al niño enfermo (Mc 9,19).

El final del evangelio acumula las escenas más dramáticas donde uno de los Doce le traiciona (Mc 14,10-11) y los once restantes le abandonan en bloque y huyen cuando detienen a Jesús (Mc 14,27.50); ya preso, Pedro le niega en público por tres veces (Mc 14,66-72). La responsabilidad de Pedro, el primero de los llamados, el que más veces aparece cerca de Jesús, y que tendrá un claro liderazgo en la historia posterior (cf. 1Cor 15,4) es, sin duda, la mayor, y quien peor sale parado en este rápido repaso. Todo ello, sin embargo, podría ser un mero elemento retórico, didáctico, si el relato redimiera su fracaso de algún modo. La promesa de restauración del grupo que Jesús les hace antes de abandonarle (Mc 14,27) no se ve cumplida en el relato:

Mc 14 27 Jesús les dice: “Todos os vais a escandalizar, ya que está escrito: Heriré al pastor y se dispersarán las ovejas. 28 Pero después de mi resurrección, iré delante de vosotros a Galilea.”

Al final un joven misterioso les manda un mensaje a los discípulos y a Pedro a través de las mujeres en la tumba vacía, pero ese mensaje no llega a sus destinatarios (Mc 16,8). Este final tan enigmático no rehabilita a los Doce que quedan en la memoria del lector como los que han abandonado y traicionado a Jesús.

Entre el grupo de Doce hay una cuadrilla de tres que aparece en varias ocasiones. Se trata de Pedro, Santiago y Juan, que son señalados en varias escenas.

  • Son los primeros en incorporarse al anuncio del reino por Jesús (Mc 1,16-20),
  • son los tres primeros de la lista de Doce y solo a ellos les cambia el nombre (Mc 3,13).
  • se queda solo con ellos en el momento de revivificar a la hija de Jairo (Mc 5,37)
  • Son los elegidos para subir al monte, contemplar la transfiguración de Jesús y recibir una información más detallada sobre su futura resurrección, así como la petición de guardar todo lo descubierto y anunciarlo en ese momento (“cuando bajaban del monte les ordenó que a nadie contasen lo que habían visto hasta que el Hijo del hombre resucitara de entre los muertos”, Mc 9,9-10), cosa que no hacen en el relato a pesar de la promesa de ellos de cumplirlo (“Ellos observaron esta recomendación”).
  • Los tres aparecen junto con Andrés para preguntarle a Jesús por lo que les acaba de decir ante el templo (Mc 13,2-4) y a ellos les dirige el discurso apocalíptico del capítulo 13.
  • Por último, antes del prendimiento, en Getsemaní Jesús se aparta con los tres para orar ante el momento definitivo; ellos tres se duermen y Jesús les echa en cara su falta de atención.

El lector percibe que estos tres (al menos Pedro y Juan) tienen más claves y condiciones para haber comprendido a Jesús y, por lo tanto, su fracaso es de mayor envergadura.

Excepción parcial, como vamos a ver, son las seguidoras femeninas; aunque el evangelista dice que “todos le abandonaron” en Getsemaní, nos enteramos en el momento del entierro que había unas “seguidoras” que estaban “contemplando desde lejos” toda la escena de la muerte y de la sepultura; serán también las únicas testigos de la tumba vacía, aunque no digan nada a nadie. Pablo cuenta en 1Cor 15,3

Os hago saber, hermanos, el Evangelio que os prediqué, que habéis recibido y en el cual permanecéis firmes, 2 (…) 3 Porque os transmití, en primer lugar, lo que a mi vez recibí: que Cristo murió por nuestros pecados, según las Escrituras; 4 que fue sepultado, y que resucitó al tercer día, según las Escrituras; 5 que se apareció a Cefas y luego a los Doce…

Las únicas que en el Evangelio de Marcos han sido testigo de la muerte, la sepultura y la resurrección son las mujeres “que le habían seguido y servido desde Galilea”:

Mc 15 39 Había también unas mujeres mirando desde lejos, entre ellas, María Magdalena, María la madre de Santiago el menor y de Joset, y Salomé, 40 que le seguían y le servían cuando estaba en Galilea, y otras muchas que habían subido con él a Jerusalén. (…) 46 María Magdalena y María la de Joset se fijaban dónde era puesto [el.

Estas mujeres son las que transmitieron el kerigma primitivo, el núcleo de la fe más antigua sobre Jesús y su muerte y resurrección.

Marcos muestra a los Doce y los discípulos varones didácticamente; son imagen de las dificultades y debilidades de todo seguidor. Marcos, podemos decir, exagera la presentación negativa por varias razones.

  1. Primero, así facilita la identificación de cualquier persona como seguidor; si aquellos primeros discípulos fueron tan incapaces, ineptos, torpes y falsos… cualquiera puede ser.
  2. Segundo, ninguna de esas dificultades ha truncado la misión de Jesús: la torpeza, infidelidad o necedad de ningún discípulo impide que Jesús lleve su misión hasta el final (su final).
  3. Tercero, los Doce y los discípulos no son los únicos personajes que creen en Jesús; de hecho, hay otros personajes a los que Jesús o el evangelista alaba por su confianza en Jesús. Se trata de personajes menores que solo aparecen una vez en el Evangelio y que parece que no dejan huella (porque nadie se acuerda de ellos o parecen insignificantes), pero que resultan ser los más importantes para comprender a Jesús y el reino Dios.

B. Los personajes secundarios.

Hay muchos personajes que aparecen solo una vez (en concreto 21)[1]. Pero si excluimos a los espíritus o seres angelicales, que son mencionados en alguna ocasión, únicamente doce tienen un papel reconocible porque actúan con libertad y que tienen una función positiva. Son estos doce:

  1. la suegra de Pedro (1,29-31);
  2. el poseído de Gerasa (5,1-20);
  3. Jairo (5,21-24.35-43);
  4. la mujer con flujo de sangre (5,25-34);
  5. la mujer sirofenicia (7,24-30);
  6. el padre del niño enfermo (9,14-29);
  7. el ciego de Jericó (10,46-52);
  8. el escriba (12,28-34);
  9. la viuda (12,41-44);
  10. la mujer de Betania (14,3-9);
  11. el centurión (15,39);
  12. José de Arimatea (15,43-46).

De estos, cinco con mujeres y siete varones; nueve son judíos y tres gentiles (el geraseno, la sirofenicia y el centurión). Vamos a fijarnos en las cinco mujeres que aparecen como ejemplo de creyentes que entendieron a Jesús.

1. La suegra de Simón

La primera de estas cinco mujeres que entendieron a Jesús es “la suegra de Simón” (Mc 1,29-31). El evangelista nos dice que vivía en Cafarnaúm en casa de Simón y Andrés. Según el modo de organizar la familia en aquel tiempo, era la hija la que se marchaba de la casa paterna a la del marido, de modo que la presencia de la madre de la mujer de Pedro presenta una unidad familiar extendida en la que conviven varias familias trabajando en la pesca del lago de Galilea. Las excavaciones arqueológicas en Cafarnaúm han encontrado un lugar que podría haber sido el contexto de esta historia.

Cuando salió de la sinagoga se fue con Santiago y Juan a casa de Simón y Andrés. 30 La suegra de Simón estaba en cama con fiebre; y le hablan de ella. 31 Se acercó y, tomándola de la mano, la levantó. La fiebre la dejó y ella se puso a servirles.

La escena del encuentro de Jesús con esta mujer transcurre en su casa, a la que Jesús acude acompañado de las dos parejas de hermanos que ha llamado a seguirle mientras estaban pescando. En aquella ocasión Marcos nos dijo que Simón y Andrés “dejaron las redes al instante y lo siguieron” en cuanto Jesús los llamó. Esta reacción tan sorprendente les había hecho abandonar en el lago la barca junto a las redes, descuidando la valiosa propiedad y el medio de subsistencia de las familias que vivían en su casa. Lo mismo había ocurrido en el caso de Santiago y Juan, que “dejaron a su padre Zebedeo en la barca con los jornaleros se fueron tras Jesús”. Aunque Marcos no explica qué les hizo a estos cuatro galileos abandonar todo para seguir a un desconocido, el lector puede imaginarse un arrollador atractivo en quien les llamó, que provocó un entusiasmo y una emoción difícil de explicar.

Pero esta reacción no pudo gustar nada a las familias implicadas, que se quedaron de repente sin cuatro trabajadores que mantenían a los demás miembros de esas casas. Por eso resulta más sorprendente que al salir de la sinagoga vayan todos directamente a casa de Simón y Andrés. No podían esperar una acogida calurosa; el ambiente debía ser muy tenso.

Marcos dice que la suegra “estaba en cama con fiebre” (κατέκειτο πυρέσσουσα), una expresión general y poco específica, vinculada al acaloramiento y enrojecimiento; ambas cosas provocadas tanto por una infección como por una situación extrema de preocupación y angustia. De la primera no podemos saber nada, pero la segunda parece compatible con el hecho de que esa familia ha perdido a dos de sus miembros para ir en pos de un vagabundo a quien nadie conoce. La inquietud y temor de esta mujer parecen más que justificados. Igualmente justificado parece el hecho de que “le hablen de ella”, como si los hermanos quisieran de este modo que su familia no perciba el seguimiento de Jesús como una desgracia para ellos; quizá esperan que Jesús pueda hacer con ella lo mismo que hizo con ellos: desplegar aquel entusiasmo arrollador que convencía.

De nuevo, el evangelista no nos dice qué ocurrió, sino que Jesús “la tomó de la mano y la levantó”. Este sencillo contacto, tan poco sofisticado, reproduce en gran medida lo ocurrido con su yerno un poco antes. Simón se habían dejado entusiasmar por la invitación vaga de un desconocido a seguirle; nada había allí que explique el abandono de su trabajo para ser “pescadores de hombres”. Ahora, de nuevo, Jesús solo se acerca, le coge la mano y la levanta. Parece que eso es suficiente para que ocurra el milagro, la maravilla de la recuperación. “La fiebre la dejó”. Tan escueto y simple como eso: aquello que la tenía postrada, quizá el miedo al futuro de su familia, queda despejado y resuelto con ese encuentro con Jesús. No hacen falta más palabras ni más gestos, sólo lo imprescindible. Nadie dice nada. La mujer ha descubierto en Jesús algo que le ha devuelto la serenidad, la salud, la esperanza. Su actitud ante Jesús ahora es la misma que la de su yerno Pedro.

Dice Marcos que “se puso a servirles”. Y esto no tendría mayor trascendencia si el lector no descubriera al final del Evangelio que sólo unas mujeres que “le seguían y le servían desde Galilea” le habían acompañado hasta la cruz, sin abandonarle como habían hecho los varones. Este contraste entre los discípulos que él ha llamado y que desertan, y las mujeres que le siguen y sirven desde Galilea hasta la cruz, resulta de lo más elocuente. Desde el principio, los cuatro primeros seguidores habían dado muestras de no entender bien a Jesús. De hecho, en aquel primer día en Cafarnaúm se entusiasmaron con la admiración que Jesús provocó y se dejaron llevar por su fama. Jesús les tuvo que recriminar que él no buscaba eso, sino otra cosa, y les obligó a marchar a otros pueblos donde no le conocían. Tampoco dejó hablar a los espíritus porque le conocían. Nadie en Cafarnaúm parece haber acertado con el modo de entender Jesús su misión, excepto esta mujer que, en silencio, sin pretender saber quién es Jesús, acepta servirle hasta el final.

Esta primera mujer que ha conocido a Jesús ofrece una importante lección al lector. En esta primera jornada de la vida de Jesús, nadie parece comprender bien a Jesús excepto esta mujer. Ni los discípulos ni los espíritus (a los que Jesús pide callar) entienden a Jesús. En este contexto de incomprensión, una mujer insignificante, que no tiene siquiera nombre en el relato y que no pretende saber quién es Jesús, se fía de su mano y de su cercanía y, en silencio, le sirve a Jesús desde ese momento hasta el final. Esto parece ser lo importante para quien nos cuenta esta historia: no hay que tener todo claro para seguir y servir a Jesús; el único modo de aclararse es servirle. Eso ha entendido esta seguidora fiel.

 

2. La mujer con flujo de sangre

25 Entonces, una mujer que padecía flujo de sangre desde hacía doce años, 26 y que había sufrido mucho con muchos médicos y había gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor, 27 habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y tocó su manto. 28 Pues decía: “Si logro tocar aunque sólo sea sus vestidos, me salvaré.” 29 Inmediatamente se le secó la fuente de sangre y sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal. 30 Al instante Jesús, dándose cuenta de la fuerza que había salido de él, se volvió entre la gente y decía: “¿Quién me ha tocado los vestidos?” 31 Sus discípulos le contestaron: “Estás viendo que la gente te oprime y preguntas: “¿Quién me ha tocado?”” 32 Pero él miraba a su alrededor para descubrir a la que lo había hecho. 33 Entonces, la mujer, viendo lo que le había sucedido, se acercó atemorizada y temblorosa, se postró ante él y le contó toda la verdad. 34 Él le dijo: “Hija, tu fe te ha salvado; vete en paz y queda curada de tu enfermedad.”

De esta mujer se nos dice que está enferma desde hace doce años, aunque el evangelista no nos concreta la enfermedad más allá de un vago “padecía flujo de sangre”. El lector atento se acordará inmediatamente que esta dolencia conllevaba una rígida exclusión social de la enferma, según el libro del Levítico: “Cuando una mujer tenga flujo de sangre durante muchos días… quedará impura” (Lv 15,25). Esta sentencia suponía la reclusión de la mujer en su casa y la prohibición de tocar nada, puesto que su impureza se contagiaba a todo lo que tocaba convirtiéndolo en impuro. El peligro de esta situación era que, si alguna persona o cosa impura lograba entrar en el templo, se corría el riesgo de que Dios huyera de él. Si eso ocurría, el castigo para el trasgresor era capital: “mantendréis alejados a los israelitas de sus impurezas para que no mueran por contaminar con ellas mi morada” (Lv 15,31). La conclusión de estos textos es que la impureza es tremendamente contaminante: es más fuerte que la pureza.

Estas ideas vienen a la memoria del lector del tiempo de Marcos para captar la gravedad de la situación, especialmente cuando lee que la mujer decide, de un modo aparentemente irresponsable, salir de su reclusión y acercarse a Jesús para tocarle. Esta idea extraña le hace suponer al lector que, además, tocó a muchas otras personas antes de lograr tocar a Jesús. Y según la tradición del Levítico debemos presumir que contagió a todos su impureza, haciéndolos indignos de la presencia de Dios.

Tan fuerte era esta creencia que años más tarde se contaba la historia de un rabino que estaba en meditación describiendo a sus discípulos lo que veía de Dios y otro rabino rival puso en su regazo una tela que había tocado una mujer con flujo de sangre. Inmediatamente, el primero despertó de su meditación confuso y desorientado, habiendo perdido para siempre su autoridad y talento para meditar. Esta historia hace extraordinariamente arriesgada la decisión de esta mujer de tocar a Jesús. Según esta tradición, no sólo se arriesgaba a un castigo sino, además, a anular el poder sanador de Jesús. Pero esta mujer no quería anular ese poder, sino que lo usara para ella, que la sanara. Por tanto, el objetivo de esta mujer debía ser otro; pero ¿cuál?

El resto de la escena nos ayuda a entender a esta anónima mujer. El evangelista nos cuenta que, tras tocar a Jesús, ocurre lo que ella esperaba: “sintió en su cuerpo que quedaba sana del mal”. Este detalle es muy revelador, porque nos dice que ha ocurrido lo contrario a lo que todos los demás esperaban que ocurriera. Si un galileo de aquel tiempo hubiera visto la escena a distancia, hubiera apostado porque Jesús se quedaría sin fuerza; cualquier persona religiosa de aquel contexto habría interpretado el atrevimiento de la mujer como una agresión a Jesús, como un modo de anular su poder. Pero lo que ocurre es exactamente lo contrario de lo que un observador religioso hubiera esperado: Jesús no queda contaminado por la impureza de la mujer, sino que ella queda sana por la fuerza curativa de Jesús. Y este detalle es de enorme transcendencia para comprender a Jesús y su mensaje: la impureza, el mal, nunca es más fuerte que Jesús, nunca es más fuerte que Dios.

Una mujer impura, recluida en su casa y considerada una amenaza para todas las personas religiosas ha decidido saltarse las reglas porque ha confiado en Jesús. Ha creído que Él no podía contaminarse con su impureza, que Jesús no podía estar de acuerdo con su injusta reclusión y que aquella desgracia suya no podía ser más fuerte que lo que Jesús ofrecía. Aquella mujer marginada y despreciada en su entorno se ha opuesto a la lógica imperante que excluye a las personas por criterios injustos, ha desafiado las tradiciones que le excluyen arriesgando su vida y ha apostado todo en un gesto valiente que demuestra que Dios no acepta aquellas tradiciones injustas. Aquella mujer ha desafiado las normas y costumbres religiosas por su fe en Jesús: ha creído que la capacidad de Jesús para sanar era más fuerte que su impureza.

Sin embargo, el relato no acaba ahí. Si Marcos hubiera querido contar que Jesús tenía el don de curar a los enfermos, la historia hubiera acabado ahí; pero no. El evangelista nos dice que, tras la sanación de la enferma, Jesús hace lo imposible por visibilizar a la mujer. Pide a los discípulos que la busquen, pero ellos no se han enterado de lo ocurrido y le afean su interés por sacarlo a la luz. Todo ello crea una enorme tensión hasta que, por fin, la que había permanecido oculta hasta ahora sale al centro de la escena y “cuenta toda la verdad”. El lector atento ya sabe para entonces que “la verdad” es que esta mujer debía estar recluida y separada de todos según sus propias tradiciones y que su atrevimiento para tocar a Jesús podía haberle costado la vida. Sabe también que su osadía ha demostrado algo increíble para todos: que su impureza no ha contaminado a Jesús, sino que ha ocurrido lo contrario. Y sabe, por último, que con este desafío y violación de su reclusión, se ha declarado abiertamente en rebeldía contra las tradiciones injustas.

Quizá un lector religioso esperaría que Jesús le eche en cara a la mujer todo ello. De hecho, la mujer se ha saltado la ley y ha puesto en riesgo la capacidad sanadora de Jesús tomando esa decisión sin contar con él. Pero Jesús hace algo sorprendente: la declara “hija”. Si hay algo revolucionario en esta historia no es tanto la valentía y atrevimiento de esta mujer para romper las normas injustas, sino que Jesús la alaba y la presenta como modelo de fe a todos los presentes. Era una mujer impura y digna de exclusión, ha sido una transgresora, se ha saltado la ley y las tradiciones religiosas, ha puesto en peligro la misión de Jesús a riesgo de perder su vida. Y Jesús no sólo la alaba, sino que la declara hija, modelo para todos los presentes: “Hija, tu fe te ha salvado”. Ya había quedado sanada hace un buen rato; pero lo que ahora hace Jesús es declarar abiertamente que su confianza en Jesús, su valentía, la ruptura de las tradiciones injustas por muy religiosas que sean, es lo que le ha salvado.

La conclusión del lector no puede ser otra: Jesús alaba a quienes rompen las normas o tradiciones injustas confiando en que son contrarias a la propuesta de vida que él ofrece. Especialmente honra a quienes desbaratan las normas y tradiciones religiosas que se basan en ideas falsas de Dios. Esta mujer anónima les da una lección a los discípulos y, de paso, a los lectores: la confianza en Jesús es más fuerte que la injusticia que se comete en nombre de Dios.

3. La sirofenicia

23 Y partiendo de allí, se fue a la región de Tiro, y entrando en una casa quería que nadie lo supiese, pero no logró pasar inadvertido, 24 sino que, en seguida, habiendo oído hablar de él una mujer, cuya hija estaba poseída de un espíritu inmundo, vino y se postró a sus pies. 25 Esta mujer era griega, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio. 26 Él le decía: “Espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos.” 27 Pero ella le respondió: “Sí, Señor; que también los perritos comen bajo la mesa migajas de los niños.” 28 Él, entonces, le dijo: “Por lo que has dicho, vete; el demonio ha salido de tu hija.” 29 Volvió a su casa y encontró que la niña estaba echada en la cama y que el demonio se había ido.

Un poco más delante en el relato, en el capítulo siete, aparece el tercer personaje secundario femenino del que deben aprender los discípulos y el lector del Evangelio de Marcos: la mujer sirofenicia. El evangelista cuenta que, tras una controversia y enfrentamiento agrio con fariseos y escribas sobre lo que es puro e impuro, Jesús se atreve a ir a la ciudad de Tiro, en la costa norte, a territorio pagano. No es la primera vez que ocurre eso en el Evangelio de Marcos; la curación del endemoniado geraseno había ocurrido en territorio gentil, no judío. Esta vez, Jesús se atreve a entrar en casa de un habitante del lugar, que era considerado impuro. Esta acción resulta enormemente atrevida para cualquiera, especialmente para judíos piadosos. Pedro, en el relato de los Hechos de los apóstoles, no se atreve a entrar en casa de Cornelio porque era gentil, ni siquiera después de la resurrección. Jesús parece desafiar a los escribas y fariseos con los que ha discutido, como si les dijera: “vosotros consideráis impuro todo lo que os resulta extraño, pero yo considero puro hasta lo que me es contrario”.

Efectivamente, Jesús se adentra en territorio extranjero y entra en casa de un gentil. Para un judío piadoso eso era contaminarse y debía purificarse al salir; pero no lo es para Jesús, que no parece tener ningún problema. Precisamente por esta libertad y valentía con la que se conduce Jesús, sorprende más todavía lo que ocurre a continuación.

Marcos cuenta que una mujer de la región, una gentil, al oír hablar de Jesús viene a postrarse a sus pies. La presentación de esta mujer es igual que la mujer con flujo de sangre. Allí, una mujer enferma “habiendo oído lo que se decía de Jesús, se acercó por detrás entre la gente y toco su manto”. Aquí, una mujer pagana, “habiendo oído hablar de él”, “vino y se postró a sus pies”. Ambas mujeres conocen la fama que precede a Jesús; para ambas estas noticias son una gran esperanza porque se encuentran atrapadas por la misma situación: la exclusión por una errónea comprensión de la pureza. La sangre de la primera y la nación de la segunda las hacían ser mujeres ignoradas y despreciadas, sin ser responsables de ello. Sutilmente, Marcos está haciendo una profunda crítica a las visiones religiosas que, amparadas en tradiciones, son utilizadas para marginar o despreciar a determinadas personas y para construir una jerarquía de dignos o puros frente al resto de impuros o despreciables. Las religiones fácilmente caen en estos errores. Marcos ofrece aquí una crítica sorprendente en el encuentro de Jesús con esta mujer.

La mujer “era griega, sirofenicia de nacimiento, y le rogaba que expulsara de su hija al demonio”. Marcos no nos dice nada de la hija ni Jesús hace nada con ella; no va a su casa, ni habla con ella, como había hecho con otros endemoniados en los capítulos anteriores. Todo transcurre en un diálogo entre Jesús y la mujer. Es como si Marcos nos dijera que el problema no lo tiene la hija sino la madre. Es ella, y no la hija, la que demuestra una confianza descomunal en Jesús, como la mujer con flujo de sangre; es la madre, y no la hija, la que logra que Jesús la reconozca, la atienda y le conceda lo que le pide. Y esto, sorprendentemente, después de una extraña reacción de Jesús, que parece ejercer un papel que no es el suyo insultando a la mujer.

Efectivamente, antes de que la mujer logre lo que busca, debe sortear una terrible prueba. También la mujer con flujo de sangre debió superar una prueba: romper la exclusión a la que le tenía sometida su impureza, atreverse a salir a la calle y a moverse furtivamente entre la gente, contaminándola, para ser curada por Jesús sin que este se diese cuenta; aquella mujer arrancó a Jesús una curación que él no había aprobado. Y Jesús la declaró “hija” precisamente por saltarse las tradiciones injustas y así alabó su enorme confianza y valentía. La sirofenicia, sin embargo, debe superar una prueba mayor.

Cuando esta mujer le pide sanar a su hija, Jesús responde: “espera que primero se sacien los hijos, pues no está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perros”. Ella se ha atrevido a acercarse a un extranjero y arrodillada le ha rogado por su hija. Resulta inconcebible una respuesta tan insultante. Sin embargo, quizá debamos interpretarla como una prueba, todavía más difícil que la de la mujer con flujo de sangre, que la obligó a salir del anonimato para ponerla en el centro. Aquella mujer tuvo que superar la exclusión de las tradiciones y autoridades religiosas que le obligaban a una exclusión. Esta, sin embargo, debe superar la misma idea de exclusión. La respuesta que Marcos pone en boca de Jesús es la que muchos de sus seguidores utilizaron desde entonces hasta ahora para justificar que para Dios hay “hijos” y “perros” en una clara jerarquía. Resulta una idea aparentemente aceptable; también el cristianismo posterior ha creado jerarquías de personas justificándolo con dichos de Jesús. El increíble atrevimiento de Marcos, una vez más, consiste en poner en boca de Jesús un argumento contrario a todo lo que ha demostrado su vida hasta ahora. La prueba terrible es enfrentar a la mujer a esa despreciable idea.

Pero la mujer no se ofende con el insulto; hace algo todavía más sorprendente: acepta lo que dice Jesús pero le da la vuelta, literalmente. “Sí Señor, que también los perros comen bajo la mesa migajas de los niños”. Acepta que la llamen “perra” y le hace ver a Jesús que lo que ha dicho es innecesario porque todos pueden comer de la misma mesa, porque hay pan para todos. ¿No había dicho Jesús que con cinco panes bastaba para dar de comer a cinco mil? Es como si la mujer sirofenicia hubiera estado presente en aquella escena y realmente hubiera aprendido la lección que sus discípulos no aprendieron allí. Esta mujer se ha humillado aceptando el insulto, pero le ha dado la vuelta, mostrando que también los excluidos, los extranjeros y los indignos según ciertas mentalidades religiosas pueden ser reconocidos a la mesa y saciarse de pan. Su abajamiento y humillación ha tenido una recompensa, porque la respuesta de la sirofenicia logra lo nunca visto en el evangelio: cambiar a Jesús. Éste le reconoce su increíble confianza y su hija queda curada “por lo que ha dicho” la mujer. Ella le ha demostrado a Jesús que esa idea de los hijos y los perros no es digna de él.

La monumental bronca que Jesús tiene con sus discípulos unos versículos después porque no han entendido “lo de los panes” resulta un claro contraste con la confianza de esta mujer. Ella ha superado la tentación de ceder ante ideas que son ajenas a Jesús, de ceder ante el mayor de los obstáculos, incluso cuando parece que vienen de Jesús. Esta mujer no se ha dejado vencer por ese insulto que la excluía de la mesa; ha reclamado para sí la dignidad precisamente por ser una persona indigna.

No es casualidad que, a partir de ese momento del relato, Jesús anuncia su viaje a Jerusalén donde será despreciado y matado. Como si esta mujer le hubiera hecho descubrir el camino de la cruz.

 

4. La viuda del templo

41 Jesús se sentó frente al arca del Tesoro y miraba cómo echaba la gente monedas en el arca del Tesoro: muchos ricos echaban mucho. 42 Llegó también una viuda pobre y echó dos moneditas, o sea, una cuarta parte del as. 43 Entonces, llamando a sus discípulos, les dijo: “Os digo de verdad que esta viuda pobre ha echado más que todos los que echan en el arca del Tesoro. 44 Pues todos han echado de lo que les sobraba, ésta, en cambio, ha echado de lo que necesitaba todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir.”

Pero todavía quedan dos personajes secundarios femeninos más. La que vamos a contemplar aquí es la viuda del templo que aparece en el capítulo doce del Evangelio de Marcos. Como las demás, esta es una mujer anónima y apenas sabemos nada de ella. Marcos solo nos dice que, cuando estaba Jesús contemplando los cepillos del templo donde se recogían las limosnas, “una viuda pobre echó dos monedas de cobre”. Al final de la escena nos enteramos de que “ha echado de lo que necesitaba, todo cuanto poseía, todo lo que tenía para vivir”. Este final resulta sorprendente y conmovedor, porque nada sabíamos de su extrema situación. Y este es el dato que hace que toda la escena adquiera su verdadera dimensión. Volvamos al inicio de la escena.

Jesús está en el templo. Desde la entrada en Jerusalén montado en un borrico y hasta la cena pascual, Jesús visita el templo tres veces, una cada día. En la primera, apenas entra en el templo, se marcha “después de observarlo todo a su alrededor”. En la segunda, se enfrenta con los vendedores y cambistas que negociaban con las monedas necesarias para comprar animales para los sacrificios; les vuelca las mesas y los echa de allí. La escena de la viuda pobre ocurre al final de la tercera visita, después de que los sumos sacerdotes, escribas, fariseos y saduceos le han sometido a un duro interrogatorio con preguntas capciosas (como la del impuesto al César, o la de la mujer que se casa con siete hermanos) y le desafían para intentar que la gente deje de admirarlo. Jesús les ha contado la parábola de los viñadores homicidas en la que acusa a los sumos sacerdotes de aprovecharse de la viña de Dios; también avisa a la gente contra la hipocresía de quienes sólo quieren fama, prestigio y reconocimiento social, como los escribas. Ese último día en el templo ha resultado ser decisivo: el enfrentamiento se ha agudizado y las autoridades religiosas de su propia nación quieren matarlo por que los ha deslegitimado. Jesús no está contra el templo, sino contra quienes lo han secuestrado para sus propios intereses. Esto es lo que nos revela la última escena en el templo, el encuentro con la viuda pobre.

Por fin, después de todo el día, Jesús tiene un momento para descansar y se sienta en el llamado atrio de las mujeres, donde estaba el cepillo de las limosnas para los necesitados. Y en ese momento de descanso aparece nuestra protagonista anónima. “Echó dos leptas”, dice Marcos, “un cuadrante”. Esta era la moneda más pequeña, una sexagésima parte del denario; al cambio actual sería menos de un euro. A todo lector del evangelio le parecerá una pequeña cantidad; y ciertamente lo es. Pero para aquella mujer no era poco, sino “todo lo que tenía para vivir”. Lo que parece insignificante a primera vista, resulta ser mucho más valioso desde el punto de vista de Jesús. Y esta parece ser la clave para entenderlo.

¿Qué es lo que lleva a esta viuda pobre a echar “todo lo que necesitaba” en el cepillo del templo? Jesús había volcado las mesas de los cambistas el día anterior y acababa de condenar la autoridad de los sumos sacerdotes en sus discusiones. El lector del Evangelio sabe que ese cepillo no necesitaba más dinero; tenía mucho y no era bien administrado. Y esta podría ser la interpretación del lector desatento, que aquel templo no necesitaba el sacrificio de una mujer pobre. Sin embargo, aquella viuda lo ve de otra manera completamente diferente, y echa “todo lo que tenía para vivir”. La consecuencia de este gesto, con buena lógica, es que esta pobre mujer se enfrentaba a una muerte segura: se desprende de lo único que tiene. ¿Merece el templo que esta mujer le entregue toda su vida? Después de lo que ha ocurrido en las tres visitas de Jesús al templo, el lector podría pensar que la viuda ha cometido un terrible error que le puede costar la vida: ha entregado su vida donde no debía.

Pero esa es la apariencia. Jesús, que mira con otros ojos, ha visto la escena y ha descubierto algo que nadie ha visto: que lo que parecía una monedita insignificante es toda su vida. No se nos dice la razón que ha movido a esta viuda a semejante sacrificio; el lector queda intrigado y, lógicamente, se preguntará por la razón. Quizá el evangelista Marcos pretende, precisamente, eso: que el lector se haga esa pregunta: ¿por que alguien puede entregar su vida por una razón aparentemente inútil?

En cuanto Jesús observa lo que ha hecho la mujer llama a los discípulos para contárselo, para poner como ejemplo a esta viuda que ha hecho algo incomprensible para todos, menos para Jesús. Para él, todas las demás aportaciones más cuantiosas son despreciables porque son superfluas; sin embargo, la más insignificante a la vista, resulta ser la de mayor valor. ¿Y si está viuda pobre, igual que la mujer sirofenicia, le ha hecho descubrir a Jesús el camino de la verdadera confianza? ¿Y si lo que Jesús ha visto es la anticipación de lo que le va a ocurrir a él unos días después?

Hemos visto cómo la suegra de Simón, en un gesto de enorme generosidad, sirve en silencio a Jesús hasta la cruz; allí descubrimos el valor de ese gesto contracorriente: sin grandes alardes, discretamente, ha acompañado a Jesús hasta el momento de mayor abandono. Cuando él grita en la cruz: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?”, allí estaban unas mujeres que le habían servido desde Galilea. La presencia de Dios encontró en esas mujeres discretas y valientes los cuerpos con los que acompañar a Jesús; Dios estaba presente en ellas. Esto es lo que nos anticipa la viuda pobre: ella demuestra con un gesto incomprensible para muchos, un despilfarro para la mayoría, que la confianza en Dios es capaz de ver más allá de lo aparente, que un pequeño gesto, aunque parezca inútil o absurdo, puede cambiarlo todo.

Este es el descubrimiento que Jesús hace al contemplar a la viuda y que anuncia inmediatamente a los discípulos. Su muerte puede parecer absurda o inútil para muchos, para aquellos que no han descubierto la mirada de la viuda. Ella ve en su monedita el pequeño gesto que lo cambia todo, el pequeño gesto de la confianza absoluta en Dios que hace su historia con todos nuestros pequeños detalles, los aciertos y los errores. Esta mujer es, hasta ahora, la que mejor ha entendido a Jesús, porque ha anticipado en su gesto el misterio de la vida y de la muerte de Jesús.

 

5. La mujer del perfume

3 Estando él en Betania, en casa de Simón el leproso, recostado a la mesa, vino una mujer que traía un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio; quebró el frasco y lo derramó sobre su cabeza. 4 Había algunos que se decían entre sí indignados: “¿Para qué este despilfarro de perfume? 5 Se podía haber vendido este perfume por más de trescientos denarios y habérselo dado a los pobres.” Y refunfuñaban contra ella. 6 Mas Jesús dijo: “Dejadla. ¿Por qué la molestáis? Ha hecho una obra buena en mí. 7 Porque pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis; pero a mí no me tendréis siempre. 8 Ha hecho lo que ha podido. Se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura. 9 Yo os aseguro: dondequiera que se proclame la Buena Nueva, en el mundo entero, se hablará también de lo que ésta ha hecho para memoria suya.”

En este último texto vamos a conocer al último personaje secundario femenino del Evangelio de Marcos: la mujer del perfume. Marcos nos cuenta su historia justo antes de comenzar el relato de la pasión, los últimos días de Jesús en Jerusalén. El evangelista presenta a la mujer del perfume como si fuera la puerta de entrada a la pasión: este episodio será la clave para entender la muerte de Jesús.

Jesús estaba en Betania, preparándose para los últimos acontecimientos que ya veía venir. Entonces entra en escena una mujer anónima de la que sólo sabemos que traía “un frasco de alabastro con perfume puro de nardo, de mucho precio”. Luego nos enteramos de que costaba trescientos denarios, algo así como el sueldo de un año entero. Es difícil no acordarse de la viuda que había echado al cepillo menos de un euro y era “todo lo que tenía”. Esta mujer no gasta poco dinero en esta escena, sino una barbaridad. No sabemos si es de lo que le sobraba, como los ricos del templo, o de lo que necesitaba, como la viuda. Solo sabemos que “rompió el frasco y lo derramó sobre su cabeza”. Ese perfume, en concreto, era especialmente oloroso, penetrante y persistente; aquel baño de nardo se tuvo que pegar a la piel de Jesús por mucho tiempo. Y este gesto lo resume todo. Ella podía haber abierto normalmente el frasco; podría haber usado solo un poco y volver a cerrarlo; podía haber dosificado algo tan caro con cuidado, con sensatez, con prudencia. Sin embargo, lo que hace es, a todas luces, una exageración: romper el frasco sin necesidad, vaciar todo el contenido de una vez, gastar un perfume tan caro y derramarlo sobre su cabeza. Como la limosna de la viuda pobre, este gesto parece incomprensible.

La reacción de los presentes es la esperada, quizá la de cualquier persona sensata. También nosotros diríamos: “¡es un despilfarro!”; “hay modos más útiles de gastar el dinero”; “mucha gente pobre necesita ese dinero y se ha derrochado inútilmente”. Sólo Jesús reacciona de otra manera. Él ha visto algo, como siempre, que nadie ha visto, y dice algo sorprendente e inesperado: “pobres tendréis siempre con vosotros y podréis hacerles bien cuando queráis, pero a mí no me tendréis siempre”. La frase es enigmática en algunos aspectos, pero deja muy claro que los que creen que ha sido un despilfarro no han entendido a la mujer. La escena no va, entonces, de dinero; tampoco de usarlo bien o mal; ni de eficacia, ni rentabilidad. Jesús deja claro que el uso solidario y generoso del dinero está siempre al alcance de la mano; cualquiera puede hacerlo cuando quiera. Así, sutilmente, les hace una invitación a los críticos de la mujer: “podréis hacerles bien cuando queráis”. O, de otra manera: haced el bien vosotros a los pobres. La escena, entonces, va de otra cosa: de cómo mirar a Jesús.

Aquí Marcos nos está dando una lección sobre cómo educar la mirada, cómo mirar la vida para ver como Jesús ve, como Dios ve. Esta mujer anónima ha gastado el sueldo de un año entero, quizá sus ahorros de toda la vida, para hacerle algo a Jesús. Ella no ha medido la rentabilidad ni la eficacia de su gesto; sólo quiere expresar algo a Jesús, algo que no se puede decir con palabras. Rompiendo el frasco muestra que su fidelidad a Jesús es definitiva y para siempre. Vaciando el contenido le dice sin palabras a Jesús que todo lo ha invertido en ese gesto de devoción y respeto. Y derramando el perfume sobre su cabeza le embalsama, le dignifica, le prepara para enfrentar lo que va a venir. Todo en silencio. Ningún otro personaje de la pasión ni de todo el evangelio se vuelca con la persona de Jesús como esta mujer. Los discípulos se han negado varias veces en los capítulos anteriores a aceptar la pasión y muerte de Jesús; en las escenas siguientes le traicionarán, le negarán y le abandonarán. Pero esta mujer silenciosa, anónima, ha honrado a Jesús y le ha respetado en su destino: es la única que acepta su muerte sin querer convencerle de lo contrario, hasta el punto de compartir el destino de Jesús con un gesto sin palabras que Jesús entiende inmediatamente.

Por eso Jesús dice de ella: “se ha anticipado a embalsamar mi cuerpo para la sepultura”. Estos rituales se hacían siempre después de muerto; nunca antes. Sin embargo, al final del evangelio descubriremos que a Jesús no pudieron embalsamarlo por las precipitadas circunstancias en que murió. Así el lector confirmará lo que Jesús dice aquí, que esta mujer le había embalsamado antes de morir. Ese gesto aparentemente incongruente tiene mucho sentido para Jesús; cuando los discípulos varones le abandonen, a Jesús le quedará en su cuerpo el perfume de nardo que una mujer derramó antes de tiempo sobre su cabeza. Ese olor y el recuerdo de su fidelidad y devoción a Jesús será su compañía en sus últimos días hasta la cruz. Para los que observaron a la mujer romper el frasco y vaciar todo el contenido quizá siga siendo un despilfarro; para Jesús, sin embargo, aquel perfume le consolará, le recordará que su vida no puede medirse por su éxito o eficacia, sino por su amor. Lo que cuenta es amar a otra persona como lo más valioso de la vida; como hizo aquella mujer con él, como hace Jesús en toda su vida. Y cuando Jesús huela el perfume en la cruz, en el silencio de Dios, recordará el valor de su gesto silencioso.

Por eso, a ninguna persona honra y elogia Jesús como a esta mujer: “os aseguro que dondequiera que se proclame la buena noticia, en el mundo entero, se hablará también de lo que esta ha hecho para memoria suya”. El evangelio, según Jesús, es descubrir lo que esta mujer ha hecho: ha valorado su vida no por la eficacia o el éxito, sino por la entrega y el amor a uno sólo, a Jesús. Marcos invita a los lectores a descubrir a Jesús igual que esta mujer del perfume. Ella no ha calculado cómo hacer durar su perfume, ni a cuántos podría perfumar, ni cuál sería su rentabilidad si lo vendiera. Ella ha mirado a Jesús y ha visto en él su libertad, su entrega, su confianza en Dios; quizá también su angustia y sus dudas como percibimos en Getsemaní; y ha empleado todo lo que tenía sin cálculos, ha vaciado sus recursos para consolar y acompañar a Jesús en ese perfume sin palabras.

La vida de Jesús no hay que medirla por la rentabilidad o la eficacia; tampoco su muerte. Quien descubra, como esta mujer del perfume, el sentido de la vida de Jesús y así lo muestre, ha comprendido también el sentido de su muerte: en ella hay un derroche de vida. Puede parecer una locura o la mejor noticia de la vida de Jesús: que Dios es así, despilfarra todo su perfume en la muerte de Jesús para que cada persona pueda olerlo en silencio y recordarlo en cada momento de la vida.

 

[1] El hombre poseído en Cafarnaún (1,23-28); la suegra de Pedro (1,29-31); el leproso (1,40-45); el paralítico (2,1-12); el hombre de la mano paralizada (3,1-6); el poseído de Gerasa (5,1-20); Jairo (5,21-24.35-43); la mujer con flujo de sangre (5,25-34); la mujer sirofenicia (7,24-30); el sordomudo (7,31-37); el ciego de Betsaida (8,22-26); el padre del niño enfermo (9,14-29); el exorcista en nombre de Jesús (9,38-40); el hombre rico (10,17-22); el ciego de Jericó (10,46-52); el escriba (12-28-34); la viuda (12,41-44); la mujer de Betania (14,3-9); Simón de Cirene (15,21); el centurión (15,39[.44-45]); José de Arimatea (15,43-46).

 

 

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