REVELACIONES Y FICCIONES
Una antigua tradición hebrea sostiene que Dios hizo al ser humano de tal manera que pudiese contar historias, especialmente acerca del propio Dios. De acuerdo con esta imagen sorprendente, el Creador es también el primer y más entusiasta lector: el inagotable receptor de nuestras leyendas, narraciones y poemas.
Si hacemos caso a esta intuición antigua, la capacidad humana de inventar —incluso de inventarse a Dios— es un regalo que el mismo Dios ha querido poner en nuestras manos. El barro del que estamos hechos es el mismo que, en la fragua de la literatura, podemos modelar para urdir con él poemas, símbolos y mitos con los cuales dar forma a lo que nuestra imaginación, encarando lo invisible, es capaz de contemplar.
Los hebreos lo hicieron muy bien. Supieron, por un lado, recibir todo el caudal que Egipto y Mesopotamia habían ido, gota a gota, vertiendo en el cauce de sus textos. Y una vez hecho suyo —es decir, una vez convertido en propio lo que antes había sido de otros— dieron el paso decisivo: universalizar lo concreto, hacer de Adán y de Jacob, de la estatua de sal o de la zarza ardiente, algo que sin marca de pertenencia pudiera ser de todos, de cualquiera, sin distinción étnica, religiosa o cultural.
El poeta romano Horacio explica que fingir, en el poema, es buscar la verdad. Por eso la ficción es un instrumento infinito de revelación. Es como el brocal de un pozo desde donde contemplamos, en su descenso, las monedas que arrojamos: sabemos que caen hacia unas aguas cuyo fondo solo podemos atisbar muy de lejos.
Sucede aquí, como también intuyeron los antiguos hebreos, un estado de tránsito: las historias que contamos —y que ellos contaron— están siempre en viaje hacia el encuentro de sus sentidos posibles y, desde ellos, hacia ese significado total en que la palabra y la vida sean, como lo fueron en el Edén, una misma y única realidad.
Las obras de Chagall y Stankova participan de ese mismo viaje. Entre ficción y revelación, nos invitan a mirar de nuevo y a descubrir que estos relatos antiguos siguen buscando quiénes somos de verdad.
Víctor Herrero
